Siria, una guerra por poderes

El simulacro de tregua aceptado por el Gobierno sirio con ocasión de la fiesta musulmana del sacrificio (Aid el Kebir o Adha) al final de una extenuante tanda de negociaciones completada por el diplomático argelino Lajdar Brahimi, mediador nombrado por la ONU para que intente que se detenga la carnicería, fue de vida tan breve que nadie se molestó en respetarla. La lógica de la guerra se mantiene en todo su apogeo, la manipulación de la tragedia desde el exterior es más evidente a cada día que pasa y la extensión de la crisis siria a Líbano constituye un riesgo inmediato después del asesinato del general Wisam al Hasán, jefe de los servicios secretos del pequeño país y figura destacada de la comunidad suní. Y así, aunque el miércoles dijese en Barcelona el economista sirio Samir Aita, redactor jefe de la edición árabe de Le Monde Diplomatique, que la sociedad de su país es fuerte, avanza con inusitada rapidez la doble perspectiva de una libanización de la guerra y de una vuelta de Líbano a las luchas sectarias.

Un artículo publicado por Aita en el diario británico The Guardian el 22 de julio planteaba una serie de incógnitas que no permiten responder sí o no sin más matices. Se preguntaba entonces Aita, y sigue en ello: “La verdadera cuestión aquí es si Estados Unidos quiere una Siria estable y unida, incluso después de un largo periodo de transición. ¿Dispone de los medios para influir en el resultado a través de los poderes regionales emergentes de Catar, Arabia Saudí y Turquía? (…) La salida de Asad, ¿es suficiente para los emires de Catar y Arabia Saudí, así como para el gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo en Turquía? ¿O quieren más? En esencia, ¿podrían aceptar una Siria unida que solo es posible que se mantenga sobre la base de un Estado laico con igualdad de ciudadanía? ¿Aceptarían un Estado fuerte, democrático y libre, incluso después e una larga transición? Está por aclarar”.

Samir Aita

Samir Aita, integrante de la oposición laica siria y redactor jefe de la edición árabe de ‘Le Monde Diplomatique’.

Aunque las preguntas las formula un intelectual de la oposición laica siria instalado en París, que cree que la unidad de Siria y la paz civil solo se pueden preservar mediante la neutralidad del Estado, son pertinentes porque tanto en la guerra en curso como en el complejo rompecabezas libanés, se configuran bandos irreconciliables, fruto de alianzas históricas y oportunismos recientes. En la batalla siria, el bloque afecto al presidente lo constituyen, con más o menos nitidez, la minoría alauí –la de la familia del presidente Bashar el Asad–, que controla el Ejército –unos 200.000 combatientes, una vez descontados los desertores–, más las fuerzas paramilitares (shabiha) –otros 100.000 efectivos–, la minoría cristiana, más asustada que movilizada, y la minoría kurda, con parecido estado de ánimo; enfrente, la mayoría suní forma el núcleo de la oposición al régimen, aunque está lejos de ser un bloque compacto y ordenado. En Líbano, la muerte del general Hasán ha hecho asomar todos los demonios familiares del pasado: un Ejército débil e ineficaz, el estado dentro del Estado de Hizbulá y sus milicias, sostenido el andamiaje por Irán, la desconfianza suní, los recelos cristianos y la sensación muy extendida de que el país no es dueño de su destino, sino que se mantiene sujeto al humor de terceros.

A todo esto debe añadirse el diagnóstico de la situación efectuado por Vali Nasr, profesor de la Universidad John Hopkins y exasesor de la Casa Blanca, recogido en su blog por el politólogo francoiraní Milad Jokar: “Si Asad cae mañana, eso no detendrá a los combatientes y la comunidad internacional aún no ha asumido esta realidad”. Jokar añade de su propia cosecha: “No se trata de un movimiento democrático contra una dictadura, ni de una guerra civil que opone a dos bandos. Siria se ha convertido en el teatro de una guerra proxy (o guerra por poderes) que se extiende a sus vecinos, y concentrarse solo en la salida de Bashar el Asad es una estrategia condenada al fracaso, porque no arreglará el conflicto”. El primero en referirse a una “guerra por poderes” fue el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, el 3 de agosto, y entonces a muchos les pareció un diagnóstico excesivo.

Bandar bin Sultán

El príncipe Badar bin Sultán, embajador de Arabia Saudí en Estados Unidos entre 1983 y 2005 y jefe del espionaje saudí desde el pasado verano.

Por aquellas fechas, David Ignatius escribió en el diario liberal estadounidense The Washington Post, después de que el Gobierno saudí nombrara jefe del espionaje al príncipe Bandar bin Sultán, embajador en Estados Unidos de 1983 a 2005: “La instalación de un nuevo jefe de inteligencia muestra cómo Arabia Saudí intensifica su apoyo a los insurgentes en Siria que persiguen derrocar el régimen del presidente Bashar el Asad. En este esfuerzo encubierto, los saudís trabajan con Estados Unidos, Francia, Turquía, Jordania y otras naciones que desean echar a Asad”. Samir Aita amplía las referencias: en el esfuerzo encubierto debe contarse también a Catar y la cadena de televisión Al Jazira, indispensable para difundir el nombre del Consejo Nacional Sirio (CNS) como núcleo político a partir del cual debe forjarse la unidad de la oposición, aunque, en la práctica, el Ejército Sirio Libre (ESL), los salafistas de Al Nosra –suburbio de Al Qaeda que no aceptó desde el principio la tregua negociada por Lajdar Brahimi– y otros contingentes irregulares están lejos de ceñirse a la estrategia del CNS y, con frecuencia, es este el que anda de forma apresurada detrás de la iniciativa de los combatientes.

¿Dónde quedan Irán, Rusia y China en este juego sin reglas escritas? El periodista Ibrahim Musaui, responsable en el seno de Hizbulá de las relaciones con los medios informativos, lo explica con total desinhibición en las páginas de la edición inglesa de Al Manar: “Los distintos actores regionales e internacionales que apoyan a los grupos armados se han estrellado en la roca iraní-ruso-china, ya que estos tres países se han comprometido a hacer todo lo posible para prevenir y resistir cualquier acción militar exterior. Ellos han dado muchos pasos más en la intermediación, el apoyo y la facilitación de las iniciativas políticas dirigidas a que la oposición y los representantes del Gobierno se sienten y alcancen soluciones de carácter nacional, y no dictadas o importadas de fuera”. Musaui advierte que si los arreglos políticos no dejan a salvo el régimen de Asad, seguirá el derramamiento de sangre, y hay que imaginar que habla con conocimiento de causa porque su grupo tiene desde siempre línea directa con Damasco, esto es, con Teherán.

En todo cuanto hace y dice Hizbulá, que controla al Gobierno de Líbano y tiene en un puño al presidente del país, Michel Suleiman, hay grandes dosis de desafío al entorno, incluso cuando se da una situación como el asesinato del general Hasán, seguido del amago de dimisión del primer ministro, Naguib Mikati, y con todos los dedos señalando al Gobierno sirio como inductor del atentado, si no es que fueron directamente agentes sirios quienes perpetraron la fechoría. Sucedió con el bombazo que costó la vida a Rachid Hariri, pasó con otras muertes menos notables, y se repite ahora. La impresión que queda es siempre la misma, algo así como sabemos que lo sabéis, pero no tenéis forma de probarlo. Ibrahim al Amín, editor del diario beirutí Al Akhbar, próximo al universo de Hizbulá, ha enunciado cuatro supuestos para descartar que fuese siria la mano que colocó la bomba que segó la vida de Hasán: que podía beneficiar a fuerzas libanesas con conexiones exteriores, que los autores procedieran del exterior y calcularan que las consecuencias no serían importantes, que los autores del atentado fuesen israelís –asegura Amín que servicios de información árabes habían informado a Hasán de que los israelís estaban molestos con él por cooperar con Hizbulá en el descubrimiento de redes de espionaje israelís en Líbano–, que fuese, en fin, el largo brazo de Al Qaeda el que causara la muerte por la disposición de Hasán de intercambiar información con Estados Unidos relativa a las actividades del grupo islamista en Líbano y Siria. Cuatro razones tan ingeniosas como cualesquiera otras cuatro pergeñadas por profesionales de la intoxicación informativa para apartar las miradas de Siria y dirigirlas hacia otros lugares.

Wisam al Hasán

Funeral del general Wisam al Hasán, jefe del servicio de inteligencia libanés y personalidad de la minoría suní, asesinado el día 19 en Beirut.

Entre quienes quedan atrapados entre dos fuegos, a un lado y otro de la frontera, se encuentran las minorías cristianas, especialmente débiles en Siria. La incertidumbre de la guerra y la experiencia relativamente confortable vivida bajo los Asad ha hecho posible la pasividad, estimulada por la jerarquía religiosa, que disfruta de una situación de privilegio al igual que la de otras confesiones. Aunque el politólogo de ascendencia siria Salam Kawakibi, profesor en París I, ha declarado a la periodista Aude Lorriaux que “los cristianos no han sido nunca pro-Asad”, Fabrice Balanche, profesor en la Universidad de Lyón, tiene una opinión bastante diferente: “Si los cristianos se unieran [a la oposición], sería una señal de que el régimen está verdaderamente perdido”. La ultima ratio de la posición de las comunidades cristianas es que temen que, como por lo demás es fácil presumir, el fundamentalismo islámico que forma en las filas de la oposición cercene la libertad de culto y les someta a presión. ¿Queda muy lejos la guerra confesional? Tanto como días faltan para que se hunda el régimen de Asad, cabe aventurar, salvo que se cumpla el deseo de Samir Aita y el Ejército, a pesar de todo, se mantenga unido, sea capaz de desermar a los shabiha y de incorporar a quienes ahora luchan en las filas del ESL. En caso contrario, el sectarismo, estimulado por los apoyos que vengan de fuera, puede adueñarse de una situación de por sí endiablada.

Los libaneses tienen una larga experiencia en mantener equilibrios inestables más allá de toda lógica, fruto de rivalidades sectarias inextinguibles, algo que Issa Goraieb, editorialista del diario de Beirut de expresión francesa L’Orient le Jour, llama “este cínico e incesante chantaje al que está sometido Líbano después de decenios”. Incluso ahora, con las relaciones intercomunitarias tensadas por la muerte de un general, los combates callejeros en Trípoli y el riesgo de que el país salte por los aires una vez más. “El árbol de la estabilidad no debe ocultar el bosque del crimen”, ha escrito Goraieb, pero lo cierto es que el Gobierno libanés respira la densa atmósfera de la extorsión, que no permite otorgar a la seguridad “el interés primordial que se merece”. Es este ambiente de complicidades encubiertas y silencios elocuentes el que impide desvelar la identidad de quienes pretenden meter a Líbano en el mismo saco de la crisis siria para romper el juego de contrapesos que garantiza la razonable normalidad institucional del país, desgarrado por una guerra civil que se prolongó 15 años (1975-1990).

Brian Whitaker resume en la web al-bab.com el camino que debe seguirse en el laberinto que lleva hasta la conexión siria: “La suposición es que Hasán había cruzado una línea roja fatal (por lo que se refiere a Damasco) con la persecución del exministro de Información libanés Michel Samaha –un aliado muy conocido del régimen de Asad–, quien ha sido acusado de planear ataques terroristas en Líbano y contra quien hay una sustancial prima facie probatoria. Sabiendo que el jefe de seguridad era el blanco, en lugar de la población libanesa en general, el ataque es un poco menos alarmante. Pero solo un poco. La impresión es que el ataque fue un ejemplo más de una larga historia de injerencias sirias, un intento deliberado de enredar a Líbano en el actual conflicto interno de Siria. Incluso si esta vez no se pretendió, aún se mantiene el riesgo de que se intente de nuevo”. Y, en este caso, de tener éxito la operación, la opinión más extendida es que la sociedad libanesa se desharía por las costuras.

Mapas de Oriente Medio

Fuente: Web Mapas de Oriente Medio.

Mahoma solo es la excusa

La película La inocencia de los musulmanes es un producto deleznable realizado en Estados Unidos, pensado solo para perturbar a cuantos profesan la fe del islam, pero la libertad de expresión es un derecho indivisible, un legado de las Luces cuya acotación debe limitarse a garantizar el derecho a la intimidad –véase el caso del top-less de la duquesa de Cambridge– y poco más. Todas las religiones, creencias e ideologías no violentas tienen derecho a ser respetadas, pero la libertad de crítica es también un derecho fundamental, una de las herramientas básicas para el progreso moral y material del género humano. Resulta fatigoso tener que recordar tan elementales y sumarios principios, así como la posibilidad irrevocable en los estados de derecho de acudir al juzgado de guardia para denunciar a quienes se estima que han causado grave perjuicio, pero la campaña de protestas contra sedes diplomáticas de Estados Unidos en países de mayoría musulmana, con la tragedia añadida de varios muertos, incluidos el embajador norteamericano en Libia, Christopher Stevens y otros tres funcionarios, obliga a hacerlo. El director, los financiadores y los difusores de La inocencia de los musulmanes abrigan propósitos inconfesables y son depositarios de un sectarismo repulsivo, pero cualquiera que sea la operación que barruntan quedaría desactivada si no se les prestara atención por más que colgaran su zafiedad en YouTube.

Ciudadanos libios

Ciudadanos libios se manifiestan para protestar por el asesinato del embajador Christopher Stevens, perpetrado por manifestantes salafistas que el 11 de septiembre asaltaron el Consulado de Estados Unidos en Bengasi.

La decisión del semanario francés Charlie Hebdo de caricaturizar al profeta Mahoma al hilo del levantamiento salafista en curso no es en ningún caso la mejor y más prudente de todas las decisiones posibles, pero está en su derecho hacerlo y, en última instancia, como ha dejado escrito el diario Le Monde en su editorial del último miércoles, “desde un lado quieren hacer reír y vender; desde el otro se lanzan anatemas”. Si se tiene por insuficiente este razonamiento, basta preguntarse dónde habría quedado la dignidad de Salman Rushdie si después de publicar Los versículos satánicos se hubiese plegado al totalitarismo vociferante de los ayatolás que emitieron la fatua que lo condenó a muerte. Y esta pregunta puede hacerse extensiva al dogmatismo exacerbado de los cristianos que pusieron el grito en el cielo cuando se estrenaron películas como La vida de Brian, de los Monty Python, y La última tentación de Cristo, la adaptación de Martin Scorsese de la novela de Nikos Kazantzakis.

“La libertad de expresión, y de información, es un principio universal –recuerda Christophe Deloire, director general de Reporteros sin Fronteras, aunque acepta que nadie se sirve de ella “a la perfección”–. Si la exijo para mí, la quiero para los otros. Si la rechazo para los otros, ellos me la negarán a mí”. En cambio, cuando un especialista en el mundo árabe como Robert Fisk admite en el diario progresista británico The Independent que “hay un espacio para una discusión seria entre musulmanes acerca, por ejemplo, de una reinterpretación del Corán”, pero que “la provocación occidental” ciega esta posibilidad, excluye la posibilidad de que desde fuera del islam –desde otras religiones, desde el pensamiento agnóstico o simplemente desde el ateísmo– quepa la crítica, el análisis, la discusión universal relativa al mensaje moral, la escala de valores y los fundamentos de la fe musulmana. En un mundo globalizado por internet, este punto de vista resulta sorprendente.

También lo es reducir la discusión de la crisis de las embajadas al ejercicio de la libertad de expresión, aunque este es el resorte más poderoso que el Gobierno de Estados Unidos ha encontrado para manifestar la imposibilidad de prohibir o censurar la película desencadenante del levantamiento, como reclaman los fundamentalistas a sabiendas de que se trata de algo imposible. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, es consciente de que este no es el quid de la cuestión, y aun así prefiere no entrar en el fondo del problema: la ocasión que se le ha presentado al salafismo de reavivar la prédica antioccidental, sobre todo antiestadounidense, y poner en un brete a los islamistas moderados que han ganado el poder en las urnas y persiguen un modus vivendi política y económicamente provechoso con Estados Unidos y la Unión Europea. Ese es el quid, pero Clinton prefiere remontarse a los grandes principios: “Sé que es difícil para algunos comprender por qué Estados Unidos no puede prohibir esta clase de vídeos. Subrayo que en el mundo de hoy, con la tecnología de hoy, esto sería imposible. Pero, incluso si lo fuera, nuestra Constitución lo impediría”.

Olivier Roy

Olivier Roy: "No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda".

Estos argumentos, la invocación de la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que consagra la libertad de expresión, son suficientes y convincentes en las páginas del semanario conservador estadounidense Time y en la pluma de profesores como Adam Cohen, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale –“Vivir en un mundo en el que el discurso del odio queda sin castigo está lejos de ser ideal, pero es peor vivir en un mundo donde el Gobierno decide lo que no podemos decir”–, pero en el ámbito estrictamente político, el artículo publicado en Le Monde por Alain Frachon resulta más ilustrativo: “Barack Obama rechaza la idea de una guerra de civilizaciones. Quizá lleva razón, pero hay al menos un desafío. En la ONU, los países musulmanes se baten para imponer su concepción de los derechos del hombre: en ella se excluye la libertad de denigrar una religión. En Teherán, el régimen acaba de renovar su llamamiento para dar muerte a Rushdie”. Y, entre tanto, el discurso de Obama en El Cairo de junio de 2009, que se interpretó como el final de los recelos entre Estados Unidos y los países árabes, la retirada de Irak, la determinación de una fecha para salir de Afganistán y el apoyo a la primavera árabe parecen haber tenido solo un efecto –limitado– en las élites, pero apenas apreciable en la calle.

Es verdad que “con los medios de comunicación en el mundo árabe mayoritariamente controlados por el Estado, resulta inexplicable para muchos musulmanes que el Gobierno de Estados Unidos rehúse censurar material antiislámico ofensivo en nombre de la libertad de expresión”, como subrayó un editorial del International Herald Tribune. Tan verdad como que los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, con diferentes muestras de debilidad o de falta de asentamiento se enfrenten a una situación sumamente comprometida para dejar sus primaveras a salvo del discurso incendiario en algunas mezquitas. Esa es la opinión del arabista Olivier Roy: “La violencia contra las embajadas estadounidenses, por minoritaria que sea, es muy política. (…) No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda; son, por el contrario, aquellos para quienes la primavera árabe ha desviado a los países árabes de su verdadero combate. (…) La calle árabe, de Alepo a Trípoli, tiene otros combates que librar que el de las caricaturas del profeta”.

Tahar ben Jelloun

Tahar ben Jelloun: "Lo vulnerable en el islam no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias".

El escritor marroquí de expresión francesa Tahar ben Jelloun, autor de L’étincelle (la chispa), uno de los primeros libros consagrado a las revueltas árabes, diagnostica una decantación del islamismo político moderado hacia posiciones menos contenidas a causa de la presión y la competencia de los salafistas, que tienen su mejor base de operaciones en las masas iletradas y empobrecidas a las que pretenden movilizar. “Lo vulnerable en el islam –escribe Ben Jelloun en Le Monde– no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias. Cuantos han intentado leer el Corán con el corazón de la razón han fracasado, y han ganado terreno la irracionalidad, lo absurdo y el fanatismo. Recordemos, en fin, que el islam es sumisión a la paz, a una forma superior de paciencia y de tolerancia; al menos es lo que a mí me enseñaron”.

En los puntos de vista de Oliver Roy y de Tahar ben Jelloun se concretan varias realidades complementarias:

1. Una minoría ha encendido la llama del paroxismo antiestadounidense.

2. Los gobiernos de mayoría islamista se encuentran en la tesitura de reprimir a los levantiscos sin dañar las convicciones religiosas de unas sociedades en las que, como afirma el politólogo Sami Naïr, el islam constituye el núcleo de la cultura tradicional.

3. La suerte de los países de la primavera árabe depende en buena medida de que las relaciones con Estados Unidos sean fluidas y estén exentas de sorpresas.

4. El salafismo dispone de arraigo social suficiente para plantar cara al posibilismo político de los islamistas moderados.

5. En última instancia, el salafismo siempre podrá invocar el agravio palestino para fustigar las relaciones del mundo árabe con Estados Unidos, algo en lo que están de acuerdo todos los especialistas.

La gran diferencia entre esta crisis y la desencadenada en el 2006 por la publicación de caricaturas de Mahoma en un diario danés es que, en aquel entonces, Zine el Abidine ben Alí (Túnez), Muamar Gadafi (Libia) y Hosni Mubarak (Egipto) vigilaban la calle hasta el último peatón, Bashar el Asad gobernaba Siria sin adversarios, Irak era un país ocupado, Pakistán se sometía a las directrices del general Pervez Musharraf y George W. Bush tenía a su disposición mecanismos de control de los que ahora carece Obama. La ofensa al profeta era la misma, pero sus exaltados defensores apenas podían respirar. Hoy Al Qaeda es mucho menos de lo que fue, pero el salafismo recalcitrante es bastante más de lo que nunca se pensó, y donde antes se impuso el totalitarismo del Estado, sustituto del espíritu tribal, ahora renace la utopía de la umma (comunidad de creyentes) en ambientes donde “el yo del individuo permanece diluido en un borroso nosotros comunitario”, según la explicación que el rector de la mezquita de Burdeos, Tareq Oubrou, da a la implantación del salafismo en algunas franjas de población. “El problema del islam lo son ante todo estos musulmanes –señala Oubrou–. Y, como dice el proverbio árabe, el ignorante es más peligroso consigo mismo que su peor enemigo”.

Hay quien ve en la defensa desbocada del honor del profeta la manifestación más rotunda de una lógica regresiva que no es nueva en el orbe musulmán. Varias veces desde el siglo XVI ha asomado en él la tentación de la vuelta a los orígenes, volver a la literalidad del Corán a despacho de los cambios en el entorno; en esas anda hoy el salafismo de nuevo cuño. “Algo ha ido mal en el seno del islam –se lamenta en Le Monde Salman Rushdie, que estos días presenta su autobiografía–. Es bastante reciente. Recuerdo que, cuando era joven, muchas ciudades en el mundo musulmán eran lugares cosmopolitas, de gran cultura. Se apodaba a Beirut el París de Oriente. El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad. Para mí es una tragedia que esta cultura retroceda de tal manera, como una herida autoinfligida. Y pienso que hay un límite más allá del cual no se puede seguir culpando a Occidente”.

Salman Rushdie

Salman Rushdie: "El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad".

Las palabras de Rushdie, víctima él mismo de la intransigencia, se recogen estos días en medios de todo el mundo. Pero aunque el escritor, muy a su pesar, se ha convertido en un símbolo de los peligros derivados del fundamentalismo despiadado, está lejos de resultar convincente para comentaristas como Seumas Milne, del diario progresista británico The Guardian. Dice Milne: “Sería absurdo no reconocer que la magnitud de la respuesta no se debe solo a un vídeo repulsivo o a reverenciar al profeta. Como es evidente a partir de las consignas y objetivos fijados, estas protestas encendidas obedecen al hecho de que el daño a los musulmanes se ve una vez más que procede de una superpotencia arrogante que ha invadido, subyugado y humillado al mundo árabe y musulmán desde hace décadas. Los acontecimientos de la semana pasada son un recordatorio de que un mundo árabe despojado de dictaduras será más difícil de mantener en la esclavitud por las potencias occidentales”.

El columnista soslaya que el embajador Stevens, muerto en el asalto de los fanáticos al Consulado de Estados Unidos en Bengasi, era un estudioso y admirador de la cultura árabe. Además, apoyó el levantamiento libio contra Gadafi y luego se comprometió con la democratización del país. Salvo que esté muy extendida la idea de que su desaparición fue un daño colateral imprevisible en el combate por una causa superior, hay que concluir que análisis del tenor del de Milne quedan lejos de los parámetros esenciales del conflicto que afronta el mundo árabe-musulmán: una inestabilidad permanente azuzada por el islam retrógrado, la pugna histórica entre sunís y chiís y la capacidad de contaminarlo todo inherente a la guerra civil siria.

Nada detiene a Asad

El nombramiento en Siria de un nuevo primer ministro, Riad Farid Hiyab, para suceder a Riad Safar, designado por el presidente Bashar el Asad en abril del año pasado, un mes después de haber empezado las protestas, no pasa de ser una mascarada sin futuro que ni siquiera vale para desviar la atención sobre las dimensiones de la tragedia. Después de la matanza de Hula –108 muertos, incluidos más de 40 niños–, llamada por el lingüista de la Universidad de Columbia Hamid Dabashi “la masacre de los inocentes”, y de la de Al Qubeir –otro centenar de muertos– toda medida meramente cosmética no hace más que afear aún más el rostro de la cleptocracia siria y poner en evidencia a la comunidad internacional, incapaz de detener la degollina. El enviado especial de la ONU y de la Liga Árabe, Kofi Annan, promotor de un plan de paz sin más resultado que la consagración de la guerra civil, ha sido honrosamente sincero: “No hemos tenido éxito en aquello que nos fijamos: acabar con la violencia espantosa y lanzar un proceso político de transición susceptible de responder a las aspiraciones legítimas del pueblo sirio”.

Matanza de Hula

Víctimas de la matanza de Hula, perpetrada por los 'shabiha'.

El desafío es, a un tiempo, político y ético, pero esta doble vertiente de la crisis queda siempre velada por las discrepancias de los grandes actores internacionales, con la negativa explícita de Rusia y China a dar su consentimiento a una intervención autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU y las dudas que paralizan a las otras potencias más allá de la gesticulación diplomática que nada modifica. Rusia quiere asegurarse la presencia en el Mediterráneo a través de la base de Tartus, en la costa siria, mantener una antena en Oriente Próximo e impedir que los Hermanos Musulmanes ocupen algún día el puente de mando; China no quiere incomodar a Irán, protector de Siria hasta la última coma, donde compra ingentes cantidades de petróleo; Occidente entienden que casi todas las alternativas son peores al sentido recuento diario de cadáveres. “En el equipo de Kofi Annan se tiene la sensación de que la actitud de Moscú proporciona una coartada a los países occidentales, que ni tienen intención de intervenir en Siria ni tienen plan B, y no demasiado plan A”, subraya la comentarista Sylvie Kaufmann en el diario progresista francés Le Monde.

Las fundadas suposiciones de Kaufmann coinciden grosso modo con la tendencia dominante en las cancillerías de Europa y en el Departamento de Estado, que parten del convencimiento de que, a las puertas de Israel, en la vecindad de Líbano, la mejor decisión es no tomar ninguna decisión. Pero ¿es conveniente y útil mantenerse a la espera de no se sabe muy bien qué? James P. Rubin, que formó parte de la Administración del presidente Bill Clinton y aplica a sus análisis un realismo sin fisuras, ha publicado un artículo en Foreign Policy en el que explica cuál es, a su juicio, “la razón real para intervenir en Siria”. “El programa nuclear iraní y la guerra civil de Siria puede parecer que no están conectados, pero en realidad están inextricablemente vinculados. El verdadero temor de Israel –la pérdida de su monopolio nuclear y por lo tanto la capacidad de utilizar sus fuerzas convencionales en todo el Oriente Próximo– es el factor no reconocido que impulsa sus decisiones hacia la República islámica. Para los líderes israelís, la verdadera amenaza de un Irán con armas nucleares no es la perspectiva de un líder iraní loco que lanzara un ataque nuclear no provocado contra Israel que llevaría a la aniquilación de ambos países, sino el hecho de que Irán no necesita ni siquiera probar un arma nuclear para socavar la influencia militar israelí en Líbano y Siria. Con solo alcanzar el umbral nuclear, los líderes iranís podrían envalentonarse para llamar a su representante en Líbano, Hizbulá, para que atacara a Israel, sabiendo que su adversario tendría que pensárselo bien antes de devolver el golpe”.

El análisis de Rubin forma parte de la doctrina clásica de seguridad aplicada por los gobiernos de Estados Unidos en cuanto atañe a Israel –se trata de garantizar el statu quo y dejar a salvo la superioridad estratégica de israelí–, pero va más allá porque descarta que Asad acepte dejar el poder como resultado de una negociación y previene ante los peligros inherentes a una institucionalización de la guerra civil. Rubin esboza un cuadro general desalentador, construido a partir de la degradación del régimen sirio y la radicalización de sus adversarios: “La rebelión en Siria dura más de un año. La oposición no desaparecerá, y está claro que ni la presión diplomática ni las sanciones económicas obligarán a Asad a aceptar una solución negociada a la crisis. Con su vida, su familia y el futuro de su clan en juego, solo la amenaza o el uso de la fuerza cambiarán la actitud del dictador sirio. En ausencia de intervención extranjera, la guerra civil en Siria solo empeorará a medida que los radicales se apresuren a explotar el caos y se intensifique el efecto indirecto en Jordania, Líbano y Turquía”.

Tartus

Vista aérea de la base naval rusa de Tartus, en la costa de Siria.

Lo que sostiene Rubin es que la región corre el peligro de contraer una enfermedad crónica llamada Siria, caracterizada por una guerra civil irresoluble, como sucedió en Líbano entre 1975 y 1990, y muchos actores externos interesados en prolongarla para preservar su cuota de influencia en el desarrollo de los acontecimientos en la región. Este horizonte tenebroso tiene poco que ver con la defensa de los derechos humanos y la preocupación por la suerte que corren los civiles, víctimas propiciatorias de sus gobernantes, pero se antoja bastante cercano a lo que sucede y, aún más, prueba que los mismos argumentos esgrimidos en la crisis Libia para desencadenar una intervención militar con el acuerdo de la ONU no surten efecto en el caso de Siria o no valen mucho más que para producir una abundante literatura de lamentos sin ningún efecto práctico.

Así pues, el riesgo de que se enquiste el conflicto y de que Asad administre la guerra como una herramienta más del sistema mediante el recurso permanente a la represión militar –operaciones reconocidas contra lo que el régimen llama “grupos terroristas”– o represalias sin paternidad –las acometidas de los shabiha, matones del régimen–, lleva directamente a preguntarse cómo y quién puede romper el círculo vicioso. Rubin sugiere una operación internacional en dos tiempos, pilotada por Estados Unidos:

1º Anunciar la disposición del Gobierno de entrenar a las fuerzas de la insurrección siria con el concurso de aliados en la región como Catar, Arabia Saudí y Turquía. Cree Rubin que tal declaración podría acelerar las deserciones en el Ejército de Asad y acercar a las diferentes facciones de la oposición, ahora bastante divididas, por no decir enfrentadas, y con los Hermanos Musulmanes en situación de sacar partido de la desunión.

2º Lograr un acuerdo singular de Estados Unidos y algunos de sus aliados en Occidente con países de Oriente Próximo para iniciar una “operación aérea de la coalición”, que da por seguro que nunca contará con el apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a causa de la oposición de Rusia y China, y tampoco de la OTAN, debido a la desconfianza que acompaña a la repetición de una experiencia como la de Libia (coste de la intervención y situación posbélica).

El objetivo final identificado por Rubin es evitar “una guerra mucho más peligrosa entre Israel e Irán”. Pero el camino para alcanzarlo incluye comprometer a casi toda la región, operar al margen de la legalidad internacional, alentar la prédica antioccidental y exacerbar la pugna histórica entre sunís y chiís, concretada en Arabia Saudí e Irán. Y, al encrespar el enfrentamiento en el campo del islamismo político, la seguridad de Israel, causa última del relato tejido por Rubin, volvería a estar amenazada, de forma que Estados Unidos, de seguir la misma pauta intervencionista, debería tomar de nuevo parte activa en el conflicto.

El renombrado sociólogo de la Universidad de Georgetown Norman Birnbaum descarta la oportunidad y la eficacia de una intervención directa encabezada por Estados Unidos: “Sería bueno que los ciudadanos y las élites intenten no exagerar el poder de un país imperial que está profundamente dividido y debe hacer frente a problemas nacionales e internacionales que someten a una gran tensión su capacidad actual de abordar sus propios asuntos”. Esta conclusión de Birnbaum suma bastantes adeptos en los departamentos de Estado y Defensa. Sobre todo si cunden los contactos más o menos explícitos con los ayatolás y estos acceden a delimitar su programa nuclear dentro de parámetros aceptables y comprobables que desvanezcan el riesgo de un ataque preventivo israelí por sus propios medios.

Entre las alternativas a la intervención directa se cuenta remedar el modelo yemení: el presidente Asad dejaría el cargo con toda clase de garantías para él, su familia y bienes, marcharía a un exilio dorado, un albacea del régimen dirigiría un proceso constituyente rápido dentro del cual legitimaría su poder en las urnas y de esta forma se garantizaría la continuidad de la política siria en la región y el apego a sus aliados. Esta fórmula es la que más partidarios tiene en la Administración de Barack Obama, no disgustaría a Rusia y tampoco complicaría las cosas a China. Guenadi Gatilov, viceministro ruso de Asuntos Exteriores, ha recordado que su país “nunca puso como condición que Asad debía necesariamente seguir en el poder al final del proceso político”, pero parece que la hora de la solución yemení pasó hace tiempo, y especialistas de tanta reputación como Georges Corm la dan por imposible. “Diplomáticos occidentales tienen la esperanza de que esta solución podría funcionar en Siria, y que lograría la aprobación de Rusia, dado que Moscú ha rechazado hasta ahora cualquier cambio violento de régimen”,  pero, al dar cuenta del estado de ánimo en las capitales europeas, Corm no soslaya el hecho cierto de que la solución yemení “se está convirtiendo cada vez en más improbable” a causa de la radicalización de la crisis.

Esta radicalización que hace saltar por los aires cualquier forma sensata de sacar a Siria de la lógica perversa de la guerra, obedece a razones locales de una enorme complejidad, desde la realidad indiscutible de que el establishment que apoya a Asad desborda el marco estricto de las estructuras de poder –con el partido Baaz y el Ejército en primerísimo lugar– hasta la lucha sectaria entre la minoría alauí, a la que pertenece el presidente, y la mayoría suní, expuesta a la seducción del fundamentalismo. “Es muy difícil desalojar a un tirano que tiene una base real de apoyo si él está dispuesto a matar a su propio pueblo”, ha declarado Richard Haass, presidente del Consejo para las Relaciones Exteriores de Estados Unidos. Salvo que, por algún motivo, se esté dispuesto “a ir a la guerra, se siga allí durante bastante tiempo y se construya un Estado”, una empresa que queda lejos del programa del presidente Obama para los países árabes.

Sin el apoyo social del que aún disfruta Asad y que invoca Haass, la agresividad del régimen sería mucho menor y quizá adquiriera el perfil de una resistencia numantina de corta duración. Pero el Ejército es una institución con la solidez que le otorga su vinculación al mundo de los negocios, como sucede en Egipto, y el Baaz es al mismo tiempo la columna vertebral de la Administración y la organización encargada de mantener en pie una red clientelar tejida de pequeños y grandes favores en la que se mezclan los intereses del Estado y la vida cotidiana de muchos ciudadanos que dependen del paraguas protector baazista. Gracias a eso, el presidente puede mantener la ficción de la normalidad –cambios en el Gobierno, reformas constitucionales, referendos, elecciones, sesiones en el Parlamento– y neutralizar a los emisarios internacionales puestos al servicio del plan de paz que defiende Kofi Annan.

“Lo que ocurre ahora en el mundo árabe es una verdadera revolución que apenas empieza. Va a durar muchísimo. Eso no significa inestabilidad duradera, pero significa que los dictadores son la principal causa de inestabilidad, y si queremos reanudar el hilo del desarrollo de esas sociedades, hay que hacer que estos dictadores se vayan lo antes posible”, dice el especialista Jean-Pierre Filiu. La crónica siria de todos los días le da la razón.

 

Asad institucionaliza la guerra civil

Los penachos de humo que asoman por encima de los tejados de las ciudades sirias y el recuento incesante de muertos han sepultado bajo un manto de oprobio y repulsa internacional el calendario anunciado la semana pasada por el presidente Bashar el Asad: celebración de un referendo el día 26 de este mes para aprobar una nueva Constitución y elecciones legislativas para 90 días después. Más que adentrarse por la senda de la reforma, las matanzas diarias en todo el país, especialmente en el triángulo suní -con Homs y Hama en primer lugar-, llevan al régimen a institucionalizar la guerra civil como un mecanismo para perpetuarse o, por lo menos, prolongar la agonía. En verdad, nada es demasiado nuevo en la crisis siria, incluido que corra la sangre: en febrero de 1982, Hafez el Asad, padre del dictador ahora en el puente de mando, ordenó un ataque sin piedad contra la ciudad de Hama, donde celebraban una reunión los Hermanos Musulmanos, en el que murieron 20.000 personas.

 

Mural de víctimas

Mural de víctimas de los bombardeos de Hama entre el 2 y el 28 de febrero de 1982.

Las esperanzas de primera hora manifestadas por intelectuales árabes se han desvanecido. Difícilmente el escritor marroquí de expresión francesa Tahar ben Jelloun, podría escribir hoy en los mismos términos que lo hizo hace un año en las páginas del libro L’étincelle (la chispa): “Desde que Barack Obama evocó el respeto de los derechos humanos ante su visitante chino en enero del 2011, ha dejado de ser fácil hacer que los negocios pasen por delante de los derechos del hombre”. Puede que haya dejado de ser fácil, pero entre el veto ruso-chino en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y los riesgos inherentes a una implicación sin cautelas -hablar de Siria es hablar del Líbano, de Hizbulá, de Irán, de los altos del Golán-, Estados Unidos y la Unión Europea han dejado de ser actores decisivos.

El profesor Mark Lynch, director del Institute of Middle East Studies y coautor de un informe elaborado para el think tank Center for a New American Security, sostiene en las páginas de Foreign Policy: “Fui un partidario decidido de la intervención en Libia. Pero desviar el debate acerca de Siria hacia las opciones militares ha sido contraproducente”. En resumen: Lynch forma parte de la larga lista de politólogos que estiman un despropósito repetir la experiencia de Libia por dos razones: los riesgos son mayores y la oposición a la dictadura está lejos de constituir un bloque histórico sólido.

La debilidad debida a la división es un asunto crucial, el resorte que probablemente da más margen de maniobra al presidente Asad. Al menos, deben tenerse en consideración tres organizaciones opositoras: el Comité Nacional Sirio, mayoritario; la Coordinadora Nacional Siria, que incluye algunos paniaguados del régimen alarmados por la derrota que toman los acontecimientos, y el Ejército Sirio Libre, heteróclita alianza de desertores del Ejército y de partidarios de la acción directa, pobremente armados, cuya adscripción ideológica resulta aventurada. A lo que hay que añadir el mosaico confesional -sunís (mayoritarios), chiís afectos a la secta alauí (la minoría a la que pertenece Asad), cristianos y drusos- y la comunidad kurda, con su propio memorial de agravios.

Todo lo cual lleva al economista libanés y analista de la primavera árabe, Nadim Shehadi, profesor de la Chatham House, a sostener lo que sigue: “Uno de los asuntos más complicados en matemáticas, economía, política, leyes electorales, etcétera… es el método de agrupación de una preferencia individual en el grupo preferente. De hecho, el asunto no está resuelto. La mejor prueba de que es así es la diversidad de sistemas electorales y leyes que intentan sumar el individuo al grupo. Esta es probablemente la cuestión de fondo en el debate sobre el sectarismo”.

Es justamente el temor a una guerra sectaria el gran freno que mantiene a las clases medias de Damasco encerradas en sus casas y lo que explica que, comparativamente, la tensión en la capital sea menor que en otros lugares. El arabista francés Gilles Kepel lo analiza así en Alternatives Internationales Hors-série: “Líbano e Irak han conocido guerras civiles sangrientas estos últimos decenios y una de las razones por las cuales la burguesía suní de Damasco no se ha inclinado del lado de los revolucionarios no es solo el temor a que la masa suní empiece a atacar a una burguesía aliada al régimen de Bashar el Asad, sino que la caída de este último se traduzca en una nueva guerra civil interconfesional”.

Tampoco puede desdeñarse el testimonio recogido en Al Qardaha, la aldea natal de Hafez el Asad, por la periodista Sara Daniel, del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur. “Si Bashar no hubiese sido tan popular, hace tiempo que el régimen se habría hundido”, le dijo a Daniel un habitante de Al Qardaha. Desde luego, no es un factor nada desdeñable tener en cuenta la popularidad de que gozó el presidente durante sus primeros años de mandato. Al suceder a su padre en el 2000, hubo quien atisbó señales de cambio que permitían esperar una larga transición desde la república hereditaria recibida por Asad a otra presidencialista y pluripartidista con limitaciones, tutelada por el Ejército y la omnipresencia de los funcionarios del partido Baaz, los dos puntales del régimen. Todo fue un espejismo que se desvaneció en cuanto los blindados abrieron fuego y los escuadrones de la muerte se adueñaron de la calle.

La realidad es hoy la dislocación de la sociedad siria, la fractura en la comunidad internacional a causa de la guerra civil, la utilización que de la crisis hace Irán, con dos buques de guerra en el puerto de Tartus, los paños calientes de la Liga Árabe y el temor a que el conflicto histórico entre el mundo suní, encabezado por Arabia Saudí, y el chií, pilotado por los herederos de la tradición persa, se adueñe de la situación. Abdel Bari Atwan, editor del diario Al-Quds Al-Arabi, que se publica en Londres, describe en el liberal The Guardian, de la capital británica, qué amenazas se ciernen sobre el arco de crisis que va del Mediterráneo oriental a la república de los ayatolás: “El problema es que al aislar al régimen de Asad, la Liga Árabe arriesga una polarización de las alianzas con potencial para ampliarse: el conflicto sectario en Siria puede extenderse más allá de sus fronteras y al resto de la región; en el peor escenario, vemos posible un regreso a la guerra fría, alineando posiciones en el chia -la comunidad chií-, respaldada por Rusia y China, contra los países sunís, apoyados por Occidente”.

Mientras, los muertos superan largamente los 10.000. Entre ellos, siete periodistas, de los que dos perdieron la vida el miércoles, alcanzados por un bombardeo en Homs: la estadounidense Marie Calvin y el francés Rémi Ochlik.