Rusia regresa a las esencias

Las maniobras de la OTAN en Polonia han dado renovados bríos al léxico de la guerra fría, tantas veces enterrada. Frente a la idea más común de que la atmósfera de recelos y confrontación entre el Este y el Oeste se desvaneció en el momento en que la URSS dejó de existir y el modelo occidental ganó el envite, se alza la realidad: la reaparición de formas bastante abruptas en las relaciones de dos mundos poco o nada reconciliados. Frente a la estrategia de la OTAN de llevar sus fronteras hasta el límite occidental de Rusia se alza el renacimiento de un nacionalismo ruso que otorga a Vladimir Putin los atributos de guía predestinado que en el pasado, por diferentes razones, fueron patrimonio de los grandes líderes de la consolidación de Rusia, primero, y de la URSS, después.

¿O no hubo tal consolidación y el universo ruso no dejó de emitir señales de debilidad incluso en sus periodos más resplandecientes? Esa es la tesis que sostiene Stephen Kotkin, profesor de las universidades de Princeton y Stanford, en el último número de Foreign Affairs, idea reforzada a partir de diciembre de 1991 por una menor influencia a causa del desmoronamiento soviético, la pérdida de territorios, la adhesión a la OTAN de los antiguos aliados y de las pequeñas repúblicas bálticas (antes parte de la URSS), la frecuente marginación en las crisis internacionales y, en última instancia, por las dificultades económicas derivadas de las sanciones impuestas por Occidente y por el hundimiento de los precios del petróleo. Pero también por la sensación de vulnerabilidad o de acoso provocada por el despliegue del escudo antimisiles, por su relativa incomparecencia en las crisis encadenadas en Oriente Próximo hasta que decidió intervenir en Siria y por su ausencia de Asia central, salvo unas pocas bases militares.

Si es una constante histórica de Rusia por los menos desde Pedro el Grande (siglos XVII y XVIII), sino antes, que se pregunte a sí misma cuáles deben ser sus límites, hoy es cada vez más frecuente plantear una segunda incógnita: ¿a partir de qué momento la seguridad del país está en juego? Que en ambos casos el nacionalismo sea el punto de partida ideológico no quita importancia a esa especie de duda existencial permanente que Putin ha puesto al día y que su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, ha resumido en una sola frase: “No ocultamos nuestra actitud negativa al movimiento de infraestructura militar de la OTAN hacia nuestras fronteras y a la inclusión de nuevos estados [Suecia, Finlandia y Ucrania] en la actividad militar del bloque”.

No es menor la importancia de la OTAN en la configuración de ese escenario de referencia. Desde la anexión de Crimea por Rusia y la guerra en Ucrania, ahora en fase letárgica, el cálculo de riesgos elaborado por Estados Unidos y sus aliados se concentra en las tres repúblicas bálticas y en el flanco sur. Ese es el análisis de los generales que, al mismo tiempo, niegan que el escudo antimisiles debilite la capacidad de disuasión del arsenal estratégico ruso (armas nucleares), una opinión diametralmente diferente a la manifestada por los analistas del Kremlin.

El multilateralismo practicado por la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama tampoco es ajeno al éxito de Putin como defensor de las esencias, de una determinada concepción de la Rusia eterna o de la santa Rusia, citada a menudo por el clero ortodoxo y bendecida por él. Con razón o sin ella, los dirigentes rusos se han sentido marginados en la revisión del sistema de relaciones internacionales, han recordado la debilidad enfermiza del país en tiempos de Boris Yeltsin y su repliegue de todas partes y a toda prisa y han optado por prometer a la opinión pública que la Rusia inexpugnable está de vuelta. Favorecido todo por un fenómeno de despolitización de la calle, que acepta sin asomo de duda un proyecto de renacimiento nacional que, por lo demás, debiera ser compatible con una economía aquejada de anemia y minada por la corrupción. “Ahora las autoridades creen que no tienen necesidad de cambiar sus políticas a no ser que la popularidad de Putin caiga dramáticamente. Pero es precisamente su profunda aversión a cambiar lo que mantiene altos estos índices”, ha escrito Gleb Pavlovsky en The Moscow Times.

Al mismo tiempo que no son pocos los análisis relativos a la viabilidad futura de la política de Putin, una sociedad conservadora y que en el pasado se sintió humillada cree llegado el momento de recuperar el tiempo perdido, y esa nueva guerra fría o diplomacia fría con Occidente le parece la mejor señal de que el presidente hace lo debido. Los éxitos alcanzados por la aviación rusa en apoyo del régimen de Bashar al Asad, el derribo de un caza que violó el espacio aéreo turco, las medidas anunciadas por Lavrov, aunque no detalladas, para contrarrestar las maniobras en Polonia son episodios que dan pie a una permanente política de las emociones y evitan hacer frente a datos tan definitivos y determinantes como que el PIB nominal ruso equivale a la trigésima parte de los 36 billones de dólares que suman Estados Unidos y la Unión Europea.

“Rusia lleva razón al pensar que la posguerra fría fue desequilibrada, incluso injusta. Pero no fue a causa de ninguna humillación intencionada o traición. Fue el resultado inevitable de la victoria decisiva de Occidente en la contienda con la Unión Soviética. En una rivalidad multidimensional global –política, económica, cultural, tecnológica y militar–, la Unión Soviética perdió en todos los ámbitos”, subraya Stephen Kotkin. Pero son justamente los desequilibrios que llevaron a la humillación, fuese o no intencionada, los que han permitido a Putin ser la última encarnación del nacionalismo y han animado a los nuevos teóricos del eurasianismo, doctrina o escuela que ni considera europea ni asiática la cultura rusa, sino una fusión de ambas. Lo que lleva directamente a considerar acuciante la necesidad de que la relación de Rusia con su entorno no se atenga a la lógica europea, sino que sea independiente de esta y le discuta la hegemonía. Con maniobras o sin ellas; vaya la economía mejor o peor.

Rusia, condenada a una crisis

“Si Rusia no empieza hoy su modernización, corre el riesgo de convertirse mañana en un país del Tercer Mundo”, vaticinó en el 2012 el analista IgorYurgens. Dos años antes, varios líderes políticos, exdirigentes de la Unión Soviética, economistas y empresarios habían dado público apoyo a un proceso de modernización acelerada de la economía rusa, excesivamente dependiente de la exportación de energía y, por esa razón, de las fluctuaciones de un mercado sometido o influido a todas horas por los vaivenes de la política. La caída de los precios del petróleo a finales de 2008 puso en evidencia la debilidad de los países dependientes del monocultivo del petróleo, fuente principal de los ingresos en dólares, y hoy como ayer vuelven a cernirse sobre la economía rusa los peores presagios –la caída en picado del rublo, la escalada inflacionista y la contracción del mercado interior–, agravados por las sanciones de Occidente a causa de la crisis de Ucrania.

En realidad, el rosario de datos concatenados que determinan las dificultades de la economía rusa revelan hasta qué punto es esta vulnerable. No solo porque carece de alternativas rentables e inmediatas para compensar el efecto de las sanciones impuestas por Occidente, sino porque está a merced de las fluctuaciones del precio del petróleo, que está condicionado por la capacidad de producción y distribución de la OPEP y la acumulación de reservas en todo el mundo. Por utilizar la terminología al uso, Rusia tiene una muy limitada capacidad de resistencia, aunque durante la presidencia de Dmitri Medvédev, gracias al buen momento de las relaciones ruso-estadounidenses, la impresión fuese otra.

Según un artículo de William E. Pomeranz distribuido por la agencia Reuters, “la espectacular caída del precio del petróleo supone un descenso de las rentas del Estado y menos dinero para los ambiciosos proyectos de gasto militar y social de Putin”, que debe unirse a la fuga de capitales, cuya cuantía es imposible calcular. En cualquier otro escenario que no fuera el ruso, se diría que se dan las condiciones para una crisis social o, al menos, hay el riesgo cierto de que se produzca, pero en el proceso de rearme moral colectivo emprendido por el Kremlin a raíz de la crisis ucraniana y del consiguiente distanciamiento de Estados Unidos y de la Unión Europea, es posible que, a pesar de los pesares, siga influyendo más el reflejo nacionalista que el efecto inmediato de la crisis económica.

Eso es, al menos, lo que daban a entender las encuestas de hace solo un mes, que otorgaban a Putin un índice de aceptación de alrededor del 80%. Cosa distinta es que el restablecimiento de la grandeza de Rusia como gran potencia sea viable sin una economía que no dependa solo de las fluctuaciones del precio del petróleo y de la exportación de gas. Porque cuando la propaganda rusa amenaza con buscar otros clientes para sustituir a los recelosos europeos, oculta un dato: solo China puede compensar una disminución significativa de las ventas en el mercado europeo, como ha entendido Vladimir Putin, que ha firmado acuerdos de suministro con los gobernantes chinos que empezarán a aplicarse en el 2018. E incluso así, la falta de acuerdo para el gaseoducto South Stream, que debe conectar la red rusa a la de la UE por Bulgaria después de cruzar el lecho del mar Negro, daña sin remisión la política de ventas diseñada por Gazprom, la primera empresa rusa, para evitar el paso del combustible por Ucrania.

De ahí a concluir que la decisión de la OPEP de mantener la producción –30 millones de barriles diarios– está relacionada con la situación de Rusia media solo un paso. A pesar de los datos que reflejan una caída del consumo, un aumento de las reservas y un descenso de las importaciones en Estados Unidos a raíz de la explotación de los yacimientos de esquisto, indicadores todos ellos que aconsejarían una disminución de las extracciones, la reacción ha sido justamente la contraria y el barril de Brent se ha situado por debajo de los 70 dólares –llegó en junio a los 115 dólares–, con grave perjuicio para monocultivadores de energía como Venezuela o Irán, sin otro producto que exportar, o para aquellos con una presencia muy limitada en otros campos, caso de Rusia. Dicho de otro modo: la decisión impuesta a la OPEP por Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo es hija seguramente de la determinación de Estados Unidos y sus aliados de presionar indirectamente a Rusia sin sufrir o afrontar el desgaste político de un nuevo motivo de tensión después del de Ucrania.

Hay en este relato ingredientes suficientes para vislumbrar una nueva guerra fría posmoderna en la que ya no cuentan tanto la ocupación de áreas específicas, con la consiguiente parafernalia nuclear y la rivalidad entre modelos económicos diferentes, sino el recurso a la economía global para domeñar voluntades. La economía rusa dejó de ser, con el hundimiento del bloque socialista, la isla no contaminada o no relacionada con la red de intereses de la economía occidental, y no puede sostener por tiempo ilimitado la situación actual so pena de aceptar un empobrecimiento acelerado de la clase media surgida de las privatizaciones, las inversiones extranjeras y la exportación de energía como instrumento casi exclusivo para financiar la modernización del país. Las compras de propiedades hechas en dólares y euros, que son ahora inasumibles a causa de la devaluación incesante del rublo hasta perder un 40% de su valor, constituyen el ejemplo más llamativo de una situación que puede llegar a ser insostenible para el grupo social que ha asentado en el poder el nacionalismo encarnado por Putin.

En el trabajo Rusia en el siglo XXI. Una visión para el futuro, del año 2010, varios autores insisten en que las élites no lograron llevar a la práctica el programa de modernización necesario para no ser un país diferente. Pero enseguida surgió en aquel entonces la respuesta del bando contrario a cambiar las coordenadas políticas rusas con el argumento harto discutible de que los fracasos en materia económica no significan que sea necesario un cambio en el sistema. Por el contrario, el artilugio constitucional que llevó a Medvédev a la presidencia para permitir luego el regreso de Putin al frente del Estado se entendió como una garantía de progreso, cuando en la práctica cegó las vías de acceso a cambios políticos significativos, a la alternancia en el poder de diferentes opciones y a la competencia entre programas. Que esto fuese útil en un primer momento, final de la década de los 90, para atajar la decadencia sin remisión de la Rusia de Boris Yeltsin no significa que lo sea ahora para guardar los estandartes en el cuarto de banderas, abordar la crisis ucraniana con realismo y dar con una solución equilibrada que no sea una claudicación, pero que permita acabar con la incertidumbre de una economía en caída libre.

Es posible que en algún momento pensara Putin que podía derrocar al Gobierno de Ucrania, como ha escrito Paul Krugman, pero tal ensoñación se desvaneció en cuanto se multiplicaron en Occidente los valedores del Gobierno de Kiev. Se trató de un gesto lleno de oportunismo, de un desafío a la convicción de Putin de que sólo él tiene derecho a mantener ordenado y a su conveniencia el vecindario más inmediato, pero fue un acontecimiento decisivo para consagrar la división ucraniana, hacer de la guerra una enfermedad crónica y abrir un paréntesis para reflexionar. Lo que se cruzó luego en el camino del presidente ruso fue el cambio acelerado en el mercado de la energía, la falta de alternativas para cobrar en otros caladeros los dólares de menos obtenidos en los yacimientos de gas y petróleo.

Aun así, no creía Krugman este último verano que se diesen en el libro de ruta de las finanzas globales las condiciones necesarias para la concreción de una nueva guerra fría. Aludía el economista a la probada capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de situaciones, pero, y siempre hay un pero, en aquel tan cercano como lejano último agosto no ensombrecía las murallas del Kremlin la densa nube de la crisis social que ahora se teme o se presiente. Y Occidente no estaría libre de culpa si se cumpliera la sabia creencia de que cualquier situación siempre es susceptible de empeorar.

La decadencia del Este derrumbó el Muro

Basta cotejar el mapa político de Europa del 9 de noviembre de 1989 y el del presente para calibrar las dimensiones del cambio en el continente desde la caída del Muro de Berlín, hace un cuarto de siglo. Todo cuanto hoy es Europa, todo cuanto condiciona el funcionamiento de Europa para lo bueno y para lo malo remite a aquel cambio que zanjó la guerra fría, al menos en su forma más genuina, acabó con la bipolaridad, enterró a una superpotencia, la Unión Soviética, y liquidó la trama de alianzas que encabezó en la Europa del Este. La inviabilidad de la economía planificada, convertida en un sistema esencialmente ineficaz, y la presión permanente de Estados Unidos mediante el desarrollo de nuevos sistemas de defensa, con las tecnologías de última generación creciendo exponencialmente, llevó a la decadencia y a la inanidad el experimento soviético poco más de setenta años después del triunfo de la revolución de octubre.

Ciudadanos de los dos sectores de Berlín, en el Muro la noche del 9 de noviembre de 1989.

De forma que es posible afirmar que el Muro cayo tanto por la presión popular en la República Democrática Alemana, extensión de la movilización de las opiniones públicas polaca, checa y húngara, por citar las más dinámicas en 1989, como por la imposibilidad práctica de Mijail Gorbachov de administrar sin grandes pérdidas la herencia recibida. Fracasados todos los planes de reforma habidos y por haber, el líder soviético no pudo más que asumir que para la superpotencia nada sería como antes, que aquella pretensión suya de modernizar el sistema sin renunciar al socialismo se hallaba en un callejón sin salida. El aviso que dirigió semanas antes del hundimiento a Erich Honecker, penúltimo presidente de la República Democrática Alemana, de que quienes no se adaptaran a los cambios serían finalmente derrotados, se cumplió en todos sus extremos. Cuando la noche del 9 de noviembre de 1989 los berlineses del sector oriental cruzaron el Muro, el establishment reformista soviético había aceptado que no cabía oponer resistencia a la unificación alemana; la decadencia había minado al Estado.

Pero la caída del Muro y la unificación poco menos que inmediata de Alemania requirieron de dos compromisos cuyas repercusiones llegan hasta nuestros días. El primero fue la promesa hecha a los soviéticos por el presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, de que la frontera oriental de la OTAN, unificada Alemania y convertidos los demás países del Pacto de Varsovia a la economía de mercado, nunca alcanzaría el límite occidental de la URSS. El segundo fue la aceptación por Francia de la unificación alemana, que el presidente François Mitterrand veía con recelo, a cambio de que el Gobierno del canciller Helmut Kohl aceptara acelerar la unión monetaria en la entonces Comunidad Europea, lo que llevaba aparejada a la larga la desaparición del marco y la creación de una moneda única. Esos dos compromisos fueron las dos piedras sillares sobre las que se levantó el edificio de la unidad alemana sin grave riesgo para la estabilidad de Europa.

Jóvenes de Berlín Occidental derruyen el Muro la mañana del 10 de noviembre de 1989.

Cuando el presidente de Rusia, Vladimir Putin, se remonta a las promesas de 1989 para oponerse sin matices a la atlantización de estados como Georgia (verano del 2008) y Ucrania (ahora mismo), se comporta como un líder poco sutil, pero que aprendió la lección del desbarajuste y el arrinconamiento de su país durante la presidencia de Boris Yeltin en la década de los noventa. Porque en la Rusia de hoy, la de los oligarcas y la del capitalismo desbocado, es mayoritaria la opinión de que detrás de la occidentalización a toda máquina de las economías de las exrepúblicas soviéticas asoma la progresión territorial de la OTAN, tal como sucedió en el inmediato pasado con los antiguos socios del Pacto de Varsovia y del CAME –mercado común del bloque socialista–, y con los estados bálticos que un día formaron parte de la URSS.

De la misma manera que la unificación llevó aparejado el reconocimiento explícito por Alemania de la línea Oder-Neisse como frontera oriental inamovible de Polonia, y se enterró el debate sobre la pertenencia a Polonia de Pomerania, Silesia y Prusia Oriental, los herederos históricos de la URSS entienden que siguen vigentes las condiciones por las que Rusia dejó de oponerse a la caída del Muro. Incluso hoy con más motivo que ayer porque la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Polonia y la República Checa es un factor de debilitamiento objetivo del sistema de defensa ruso. Y, en cierta medida, la OTAN comparte el análisis habida cuenta de que en el 2008 no hizo ningún gesto significativo para salir en defensa de Georgia, arrastrada a un desafío imposible ante Rusia por el presidente Mijail Saakashvili, que no solo cometió un error de cálculo descomunal, sino que vio como Abjasia y Osetia del Sur se desgajaban de su pequeño país.

Incluso quienes como el fallecido historiador Tony Judt sitúan la última oportunidad política de los regímenes marxistas de Europa en 1968, durante la breve primavera de Praga, admiten que en los siguientes 15 años, con todas las carencias que se quiera, la URSS mantuvo el estatus de superpotencia y las debilidades genéticas del sistema no salieron a la superficie hasta que Gorbachov abrazó el realismo y renunció a la propaganda. De la misma manera que la euforia desatada en Occidente por la caída del Muro, analizada sobre el terreno por autores como el británico Timothy Garton Ash, dio paso también a la realidad de las dificultades para mantener básicamente sin cambios el mapa estratégico de Europa, aquel reparto de papeles entre los dos bloques que la lógica de la guerra fría consagró como sistema. Quizá por eso se habla ahora de una segunda guerra fría o de una guerra fría de nuevo cuño, porque en muchos de los gestos de Putin y en muchas de las reacciones de sus adversarios se adivina el recuerdo del funcionamiento de Europa antes del final del Muro.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

Un cuarto de siglo después de aquel momento, con Alemania convertida en la potencia que dicta las reglas en el seno de la Unión Europea e inversiones estratosféricas del sistema financiero alemán en la economía emergente rusa, lo que se da por descontado es que no se volverá a una situación de coexistencia, pero no de convivencia. A pesar de las sanciones en vigor, a pesar de que el conflicto en Ucrania adopta el perfil de una enfermedad crónica, la trabazón de ambos mundos en el seno de la economía global neutraliza algunos riesgos mayores. Aunque Tony Judt lamentó en Pensar el siglo XX la inclinación de los intelectuales a reflexionar acerca de si una política es eficaz o ineficaz en términos económicos, en vez de sopesar si es o no buena, las consecuencias de la ineficacia vividas en carne propia por la sociedad rusa, y la dieta impuesta a los alemanes desde los días del canciller Gerhard Schröder hasta los de Angela Merkel para digerir la unificación, hacen que sean justamente consideraciones económicas las que alejan el espectro de la confrontación y la vuelta a la coexistencia pacífica sin mayores atributos.

La distinción que establece Mark Malloch Brown, del World Economic Forum, entre los “estados de la seguridad económica” –China– y los “estados de la seguridad nacional” –Rusia– refuerza esta impresión relativamente optimista de que la mera coexistencia es insuficiente para que los engranajes no se atasquen. Porque, de acuerdo con el mismo modelo, la seguridad nacional es inviable sin la seguridad económica y viceversa, incluso admitiendo los síntomas de crisis que arrojan los estados-nación como entidades encargadas de redistribuir la riqueza, prestar servicios y cohesionar a la comunidad. Es decir, el desmoronamiento del bloque del Este, con la caída del Muro de Berlín como referencia del proceso, y la unificación Alemana como dato inmediato del triunfo de Occidente frente al proyecto soviético dieron lugar a una nueva situación en la que las interdependencias son más determinantes que las rivalidades. Quizá el acuerdo gasista de Rusia y Ucrania, mientras sigue la guerra, sea el ejemplo más inmediato e ilustrativo de la realidad más allá de los campos de batalla.

O puede que más acá, pues el final de la guerra fría liquidó un sistema con mecanismos de control mutuo a un lado y otro de la divisoria del Este y del Oeste, y lo que en principio se aventuró como un mundo más seguro y más estable dio en resultar uno menos seguro y menos estable. Y en ese mundo diferente al esperado porque está lejos de haberse consolidado como sistema con un código de señales reconocible que establezca pautas para gestionar los momentos de crisis, el único espacio que parece sistematizado y ocupado en mantenerse incólume es el de la economía global, sean cuales sean los costes sociales que lleva asociados. Claro que si las cosas son así, cobra todo su sentido la opinión expresada por Tony Judt sobre la orientación de un mundo globalizado: “El efecto de la predominancia del lenguaje económico en una cultura intelectual que siempre ha sido vulnerable a la autoridad de los expertos ha actuado como freno sobre un debate social más fundamentado en lo moral”. Y el freno sigue echado.

 

 

Paraísos perdidos en Ucrania

Al cumplirse un siglo del inicio de la primera guerra mundial y observar el état d’esprit de los europeos que el verano de 1914 sintieron que la tierra se hundía bajo sus pies, se comprende por qué cuatro años más tarde cundió la impresión de que, hasta el primer cañonazo, el continente era un paraíso, perdido para siempre en los campos de batalla. El escritor Henry James, con 70 años cumplidos, vio en cuanto sucedía “un colapso de nuestra civilización”. Mientras se alzaban algunas voces para alertar de la tragedia, se desbocó la emotividad, la defensa de la nación, la lucha por preservar la identidad propia por encima de cualquier otra consideración. Nadie era capaz de explicar muy bien cómo se había llegado a aquella situación explosiva, pero el entusiasmo y la fe en la victoria se adueñaron de las multitudes hasta que la guerra de las trincheras, los millones de muertos, la destrucción de las ciudades y la quiebra económica revelaron la auténtica naturaleza de la catástrofe.

Hoy no hay uniones sagradas como la que alumbró en Francia la fe en la guerra y sumó al Gobierno lo mejor de la nómina política, incluido Léon Blum, sucesor en la dirección socialista de Jean Jaurès, asesinado en París el 31 de julio de 1914, cuando la guerra iba por su tercer día. En nuestro tiempo, los nacionalismos agresivos son vistos con desconfianza, cuando no con temor. La lección de la segunda guerra mundial y la construcción de la Unión Europea han sofocado las rivalidades entre estados. Nadie, en fin, está dispuesto a subir a la tribuna para pronunciar un discurso incendiario que apele a las armas, pero Europa está lejos de disfrutar de la paz perpetua kantiana, puesta al servicio de la prosperidad y de la buena marcha de los negocios.

Henry James vio en el estallido de la primera guerra mundial “un colapso de nuestra civilización”. Retrato del escritor pintado en 1913 por John Singer Sargent.

Como ha subrayado estos días Timothy Garton Ash, profesor de la Universidad de Oxford, el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania adquirió una dimensión mundial –“estamos ante una amenaza contra todo el orden internacional”– en el momento en que un misil derribó el vuelo MH-17 y segó la vida a 298 personas que viajaban de Amsterdam a Kuala Lumpur. El orden de magnitud de la crisis ucraniana creció de tal forma que una vez más los problemas de Europa pusieron en guardia al resto del planeta, y adquirió todo su sentido el temor expresado por algunos laboratorios de ideas estadounidenses de que la pasividad o la contención europeas pueden agravar el conflicto. Y en esas estamos. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, entre tanto, se encuentra ante el dilema de dar por perdido para su causa el este de Ucrania o aumentar su implicación con los secesionistas “hasta el punto de que será evidente para el resto del mundo que asistimos a una guerra entre Ucrania y Rusia”, como explica Andrew C. Kuchins en la web del Centro Internacional de Estudios Estratégicos.

Aunque nada es seguro en una atmósfera tan volátil como la de las relaciones entre Occidente y Rusia, no es desmesurado esperar que alguna consecuencia de calado tendrá el derribo del avión. Si no fuese así, los riesgos futuros serían mucho mayores que los del presente porque la comunidad internacional dejaría impune un crimen que alimenta los peores sentimientos a un lado y otro del conflicto. La falta de acción ayudaría a incubar el huevo de la serpiente –euroescepticismo, nacionalismos desbocados, agravios comparativos, ensoñaciones panrusas, añoranza del pasado, crisis energética y muchos etcéteras– y a decepcionar a una opinión pública asustada y a la vez indignada por el derribo del avión de Malaysia Airlines.

En la muerte de 298 inocentes no hay sitio para un desenlace prefabricado que deje a salvo a todos los actores determinantes de la situación en el este de Ucrania. Si así fuera, si el objetivo fuese construir un relato de lo sucedido tan improbable como tranquilizador, habría que girar la vista un siglo atrás para contemplar hasta qué punto el falseamiento de la realidad puede empeorar las cosas. Aunque la primera guerra mundial fuese una guerra de elección, por aplicar a la contienda el léxico hoy en vigor, lo cierto es que los adversarios reunieron la suficiente masa crítica de agravios sin solución, tensiones territoriales, rivalidades económicas, nacionalismos exacerbados y falta de realismo como para llegar al día D convencidos de que todas las respuestas estaban en el campo de batalla. Acaso como sucede en nuestros días en Ucrania entre una parte de la nación que mira a Occidente, porque persigue el sueño de la prosperidad, aunque requiera someterse a los dictados de la economía global, y otra que echa en falta aquellos tiempos de la existencia de la URSS en los que Ucrania era una de las piezas de una entidad política de influencia planetaria que coadministraba con Estados Unidos los destinos del mundo.

El profesor Timothy Garton Ash sostiene que “estamos ante una amenaza contra todo el orden internacional”.

Para los ucranianos que hablan ruso y sueñan en el pasado, la URSS es el paraíso perdido en el que, además, nadie impugnaba el uso de su lengua y la proyección de su cultura. Para el nacionalismo ruso que encarna Putin, sigue en vigor el principio según el cual los límites de Rusia llegan hasta donde se habla ruso. Ambos sentimientos se complementan y constituyen la piedra sillar sobre la que se asienta la sublevación de los ucranianos de estirpe rusa; en ambos discursos hay dosis desmedidas de populismo, pero son de una eficacia manifiesta y quienes mejor los entienden –utilizan– son los diferentes nacionalismos europeos que reclaman un castigo ejemplar a Rusia y sus protegidos y, de paso, acuden a Bruselas con el único propósito de demostrar que la UE no es más que un proyecto inviable que atenta contra los derechos históricos de las naciones a escribir su futuro.

Pudieran enumerarse más ingredientes para completar el cuadro de riesgos que agavilla la crisis ucraniana, pero con una muestra es suficiente para comprender que no es poco lo que está en juego en términos de seguridad colectiva y equilibrio de poder entre las dos Europas. Estamos ante la rapidísima liquidación de un proyecto vislumbrado por Occidente que incluía el sometimiento de Rusia a sus designios, debilitada la gran nación por la quiebra del comunismo y una economía desvencijada. Incluso el tipo de sanciones estudiadas estos días por la UE, encaminadas a dañar el aparato económico ruso, remiten a esa idea solo cierta en parte de que los desafíos de Putin son los de un nacionalista con pies de barro. Pero desde la debilidad de la Rusia surgida del desmembramiento de la URSS –tiempos de Boris Yeltsin– a la república de los oligarcas que administra Putin hay un corto y a la vez intenso recorrido histórico que ha engranado los intereses rusos con los de la economía global, ha vinculado la banca y la industria alemanas a la economía rusa y ha hecho de Gazprom, sin comparación posible, el primer exportador de energía.

Esa realidad pone en peligro el empeño europeo de no diluir en los asientos contables de las multinacionales la indignación por la suerte corrida por el vuelo MH-17. De la misma manera que permite albergar toda clase de dudas en cuanto a la disposición de poner barreras a la exportación a Rusia de tecnologías de doble uso como sucedía en el pasado –tiempos de la guerra fría–, cuando el tratado Cocom, suscrito por los socios de la OTAN, prohibía la exportación al Este de toda mercancía de uso a la vez civil y militar. ¿O es que la guerra fría es otro paraíso perdido en donde la seguridad quedó garantizada a partir de octubre de 1962 –crisis de los misiles de Cuba– y resultaba más fácil la gestión de cualquier imprevisto sin comprometer la seguridad mundial? ¿Acaso hay que echar de menos aquel tajante reparto de papeles entre Estados Unidos y la URSS, que desviaban sus disputas hacia conflictos regionales que garantizaban la paz a las superpotencias y a sus aliados más próximos?

El escritor Albert Camus compartió con muchos la opinión de que “los mitos tienen más poder que la realidad”.

“Los mitos tienen más poder que la realidad”, decía el escritor francés Albert Camus, y puede que en el ánimo de muchos ucranianos rusohablantes el mito de los bienes prodigados por el pasado soviético, reflejado por Marc Marginedas en una información publicada por EL PERIÓDICO, pese más de lo que en realidad fueron aquellos tiempos. Porque esa realidad pasada, aunque no tan lejana, se atiene a otra sentencia de Camus: “He comprendido que hay dos verdades, una de las cuales jamás debe ser dicha”. Esa verdad que debe permanecer oculta permite realzar la otra, la que ahora conviene a la causa de los separatistas ucranianos y del nacionalismo de Putin: que la comunidad rusa, protegida por la URSS, dejó de estarlo al independizarse Ucrania y, en consecuencia, es deber de Rusia acudir al rescate de los agraviados. ¿Es posible encajar esa política de las emociones en la obligación inexcusable de esclarecer quiénes derribaron el avión? Y, si no lo es, ¿cabe temer una burda mixtificación de la realidad para que no zozobre la nave de los intereses creados y siga su curso hasta alcanzar las costas del paraíso de la economía global? ¿O, como dice Timothy Garton Ash, “debemos explicar con más claridad qué es legítimo” para afirmar luego, sin asomo de duda, que si la comunidad internacional, Rusia incluida, no es capaz de llevar ante la justicia a los canallas que derribaron el avión, la desvergüenza habrá suplantado a la política?

Putin exhibe músculo en Sochi

Los XXII Juegos Olímpicos de Invierno se han puesto en marcha en Sochi con la imagen omnipresente de Vladimir Putin, presidente de Rusia, y el doble propósito de consolidar a la gran nación en las autopistas de la economía global y de restaurar el orgullo deportivo colectivo que el hundimiento de la Unión Soviética hizo zozobrar. Los Juegos de Sochi son los de Putin, los de una operación urbanística y logística de alcance internacional y los de un despliegue de seguridad tan apabullante como intimidador. Como ha escrito Brian Cazeneuve en Sports Illustrated, “Sochi parece una fortaleza gigante”, aunque la organización insiste –¡qué remedio!– en que estos Juegos figurarán entre los que han contado “con una seguridad más amigable”, en palabras de su presidente, Dmitri Chernishenko.

Vista aérea del Bolshoi Dome.

Después de los atentados de Volgogrado de los días 29 y 30 de diciembre, perpetrados por fundamentalistas islámicos contra una estación de tren y un trolebús, que dejaron decenas de muertos, el Gobierno ruso decidió ampliar el sistema de seguridad sin dañar la imagen internacional de Putin. Este ha logrado transmitir a la opinión pública de su país, mediante un control manifiesto de los medios de comunicación y éxitos personales recientes –Ucrania, las negociaciones de la crisis siria y la rehabilitación de Irán–, que está en condiciones de ponerse a la altura de Estados Unidos, China y la Unión Europea como actor internacional con una influencia decisiva. Este mecanismo de engorde del orgullo nacional enmascara los desequilibrios de un crecimiento económico que ha dado pie a una trama de corrupción cada vez más tupida, ha mediatizado el pluralismo político de forma escandalosa y ha justificado con frecuencia la definición aplicada a Rusia de “virtual Estado mafioso”, expresión incluida en un despacho diplomático por John Beyrle, embajador de Estados Unidos en Moscú (2008-2012), que fue filtrado por Wikileaks en el 2010.

Lo que no ha logrado el culto a la personalidad de Putin es desvanecer las dudas sobre la rentabilidad de unos Juegos que se desarrollarán en buena parte en las pistas de Krasnaya Poliana, las preferidas por el presidente y hasta donde se desplaza a menudo en helicóptero desde una de sus residencias campestres. Ni los expeditivos métodos seguidos para expropiar terrenos donde construir las instalaciones ni el calendario de trabajos varias veces revisado han permitido que todo estuviese terminado el día D. Algunos periodistas y miembros de la familia olímpica no podrán alojarse en los hoteles que contrataron o que previamente les asignaron, el rodaje de algunas instalaciones ha sido poco más que simbólico y, sobre todo, se acumulan las dudas en cuanto a la utilización futura del complejo invernal. Que el Comité Olímpico Internacional multiplique los comentarios positivos es tan encomiable como lógico, pero es del todo insuficiente para contrarrestar la opinión muy extendida de que el gigantismo y la exhibición de músculo supera en Sochi cualquier precedente en unos Juegos de Invierno: 50.000 millones de dólares gastados para dejar al mundo sin habla.

Vladimir Putin, el mes pasado en Sochi con voluntarios olímpicos.

La desinhibición del orgullo nacional promovida por los Juegos –los de Sochi y cualesquiera otros– convive con la gran duda relativa a la oportunidad del coste de la operación en un país con bolsas de pobreza lacerantes, el riesgo permanente de fractura social, las minorías olvidadas de la periferia y la opacidad de un poder político-económico bajo sospecha permanente. Los Juegos Olímpicos se han celebrado en situaciones políticas de todas clases, frente a líderes del más variado pelaje –piénsese en Adolf Hitler (1936), en Leonid Breznev (1980) o en la China que acogió los Juegos del 2008–, sin que el acontecimiento perdiese brillo. Pero las exigencias democráticas son cada día mayores y la opinión pública no es tan acomodaticia como lo fue en otros tiempos. Dicho de otra forma: la imagen que de Putin tienen probablemente la mayoría de sus conciudadanos está lejos de ser lo tranquilizadora y positiva que conviene a una cita en la que se asocian deporte, juventud, espectáculo, política y economía. Antes al contrario, la foto fija de Sochi se antoja una metáfora de la autocracia rusa.

Estos son los días de Putin y su forma de entender la política. Al mismo tiempo, los Juegos son un gran negocio universal en cuyo seno cuentan tanto los balances contables como los egos nacionales reforzados por las victorias de los deportistas. Y esta regla de oro se cumple a rajatabla en todos los deportes de masas, sin que importen mucho otras consideraciones. La diferencia es que Putin ha planteado los Juegos de Sochi como un mecanismo sustitutivo de su legitimidad política, puesta en duda por los manejos constitucionales que le han permitido regresar a la presidencia, por la represión y encarcelamiento de sus adversarios, por el caso Pussy Riot, por las campañas contra los homosexuales, por el oportunismo de la amnistía de hace unas semanas y por un chauvinismo practicado a todas horas, como explica la profesora Nina L. Khrushcheva, del World Policy Institute.

El escritor ruso Boris Pasternak (1890-1960), mundialmente conocido por su novela ‘Doctor Zhivago’.

En este proceso de legitimación, Putin mira más hacia afuera que hacia dentro, porque en casa, en especial entre la población rusófona del Cáucaso, el presidente quedó políticamente justificado para siempre cuando encaró con determinación y mano dura la situación en Chechenia y Dagestán, primero, y en Osetia del Sur y Abjasia, después (estos dos territorios se declararon estados independientes –puede decirse estados títere– en agosto del 2008 al final de la corta guerra que enfrentó a Georgia con Rusia, cuando el presidente nominal era Dmitri Medvédev). El recuerdo inquietante de la presidencia de Boris Yeltsin, con el Estado al borde del colapso, sigue vivo en la memoria colectiva rusa, especialmente en aquellas regiones donde, a las penurias materiales, se sumó la sensación cotidiana de que su mundo se hundía de forma irremediable, sometido a la presión secesionista y a la yihad de quienes persiguen la entelequia de la instauración de un califato en el Cáucaso. Para muchos rusos, la angustia de aquellos tiempos llenó de significado una frase del gran escritor Boris Pasternak: “Pero todos sufrieron de un modo indescriptible, sufrieron hasta ese grado en que la angustia se transforma en enfermedad mental”. De tal manera que hoy apenas cuenta el resto de materiales que componen el relato cotidiano de la vida en Rusia, tan alejado del compromiso con la democracia y tan cercano a la adhesión incondicional al jefe.

Putin toma el camino de regreso al Kremlin

Manifestación en Moscú.

Concentración celebrada el 4 de febrero en Moscú por la oposición a Vladimir Putin.

Vladimir Putin prepara la vuelta a casa. Para quien a ojos de muchos de sus conciudadanos restauró la dignidad nacional y salvó a Rusia de la decadencia irrefrenable en los días de Boris Yeltsin, el Kremlin y el despacho de la presidencia son sus moradas naturales. Cualquier otro lugar -incluida la oficina del primer ministro, que ha ocupado durante cuatro años- queda muy por debajo de sus merecimientos. La tradición del zar predestinado se cumple de forma inexorable y, frente a las virtudes que lo adornan, cualquier otra consideración carece de valor. Claro que contra ese determinismo prelógico se levantan algunas voces, que a veces constituyen una multitud, y entonces chocan las élites gobernantes y las élites emergentes que quieren mejorar la calidad democrática del sistema.

Fareed Zakaria, editor del semanario conservador estadounidense Time, atisba señales de cambio, aunque también admite  el peso de la tradición. De acuerdo con esta última, se explica el interregno de cuatro años de Dmitri Medvédev en la presidencia del país, porque la teoría más extendida es que el Estado ha sido y es desde tiempo inmemorial propiedad de una élite ajena a las pulsiones de la sociedad. En cambio, a tenor de las protestas en la calle a partir del 4 de diciembre del 2011, posteriores a unas elecciones legislativas de una opacidad impenetrable, es precipitado suponer que Rusia cobija una sociedad adormecida: “Siempre ha habido una sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante, defensora de valores universales y de los derechos humanos. Se trata de la Rusia de Tolstoi y Pasternak, Sajarov y Gorbachov, y siempre ha creído que el destino de Rusia se encuentra en Occidente. Esta Rusia no ha muerto bajo Putin. De hecho, ha ido creciendo en silencio, pero con vigor, en la última década. En un artículo publicado en Journal of International Affairs, de la Universidad de Columbia, Debra Javeline y Sarah Lindemann-Komarova describen una Rusia en la que la sociedad civil tiene un impacto cada vez mayor. Hoy hay más de 650.000 organizaciones no gubernamentales en Rusia. Muchos de estos grupos no son abiertamente políticos, sino que desafian la autoridad gubernamental y sus decisiones -por razones ambientales, por ejemplo-, y algunas veces prevalecen”.

Lo cierto es que esta “sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante” ha de contrarrestar una coreografía de campaña en la que Putin ha mezclado la gesticulación del líder populista con los baños de masas, promesas de rearme para devolver a Rusia la potencia de fuego de los días de la Unión Soviética, un complot checheno para asesinarle descubierto in extremis e incluso una oferta gradilocuente para salvar a Europa de la decadencia, se supone que mediante los ingresos siempre en aumento del petróleo y del gas. En este ambiente, el Informe del estatus de la sociedad civil, elaborado en el 2008 entre oenegés que operan en Rusia, proporciona datos propios de una sociedad más dinámica de lo que se suele pensar: el 49% de las entidades consultadas respondió que influyen en las decisiones que toma el Gobierno; el 64%, que contribuyen a formar la opinión pública, y el 56%, que influyen en sus conciudadanos.

De ahí que no sorprenda que el título de un post escrito por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial sea Algo se mueve en Rusia. En el texto se recoge la pregunta por demás sugestiva formulada por Robert Service, una autoridad mundial en historia de Rusia: ¿estamos en los comienzos de la nueva revolución rusa? Habida cuenta de que es imposible una respuesta inequívoca, Madridejos se remite a los mensajes que envía la calle: “Resulta evidente que Putin y sus epígonos no han podido crear una Administración moderna y eficaz en el inmenso país, ni unas instituciones sólidas que canalicen las reformas sin temor al desbordamiento; pero un sistema liberal y democrático, parecido al de Europa occidental, no está inscrito en los augurios del futuro inmediato. La prudencia interpretativa es de rigor ante los últimos acontecimientos. Porque lo que ocurre en Moscú no puede extrapolarse al inmenso país, los resortes del poder son apabullantes y la pregunta retórica del profesor Service no tiene respuesta por el momento”.

La vuelta a casa -al Kremlin- de Putin contiene todos los elementos de un auto sacramental destinado a impresionar al país-continente con un poder inabarcable y paternal. De tal manera que lejos de los grandes centros urbanos, de los lugares que más han sentido la implantación del capitalismo a toda máquina, con su secuela inevitable de corrupción a todas horas y clientelismo político, la figura del zar protector sigue rindiendo intereses. Para esta mayoría silenciosa, alejadísima de los centros del poder, carece de sentido preguntarse por la conveniencia o no de un gobernante fuerte, de una presidencia fuerte, al estilo de lo sucedido en Francia en la campaña de las primarias del Partido Socialista. En estos ambientes está del todo justificado que Putin tenga en su despacho un retrato de Pedro el Grande, según publicó la revista Forbes.

Además, sigue vigente un pacto tácito entre una parte de los sectores sociales políticamente activos y el poder. Así lo han explicado en Foreign Affairs Maria Lipman, directora de Pro et contra, publicación de análisis que edita en Moscú el Carnegie Center, y Nikolai Petrov, politólogo de largo recorrido que colabora con la misma organización: “Durante años, las relaciones entre el Estado y la sociedad en la Rusia de Putin se rigen por lo que podría describirse como un pacto tácito de no injerencia. En muchos ámbitos -entre ellos sustituir cargos de elección popular con personas designadas-, con la introducción de restricciones que impiden los jugadores no deseados en el campo político, el Gobierno envió un mensaje implícito a la gente de que no debe inmiscuirse en los asuntos de Estado. A su vez, el Gobierno no interfirió en actividades individuales, y las clases creativas y empresariales del país disfrutaron de oportunidades bastante amplias para sentirse realizadas. De esta manera, el Gobierno y el pueblo vivieron en mundos paralelos. La clase política de Rusia no tuvo que preocuparse en rendir cuentas. La corrupción, la ilegalidad y el abuso de autoridad fueron omnipresentes, mientras que el desempeño del Gobierno fue cada vez más ineficaz. En los últimos años, las infraestructuras deficientes y las normas poco estrictas de seguridad han llevado a desastres de gran magnitud que han dejado cientos de muertos”.

El análisis de la situación que hace Gérard Fuchs, integrante de la Fundación Jean-Jaurès, en la órbita del socialismo francés, complementa el de Lipman y Petrov: “La situación social del país se desprende de forma bastante lógica de su situación económica. ¿Cómo invertir con continuidad en la educación, léase simplemente pagar regularmente los salarios de los profesores, con un presupuesto del Estado dependiente en gran medida de las fluctuaciones de los precios de las materias primas? ¿Cómo garantizar el poder adquisitivo de los jubilados? ¿Cómo desarrollar un sistema sanitario moderno? En este contexto no es sorprendente el ascenso de un voto comunista o nacionalista que refleja menos la nostalgia de una época superada que el rechazo de las desigualdades escandalosas”. Esto es: el equilibrio entre el poder y el segmento social más crítico y activo puede romperse ante la flagrante debilidad que muestra el Estado como prestatario de servicios a los contribuyentes.

Las preguntas de Fuchs no excluyen en ningún caso el triunfo de Putin. Porque a pesar de que encabeza su reflexión con un interrogante -¿Es posible una primavera rusa?- próximo al de Service, no soslaya un dato determinante: la primavera árabe, a la que parece aludir, solo se concretó en un movimiento popular después de un largo periodo de degradación del poder. En Rusia, la prosperidad del mercado energético y las inversiones occidentales constituyen un espectacular muro de contención.