Otra conspiración vaticana

El llamado Vatileaks 2, que sacude los cimientos de la Iglesia católica y pone a prueba la resistencia del papa Francisco ante sus adversarios –¿acaso sus enemigos?–, certifica la capacidad de maniobra nada santa de los cuervos que sobrevuelan la plaza de San Pedro. Frente al argumento, quizá ingenuo, de que la publicación simultánea de Vía Crucis, de Gianluigi Nuzzi, y de Avaricia, de Emilio Fittipaldi, echa un cabo al Papa, surge el más sensato de cuantos entienden que con filtraciones escandalosas salen beneficiados en primera instancia los poderes fácticos vestidos de púrpura que pretenden transmitir la imagen de que el gobierno de la Iglesia está fuera de control. Es poco probable que en la tradición conspirativa de los pasillos vaticanos quede espacio para las ayudas desinteresadas, los favores sin contrapartidas, se trate de un cardenal muy bien relacionado, de un ecónomo con oficio (monseñor Lucio Ángel Vallejo Balda, bajo arresto) o de una profesional de las relaciones públicas (Immacolata Chaouqui).

Las filtraciones no ayudan a Francisco porque, como dice Ezio Mauro, director del diario progresista italiano La Repubblica, la pretensión de los acosadores de Jorge Bergoglio es “poner en discusión la autoridad del Papa y de su pensamiento”. Pudiera decirse que su ideología, aunque en puridad la suya y la de quienes de él disienten debiera ser la misma o solo divergente en lo secundario, en lo accesorio, en todo aquello que queda fuera del magisterio. La reproducción de frases textuales de Francisco pronunciadas en la residencia de Santa Marta –“si no podemos custodiar el dinero, que se ve, ¿cómo podemos custodiar el alma de los fieles, que no se ve”– lleva la discusión al muy prosaico terreno del IOR, conocido como banco del Papa, al de los paraísos fiscales, al de los gastos suntuarios –el cardenal Tarcisio Bertone y otros menos renombrados–, a esa muy extendida creencia hasta fecha recentísima de que la Ciudad del Vaticano es un Estado-negocio ajeno a lo que la grey espera de sus pastores. Y en esa discusión desaparecen el mensaje, la doctrina, el dogma, el compromiso con los más vulnerables y se obliga a Francisco a encararse con los rostros más torvos de los privilegios del poder y del dinero.

Si la pretensión de Francisco era actuar con discreción y determinación, las dos cosas al mismo tiempo, estos dos libros escritos a partir de filtraciones seguramente muy interesadas lo hace del todo imposible. Lo afirma L’Osservatore Romano en uno de sus comentarios de la última semana: “Hay que evitar del todo el equívoco de pensar que esto es una forma de ayudar a la misión del Papa”. Por el contrario, los acontecimientos de hoy siguen la misma línea argumental que los de un ayer muy cercano, los días de Benedicto XVI, que dejó la silla de Pedro por falta de fuerzas, pero también de apoyos suficientes para seguir en la brega. Basta repasar la rumorología circulante de los últimos meses –una supuesta enfermedad del Papa–, el escándalo de la homosexualidad y la resistencia del último sínodo a dar su beneplácito a un documento sobre la familia menos contenido que el finalmente aprobado para concluir que este Vatileaks 2 no es más que la necesaria continuación del primero para forzar una reforma meramente lampedusiana del gobierno de la Iglesia católica.

La tentación de decir que Francisco ha topado con la Iglesia es muy grande, pero es más exacto afirmar que el Papa se debate entre dos mandatos concretos, aunque de naturaleza diferente: el salido del cónclave que le eligió –una reforma ma non troppo– y el que se ha fraguado como resultado de la popularidad del cura Bergoglio y de su disposición a escuchar. El profesor Massimo Faggioli, de la Universidad de St. Thomas en Minesota (Estados Unidos), lo explica en un artículo recogido por la versión italiana de The Huffington Post, donde empieza por reconocer que no hay nada nuevo en los escándalos de la Curia, a la que otorga la categoría de género literario: “Lo nuevo es –escribe Faggioli– la relación entre el Papa y la Curia romana, algo que no depende de los detalles relativos a esta o aquella revelación contenida en los documentos filtrados. Se trata de cuestiones sobre las que Bergoglio actúa por mandato casi explícito del cónclave que lo eligió: la reforma de la Curia, la transformación del IOR, la depuración de cuantos en la Iglesia a todos los niveles manejan grandes cantidades de dinero”. Lo que realmente perturba la relación es cuanto hace Bergoglio fruto de la popularidad acumulada durante los dos primeros años de pontificado, “asuntos sobre los que el papa Francisco actúa más allá o sin un mandato explícito procedente del cónclave”.

“El Papa empieza a dar miedo”, se dice que reconoció en petit comité un integrante de la Curia. El cardenal Francesco Coccopalmeiro, presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos (ministro de Justicia), ha sido más explícito: las reformas que promueve Francisco afectan a las relaciones del Vaticano con otros poderes terrenales. Dicho por el profesor Faggioli: para el primer Papa “plenamente posconciliar”, la separación entre teología e institución es muy claro, y “una reforma de la Iglesia en sentido conciliar, del concilio Vaticano II, significa también cosas muy concretas y tangibles, como por ejemplo la gestión del dinero y la relación entre Iglesia y política”.

Al final, lo que ha hecho del suelo vaticano un campo de minas es la decisión de reducir la distancia entre la prédica en el púlpito y la vida principesca de algunos monseñores, entre los desposeídos que nada tienen y las finanzas globales. Algo que, con frecuencia, suena mejor en los oídos de muchos no creyentes –así José Mujica, expresidente de Uruguay y ateo– que en los de los instalados en una institución resplandeciente, con un patrimonio universal de valor incalculable, pero con dudas cada vez mayores sobre el comportamiento cotidiano de jerarcas opulentos, ellos sí, fuera de control. Al final, como tantas veces desde tiempo inmemorial, los pasillos vaticanos cobijan una lucha por el poder, una guerra de trincheras desencadenada por quienes se afanan todos los días para preservar sus privilegios en nombre de una mezcla heteróclita de tradición, digresiones teológicas y citas evangélicas.

Mientras el Papa deplora el “apego al dinero” de parte de la jerarquía, en los despachos se desarrolla un combate sin tregua entre la reforma necesaria y los partidarios de no ir más allá de un tratamiento cosmético, de un lifting encaminado a rejuvenecer el rostro y poco más. El vaticanista Giancarlo Zizola, ya fallecido, publicó en el 2009 Santidad y poder, dedicado al pulso milenario entre la Curia y el Papa, siempre con la potestas en primer plano. “Ratzinger transforma la teología en poder”, escribió Zizola, pero ni siquiera este don para la alquimia bajo el baldaquino de la basílica de San Pedro fue suficiente para neutralizar la fronda desencadenada por los documentos filtrados. Y si fue así entonces, tampoco ahora es suficiente la aceptación popular de Francisco para domeñar los poderes fácticos, porque a diferencia del Papa alemán, producto clásico de la máquina administrativa e intelectual del vaticano, el Papa argentino no cuenta con más recursos que su disposición a pilotar la nave y llevarla al puerto por él elegido con la ayuda, seguramente determinante, de la Compañía de Jesús, a la que pertenece, punto de encuentro de algunas de las cabezas más brillantes del orbe católico.

Se subraya con alguna frecuencia que el Papa es el último monarca absoluto, máxima expresión del poder entendido como un atributo personal e intransferible hasta el día de su muerte o de su renuncia. Siendo esto cierto, no lo es menos que dispone de tal poder como resultado del pacto que se fragua en la elección del cónclave, del reparto de fuerzas entre las diferentes visiones (bien pudiera utilizarse el término facciones). Y en las alianzas que llevan a un cardenal a convertirse en Papa hay mucho de transacción política, de arreglo entre tendencias, muchas veces enfrentadas o enemistadas. Bajo los frescos de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina se tejen complicidades cuya vigencia decae en cuanto el elegido se sale del guion acordado, va más allá de él. Quizá Francisco ya haya cruzado el Rubicón.

El Papa, frente al ‘establishment’ europeo

¿Qué ha pesado más en la elección del nombre del nuevo Papa, el Francisco de Asís apegado a la pobreza que transita por Las florecillas o el Francisco Javier que, como un profeta predestinado, llevó la prédica cristiana y el mensaje ignaciano hasta los confines de una terra ignota? Y si ha sido el recuerdo del santo de Asís el que ha llevado a Jorge Mario Bergoglio a acogerse al legado de su nombre, ¿se siente más cercano a El juglar de Dios esbozado por Roberto Rossellini, al santo arquetípico de Franco Zeffirelli en Hermano Sol, hermana Luna o a los fratelli que retrata Umberto Eco en El nombre de la rosa, combatidos por Roma como herejes perturbadores del poder temporal? ¿Qué impera más en el pensamiento de un jesuita conservador como Bergoglio: la memoria de las reducciones que aspiraron a salvar al indio mediante el sincretismo cultural, y soliviantaron a reyes y papas –véase La misión, de Roland Joffé–, o aquel otro jesuitismo plegado a la más rigurosa de las ortodoxias, alineado con papas alarmados que se sintieron sitiados por la modernidad? ¿Qué sandalias calza este pescador de Buenos Aires que viaja en metro?

Ratzinger-Bergoglio

Los cardenales Josef Ratzinger y Jorge Mario Bergoglio, en el Vaticano.

De las respuestas que puedan darse a estas preguntas en los próximos meses, quizá años, depende seguramente el tratamiento que el papa Francisco dé al informe que le aguarda en la caja fuerte de sus aposentos, un texto que ha sido la razón última de la renuncia de Benedicto XVI. Sometido este al fuego cruzado de la estructura de poder de la curia, los debeladores de secretos guardados durante decenios bajo siete llaves –los escándalos de pederastia, las irregularidades del IOR, la filtración de documentos– y el de aquellos que todos los días le criticaban por ir más allá o quedarse más acá de lo esperado, el ahora Papa emérito prefirió dar paso a alguien con más energía para la carrera de obstáculos que el titular de la sede petrina está obligado a correr, aunque no sea un atleta de Dios, como se dijo de Juan Pablo II.

Suponer que las sombras que se ciernen sobre la tibieza de la Iglesia católica argentina durante los años ominosos de la dictadura (1976-1983) serán un lastre permanente en la labor del Papa es aventurado, pero no debe descartarse. En el inicio del pontificado de Benedicto XVI hubo un precedente de naturaleza similar: se desenterró el pasado de un Josef Ratzinger jovencísimo, movilizado por el régimen nazi al final de la segunda guerra mundial. Ni aquel episodio fue un obstáculo para que encarara el saneamiento de la institución ni la realpolitik de Bergoglio entre la de otros muchos eclesiásticos parece materia suficiente para que zozobre la nave papal de buenas a primeras. De momento, pesa más en la apreciación del personaje el prestigio que se ha labrado en el arzobispado de Buenos Aires que los deméritos acumulados durante el gobierno de los centuriones, pero, claro, el Vaticano es una madeja de poderes donde cualquier día alguien puede creer oportuno que es hora de aventar historias que de momento duermen el sueño de los justos.

Bergoglio

El cardenal Bergoglio, con una camiseta del club San Lorenzo de Almagro, del que es socio.

Puestas así las cosas, cobra todo el sentido una de las últimas frases del artículo escrito por Ezio Mauro, director del diario progresista romano La Repubblica, publicado al día siguiente de la fumata blanca: “El Papa Francisco deberá comprender que entre sus deberes universales figura el de la plena transparencia en sus relaciones con la dictadura militar argentina (…) Deberá hacerlo para tener las manos libres”. Para cuantos creen que la misión de Bergoglio, para la que ha sido elegido, es remozar el edificio de los cimientos al tejado, es imprescindible desvanecer cualquiera de las sospechas puestas en circulación la misma noche del miércoles. En caso contrario, todos los temores, recelos y desconfianzas se antojarán justificados.

Si el Papa se muestra muy pronto como el reformador que acaso requiere la restauración del prestigio de la Iglesia, quién sabe cuál puede ser la respuesta del establishment, en guardia desde siempre. No es ajena a riesgos futuros la idea expresada por Arnaud Leparmentier de que con la muerte de Juan Pablo II y la renuncia de Benedicto XVI se extingue la secuencia de papas que vincularon sus pontificados a la redención de la Europa surgida de las dos guerras mundiales, de aquella Europa que enterró sus demonios familiares mediante la acción concertada de Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, unidos los tres por un lazo de dos nudos: la cultura alemana, de cuna o adquirida, y el catolicismo. El centro de gravedad se ha desplazado al hemisferio sur y a América, que acoge una comunidad católica movilizada, en competencia diaria con las iglesias evangélicas, y a las familias clásicas del poder curial se les presenta un futuro lleno de incertidumbres por más pactos que hayan hecho posible la elección de Jorge Mario Bergoglio.

Bergoglio

Jorge Mario Bergoglio, en una estación del metro de Buenos Aires.

La mayoría de los integrantes del establishment vaticano suscribirían hoy la siguiente frase de Adenauer, correspondiente a una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 16 de febrero de 1967: “El peligro en el que se hallan los pueblos europeos se hace bien patente si se examina la distribución del poder sobre la Tierra y se llega a comprobar con qué rapidez ha progresado la pérdida de poder de los países europeos”. Es el mismo establishment que se movilizó para que en el preámbulo de la Constitución europea figurara una referencia expresa a las raíces cristianas de Europa y que se intranquiliza cuando lee diagnósticos como el incluido por la directora de Le Monde, Natalie Nougayrède, en el editorial del jueves al analizar la elección del cardenal Bergoglio: “Digámoslo: para Europa, he aquí un nuevo monopolio que cae. El ascenso del Sur es la señal de nuestro tiempo. El sucesor del Papa alemán Benedicto XVI encarna el mundo emergente, estos países en primera línea en cuanto atañe al desarrollo, la igualdad, la gobernanza”.

Volvamos a las preguntas: ¿atesora este mundo emergente el ímpetu necesario para responder a las siete preguntas que ha formulado en las páginas de EL PERIÓDICO el teólogo Juan José Tamayo para poner la Iglesia al día? ¿Puede entender la gerontocracia vaticana que la secularización de Europa y la competencia entre iglesias en América y otros lugares imponen un aggiornamento en toda regla? ¿Estará al alcance y en los deseos del Papa argentino combatir con la transparencia el vuelo rasante de los cuervos que han anidado en la plaza de San Pedro? ¿O, por el contrario, como se deducía de un artículo firmado en El País por Juan Goytisolo, el índice de elasticidad de la Iglesia impide abordar grandes reformas porque el establishment curial, de tradición europea, controla la institución sin competencia posible?

Se atribuye al fraile de Asís el siguiente juicio: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible”. Y a Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, a la que pertenece el Papa, se le supone autor de este otro: “En tiempos de desolación, no hagas cambios”. Entre ambos transita Bergoglio. A ver.

 

Sucesión sin sucesor en el Vaticano

La renuncia de Benedicto XVI ha desatado las especulaciones sobre el futuro que aguarda al gobierno de la Iglesia católica porque en la última monarquía absoluta, pero también electiva, los ingredientes de misterio, liturgia –religiosa y laica– y universalidad del cónclave dan mucho juego. El empeño en las quinielas es dar con el hombre y el nombre, acercarse al máximo al perfil del posible vencedor, cuando quizá es esta una aspiración mayor poco menos que inalcanzable a la luz de la historia, que ha consagrado la convicción de que cuantos entran en el cónclave como papas in péctore, salen de la asamblea confirmados en su oficio de cardenales. En el presente, ni siquiera se vislumbra el sucesor preferido por el Papa, es difícil calibrar el peso de cada facción y, aún más, cuál será el marco de referencia que hará posible consolidar una mayoría, recaiga o no el ministerio pietrino en un europeo.

En un artículo de John L. Allen Jr. colgado en la web del National Catholic Reporter, se citan hasta tres razones para que la Iglesia cambie de rumbo después de la política de masas de Juan Pablo II y de la conspiración permanente que se ha adueñado del pontificado de Benedicto XVI y que, finalmente, le ha llevado a renunciar:

  1. El recordatorio de que, a pesar del apego a la tradición de la Iglesia católica, se trata de una institución “capaz de dar sorpresas de vez en cuando”.
  2. La necesidad que tiene la institución de empezar de nuevo con ideas nuevas.
  3. La decisión del Papa saliente, si así se le puede llamar, pretende separar el fin del papado de la muerte de su titular, de tal forma que el próximo cónclave “estará libre del efecto funeral”, del tributo hagiográfico al fallecido y otros factores emocionales.

Basta recordar el clima de ferviente culto a la personalidad que siguió a la muerte de Juan Pablo II para comprender a qué se refiere Allen. El próximo cónclave se reunirá sin banderolas en los aledaños de San Pedro con mensajes tan acuciantes como Juan Pablo II, santo enseguida, que en el 2005 saludaron a los purpurados llamados a elegir sucesor. Hubo en aquella escenografía abigarrada una invitación implícita a la continuidad, a dar con alguien capaz de seguir por la senda de las multitudes movilizadas, como si tratara de rodar la continuación de una película dirigida por Cecil B. DeMille. En realidad, el sucesor bendecido con la fumata bianca fue alguien más inclinado a la introspección de Ingmar Bergman, con pocos personajes en escena, que a las grandes epopeyas al aire libre; el Papa polaco anduvo siempre muy cerca del personaje encarnado por Anthony Quinn en Las sandalias del pescador, mientras que el alemán nunca aspiró a cruzar Baviera al galope.

Habermas Ratzinger

Jürgen Habermas y el cardenal Josef Ratzinger, durante el diálogo público que mantuvieron en Múnich el 19 de enero del 2004.

Lo dicho por Allen no debe llevar a la conclusión de que se avecinan mutaciones radicales porque son muy improbables. Hasta la fecha, los cambios de pontífice han dado pie a las crisis típicas de los periodos transitorios, recuerda Etienne Fouilloux en Le Monde. Hay que añadir que el legado de Benedicto XVI es muy anterior a su elección, porque se trata de un sólido intelectual conservador, “héroe para los católicos tradicionales” (Laurie Goodstein, The New York Times), teólogo de cabecera de Juan Pablo II y autor de una obra tan controvertida como extensa. Josef Ratzinger es a un tiempo el pensador que vincula razón y fe, el agudo polemista que sostiene un diálogo de gran altura con el filósofo alemán Jürgen Habermas, pero también el religioso que recela del debate sobre los valores y lo convierte en relativismo moral, el indagador de la contemporaneidad depositario de un “sentimiento trágico de la historia”, no muy alejado del sentimiento trágico de la vida unamuniano, y el estudioso poseído por un pesimismo que fundamenta en el pensamiento agustiniano.

“Papa en un mundo marcado por la pérdida de influencia de la Iglesia católica, el multiculturalismo y una oferta religiosa multiplicada por la mundialización, Benedicto XVI ha desarrollado durante su pontificado, como lo había hecho antes en sus escritos y discursos, una visión extremadamente inquieta, por no decir pesimista, de la Iglesia, del mundo y de su porvenir”, ha escrito Stéphanie Le Bars. Una visión alimentada por el hecho de que “la Iglesia se encuentra además en un momento en el que el islamismo avanza en Asia y África, como los evangélicos en América Latina, considerada la reserva espiritual del catolicismo, mientras la cristiana Europa se seculariza” (Juan Arias, El País). Un pesimismo confirmado en última instancia por los escándalos a los que ha tenido que hacer frente mientras, al mismo tiempo, los poderes fácticos vaticanos se defendían con uñas y dientes: “La Vaticalia eterna, esa espesa gelatina formada por cardenales y civiles que confunden los intereses de Italia y los del Vaticano y hacen negocios cruzados en los dos estados mientras deciden las cosas importantes –explica Miguel Mora en el mismo periódico–, se ha empleado a fondo en estos siete años para mantener sus privilegios e impedir al mismo tiempo la renovación de la Curia y la modernización de Italia, especialmente en dos sectores, las finanzas y la información, los imperios donde más poder e intereses tienen el Opus Dei y Comunión y Liberación, los movimientos ultracatólicos que más medraron, junto a los Legionarios [de Cristo], durante el largo papado de Wojtyla”.

Eugenio Scalfari

Eugenio Scalfari entiende que la renuncia del Papa es una forma de incorporar criterios laicos en “la distribución del poder en el interior de la Iglesia”.

Por todo lo dicho hasta ahora es improbable un cambio radical y es imposible adelantar quién entrara en el cónclave con más respaldos. Es menos ambicioso, pero más apegado a la realidad seguir el hilo argumental de Eugenio Scalfari en el diario La Repubblica de Roma, recogido oportunamente por Rosa Massagué en las páginas de EL PERIÓDICO del jueves: la renuncia del Papa es una forma de secularizar y laicizar “la distribución del poder en el interior de la Iglesia”. Y ahí si hay una pista acerca de qué desea Benedicto XVI para el futuro o cuál ha de ser uno de los propósitos a priori de su sucesor: ahondar en lo que los católicos progresistas llaman gobierno colegiado de la Iglesia, con menos atributos para la Curia omnipresente y más para los ordinarios de cada diócesis. Se trata de algo verdaderamente más terrenal, menos florentino, menos propio del gran guiñol vaticano, pero de indudable peso para el futuro del orbe católico. El teólogo Federico Pastor lo ve como algo poco menos que ineludible: “La renuncia por agotamiento –así se podría llamar– es un indicio más de la obsoleta estructura de la Iglesia. Que hoy día, teniendo presentes los medios de comunicación, todo esté tan centralizado es simplemente inhumano. Y no contribuye a la evangelización”. En otras palabras: la monarquía absoluta es ineficaz por distante y, como sucede en la Unión Europea, el aprecio por la institución depende en gran medida de que persevere en la subsidiaridad.

El otro propósito a priori del sucesor de Benedicto XVI ha de ser restablecer la unidad, ahora baqueteada, según reconoció el Papa el miércoles de forma explícita: “El rostro de la Iglesia aparece muchas veces desfigurado. Pienso en particular en las culpas contra la unidad, en las divisiones del cuerpo eclesial”. Se trató de una afirmación categórica y la confirmación de una realidad que, no por sabida, resultó menos elocuente. Al dar carta de naturaleza a la división, la pregunta inmediata fue si puede superarla la institución mediante una política de continuidad. ¿Puede alguien con el perfil muy conservador de Angelo Scola, por citar un nombre, domeñar el caos entre sombras de los últimos años? ¿Puede una facción por sí sola acabar con las luchas intestinas por el poder y las redes de intereses opacos que han llevado al Papa a acogerse a un discreto retiro? Las respuestas no atañen solo a la Iglesia como institución religiosa, sino a su prestigio internacional, al peso político que tiene, a su tarea de intermediación social en la aldea global.

Curia

Benedicto XVI preside en la Capilla Sixtina una reunión con la Curia el 21 de diciembre del 2012.

“[El Papa] tiene en cuenta consideraciones terrestres” al cambiar la naturaleza del papado, ha declarado el profesor Etienne Fouilloux, después de que durante siglos haya prevalecido “la concepción sagrada de la elección”, un concepto que incluye que el ministerio se ejerce hasta la muerte, aunque, al mismo tiempo, el Derecho Canónico prevé la renuncia y los mecanismos que se ponen en marcha para garantizar la sucesión. Pero esta condición terrena de la decisión tomada por Josef Ratzinger no mengua un ápice la naturaleza enigmática del personaje. “No se puede comprender su visión trágica de la historia, su combate contra el relativismo moral, su fidelidad a la liturgia antigua, sin trazar el itinerario de un intelectual más atormentado de lo que dicen las caricaturas”, ha escrito el periodista Henri Tincq, un especialista del universo vaticano que ha publicado un esbozo de referencia del personaje que va del punto de partida del pensamiento de Benedicto XVI a la estación de llegada: “Este Papa puso en guardia al hombre contra toda servidumbre de la fe a la razón de Estado y de la razón de Estado a una fe. En este sentido, entendió que prevenía al mundo contra toda forma de extremismo”. Cabe añadir del extremismo del que quizá él mismo fue víctima en cuanto se apartó del statu quo para renovar el aire viciado de los despachos.

Casi al final del debate que sostuvo con el profesor Habermas en la Academia Católica de Múnich, el 19 de enero del 2004, el cardenal Ratzinger afirmó: “Hemos visto que en la religión existen patologías sumamente peligrosas, que hacen necesario contar con la luz divina de la razón como una especie de órgano de control encargado de depurar y ordenar una y otra vez la religión”. Es poco menos que imposible desligar la idea de patología de los escándalos de pederastia, mala administración y filtración de documentos (caso Vatileaks), y aún lo es menos desligar la renuncia del Papa de la luz de la razón en la que se fundamenta la lógica. Todo eso pesará en el cónclave y apartará a muchos candidatos de la carrera por la silla de Pedro, asustados por la modernidad, atrapados en el secretismo o sin ánimos para fajarse con los problemas que han llevado a Benedicto XVI a la renuncia. Pero, incluso así, el número de aspirantes seguirá siendo lo suficientemente alto como para que se mantenga la incógnita hasta la hora decisiva de la fumata bianca y para que todas las quinielas tengan algún punto de apoyo. A fin de cuentas, la tradición es la tradición.

 

Vatileaks o la soledad del Papa

Un clima de sospecha y desconfianza se ha adueñado de la Curia vaticana para desgracia del Papa y desconcierto de los creyentes. La Iglesia católica viaja en un convoy que circula marcha atrás, hasta los ominosos días de la logia P2, los manejos del obispo Paul Marcinkus al frente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), apodado banco del Papa, y la mezcla de intereses financieros, tráfico de influencias, opacidad y muerte de aquel entonces. Benedicto XVI, un anciano de 85 con las fuerzas propias de su edad, aparece en el centro de una trama urdida, se dice, para rescatarle de la red de intereses que maneja el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, pero que debilita la figura del pontífice frente a una estructura de poder temporal y espiritual adaptada desde hace siglos a las artes conspirativas y los complots de palacio. El Vatileaks o Vatigate, como se prefiera, no es un acontecimiento sustancialmente nuevo en la historia vitacana; al contrario, forma parte de alguna de las más añejas tradiciones del papado.

Este gen constitutivo de la historia de la Iglesia ha sido identificado por analistas creyentes y no creyentes con rara unanimidad. Las últimas semanas se han podido leer y oír varios comentarios en este sentido, entre ellos el de Philippe Levillain, director del Diccionaire historique de la papauté, publicado por el diario católico francés La Croix: “Se han conocido otras veces enfrentamientos en la cima del Vaticano, a veces muy violentos. Así fue cuando la mayor parte de la Curia, después de la guerra, era atlantista, favorable a Estados Unidos, y estimaba que monseñor Montini (el futuro Pablo VI) estaba demasiado abierto a los países comunistas”. A decir verdad, el ejemplo al que recurre Levillain es de los menos dramáticos, pero es ilustrativo de la pugna cotidiana por orientar el gobierno de la Iglesia, como contó en su día el teólogo católico italiano y respetado vaticanólogo Giancarlo Zizola, fallecido en el 2011, en el libro Santidad y poder, dedicado a la lucha permanente entre la Curia y los papas.

La realidad práctica del poder del Papa es del todo singular porque él es, a la vez y de forma indivisible, la cabeza de un pequeño Estado, la referencia espiritual y dogmática de una comunidad que supera los mil millones de personas, el gestor de un patrimonio inmenso repartido por todo el planeta y el administrador último de una red asistencial y prestadora de servicios, imprescindible e insustituible en muchos países y segmentos sociales. Este poder procede de la decisión que toma un colegio electoral que se reúne a puerta cerrada a la muerte de cada Papa –la asamblea de cardenales menores de 80 años, el cónclave–, que elige a uno de entre ellos para gobernar la institución con atribuciones omnímodas, propias de un régimen absolutista y que solo decaen con la muerte de quien las encarna. La frase de Zizola “Ratzinger transforma la teología en poder” se ajusta por completo a los hechos y al legado de la tradición porque es perfectamente aplicable a la inmensa mayoría de papas desde el edicto de Milán (año 313).

La concordancia con la tradición no hace el momento menos grave. Está muy extendida la opinión de Andrea Tornielli, expresada en la web Vatican Insider, de que estamos ante un caso peor que el de los curas pederastas. La razón salta a la vista: aunque los implicados en las filtraciones de documentos dirigidos al Papa aseguran que actúan para defenderlo de sus adversarios en los salones del Vaticano, “son pocos los que creen que sea verdad, porque si durante estos meses de Vatileaks se ha obtenido un resultado, este es la pérdida de prestigio generalizada de la Santa Sede, cuya imagen sale devastada”. Ciertamente, transmiten una imagen de descontrol, improvisación y deslealtad a todas horas el libro Su Santidad. Los papeles secretos de Benedicto XVI, del periodista Gianluigi Nuzzi; la destitución fulminante de Ettore Gotti Tedeschi, presidente del IOR especialmente apreciado por el Papa; el nombramiento de Carlo Maria Viganò para ocupar la nunciatura de Washington y alejarlo así de Roma –era el responsable del gobernatorato del Vaticano– y del Papa, a quien el año pasado envió dos cartas en las que denunciaba situaciones de corrupción en el gobierno de la Iglesia, y, por último, la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del pontífice que aparece como el correo que filtró a la prensa los documentos procedentes de los aposentos papales.

Ettore Gotti Tedeschi

El Instituto para las Obras de Religión (IOR) fue fundado por el papa Pío XII el 27 de junio de 1942. Su patrimonio se cifra en 5.000 millones de euros, registrado casi todo él a nombre de monasterios, congregaciones y conferencias episcopales radicados en Europa. Solo el Papa, el consejo de vigilancia, los cuatro administradores y los comisarios de cuentas tienen acceso a la totalidad de los balances. El consejo de vigilancia está formado por los cardenales Attilio Nicora, Jean-Louis Tauran, Télesphore Zoppo y Odilo Scherer. En la foto, Ettore Gotti Tedeschi, expresidente del IOR.

Cada uno de estos capítulos no hace más que revelar la debilidad extrema del Papa como cabeza visible de la Iglesia, según la definición de la figura forjada por la cultura eclesial. El libro de Nuzzi es posible porque alguien –puede que sea más exacto decir algunos– están interesados en que se conozcan determinados hechos, el apartamiento de Gotti Tedeschi del IOR es posible porque hay sectores de la Curia capaces de imponerse al Papa, la suerte de Viganò pone al descubierto una estructura de poder paralelo que hace y deshace, y el papel de Gabriele certifica de forma alarmante que el camino hasta la mesa de trabajo de Benedicto XVI está al alcance de demasiados. Lo que se antoja menos creíble es que sea el mayordomo Gabriele el gran motor de la conspiración. “Resulta bastante difícil pensar que lo sucedido haya surgido de un acuerdo de cuatro amigos en un bar”, escribe Tornielli. “El mayordomo no sería más que un lampista más o menos manipulado”, sostiene Dominique Greiner en La Croix.

La pregunta es, entonces, ¿quiénes mueven los hilos y por qué? Ambas incógnitas solo admiten respuestas conceptuales. Solo integrantes de la Curia y aledaños a ella tienen la posibilidad teórica de interferir en el laberinto por el que circula la documentación destinada al Papa; solo aquellos que piensan que ha llegado la hora de preparar la sucesión de Benedicto XVI en un cónclave corto y controlado tienen verdadero interés en neutralizar al cardenal Bertone, que aspira a lo mismo que sus adversarios. “La idea del papado de transición flotaba en el ambiente desde el inicio porque se pensaba que iba a ser un papado breve. Una parte del Vaticano veía este hecho con buenos ojos porque significaba un respiro para las fuerzas más conservadoras”, explicó en marzo el prestigioso vaticanólogo Marco Politi a la revista mexicana Proceso. Pero luego, cabe añadir, quedó patente la posibilidad de que el pontificado de Benedicto XVI se prolongara y empezaron los cabildeos; ahora el temor de muchos es que con el Papa alemán se repita la situación de incertidumbre causada por la longevidad de León XIII, que cumplió los 93 años en la silla de Pedro.

La paradoja mayor es que el escándalo ha reforzado la posición de los colaboradores del Papa, a quienes reiteró el miércoles la confianza depositada en ellos, incluido Bertone, supuesto objetivo de los cuervos que revolotean sobre las nobles piedras de la plaza de San Pedro y del topo que dio curso a información reservada dirigida al Papa. Así lo entiende Marco Tosatti, del periódico moderado turinés La Stampa, que no hace más que invocar el principio común a todas las estructuras de poder: en cuanto se produce una injerencia externa, desaparecen las divisiones y se protegen de la intromisión mediante una reafirmación de su unidad.

Al fondo de este escenario se recorta la silueta del IOR, urgido por el Consejo de Europa a aclarar sus cuentas, a desvanecer la sospecha de que es un instrumento para blanquear dinero con conexiones inconfesables en paraísos fiscales. Cuando el Papa puso a Gotti Tedeschi al frente de la institución le dijo: “Debemos ser irreprochables”. Fue tanto como decir que el banco debía someterse a una gestión más transparente y rigurosa que durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, marcados por la confusión. “En la gestión cotidiana de la Iglesia universal, esto –la confusión– se traduce en cierta inconcreción en las decisiones, una impresión de improvisación y de inacabado, pero también un recurso a los pequeños arreglos ‘a la italiana’ para sortear los requisitos burocráticos, es decir, métodos poco ortodoxos para hacer que las cosas avancen a pesar de todo”, indica Dominique Greiner.

La tendencia a lo borroso, a lo inconcreto, se repite en el Vatileaks porque se trata de un partido que se disputa no solo en el campo de las finanzas, sino que lo que hay en juego es “la imagen misma de Ratzinger y el poder de los purpurados que ambicionan su solio”, han afirmado Tommaso Cerno y Marco Damilano en el semanario progresista italiano L’Espresso. Es, pues, un partido que se juega en el campo de los bienes tangibles, el IOR y el mundo de las finanzas, pero también de los intangibles, el de la Iglesia como referencia moral e instrumento de poder. De ahí que algunas de las sombras que se mueven entre cajas estén interesadas en subrayar que actúan con espíritu evangélico, sin más concreciones, aunque lo cierto es que el Papa “se encuentra solo ante la opinión pública” (Levillain) y resulta poco menos que grotesca la apelación hecha desde L’Osservatore Romano por Giovanni Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado: “Un poco de honestidad intelectual y de respeto de las más elemental ética profesional no le vendría mal al mundo de la información”.

El planteamiento de Becciu es preocupante para el orbe católico porque no se lamenta de la lucha por el poder, sino de que se haya sabido que tal lucha existe y el entorno del Papa no se comporta siempre con la limpieza y lealtad debidas. Esta propensión al secretismo más acérrimo, incluso en aquellas situaciones en las que es imposible mantenerlo o, más aún, en las que la prudencia aconsejaría olvidarse de él para rehabilitar a la institución, hipoteca el futuro y el papel de la Iglesia en la economía y la sociedad globales. Como destacan diferentes autores, la Iglesia acepta así formar parte inseparable del statu quo internacional y olvida lo que la tradición define como misión profética, una renuncia esta que distancia cada vez más a la jerarquía de los creyentes, cuando no alimenta el escepticismo.

 

La visita del Papa a Cuba defrauda a la disidencia

La estancia del papa Benedicto XVI en Cuba ha decepcionado a la disidencia en igual medida que no ha causado mayores incomodidades al régimen. El minuto concedido a Fidel Castro y negado a las Damas de Blanco quizá sea fruto del realismo abrumador de la diplomacia vaticana, pero el resultado final de la visita a la isla ha quedado bastante lejos de la sensación de cambio de ciclo –real o no– que dejó Juan Pablo II hace 14 años. La contención del Papa en todas las referencias a los presos y a la disidencia, salvo mientras volaba de Italia a México –“el comunismo ya no funciona en Cuba”–, han conferido a las tres jornadas un sesgo esencialmente pastoral, criticado por el exilio de Miami y lamentado en la red por la oposición de todos los colores que vive en Cuba.

Para esta oposición interior, con un componente católico centrista nada despreciable, tuvo un indudable impacto emocional el artículo firmado por Castro en el que dio cuenta de que iba entrevistarse con el Papa. El texto, cercano al de algunos teólogos de la liberación sin compromisos de poder ni ataduras políticas, sorprendió a muchos, aun conociendo la formación religiosa del comandante, educado en un colegio de jesuitas. “Fueron las experiencias vividas durante más de 15 años –escribió Castro– desde el triunfo de la revolución cubana (…) cuando llegué a la convicción de que marxistas y cristianos sinceros, de los cuales había conocido muchos, con independencia de sus creencias políticas y religiosas, debían y podían luchar por la justicia y la paz entre los seres humanos”.

El complemento a este punto de partida de Castro fue el planteamiento que el Papa dio a sus jornadas caribeñas, más acorde con lo conseguido por la Iglesia –la liberación de presos políticos gracias a la mediación del cardenal Jaime Ortega y del secretario de Estado, Tarcisio Bertone; la mejora del estatus de la jerarquía y la presencia del credo católico en la vida cotidiana– que con lo esperado por los adversarios del régimen. De ahí que mientras L’Osservatore Romano subrayó los ingredientes meramente eclesiales del viaje, los blogs de la disidencia proyectaron hacia el exterior la imagen de una oposición que se siente defraudada cuando no dolida. Y muchos de ellos se preocuparon de recoger la carta enviada al Papa por Lech Walesa, fundador de Solidaridad, expresidente de Polonia y altavoz del pensamiento político de Juan Pablo II: “Suplico a Vuestra Santidad que interceda por los que, a causa de sus convicciones, caen en las prisiones. Le ruego a Vuestra Santidad que tome la defensa de estos cubanos que al reclamar la libertad se arriesgan a persecuciones y vejaciones”.

En los días previos a la llegada de Benedicto XVI a Santiago de Cuba, otros prefirieron resaltar la predisposición acomodaticia de la jerarquía. Myriam Márquez escribió en The Miami Herald, caja de resonancia en inglés del exilio cubano: “Juan Pablo II, que vivió bajo el comunismo en Polonia cuando era sacerdote, trajo la esperanza hace 14 años, aunque no pudo dar la libertad a los cubanos. Casi una generación más tarde, el espacio que la Iglesia ha sabido ganarse está sujeto al perfeccionamiento del régimen”. Más de lo mismo en el análisis de Gina Montaner en El Nuevo Herald, clon en español de The Miami Herald: “Hoy la consigna del arzobispo Jaime Ortega es la de no contrariar al Gobierno y se ha notado en las semanas previas a la visita de Ratzinger. A diferencia de otros lugares (…) los activistas que se han encerrado en las iglesias para protestar por la violación de los derechos humanos han sido desalojados por la policía política con la mediación eclesiástica”.

Una vez más, la defensa de un espacio propio y la competencia entre confesiones –la santería, las iglesias evangélicas, una variopinta gama de credos a la carta– aparecieron en la línea argumental de Montaner, vistiendo en este caso los ropajes del márketing y la conquista de mercados. Una imagen tan sorprendente como rotunda dirigida a unos auditorios educados en gran medida en la tradición católica: “Si alguna vez la Iglesia estuvo cerca de la causa de pueblos azotados por la violencia y la opresión, queda poco de esa piedra angular que fundó San Pedro. Sus estrategias pueden llegar a confundirse con las de un holding que busca desesperadamente clientes”.

Aunque el símil del holding no es el más feliz de todos los posibles, lo cierto es que tanto el cardenal Ortega en Cuba como la jerarquía vaticana han llegado a la conclusión de que es el momento de que la Iglesia consolide espacios de influencia más allá de la brega política diaria, que adjudica a los clérigos católicos el papel de intermediarios en la dialéctica Gobierno-oposición. Estos espacios de influencia remiten a una presencia pública más visible de los católicos en todas partes, incluido el ámbito de la educación. Las formas versallescas observadas por el cardenal, y correspondidas sin reservas por Raúl Castro y su entorno, apuntan a este objetivo a medio plazo en el seno de un proceso de reformas en el que el aggiornamento de la economía para superar la quiebra del Estado es improbable que alcance a la política más allá de lo estrictamente cosmético.

De ahí la alarma apenas disimulada de Yoani Sánchez, impulsora del blog Generación Y y voz respetada de la oposición cubana, unos días antes de que el Papa llegara a la isla: “En sus ojos está la capacidad de darse cuenta de que entre los fieles reunidos en las plazas faltan numerosas ovejas del rebaño cubano que han sido impedidas de llegar hasta las cercanías de su báculo. En sus oídos está la decisión de escuchar otras voces más allá de las oficiales o de las estrictamente pastorales (…) En sus manos, en su voz, en sus oídos queda entonces el confirmarnos que comprende lo trascendental del momento”. Una alarma expresada en términos parecidos a la del periodista disidente Reinaldo Escobar: Resulta cuando menos paradójico que la Seguridad del Estado actúe como si tuviera la convicción de que las autoridades eclesiásticas no van a protestar  (por la actuación contra las Damas de Blanco)”.

Deducir de esta serie de opiniones que se trata de una decepción circunscrita a la disidencia militante resultaría por lo menos precipitado. Basta comprobarlo con un texto tan poco sospechoso como el editorial del periódico progresista francés Le Monde, fechado el día 28, significativamente titulado La muy pastoral visita de Benedicto XVI a Cuba: “Benedicto XVI no es Juan Pablo II, sus misiones son diferentes y los tiempos han cambiado. Esta vez, otro arzobispo, el de San Cristóbal de La Habana, monseñor Jaime Lucas Ortega, ha dibujado un cuadro casi idílico de la situación cubana en una entrevista en L’Osservatore Romano, el periódico del Vaticano. La jerarquía religiosa cubana, que ha obtenido estos últimos años la liberación de numerosos detenidos, busca ahora reforzar su implicación en la sociedad y en la enseñanza”.

La pregunta ausente del debate es esta: ¿cabía un planteamiento más agresivo del viaje? O, más aún: ¿se hubiese producido el viaje en el caso de prepararse de forma más agresiva? De la misma manera que tiene sentido preguntarse si mereció la pena una visita tan acotada por la corrección política. Y al formular esta última pregunta y buscar respuestas en las filas de la oposición al régimen, no hay forma de dar con alguna que sostenga que, a tenor de lo sucedido, hubiese sido mejor que el Papa volara directamente de México a Roma sin hacer escala en Cuba.