Otra vuelta de tuerca de Israel

El anuncio de Hamas de considerar una declaración de guerra la próxima anexión por Israel de una parte de Cisjordania es solo uno de los muchos malos presagios que se derivan de la decisión adoptada por el Gobierno de coalición de Binyamin Netanyahu y Benny Gantz. La flagrante vulneración del derecho internacional, la petición de las Naciones Unidas y de la Liga Árabe de que no se consume la anexión y el rastro de impunidad que deja el propósito de Israel de herir de muerte la solución de los dos estados alimenta la estrategia de los partidarios de las respuestas radicales y procura nuevos auditorios a los predicadores de la yihad. Todo cambiará para mal el día que Israel anuncie que una parte de los territorios ocupados, incluido el valle del Jordán, son tierras bajo su soberanía.

La complicidad de la Administración de Donald Trump refuerza la determinación del Gobierno israelí de desoír a la comunidad internacional y desobedecer cuantas resoluciones han sido aprobadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, singularmente la 242, del 22 de noviembre de 1967, que obliga a Israel a retirarse de los territorios ocupados. Al mismo tiempo, la fragmentación del territorio palestino, sembrado de enclaves israelís, y la gestión en exclusiva del agua del Jordán condena a la Administración palestina a una dependencia permanente de los designios israelís y mutila sin remedio la soberanía de cualquier futuro Estado palestino, más improbable a cada día que pasa.

La declaración del secretario de Estado, Mike Pompeo, según la cual la decisión de anexionarse parte de Cisjordania es responsabilidad exclusiva de Israel es incongruente con el entusiasmo de Trump al anunciar un “acuerdo histórico” para hacer efectiva la solución de los dos estados. Lo cierto es que, más allá de la desfiguración de la realidad mediante un juego de espejos deformantes, el paso que Israel se dispone a dar con el apoyo de Estados Unidos hiere de muerte el proceso abierto en Madrid (1991) y Oslo (1993), deja sin efecto las esperanzas depositadas en una progresiva consolidación de la soberanía palestina y da la razón a cuantos en 1993 señalaron lo acordado como un grave error estratégico de los dirección palestina encabezada por Yasir Arafat.

El eminente Edward W. Said escribió en El fin del proceso de paz (2002): “No hacer negociaciones es mejor que las interminables concesiones que simplemente prolongan la ocupación israelí. Sin duda Israel está satisfecho de poder llevarse el mérito de haber logrado la paz y, al mismo tiempo, continuar la ocupación con el consentimiento palestino”. Por aquel entonces no faltaron voces que consideraron la opinión de Said la de un intelectual radicalizado en el confort de las aulas de la Universidad de Columbia. El establishment prefirió dar crédito a Nabil Saath, colaborador de Arafat, que presentó lo acordado en Oslo y firmado en Washington como expresión de una “paridad total” entre israelís y palestinos. Tal paridad o igualdad de trato se esfumó hace décadas.

El diario progresista israelí Haaretz sostiene que lo que el Gobierno de Israel piensa hacer es “la formalización de su ocupación antidemocrática”, algo en lo que coinciden diferentes sectores minoritarios de la opinión pública. ¿O no tan minoritarios? Una encuesta elaborada por la organización de izquierda Iniciativa de Ginebra concluye que el 41,7% se opone a la anexión frente al 32,2% que la apoya y que el 48% entiende que perjudicará la posibilidad de acordar la paz con los palestinos. Es decir que aquello que empiece a concretarse de la anexión a partir del próximo miércoles, con respaldo mayoritario en el Kneset (Parlamento), apenas estará en sintonía con la calle israelí: solo el 3,5% de los consultados incluyeron la anexión entre sus dos mayores prioridades de futuro.

Al mismo tiempo, es improbable que la anexión dé pie en la sociedad israelí a grandes movilizaciones más allá de las que previsiblemente promoverán Paz Ahora y alguna otra organización que entiende que hacer realidad el lema paz por territorios no es solo la única salida políticamente viable, sino también la única humanamente justa. En una sociedad muy dividida, militarizada en extremo y educada en la idea de que la primera derrota entrañará el final de Israel, es difícil que los contrarios a la anexión pasen de la desaprobación a la protesta; en una sociedad acostumbrada a un nacionalismo exacerbado, aclimatada a la presión del fundamentalismo mosaico y heredera de los pogromos y el Holocausto ha cuajado la idea de que es depositaria de una legitimidad sobrevenida por las penalidades del pasado.

“Tras 2.000 años de una historia trágica, los judíos tenemos una necesidad desesperada de una casa. Israel debería serlo, pero lo que tenemos es una casa con paredes que se mueven y en la que los palestinos exigen propiedad de algunos cuartos. No tendremos un hogar hasta que los palestinos no tengan uno y ellos no tendrán uno hasta que nosotros no tengamos sensación de hogar”, piensa el escritor israelí David Grossman, que perdió un hijo víctima de un misil disparado por Hizbulá. Quizá sea esta una idea compartida por muchos o bastantes ciudadanos israelís, pero más allá de la disidencia habitual en el mundo académico y en el de la cultura, pesa más el espíritu de resistencia. Una situación que se da en mayor medida y con más motivo en Cisjordania y Gaza, condenadas a un rosario inacabable de calamidades, guerras y dos intifadas.

El analista Alain Frachon recuerda en Le Monde el doble reconocimiento del derecho de Israel a existir y de los palestinos a ejercer la autodeterminación, contenido en la declaración de Venecia aprobada hace cuarenta años por los nueve socios de la Comunidad Económica Europea, un tiempo en el que Israel y Estados Unidos se negaban a reconocer a la OLP como representante de los intereses palestinos y nadie defendía la solución de los dos estados. Aquella declaración fue un episodio de verdadera política exterior europea que influyó en el papel desempeñado por Europa en las décadas siguientes en el conflicto palestino-israelí. Fue una muestra de poder blando avant la lettre que hoy es dudoso que se repita, pero que es más necesario que nunca para que quepa resolver el crucigrama sin que ocupen el escenario los jinetes del Apocalipsis.

Un posible ataque contra Irán alarma a intelectuales israelís

La conmoción causada por la tragedia del colegio de Toulouse ha conferido un valor especial a las preocupaciones expresadas durante los últimos tiempos por tres eminentes escritores israelís, referencia forzosa en la literatura y en la ética política en el seno de un conflicto inacabable. Abraham B. Yehoshua (Jerusalén 1936), David Grossman (Jerusalén, 1954) y Amos Oz (Jerusalén, 1939) han levantado su voz para advertir de los peligros que impregnan el debate apasionado provocado por el deseo de Irán de poseer la bomba atómica. Un debate dominado por voces conservadoras –la del AIPAC, lobi judío de Estados Unidos; la del primer ministro de Israel, Benyamin Netanyahu– que han ahogado opiniones más contenidas como las de la organización J Street, Paz Ahora y otras, y que quizá han radicalizado en algún momento el discurso de la Casa Blanca y del Departamento de Estado más allá de lo aconsejable en año electoral.

 

Grossman, Yehoshua y Oz.

De izquierda a derecha, David Grossman, Amos Oz y Abraham B. Yehoshua.

Los tres temen que los generales impongan su criterio en un ambiente dominado por la emotividad del momento, el relato interesado del pueblo permanentemente acosado y la creencia tradicional de que Israel no se puede permitir una sola derrota en el campo de batalla si quiere sobrevivir a todas las amenazas que le acechan. Los tres creen que hay otras vías para afrontar el desafío iraní. “Hay otra forma de neutralizar la amenaza iraní, una que es al mismo tiempo más apropiada y más normal: un acuerdo de paz con los palestinos”, ha declarado Yehoshua al periódico Haaretz, el más alejado de las posiciones oficiales del Gobierno israelí y también el más respetado. “Podríamos destruir la oportunidad de la paz para varias generaciones”, ha escrito Grossman, alarmado ante la posibilidad de una operación de castigo contra las instalaciones iranís destinadas a producir combustible –¿munición?– nuclear. “No estoy preocupado, sino que tengo miedo. Estoy viendo procesos y tendencias que amenazan todo lo que yo aprecio. También la existencia del Estado de Israel”, ha declarado Oz.

El caso es que mientras una parte de la sociedad israelí se moviliza para ahuyentar el fantasma de la guerra, otra suma su voz a la de los estrategas que calculan hasta qué punto es posible una acción de castigo efectiva contra Irán. Para los partidarios de entrar en acción, importa menos preguntarse por la conveniencia de intervenir que por la efectividad de la intervención. Se trata de un asunto no menor, porque la oportunidad o no del recurso a las armas depende en gran medida de que, al día siguiente, los resultados obtenidos justifiquen el paso dado. Este es el planteamiento de los analistas que, como los requeridos por la revista Foreign Affairs a favor y en contra de la intervención, confieren tanta importancia al eventual debilitamiento militar de la república de los ayatolás como al más que probable reforzamiento de los clérigos ante una opinión pública que resultaría conmocionada por un ataque.

“A Israel no le gustaría que lo vieran como el que echó a perder una solución diplomática a una disputa que, en cualquier caso, no se puede resolver solo por medios militares”, sostuvo en el 2010 Shlomo ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores extremadamente crítico con el derrotero belicista del Gobierno de Netanyahu. Ben Ami se cuenta entre los intelectuales conmovidos por la comparación entre la Alemania nazi y la teocracia iraní puesta en circulación por el primer ministro y algunos de sus ministros más conservadores, un recurso a la sal gruesa que falta al respeto debido a la memoria de los mártires  de la Shoa. “Cualquiera que compara el Irán de hoy con Hitler, e Israel con Auschwitz, perpetra un acto que es antisionista y demagógico”, dice Oz. “Irán no es la Alemania nazi: no con respecto a su régimen político, no con respecto a su ideología y ciertamente no con respecto a sus capacidades económica y militar”, dice Yehoshua.

Estas declaraciones, preñadas de realismo, debieran ser innecesarias en la madeja de conflictos que tienen desquiciadas a las sociedades de los Orientes Próximo y Medio, desde las playas de Líbano e Israel hasta el corazón de Asia. Pero hace falta que se repitan todos los días, incluso cuando, como hace Grossman, prefiere reconocer la existencia de una situación de riesgo: “Ya existe un equilibrio de terror entre Israel e Irán. Los iranís han anunciado que tienen cientos de misiles apuntados contra ciudades israelís, y es de suponer que Israel no está de brazos cruzados. Este equilibrio de terror, dicen los expertos, abarca armas no convencionales, biológicas y químicas. Hasta ahora, nunca se ha roto”. Un artículo de Grossman en el último número de la publicación mensual progresista estadounidense The Nation insiste en la fuerza de lo poco menos que inevitable: “No quiero que Irán tenga armas nucleares, pero pienso que si las sanciones no dan resultado, Israel y el resto del mundo, desgraciadamente, tendrán que vivir con ello”. El criterio de Grossman es especialmente respetable y respetado porque ni siquiera la muerte de su hijo en la guerra del Líbano del 2006 le ha desviado del camino que se trazó mucho antes.

¿Son voces solitarias las de los intelectuales citados hasta aquí? Desde luego que no. Salvo en las mesas camilla del Tea Party y aledaños, donde las respuestas contundentes son las únicas que se barajan, en el mundo académico y en el establishment político de Estados Unidos son muchos los que ponen en tela de juicio la conveniencia de recurrir a una operación militar. El error estratégico cometido en Irak y las consecuencias que de él se derivaron están presentes en la mayoría de análisis, estimulados incluso por el presidente Barack Obama, que ha reconocido que todas las opciones entran en sus cálculos. El punto de vista de Jonathan Granoff, presidente del Global Security Institute, resume bastante bien qué conviene hacer: “En el periodo previo a la guerra de Irak, las voces de quienes se oponían fueron ignoradas por los medios de comunicación. Ahora, con los tambores de guerra contra Irán en aumento, que defienden su eficacia para mejorar la seguridad, las opciones no militares de resolución de conflictos no deben desoírse  de manera similar. Es hora de que nuestros líderes y nuestros medios de comunicación pongan también estas opciones sobre la mesa”. No hacerlo puede ser dramáticamente imprudente.