Todo ha fallado en Irak

Los peores presagios se han hecho realidad en Irak, al borde del abismo a causa de la irrupción irrefrenable de los yihadistas sunís del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el sectarismo del primer ministro Nuri al Maliki (chií) y el alejamiento de Estados Unidos del campo de batalla. Lo que se apuntó como una posibilidad en el 2003 a raíz de la invasión anglo-estadounidense, la quiebra del Estado y el desmembramiento de la comunidad iraquí, se avizora hoy en un horizonte sembrado de cadáveres, rivalidades regionales, enfrentamiento religioso y la sensación de que se está en el comienzo de un proceso paulatino de desestabilización cocinado a fuego lento por la guerra de Siria, que en marzo cumplió tres años, y la incapacidad de los gobernantes iraquís de salirse del comunitarismo para asentar el Estado. Todo cuanto ha sucedido en Irak desde que el EIIL tomó Mosul se ajusta a un guion donde el punto de partida es la ausencia de un Estado eficaz: la huida en desbandada del nuevo Ejército iraquí, el concurso de antiguos baazistas en el bando suní para combatir a los gobernantes de Bagdad, el llamamiento desgarrado del ayatolá Alí al Sistani para que la grey chií se sume a la lucha contra los islamistas sunís, el apoyo de los peshmergas –combatientes kurdos– a la ofensiva y una serie prodigiosamente variada de matrimonios de conveniencia que solo se sostienen en la atmósfera de la guerra.

De todas estas uniones por interés, la más razonada, razonable y previsible es la de Estados Unidos y Occidente en general con Irán. La rehabilitación a toda máquina de la república teocrática es posible porque, en el descoyuntamiento de la región, los ayatolás pueden desempeñar el papel de aliados estables en el golfo Pérsico, aunque sea a costa del disgusto de los saudís (sunís muy conservadores), que mantienen una pugna histórica con los chiís –los iranís– por la hegemonía en medio de un mar de petróleo. A punto de acotarse el alcance del programa atómico impulsado con entusiasmo por el anterior presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el pragmatismo de su sucesor, Hasán Rohani, puede transformar a Irán en el socio necesario para desespero del frente neocon, que en el 2002 colocó a Irán en el eje del mal.

Barack Obama “habla de cambio climático mientras Irak vive a sangre y fuego”, clama Dick Cheney, vicepresidente con George W. Bush y primer promotor de la invasión de Irak en el 2003. “La intervención del 2003 no es responsable del caos iraquí”, ha escrito el exprimer ministro británico Tony Blair en las páginas del diario francés Le Monde. Algunos diputados conservadores alarman al establishment al buscar algún resquicio legal para llevar a Blair ante el juez por haberse sumado a la campaña del 2003. El escritor franco-marroquí Tahar Ben Jelloun se lamenta de que “Bush hijo no sea procesado por sus crímenes”. Y Dominique de Villepin, ministro francés de Asuntos Exteriores en los aciagos días de la invasión que se opuso a ella sin concesiones, se permite señalar tres fracasos en aquella operación que cambió el semblante de Oriente Próximo: la guerra contra el terrorismo, el cambio de régimen y la ausencia de una construcción nacional según la pensaron la Casa Blanca y el Departamento de Estado al poner en marcha la maquinaria militar.

Quizá sea cierto que hay en marcha una operación para desmembrar Irak, como ha declarado Al Maliki a la emisora de televisión Al Manar, instrumento del movimiento chií libanés Hizbulá, pero al emitir ese diagnóstico soslaya su propia responsabilidad en la crisis y, al mismo tiempo, refuerza la idea de los fracasos enumerados por Villepin. La publicación progresista británica New Statesman se refiere sin tapujos a la “desgracia de tener a Nuri al Maliki de primer ministro”. “Los chiís que dominan el Gobierno –explica– han trabajado de forma asidua para alienar la minoría suní y su mal gobierno ha contribuido profundamente a las presentes dificultades”. Y la decepción que transmiten los diplomáticos y funcionarios extranjeros que han estado en Irak abunda en mensajes de parecido tenor, como si la crisis de las mezquitas de 2006-2007 y la fractura social después de tres guerras –contra Irán (1980-1988), la intervención internacional de 1991 y la invasión del 2003– no hubiesen emitido suficientes señales de alarma para buscar un punto de encuentro de las tres comunidades que engloba Irak: sunís, chiís y kurdos.

Pero quizá la señal más elocuente del estrepitoso fracaso cosechado por Al Maliki y, de rebote, por Estados Unidos sea la debilidad de un Ejército que ha respondido a la presión islamista ausentándose del campo de batalla y dejando armas y bagajes a disposición del enemigo. Si alguien dudó alguna vez de que uno de los grandes errores cometidos por la Administración de George W. Bush fue desmantelar el Ejército de Sadam Husein, la suerte de los combates en Mosul, Tikrit y otros lugares no puede ser más esclarecedora: llevaban razón quienes dijeron que asentar un Ejército de nueva planta requiere un mínimo de 20 años; es una labor que no se puede improvisar aunque Estados Unidos se encargue de la operación y destine a ella grandes cantidades de dinero en forma de instructores y material de última generación. Lo que sucedió al desvanecerse el Ejército de Sadam Husein fue que creció exponencialmente la capacidad de resistencia al invasor de diferentes formas de guerrilla y, al mismo tiempo, las nuevas fuerzas armadas aparecieron ante una parte muy importante de la opinión pública iraquí como el brazo represor de un régimen impuesto, sometido a intereses foráneos. Y esa percepción sigue vigente.

La posibilidad de que se pase del rompecabezas a una guerra civil ahora incipiente depende de varios factores. El primero de ellos es comprobar hasta qué punto la calle iraquí, no las milicias organizadas de sunís y chiís, se suma a la lucha en cada bando con sus propios medios, como aventura que podría suceder Hayder al Khoei, investigador asociado al think tank británico Chatham House. Solo una intervención significativa de Estados Unidos puede evitar o al menos limitar una escalada cualitativa como la apuntada por Al Khoei, algo que, por lo demás, queda bastante lejos de las intenciones del presidente Obama, partidario que apoyar al Gobierno iraquí sin que un solo soldado ponga pie a tierra, y previo abandono del sectarismo por parte de Al Maliki. ¿Acaso se está ante una nueva muestra de que los tiempos de la unipolaridad y de la hiperpotencia han pasado a la historia? La respuesta del politólogo francés Dominique Lagrange se acerca bastante a la realidad: “No hay un polo en el sentido de un líder con capacidad de atracción, ni siquiera varios. Hay una centralidad de Estados Unidos en la estructuración de lo internacional”. Nunca la posguerra fría estuvo más lejos de constituir un sistema estable de relaciones entre los estados.

Al favor de esos vientos de guerra que de Siria han llegado a Irak, y acaso sigan su curso en busca de nuevos horizontes, se concretan dos realidades que, no por esperadas, resultan menos deplorables. La primera es el reforzamiento de Bashar el Asad, que combate a una oposición en la que el EIIL es de largo el grupo armado más dinámico, mejor instruido y que dispone de mejor material. La segunda es la tensión en los mercados energéticos, con un ojo puesto en la suerte final del gas ruso que debe fluir hacia Europa Occidental a través de Ucrania y otro atento al futuro de los pozos de petróleo iraquís. Resulta tan escabrosa la hipótesis de una tolerancia indirecta del régimen sirio, por tratarse de un mal menor, como la probabilidad de que las víctimas más vulnerables de la crisis económica vean agravada su situación por la arrogancia de cuantos se sumaron a la soberbia del trío de las Azoras para desmantelar Irak.

Por más recursos que dediquen los gabinetes de propaganda a deformar la realidad política presente, es improbable que gane adeptos el estado de ánimo de Blair: “Debemos desprendernos de la idea de que nosotros hemos provocado esta situación. No es cierto”. A cada muerto que se suma al parte de bajas crece la convicción de que el relato de la guerra de Irak partió de una falsedad –la existencia de armas de destrucción masiva–, dio pie a otra falsedad –el apoyo popular a la edificación de un nuevo régimen– y se ha instalado en una tercera falsedad –la viabilidad del nuevo Estado–, que ha quedado al descubierto en cuanto los fundamentalistas islámicos han dado la orden de ataque. Y esa construcción en paralelo a la versión oficial es tan convincente que es imposible imaginar que pueda imponerse la otra, la que pretende desviar el foco hacia causas y circunstancias locales.

¿Qué ha fallado en Irak? fue el título de la edición española de un libro firmado por el general estadounidense Wesley K. Clark. La respuesta hoy no puede ser más simple: todo. Las palabras pronunciadas por el presidente Bush poco antes de empezar la guerra suenan hoy a dramático sarcasmo: “Un Irak liberado puede poder de manifiesto el poder que tiene la libertad para transformar una región tan importante”. En la práctica, la liberación adquirió la naturaleza de guerra preventiva y la transformación llevó al país al desorden. La capacidad de contagio de ese desorden es inconmensurable.

Siria, condenada a un empate sangriento

Ni siquiera el temor de la CIA a que Al Qaeda transforme una parte de Siria en una base operativa para organizar ataques contra Occidente parece motivo suficiente para que Estados Unidos y los países europeos busquen la forma de sofocar la guerra civil, que en marzo cumplió tres años. El desmantelamiento del arsenal químico del presidente Bashar el Asad contenta a quienes piensan que es mejor soportar una guerra de baja intensidad, a tenor de los informes redactados por los gabinetes de análisis, que comprometer el futuro con negociaciones inciertas que legitimen a una oposición colonizada por el yihadismo. Y eso a pesar de que la cifra de muertos –unos 160.000– crece sin cesar y la de desplazados –más de cuatro millones– galopa a lomos de la pasividad de la comunidad internacional y de las advertencias acerca de la capacidad de contaminación de la guerra a Líbano y a otros países del vecindario.

En febrero de hace dos años, al ver la luz el primer Bloglobal, cuando los muertos eran 20.000 y los desplazados eran quizá menos de un millón, Abdel Bari Atuan, editor del diario en árabe Al Quds al Arabi, que se imprime en Londres, advertía: “El conflicto sectario en Siria puede extenderse más allá de sus fronteras y al resto de la región; en el peor escenario, vemos posible un regreso a la guerra fría, alineando posiciones en la chia –la comunidad chií–, respaldada por Rusia y China, contra los países sunís, apoyados por Occidente”. Al llegar al Bloglobal número 100, aquellos presagios no solo se cumplen, sino que se agravan con la contribución de Al Qaeda y sus franquicias, dirigida a adueñarse de la estrategia de la oposición para disponer de una base de operaciones estable, según el director de CIA, John O. Brennan.

Aquello que empezó siendo una derivada de las primaveras árabes ofrece hoy el sombrío aspecto de una guerra sin fecha de vencimiento en la que los intereses en juego han dejado a su suerte a la población que la sufre en carne propia. El último informe de las Naciones Unidas, fechado en marzo, no deja lugar a dudas en cuanto a la violación sistemática de los derechos humanos por parte de ambos bandos, pero en el ánimo de los países en mejor posición para contener la matanza pesa por encima de todo el miedo a perder el control sobre Siria al día siguiente de la liquidación del régimen de Asad. Un miedo alimentado todos los días por la división interna de la oposición reconocida por Estados Unidos y sus aliados, pero incapaz de transmitir la menor sensación de cohesión y confianza.

La seguridad del presidente sirio en que su sillón está lejos de zozobrar procede justamente de la falta de consistencia política de la oposición. La guerra ha dispensado a Asad de las obligaciones propias de su función –el Estado ha dejado de ser el ente prestador de servicios que se supone que debe ser– y las torpezas de la oposición, más incluso que el apoyo de Rusia, Irán, Hizbulá, China en menor medida y otros aliados, le ha liberado de la presión inicial de sus adversarios en el exterior. Como tantas veces en tantos conflictos, la dirección a distancia del combate contra Asad ha hecho que la lógica de la guerra desbordara la capacidad de gestión de la oposición moderada en beneficio de los combatientes sobre el terreno, parasitados por los yihadistas procedentes de Irak, Pakistán y otros puntos cardinales del orbe islámico donde la acción directa fue o está de permanente actualidad. Al final, a ojos de la Administración de Barack Obama y de los gobiernos de la UE más directamente vigilantes de la crisis –el Reino Unido y Francia–, la dictadura de Bashar el Asad ha tomado la forma de mal necesario, preferible en cualquier caso a que el mundo de Al Qaeda se haga con Siria, territorio limítrofe con Israel y con la OTAN (Turquía).

Esa opción por el mal necesario o el mal menor es a menudo objeto de furibundos ataques desde la derecha neoconservadora más desinhibida, pero la comunidad de inteligencia estadounidense, de tradición eminentemente conservadora, tiende a considerar el conflicto sirio como una crisis fuera de control que aconseja esperar y ver.  Aun así, publicaciones como The Weekly Standard, fundada por el muy conservador William Kristol, se afanan en atacar la “diplomacia dubitativa” de Obama con artículos como el publicado por Elliott Abrams en enero, compendio de reproches que alcanzan al secretario de Estado, John Kerry, y a los negociadores que a finales de verano aceptaron el compromiso sirio de desprenderse del arsenal químico para renunciar a actuar sobre el terreno. La famosa amenaza de Obama de entrar en acción si Asad traspasaba las líneas rojas del recurso a las armas químicas, se volvió contra la Casa Blanca, y desde entonces la derecha no ha dejado de resaltar la presunta debilidad del presidente.

Abrams, como el resto de conservadores, considera que Turquía y los árabes, sin el concurso de Estados Unidos, son incapaces de poner en pie un “programa coherente” para acabar con la guerra sin desviar la vista hacia alguno de los grupos vinculados a Al Qaeda. Una suposición precipitada, por no decir cargada de prejuicios, porque del rumbo fijado por los países árabes, con primavera o sin ella, se desprende que todo es posible, menos que se entreguen a un coqueteo imprudente con los herederos de Osama bin Laden. Es más, después de los acontecimientos de los últimos meses en Egipto, núcleo fundamental de la política árabe, ningún vaticinio sensato pasa por un gesto de comprensión del Ejército hacia el fundamentalismo islámico en cualquiera de sus diferentes manifestaciones.

Mientras la tragedia siria cumple su función de arma política para desgastar la figura de Obama y su Gobierno, se pasan por alto dos datos relevantes: la transformación de Siria en un Estado fallido y la aparición en el relato de la guerra de intereses económicos, vinculados a los contrincantes, que han tejido una red de complicidades insostenible fuera de la guerra, de acuerdo con el análisis del especialista Jihad Yazigi. Esta tupida trama, a la que la familia Asad no es ajena, es un obstáculo más para contener la guerra, y no habrá negociación futura que pueda soslayar su existencia porque, de hacerlo, será imposible articular una solución política duradera. Es más, la aniquilación de la economía convencional y el surgimiento de otra fragmentada, gestora de intereses asimismo fragmentados, contribuye a diluir lo poco que queda del Estado y lo suplanta de facto.

La coreografía diplomática representada el pasado 22 de enero en las conversaciones conocidas como Ginebra 2 –“espectáculo televisado de hipocresía” en feliz descripción del periodista Mateo Madridejos– se zanjó como un resumen elocuente de la disolución del Estado, de la capacidad de Asad de resistir, parapetado en sus aliados y protectores, y del debilitamiento de la oposición reconocida por Occidente que se cobija en la Coalición Nacional Siria. La realpolitik condena hoy a la sociedad siria a vivir en un impasse ensangrentado, en un callejón sin salida del que se ha adueñado la guerra, constituida esta en un sistema con su propia lógica interna, que se alimenta a sí mismo mediante la protección de los intereses de cada bando, al tiempo que las víctimas se ven obligadas a soportar las consecuencias de un empate histórico sin desenlace a la vista.

Marc, un tipo indispensable

“La primera víctima de la guerra es la verdad”

Hiram Warren Johnson, político estadounidense

Los tipos como Marc Marginedas son indispensables. En su mochila de campaña, de aquí para allá, de guerra en guerra y de matanza en matanza, guardan un manual no escrito que les permite distinguir con diáfana claridad entre víctimas y verdugos, entre sometidos y victimarios, entre multitudes honorables y sinvergüenzas escondidos en sus torres de marfil. Sin Marc y quienes hasta el último domingo fueron sus compañeros de cautiverio, andamos a tientas, faltos de referencias, sometidos a los manejos de la propaganda que enturbia los hechos y los aleja de la realidad (de la verdad).

Por esa simple y sencilla razón secuestraron a Marc Marginedas el 4 de septiembre y le sometieron a la peor de las postraciones: privarle de su libertad durante casi medio año en nombre del sectarismo político y el fundamentalismo religioso adscrito a la prédica de Al Qaeda y sus franquicias. Y, al hacerlo, dañaron irremediablemente la causa de la oposición al régimen de Bashar el Asad, y aun reforzaron a este, de acuerdo con el análisis del especialista Brian Whitaker aplicado a otros momentos calamitosos de la calamidad siria: “La ironía de todo esto es que da como resultado el éxito de la propaganda del régimen para persuadir a sus partidarios de que el conflicto tiene que ver con el terrorismo patrocinado desde el extranjero y no tiene nada que ver con la política interna de Siria”.

Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”.

Una vez más, la lógica de la guerra ha acabado por deslegitimar a los bandos enfrentados. En medio de la matanza, los matarifes se han impuesto y se ha hecho dolorosa realidad la sentencia de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. En el seno de la destrucción, la propaganda desdibuja el relato de la tragedia y la suerte de las víctimas queda emborronado por los movimientos tácticos de los contendientes y de sus aliados. Marc Marginedas fue justamente a Siria a neutralizar la propaganda mediante la narración de los hechos; su bloc de notas se llenó de datos extraídos de los dramas de la vida cotidiana, y esa libreta, el ordenador cuyas tripas guardan los detalles de la carnicería, puso en movimiento a sus captores. Cuando la ONU confirmó que régimen y oposición andan a la par en cuanto a crueldad y bajeza, hacía tiempo que todos sabíamos que esta es la situación.

Cicerón escribió hace 2.000 años: “Cuando hablan los tambores de guerra, las leyes callan”. El resto, el léxico manejado por los expertos para hablar de guerras de necesidad, guerras de elección, guerras justas, guerras inevitables y otras guerras hasta llenar los manuales con un largo etcétera, no deja de ser un pretexto para justificar lo injustificable. ¿Quién puede poner hoy en duda la idea de Frank Herbert de que “una buena causa no hace que la guerra sea justa”? ¿Quién puede dudar de la conclusión de François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”?

Frank Herbert: “Una buena causa no hace que la guerra sea justa”.

En sus andanzas de testigos de las guerras de nuestro tiempo, los periodistas que van al frente movidos por una gama muy personal de sentimientos, descubren enseguida que las guerras honorables no resisten la prueba del nueve. Pueden encontrarse en plena refriega a personas honorables, pueden asistir a gestas honorables, pero lo que en verdad prevalece es el objetivo aniquilador de eliminar al adversario. El periodista que presencia una batalla es lo menos parecido al entomólogo que observa un hormiguero desde fuera y saca conclusiones; el periodista sumergido en la desolación es una hormiga más a la que las otras han confiado la tarea de contar sus penalidades, de transmitir el riesgo que corren de ser aniquiladas. El periodista cercado por el desmoronamiento de una sociedad en armas es con frecuencia el Godot a quien las víctimas aguardan a la puerta de sus casas destruidas.

Hay en todo esto unas gotas de ingenuidad, un punto de idealismo y mucho de respeto al ser humano, un concepto que no admite el distanciamiento crítico, sino que obliga a la crítica comprometida. Ninguna guerra ha sido el punto de partida para la construcción de un paraíso. Cuando Emil Cioran sostiene que “el sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”, no se comporta como un pesimista incorregible, sino como el lúcido desmitificador de los falsos paraísos, tarea para la que hace falta ser depositario de cierta gallardía. Quienes retuvieron a Marc quieren vender a la opinión pública que pretenden alumbrar el paraíso, pero he aquí que él impugna con su bloc de notas la veracidad de sus eslóganes publicitarios.

François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”.

Tragedia sobre la tragedia: el arte de la crueldad ya no se reduce a las armas químicas del bando de Bashar el Asad, a los ataques con bidones bomba y a otras tropelías. En Raqa, fundamentalistas islámicos se dedican a encarcelar y golpear a quienes lucharon a su lado para hacerse con la ciudad; en otros lugares del país, los libros sagrados influyen más en el ánimo de los guerreros que el llanto de los desposeídos. En realidad, influye una versión esquemática y zafia del compromiso religioso y desaparece la fundamentación “del principio de la acción moral y social sobre el principio teológico de la justicia y de la libertad del hombre” (Henry Corbin en Historia de la filosofía islámica). Solo cuenta la mitología de la guerra, del presunto héroe esclarecido que en lo alto de una montaña de cadáveres señala con el dedo el camino a seguir para liberar a la multitud oprimida.

La guerra civil siria se atiene a esa norma. Todo cuanto ha seguido al ataque con armas químicas del 21 de agosto del año pasado rezuma la peor versión del realismo, que es el conformismo: puesto que pinta que la guerra será larga y extenuante, gestionémosla con el menor coste político posible, aunque el precio en vidas se haya desbocado; puesto que nadie quiere enfangarse en un litigio que alimente los sueños de Al Qaeda y adláteres, dejemos que el desgaste de los combatientes convierta un trastorno multiorgánico en una dolencia crónica más o menos llevadera. Si de vez en cuando surge un comentario que humilla a las víctimas –la comunidad alauí reprocha a la ONU que esté más preocupada por llevar alimentos y medicinas a la población civil y a los rebeldes que por dar con el paradero de 740 de los suyos, desaparecidos (The Wall Street Journal)–, encajémoslo como un inevitable daño colateral de orden moral que el tiempo sanará.

Emil Cioran: “El sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”.

Por eso hacen falta testigos in situ: para dejar el engaño al descubierto, para rasgar la cortina que oculta el oportunismo de unos, el cinismo de otros y el conformismo de la mayoría en la comunidad internacional mientras hablan las armas. Sin ellos, sin esos testigos armados con un bloc de notas y una idea esclarecida de la decencia, no hay forma de saber qué pasa de verdad en Siria y de desacreditar a los propagandistas, a los especialistas en construir un mundo virtual, como si la guerra fuese un juego de rol. Aquí estamos, Marc, esperando leerte.

 

Siria, una tragedia sin límites

La primera víctima incruenta de la conferencia Ginebra 2 ha sido el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, obligado por Estados Unidos a retirar la invitación previamente cursada a Irán para que participara en las conversaciones. Desde el desaire sufrido en 1996 por Butros Butros-Ghali, cuya reelección al frente de los destinos de la ONU fue vetada por el presidente Bill Clinton, no se daba una situación de debilitamiento tan extremo de la dirección del organismo que en el plano puramente teórico tutela las relaciones internacionales. Prueba de las grandes dificultades que presenta detener la matanza en Siria y dar con el punto intermedio que haga posible, por lo menos, pasar del campo de batalla al encuentro entre adversarios. Prueba, asimismo, de los riesgos que contrae quien asume compromisos concretos en esa larga tragedia, que suma 130.000 muertos y varios millones de desplazados –las cifras se han desbocado–, además de transmitir al resto del mundo la impresión de que el desastre va para largo.

La ausencia de Irán de Ginebra 2 daña irremediablemente las de por sí escasísimas posibilidades de sacar algo en limpio de la coreografía diplomática. El deseo de la Casa Blanca de desvanecer toda sospecha de concomitancia con la diplomacia iraní, a la que con frecuencia se refieren los republicanos adscritos al Tea Party, ha hecho caer en el olvido el diagnóstico de Kofi Annan, cuando aceptó el encargo de mediar en la guerra de Siria: “Irán es un actor. Debería formar parte de la solución. Tiene influencia y no podemos ignorarlo”. En ese olvido voluntario ha pesado el reciente acuerdo sobre el programa nuclear de los ayatolás, atacado con parecida violencia por los neocons en Estados Unidos y por los halcones de Teherán, pero, al plegarse a esa realidad, el presidente Barack Obama ha renunciado a la eventual capacidad de persuasión del hábil Muhamad Javad Zarif, ministro iraní de Asuntos Exteriores, para atemperar los ímpetus belicistas de una parte del chiísmo radical.

La segunda víctima incruenta es el diplomático argelino Lajdar Brahimi, superado por la situación y atenazado en la misión que tiene encomendada a causa de la gestión del conflicto desde Estados Unidos y Rusia, de la división en las filas de la oposición siria, del pulso que mantienen las teocracias suní (Arabia Saudí) y chií (Irán) por la hegemonía en el Golfo, de la segunda vida de Al Qaeda, reactivada en Irak, y del temor muy extendido a que el conflicto sirio acabe contaminando toda la región si es que no lo ha hecho ya. Cuando Brahimi se acerca a la mesa de la conciliación para acercar posiciones lo hace sin más posibilidades de éxito que las ganas que tengan sus interlocutores de renunciar a la grandilocuencia. Una disposición infrecuente en el clima de invectivas cruzadas por el Gobierno de Bashar el Asad y las diferentes oposiciones que le hacen frente con desigual fortuna e influencia.

La situación de Brahimi es fiel reflejo de la división en la Liga Árabe, que se debate entre la implicación de Arabia Saudí y sus aliados del momento, más o menos dispuestos a seguirla, y el deseo de los países más alejados del conflicto de limitar los compromisos. Pero la situación de Brahimi explica también hasta qué punto pesa en la crisis siria la falta de sintonía entre Arabia Saudí y el equipo de Obama y el deseo expresado por el presidente de mantener alguna forma de equilibrio regional compartido por saudís e iranís. Eso es tanto como decir alguna forma de equilibrio entre sunís y chiís, del Mediterráneo oriental al Golfo, según el análisis del especialista Husein Ibish, con las dificultades inherentes a tejer una red de intereses comunes con una hebra árabe y otra que no lo es (Irán).

La tercera víctima incruenta es la oposición posibilista, reconocida por Occidente como representante legítima del pueblo sirio que se levantó contra el autócrata, pero extremamente debilitada por su incapacidad manifiesta para neutralizar sobre el terreno a los yihadistas. Esta oposición, con la que Occidente creyó poder desalojar del poder a Asad al precio de daños colaterales mínimos, está dirigida por figuras largo tiempo alejadas de Siria, poco representativas del argumento que se desarrolla en el interior del país, y no siempre capaces de ponerse de acuerdo para aplicar un programa a largo plazo de reconstrucción del país.

Que el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, declare que tener el derecho de dirigir un país no puede “proceder de la tortura, los barriles-bomba y los misiles Scud” tiene menos eficacia real para la oposición moderada que la determinación de Sergei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, de descartar “posiciones premeditadas” –el apartamiento de Asad del poder– en Ginebra 2. Porque mientras las palabras de Kerry apenas sirven para un titular de prensa, la actitud de Lavrov implica que el presidente sirio seguirá en el poder por un tiempo indeterminado, pero largo a todas luces. Y a continuación de Lavrov, con efectos prácticos no menos importantes, deben contabilizarse los apoyos externos que recibe Asad desde el chiísmo radical, empezando por la milicia libanesa de Hizbulá, presente en el teatro de operaciones sirio.

Todo eso debilita el posibilismo tanto como la determinación de las organizaciones yihadistas de oponerse a cualquier desenlace negociado del conflicto. “El futuro de Siria será decidido aquí, sobre el terreno, y firmado con la sangre de los frentes y no en conferencias vacías a las que acuden aquellos que no se representan ni a sí mismo”, ha manifestado Abú Omar, dirigente del Frente Islámico, un conglomerado de grupos “wahabís takfiris”, en expresión utilizada por la emisora de televisión Al Manar, que pertenece a Hizbulá. Detrás de las palabras de Omar alienta la estrategia defendida por Al Qaeda en el último mensaje de voz conocido de su máximo dirigente, Aymán al Zauahiri: que cesen los combates entre facciones rebeldes.

Los fundamentalistas saben que la guerra dentro de la guerra aligera la presión interna sobre Asad y las grandes potencias comparten esa opinión, pero mientras los primeros aspiran a imponer su enfoque de la crisis siria mediante la unidad de acción, las segundas entienden que mientras sean los islamistas los que dirigen la batalla, la guerra dentro de la guerra es un mal necesario. Es esta una de las pocas coincidencias de criterio de Estados Unidos y Rusia, cuya preocupación por el auge yihadista está en relación directa con sus propios problemas con el islamismo radical en Daguestán, Chechenia y otras regiones del Cáucaso, tal como explica en su web Brian Whitaker. El Gobierno ruso teme el contagio y que alguna franquicia de Al Qaeda arraigue dentro de sus fronteras en territorios de tradición musulmana, una razón más para que apoye a Asad, que se presenta ante la comunidad internacional como un luchador decidido contra el terrorismo global.

Cuando el rompecabezas es tan complicado, las esperanzas menguan a cada palabra dicha de más, a cada gesto abrupto que delata el desacuerdo profundo entre las partes, y, en la guerra de siria, los gestos abruptos se remontan a casi tres años atrás, cuando de la protesta popular se pasó a los combates esporádicos y de ahí, a la guerra civil, las armas químicas, la infiltración fundamentalista, las líneas rojas de Obama que dejaron de serlo y así sucesivamente hasta llegar a Ginebra 2. Hasta llegar a la aspiración tan sensata como tremendamente difícil de establecer un periodo transitorio en el que Gobierno y oposición compartan el poder, después de la salida de Asad, para pacificar el país, evitar que se convierta en un Estado fallido a las puertas de Israel y conjurar el riesgo de que toda la región padezca las consecuencias. Sería magnífico pensar que, por sensato, es posible el futuro así descrito, pero hay demasiados indicios para no creer que el rumbo que se sigue es muy otro.

 

 

 

 

Irán cambia el rumbo

Si se presta atención al enfoque que los analistas liberales de Estados Unidos dan a las ofertas de diálogo que el presidente de Irán, Hasán Rohani, dirige a la Casa Blanca desde muy poco después de su elección, no hay duda de que la república de los ayatolás ha cambiado el rumbo. Si se presta oídos a los matices difundidos por el sector duró de los clérigos de Teherán después de las declaraciones del presidente a una cadena de televisión y del discurso pronunciado ante la Asamblea General de la ONU, entonces se tiene la impresión de que estamos ante un gran artificio escénico consentido de mala gana por los halcones. Si, por último, se fija la vista en las necesidades inmediatas del régimen iraní, cabe llegar a la conclusión de que este precisa atenuar la tensión desencadenada por el programa nuclear defendido con entusiasmo por Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Rohani, y bendecido por el líder espiritual Alí Jamenei.

Un breve texto colgado por el analista Stephen M. Walt, profesor de la Universidad de Harvard, en su blog de la edición digital de Foreign Policy inclina la balanza a favor del último de los tres síes enunciados en el párrafo anterior: Rohani hace de la necesidad virtud y quiere aprovechar el momento para encontrar una salida honrosa y rentable al contencioso con Estados Unidos. En el bien entendido de que el presidente iraní no es un reformista encubierto ni cosa parecida, sino más bien un realista incrustado en el aparato de poder de la república islámica, educado en el dogma y en el dicterio antioccidental, pero que entiende que la presidencia de Mohamed Jatami (1997-2005), este sí, un reformista aclamado por los jóvenes y el mundo académico cuando llegó al poder, quedó trufada de frustraciones a causa de la movilización de las mezquitas, algo que metió al país en un callejón sin salida.

El presidente saliente, Mahmud Ahmadineyad, entrega al líder espiritual del regimen iraní, Alí Jamenei, los documentos que oficializan la elección de Hasán Rohani, en una ceremonia celebrada en Teherán el 3 de agosto.

Para abundar en la idea de que, en efecto, algo se mueve en Irán, Walt se remite a la distinción que establece el politólogo Robert Jervis, de la Universidad de Columbia, entre señales e indicios. Las primeras no tienen una “credibilidad inherente”; los segundos son “declaraciones o acciones que acarrean alguna prueba inherente de que la imagen proyectada es correcta”, cabe otorgarles un plus de credibilidad, por así decirlo. La percepción de Walt, que seguramente comparten los analistas más cercanos al presidente Barack Obama y al secretario de Estado, John Kerry, es que Rohani ha pasado de la fase de las señales a la de los indicios. Y le asisten razones de entidad para dar el paso:

  1. La capacidad de influir, llegado el caso, en la resolución de la crisis siria sin vincular su suerte a aquella que corran Bashar el Asad y su régimen.
  2. La necesidad de sanear la economía y animar el bazar en cuanto se avizore la fecha de caducidad de la política de sanciones desencadena por el programa nuclear.
  3. La convicción de que la república islámica debe procurarse un pasaporte de honorabilidad en el seno de la comunidad internacional para sacar más partido de sus inmensos recursos petrolíferos.
  4. La pretensión de abrirse camino para actuar como una potencia regional libre de sospecha en pugna con las monarquías sunís del Golfo.
  5. El propósito de alejar la imagen combativa de la república de los desafueros del fundamentalismo suní en armas (Al Qaeda y sus franquicias).

Desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 y, sobre todo, desde que el presidente George W. Bush incluyó a Irán en el eje del mal –discurso de 29 de enero del 2002–, el régimen iraní ha formado parte de un conglomerado informe que ha llevado a la opinión pública estadounidense a incluirlo en la lista de enemigos causantes de la tragedia o conformes con lo sucedido. Ni siquiera sirvió para desvanecer equívocos la comprobación empírica de que la clerecía gobernante puso el mayor interés en aclarar que nada tenía que ver con la estrategia de Al Qaeda, el régimen talibán que dio cobijo a Osama bin Laden y la dictadura de Sadam Husein, y cuando las centrifugadoras se pusieron en marcha para producir combustible nuclear, todo fue a peor. Desandar ese camino será difícil, largo y por momentos confuso, la operación suma un puñado de enemigos que prefieren el conflicto latente –Israel entre ellos– a la diplomacia imaginativa y debe aunar voluntades tan opuestas como el bando del Tea Party del Congreso de Estados Unidos y el bando intransigente del régimen iraní, compendio inextricable de poderes reales y paralelos, tutelado todo por los teólogos-juristas que se remiten a la interpretación del Corán (ijtihad).

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

E pur si muove. No solo por la histórica reunión del jueves de los responsables de las diplomacias estadounidense e iraní, la primera desde 1979, ni por la no menos histórica conversación telefónica del viernes de Obama y Rohani, sino porque son demasiado grandes para Irán los riesgos que comporta el aislamiento; es demasiado costoso sostener el esfuerzo de un programa nuclear –civil o militar– sin contrapartidas de ingresos seguras y continuadas –las exportaciones de petróleo sin cortapisas– para desahogar las finanzas. El cálculo inicial iraní de dotarse de un modesto arsenal nuclear para convertirse en una república inexpugnable, a imagen y semejanza de la lógica seguida por Corea del Norte con el beneplácito de China, resultó tan aventurado como desequilibrante porque puso el futuro en manos de la movilización de las masas para responder a las amenazas de intervención procedentes de Occidente. Y, al final, la movilización fue otra: fue la de la calle contra el pucherazo electoral de las presidenciales del 2009 la que dio carta de naturaleza al cambio relativo, pero cambio al fin, incubado en el seno de una parte relevante de la sociedad urbana iraní. Ese es el terreno de juego de Rohani.

El de Estados Unidos remite al deseo de la Casa Blanca de retirarse lentamente de Oriente Próximo y aledaños hasta donde lo permite la necesidad de garantizar la seguridad de Israel. Es este un factor directamente relacionado con los biorritmos iranís, con esa facilidad exhibida por Ahmadineyad para exasperar a los gobiernos israelís y ponerlos a un paso de la intervención encaminada a destruir los complejos industriales encargados de producir combustible nuclear; con esa agilidad del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, para arrastrar a Obama a un campo de minas que no quiere pisar. Las ruinosas experiencias militares y políticas en Afganistán e Irak han decantado hasta tal punto a la sociedad estadounidense a favor de la retirada estratégica del laberinto musulmán que el menor resquicio para hacerlo favorece los planes del presidente e impone la prudencia a cuantos piensan que compete a Estados Unidos ser una vez más el gendarme universal. De ahí nace la disposición de Obama a escuchar a Rohani y, dicho sea de paso, a gestionar la crisis siria con una mezcla de confusión, oportunismo y poquísimas dosis de finezza, condicionado todo el relato por el desprecio por el ser humano que comparten el régimen de Asad y una parte cada vez mayor de la oposición.

El periódico progresista israelí Haaretz entiende que, en este juego de insinuaciones, sería un error de la comunidad internacional y de la diplomacia de Netanyahu desoír la oferta de diálogo de Rohani. Es probable que, en general, se acojan las palabras del presidente iraní con disposición a escuchar, pero es impensable que el primer ministro israelí esté dispuesto a hacerlo porque ni sus votantes ni sus aliados en el Gobierno son partidarios de ello. Prefieren transitar por la maroma de la desconfianza y, a ser posible, condicionar en el futuro las decisiones de Estados Unidos, como lo han hecho en el pasado; prefieren andar por delante de los acontecimientos o, lo que es lo mismo, poner todos los obstáculos posibles al éxito de la operación, aunque sea a costa de suministrar argumentos a los más duros de Teherán.

Cuando Rohani ganó las elecciones en junio, el periódico Le Monde interpretó el resultado como una consecuencia del “descontento de los electores iranís con relación al balance catastrófico del presidente saliente”, de los ocho años de “crisis económica, de aislamiento y de confrontación con Occidente a causa del programa nuclear”. Ese es el capital con el que cuenta Rohani para sustituir el dogmatismo estéril de su antecesor por el realismo que haga posible una solución ad hoc. En caso contrario, el Golfo seguirá siendo el mar donde prevalecen la voluntad de las petromonarquías y la estrategia política diseñada por Al Jazira, música de fondo de la prédica suní frente a la chií. Y en ese conflicto político disfrazado de disputa religiosa, Israel prefiere la hegemonía de las casas reales, porque están adscritas a la estrategia general de Estados Unidos en la región.

 

 

Obama, prisionero de las líneas rojas

El lenguaje barroco más recargado se ha adueñado del debate de las ideas y de los prolegómenos de una posible intervención militar de Occidente –Estados Unidos y Francia, por lo menos– en Siria. La solemnidad de algunas declaraciones apenas oculta las pocas ganas del presidente Barack Obama de enfangarse en la crisis, prisionero de las líneas rojas dibujadas por él mismo y que Bashar el Asad con toda probabilidad cruzó el 21 de agosto al desencadenar un ataque con armas químicas en un suburbio de Damasco. Nadie pidió a Obama –ni sus aliados ni la opinión pública– un compromiso de actuación tan explícito, que abre cuatro frentes de discusión, todos ellos erizados de espinas:

-¿Es legítima una intervención internacional en la guerra civil Siria sin contar con un mandato expreso de las Naciones Unidas?

-¿Qué garantías hay de que la intervención no se prolongará sine díe?

-¿Qué sucederá en Siria después de la intervención?

-¿Qué efectos tendrá sobre la precaria estabilidad en Oriente Próximo?

Víctimas del presunto ataque con armas químicas del 21 de agosto en Damasco.

El crucigrama puede ampliarse a poco que se piense en la situación en que queda la ONU si Estados Unidos desencadena el ataque antes de conocerse el informe de los expertos que despachó al teatro de operaciones. Aunque el exministro francés de Asuntos Exteriores Hubert Védrine invoca la legitimidad de una operación de castigo por “el horror de los hechos”, también reconoce que sentará un precedente por si no fuesen suficientes, aunque no comparables, los de Kosovo e Irak, por citar los más recientes. Aunque el presidente Obama sostenga que no fue él “quien fijó la línea roja”, sino la comunidad internacional mediante la Convención de 1993, que prohíbe el uso de armas químicas, muchos dudan de que se respete el derecho internacional si empiezan los bombardeos sin una resolución expresa de las Naciones Unidas.

La víspera de la reunión del G-20 en San Petersburgo, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, forzado por su condición de anfitrión y para aligerar la atmósfera de la conferencia, dijo que se sumará a una operación de castigo si la ONU confirma que Asad utilizó armas químicas. El compromiso de Putin es de un oportunismo manifiesto –los inspectores solo podrán certificar, llegado el caso, que se utilizaron armas químicas, pero no, quién recurrió a ellas–, introduce elementos de confusión y en la práctica excluye un cambio en la posición de Rusia (y China) en el Consejo de Seguridad, donde se oponen a la intervención. Y si China, después de la cita del G-20, se presta a ser el emisario entre Estados Unidos y Rusia, lo hará dejando siempre a salvo su relación con Irán, cuyo régimen avala al de Asad.

Combatientes rebeldes con máscaras antigas fotografiados en mayo por Laurent Van der Stock, del diario francés ‘Le Monde’.

La carta firmada a última hora en San Petersburgo por diez aliados de Estados Unidos es poco más que una pieza de decoración. Aunque resulta sorprendente que algunos de los siganatarios –Mariano Rajoy, entre ellos– presten su rúbrica para reclamar una intervención contundente en Siria después de haberse acogido a la necesidad de conocer el informe de la ONU antes de adoptar una decisión definitiva, no es suficiente para borrar la impresión de que Obama está condenado a lidiar la crisis con menos apoyos efectivos de los deseados. ¿Es un episodio más del declive del gendarme universal o la confirmación de que lo que realmente desea Obama es reducir al mínimo imprescindible la implicación de Estados Unidos en el laberinto de Oriente Próximo? Es pronto para saberlo.

El analista estadounidense Anthony H. Cordesman, del Center for Strategic and International Studies (CSIS), atribuye a Obama una estrategia militar y diplomática inspirada en la pieza teatral Esperando a Godot, de Samuel Beckett. “La Administración siguió el guion de la obra de Beckett en la medida en que no definió las razones de lo que los actores estaban haciendo, por qué estaban esperando o qué iba a pasar después de la llegada de Godot”, escribe el experto del CSIS. Lo que con más ansia espera Obama es que la coalición gane socios, pero ni la OTAN ni la UE disponen de mayorías intervencionistas. Antes al contrario, el precedente del voto en contra de la Càmara de los Comunes a la disposición de David Cameron a entrar en acción ha retraído a los dudosos y ha afianzado en sus posiciones a cuantos se oponen a un ataque a Siria. La discusión parece cerrada para la mayoría desde el mismo momento en que el presidente de la UE, Herman Van Rompuy, ha dicho que la solución a la crisis siria solo puede ser política, y ni siquiera ha aludido a la ONU.

En el comportamiento de Obama y sus colaboradores se entrecruzan imprecisiones, contradicciones y el temor a que el presidente, que en el primer mandato se consagró como el vencedor de Osama bin Laden, forje en el segundo una imagen más cercana a la de Neville Chamberlain. Esa es, al menos, la referencia más utilizada por una parte de la derecha neoconservadora, que hace alusiones constantes a la segunda guerra mundial, cuando nada se parece menos a la crisis actual, por muy dubitativo y partidario de la política de apaciguamiento que se muestre Obama. Como dice Conor Friedersdorf en la revista liberal The Atlantic, la derecha dura tiene interés en situar el momento en un cruce de caminos similar al de 1938, pero no se trata más que de una simplificación grosera de los acontecimientos. Es más, hay razones suficientes para temer en igual medida al régimen sirio que a las consecuencias de su hundimiento.

Tanto en Estados Unidos como en Francia se multiplican los vaticinios más lóbregos, aquellos que presentan la caída de Asad como el ascenso de una combinación ingobernable de fuerzas sometidas a las armas de los islamistas radicales. La intención de Occidente de promover la figura de un Hamid Karzai bis en la persona del general Alí Habib, que desertó del régimen sirio, tiene pocas posibilidades de convertirse en una salida de consenso y, en cambio, la movilidad de organizaciones como Nusra y Estado Islámico en Irak y Siria, con la ayuda de Irán y de Hizbulá –en la práctica, es lo mismo–, tienen grandes posibilidades de escribir el futuro. El especialista C.J. Chivers entiende que este es el gran dilema de Occidente, más allá de las razones coyunturales a favor y en contra de la intervención: debilitar a Asad sin controlar los acontecimientos que seguirán o dejar las cosas como están y prolongar la carnicería.

Manifestación contra una intervención de Estados Unidos en Siria, el 31 de agosto en Washington.

El dilema se puede hacer extensivo a las opiniones públicas de las sociedades democráticas, conmovidas por la matanza, pero alarmadas por las imágenes de las ejecuciones sumarias de presos perpetradas por grupos rebeldes y la imposición de la sharia en algunos lugares bajo control islamista. Los sondeos en Francia revelan que el 74% de la población se opone a la presencia en Siria, pero esa misma población se moviliza para paliar las consecuencias de la crisis de subsistencias que deben afrontar dos millones de refugiados y cuatro millones de desplazados. En Estados Unidos, el recuerdo de Irak pesa como una losa y son pocos los que creen que están en juego intereses vitales; el recurso al armamento químico repugna a las conciencias, pero resulta insoportable la perspectiva de otra larga y lejana guerra. En ambos casos, los comandantes en jefe prometen una actuación limitada en el tiempo y sin soldados en tierra, pero después del primer disparo todo es posible.

Superados largamente los 100.000 muertos, dividida la Liga Árabe de forma irremediable, abierta la disputa por la hegemonía regional –Egipto, Turquía– y sumidas en el ocaso las primaveras, las incertidumbres paralizan a los estrategas. Pero al activar los resortes de la intervención, llevar el asunto a los respectivos parlamentos y buscar aliados, Obama y Hollande han situado la partida en un punto de no retorno. Si ahora hiciesen marcha atrás, la credibilidad de ambos resultaría dañada sin que mejorara la de la ONU, condenada a la parálisis por el derecho de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. No se vislumbran luces en el horizonte.

 

 

 

Realismo de EEUU en Oriente Próximo

Un realismo sin fisuras se impone en la actuación de Estados Unidos en Oriente Próximo, con el desastroso precedente de la presidencia de George W. Bush (2001-2009) para desvanecer la más mínima tentación de agarrar de nuevo el palo y renunciar a la zanahoria. El establishment de Washington y el mundo académico que nutre los think tank han llevado al ánimo de la Administración del presidente Barack Obama y al grueso de los legisladores el riesgo que se oculta detrás de toda intervención armada: repetir los mismo errores cometidos en Afganistán e Irak sin asegurar, por lo demás, ninguna ventaja estratégica sobre el terreno.

Seth G. Jones, profesor de la Universidad John Hopkins e investigador de la Rand Corporation, ha expresado en un artículo colgado en la web de la revista Foreign Affairs, los anhelos que deben guiar a Estados Unidos y sus aliados en relación con los acontecimientos que se desarrollan en Egipto desde el 3 de julio. “Deben pensar en primer lugar en proteger sus intereses estratégicos vitales en Egipto y en la región”, escribe Jones, prototipo del analista armado con dosis inagotables de realismo, dispuesto a reprochar a los diplomáticos occidentales el entusiasmo conque acogieron la caída de Hosni Mubarak y la frustración que les ha invadido a causa del golpe de Estado que ha depuesto al presidente Mohamed Mursi. Resulta imposible imaginar alguien con menos apego al paradigma idealista y más inclinado a la realpolitik de todos los días.

¿Cuáles son los objetivos irrenunciables de Occidente en Egipto y, por extensión, en Oriente Próximo? El profesor Jones enuncia tres:

1º Ayudar a prevenir una guerra civil. Para evitarla, propone inducir al Gobierno egipcio a que facilite la participación en las próximas elecciones a los Hermanos Musulmanes y a otras organizaciones islamistas a fin de conjurar el riesgo de una situación a la argelina (la guerra civil de los años 90 que siguió a la intervención del Ejército para evitar que el Frente Islámico de Salvación llegara al poder a través de las urnas).

2º Trabajar con Egipto para que mantenga el compromiso de combatir el terrorismo fundamentalista, alimentado por Hamás y Ansar Bait al Maqdis en la península del Sinaí, a las puertas de la franja de Gaza.

3º Animar la adopción por Egipto de reformas liberales, apoyar a la sociedad civil y proveer de asistencia técnica para que se revise la Constitución.

Este último punto pudiera llevar a la conclusión de que la democratización del Estado preocupa a los realistas en igual o parecida medida que la recuperación económica, el restablecimiento del principio de legalidad y otros requisitos esenciales para que el nuevo Egipto eche a andar. Habida cuenta de que, de acuerdo con la encuesta elaborada por el Pew Center en mayo de este año, las ansias de democracia en la sociedad egipcia marchan por detrás del deseo de disponer de una economía fuerte, un sistema judicial sólido y un funcionamiento institucional que garantice ley y orden, los analistas del perfil de Jones poco menos que se desentienden del compromiso democratizador de las nuevas autoridades y de llevar la prédica democrática a las calles de El Cairo: “La democracia es virtualmente imposible imponerla desde fuera”.

¿Por qué lo dicho para Egipto vale para otros puntos de la región? En primer lugar, porque Egipto tiene un poder de irradiación sin comparación en el resto del mundo árabe; puede decirse que Egipto dispone de la masa crítica suficiente para desencadenar el efecto dominó, para bien y para mal. En segundo lugar, porque las grandes crisis de Oriente Próximo se abordan en público en Estados Unidos en términos de pérdidas y ganancias, y cada vez menos en términos mesiánicos, como si formara parte del rango internacional de Estados Unidos llevar la buena nueva de la democracia liberal a cualquier parte, por las buenas o a cañonazos. Puesto que “la democracia es virtualmente imposible imponerla desde fuera”, es mejor plegarse a la realidad: “Washington debe conducir su política con el mundo árabe que tiene, no con el mundo árabe que desearía tener”.

Cabe detectar cierto fatalismo social en esa cosmovisión, pero resulta menos arriesgada que la utopía neocon –de un sectarismo ideológico agresivo y costosísima en vidas, material y dinero– y, desde luego, más útil para complementar el multilateralismo enunciado por Obama a continuación del fracaso del mundo unipolar soñado por Bush, que debía ser administrado por la hiperpotencia sin rival. Así se entiende mejor la resistencia de los estrategas de los departamentos de Estado y Defensa a enfangarse en la guerra de Siria, el alejamiento de Irak –julio está siendo el mes más sangriento en lo que llevamos de años–, la nueva coreografía negociadora en el conflicto palestino-israelí, sin más esperanzas de éxito que en ocasiones precedentes, e incluso la disposición a buscar la cara amable del nuevo presidente de Irán, el clérigo Hasán Rohani –léase a Ramin Jahanbegloo en El País–, que pasa por moderado aunque forma parte de la teocracia de los ayatolás. Así se entiende mejor que, antes de tomar cualquier decisión, se formulé siempre la misma pregunta: ¿qué vamos a sacar en limpio?

El general Marty Dempsey, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor de Estados Unidos, ha remitido un memorando a Carl Levin, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, en el que analiza el coste de una eventual intervención en Siria: 1.000 millones de dólares al mes durante el primer año para atacar objetivos de alto valor, lo que requeriría “utilizar cientos de aviones, barcos y submarinos, además del establecimiento de una zona de excusión aérea”, según los párrafos reproducidos por Gordon Lubold en Foreign Policy. Pero lo más significativo del memorando de Dempsey, un militar experimentado y en absoluto alarmista, viene a continuación: “En los diez últimos años hemos aprendido que no es suficiente un simple cambio en el equilibrio del poder militar sin considerar de forma cuidadosa qué es necesario para preservar el funcionamiento del Estado”.

La referencia implícita a la posguerra de Irak no escapa a nadie. Los riesgos que se pueden correr en Siria son de naturaleza similar: desmantelar el Estado, dar alas al islamismo en armas y desalojar a un dictador que se ha ensañado con su pueblo para, acto seguido, tener que hacer frente a la presión de los fundamentalistas adscritos a la guerra de guerrillas. Y esa es una hipótesis que excluye otra tanto o más perturbadora, aquella que admite la posibilidad de que el rearme y la ayuda directa a la resistencia provoque una dinámica de rearme permanente de las partes –Occidente, con la oposición; Rusia, Irán y alguna otra potencia, con Bashar el Asad–, el enquistamiento de la guerra civil y la contaminación de la crisis al entorno (Líbano) con mayor virulencia que hasta la fecha.

La consecuencia de todo ello es lo que la analista de la Chatham House Claire Spencer llama en la revista británica Prospect “el dilema diplomático”. Pudiera hablarse incluso del bloqueo diplomático que lleva a dejar sin efecto, y sin alternativa posible, el propósito reiteradamente expresado por Estados Unidos y sus aliados de apoyar a la oposición armada siria. Spencer cree que si se orientaran “las prioridades hacia los costes humanos a largo plazo en la lucha de Siria”, la diplomacia podría superar las contradicciones que la atenazan. Pero siempre está ahí la pregunta: qué ganamos con chapotear en el barrizal. Y ese realismo descarnado impide entrar en otras consideraciones morales que son, por cierto, las que movilizan a la opinión pública que contempla la degollina en el televisor de la sala de estar.

Pareciera que después de las experiencias afgana e iraquí, cuajadas de muertos, decepciones políticas y ruina económica, la democracia agresiva ha dado paso a la democracia traumatizada. Si el largo recorrido desde la guerra contra el terror global que siguió al 11-S debe terminar en la búsqueda del talibán moderado, con quien el secretario de Estado, John F. Kerry, cree que es posible llegar a un pacto político para poner a salvo la república de Hamid Karzai, y el nuevo Irak no es mucho más que el Estado de los atentados, qué sentido tiene aterrizar en Siria, se preguntan en Washington. Si el sueño democrático egipcio acabó en un golpe de Estado aplaudido por la multitud de la plaza de Tahrir, a qué viene preocuparse por la democratización del país, meditan en los aledaños del Despacho Oval. Los realistas tienen clarísimas las respuestas. Y la suficiencia energética de Estados Unidos hacia el 2020 refuerza las certidumbres.

Efervescencia fundamentalista

“El fundamentalismo es una fe defensiva; se anticipa a la aniquilación inminente”.

Karen Armstrong

La decisión del Tribunal Supremo de El Salvador de prohibir que aborte una mujer de 22 años identificada como Beatriz, a pesar del dictamen de los médicos, partidarios de la intervención, pone de manifiesto una vez más el auge de los fundamentalismos religiosos. Frente al libre albedrío y la libertad consciente del individuo gana terreno el sometimiento de las conciencias, y frente a la gestión de los conflictos en términos estrictamente políticos, a partir de ideologías terrenales, aparece en ellos la intromisión de los hermeneutas o de los emisarios del más allá. Hasta que el Gobierno salvadoreño ha intervenido, Beatriz se ha encontrado atrapada en la red tejida por cuantos “han convertido el mythos de su religión en un logos al insistir en que sus dogmas son científicamente válidos o al transformar su compleja mitología en una ideología modernizada”, en palabras de Karen Armstrong.

Para los magistrados salvadoreños que decidieron que Beatriz debía seguir adelante con el embarazo a pesar de que su vida corre peligro y el feto es anencefálico –le falta parte del cerebro; no vivirá–, la Constitución en la que apoyaron su dictamen no es más que una coartada legal para imponer un criterio moral jaleado por la Conferencia Episcopal y los grupos antiabortistas. Todas esas instancias y organizaciones son perfectamente legales y respetables, pero su comportamiento se adentra en el sendero del totalitarismo ideológico al pretender que todo el mundo se rija por sus ideas, presentadas estas como superiores a las de cuantos disienten de ellas. Es esta una característica muy propia de los fundamentalistas, como es fácil observar del conflicto sirio a la dificultad de dar en China con donantes de órganos.

Hay otros fundamentalismos además del religioso –el ecologista, el estatista, el laicista y muchos más–, pero, en general, carecen de la rigidez formal y material de aquellos que se remiten al mensaje religioso como referencia ineludible. Hay otras herramientas ideológicas que tienden a ocupar la totalidad del espacio social que las contienen, pero ninguna tiene la capacidad de movilización del fundamentalismo religioso, ajeno al dictamen de la razón, aunque teólogos tan destacados de nuestros días como el Papa emérito Benedicto XVI presentan la fe como fruto de la razón. Hay otras actitudes, surgidas del compromiso religioso, que son diametralmente diferentes de las de los fundamentalistas, pero estos las mantienen bajo sospecha cuando no las combaten, como si se tratara de herejías encubiertas.

Manifestación en París

Manifestación en París contra los matrimonios homosexuales, el 26 de mayo.

Los episodios vividos en una calle de Londres y en otra de París con pocos días de diferencia son tributarios de ese fundamentalismo que no tiene otra justificación moral que el criterio poco menos que esotérico que aplica a sus actos. Los dos jóvenes que segaron la vida de un soldado en Londres y el que hirió a otro en París actuaron a partir de la convicción estrictamente mitológica de que con sus actos defienden al islam –sometimiento a Dios– y responden adecuadamente a los atropellos cometidos por Occidente en Afganistán e Irak, en primera instancia, pero que seguramente deben remontarse a las Cruzadas para justificar sus acciones. Es casi imposible imaginar a los dos soldados objeto de sus ataques como algo más que militares profesionales, pero cuando se salta del análisis socio-político a la ensoñación teosófica y al valor simbólico de las víctimas, todo adquiere la apariencia deforme que alimenta la simplificación inherente a cualquier forma de fundamentalismo, y así se impone la mentalidad del sectario y se esfuma la del creyente.

¿Qué decir de las multitudes que desfilan por la calles de Francia para oponerse a los matrimonios entre personas del mismo sexo? ¿Qué decir de las iglesias protestantes más retardatarias de Estados Unidos, que siguen dudando de Barack ObamaHussein, su segundo nombre, es motivo de gran sospecha– en términos más propios de la visceralidad política que del debate democrático? ¿Qué decir de los fundamentalistas mosaicos cuyo mayor argumento de autoridad para instalarse en Cisjordania es la Escritura? ¿Qué pensar de todos ellos y otros muchos que perturban la articulación de sociedades extremadamente complejas, cruzadas por intereses contrapuestos y una gran variedad de puntos de vista? ¿Qué decir de la reaparición en España del debate sobre el aborto, ausente de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos y que Alberto Ruiz-Gallardón vuelve a poner sobre la mesa al hilo de las presiones de la Conferencia Episcopal? ¿Qué decir de esa obsesión poco menos que enfermiza por regular el uso del cuerpo en detrimento de la autonomía del individuo?

Incluso en un conflicto tan endiabladamente trágico como el sirio, los ecos del fundamentalismo religioso suní y chií ocupan cada día una porción mayor en la gestión del problema. Se dice con razón que hasta Siria llega la pugna histórica entre las dos ramas de la fe musulmana, que la oposición en armas acoge la respuesta suní al chiísmo en armas, que se refugia en la protección del Gobierno y de Hizbulá. Se dice que las minorías religiosas no musulmanas confían en la continuidad del régimen, temerosas de que un eventual triunfo de la oposición lo sea también del fundamentalismo suní vinculado a la herencia ideológica de Al Qaeda. Se dice, en fin, que el compromiso timorato de Occidente con la oposición al presidente Bashar el Asad obedece al temor que la ayuda dirigida a combatirle acabe en manos de islamistas radicales fuera de control. Y en este discurso al que podrían añadirse otros muchos enunciados, la religión como coartada de la matanza asoma por todas partes, aunque los sentimientos religiosos tienen poco que ver con las causas iniciales de la guerra y el recuento diario de cadáveres en ambos bandos.

Hasán Nasrala

Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que invoca, entre otros, motivos religiosos para intervenir en Siria al lado de los soldados del presidente Bashar el Asad.

Si en sociedades secularizadas, que consagran la neutralidad de las instituciones del Estado, resulta poco menos que obscena la orientación confesional de algunas políticas, el recurso a la religión en el campo de batalla lo es aún más. Como explica el especialista Brian Whitaker en la web al.bab.com, Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, incluye el combate contra los takfiris, supuestamente emboscados en las filas de la oposición, en la lista de razones para participar en la guerra al lado de los soldados de Asad. Pero ¿qué es un takfir? Un musulmán declarado no creyente por otro musulmán, un concepto que se remonta al califa Abú Bakr, allá por el siglo VII. Es decir que entre las justificaciones de Nasrala pesa tanto el impulso religioso, derivado de la nebulosa de la tradición de los primeros años del islam, como el temor a que Israel invada Líbano después de domeñar a Siria, directamente o través de las potencias occidentales.

Lo menos que puede decirse es que se asiste a una transformación del mensaje religioso: deja de ser una guía moral, aunque formalmente conserva esta condición, para convertirse en una imposición de alcance general. La religión deja de ser “fuente de libertad”, en expresión utilizada por Raimon Ribera en el ensayo El diàleg interreligiós, para transformarse en algo que aliena y oprime, según el mismo autor. Para los no creyentes, el efecto va más allá: se percibe como una forma de totalitarismo moral que violenta sus convicciones más íntimas. Porque el fundamentalismo religioso da la batalla contra cuanto atenta a sus principios, aunque se trate de asuntos sin el menor atisbo de obligatoriedad: el aborto, el divorcio, el matrimonio homosexual son opciones personales; lo único que hacen las leyes es regularlas para cuantos recurren a ellas. En realidad, los fundamentalistas se sienten moralmente superiores, éticamente obligados e históricamente justificados frente a una sociedad acomodaticia por permisiva.

Henry Louis Mencken

El escritor estadounidense Henry Louis Mencken (1880-1956), que se opuso al papel desempeñado en su país por el fundamentalismo cristiano.

Pero, al mismo tiempo, en el fundamentalismo en boga, que a menudo adopta tics puritanos, es fácil detectar una manipulación política de los sentimientos o de la ideología espontánea dominante en cada sociedad. El escritor Henry Louis Mencken definió el puritanismo como “el atormentante miedo de que alguien, en algún lugar, es feliz”, y acaso la manipulación no sea otra cosa que sembrar el desasosiego entre quienes no lo padecían, y se sentían razonablemente capaces de actuar según sus propias convicciones, para llevar a su ánimo la idea de que hay en marcha una operación para socavar el mundo en el que se reconocen. Esa operación de ingeniería social, de naturaleza defensiva frente al temor a una “aniquilación inminente”, es más viable en sociedades en crisis como las de hoy que en aquellas otras, adscritas a la esperanza, que sobrevivieron a la segunda guerra mundial. Quizá sea esa la razón última del éxito in crescendo de predicadores vociferantes que anuncian el apocalipsis si no nos salimos de la senda secular, que se remonta a las Luces.

Incertidumbres árabes a las puertas de Israel

Después de bombardear la instalación militar siria de Jamraya y de obtener la consabida comprensión de Estados Unidos, el Gobierno de Israel ha tomado la iniciativa antes de recibir a finales de mes a John Kerry, secretario de Estado. Este se propone respetar la simetría formal al entrevistarse con el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, y cruzar el muro de Cisjordania para hacer lo propio con el presidente palestino, Mahmud Abás. En la práctica, tal simetría no existe, pero es preciso simularla porque la guerra de Siria y la fractura política en Egipto configuran la periferia de Israel como un ecosistema propenso a la inestabilidad, condicionado por las incertidumbres árabes y por la aparición más o menos imprevista de nuevos actores como China.

La política israelí de hechos consumados incomoda a Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, la Casa Blanca se acerca inexorablemente al momento en el cual un presidente cree llegado el día de pasar a la historia por algún hecho notable antes de que su condición de pato cojo –los dos últimos años del segundo mandato– proyecte una imagen de debilidad. El precedente de las negociaciones de Camp David del verano del 2000 –Ehud Barak y Yasir Arafat–, que promovió Bill Clinton y acabaron sin resultado, son el ejemplo más socorrido de las urgencias de un presidente que persigue la gloria histórica urgido por la inexorable marcha del tiempo. Pero hay otro factor que opera a favor de los renovados esfuerzos de Estados Unidos en Oriente Próximo: su deseo de modular su compromiso en la región con la poco menos que total independencia energética que garantizan los últimos yacimientos descubiertos en territorio norteamericano.

Los riesgos que debe medir Barack Obama no son menores. El programa de asentamientos seguido por el Gobierno israelí en Cisjordania amenaza con hacer definitivamente inviable la solución de los dos estados en no más de dos años (Miguel Ángel Moratinos), una situación que invalidaría el posibilismo de la Autoridad Palestina. La guerra en Siria tiene un poder de contaminación que llega hasta la frontera de Israel mediante los milicianos de Hizbulá, asentados en el sur de Líbano. La crisis política y económica en Egipto desgasta el islamismo político y da alas al salafismo, alentado desde los púlpitos de las mezquitas y que atrae a las bases del Partido de la Libertad y la Justicia, la marca electoral de los Hermanos Musulmanes. De todas las rutas trazadas en ese laberinto, la única que Estados Unidos conoce como la palma de la mano es la que lleva a Jerusalén; para las otras carece de una guía de viaje fiable.

El diplomático canadiense Michel Duval, exembajador de su país en la ONU y en el Líbano, sostiene que no es posible encontrar una solución factible al caso sirio fuera del Consejo de Seguridad. Duval habla con conocimiento de causa cuando señala que Rusia y China se oponen a una intervención en Siria autorizada por las Naciones Unidas porque tienen muy presente lo sucedido en Libia, donde la OTAN “fue increíblemente más allá del mandato de la ONU”. Eso debilita a Lajdar Brahimi, el enviado especial despachado al conflicto por la comunidad internacional, porque “lleva dos sombreros incompatibles”, en palabras de Duval a La Presse, el gran periódico centrista de Montreal: el de la ONU, que aspira a la imparcialidad, y el de la Liga Árabe, que ha tomado partido por la oposición siria en armas. Habría que añadir que en la memoria colectiva de la Administración de Obama están muy vivas las desastrosas intervenciones en Afganistán e Irak, que desgastaron la imagen internacional de Estados Unidos y alimentaron las corrientes antioccidentales más radicales en el mundo árabe, incluido el frente yihadista.

Por si esas razones no fueran suficientes, hay una de orden práctico que respetan todas las cancillerías: carece de sentido político intervenir en Siria a cambio de nada. El apoyo que otorgan Rusia y China a Bashar el Asad es a cambio de algo –influencia en la región–; el de Irán está íntimamente relacionado con la praxis del chiismo en tierra hostil y en su pulso con el islam suní del Golfo, más el programa nuclear de la república islámica. La eventual implicación de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se produciría a cambio de muy poco y sería bastante mal recibida por la calle árabe, que vería la mano de Israel, seguramente con razón, en el compromiso de las potencias occidentales. Las mismas que encabezaron la intervención en Libia después de haber rehabilitado a Muamar Gadafi durante la primera década del siglo. Las mismas que, a falta de otros motivos, esgrimen el temor de que quienes con más atributos mueven los hilos de la oposición son los yihadistas curtidos en mil batallas, que se han adueñado de la dirección de las operaciones y son hoy tan sospechosos de recurrir a las armas químicas (Carla Del Ponte) como el Ejército de Asad.

En Egipto, los presagios no son mucho mejores. El Gobierno mantiene unas interminables negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener un préstamo de 4.800 millones de dólares que le permita tapar agujeros, pero el martes hubo una remodelación de Gobierno que incluyó, entre otros, el nombramiento de un nuevo ministro de Economía, Fayad Abdel Moneim, un perfecto desconocido especialista en finanzas islámicas. Mientras tanto, la inflación interanual supera el 8%, la libra egipcia se ha depreciado con respecto al dólar el 15% desde primeros de año y el Gobierno ha decidido recortar los subsidios a la energía, que representan un quinto del presupuesto. Se supone que esta y otras medidas futuras, como subir los impuestos sobre las ventas, persiguen el equilibrio fiscal y anticiparse al programa de austeridad que impondrá el FMI, pero los funcionarios de la organización se declaran desconcertados con los cambios de responsables políticos. “Cada vez que conocemos el comportamiento de un ministro, este desaparece”, le manifestaron representantes del FMI a Samir Raduan, primer ministro de Economía después de la caída de Hosni Mubarak, según recoge la edición digital en inglés del diario cairota Al Ahram.

En el baile de nombres desencadenado por el presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ven algunos la presión del ala menos política de los Hermanos Musulmanes, cuya influencia habría crecido a partir de la crisis de diciembre y el endurecimiento de la oposición. Es posible que se haya producido esa deriva de la Hermandad hacia el radicalismo, pero un especialista como Abdalá Schleifer, profesor emérito de la Universidad Americana de El Cairo, pone en duda que se haya producido una hermanización de Egipto, el diario Daily News Egypt destaca que solo un tercio de los ministros procede de la Hermandad y el profesor Shadi Hamid, director de investigación del Brookings Doha Center, concluye con una afirmación contundente un largo artículo en el último número de la revista Foreign Policy: “Las auténticas batallas ideológicas realmente aún no han empezado”.

Esas batallas venideras interesan directamente a los gobernantes israelís, que hasta la fecha han sorteado la inestabilidad egipcia mediante el acuerdo directo entre generales a un lado y otro de la frontera del Sinaí. Se trata de una solución inconcebible fuera de la militarización de los espíritus en Israel y de los privilegios hors catégorie de los que disfrutan los uniformados en Egipto, pero es una alternativa útil, razonablemente estable y de naturaleza técnica hasta donde cabe aplicar este adjetivo al cometido de militares profesionales, teóricamente sujetos a la política de seguridad diseñada por cada Gobierno. Al mismo tiempo, es una fórmula que puede quebrarse en la medida en que el enconamiento político en Egipto lleve a la mesa del Consejo de Ministros el disgusto de la calle árabe por la gestión del problema palestino, algo que por lo demás se percibe en la base de los Hermanos Musulmanes y en las redes sociales, caja de resonancia de una opinión pública disconforme.

Hasta que se consume el acuerdo con el FMI, la pugna entre las dos grandes ramas del islamismo político conocerá un crescendo lleno de riesgos. Tal como explica Hamid en su artículo, la Hermandad mantiene viva la discusión en cuanto a la prevalencia de la sharia como fuente de derecho, a diferencia del rumbo seguido por el partido Ennahda, que gobierna en Túnez, a pesar de su ideología asimismo islamista. Y está lejos de haber cerrado la discusión referida a cuál es el límite aceptable de las condiciones que impondrá el FMI, un factor de división que también se da en las filas de una oposición aglutinada en torno a la defensa de un Estado laico y bastante menos homogénea en cuanto atañe a la economía, el agravio palestino y las relaciones con los vecinos, así se trate de Israel o de las petromonarquías.

Todo esto importa a Israel y afecta a su estabilidad emocional, dañada todos los días por episodios simbólicos, pero de gran repercusión, como la decisión del físico Stephen Hawking de sumarse al boicot académico y no acudir a una conferencia en Jerusalén para protestar contra la política que el Gobierno de Netanyahu sigue con los palestinos. La efervescencia a las puertas de Israel, bastante fuera del control de sus aliados más sólidos, transita entre la institucionalización de la primavera egipcia y la escalada bélica siria, alienta a agitadores armados como Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que se declara dispuesto a ayudar a Siria para que reconquiste el Golán, y lleva a las opiniones públicas árabe e israelí a radicalizarse. Y en esta atmósfera enrarecida desde siempre por pasiones desbordadas, los partidarios de mantener los equilibrios tienen un margen de maniobra más estrecho a cada día que pasa, como si la única elección posible fuese entre lo malo y lo peor.

Siria, bajo el influjo de ‘El padrino’

Sesenta mil muertos después de la primera escaramuza, la guerra de Siria adquiere las dimensiones de una sangría imparable a causa de las incógnitas políticas que plantea, la indecisión de la comunidad internacional y el temor de Occidente a entregar una pieza fundamental de Oriente Próximo al comportamiento imprevisible del islamismo radical. En un ambiente enrarecido en el mundo árabe por la sensación de crisis que transmiten los principales escenarios de las primaveras árabes –Egipto y Túnez–, el enésimo riesgo de fractura social y el propósito de las petromonarquías –la saudí en primer lugar– de poner el futuro al servicio de sus intereses, el presidente Bashar el Asad se comporta como un reformista incomprendido que lucha en solitario contra la barbarie yihadista. Desde fuera, la república hereditaria de los Asad da toda la impresión de ser una cleptocracia o Estado-negocio, pero los agentes de propaganda sirios pueden seguir con la cantinela de la conspiración internacional y la brega islamista, en parte cierta, porque la presión exterior es ineficaz por insuficiente: el negociador nombrado por la ONU, el argelino Lakhdar Brahimi, se encuentra tan sin fuerzas como su antecesor, Kofi Annan; Rusia sigue a la espera de asegurar algo a cambio de abandonar a Asad; Occidente apoya a la oposición, pero recela de ella, y no quiere repetir la experiencia de intervenir en un país árabe, esta vez a las puertas de Israel.

Idlib

Manifestación de niños contra Bashar el Asad en la ciudad de Idlib.

La idea poco menos que unánime de que el único futuro que aguarda a Asad es el desmoronamiento del régimen que encabeza no es incompatible con otra muy compartida: que la oposición por sí sola es incapaz de acabar con el autócrata y este, por su parte, cuenta aún con una capacidad de resistencia material y emocional considerable. En un brillante comentario de Brian Whitaker al libro The new lion of Damascus, del profesor David Lesch, de la Trinity University de Texas, se recuerda que el autor presenta el perfil psicológico de Asad como el de alguien que aceptó suceder a su padre con la voluntad de reformar al régimen, pero, de la misma manera que los propósitos de Michael Corleone de respetar la ley –primera entrega de El padrino– quedan en nada, arrastrado por la atmósfera y las servidumbres de la mafia de Estados Unidos, el oftalmólogo llegado de Londres que quisó cambiar el sistema autoritario se encontró conque “el sistema autoritario le cambió a él”. Giro trágico en la existencia de Asad que en ningún caso justifica la represión desencadenada, el terror sembrado por los shabiha –escuadrones de la muerte al servicio del régimen– y el acoso indiscriminado a una población a merced de la guerra.

Según el profesor Lesch, Asad se ve a sí mismo como un innovador desautorizado, en particular después de completar la retirada de los soldados sirios de Líbano (2005) –una operación posterior al asesinato en Beirut de Rashid Hariri– y de introducir cambios legales en el régimen –regulación de las manifestaciones, ley de partidos, nueva Constitución, sometida a referendo mientras estallaban las bombas–, todo lo cual presenta como fruto de un plan preconcebido y no como un mecanismo de respuesta forzado por las circunstancias. Puesto que el autor de The new lion… se ha entrevistado con frecuencia con el presidente sirio y el libro rebosa información, no hay que poner en duda el retrato psicológico que, en todo caso, transmite la idea de alguien que se ha despegado de la realidad circundante y ha construido su propia realidad a medida, un dato este que no hace más que complicar la posibilidad de una salida negociada, de por sí poco menos que descartable.

Brahimi Asad

Reunión de Lakhdar Brahimi con Bashar el Asad, el 24 de diciembre del 2012 en Damasco.

El politólogo Ed Husain, entrevistado por el think tank estadounidense Council on Foreign Relations después de la conferencia sobre seguridad celebrada en Múnich esta semana, cree posible que finalmente Asad acepté negociar con emisarios rusos e iranís, pero pone en duda que la gestión dé algún fruto. Con quien da por descontado que no aceptará negociar directamente es con la oposición siria, encabezada por Moaz al Jatib, legitimada por los grandes actores de la política internacional, pero presentada por el régimen de Damasco como la mano que mece la cuna de la conspiración a la que se enfrenta. Puede que incluso Asad se avenga a que el dúo ruso-iraní traslade las propuestas surgidas de la oposición, pero eso solo se producirá a la larga y si el desgaste material del régimen es mucho mayor que el presente. Más improbable es que acepte entrar en el análisis del plan de paz que el enviado de la ONU lleva en la cartera: “No pienso que Brahimi o sus ayudantes tengan mucha credibilidad a ojos del Gobierno sirio –sostiene Husain–, especialmente cuando los compara con sus aliados favoritos, los rusos y los iranís”.

Una serie de factores intrínsecos a la crisis siria facilitan las cosas a Asad. El principal es la deriva imparable hacia la guerra sectaria, con el aditamento de los militantes de Al Qaeda o barrios próximos en las filas de la oposición en armas, aunque no reconoce ningún vínculo con la partida yihadista la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Oposición y la Revolución Siria, el pomposo nombre de la instancia unitaria que dirige Jatib, un suní que fue imán de la mezquita de los Omeyas en Damasco. Pero no hay duda de la presencia de combatientes fundamentalistas islámicos, de que su propósito es implantar la sharia y de que Occidente teme que la suerte de las armas pueda otorgarles algún día el poder a las puertas de los altos del Golán. Y aún hay menos dudas en cuanto a la voluntad de Asad, un chií alauí, de cortar el paso a la mayoría suní, un empeño en el que se enroca porque el perfil de Jatib, que trabajó como geólogo en compañías petroleras occidentales, le induce a considerarle un agente emboscado de los intereses occidentales.

Moaz al Jatib

Moaz al Jatib, líder de la oposición siria reconocida por Occidente.

Incluso el riesgo de libanización, invocado constantemente, opera a favor de Asad porque, en un laberinto bélico de todos contra todos, con alianzas inestables y cambiantes, como sucedió en la guerra civil de Líbano (1975-1990), la mejor logística es la que está a disposición del régimen sirio salvo un cambio espectacular en el tipo de apoyo que Occidente dispensa a la oposición. Por eso Husain cree que el dictador puede mantenerse en la cima a corto plazo, pero cree también que su posición a la larga será insostenible porque no podrá retener el poder “con resistencia militar interna permanente, la desconfianza sectaria, la hostilidad regional y el aislamiento mundial”.  Lo que nadie es capaz de precisar es qué se entiende en este caso por corto y largo plazo, cuánto tiempo debe transcurrir hasta que Asad se sienta desguarnecido.

De momento, a tenor de los últimos acontecimientos en el mundo árabe y del tenor de la Conferencia Islámica, reunida en El Cairo, es imposible prever una presión concertada del mundo musulmán por tres razones encadenadas:

  1. Los problemas internos en Túnez, dividido en la calle y en las instituciones entre los defensores del legado laico de Habib Burguiba y los islamistas de Ennahda, empeñados en sumergir la nueva Constitución en la sharia y contrarios a la formación de un Gobierno de tecnócratas, como ha propuesto el primer ministro, Hamadi Yabali, después del asesinato del líder de izquierdas Chukri Belaid.
  2. El bloqueo de la situación en Egipto, con la oposición laica en la vía pública, la violencia política dueña de varias ciudades y el presidente Mohamed Mursi atascado entre el realismo político, que aconseja un pacto, y la presión de los Hermanos Musulmanes, tutelado todo por los generales.
  3. La división en el seno del mundo musulmán, donde la rivalidad histórica entre sunís y chiís empapa los debates, alimenta la desconfianza y radicaliza las posiciones en el campo de batalla, de donde nadie puede salir victorioso sin el concurso de la diplomacia.
Ahmadineyad Morsi

Mahmud Ahmadineyad, recibido por Mohamed Mursi, el miércoles en el aeropuerto de El Cairo.

La presencia en El Cairo del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, es un acontecimiento histórico; que dé resultados es harina de otro costal. Porque una cosa es autorizar el paso de buques de guerra iranís por el canal de Suez, algo asimismo histórico, y algo muy diferente que, llevado por un entusiasmo sin motivos, el Gobierno egipcio se enfangue en la guerra siria y quiera o más bien pueda mediatizar la asistencia iraní a Asad. Como ha publicado esta semana la versión inglesa del diario cairota Al Ahram, tan importante es la concertación de esfuerzos de Egipto, Turquía e Irán para llevar a Siria a la senda de la pacificación –una fórmula diplomática evanescente– como evitar que la guerra desparrame sus efectos por Oriente Próximo, del Mediterráneo a Mesopotamia, Israel incluido.

He ahí el mayor de todos los riesgos: que la capacidad de resistencia de Asad contamine al vecindario y lleve a Israel a multiplicar su actividad militar, como ha sucedido estos días al ordenar el Gobierno en funciones el ataque aéreo contra un convoy de camiones cargados de armas con destino probablemente a Hizbulá y el bombardeo de un arsenal biológico. “No hay garantías de que Israel no volverá a golpear”, ha publicado Al Ahram, y ningún aliado de Israel puede poner la mano en el fuego y estar seguro de que se impondrá la contención. Ni siquiera Estados Unidos está en condiciones de hacerlo en un clima enrarecido por las suspicacias de Binyamin Netanyahu y su entorno a raíz del nombramiento de Chuck Hagel para dirigir el Departamento de Defensa. La comparecencia de Hagel en el Congreso fue por lo menos desconcertante, no aclaró –puede que fuera su propósito– si es partidario de tolerar una acción preventiva contra las instalaciones nucleares iranís, y desde entonces prevalece la impresión de que, llegado el caso, Estados Unidos se plegará a la política de hechos consumados si Israel decide golpear.

Asad Lavrov

Comitiva de Bashar el Asad y Sergei Lavrov, en las calles de Damasco el 7 de febrero de 2012.

Mientras tanto, una sociedad devastada por sus propios gobernantes, condenada a sembrar de refugiados los países circundantes y sin más meta posible que sobrevivir, asiste atónita a la incapacidad de frenar el desastre. Porque en la madeja de la crisis siria, la tragedia humana rasga todos los días los noticiarios con el espanto de la muerte en cada esquina, pero también con la extraña imposibilidad de poner el punto final a la matanza, a pesar de que incluso un personaje tan próximo a la suerte de Asad como Sergei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, ha reconocido que la capacidad del presidente de seguir en su puesto es menor a cada día que pasa. La pregunta sin respuesta que quizá muchos sirios se hacen todos los días es esta: entonces ¿quién o quiénes manipulan esta guerra y por qué para prolongarla sine díe?