Peronismo en estado puro

La nacionalización de YPF permite comprobar que el peronismo no ha perdido el pulso. En las huidas hacia adelante sigue siendo tan imprevisible, melodramático y dado a la política de balcón como siempre. Siempre tiene a mano el panteón de ilustres desaparecidos para abrir una tumba cada vez que la ocasión lo requiere, y en la soflama del lunes de la presidenta Cristina Fernández el espectro invocado fue el de Eva Perón, cuya fotografía figuró detrás de la mandataria. Saber qué puede dar de sí de puertas para afuera este populismo desgarrado divide a los argentinos a cada pocos años, pero bastante menos a la comunidad internacional, que vaticina malos tiempos para el crédito de Argentina como Estado y de su Gobierno como institución.

Valga a modo de resumen este pasaje de un comentario sobre la nacionalización colgado en su web por el semanario británico The Economist, nada inclinado al trazo grueso: “Elimina cualquier posible seguridad de las inversiones privadas para desarrollar los campos de esquisto de Argentina, cuya explotación es extremadamente costosa. Y dará pie probablemente a un éxodo de expertos en la industria petrolífera, acelerando la caída de la producción interior (…) No está claro qué otros daños adicionales causará la decisión”.

Rebelión

Viñeta publicada el 19 de abril en la web rebelion.org.

Como se fácil deducir del párrafo anterior, envolverse en la bandera y tocar la  fibra patriótica, algo a lo que tampoco se ha podido resistir el Gobierno español, tiene poco que ver con el quid de la cuestión. Es más bien un asunto técnico, jurídico, financiero, político si se quiere, que un problema de testosterona. La presidenta apoyó con entusiasmo la privatización de 1992 decidida por Carlos Menem, cuando Néstor Kirchner era gobernador de la provincia de Santa Cruz, adonde fueron a parar entre 500 millones y 600 millones de dólares de cuyo destino final nunca se supo. Luego, en 1999, le pareció muy bien que Repsol hiciera acto de presencia en Argentina y a finales del 2010 sacó el botafumeiro para alabar el plan estratégico de la compañía, que alcanzaba hasta el 2014. Más tarde se descubrieron los yacimientos de Vaca Muerta, en la provincia de Neuquén, al mismo tiempo que la economía argentina empezó a dar muestras de agotamiento y la fuga de capitales se disparó. Entonces sí, entonces aparecieron, la bandera, la soberanía nacional y la algarabía populista, que hasta aquel momento habían estado cuidadosamente guardadas en el armario de la soberanía nacional. “El ajuste patriótico”, en palabras de un bloguero argentino rendido a la “energía de Cristina”. Peronismo en estado puro.

Más peronismo del de toda la vida: ahí está Alfredo Zaiat en Página 12 de Buenos Aires, al servicio de la presidenta. “Se pone fin a la libre disponibilidad del recurso extraído del que hoy gozan las compañías privadas (…) El Gobierno conservador de Mariano Rajoy tiene problemas mucho más relevantes que el destino de una empresa petrolera que se dedicó a devastar los pozos de petróleo en Argentina para financiar su expansión global”. No caben matices ni temores en opinión tan concluyente, ni siquiera los que en el Financial Times, altavoz de la City de Londres, esboza Jonathan Wheatley con bastante claridad: “Argentina puede esperar el apoyo de Venezuela y posiblemente Bolivia (menos probablemente de Ecuador), y puede esperar no ser condenada abiertamente por Brasil o Perú. Para las demás grandes economías de Latinoamérica es una paria”. Claro que en el mismo periódico han llamado “lunática populista” a Cristina Fernández, lo que no es precisamente una muestra de contención, mesura y distanciamiento crítico.

Tampoco lo es la invectiva desaforada publicada por Ricardo Roa, editor general adjunto de Clarín, un periódico bonaerense que mantiene una guerra abierta con la Casa Rosada: “Lo malo es que semejante paso se dé solo para quedarse con la caja de la compañía y para recuperar adhesión popular, agitando una bandera nacionalista en un momento en que caen las acciones del Gobierno (…) El modelo económico nacional no está sentado sobre la base de un capitalismo competitivo como el brasileño. Acá está sentado sobre el capitalismo de amigos”.

Aquí, junto a la reacción de un Gobierno debilitado por la galerna económica y sin demasiados puntos de apoyo exterior para combatir la expropiación más allá de las buenas palabras y los gestos simbólicos, ha habido bastantes opiniones a la altura del vocerío peronista. Valga por todas ellas la contenida en la pieza Argentina fuera del G-20, objetivo diplomático por el caso Repsol, firmada en su blog en Expansión por Amparo Polo: “Sería muy de valorar que los países del G-20 se plantearan si Argentina merece estar en este club, en el que por cierto no está España, que siempre acude invitada. A Kirchner sí le importa y mucho estar en este foro”. Dar un puñetazo sobre la mesa permite descargar adrenalina, pero se antoja que no es la mejor idea tentar la suerte con una operación diplomática de altos vuelos que puede acabar fácilmente con los tenores del G-20 simulando una repentina afonía colectiva para no meterse en un jardín que no les atrae en absoluto.

Como ha dicho Iñaki Gabilondo, “ovarios contra testículos, Evita contra Agustina de Aragón, un juego de patriotismos que podría tener bastante sentido desde el punto de vista más básico y humano, pero que, desde luego, carecen de posibilidad alguna en el mundo de la alta política y de la política internacional”. A lo que debe añadirse que España “tiene muchos más intereses en Argentina que Argentina en España, lo que la hace sumamente vulnerable a una escalada de la tensión” (José Ignacio Torreblanca, que titula su comentario Petroperonismo). Dicho de otra forma: tan lógico es que Repsol porfíe para que la implicación del Gobierno español sea la mayor posible como imprudente es que éste confunda la parte con el todo y ponga otras muchas inversiones en una situación de riesgo máximo.

Basta escuchar a Julio de Vido –“el territorio de los argentinos no se rifa”–, ministro argentino de Planificación, y a Axel Kicillof –“los tarados son los que piensan que el Estado debe ser estúpido”–, viceministro de Economía, interventores provisionales de YPF, para llegar a la conclusión de que si el panorama socioeconómico argentino empeora, son más que factibles más golpes de efecto, porque la serenidad y el lenguaje medido no abundan. Prevalece, en cambio, la herencia inspiradora de Evita a propósito del petróleo: “El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses. Donde esos intereses del imperialismo se llamen petróleo basta, para vencerlos, con echar una piedra en cada pozo”. El mensaje que llega del pasado es de una simplicidad inmaculada, emotivo si se quiere, pero con la consistencia del cartón piedra, movilizador a corto plazo, como lo fue el disparate de las Malvinas hace 30 años, cuya mejor y único resultado no fue la conquista imposible del archipiélago a cañonazos, sino un daño colateral liberador: la muerte súbita de la dictadura sanguinaria de los centuriones. ¿Qué aguarda a la agitación peronista a la vuelta de la esquina de esta expropiación y de las que la puedan seguir?