Valls o la alternativa inevitable

Después del desastre sufrido por los socialistas en las elecciones municipales celebradas en Francia el 23 y el 30 de marzo, lo menos que puede decirse es que, antes de llegar a la mitad de su mandato, el presidente François Hollande se arriesga a vivir un auténtico calvario político de aquí al 2017. Con un índice de aceptación que no llega al 20%, el más bajo en la historia de la Quinta República, el electorado de izquierdas decepcionado y partidario de quedarse en casa y una derechización generalizada –el PS ha perdido 151 alcaldías–, adquieren todo su sentido dos conclusiones de los análisis hechos desde la izquierda al día siguiente de la derrota: importa menos la composición del nuevo Gobierno que el programa económico que esté dispuesto a llevar a la práctica y la última cita electoral certifica que la crisis multiforme de la democracia alcanza al ámbito local.

Si el líder socialista Léon Blum atribuyó al general Charles de Gaulle, al poco de terminada la segunda guerra mundial, haberse convertido en “un personaje más que en un ciudadano”, de Hollande quizá puede decirse lo contrario: ha insistido en su condición de ciudadano, con todas las debilidades asociadas al arquetipo del hombre corriente, pero no ha sido capaz de convertirse en un personaje. En las repúblicas presidencialistas, la tradición es muy otra, y en Francia lo es sin duda desde la presidencia de De Gaulle hasta la de Nicolas Sarkozy. Salvo en el caso de Georges Pompidou, sucesor y depositario directo del legado del general, el elenco no puede ser más expresivo de qué se entiende por presidente-personaje: Valéry Giscard d’Estaing, François Mitterrand, Jacques Chirac y el citado Sarkozy se ocuparon de construir al personaje desde antes de llegar al Eliseo y, una vez allí, siguieron en el empeño. Pero esta debilidad de la imagen de Hollande no pasa de ser un factor más de los muchos que explican el movimiento telúrico que ha sacudido al poder local en Francia.

Fotografía de 1947 de Léon Blum, el líder socialista que reprochó a Charles de Gaulle ser antes un personaje que un ciudadano.

Para el diario progresista Le Monde, el presidente “paga brutalmente, pero lógicamente, la factura de un inicio de mandato perdido, condicionado por la falta de un proyecto claro y claramente explicado”. “Todo ha ayudado –escribió el lunes pasado el editorialista de Le Monde–: la debilidad de su dispositivo político (en el Eliseo, en el Gobierno y en el Partido Socialista); la falta de resultados en el frente decisivo del paro; el descontento fiscal de las clases medias; la falta, en fin, de una pedagogía capaz de convencer a los franceses de la idoneidad de un rumbo económico fijado demasiado tarde”. Y aún hay más: el descontento de una parte considerable del electorado de la izquierda, que entiende que justamente el “rumbo económico” no es el idóneo y prefiere quedarse en casa a votar con una pinza en la nariz; la inclinación de otra parte del electorado de izquierda hacia recetas conservadores, cuando no populistas (el Frente Nacional), revestidas de vagas inquietudes sociales y de manifestaciones concretas de xenofobia; la sensación de bloqueo político y decadencia nacional, que aflora en el debate político y alimenta los requerimiento de la UE a los gobernantes franceses para que den un golpe de timón. Todo esto cuenta también en la derrota sufrida por el PS y en la que puede zarandearle de nuevo en las elecciones europeas del 25 de mayo, salvo que el nuevo primer ministro, Manuel Valls, dé muestras de una capacidad de convicción excepcional, apoyada en una cota de popularidad de más del 60% (más del 80% entre la militancia socialista).

He aquí la gran paradoja: el menos socialista de los socialistas, alejado del eje socialdemócrata alrededor del cual gira el debate ideológico del PS y la defensa del Estado del bienestar, es, al mismo tiempo, el mejor considerado por la derecha y por la izquierda a pesar de que esa misma izquierda –una parte, al menos– dice sentirse defraudada por la tibieza en el compromiso social del Gobierno saliente y por la inspiración neoliberal del pacto de responsabilidad anunciado por el presidente Hollande. Una paradoja que lleva directamente a considerar como muy creíble la impresión de muchos de que, más allá del nombre del primer ministro y de cuál sea su perfil ideológico, lo que realmente importa es la rectificación económica –creación de empleo, moderación fiscal, corrección del gasto– mediante un programa concreto con compromisos concretos. Está por ver que la cuadratura del círculo –preservar el Estado del bienestar, recortar 50.000 millones del presupuesto hasta el 2017 y recurrir al erario para crear empleo, si ello es preciso– esté al alcance de Valls, pero en el Ministerio del Interior ha ganado fama de ser un gestor eficaz que no se arredra.

La segunda paradoja responde al virus europeo de la disolución de las diferencias entre programas en nombre de la austeridad y la consecuente disminución del gasto social. Pues en el caso francés, entre dar motivos al electorado abstencionista de izquierdas para volver a las urnas en mayo o acercarse a las ofertas de la derecha para contrarrestarla, el presidente ha optado por lo segundo. Aunque luego ha dejado que sigan en el Gobierno algunos de los representantes más relevantes del ala izquierda del PS –Arnaud de Montebourg (nada menos que en Economía), Benoît Hamon, Christiane Taubira, entre otros– y colaboradores directísimos de Hollande, amigos personales suyos en algunos casos, muy desgastados por la impopularidad del Gobierno de Jean-Marc Ayrault. Aun así, a pesar de la heterogeneidad del Gobierno de Valls, no parece adecuado considerarlo un contrasentido, sino más bien un esfuerzo de síntesis para suavizar el descrédito acumulado por el equipo saliente.

Como afirma Laurent Joffrin en Le Nouvel Observateur, “la idea de que los franceses menos favorecidos se inclinan naturalmente hacia la izquierda ha quedado refutado desgraciadamente desde hace mucho tiempo”.  Y de ahí procede la tercera paradoja: mientras en la periferia de las grandes ciudades y en las ciudades de tamaño medio y pequeñas, los socialistas se hunden, la izquierda gana en las grandes ciudades, empezando por París, como si el voto ideológico solo encontrase acomodo en los ambientes urbanos cosmopolitas. El fenómeno no afecta solo a las perspectivas electorales de los socialistas, sino también a las fuerza que figuran a su izquierda, algo que no se explica solo como la factura que han debido pagar muchos alcaldes a causa de los errores, la ineficacia o la falta de resultados del Gobierno, con independencia de la eficiencia y los aciertos acumulados por los ediles castigados.

A Jean Daniel, veterano pensador de la izquierda francesa, la victoria de Anne Hidalgo en París le da para un canto a la historia –“El París de Danton y de Gavroche sigue fiel a sí mismo. Sé que es gracias a Hugo, a Aragon o a Apollinaire, a la literatura y a la historia. Bajo estos puentes de París se desliza el recuerdo de las revoluciones. Aún vive…”–, pero también para sacar una conclusión inquietante: la democracia atraviesa una crisis multiforme que alcanza a la esfera local. El voto de castigo, el voto que sanciona unas siglas sin entrar a considerar los nombres, el voto sistemático contra quien ejerce el poder, sin entrar en razonamientos ideológicos, alienta la sensación de crisis política permanente, de crisis de identidad asimismo continuada, de crisis institucional y de falta de complicidad de los ciudadanos con el sistema. La abstención en aumento y los cambios constantes en el signo del voto, que en las europeas pueden alcanzar dimensiones impredecibles, dan la razón a Daniel, aunque resulta poco probable que en la tradición política francesa quepa imaginar una situación que haga posible que los balances suplanten por completo a las palabras.

En la película Le promeneur du Champ de Mars, reconstrucción dramatizada del final de la presidencia de Mitterrand, este le dice un día al joven periodista –palabra de más, palabra de menos– que pretende desentrañar el pensamiento del viejo político: soy el último presidente de Francia; a partir de ahora solo vendrán contables. En las palabras que el guionista pone en boca de Mitterrand hay un punto de meditada exageración, pero al analizar “la crisis multiforme” de la democracia no es posible sustraerse a la idea de que algo de cierto hay en ellas. Al preguntar por qué Valls encabeza el Gobierno, qué exige la UE a Francia o qué puede suceder si los gobernantes franceses no corrigen el tiro, todo se remite a la revisión global del modelo económico, sin entrar en digresiones ideológicas acerca de la utilidad y conveniencia de tal o cual programa; al observar el comportamiento de los electores sucede lo mismo, y al escrutar la orientación de los técnicos que pergeñan las recetas del cambio se llega a la alarmante conclusión de que, en realidad, las de la UE se reducen a una, sin importar quiénes la han de aplicar y en qué condiciones, se llamen como se llamen y piensen como piensen. Valls no ha podido ser más sincero antes de cruzar el umbral de su nuevo despacho: “No hay alternativa”.

Camus, una referencia vigente

“Ahora sé aún mejor que no se puede ser libre contra los otros”

Carta de Albert Camus dirigida a Louis Guilloux

Al cumplirse cien años del nacimiento de Albert Camus (Mondovi, Argelia, 7 de noviembre de 1913-Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960) las miradas se vuelven hacia el legado ético del gran escritor, la vigencia de sus inquietudes y la valentía de su determinación para ir contracorriente, tal como se tituló en España hace tres años la traducción del ensayo que le dedicó su amigo Jean Daniel: Camus, a contracorriente. Pues si algo resalta en su biografía es la decisión con la que rectificó, cómo sometió sus opiniones a la duda y, en suma, cómo se enfrentó a sí mismo, en un combate personal que entrañó rupturas intelectuales y personales que le provocaron un enorme desgaste. Qui témoignera pour nous? Albert Camus face à lui-même (¿Quién testificará por nosotros? Albert Camus frente a sí mismo) se titula el ensayo que le ha dedicado el filósofo Paul Audi.

Albert Camus.

En una época atenazada por el determinismo económico, las recetas políticas fabricadas en gabinetes de estudio a partir de las conclusiones derivadas de sondeos de opinión, la proliferación de predicadores que exaltan toda clase de remedios sociales sin asomo de duda y la tendencia cada vez mayor al sectarismo ideológico, sorprende la contundencia de alguien dispuesto a ir contra el espíritu de su época, a anteponer la ética a cualquier otra consideración y a rebatir las simplificaciones: “Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría” (1957). Resumido en palabras de Jean Daniel al presentar en Madrid el libro citado más arriba: “Una de las claves de su pensamiento era no aceptar la humillación, no someterse a ese absolutismo, a ese fanatismo”. Lo moral en Camus pesó tanto desde la publicación de El extranjero (1942) hasta la última línea de la inconclusa El primer hombre (1960), publicada en 1994, que hoy sigue siendo una referencia capital y, en cambio, muchos de sus detractores no han superado la prueba del paso del tiempo.

Resulta francamente revelador contraponer la obstinación de la praxis política y social presente, acuciada por los efectos de una crisis económica sin fecha de caducidad, con las observaciones de Camus. “La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos –escribió–, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo, inmersos en una vida uniforme y gris”. Por ese camino llegó a la fórmula “me rebelo, por lo tanto, soy”, adaptación contemporánea del “pienso, luego existo” de René Descartes, pero no se le ocultaron los riesgos de ese nuevo punto de partida y rechazó el recurso a la violencia, incluso en casos extremos, porque consideró que destruye “el ideal originario de la revolución”.

De la misma manera que el general Charles de Gaulle inició sus memorias con la famosa frase “toda mi vida me he hecho una cierta idea de Francia”, confesión grandilocuente de un nacionalista conservador, bien pudiera haber escrito Camus la primera línea de sus memorias con una declaración de principios del siguiente tenor: toda mi vida he tenido una cierta idea de la moral. Y esa cierta idea, que en De Gaulle suena a obra terminada y en el nobel, a empresa inacabada, es otro elemento que contrastó en su tiempo y contrasta en el presente con el dogmatismo de las ideas dominantes, que en la izquierda europea de los años 50 del siglo XX permanecían sujetas al prontuario estalinista y en el posibilismo sonrosado de nuestros días se someten a los requisitos contables y a la ingeniería social.

Jean-Paul Sartre, sentado en el suelo, a la izquierda, y Albert Camus, de cuclillas a su lado, en el domicilio de Michel Leiris, junto con Pablo Picasso, en el centro, y varios intelectuales franceses el 18 de marzo de 1944.

El filósofo Roger-Pol Droit destaca tres momentos cruciales de rectificación y crítica personal en el último decenio de la existencia de Camus. El ciclo se inició en 1951, cuando publicó El hombre rebelde, donde rechaza el nihilismo revolucionario y el totalitarismo soviético, que consagra su ruptura con Jean-Paul Sartre; siguió en 1956, cuando publicó La caída, donde deja constancia del precio que debe pagarse por soportar “el juicio de los hombres”; y acabó en 1959, cuando escribió: “Debo reconstruir una verdad después de haber vivido toda mi vida en una especie de mentira”. En cada una de estas etapas planteó el problema de los medios para alcanzar un fin moralmente defendible, pero las ecuaciones resultaron ser tan extremadamente complicadas que, como sostiene Jean Daniel, no logró desenredar la madeja. ¿Cabe, entonces, pensar en un filósofo llamado Albert Camus? En todo caso, fue autor de la siguiente frase, no exenta de ironía: “Si quieres ser filósofo, escribe novelas”.

Puede decirse que Camus, al desarrollar su obra, abordó las exigencias del compromiso ético, de la moral colectiva, de la función del escritor y de la integridad del intelectual, de su función social, si se quiere. Lo hizo en un mundo fracturado por la guerra fría, en una Francia marcada a fuego por la guerra de Argelia, que le llevó a condenar a un tiempo la violencia del Ejército francés, que reprimía al FLN, y a este, que abrazó el terrorismo; lo hizo en una Europa en retroceso frente al auge de las dos superpotencias y los procesos de descolonización en África y Asia; en un universo que experimentó por primera vez los efectos de la cultura de masas, de la industria del ocio y de la sociedad de consumo. Camus fue testigo conmovido de la modernidad que se construyó sobre las cenizas de la segunda guerra mundial; una modernidad contemporánea de la carrera armamentista, la consolidación del complejo militar-industrial, los bandazos de la Cuarta República francesa y el sueño europeísta apenas esbozado. Todo eso pesó y formó parte del trabajo de Camus hasta que un accidente de carretera segó su vida.

‘Combat’, que nació en la clandestinidad como el periódico de la Resistencia y en el trabajó Albert Camus, da cuenta de la muerte del escritor el 4 de enero de 1960.

De ahí la vigencia de Camus, pues en su obra se abordan los problemas de su tiempo, que son los de hoy. Aunque su legado es mucho más que una aproximación meramente política a la realidad, el compendio de sus títulos mayores –El extranjero (1942), El mito de Sísifo (1942), Calígula (1944), La peste (1947), Estado de sitio (1948), El hombre rebelde (1951), La caída (1956) y El primer hombre (1960)–, su labor de periodista, de “narrador incansable de mundos”, en palabras de su hijo Jean, justifica la elección hecha por Miguel Mora, en El País, del siguiente pasaje del discurso de Camus en Estocolmo al recibir el Premio Nobel de Literatura de 1957: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. ¿Alguien se atreve a asegurar que se han esfumado los riesgos?

Quizá en el cumplimiento de esa misión, impedir que el mundo se deshaga, fundamentó Camus su idea de compromiso, de complicidad generacional, de solidaridad, si así puede describirse el rumbo fijado por el escritor. En todo caso, a pesar de la atmósfera poco propicia que con frecuencia respiró en París, se atuvo a una obligación contraída consigo mismo: “Tras haberme sondeado, puedo asegurar que entre mis numerosas debilidades nunca estuvo el defecto más extendido entre nosotros, me estoy refiriendo a la envidia, auténtico cáncer de las sociedades y las doctrinas”. No es por casualidad que la declaración suena como una paráfrasis de la sentencia que Miguel de Cervantes puso en boca de Don Quijote: “¡Oh, envidia, raíz de infinitos males, y carcoma de las virtudes!”

Berlusconi se somete a referendo

Vuelve Silvio Berlusconi. Vuelven la astracanada, el chiste fácil, la comicidad decadente y hortera del peor cine italiano, la cochambre de Mediaset y un mundo exento de grandeza y propósitos honrados. Pero vuelve, por encima de todo, la manipulación de los mecanismos democráticos, utilizados por un político convicto para salvar la piel, aunque para ello tenga que recurrir al catálogo de artimañas que le han hecho famoso. La decisión de Berlusconi de competir en las elecciones de febrero y la dimisión de Mario Monti, privado del apoyo de los parlamentarios del Pueblo de la Libertad (PdL, por sus siglas en italiano), abren la puerta al populismo desenfrenado y las opiniones alocadas –“la prima de riesgo es una estafa que no importa a nadie”–, el oportunismo de los mercados y la desconfianza de todo el mundo con relación al euro, aunque las encuestas pronostiquen un batacazo de Il Cavaliere.

Lo único que cuenta en Italia a partir de ahora y hasta el día de las elecciones es “de parte de quién se está, no qué se hace (…) se juega a berlusconianos contra antiberlusconianos por sexta vez consecutiva”, como ha escrito Antonio Polito en el Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán. “Berlusconi dice que ha vuelto para vencer. Que crea o no sus propias palabras es irrelevante. Lo que cuenta es que la última cruzada berlusconiana se traduce en un elemento de fuerte desestabilización del cuadro político”, añade Stefano Folli en Il Sole 24 Hore, barómetro de la economía italiana. Y en el seno de esta polarización radical, preñada de comportamientos ajenos a las muy a menudo indescifrables sutilezas de la política italiana, alienta algo aún peor: la pretensión de Berlusconi de convertir las elecciones legislativas en un referendo sobre su persona, sobre Europa, sobre el funcionamiento de las estructuras de la UE, sobre las exigencias hechas a Italia por la Eurozona; alienta la pretensión de Berlusconi de utilizar las elecciones como el instrumento de una vendetta por su salida del Gobierno en noviembre del año pasado y la llegada de Monti.

Mario Monti y Silvio Berlusconi

Mario Monti y Silvio Berlusconi, el 15 de noviembre del 2011, día del traspaso de poderes.

“La lucha nunca es entre el bien y el mal; es la de lo preferible contra lo detestable”, sentenció en su día el pensador francés Raymond Aron. En esas se encuentra Italia. Europa no es el mejor de los ejemplos posibles de cómo afrontar una crisis sin dañar irreversiblemente a los más débiles; la legitimidad del Gobierno tecnocrático de Monti, votado en su día en el Parlamento, establece un precedente inquietante porque no se puede desligar de la presión ejercida por el sistema financiero sobre la economía italiana; la germanización de la economía europea, en fin, tiene consecuencias desastrosas. Pero Berlusconi es el peor de todos los agentes políticos imaginables para abrir el debate: carece de la probidad mínima exigible a cualquier dirigente para presentarse como alternativa a los que ahora pilotan la nave.

¿Facilita eso las cosas a sus adversarios? Las encuestas dicen que sí. Según los datos que maneja Ilvo Diamanti en La Repubblica, el diario de referencia de la Italia progresista, el PdL ha perdido en dos años 12 puntos en intención de voto –del 30% al 18%–, Angelo Alfano, sucesor de Berlusconi al frente del partido, ha sido incapaz de “nadar solo” y de evitar la división y, lo que es aún peor, solo el 44% de los electores del PdL quieren ver a Berlusconi en el sillón de primer ministro. Al mismo tiempo, los sondeos concluyen que el PdL “no tiene raíces en el territorio”, sino que es el partido personal de Berlusconi, “donde las relaciones entre el líder y su pueblo son por identificación personal y a través de los medios”. “Imposible para otros interpretar el mismo papel”, sostiene Diamanti. Aun así, siempre hay un pero: no ha dado tiempo de reformar el sistema electoral pergeñado por Berlusconi y cabe la posibilidad de que una victoria del Partido Democrático (PD) –38% de intención de voto– no sea suficiente para constituir una mayoría estable en alianza con algún otro partido.

Berlusconi Merkel

Angela Merkel y Silvio Berlusconi, en el último Consejo Europeo al que este asistió, en octubre del 2011.

El horizonte de una Italia inestable, sometida a la charcutería política que tanto agrada a Berlusconi, pone los vellos como escarpias a los gestores europeos. “El mensaje es claro: a Alemania y al resto de la UE le gustaría ver a Monti continuar. Y los aterroriza que Berlusconi pueda volver a tomar las riendas del Gobierno italiano”, afirman en su blog de Der Spiegel Carsten Volkery y Philipp Wittrock, que recuerdan la animadversión de la cancillera Angela Merkel “por los machos en general” (la palabra machos figura en español en el original). Aquello que para muchos italianos durante bastantes años ha sido suficiente para llevarlo al palacio Chigi, el éxito en los negocios de Berlusconi, no lo es para el resto de gobernantes europeos, según se destaca en un perfil del exprimer ministro emitido por la BBC. El apoyo unánime dispensado el jueves a Monti en Bruselas por el Partido Popular Europeo, internacional del pensamiento conservador, no ofrece dudas en cuanto a la opinión que le merece Berlusconi, presente en la reunión: es un cuerpo extraño que induce los peores presagios.

¿Qué puede hacer Monti después de presentar la dimisión? “Se puede decir que el presidente del Gobierno técnico ha salido de escena y ha nacido el Monti hombre político. Porque el gesto, por cómo se ha formalizado y por el contexto en el que ha madurado, está sin duda lleno de significados políticos. Consolida el centroizquierda, se ha dicho, contra el peligro de que lo haga antes el berlusconismo lepenista”, afirma Stefano Folli. “Se ha convertido en el actor protagonista”, sostiene el articulista de La Repubblica. Pero –un pero más– pudiera suceder que el laberinto italiano fuese demasiado complejo incluso para un italiano –Monti– más habituado al rigor académico y a los registros contables que a la esgrima palaciega.

En el Corriere della Sera vislumbran tres alternativas posibles para Monti:

  1. Retirarse de igual modo a como lo hizo el general Charles de Gaulle, aislado de los partidos de la Cuarta República francesa, “a la espera de que una nueva emergencia lo reclame”.
  2. Convertirse en garante de un futuro Gobierno de la izquierda, que “tendrá necesidad de hacerse avalar, visto que sus credenciales en Europa y en los mercados no son suficientes”.
  3. Apostar que detrás suyo hay “una Italia que considera este año un inicio, no un paréntesis”, en cuyo caso debería participar en las elecciones por cuenta propia y no de terceros.
Bersani Monti

Pier Luigi Bersani y Mario Monti pueden ser el eje del Gobierno de centroizquierda posterior a las elecciones legislativas de febrero.

Cada una de las opciones entraña riesgos ciertos. Emular a De Gaulle podría apartar a Monti para siempre de la vanguardia política; dicho sea de paso, quizá lo desea. Ser el introductor de un Gobierno de centroizquierda inspirado en el programa del PD podría obligarle a perseverar en un funambulismo bastante alejado de la imagen que se tiene de Monti. Debutar en las urnas a pecho descubierto sería una jugada llena de riesgos. Pero Pier Luigi Bersani, líder del PD, que se forjó como ministro en gobiernos encabezados por políticos poco dados a la grandilocuencia –Masimo D’Alema, Giuliano Amato y Romano Prodi–, es seguramente el compañero de aventura más atemperado para que renuncie a la retirada, desista de la aventura en solitario y pruebe suerte, en cambio, en el reformismo contenido.

“Tendremos la mayoría, dialogaremos con el centro”, ha dicho Bersani a la CNBC, definiéndose él mismo como un dirigente de centroizquierda que comprende que debe contenerse el gasto. ¿Necesidad de tranquilizar, realismo sin más? Un poco de ambas cosas: el PD ha sido el punto de apoyo más firme de Monti para sacar adelante su programa técnico, pero Berlusconi ha desenterrado el hacha de guerra y los medios que le son afines volverán con la cantinela de que, detrás de Bersani, están los comunistas, el Estado depredador y la persecución de los jueces. Una respuesta de Bersani a una pregunta sobre el presunto germanocentrismo de Monti, invocado por Berlusconi, resume la previsible orientación de la campaña del PD y los guiños al primer ministro en funciones: “Me parece una estupidez, francamente. Pienso que la prima de riesgo es preocupante, pienso que es preciso discutir con Alemania como amigos, de igual a igual, de forma amistosa”.

Los sondeos dicen que la alianza del centroizquierda, con Monti de valedor, más el apoyo mayoritario de la comunidad católica y el debilitamiento de Italia de los Valores (IdV, por sus ligas en italiano), de Antonio Di Pietro, es el bloque con más posibilidades de neutralizar el 15% que ahora mismo le dan las encuestas a Berlusconi, pero… Un tercer pero: no hay forma de saber cuál es la dimensión real del voto berlusconiano oculto, que lo mismo se puede encontrar en la clase media deprimida de las grandes ciudades que en las filas de los decepcionados por la Liga Norte, los votantes resentidos con el posibilismo del PD y aun entre los votantes católicos que siguen viendo en Bersani y los suyos a los descendientes de Enrico Berlinguer en primer grado de consanguinidad. Es decir, hay un margen de error que puede ser favorable a Il Cavaliere.

“Si los italianos eligen otra vez a Berlusconi, entonces es que se merecían a Mussolini a pesar de que quieren hacerlo olvidar”, ha escrito en un twit Pierre Bergé, accionista del diario Le Monde y de Le Huffington Post, la versión francesa del portal fundado en Estados Unidos. La frase resulta ocurrente, pero es acaso en exceso desabrida. Hila más fino Massimo Cacciari, filósofo y exalcalde de Venecia: “Este personaje es digno de un autor de verdad. Un autor que entiende la relación íntima con los aspectos trágicos de nuestro tiempo, porque el personaje cómico debe poderlos revelar a través de su propio comportamiento. Y este es el caso, si reflexionamos seriamente, de los rasgos narcisistas, hasta cierto punto delirantes, del tipo Berlusconi. Todo parece dispuesto por él en términos de valor de uso y de cambio. Cada cosa existe para adquirirse y disfrutarse despreocupadamente, lista para pasar a otro. El ritmo de la vida es el del movimiento del dinero, de la ‘puta universal de la humanidad’, en palabras de Shakespeare”. La patria de la commedia dell’arte no merece un bufón tan zafio.