Un ‘impeachment’ muy lejano

Se preguntaba Miguel Ángel Bastenier en uno de los últimos artículos que publicó en El País si Donald Trump tiene política exterior, y concluía que cuando más cómodo se siente es cuando actúa como “jefe de una tribu, más que de presidente”. Se diría que su papel favorito es el de macho alfa, mientras que las sutilezas de un mundo complejo, globalizado, escapan a su propensión a los planteamientos binarios de los problemas dentro y fuera de Estados Unidos. En esta forma atropellada de dirigirse a la opinión pública, en ese léxico exento de matices, como si mediante la simplificación de sus mensajes en Twitter simplificara asimismo el alcance de los desafíos, cree haber encontrado Trump la manera de contrarrestar la supuesta conspiración –caza de brujas, la llama– que arremete contra él.

Frente a la idea de un orden mundial 2.0 en el que todo está interconectado, sigue vendiendo Trump a sus seguidores el American first, aunque el 60% de los estadounidenses se declaran contrarios a la gestión del empresario solo cinco meses después de instalarse en la Casa Blanca, casi un asalto. Escribió Richard N. Haas, presidente del think tank Council on Foreign Relations, a poco de que Trump ocupara el Despacho Oval: “Las realidades de hoy exigen actualizar el sistema operativo –un orden mundial 2.0– basándose en la obligación soberana, la noción de que los estados soberanos no solo tienen derechos, sino también obligaciones hacia los demás”. Tal matiz no figura en el catálogo de preocupaciones del presidente a pesar de que las obligaciones –la lucha contra el cambio climático, una de ellas; la libertad de comercio, otra– son consustanciales a la globalización, a la noción última de que no hay compartimentos estancos, torres de marfil o jaulas de cristal a salvo de contingencias planetarias de efectos catastróficos, empobrecedores, al menos.

Detrás de todo ello, alienta un nacionalismo lleno de sonoros enunciados, pero de difícil concreción; un nacionalismo suficiente para captar el voto de las víctimas primeras de la crisis económica y de la desindustrialización, pero que con harta frecuencia se antoja destinado a encubrir un conflicto de intereses en el corazón del Estado. Salvo imperdonable ingenuidad, no hay forma de separar los objetivos empresariales de Donald Trump y su familia –la hija Ivanka, first daughter, acaso, y Jared Kushner, su marido– de los políticos del presidente en Estados Unidos y más allá. Algo que recuerda tanto el caso de Silvio Berlusconi, tan estudiado, que parece una nueva versión, puede que el plagio de una teleserie con muy parecidos actores y guionistas, rodada en inglés, por supuesto (un inglés bastante vulgar y poco trabajado, dicho sea de paso).

¿Es suficiente este populismo ultraconservador para salir al cruce de sospechas cada vez mayores acerca de los manejos poco escrupulosos de Trump? ¿Puede salvarle del impeachment, citado abusivamente, la posverdad ocultadora de la verdad, de los hechos empíricamente demostrables si es que existen tales hechos o embrollos o marañas? De momento, la deposición de James Comey, el director del FBI destituido por el presidente, ante el Comité de Inteligencia del Senado, deja a Trump aparentemente muy cerca de una futura acusación de obstrucción a la justicia, y el trabajo del fiscal especial Robert Mueller abunda en idéntica dirección a propósito de los intentos de la Casa Blanca de cercenar la investigación de la trama rusa durante la campaña electoral del presidente y en fechas posteriores. Para completar el cuadro, la relevancia que está adquiriendo la figura de Marc E. Kasowitz, abogado personal de Donald Trump, recuerda mucho la que en su día tuvo Herbert W. Kalmbach, abogado personal de Richard Nixon durante el escándalo Watergate.

Dicho esto, no puede soslayarse el hecho histórico de que solo en dos ocasiones la mecánica del impeachment ha llegado hasta el final y en ambas pararon el golpe los presidentes: Andrew Johnson en 1868 y Bill Clinton en 1999. El tercer caso, el más recordado y citado ahora, es el de Nixon, que presentó la dimisión el 8 de agosto de 1974 y evitó someterse a la preceptiva votación, fue perdonado por su sucesor, Gerald Ford, y tuvo tiempo de rehabilitar su figura ante el establishment de Washington o eso pareció al cabo de unos años. Y la historia pesa mucho, los precedentes son una referencia y los republicanos tienen mayoría en ambas cámaras del Congreso, un dato fundamental por más que el republicanismo clásico reniegue de un presidente tan improbable como Trump, tan sujeto a un programa indescifrable no solo en política exterior, que sin duda lo es, sino en el resto de apartados que indican cuáles son los objetivos tangibles de una Administración.

Que el presidente dé muestras reiteradas de desconocer la división de poderes –al menos, lo aparenta–, el sistema de contrapesos institucionales diseñado por los padres de la nación y los límites de la presidencia a pesar de la amplitud de sus atribuciones no significa que se avizore un impeachment a la vuelta de la esquina. “Sobre Trump y sus intereses con Rusia hay muchas sospechas, pero a fecha de hoy es pronto para plantear su destitución. Hay que encontrar las pruebas y demostrarlas”, ha declarado a EL PERIÓDICO Bob Woodward, develador del caso Watergate junto con su compañero Carl Bernstein. “No se pueden establecer paralelismos. Nixon estaba dispuesto a romper la ley y no le importaba hacerlo de forma agresiva y constante (…) Esto no lo hemos visto aún en el actual presidente. A fecha de hoy, Trump es una incógnita”, dice Woodward, esto es, no hay pruebas para fundamentar una acusación, un requisito ineludible.

Todas las teorías para sustituir al presidente eluden o apenas insisten en el doble principio acusatorio, competencia de la fiscalía, y probatorio más allá de toda duda razonable. Los juegos recreativos que sitúan al vicepresidente Mike Pence en la Casa Blanca antes de las elecciones legislativas de noviembre del 2018 y a Paul Ryan, líder de la Cámara de Representantes, en la vicepresidencia obedecen más al deseo de quienes fabulan que a la posibilidad cierta de que los acontecimientos se desarrollen de acuerdo con este guion. Ni siquiera se atreve a ir tan lejos alguien con opiniones tan contundentes contra Trump como Paul Krugman –“Su combinación de revanchismo mezquino y descarada indolencia, lo hace inepto para el cargo. Y eso es un enorme problema. Piensen por un minuto cuánto daño ha hecho este hombre en múltiples frentes en solo cinco meses”–; más bien teme que costará mucho moverle la silla por clamorosos que sean sus errores o desmanes.

Como explica el profesor Jan-Werner Mueller, de la Universidad de Princeton, el populismo es la negación del pluralismo, sustituido por el concepto de pueblo unido; este es el gran éxito de Donald Trump en lo que lleva de mandato. Y añade: “Hasta hoy, ningún ala derecha del populismo ha alcanzado el poder en Europa Occidental o en Estados Unidos sin la colaboración de las élites conservadoras instaladas”. Quiere decirse que Trump llegó a la Casa Blanca con el apoyo más o menos entusiasta del 90% de los votantes que se declaran republicanos a pesar de que muchos albergaban dudas sobre la solvencia del candidato, y las encuestas indican que apenas ha decrecido el entusiasmo entre los electores de base, sin que les importen demasiado las flagrantes contradicciones presidenciales entre los eslóganes y la praxis, entre el interés general y los intereses de sus empresas. Carece de sentido insistir con la hipótesis del impeachment a corto plazo salvo que el fiscal especial levante el pico de la alfombra y dé con las pistolas humeantes (la prueba irrefutable) del Rusiagate o con la pista oculta de los negocios trumpianos (“siga la pista del dinero”, le dijo Garganta Profunda a Bob Woodward en mitad de la tormenta del Watergate). Todo lleva su tiempo.

Trump ya tiene su Watergate

Los  vapores nauseabundos del caso Watergate empiezan a envolver la atmósfera viciada de la Casa Blanca a causa de las prácticas poco convencionales del presidente Donald Trump y su equipo. Los prolegómenos de este Rusiagate que todo lo contamina reúne demasiados ingredientes coincidentes o que recuerdan aquel otro escándalo que costó la presidencia a Richard Nixon en 1974. Como entonces, medios prestigiosos vituperados desde el Despacho Oval han puesto manos a la obra para, en este caso, desvelar el argumento no escrito del camino seguido por Trump para ganar las elecciones en noviembre con la ayuda de Vladimir Putin. Como ha escrito John Yoo en The New York Times, de momento no hay constancia de que el presidente haya obligado a mentir a algunos testigos, haya destruido pruebas o haya bloqueado el trabajo de agentes del FBI, pero se multiplican las sospechas de que todo esto ha podido suceder.

En una de sus informaciones del jueves, el mismo diario utiliza el verbo engulf (envolver) para referirse a la situación de Trump, origen de todas las dudas y envuelto en la investigación que dirigirá el fiscal especial Robert S. Mueller, exdirector del FBI (2001-2013), para esclarecer si en efecto el Kremlin intervino en la campaña del presidente. Pero engulf tiene otras acepciones o posibles traducciones más inquietantes –tragar, sepultar–, que presagian que se cierne sobre Washington una tempestad política y constitucional habida cuenta de que el foco de la investigación apunta a la cima del sistema. Y al enumerar las preguntas que de una u otra forma saldrán al paso del trabajo de Mueller se hace aún más evidente la inconmensurable dimensión del conflicto, desde la interferencia rusa en la campaña a la por lo menos sorprendente decisión del presidente de facilitar a Serguei Lavrov información en materia de seguridad obtenida por otra potencia –quizá Israel– y que puede poner en riesgo a quienes la obtuvieron.

Algunas de estas preguntas pueden formularse mediante enunciados muy simples, pero dan pie a respuestas eventualmente intranquilizadoras para los conciudadanos de Donald Trump, que pueden sentirse legítimamente defraudados por prácticas ajenas a la transparencia democrática exigible en cualquier proceso electoral. Al preguntar cuál fue el alcance de la intromisión rusa en la campaña, hasta dónde llegaron las presiones para que el FBI dejara de investigar la russian connection de Michael T. Flynn, efímero consejero de Seguridad Nacional, y qué información se llevó Lavrov a Moscú, facilitada por Trump, caben toda clase de respuestas alarmantes para el sistema, en general, para la continuidad en las tradiciones políticas de Estados Unidos y para la inconsistencia de un Ejecutivo que sigue creyendo que el Estado puede gestionarse como una empresa asociada a otras empresas. Sin sutilezas ajenas a la rentabilidad del momento, condicionado todo por la fijación de metas rentables y nada más.

Dice Donald Trump sentirse perseguido como no lo fue ningún otro presidente, una exageración sin duda. En todo caso, ninguno de sus predecesores empezó con tan mal pie, suscitando tantas dudas acerca de su capacidad para ocupar el puesto que ocupa y tan contestado en la calle. Pero hay más: desde que el republicano Kevin McCarthy le dijo a Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes y asimismo republicano, que está convencido de que Putin paga a Trump (15 de junio de 2016) y James Comey, destituido por Trump como director del FBI, anotó en un memorándum que el presidente le exigía que dejara de investigar a Flynn (febrero de este año), puede decirse que se dispone de algo bastante cercano a pruebas documentales para colegir que algo huele a podrido en la Casa Blanca. Y es poco menos que imposible que el olfato de Mueller no lo detecte.

Es tan poco probable que el nombramiento de un fiscal especial, decidido por Rod J. Rosenstein, número dos del Departamento de Justicia, es un movimiento político lleno de riesgos para la estabilidad republicana. La CNN sostiene que los republicanos juegan al todo o nada, algo siempre peligroso, salvo que haya ganado adeptos la hipótesis desarrollada por uno de los analistas de Politico.com, insinuada varias veces las últimas semanas: que el establishment del partido daría por buena, impeachment mediante, una resolución de la crisis institucional con Mike Pence, vicepresidente ahora, en la presidencia, y Paul Ryan en la vicepresidencia. Un juego de manos, una componenda para serenar el republicanismo y apartar del puente de mando a la extrema derecha populista que lleva en él desde el 20 de enero.

Todo esto es algo más que una teoría de la conspiración ad hoc porque, salvo ingenuidad manifiesta, es imposible que Trump salga indemne del laberinto en el que se ha metido, rodeado de asesores inexpertos o poco rodados que son incapaces de ordenar la Administración, fijar prioridades y desarrollar un programa reconocible. Dana Milbank, un reputado analista de The Washington Post, sostiene que acaso el nombramiento de Mueller sirva para salvar al Partido Republicano y al presidente de sí mismos, pero es inimaginable que tal salvamento no deje algunas víctimas para preservar el sistema, respetar la división de poderes y salvaguardar el equilibrio entre Gobierno y Parlamento. Aquí no valen la posverdad, los hechos alternativos y otras zarandajas pensadas en el ala oeste de la Casa Blanca para construir una realidad virtual a gusto del presidente.

Por decirlo con palabras muy de cuando el escándalo Watergate: hay pistolas humeantes en el horizonte. En los días de Richard Nixon fueron las cintas grabadas en el Despacho Oval, que sumieron a la presidencia en el oprobio; hoy son las conversaciones de unos, las anotaciones de otros y esa transcripción del diálogo de Trump con Lavrov que reclaman los dos grandes partidos y que Putin dice estar dispuesto a entregar, aunque la fidelidad documental del presidente ruso sea más que discutible y la utilidad probatoria de lo que dé por escrito sea poco más que papel mojado. “Entonces como ahora el problema principal no es el delito en sí mismo, sino el intento de encubrirlo”, explica un analista de The Guardian al comparar las miserias del caso Watergate con esas otras miserias tan recientes, esa frase recogida por Comey de labios de Trump: “Espero que pueda dejarla” (la investigación sobre los contactos de Flynn en Rusia).

La mezcla explosiva de mentiras, encubrimientos y obstrucción a la justicia hace cada día más difícil que Trump pueda recuperar su imagen pública, incluso entre una parte de quienes lo votaron hace solo medio año. Al cumplir cuatro meses en el Despacho Oval, el desprestigio de la presidencia es de tal calibre que va más allá del simple desgaste personal del titular de la institución, alcanza al partido y agrava la fractura social en una sociedad profundamente dividida por dos visiones antagónicas, irreconciliables, del futuro de Estados Unidos. Como en los días del Watergate, lo excepcional se ha convertido en cotidiano, el presidente ha pasado a ser un sospechoso habitual y su equipo de colaboradores más cercanos ha quedado en evidencia, desacreditado por una política errática que incomoda a los aliados y carece de precedentes en la historia del país. Todos los hombres del presidente, la gran investigación periodística de Bob Woodward y Carl Bernstein, vuelve a ser de lectura imprescindible.

Watergate, las alcantarillas del poder

Al cumplirse 40 años del asalto al cuartel general del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington sigue vigente la pregunta que formuló el senador Sam Ervin al entregar a la Cámara el informe definitivo del caso: ¿qué fue Watergate? Los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward, que el día 8 firmaron conjuntamente por primera vez en 36 años en las páginas de The Washington Post, sostienen que el caso Watergate “fue las cinco guerras de Nixon”. Los historiadores revisionistas se esfuerzan en probar que se trató de una conspiración tramada por el establishment de Washington contra alguien que no era de los suyos. Los estudiosos de la personalidad de Richard M. Nixon aseguran que su mandato (20 de enero de 1969-9 de agosto de 1974) se caracterizó por una desconfianza acérrima hacia cuantos le rodeaban, hacia sus adversarios políticos y hacia el aparato de poder que sobrevive a todos los presidentes.

Las cinco guerras a las que se refieren Woodward y Bernstein apuntaron contra el movimiento antibelicista –quienes se oponían a la guerra de Vietnam–, contra los medios de comunicación –con el aderezo del conocido antisemitismo del presidente–, contra los demócratas, contra la justicia y, después de dimitir, contra la historia. Y resumen qué significaron “las cinco guerras de Nixon” en la siguiente frase: “El Watergate fue un asalto descarado y atrevido, dirigido por el propio Nixon contra el corazón de la democracia estadounidense: la Constitución, nuestro sistema de elecciones libres y el imperio de la ley”. Sin embargo, esa rotundidad de juicio no es tal al final del libro El hombre secreto, escrito por Woodward en el 2005 después de desvelarse que Garganta Profunda era Mark Felt, un exalto cargo del FBI que se sintió despechado y que fue el confidente que proporcionó pistas definitivas a los periodistas del Post para tumbar a Nixon. “Nunca hay una versión final de la historia”, sentencia Woodward.

Los datos esenciales son de sobra conocidos. El 17 de junio de 1972, cinco individuos asaltaron las oficinas del Partido Demócrata en Washington con el propósito de colocar micrófonos. El portavoz de la Casa Blanca, Ronald Ziegler, quisó quitar importancia al asunto y describió el suceso como “un robo de tercera”. En la edición del Post del día 19, Woodward y Bernstein encabezaron la primera información que firmaron juntos con la siguiente revelación: “Uno de los cinco hombres arrestados la madrugada del sábado en el intento de colocar micrófonos en el cuartel general del Comité Nacional Demócrata es un asalariado del coordinador de seguridad del comité para la relección del presidente Nixon”. El dato definitivo apareció publicado el 1 de agosto: “Un cheque de caja de 25.000 dólares, destinado aparentemente a la campaña para la relección del presidente Nixon, fue ingresado en abril en la cuenta bancaria de uno de los cinco hombres arrestados en el asalto a la sede nacional demócrata, el 17 de junio”. A partir de aquel momento, los periodistas siguieron el rastro del dinero, de acuerdo con las indicaciones de Garganta Profunda, y dejaron al descubierto las actividades encubiertas dirigidas desde la Casa Blanca. Sus pesquisas permitieron  conocer en última instancia la existencia de las famosas cintas en las que Nixon grabó las conversaciones con sus colaboradores, una prueba inculpatoria definitiva de los manejos al margen de la ley del presidente, que se vio obligado a dimitir.

Pero, más allá de los datos esenciales del caso, caben otras preguntas además de la del senador Ervin. Preguntas que atañen al papel desempeñado por Woodward y Bernstein, a cuál era el clima político en Washington a raíz de la diplomacia secreta practicada por Nixon por China y Rusia, a qué daños sufrió el sistema y, por último, a por qué Nixon cedió a sus instintos.

Woodward y Bernstein

Más allá de la admiración suscitada por los dos periodistas que desvelaron el escándalo, es forzoso preguntarse si las técnicas convencionales del periodismo de investigación les hubiesen permitido llegar hasta donde lo hicieron sin el concurso de un funcionario herido en su amor propio, tal como explicó en mayo del 2005 el abogado John O’Connor al publicar la historia de su cliente Mark Felt en la revista Vanity Fair con el título Yo soy el tipo al que solían llamar Garganta Profunda: “A pesar de que era una criatura de Washington, estaba agotado por años de batallas burocráticas, era un hombre desencantado con la mentalidad de navaja de la Casa Blanca de Nixon y sus tácticas de politización de los organismos gubernamentales”. En realidad, la versión de O’Connor soslaya el hecho definitivo de que Felt albergaba el deseo de llegar a la cima del FBI, pero finalmente el puesto de director no fue para él. Y en el primer libro escrito por los periodistas, Todos los hombres del presidente, la consistencia del gran reportaje, en la mejor tradición de la prensa anglosajona, no permite aventurar los resortes que pusieron en movimiento a Garganta Profunda.

Woodward y Bernstein

Carl Bernstein y Bob Woodward, frente a la Casa Blanca en los días del 'caso Watergate'.

Dicho de otra forma: sin la contribución de Felt, las pesquisas de los periodistas se habrían atascado como sucedió a sus compañeros en otros medios. Sin el empujón de Felt, el camino hacia los despachos de la Casa Blanca habría sido poco menos que imposible. En cuanto a Garganta Profunda, la decisión de desvelar su identidad a pesar del acuerdo de confidencialidad con Woodward y Bernstein le alejó del personaje mitológico con sólidas convicciones políticas, movido por razones éticas: cedió a las presiones de su familia para que lo contara todo antes de morir –estaba a punto de cumplir 92 años– a cambio de un sustancioso contrato de exclusiva. El compromiso de confidencialidad era tan sólido que Ben Bradlee, director del Post en los días del escándalo, explica lo siguiente en su libro La vida de un periodista (1996): “Solo después de la dimisión de Nixon y del segundo libro de Woodward y Bernstein, Los días finales, sentí la necesidad de conocer el nombre de Garganta Profunda. Y lo supe un día de primavera en un banco de la plaza MacPherson durante la hora de la comida. Nunca se lo he dicho absolutamente a nadie (…) El hecho de que su identidad haya permanecido en secreto durante todos estos años es desconcertante, y verdaderamente extraordinario”.

En el epílogo escrito por Bernstein para el libro de Woodward en el que cuenta su relación con Felt, el ya citado El hombre secreto, hay un propósito manifiesto de rebajar el papel central de Garganta Profunda: “Lo que nos permitió penetrar en el secreto de la presidencia de Nixon fue la convergencia de todas las fuentes y su posición de testigos de primera mano en todos los niveles, y no la información facilitada por una sola”. Pero persiste la duda acerca de las posibilidades que tenían de avanzar sin su famoso confidente, prevalece la incógnita sobre qué intereses guiaron los pasos de Felt, todo lo cual no afecta al hecho de que el trabajo de Woodward y Bernstein se mantiene como la pieza de referencia universal del periodismo de investigación en el escándalo político más difundido y estudiado del siglo XX. A lo que debe añadirse la independencia de criterio y la valentía de la editora de The Washington Post, Katharine Graham, y del equipo de dirección del periódico para capear el temporal, apoyar a los periodistas y resistir todas las presiones.

La atmósfera de Washington

Cuenta Graham en sus memorias Personal History: “Durante estos meses, las presiones sobre el Post para parar y desistir fueron intensas e incómodas. Yo me sentía acosada. Muchos de mis amigos se quedaron perplejos con el enfoque de nuestras informaciones. Joe Alsop [un famoso columnista] me estaba presionando todo el tiempo. Y tuve un encuentro casual, penoso, con Henry Kissinger, justo antes de la elección. ‘¿Qué te pasa? ¿No crees que seamos reelegidos?’, me preguntó Henry. Los lectores también me escribían, acusando al Post de segundas intenciones, mal periodismo y falta de patriotismo”.

Nixon y Kissinger

Richard Nixon y Henry Kissinger, en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Kissinger fue el arquitecto del acercamiento diplomático a China y la URSS. El presidente viajó a Pekín en febrero de 1972 para entrevistarse con Mao Zedong y en mayo de mismo año firmó en Moscú los acuerdos SALT-1 con el líder soviético Leonid Breznev. En ambos casos, la iniciativa de la Casa Blanca disgustó a una parte de los equipos que en los departamentos de Defensa y Estado habían gestionado hasta la fecha la guerra fría. En no menor medida pesó sobre la Administración de Nixon la división entre los partidarios de acelerar el acuerdo para una salida honorable de Vietnam y quienes creían que había que mantener la guerra a pesar de la fractura social que había provocado. Estos últimos tenían a su favor la debilidad de la candidatura demócrata para las presidenciales de 1972: el senador George McGovern era combatido en el seno de su propio partido y sus promesas de salir de Vietnam a toda prisa no le hicieron despegar nunca en las encuestas.

El clima de rebelión en las filas demócratas era de tal naturaleza que se constituyó una asociación llamada Demócratas por Nixon, dirigida por John Connally, a la que se sumaron sobre todo demócratas del sur descontentos con las inquietudes sociales y las políticas de integración racial que defendía McGovern. La prueba definitiva de que el candidato demócrata estuvo siempre a merced de los acontecimientos fue el resultado que obtuvo el 7 de noviembre de 1972: solo ganó en Massachusetts y en el Distrito de Columbia; en los otros 49 estados el triunfo fue para Nixon.

Así pues, ¿debía temer Nixon que alguien le moviera la silla? Lo único cierto es que cuando creció el escándalo y empezaron a caer sus colaboradores más próximos, el presidente apareció huérfano de apoyos. Tal como refleja el libro de Woodward y Bernstein Los días finales, Nixon experimentó la soledad de alguien dejado a su suerte por los poderes de facto y las instituciones, y eso multiplicó la fuerza de los demócratas de tal manera que en la votación del Senado que aprobó abrir el procedimiento de impeachment  (encausamiento), seis republicanos votaron a favor. “Nixon nunca tuvo a nadie a su lado, ni siquiera en sus mejores momentos. Era un profesional astuto, pero no le caía simpático a nadie; era la antítesis de Kennedy y su famosa empatía”, declaró años después de la dimisión de Nixon uno de los periodistas que siguió la campaña presidencial de 1972. El actor Anthony Hopkins reflejó hasta la angustia el estado de ánimo atormentado del presidente en su magnífico trabajo en Nixon, del director Oliver Stone.

El sistema, a prueba

El recorrido que siguió el caso Watergate de las páginas de los periódicos a los tribunales y el Congreso, así como la decisión final del presidente de dimitir para evitar el impeachment, dividió la opinión de los expertos en cuanto a la buena salud del sistema. Porque tan cierto es que el equilibrio de poderes respondió al desafío, como que todos los mecanismos de control efectivo del Ejecutivo fallaron y fueron por detrás de los acontecimientos revelados por la prensa hasta que el escándalo adquirió dimensiones de convulsión nacional. Es más, probablemente nada hubiese sucedido si el asalto a las oficinas demócratas se hubiese podido saldar con el enjuiciamiento de los cinco hombres detenidos el 17 de junio de 1972. El “robo de tercera” de Ronald Ziegler se hubiese consagrado como la versión oficial y única.

Nixon y Ford

Gerald Ford, poco después de haber sido nombrado vicepresidente por Richard Nixon.

“Si nos fijamos en la transformación en dos años en el contexto de Watergate, vemos la creación y la resolución de una crisis social fundamental, una resolución en la que participa la más profunda ritualización de la vida política. Para lograr ese status religioso, hubo una generalización extraordinaria de la opinión pública vis-à-vis con una amenaza política que se inició en el centro mismo del poder establecido”, ha escrito Jeffrey C. Alexander, profesor de Sociología en la Universidad de Yale en The meanings of social life. La afirmación de Alexander se corresponde tanto con la realidad como el hecho de que en la primavera de 1973, con el escándalo ocupando todos los canales informativos, la mitad de los estadounidenses admitían no tener conocimiento del caso Watergate o, peor aún, lo consideraban una invención de los periódicos. En consecuencia, no sentían mayor necesidad de que reaccionaran las instituciones ni tenían la sensación de que el sistema se enfrentara a una prueba de resistencia.

Si esto fue así hasta muy avanzados los acontecimientos, el perdón otorgado por Gerald Ford a su predecesor por cualquier asunto relacionado con las investigaciones y procesos abiertos en relación con el Watergate tampoco suscitó grandes controversias fuera del mundo académico y de la pugna partidista. Pero aún hoy persisten las dudas sobre la consistencia jurídica del perdón, que los constitucionalistas liberales estiman que fue una extralimitación de un privilegio presidencial –conceder indultos–, aplicable solo a condenados. Nixon estaba lejos de haber sido formalmente condenado –dimitió para no ser encausado– y, por lo tanto, la decisión de Ford suscita todo tipo de reservas.

Nadie discute a Ford que con su atrevimiento legal evitó que las secuelas del escándalo Watergate se eternizaran y perturbaran el funcionamiento de las instituciones. Si los tribunales ordinarios hubiesen podido seguir con alguna forma de enjuiciamiento que afectara a Nixon, por ejemplo a partir de las pruebas obtenidas contra él en causas seguidas contra sus colaboradores, el trauma nacional se habría prolongado y los efectos políticos habrían sido devastadores. Si la guerra de Vietnam y la dimisión de un presidente fueron en gran medida la definitiva pérdida de la inocencia de la sociedad estadounidense, como tantas veces se ha dicho, llevar a Nixon ante el juez hubiese resultado demoledor para la confianza de los ciudadanos en el sistema.

¿Cómo era Nixon?

Hay algunos momentos en la vida de Richard M. Nixon que permiten sacar alguna conclusión acerca de su personalidad, pero en general su perfil es indescifrable. Woodward y Bernstein afirman al final de su artículo del día 8 de este mes: “Su odio provocó su caída. Nixon captó aparentemente esa idea, pero fue demasiado tarde. Él se había destruido a sí mismo”. El propio Nixon admitió en 1977, en su famosa entrevista por entregas con el periodista David Frost, que dijo no “en un primer momento a cometer el delito de obstrucción a la justicia”, pero acto seguido se exoneró de cualquier responsabilidad futura con una afirmación del todo discutible: “La dimisión fue un impeachment voluntario”. Con los años porfió para que arraigara la idea de que se había exagerado la gravedad del caso y gozó de una sorprendente rehabilitación pública sin que, por los demás, admitiera nunca que quiso situarse más allá de la ley y del orden institucional.

TWP

Portada de 'The Washington Post' del 9 de agosto de 1974 que da cuenta de la dimisión de Richard Nixon.

Quizá la idea del personaje permanentemente disgustado consigo mismo y con todo el mundo resuma el rasgo más característico de su personalidad desde que empezó su carrera política. El hijo de un modesto agricultor de Yorba Linda (California) se sintió siempre como un outsider incluso cuando llegó a la Casa Blanca, el vicepresidente que suplió con eficacia las ausencias de Dwight D. Eisenhower (1953-1961) debidas a achaques de salud fue superado por el don de gentes y la brillante oratoria de John F. Kennedy en la campaña de 1960, el correoso abogado educado en la lógica del derecho dio su consentimiento a las peores prácticas, pero en la hora de la despedida, la mañana del 9 de agosto de 1974, pronunció un discurso intimista en el transcurso del cual recordó a su padre.

Al día siguiente, un periodista escribió que en su último día en la Casa Blanca Nixon se mostró tan “incómodo y forzado” como en los cinco años y medio anteriores. Sin embargo, aquellas palabras improvisadas del adiós, rodeado de su familia, no estuvieron exentas de cierta patética grandeza: “Recuerdo a mi padre –dijo–. ¿Sabéis qué era? Al principio, conductor de tranvías, después granjero y más tarde propietario de un limonar. Os aseguro que aquel era el limonar más pobre de California. Lo vendió antes de que descubrieran petróleo en el terreno”. La sonrisa forzada de aquellos últimos minutos en la Casa Blanca fue parecida a la que siempre mostró en sus comparecencias públicas, demasiadas veces gélidamente distantes, como la de aquella rueda de prensa posterior a la dimisión de sus ayudantes John D. Haldeman y H. R. Ehrlichman –“dos de los mejores funcionarios públicos que he tenido el privilegio de conocer”–, el 30 de abril de 1973. Quiso ser irónico y mantenerse distendido, pero pareció altivo y desafiante a los periodistas que se encontraban allí. “Caballeros, hemos tenido nuestros desacuerdos en el pasado, y espero que me traten pésimamente cada vez que me equivoque”, soltó Nixon. Nadie rió.

Cuatro décadas después de que se representara el primer acto de aquel gran fresco de las alcantarillas del poder que fue el caso Watergate parece tan irrefutable que Nixon violentó las más elementales normas de la prudencia política, la contención y el respeto a la ley como que, en el ambiente enrarecido y adverso que nunca le abandonó, tomó decisiones similares a las de muchos de sus predecesores y sucesores, pero pagó por ello un precio que otros eludieron. “El que es elegido príncipe con el favor popular debe conservar al pueblo como amigo”, escribió Maquiavelo. Nixon nunca lo logró.

Los nombres del ‘caso Watergate’.

Libros:

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Todos los hombres del presidente. La primera edición en español data de septiembre de 1974 y apareció con el título El escándalo Watergate (Editorial Euros).

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Los días finales. La primera edición en español data de octubre de 1976 (Editorial Argos).

LEWIS, Chester y otros: Watergate. Aymá Editores. Barcelona, junio de 1974. Elaborado por el equipo de reporteros del dominical de Londres Sunday Times.

WOODWARD, Bob: El hombre secreto. Inédita Editores. Barcelona, noviembre del 2005. Incluye al final el texto de Carl Bernstein La valoración de un periodista.

Películas:

Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula. 1976.

Nixon, de Oliver Stone. 1995.

Frost/Nixon, de Ron Howard. 2008.