El año del califa Ibrahim

Si algún medio informativo decidiese distinguir a Abú Bakr el Bagdadi –el califa Ibrahim para la militancia– como el personaje más relevante del año vencido, tendría a su alcance una gran variedad de argumentos para justificar su decisión. El Estado Islámico se ha situado en el centro de la atmósfera de desorden que se ha adueñado de las relaciones internacionales, de esa sensación de improvisación frente al desafío que impregna lo mismo la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que promueve la negociación en Siria de una solución política, que las apelaciones a la guerra de Francia, a la reiterada indeterminación de Estados Unidos cuando debe ir más allá de mantener el compromiso en el combate contra los yihadistas mediante la campaña de bombardeos contra sus dominios en Siria e Irak. El año 2015 puede que sea el del Bagdadi porque ha llevado el pánico al corazón de Europa, al norte de África y, más allá, hasta el otro lado del Atlántico; ha dado aire a Bashar el Asad, comandante en jefe de una carnicería, y ha contribuido decisivamente a desatar un flujo incontenible de refugiados que huyen de la guerra y buscan cobijo en una Europa con una opinión pública atemorizada y desorientada.

Richard Haas, presidente del Council on Foreign Relations, escribió hace un año un ensayo titulado ¿Cómo responder a un desorden mundial? En él afirma: “En el presente, el equilibrio entre orden y desorden se desplaza en dirección a este último. Algunas razones son estructurales, pero algunas son el resultado de malas elecciones hechas por importantes actores, y al menos algunas de ellas pueden y deben corregirse”. ¿Qué decir doce meses después, con Oriente Próximo consagrado como el cruce de caminos de todas las grandes crisis: la de la inseguridad colectiva a causa del dinamismo del terrorismo global, la de los refugiados, la de la guerra fría en el golfo Pérsico, la de convivencia entre dos legados culturales más que milenarios, el cristiano y el musulmán?

La proclamación del califato en junio del 2014 fue algo más un acto de propaganda amenazante: proporcionó al yihadismo una referencia territorial a la causa, a la prédica contra Occidente y a la vuelta a los orígenes del islam, se correspondan estos con la realidad o con la mitología de una edad de oro en la que resplandeció la justicia mediante una aplicación estricta de las enseñanzas del profeta Mahoma. Frente a la disolución de la estrategia de Al Qaeda por carecer de un espacio reconocible como propio se afianzó la del Estado Islámico, secundada más allá de sus dominios por muyahidines dispuestos a imponer la lógica de las armas. Quizá haya retrocedido el califato en Siria e Irak, pero su estrategia ha cuajado como aquella más adecuada para perpetuar la lucha y condicionar por entero las relaciones internacionales; quizá el califato tenga fecha de caducidad, pero ha minado de tal manera el ánimo de sus adversarios y ha afianzado de tal forma a sus seguidores en sus convicciones más conocidas que, en caso de derrota, la empresa del Bagdadi seguramente tendrá continuidad. Ese es, al menos, el vaticinio de cuantos, dentro y fuera del orbe musulmán, entienden que el conflicto hunde sus raíces muy profundamente en la complejidad laberíntica del islam, de las frustraciones de sociedades condenadas a la postración por actores políticos que las han utilizado en estricto beneficio propio.

La estrategia seguida por El Bagdadi ha llevado al ánimo de los yihadistas que están en condiciones de imponer su agenda siempre que siga en vigor la mitología del martirio, el recurso a la acción directa sin importar el coste que entrañe. Se afianza así la idea expresada por el arabista francés Olivier Roy: “El yihadismo es una revuelta generacional y nihilista”. Según el mismo autor, la motivación religiosa de los muyahidines es poco más que un resorte que permite arremeter contra cualquier referencia cultural, social o política con el sello de Occidente. “Ninguno está interesado en la teología, ni siquiera en la naturaleza de la yihad o en la del Estado Islámico”, afirma Roy, mientras otros análisis de tenor parecido presentan el factor religioso como una coartada o pretexto ideológico.

Como es fácil comprobar en Afganistán, donde la ineficacia exasperante del Gobierno ha permitido a los talibanes ganar terreno sin modificar una coma la simplificación de los enunciados religiosos que los llevaron al poder, la victoria militar no es ninguna garantía de que no surjan aquí y allá otros movimientos que sustituyan al eventualmente vencido. Tomar Ramadi, reducir el ámbito territorial del califato, no diluye la base social atraída por los fundamentalistas ni liquida la estructura militar del Estado Islámico, heredada en gran parte del Ejército de Sadam Husein, disuelto por Estados Unidos en el 2003 sin reparar en las consecuencias que tal decisión tendría en el futuro. Y, desde luego, no neutraliza la proliferación en Europa de células durmientes y lobos solitarios –también en Estados Unidos–, la floración de organizaciones islamistas en África y la incongruencia de que la aristocracia teocrática saudí, asociada ahora –no en el pasado– al combate contra los yihadistas, se acoge a una aplicación de la sharia apenas diferenciada de la que distingue al Daesh.

Cuando una autoridad moral como el papa Francisco, a la luz de los atentados perpetrados por los yihadistas, se refiere a la existencia de una tercera guerra mundial fragmentada, es poco menos que inevitable admitir que El Bagadadi ha sido el hombre del año que expiró. A él se deben modificaciones sustanciales en el desarrollo de la vida cotidiana, en las políticas de control y seguridad, en el peligro de fractura en sociedades con un porcentaje significativo de musulmanes, en la desconfianza generalizada ante situaciones que hasta hace muy poco no se consideraban de riesgo, en la tentación de muchos gobiernos, en fin, de estrechar el ámbito de la libertad.

“El máximo objetivo de los terroristas yihadistas es convencer a la juventud musulmana en todo el mundo de que no hay una alternativa para el terrorismo”, sostiene el financiero George Soros. Para él, “abandonar los valores y principios que subyacen en las sociedades abiertas y ceder ante un impulso antimusulmán dictado por el miedo no es la respuesta, realmente, aunque puede resultar difícil resistirse a la tentación”. El  Estado Islámico, ha logrado en parte alcanzar ambos objetivos: ha capturado la voluntad de una minoría de jóvenes musulmanes, por herencia familiar o conversos, y ha alentado sentimientos islamófobos que lo mismo valen a Marine Le Pen para apuntar al Eliseo que a Viktor Orbán para sembrar la frontera meridional de Hungría de concertinas (un ejemplo imitado luego por otros). ¿Qué logros avizora el califato para el año que empieza? Quizá perpetuar el miedo como un sentimiento irrefrenable y compartido.

En nombre de la guerra

La catarsis de La Marsellesa sirve para encauzar la política de las emociones en la vía pública o en un estadio, pero tiene fecha de caducidad; cohesiona inmediatamente después de recibir el golpe, pero oculta la verdadera dimensión del desafío que enfrenta Francia desde la noche del día 13 y, con toda seguridad, el resto de Europa. Lo mismo sucede con el recurso habitual a la palabra guerra: el término enmascara todo aquello que más allá del recurso a las armas se antoja más eficaz y duradero, más equilibrado y sostenible que un mero acto de fuerza. Llamar a la guerra también forma parte de la política de las emociones, aunque los atentados sean, grosso modo, actos de guerra que han costado 130 vidas y han sembrado en París, y desde allí en toda Europa, un sentimiento de inseguridad antes nunca visto. Plantear el falso dilema entre seguridad y libertad es, asimismo, fruto de la política de las emociones, cuando no del oportunismo conservador, que pretende aprovechar el momento para hacer realidad una vieja utopía –distopía, más apropiadamente– que figura de forma encubierta o explícita en muchos programas, no solo de partidos de extrema derecha: ganar en seguridad justifica perder en libertad.

Cuando en sociedades equilibradas por una larga tradición democrática se toma la decisión de suspender un partido de fútbol o de cancelar un concierto, la impresión es que la política de las emociones es la única que se ajusta a la realidad, pero se trata de un espejismo. La política de las emociones no aporta soluciones duraderas, sino que enturbia el análisis con hipótesis de futuro sin apenas fundamento. El desafío plateado por el Estado Islámico o Daesh obliga a internarse en un laberinto político real, del que nadie conoce la ruta de salida, pero que a largo plazo solo admite una solución política que atienda a las exigencias de seguridad de Europa, a las circunstancias políticas en Siria e Irak y, de forma más amplia, a la situación en el orbe árabe-musulmán. Bombardear Raqa, declarar el estado de urgencia y anunciar una reforma constitucional, como ha hecho el presidente François Hollande, tiene un coste elevado y ni siquiera sirve para serenar los espíritus de una opinión pública desorientada y asustada.

Mientras la derecha francesa jalea a cuantos exigen mano dura y pocas contemplaciones –y quizá Hollande quiere neutralizarlos con la proclamación de que Francia está en guerra–, el diario Le Monde ha resumido la situación así: “¿De esta forma se vencerá al yihadismo? No es preciso mentir a la opinión pública. No será suficiente desmantelar la logística paraestatal del EI. Puesto que pone de relieve una patología propia del islam, puesto que es una ideología totalitaria, el islamismo será ante todo derrotado por los musulmanes”. De la historia reciente se desprende esta certidumbre y aun otra: seguir los pasos de George W. Bush a partir del 11-S –ya se acusa a Hollande de ello en algunos foros– lleva directamente a la frustración y al fracaso.

No hay atajos ni vías de escape posibles. Recurrir al ingenio para poner en circulación neologismos –así fascislamismo (Bernard-Henri Lévy)– apenas tiene efectos reconocibles sobre el drama. Incluso tiende a falsear la realidad, a proyectarla sobre espejos deformantes como los que hubo en el callejón del Gato (Luces de bohemia, Ramón María del Valle-Inclán). Hay que comprender a qué obedece todo, en París o en la capital de Mali, sacudida por una carnicería en un hotel. Es más fructífero, aunque menos llamativo, abrazar la realidad, fajarse con los datos y recurrir a la historia como ha hecho el filósofo Edgar Morin (94 años) para precisar cuál es la profundidad del problema:

-La fuente de inspiración del Daesh es endógena del islam. Los yihadistas constituyen “una minoría demoníaca que cree luchar contra el demonio que es Occidente”. Pero Estados Unidos actuó como un aprendiz de brujo al liberar al genio de la lámpara con las intervenciones en Afganistán e Irak.

-Los bombardeos de Occidente causan también “matanzas y terror: aquello que golpean drones y bombarderos no son principalmente militares, sino población civil”.

-La victoria sobre el Daesh no se logrará solamente con la paz en Siria, “sino también mediante la paz en las banlieues”. “Nada se ha hecho de forma continuada y en profundidad para una verdadera integración en la nación a través de una escuela que enseñe la naturaleza histórica de Francia, que es multicultural, y en la sociedad a través de la lucha contra la discriminación”, escribe Morin.

Frente a las corrientes de opinión que lo fían todo o principalmente a la solución militar se alzan las voces de quienes reclaman un mecanismo de pacificación para Oriente Próximo, con puntos de partida muy parecidos a los de Morin: esencialmente, el reconocimiento y la rectificación de los errores cometidos en Irak, Siria y otros lugares, pero también en suelo europeo. Eso incluye preguntarse por la viabilidad futura de Irak, por el papel –dudoso– que puede desempeñar Bashar el Asad en un desenlace político consistente en Siria, por las contradicciones inherentes a una gestión internacional de la crisis que incluya a Estados Unidos, Rusia, Irán y Arabia Saudí, actores necesarios e ineludibles. Eso incluye, también, preguntarse seriamente cuáles son las líneas rojas que en ningún caso deben traspasarse en nombre de la seguridad, mejor dicho, en nombre de una falsa idea de seguridad.

Los errores encadenados para no alterar el statu quo en Oriente Próximo han dado pie a situaciones tan chocantes o preocupantes como el silencio sepulcral en Wembley durante el minuto de silencio por las víctimas de París y, a la misma hora, los silbidos y los gritos de Alá es grande mientras se hacía lo propio en un estadio de Estambul. Hay en el islam, al menos en una parte de él, un sentimiento de agravio, una atmósfera viciada por la herencia colonial, por la epopeya palestina, por la invasión de Irak, por la sujeción a los intereses de Occidente; una atmósfera potenciada y aprovechada por los predicadores del califato y de la necesidad de volver al pasado. Nadie puede poner en duda la gravedad y la profundidad social de tal fenómeno.

Estos mismos errores han desencadenado desastres irreversibles como la destrucción de Siria, Irak, Yemen y Libia y han llenado de incertidumbres indescifrables el futuro de Turquía, Egipto, Afganistán y puede que Pakistán. No es un panorama alentador para remitirse cada cinco minutos a la guerra y olvidar otros factores y frentes de actuación: mejorar la labor de inteligencia, poner en práctica mecanismos de cohesión social en las grandes ciudades europeas, cambiar el vínculo económico y político de Europa con los regímenes de los países de mayoría musulmana, lograr que las estrategias rusa y estadounidense en Oriente Próximo dejen de ser las dos versiones de un misma, estéril y peligrosa rivalidad a las puertas del infierno, más allá de las cuales toda esperanza carece de sentido, según los versos de Dante en La divina comedia.

La conmoción causada por los atentados de París no puede ser la excusa o la ocasión propicia para convertir la seguridad de los ciudadanos, un derecho que deben garantizar los poderes públicos, en el pretexto para degradar la democracia, consagrar la venganza como principio de la acción exterior y militarizar un conflicto de gran complejidad, de naturaleza política y social, hasta convertirlo en la versión actualizada del choque de civilizaciones. Los valores cívicos transmitidos por la cultura francesa y la memoria de los muertos merecen que el desenlace sea menos sórdido.

El juego de Putin

La complejidad de la crisis siria ha subido un punto más en su particular escala de Richter a raíz de la intervención directa de la aviación rusa en los bombardeos contra enclaves de la oposición al régimen de Bashar el Asad más que contra las del Estado Islámico, según muy solventes indicios. Mientras Rusia defiende su derecho a apoyar un régimen elegido democráticamente, según el muy previsible articulista de Pravda Timothy Bancroft-Hinchey, cunde la alarma en Occidente por el riesgo de un incidente entre aviones rusos y estadounidenses sobrevolando un mismo espacio aéreo, y aún más por el apoyo explícito dispensado en el campo de batalla por Rusia al presidente sirio. Un apuntalamiento o protección de la autocracia de El Asad que lleva inexorablemente a aceptar como única hipótesis viable para detener la matanza la participación del presidente en cualquier negociación política.

Cuando al menos en una ocasión se ha podido confirmar que las bombas rusas cayeron sobre un grupo entrenado por la CIA, cuando se han puesto en marcha obras de ampliación de la base rusa de Tartus, en la costa siria, y cuando Vladimir Putin defiende la conveniencia de una actuación preventiva “para luchar y destruir militantes y terroristas sobre el terreno dispuestos a ocuparlo”, sin especificar de quiénes se trata, no es muy difícil imaginar que el presidente de Rusia ha cogido su fusil con el debido cuidado de no provocar un enfrentamiento directo con Estados Unidos y sus aliados, pero también sin especial disposición a atender los argumentos de François Hollande y Angela Merkel para que los ataques se circunscriban a las bases del Estado Islámico. Hay en todo ello cierta lógica heredada de la guerra fría, pero también la reparación o compensación de la marginación de Rusia por la OTAN a raíz de la intervención en Libia, cuando Putin era primer ministro y Dmitri Medvédev, presidente (a partir del 2012 se intercambiaron los papeles). Asoma en la crisis el propósito ruso de no quedar fuera de la solución política siria y, de forma más amplia, de la maraña de influencias en Oriente Próximo.

Un largo informe colgado en la web estadounidense Politico.com desarrolla la idea de que la estrategia rusa obedece al convencimiento de Putin de que fue un gran error la actitud de Rusia en el 2011 al abstenerse en el Consejo de Seguridad de la ONU y dejar las manos libres a la OTAN en Libia. Pero obedece también, asegura el medio,  a una pugna por el poder en el interior del Kremlin entre sus dos hombres fuertes, el propio Putin y Medvédev, comprometido el primero en restablecer la influencia de Rusia mediante dosis intensivas de nacionalismo radical y empeñado el segundo en adecuar la política rusa a la capacidad de resistencia de su economía, baqueteada por las sanciones occidentales a raíz de la crisis ucraniana. Se dé o no esa disputa, lo cierto es que el compromiso ruso con El Asad prefigura objetivos políticos muy diferentes a los del 2011, después de que Medvédev negociara un nuevo acuerdo nuclear con Barack Obama, aprobado por la Duma y es de suponer que bendecido por Putin.

Para David F. Gordon, especialista en seguridad, Putin entiende que la situación en Siria es una gran oportunidad geopolítica para mitigar los efectos de la debilidad económica causada por la caída de los precios en el mercado de la energía y por las sanciones. Más que una pelea entre los hombres fuertes del establishment ruso, Gordon sostiene en Foreign Affairs que el comportamiento de Putin responde a su convencimiento de que puede sacar partido al fracaso estadounidense para detener al Estado Islámico, encontrar una solución política para Siria y, acto seguido, resolver la crisis de refugiados en Europa. “Putin es un oportunista que trata de aumentar la influencia rusa en Oriente Próximo y, al mismo tiempo, proyecta la imagen del Kremlin en el mundo, y especialmente en Europa, como parte esencial de la solución a los problemas”, escribe Gordon.

Resulta más difícil descifrar de qué hablaron Obama y Putin en Nueva York para que un día más tarde Estados Unidos mostrara su sorpresa por el inicio de los bombardeos rusos, como si el asunto no hubiese formado parte de la conversación. Los aires de sorpresa del secretario de Defensa, Ashton B. Carter, al recordar que algunos de los grupos de oposición bombardeados “están apoyados por Estados Unidos y es necesario que formen parte de una solución política en Siria”, parecen fruto del desconcierto, pues el apoyo ruso al régimen sirio ha pasado de la retórica y los suministros a la implicación directa. Es decir, a través de la política de hechos consumados la situación ha evolucionado hacia una mayor complejidad; no se trata solo de salvar el régimen de Bashar el Asad, sino de convertirlo en la pieza clave en el tablero de Oriente Próximo.

La sorpresa y el desconcierto se agrandan en la medida en que, al mismo tiempo que el Pentágono denuesta los bombardeos rusos, el Departamento de Estado se entrega a la diplomacia directa, y John Kerry se presta a discutir el problema con el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov. ¿Síntomas de debilidad o necesidad acuciante? Charles Krauthammer, analista de The Washington Post, se inclina por el retroceso de Estados Unidos en el escenario de referencia, parte del convencimiento de que cuando Obama llegó a la Casa Blanca, “Estados Unidos había emergido como el actor regional dominante” en Oriente Próximo, para lamentar acto seguido: “El último domingo, Irak anunció el establecimiento de una alianza con Irán, Siria y Rusia, símbolo de la nueva alianza del creciente chií (…) bajo el paraguas de Rusia, la potencia regional hegemónica ascendente”. Un análisis que comparte la creencia de los gabinetes de estrategia que ven en la retirada estadounidense de Oriente Medio el primer mojón del camino que conduce directamente a la intensificación de la guerra fría no declarada en el golfo Pérsico entre el mundo suní, encabezado por Arabia Saudí, y el chií, pilotado por la teocracia de los ayatolás.

Nadie pensó al inicio de la guerra civil de Siria, hace cuatro años, que un dictador desprestigiado y sanguinario, a pesar del apoyo ruso e iraní, pudiese sobrevivir a la presión internacional y a las matanzas obscenas. Nadie apostó por un asentamiento del Estado Islámico como factor determinante en la crisis. Por el contrario, fueron mayoría los que creyeron que la vesania de El Asad cavaría su tumba. Todo ha sucedido al revés: el presidente sirio se ha convertido en la alternativa soportable y preferible al Estado Islámico (al menos para Occidente) y, en cambio, sus adversarios políticos, organizados bajo diferentes nombres, han sucumbido a la realpolitik y a la habilidad de Rusia para sacar partido a la indecisión de Estados Unidos y sus aliados. Si Putin no ha tomado la iniciativa, al menos ha igualado el compromiso de Occidente en el campo de batalla y ha hecho de Siria, quizá, la moneda de cambio para afrontar otras crisis o atenuar por lo menos los efectos de la interferencia rusa en Ucrania. Este parece el juego.

El otro futuro de Europa

Ese perfil perentorio, de urgencia extrema, que tiene la multiplicación de refugiados que llegan a Europa o que pretenden hacerlo se ha agravado con las zancadillas de la reportera húngara Petra Laszlo a quienes huían en desbandada hacia ninguna parte. Porque hay otra perentoriedad que precisa ser atendida cuanto antes: llevar al ánimo de los europeos reticentes que la única solución inaceptable es perseverar en la Europa fortaleza, aquella en la que seguramente sueña el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, pero que es políticamente inviable y humanamente indefendible; desalentar a cuantos, aun condenando las zancadillas de Petra Laszlo, se oponen a que los refugiados que llaman a la puerta encuentren cobijo.

El filósofo Jürgen Habermas sostiene en Le Monde que Francia y Alemania deben ponerse al frente de las operaciones para restablecer la unidad de acción europea y respetar el imperativo categórico de asistir a cuantos huyen de las miserias de la guerra –de las guerras– y de la persecución política. La variedad de reacciones nacionales –de los gobiernos y de las opiniones públicas– revelan, dice Habermas, la complejidad de realidades muy diversas: “La antigüedad en la pertenencia a la Unión, las diferencias económicas importantes –a menudo demasiado importantes– entre países miembros y, sobre todo, las diferentes historias nacionales y las diferentes culturas políticas”. Pero esa complejidad no debe ser el pretexto o la causa que lleve al fracaso o al ensimismamiento, tan alejado del compromiso moral que se supone sigue vigente en el proyecto europeo.

Al lado de Habermas, el escritor italiano Erri De Luca establece un paralelismo entre el tráfico de seres humanos en el pasado y ahora: multitudes que se hacinan en embarcaciones precarias –“el peor de los transportes marítimos de la historia humana”– para perecer muchas veces a la vista de la costa de Lampedusa, de Malta, de Lesbos, de Kos, de tantos lugares. “Los esclavos deportados por los negreros viajaban mejor –escribe De Luca– porque eran una mercancía que se pagaba contra entrega. Si moría antes, se perdía el beneficio. Los deportados de hoy pagan por adelantado, y poco importa si llegan a destino”. La comparación es devastadora, pero hay en ella un trasfondo de verdad perturbadora, de impotencia desgarradora de Europa para afrontar el problema desde el punto de vista de las víctimas, que deben superar mil obstáculos hasta llegar a tierra firme y, ya en ella, se encuentran con otras mil barreras envueltas en una retórica política destinada a enmascarar lo dispuesto en el derecho internacional en materia de asilo y de aplicación del estatuto de refugiado.

El primer reparto de acogida decidido esta semana tendrá una efectividad limitada, porque el flujo migratorio no cesará y las actuaciones en origen, de ponerse en marcha, solo darán resultados a medio y largo plazo. La Willkommenskultur, digna de elogio, honra a los alemanes movilizados en todas partes, pero encarar el problema requiere algo más que el dinamismo autónomo de una sociedad próspera. La proliferación de iniciativas asistenciales es asimismo insuficiente para acumular recursos a gran escala. Hace falta establecer un sistema pautado que parta del hecho cierto de que Europa tiene ante sí el mayor problema de refugiados desde el final de la segunda guerra mundial, con el dato añadido de que los de hoy, a diferencia de los de la posguerra, no son europeos y las crisis de encaje surgirán enseguida y no se resolverán en cuatro días. Dicho con palabras de la periodista alemana de ascendencia yugoslava Doris Akrap en The Guardian: “¿Llegará el final de la Willkommenskultur cuando no implique solo cantar Aleluya juntos, sino ayudar a la gente a convertirse en autónoma y articular sus propios deseos?”

La pregunta de Akrap apunta a la gran incógnita de futuro: ¿cuál es la capacidad de absorción de la sociedad alemana y, por extensión, de la europea? Si Alemania ha recibido en lo que llevamos de año 450.000 refugiados y está dispuesta a llegar a los 500.000, pero no más allá, ¿cuál debe ser la hipótesis de trabajo de los demás estados de la UE si, como es de prever, el flujo migratorio no cesa? Soslayar el asunto queda tan lejos de la realpolitik como lo estuvo antes imaginar que el trasiego de refugiados en la periferia de las áreas de conflicto iba a quedarse allí, no tendría la fuerza expansiva que en la práctica tiene. Y la que tendrá en el futuro si, como más voces aceptan todos los días, es inevitable un acercamiento o negociación con Bashar el Asad ya que no es posible hablar y entenderse con el Estado Islámico, convertido en árbitro indirecto de la situación que impone su agenda por la vía de los hechos: guerra sin cuartel, sectarismo, asesinatos colgados en Youtube y una próspera economía basada en las rendijas del sistema por donde se cuelan el contrabando de petróleo y el mercado de armas.

Muchos europeos sienten que sus países están sitiados”, afirma Daniel Gros, director del Centro para Estudios de Política Europea, y tal sensación va en aumento en la medida en que los estados están lejos de dar una respuesta conjunta, global y sostenida en el tiempo. Esa sensación alimenta la propaganda de los partidos de extrema derecha, que reclaman que los refugiados sean devueltos a sus lugares de origen, y paraliza a los gobiernos, que temen ver desgastadas sus expectativas electorales ante una parte de la opinión pública potencialmente hostil a las políticas de acogida. Pero no hay otra salida que aceptar los hechos tal como son: esa oleada migratoria no es un fenómeno esporádico, un hecho aislado posible de solucionar con algo de tiempo y unos millones de euros.

Jean-Christophe Dumont, alto funcionario de la OCDE, defiende que el coste de los movimientos migratorios –de refugiados– debiera ser visto como una inversión: “A largo plazo serán comparables a los inmigrantes económicos y aportarán una contribución fiscal neta. Es decir, que pagarán más impuestos y cotizaciones sociales que las prestaciones anuales que recibirán”. Y el economista francés Thibault Gajdos se pregunta si sus compatriotas, que dejan cada año 45.000 millones de euros en la caja de la Française des Jeux, la sociedad que gestiona las loterías, no están en condiciones de gastarse 10.000 millones de euros en atender a los refugiados. Claro que detrás de las reservas de una parte de los europeos no alienta solo o principalmente la preocupación por el coste de la operación, sino un doble temor: tener que aceptar a corto plazo nuevos competidores en el mercado de trabajo y diluir la identidad cultural propia en una mezcla variopinta de identidades importadas.

Desde la noche de los tiempos, los movimientos migratorios forman parte de la historia de la humanidad al igual que las guerras, los ciclos económicos y la competencia entre imperios. Nada hay de realmente nuevo en cuanto está sucediendo salvo el dramatismo que se deduce de contemplar los acontecimientos en directo en toda clase de soportes, medios y géneros informativos. Sí es novedad esa reacción espectacular de acogida y ayuda en el continente y debiera serlo, cuanto antes mejor, la reacción coordinada, unitaria y eficaz de los gobiernos ante una situación en la que están en juego la vida y la muerte de demasiados. Ahí también está el futuro de Europa.

La amenaza está en Siria

Mientras el profesor Jean-Pierre Filiu decía el miércoles en Barcelona que el peligro y la amenaza está en Siria se supo que las autoridades académicas de Charleville-Mézières, en el norte de Francia, habían impedido la entrada a un instituto de una adolescente musulmana de 15 años por vestir una falda negra excesivamente larga, que entendieron era una manifestación pública de su credo religioso. Diríase que los árboles no dejan ver el bosque o que cuestiones de detalle impiden ir al fondo del problema o que, peor aún, el miedo a la propagación del fundamentalismo islamista corre el riesgo de convertir en caricatura los valores propios de una sociedad laica hasta hacer de ellos, a su vez, una forma de fundamentalismo. Los comentarios en Twitter que acompañan a la etiqueta #JePorteMaJupeCommeJeVeux (llevo la falda como quiero) constituyen una muestra significativa de un laicismo sin sectarismo, pero aquellos otros que apoyan la decisión de las autoridades han estimulado un rebrote de las corrientes puritanas –prohibición de los shorts o de las faldas excesivamente cortas (sic)– y, a veces, de una islamofobia más a o menos explícita.

Pero el problema está efectivamente en Siria y no en la longitud y el color de las faldas. El problema está en Siria y en la incomprensión del problema o, más apropiadamente, en la simplificación del problema para eludir compromisos mayores: intervenir allí con más determinación que hasta la fecha y aceptar que quizá la oposición no islamista, debidamente auxiliada, podría cambiar el rumbo de los acontecimientos. Desde el bombardeo con armas químicas de Ghuta, en la periferia de Damasco, el 21 de agosto del 2013, hasta la fecha se ha registrado una progresiva rehabilitación del presidente Bashar el Asad, que, después de Ghuta (1.400 muertos), accedió a desprenderse de su arsenal químico y poco a poco se presentó ante una opinión pública desinformada o asustada, para el caso es lo mismo, como el único bastión capaz de resistir la envestida yihadista del Estado Islámico, del califato, del Daesh o como llamarle se quiera. “Del dilema entre revolución y autoritarismo se pasará progresivamente al dilema entre yihadismo o autoritarismo, convertido El Asad en el menor de los males”, escriben los arabistas Lurdes Vidal y Nicolás Mayer en el trabajo Siria, esperanzas defraudadas.

Escapa a la opinión pública europea, aturdida por la amenaza terrorista de todos los días, el dato concluyente de que el presidente sirio se ocupa de moldear el perfil del gran enemigo –los islamistas–, pero bombardea a la oposición no islamista en Alepo y apenas acosa las posiciones yihadistas en Raqa, noreste de Siria, plaza fuerte del Estado Islámico. Progresa la socialización del terror en suelo europeo y en Siria, pero en la percepción colectiva prevalece la convicción de que el mayor problema no está en una lejana guerra civil, sino a la vuelta de la esquina de cualquier calle de Europa. Crece así la islamofobia, según los datos indiciarios que manejan la Red Europea contra el Racismo y la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE, que detecta un incremento de los casos de discriminación en Francia, Reino Unido y España. Y crece también el vínculo entre discriminación y radicalización de jóvenes musulmanes europeos dispuestos a unirse a las filas del Estado Islámico.

Opiniones como la de Jean-Pierre Filiu, que afirma que “el Estado Islámico está inventando una nueva religión que no tiene nada que ver con el islam”, tienen un carácter minoritario, y el ruido informativo en la aldea global enturbia datos tan esclarecedores como que el 60% de los islamistas denunciados en Francia lo han sido por sus familias. Al mismo tiempo, avanza la construcción de un enemigo inmediato que oculta la realidad de un adversario lejano que opera como imán que atrae a un segmento de jóvenes decepcionados por el futuro que les reserva una Europa próspera que no comparte su prosperidad con ellos. Antes al contrario: ser musulmán es a menudo motivo de sospecha, de recelo o de exclusión.

El diplomático argelino Lajdar Brahimi, que lo mismo que antes Kofi Annan fracasó como mediador para la resolución de la guerra en Siria, reclama un compromiso conjunto de los actores regionales –Irán, Jordania, Arabia Saudí, Turquía y Catar– para detener la matanza, un compromiso por lo demás harto difícil, y al mismo tiempo deplora los errores cometidos por Europa, pues sin ella no es posible vislumbrar una solución. En cambio, si se ausenta del conflicto o pasa desapercibida, sí es posible temer un ascenso de los movimientos xenófobos en Francia, Alemania, Reino Unido, Polonia, Holanda, Austria y Suecia, y, a medio plazo, en toda Europa, donde subirse a una tribuna y denostar a la población musulmana reporta más réditos electorales a cada día que pasa.

Apostar por el mal menor, como parecen haber hecho Estados Unidos y Europa, conduce directamente al fracaso o a la perpetuación de la crisis y de la tragedia humana a ella asociada. Porque llegar a la conclusión de que cualquier alternativa es peor a la guerra misma, que el empate histórico en el campo de batalla preserva el statu quo sin dar a nadie la victoria, no desactiva los mecanismos de captación de militantes del yihadismo ni las amenazas que se ciernen sobre la sociedad europea. En cierta medida, la parsimonia europea constituye un triunfo del Estado Islámico, que ha movilizado a su adversario lejano –Occidente–, y ello le permite justificar el recurso a la guerra en Siria e Irak, pero no se ha movilizado lo suficiente como para poner en peligro las conquistas territoriales del califato y detener la llegada de nuevos combatientes procedentes de diferentes lugares de Europa.

La idea expresada por Rami G. Khouri en un artículo publicado en el periódico libanés The Daily Star, según la cual no pasa de ser algo anecdótico el atractivo que tiene el Estado Islámico para “unos pocos miles de chiflados y almas perdidas que viajan desde los países occidentales”, es una simplificación tan arriesgada como la que en Occidente se hace al abordar el caso sirio. Esa exportación de europeos, crecidos en familias musulmanas o conversos, es un síntoma significativo de una crisis social que cruza el continente de parte a parte. No se trata de un fenómeno marginal, de un dato sin importancia –la longitud de una falda sí lo es–; es la cara más visible y puede que alarmante de la descohesión derivada de políticas equivocadas con efectos agravados por el poder de captación de la prédica fundamentalista. Es el frente europeo de la guerra siria.

Yemen empeora Oriente Próximo

Desde la llegada al trono suadí del rey Salmán a la muerte de Abdalá (23 de enero) hasta la decisión de la Liga Árabe de crear una alianza militar a imagen y semejanza de la OTAN (28 de marzo) se han registrado una serie ininterrumpida de acontecimientos que pueden cambiar en muy poco tiempo el argumento en Oriente Medio, si es que no cambió ya para siempre a causa del desafío islamista. Hay por lo menos cinco capítulos interconectados, relatos parciales que responden unas veces a intereses antagónicos y otras a factores complementarios de acuerdo con el siguiente esquema:

-El levantamiento en Yemen de los hutís –chiís–, que han sido capaces de dinamitar el régimen que siguió al exilio del presidente Alí Abdalá Salé y han provocado la intervención de Arabia Saudí y sus aliados sunís.

-La confusa disposición de Estados Unidos a reconocer que es preciso negociar con el régimen sirio –con Bashar el Asad o sin él no está claro– para evitar un triunfo o enquistamiento del islamismo en Siria e Irak, seguido de unas declaraciones bastantes explícitas del autócrata, preparado para llegar a un acuerdo con la Casa Blanca si nadie discute su poltrona.

-La victoria de Binyamin Netanyahu el 17 de marzo y su oposición militante a un acuerdo político del grupo 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania) con el régimen iraní sobre la limitación de su programa nuclear o, lo que es lo mismo, sobre la rehabilitación de la república de los ayatolás ante la comunidad internacional.

-Los avances en las negociaciones de Lausanne, con el reloj parado a la espera de que alumbren un compromiso tan temido por Israel, en nombre de la seguridad, como por Arabia Saudí en su disputa histórica con Irán por la hegemonía en el golfo Pérsico.

-La decisión del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de levantar el bloqueo de la venta de armas a Egipto y de reanudar el programa de ayudas –más de 1.000 millones de dólares al año–, suspendidos a raíz del golpe de Estado del general Abdel Fatá al Sisi (3 de julio del 2013).

Puede añadirse a estos cinco apartados el proyecto saudí, nunca concretado, pero siempre soñado, de hacer del Consejo de Cooperación del Golfo una suerte de confederación de estados pilotada desde el palacio real de Riad, destinada a competir con Irán allí donde hiciese falta, con la ventaja adicional para las monarquías sunís de disponer de una capacidad financiera superior a la iraní gracias a las rentas del petróleo y a la diversificación de sus inversiones. Cierto es que países como Catar recelan, cuando no se oponen a una operación de estas características, pero debe considerarse como una posibilidad que está ahí y que puede reaparecer según se desarrollen los acontecimientos.

Algunos análisis achacan a la retirada de facto de Obama de la región parte principal de la responsabilidad de cuanto allí sucede desde mediados del 2014. El profesor Sami Aoun, de la Universidad de Sherbrooke (Canadá), sostiene que la implicación limitada de Estados Unidos ha creado un vacío con efectos desestabilizadores. Si ese vacío ha hecho posible el hundimiento de Yemen en una guerra sectaria, es difícil precisarlo, pero lo cierto es que la iniciativa tomada por Arabia Saudí y otros países árabes se debe a esa guerra y al triunfo momentáneo de la facción chií, presuntamente apoyada por Irán, mientras, al mismo tiempo, Irán negocia con las grandes potencias y, en la práctica, dos de los mayores aliados de Estados Unidos en el área, la monarquía saudí y Egipto, acusan a la república islámica de meterse en el patio trasero del universo suní. He ahí las contradicciones o antagonismos sobre el terreno.

Por lo demás, las contradicciones son inevitables porque Yemen es importante para Arabia Saudí, pero también para Irán, y Estados Unidos y sus aliados occidentales deben pasar la maroma y aceptar la vieja fórmula según la cual las contradicciones son el motor de la historia. Para la monarquía saudí, Yemen es el patio de vecindad que debe mantenerse razonablemente ordenado y, también, la reserva demográfica de la que echar mano cuando sea necesario, según el profesor Aoun. Para los iranís, en cambio, es la pieza esencial de su estrategia en Oriente Próximo, en el corazón del mundo árabe. Y aplica al caso el esquema favorito del presidente Hasán Rohani en política exterior: ser pragmático en el contencioso nuclear y exacerbar el agravio o el enfrentamiento religioso en el plano regional para justificar luego la movilización en auxilio de la minoría chií –los hutís–, marginados del poder por el sunismo.

Claro que no todo es tan obvio. Según el especialista Brian Withaker, caben algunas salvedades a la supuesta implicación iraní en la crisis yemení:

-Desde que una delegación hutí visitó Teherán en marzo, el apoyo se hizo más de palabra, con promesas de ayuda económica, de acuerdo con un informe del International Crisis Group.

-En otro informe del mismo think tank se indica que la implicación saudí en la política yemení es muy superior a la iraní, de lo que se deduce que la dependencia de sus patrocinadores sunís del presidente Rabu Mansur Hadi, expulsado por los hutís de Saná, es muy superior a la dependencia de los insurrectos de sus potenciales aliados chiís.

-Aunque Adel al Jubeir, embajador saudí en Washington, insiste en The New York Times en la presencia entre los hutís de guardianes de la revolución enviados por Irán y mujahidines de Hizbulá, no hay pruebas irrefutables que lo corroboren.

Hasta aquí las contradicciones y las medias verdades de las últimas semanas. Los factores de complementariedad se concretan en la participación de varios países árabes en la coalición articulada por Estados Unidos para combatir desde el aire al Estado Islámico, vistas las carencias del Ejército iraquí de frenarle por sus propios medios. Bien es cierto que con la aportación adicional de combatientes iranís, aceptada en la práctica por Estados Unidos, que han acudido en auxilio de un país de mayoría chií (60% de la población). Pero también son complementarias, aunque no exista coordinación alguna, las oposiciones israelí y saudí a un acuerdo con Irán en materia nuclear, porque, como tantas veces en política, rige el principio que establece que los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Y nada altera más los biorritmos de israelís y saudís que el pragmatismo de la teocracia iraní, aunque sea útil para contener a los yihadistas, preservar el statu quo y limitar el incendio provocado por el islamismo en armas.

Al final, todo contribuye al descoyuntamiento de la región. Todas las grandes ciudades árabes están sometidas a la presión terrorista, todas las minorías tienen razones para sentirse amenazadas, todos los regímenes afrontar algún tipo de grave riesgo. El debate sobre la democratización del Estado, salvo en Túnez, se ha acallado porque aquello que más apremia es la seguridad frente a adversarios que se atienen a una lógica tributaria de “una utopía desgarradora”, en palabras de Javier Solana; una lógica que en Occidente enturbia la atmósfera con los peores demonios familiares y en Oriente Próximo da alas a regímenes obscenos, pero dispuestos a contener el desafío islamista siempre que no se sientan impugnados.

 

 

El califato se nutre del caos

El Estado Islámico (EI) da muestras de tener una facilidad pasmosa para llenar con su presencia nichos políticos de los que se ha ausentado el Estado convencional o en los que cualquier forma de autoridad institucional es meramente simbólica. Si se une a ello la lógica sectaria y el desprecio por la herencia cultural del pasado en todo lo que no está impregnado por el mensaje del islam, se dispone de un perfil muy reconocible de qué es el EI, qué riesgos entraña y qué desafíos plantea. Pero se concreta asimismo la capacidad que los islamistas de Abú Bakr el Bagdadi tienen de contaminar el entorno y desestabilizarlo o implicarlo en una guerra de desgaste cuya duración, muy larga con toda seguridad, es imposible precisar.

El asesinato de 21 cristianos coptos egipcios en una playa de Libia, la decisión del presidente Abdelfatá al Sisi de responder con bombardeos aéreos, el secuestro de un número indeterminado de cristianos sirios de diferentes ritos y, por último, ese vídeo en el que aparecen varios muyahidines destruyendo estatuas asirias varias veces milenarias son la constatación directa y fehaciente de que esos nichos sin Estado en los que se ha instalado el EI presencian un adelanto de los significados explícitos e implícitos que se derivan de la proclamación del califato. El califato ha adquirido la personalidad de un actor político internacional de primer orden y la “adaptación cultural”, citada a menudo por Henry Kissinger como aquella más adecuada a la realidad de Oriente Próximo que la construcción de naciones por la que optó George W. Bush en Afganistán e Irak, apenas encuentra adeptos en Occidente, donde se ha impuesto el convencimiento de que la única solución posible es la militar y cualquier otra está llamada al fracaso.

Según la profesora Tricia Bacon, de la Universidad Americana de Washington, hay por lo menos cuatro factores que distinguen al EI de otras organizaciones islamistas:

-Recursos abundantes (el petróleo de los pozos conquistados en Siria e Irak, el dinero que estaba depositado en los bancos de las ciudades que ha ocupado y los arsenales abandonados sin lucha en el campo de batalla por el Ejército iraquí).

-Propaganda sofisticada (utilización intensiva de las redes sociales para llevar la yihad hasta las salas de estar de Occidente).

-Líder carismático (el califa Ibrahim –El Bagdadi antes– es uno de los agitadores de nuestro tiempo menos fotografiados, pero eso no ha reducido un ápice la fuerza de su llamamiento a la umma –la comunidad de creyentes– para que sea fiel y sumisa a sus designios).

-Ocupación de un territorio donde tiene libertad de movimientos (una vasta región que une partes de Siria e Irak bajo una sola bandera, más la colonización reciente de un reducto en el norte de Libia).

Hay otros dos factores de índole político-religioso-cultural que deben añadirse a los enumerados por la profesora Bacon:

-La explotación del sentimiento de marginación que invade a la comunidad suní de Irak desde la desaparición del régimen de Sadam Husein y la sustitución de este por otro en manos de la mayoría chií desde que Nuri al Maliki fue nombrado primer ministro, cuyos vicios apenas ha podido corregir su sucesor, Haider al Abadi.

-La pugna histórica entre Irán (chií) y las petromonarquías (sunís) por hacerse con la hegemonía en la región del golfo Pérsico, llamado mar Arábigo por los señores del oro negro, una pugna en la que se insertan los acontecimientos en curso y explica en gran medida las ambigüedades de Arabia Saudí y Catar, sobre todo, en relación con el EI, hoy bombardeado, pero quizá ayer financiado o, por lo menos, tolerado.

“El caos amenaza el orden mundial”, sostiene Henry Kissinger en World Order (Orden Mundial), el libro que presentó en septiembre del año pasado. Kissinger parte de la idea de que el orden mundial es “el concepto que tiene una región o civilización acerca de la naturaleza de acuerdos justo y de la distribución del poder a través de ellos para ser aplicados en todo el mundo”. Pero si una región –Oriente Próximo hoy– cobija un movimiento político de tipo insurreccional, que impide sistematizar el reparto del poder, construir un statu quo duradero, el caos está servido. Si se da además la circunstancia de que en la región se desarrolla una disputa entre actores principales, entonces el riesgo de caos es aún mayor. Esa es la situación desde Libia a Irak, con ramificaciones en Yemen y, más allá del mundo árabe, en partes del África subsahariana, Afganistán y Pakistán, hasta donde llegan los ecos del desafío del Estado Islámico, en unos casos, pervive el mensaje de Al Qaeda, en otros, o persiste la connivencia entre el islamismo en armas y algunas instituciones del Estado (el caso paquistaní).

Pareciera, al mismo tiempo, que últimamente se impone la lógica perversa de considerar a los enemigos de los enemigos como amigos propios. De tal manera que, puesto que el presidente de Siria, Bashar el Asad, combate al EI, y el EI es el adversario principal de Estados Unidos y sus aliados, el matarife sirio ha dejado de serlo o al menos lo es menos que cuando el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, fijó las líneas rojas que situaron a El Asad a un paso de ser bombardeo por orden de la Casa Blanca. Y esa lógica perversa puede hacerse extensiva a los países del Golfo que, al combatir al EI, debilitan al principal adversario del presidente sirio, socorrido no pocas veces por Irán, a su vez el gran contrincante chií de las monarquías sunís.

“Las relaciones entre el Gobierno de Irak y los estados del Golfo árabes sunís se han tensado considerablemente en el periodo posterior a Sadam, en parte porque el Gobierno de Irak está dominado por facciones chiís políticamente próximas a Irán”, se lee en el informe La crisis del Estado Islámico y la política de Estados Unidos, dirigido al Congreso de Washington. En el mismo informe se subraya que “los resultados de Estados Unidos de una estrategia de fuerza dependen de la participación de otros actores, tanto estatales como no estatales”; es decir, dependen de la implicación de los aliados, se trate de gobiernos o de organizaciones. Entre los primeros se deben contabilizar todos cuantos con más o menos entusiasmo han puesto sus bombarderos al servicio de la causa, pero también realidades tan debilitadas como el Gobierno libio encerrado en Tobruk, que, en teoría, debe ser el encargado de neutralizara orillas del Mediterráneo al Estado Islámico, señor de una parte de la costa oriental del país. Entre las segundas, quizá piensan aún los analistas estadounidenses en las menguadas fuerzas del Ejército Libre Sirio, convertido en poco más que una sombra de sí mismo y desbordado por el dinamismo de los yihadistas.

De lo que es fácil colegir que parecen estar en lo cierto cuantos piensan que la búsqueda de un desenlace solo militar o esencialmente militar no es más que un monumental error de cálculo, un contrasentido que no dará mejores resultados que los errores de cálculo cometidos antes en Afganistán e Irak. En sociedades decepcionadas por el fracaso de las primaveras árabes, singularmente la egipcia, sometidas a las servidumbres de una realpolitik asfixiante y seducidas por diferentes formas de islamismo, más o menos cercano a la ideología espontánea de comunidades abandonadas a su suerte desde hace décadas, carece de fundamentación lógica pensar que cabe suturar las heridas a cañonazos. Se diría que ni siquiera se puede así garantizar el derecho que asiste a los ciudadanos de los países occidentales de sentirse seguros y proteger su modo de vida, sino más bien todo lo contrario. Bien es verdad que nadie sabe con exactitud, más allá de las buenas palabras, cuál debe ser la alternativa para detener el desastre de los estados fallidos y los poderes de facto que desafían hoy a la comunidad internacional, pero una guerra interminable conduce directamente a un futuro tenebroso.

La guerra global es interminable

El asesinato en Argelia del montañero francés Hervé Gourdel a manos del grupo Soldados del Califato, una escisión de Al Qaeda en el norte de África que sigue la estela del Estado Islámico (EI), coincide en el tiempo con la reanudación del debate entre académico y político acerca de la legitimidad de los ataques aéreos en las áreas sojuzgadas por el EI y la eventual resurrección de la guerra preventiva, doctrina heredada del mandato de George W. Bush. Si valiese como vara de medir el estupor de la opinión pública por el cuarto degollamiento perpetrado por los islamistas, entonces la discusión abierta resultaría innecesaria, pero ni siquiera en regímenes de opinión pública como el estadounidense o el francés tiene tal patrón consistencia ética. Tampoco la tiene la personación de varias naciones árabes en la alianza pergeñada por el presidente Barack Obama para acosar al EI, pues ninguna de ellas es ni remotamente un Estado democrático, sino que todas reaccionan de acuerdo con análisis a más o menos corto plazo y sea cual sea la orientación de la opinión pública, poco menos que inexistente en sistemas sin libertad de expresión.

Las reflexiones sobre los cambios en la opinión pública de Estados Unidos después de las dos primeras decapitaciones en Irak han llevado al profesor David W. Kearn, de la Universidad de St. John, a preguntarse por la capacidad de su país no solo de legitimar el recurso a las armas, sino de encabezar la lucha global contra el terrorismo, articular una estrategia diplomática en un entorno político muy dividido y afrontar en el seno de sociedades democráticas las consecuencias de una guerra sin fecha de caducidad visible. El debate no es solo de naturaleza moral y jurídica, sino también político, o que atañe a la norma moral en el ejercicio de la política. Y no solo en Estados Unidos, sino también entre sus aliados, asociados a una estrategia llena de riesgos imprevisibles.

El senador demócrata por Virginia Tim Kaine, esto es, del mismo partido que Obama, alberga muchas dudas sobre los efectos inmediatos del camino emprendido al situar los poderes de guerra del presidente en el terreno de juego diseñado en su día por el vicepresidente Dick Cheney para justificar las intervenciones en Afganistán y en Irak ordenadas por Bush, y para fundamentar la guerra preventiva y otras disposiciones de la ley patriótica, que sigue en vigor. Kaine considera que actuar sin contar con el Congreso sería “un error brutal” porque el presidente abrazaría la doctrina de Cheney y dañaría el régimen parlamentario diseñado por la Constitución. Si, además, el efecto directo de la intervención armada agigantara la hostilidad de segmentos significativos del urbe suní o, a escala estrictamente local, reforzara el régimen de Bashar el Asad, asistiríamos a una fatal repetición de las equivocaciones encadenadas por Estados Unidos en episodios de sobra conocidos: apoyar a la resistencia pastún contra la ocupación soviética de Afganistán, que favoreció el desarrollo de los talibanes y el arraigo de Al Qaeda; incitar al Irak de Sadam Husein a que atacara Irán con el fin de neutralizar el afianzamiento de la república de los ayatolás; aceptar la política israelí en los territorios ocupados con el resultado de que nutrió de seguidores las filas de Hamás.

En sus días de secretaria de Estado, Hillary Clinton reconoció que sí, que la gestión que Estados Unidos hizo del conflicto afgano en los años 90 dio alas a Al Qaeda. No hizo ningún descubrimiento, porque tal afirmación forma parte de los consensos académicos del siglo XXI, pero fue una llamada de atención a cuantos exigen el recurso permanente al gran garrote (big stick). La lógica seguida por el exsecretario de Estado Henry Kissinger en un artículo publicado en junio del 2012, contiene una advertencia en términos parecidos: “El sistema de Westfalia nunca se aplicó completamente en Oriente Próximo. Solo tres de los estados musulmanes de la región tienen una base histórica: Turquía, Egipto e Irán. Las fronteras de los otros reflejan un reparto de los despojos del difunto Imperio Otomano entre los vencedores de la primera guerra mundial, con mínimo respeto por las divisiones étnicas o sectarias. Estas fronteras ya han sido desafiadas repetidamente, a menudo por medios militar”. En resumen, nada nuevo luce bajo el sol.

Una ronda de opiniones entre artistas e intelectuales sirios realizada por la publicación estadounidense Dissent, de enfoque progresista y periodicidad trimestral, es fiel reflejo del escepticismo con el que la oposición a Asad acoge el resultado de las operaciones en curso. “Nuestro objetivo incluye ahora la caída de Asad y del ISIS (el EI)”, declara Rasha Othman, que al vincular una cosa a la otra deja entrever las dificultades de que ambas puedan ser realidad al mismo tiempo. Las dudas de los entrevistados tienen que ver tanto con la pasividad de Occidente cuando Asad desencadenó la matanza, cuanto con la contención con la que ha reaccionado el presidente sirio después de los primeros bombardeos. Pues al hostigar a los yihadistas, la coalición de Obama debilita la oposición al autócrata por más que prometa mayor y mejor asistencia al frente laico y al islamismo moderado.

El politólogo francés Gérard Chaliand opina que Obama “empujado por las circunstancias, acaba de comprometerse en un conflicto de alto contenido ideológico”. Visto así, se diría que la Casa Blanca ha puesto los principios por delante de cualquier otra consideración, pero Chaliand aclara en un artículo publicado en el diario Le Monde que el concurso de aliados imprevisibles –los países árabes que se han sumado a la aventura– obliga a Obama a mantener un equilibrio del todo inestable entre los objetivos que se ha fijado en Irak y Siria y la necesidad de que no parezca que favorecen los intereses de Irán en la región y los de Asad para perpetuarse en el poder. Y en la búsqueda del equilibrio pesa tanto el compromiso ideológico como la conveniencia política en cada momento, más la íntima convicción de que, como dice el articulista, es posible contener y debilitar al Estado Islámico, pero es bastante más complejo evitar los efectos de la ideología islamista.

Anne-Marie Slaughter, profesora emérita de la Universidad de Princeton y empleada en el Departamento de Estado entre el 2009 y el 2011, sostiene que el enfoque de Obama es digno de elogio por tres razones: porque combina fuerza y diplomacia, porque limita el alcance de la intervención militar y porque ha logrado formar una amplia coalición en Oriente Próximo que excluye el papel de Estados Unidos como policía del planeta. Esa opinión está lejos de ser mayoritaria dentro y fuera de Estados Unidos ante el temor más que justificado de que estemos ante el comienzo de una escalada bélica que, más temprano que tarde, movilizará a una parte significativa de la comunidad suní y dará nuevos motivos a cuantos, con argumentos más o menos convincentes, entienden que la guerra global contra el terrorismo es la tercera guerra mundial, aunque nadie ose utilizar ese nombre si no es en petit comité.

“Ahora hay el riesgo de que la guerra contra el terrorismo de los Estados se convierta en una guerra permanente contra una lista creciente de enemigos”, escribe el analista indio Brahma Chellaney. Al dar este enfoque, que la lista de enemigos puede ser interminable, admite que la guerra también puede serlo, con su correlato de medidas destinadas a acotar el libre albedrío de los ciudadanos en nombre de la lucha contra todos los adversarios; con su correlato, pudiera decirse, de ausencia de compromisos morales y de preminencia del poder Ejecutivo sobre los otros poderes de los estados empantanados en una lucha sin final. De momento, Obama y sus generales no han llamado a nadie a engaño: la neutralización del EI va para largo. Pero, al decir esto, resulta que no hay respuesta convincente para ninguna pregunta esencial, incluida esta: ¿el islamismo incendiario ha alcanzado tal vitalidad que está en condiciones de sobrevivir a todos sus adversarios?

La OTAN se asoma al califato

Los asesinatos de dos periodistas estadounidenses perpetrados por el Estado Islámico (EI) han agrandado el desafió fundamentalista, que traza un reguero de sangre cada vez más caudaloso. En el artículo publicado este último jueves en el diario conservador británico The Times, prolegómeno de la cumbre de la OTAN celebrada en Gales, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, dicen haberse juramentado para no acobardarse ante las amenazas del sedicente califa IbrahimAbú Bakr el Bagdadi hasta fecha reciente– y sus secuaces. “Países como el Reino Unido y Estados Unidos no serán intimidados por asesinos”, aseguran ambos líderes, pero lo hacen a muy pocos días de que uno de ellos, Obama, reconociese que carece de una estrategia precisa para combatir a los yihadistas. Un rasgo de sinceridad que le honra, pero que desorienta a la opinión pública, conmovida por las decapitaciones de James Foley y Steven Sotloff, y alarma a los candidatos demócratas que en noviembre concurrirán a las elecciones legislativas de midterm (mitad de mandato).

Obama y en menor medida sus aliados se enfrentan una vez más a un dilema angustioso: hay que ceder al chantaje para salvar una vida amenazada o hay que sacrificar a un inocente para no envalentonar a los chantajistas. La Casa Blanca se inclina por no ceder, pero el resultado de su resistencia al intercambio de favores con los islamistas apenas modifica de momento sobre el terreno los datos esenciales del conflicto. Antes al contrario, parece que la siembra del terror afianza al califato en aquellas regiones de Irak y Siria en las que se ha hecho fuerte. Y las invocaciones a la prudencia sirven al mismo tiempo para reconocer que, incluso si se acierta con la forma de encarar la crisis, “es evidente que lo que se haga no será concluyente”, como publicó el diario liberal británico The Guardian al repasar los puntos calientes que ocupan la agenda de la OTAN.

Ni siquiera es seguro adelantar qué efecto tendrá en la reacción de los electores de Estados Unidos la muerte de Foley y Sotloff, cuyas familias han ocupado noticiarios y debates conmovedores. Cuantos creen que a Obama le faltaron recursos para salvar la vida de los periodistas, incluso una vez iniciada la campaña de bombardeos contra posiciones del EI, recuerdan que en junio accedió a intercambiar a cinco caudillos talibanes por el sargento Bowe Bergdahl, cuyo cautiverio de cinco años en Afganistán sigue bajo sospecha, y los términos de la liberación el 24 de agosto del reportero Peter Theo Curtis, dos años en poder de Al Nusra, franquicia de Al Qaeda en Siria, alimenta la sospecha de que no siempre se aplica a misma vara de medir. Una duda que no disipa la posibilidad de que Curtis haya recobrado la libertad como parte de una operación de Al Nusra para suavizar su imagen por comparación con los verdugos del EI.

Hay, por lo demás, un riesgo evidente en el recurso al gran garrote: exportar el combate islamista a suelo occidental. Los cálculos elaborados por el semanario The Economist relativos a ciudadanos europeos y estadounidenses en Siria no ofrecen dudas sobre el éxito de la prédica yihadista más allá de su marco histórico tradicional. Desde que los atentados de Londres de julio del 2005 desvelaron la adhesión de ciudadanos británicos a la causa de la guerra santa, no ha dejado de crecer el temor de que, en cualquier momento, en cualquier circunstancia no previsible, es posible y viable la exportación del combate yihadista en entornos propicios. La seguridad de que fue un ciudadano británico quien segó las vidas de Foley y Sotloff no ha hecho más que acrecentar los temores.

Frente a la tradición del libre examen, herencia de las Luces, una parte del mundo musulmán defiende la idea de que “la gente puede (y debe) ser castigada y discriminada siempre por sus opiniones y prácticas religiosas incorrectas”, afirma el especialista Brian Whitaker, que acaba de publicar un libro ilustrativo: Arabs without God (Árabes sin Dios). Llevado este principio hasta sus últimas consecuencias, con más razón cualquier no musulmán, dentro y fuera de tierra del islam, puede ser un blanco justificado para una mente fanatizada. Si alguien cree que lo que antecede es una simplificación del problema, basta que busque en la red los mensajes de Ibrahim-El Bagdadi para despejar dudas.

¿Cómo ha sido posible tal dislocación del relato político de Oriente Próximo hasta el punto de que el EI lo condiciona todo? Según el profesor libanés Ziad Majed, de la Universidad Americana de París, el nacimiento y consolidación del EI “tiene más de un padre y es el producto de más de una enfermedad de larga duración y generalizada”. Según explica Majed en un artículo publicado en junio en su blog, no es casual que Irak y Siria acojan el último episodio de efervescencia islamista, y da seis razones para que se haya llegado a la situación de este verano:

1º. Sadam Husein, en Irak, y Hafez y Bashar el Asad, en Siria, mataron a cientos de miles de personas, oponentes o no, practicaron un sectarismo profundo y pusieron en marcha “un mecanismo de exclusión y polarización” ideológica.

2º La creación en Irak después de la invasión del 2003 de una nueva autoridad, que excluyó a cuantos habían formado parte del régimen anterior, al mismo tiempo que entró en acción el grupo islamista de Abú Musab el Zarqaui, del que el Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), predecesor del EI, fue su heredero directo.

3º La política regional agresiva de Irán, chií, en Líbano e Irak, con consecuencias en Siria, que ha estimulado la división confesional y “ha hecho de estas divisiones la espina dorsal de la movilización ideológica y una política de revancha” en el campo suní.

4º Los jóvenes de algunas redes salafistas del golfo Pérsico que emergieron y crecieron durante los años 80 y han seguido operando durante las dos últimas décadas “bajo varios nombres, siempre en favor del extremismo y el oscurantismo”.

5º La crisis “profundamente enraizada en el pensamiento de algunos grupos islamistas” que buscan escapar de los desafíos del presente mediante la remisión al siglo VII, primero del islam, convencidos de que en la tradición se hallan las respuestas a cualquier desafío de hoy o del futuro.

6º La perpetuación de un ambiente de violencia brutal en Irak y Siria que ha permitido “el crecimiento de esta enfermedad y facilitado el surgimiento de lo que se puede llamar isismo (de ISIS, siglas inglesas de Estado Islámico de Irak y Siria)”.

La delimitación de las causas que hace Majed le lleva a una conclusión de la que bastantes disienten en las cancillerías occidentales y que los analistas de la OTAN descartan por demasiado peligrosa: que Bashar el Asad no es un muro de contención del islamismo en armas, sino la raíz del problema. En consecuencia, tolerar el régimen sirio como un mal menor es una forma de dar oxígeno a los predicadores del califato y a los partidarios de una respuesta radical del islam. Si esta es la realidad y no otra, entonces fue mayúsculo el error cometido por Estados Unidos y sus aliados al no implicarse directamente en el combate contra Asad a cambio de que este renunciara a sus arsenales de armas químicas. Y quizá fuese realmente enorme habida cuenta de que en una situación de guerra abierta el Ejército sirio no necesitaba recurrir al arsenal químico para sojuzgar a la población y asediar a la oposición laica, rápidamente colonizada por el yihadismo y sometida a su estrategia política.

De igual forma, la libertad de movimientos del primer ministro de Irak, Nuri al Maliki, empeñado en encabezar la venganza chií frente a la comunidad suní, favorecida en tiempos de Sadam, no hizo más que alimentar una guerra sectaria presente en las cuatro esquinas de un Estado debilitado por la división confesional, el nacionalismo kurdo y la inoperancia de un Ejército desprestigiado. Un panorama propicio para que por lo menos en un primer momento la llegada del califa suní encontrara auditorios dispuestos a escucharle, a vislumbrar un futuro libre de la presencia occidental y de las arbitrariedades del Gobierno blindado por Estados Unidos. Poco importa que el sueño se convirtiese pronto en pesadilla y que se retirase a El Maliki el encargo de formar Gobierno para confiar a otro la tarea de constituir un Ejecutivo de amplio espectro, porque para entonces la frontera entre Siria e Irak había desaparecido y el EI era una realidad política ineludible.

Los analistas que observan el desaguisado sirio-iraquí aventuran que la misma cadena de errores podría repetirse en Afganistán, donde la misión de la ISAF acabará a final de año. Janine Davidson y Emerson Brooking se preguntan en la web del Council on Foreign Relations “si Afganistán puede seguir por una camino parecido y qué acciones puede llevar a cabo la OTAN para ponerlo a salvo”. En realidad, la incógnita planteada es meramente retórica porque, si no se produce un cambio de estrategia para fortalecer al nuevo presidente afgano –Ashraf Ghani Ahmadzai– y el Gobierno que forme, pocas dudas hay en cuanto a la incapacidad de las autoridades de Kabul de hacerse respetar mucho más allá de los límites de la capital. Es más verosímil un entendimiento de facto entre los señores de la guerra y de la amapola de opio y los guerrilleros talibanes, que algo remotamente parecido a un compromiso político que salvaguarde la normalidad institucional y el principio de legalidad.

Puede decirse que el éxito estratégico del EI, mediante la renuncia al terrorismo global en favor del combate local, ha hecho saltar por los aires algunas de las previsiones más sólidas que siguieron a las primaveras árabes y a la laboriosa rehabilitación de la República Islámica de Irán. Porque la capacidad de contagio es enorme y la llamada a las armas ha seducido a jóvenes de todas partes, del Reino Unido a Mesopotamia, y está lejos de ser flor de un día. La degradación de la estructura social y política en el orbe árabe-musulmán y las conveniencias de Occidente no hacen más que azuzar la hoguera.

 

 

 

Egipto desanda la primavera

Al cumplirse un año del golpe de Estado que echó de la presidencia de Egipto al islamista Mohamed Morsi se han cumplido los peores presagios: a la pretensión de los Hermanos Musulmanes de acumular todo el poder en sus manos ha seguido la estrategia del Ejército para recuperar por entero aquello que fue –es– de su exclusiva propiedad desde los días de Gamal Abdel Naser. La elección del mariscal Abdel Fatá al Sisi culminó un rápido proceso de sometimiento del Estado a los cuarteles bajo la apariencia de un programa de desislamización de la Constitución y de neutralización de la Hermandad, declarada ilegal. Cuanto ha sucedido en el último año no ha hecho más que devolver a Egipto al camino marcado por los centuriones con la aprobación de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Catar y, finalmente, Estados Unidos en aras de la realpolitik.

Desde que empezó el dramático juego de acción y reacción, que el 3 de julio de 2013 acabó con la presidencia de Morsi y con los uniformados aplaudidos por una multitud en la plaza de Tahrir de El Cairo, más de 2.500 manifestantes han perdido la vida, más de 20.000 hermanos han ido a dar con sus huesos en la cárcel y por encima del millar de dirigentes islamistas han sido condenados a muerte. Además, el Ejército, que al principio dejó que la libertad informativa se mantuviera relativamente intocable, acabó encarcelando,  juzgando y condenando a tres periodistas de Al Jazira so pretexto, típico de las dictaduras desde siempre, de difundir “informaciones falsas”. La falta de garantías de los procesos, presididos por jueces serviles, ha dejado todo el entramado del poder a merced de las conveniencias del generalato, las exigencias de la seguridad en Oriente Próximo, las relaciones con Israel y el paraguas económico de las petromonarquías.

Hasán al Bana, fundador de los Hermanos Musulmanes, asesinado en 1949.

El golpe de Estado que depuso al primer presidente civil de Egipto fue saludado por Tony Blair, enviado especial del cuarteto en Oriente Próximo, como “el rescate absolutamente necesario de una nación”, según ha recordado el periódico liberal británico The Guardian. De forma que, lo mismo que la prioridad en Siria ha dejado de ser la liquidación del régimen de Bashar el Asad, en Egipto tampoco lo es ahora el asentamiento de un régimen democrático, sino garantizar la estabilidad a cualquier precio. En una región devastada por la presión del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el polvorín palestino-israelí y el galimatías libio, en un solar donde Rusia, Irán y China operan con su propia agenda, Occidente ha llegado a la conclusión de que cualquier solución es peor a un Egipto estable, aunque sea a costa de dejar en el olvido los buenos deseos formulados cuando su primavera dejó en la cuneta a Hosni Mubarak.

La duda, la gran duda, es si la dirección tomada por los militares egipcios desemboca o no directamente en una pseudodemocracia estable. Las enseñanzas de la historia de Egipto contienen datos suficientes para pensar que han sido periodos poco estables los que han seguido a operaciones de represión sin cuartel de los Hermanos Musulmanes y compañeros de viaje. Así fue después del asesinato en 1949 de Hasán al Bana, el fundador de la organización, después de la ilegalización de esta en 1954, después de la ejecución en 1966 Sayyid Qutb, una de las referencias ideológicas de la Hermandad; así fue también durante buena parte de la presidencia de Anuar el Sadat, asesinado por un comando yihadista infiltrado en el Ejército, y así es en nuestros días, cuando entre los condenados a muerte figura Mohamed Badia, guía espiritual de los islamistas. De hecho, los Hermanos Musulmanes han mantenido siempre una doble estructura organizativa –pública, una; clandestina o secreta, la otra– y la participación en la vida institucional, de forma oficial o encubierta, ha alimentado un debate permanente en la dirección y entre la militancia.

Sayyid Qutb, ideólogo del islamismo radical, ahorcado en 1966.

Si los militares egipcios se presentan dispuestos a repetir los mismos errores del pasado, los países occidentales, encabezados por Estados Unidos, se asoman al precipicio, empeñados en confirmar que “no estaban preparados para convivir con las primaveras árabes”, según la conclusión de la especialista Kristina Kausch. “Los países occidentales se han mostrado reacios a afrontar las realidades subyacentes de la región, expuestas en un informe del 2002 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo –sostiene Chris Patten, canciller de la Universidad de Oxford–. Los especialistas y politólogos palestinos que redactaron el informe llamaron la atención acerca de las conexiones entre gobierno autoritario, debilidad económica, desempleo elevado y política excesivamente confesional. Cuanto más dictatorial se volvió la política en esa región, más jóvenes que se veían privados de puestos de trabajo y de libertad de expresión se volvieron hacia el extremismo y el islamismo violento, la perversión de un gran credo”.

Es difícil discrepar de ese dictamen sencillo y obvio. En Egipto, la ruina económica, las desigualdades, la degradación del espacio urbano y la falta de futuro para los jóvenes llenaron la plaza de Tahrir de defensores entusiastas del Estado laico, pero a la hora de votar fueron las capas sociales convencidas de que el islam y no la democracia es la solución las que llevaron a Morsi al poder y dieron el Gobierno a los Hermanos Musulmanes. Se cumplió así la opinión expresada por el arabista francés Gilles Kepel: el movimiento que depuso a Mubarak no era representativo de la media aritmética de la sociedad egipcia, cuya ideología espontánea es el islam, de acuerdo con el análisis de las primaveras árabes del politólogo Sami Naïr. Frente a tal realidad se articula el poder de los militares egipcios que, al regresar al puente de mando, si es que alguna vez lo dejaron, cumplen una doble función o eso persiguen: mantener el statu quo en la región y poner a salvo la trama de intereses de la que son titulares como primeros gestores de la economía nacional pública y privada.

Todos las explicaciones puestas en circulación estos días por cuantos jalearon a los militares en el momento del golpe y más tarde les ofrecieron una cobertura civil para desdibujar los perfiles de una dictadura uniformada, insisten en que el pacto con los Hermanos Musulmanes era inviable y, por esa razón, la intervención de los tanques estuvo justificada. Ninguno de los hermeneutas partidarios de la intervención de los blindados entra en el asunto central: la única forma de consolidar un sistema democrático es respetar las reglas de la democracia.

Mohamed Badia, líder espiritual de los Hermanos Musulmanes, condenado a muerte.

“Cada vez que miro hacia atrás me reafirmo en que era del todo imposible alcanzar un acuerdo con los Hermanos Musulmanes, simplemente a causa de su intransigencia”, ha declarado Amr Musa, un político camaleónico, al periódico cairota Al Ahram, no menos dado al cambio cromático según las épocas. Musa encarna el sentir del establishment civil con una larga y próspera cooperación con el Ejército, mientras fuera de ese entorno tan poco inclinado al reformismo político se multiplican los gestos de arrepentimiento por la inercia hacia el golpe de la protesta laica, que dijo estar legitimada para exigir la renuncia de Morsi gracias a los millones de firmas –se aseguró que 20 millones– recogidas por todo el país para que el presidente dejara el cargo. Aquella estrategia temeraria, inducida por el movimiento Tamarod (rebelión), lo que hizo en verdad fue dar aires de levantamiento popular a una asonada dirigida por el mariscal Al Sisi y reproducir en Egipto lo que tantas veces ha sucedido en otros lugares: un responsable militar nombrado por un Gobierno salido de las urnas acaba levantándose contra quien lo nombró.

Al final de un libro dedicado a la Hermandad, el periodista español Javier Martín afirma: “Es difícil predecir el futuro. Pero si dos certezas existen, son que el devenir del islamismo egipcio volverá a marcar tendencias en el mundo árabe-musulmán, y que cualquier proceso de reforma democrática en Egipto –y en el resto de la región– deberá tener en cuenta a la amplia burguesía piadosa. Gran parte de ella son hermanos y musulmanes”. Estas líneas fueron redactadas en marzo del 2011, y hoy tienen la misma vigencia que entonces. Cuanto más marginen los militares a los islamistas, más adeptos a su causa se unirán a sus filas; cuanto más alejados de los resortes del poder estén los Hermanos Musulmanes, más fuerte se hará el islamismo radical dentro y fuera de Egipto; cuanto más se empeñen los generales en mantener la fractura social entre nosotros y ellos, mayor será la capacidad del islamismo para arraigar en una sociedad decepcionada y sin expectativas.