Karzai estimula las ganas de salir de Afganistán cuanto antes

La degradación de la imagen de Estados Unidos a ojos afganos adquirió los atributos de una tragedia cuando un soldado dio muerte a sangre fría a 16 personas, la mayoría mujeres y niños, el día 11 en las inmediaciones de Kandahar. Sucedió poco después de otro episodio injustificable, la quema de ejemplares del Corán en la base de Bagram, y algunas semanas más tarde de que unos soldados orinaran sobre los cadáveres de varios talibanes. La agitación que ha seguido a cada uno de estos episodios ha alarmado tanto a los ocupantes –la ISAF, encabezada por Estados Unidos–, como al Gobierno afgano, de una debilidad a menudo patética. Porque si, desde hace años, se ha abandonado la idea de regenerar el Estado y liquidar la posibilidad de que regresen los talibanes, ahora son cada vez más los que discuten la necesidad de permanecer allí hasta finales del 2014, con los posibles costes de todo tipo que conllevará prolongar la agonía de una misión sin horizontes.

En realidad, habría que decir sin horizontes, pero con enormes riesgos potenciales así que la ISAF dé su misión por terminada. Henry Kissinger  publicó en junio del año pasado un artículo en el diario The Washington Post en el cual adelantó alguno de estos riesgos: “Sin un acuerdo sostenible que defina el papel de la seguridad regional en Afganistán, cada vecino importante apoyará a las facciones rivales a través de antiguas líneas étnicas y sectarias, y estará obligado a responder a crisis inevitables bajo la presión de los acontecimientos. Esa es una fórmula para un conflicto más amplio. Afganistán podría desempeñar así el papel de los Balcanes antes de la Primera Guerra Mundial”. De lo que es fácil deducir que Kissinger no es partidario de abandonar el avispero a toda prisa.

Otros sí lo son. Por lo menos, no les parece una hipótesis descabellada, ni siquiera en el seno del Ejército. Basta con leer lo que sigue, publicado en Stars and Stripes, el periódico oficial de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos: “Los incidentes plantean la cuestión de si el anuncio del 2014 como la fecha para la retirada de Afganistán, hecho por la Casa Blanca, que se vio como un rápido fin de la guerra, es ahora demasiado lento para una misión que algunos críticos afirman que está fuera de control”. Supuesto que la publicación no da puntada sin hilo, es de imaginar que en el Pentágono deben ser bastantes los que piensan que la aventura afgana no da más de sí. Son los mismos que, después de una fase de denodados esfuerzos para controlar el territorio, prefirieron atenerse a objetivos más realistas: garantizar la propia seguridad y llegar a acuerdos con los señores de la guerra para evitar la multiplicación de conflictos locales.

Lo que más o menos se pregunta todo el mundo es qué resultados arrojan las limitadísimas ambiciones de la misión que desempeña la ISAF para prolongarla hasta los últimos días del 2014. John Rentoul, un profesor de la Universidad de Londres, sostiene que solo caben dos alternativas: “repetir las acciones de siempre y esperar un resultado diferente” o dejar Afganistán dentro de un año y “prepararse para entonces”. Lo primero se antoja condenado al fracaso; lo segundo es lo que aconseja un análisis desapasionado de la situación. El Gobierno del presidente Hamid Karzai es demasiado débil y los talibanes son demasiado fuertes como para creer que prolongar la estancia en el país puede cambiar la situación.

¿Desconfianza? ¿Cansancio? ¿Errores de gestión? Un poco de todo más la complejidad de una sociedad sumida en la tradición, el poder de los ejércitos particulares y el apoyo dispensado por las Fuerzas Armadas y los servicios secretos de Pakistán a los islamistas radicales. Brillantes gestores como el general David Petraeus, ahora director de la CIA,  se han tenido que conformar con ocuparse del día a día sin mayores ambiciones, mientras el Departamento de Estado debía aceptar que quizá sí es posible un acuerdo del Gobierno de Karzai con talibanes moderados (?).

Thomas Ruttig, cofundador y codirector del think tank Afghanistan Analysts Network, escribió después del sangriento episodio de Kandahar: “Esta matanza es también un síntoma de una política fracasada. Los superiores del soldado en la esfera política han enviado soldados a Irak y Afganistán en misiones imposibles. Los ejércitos no son simplemente los instrumentos adecuados para el cumplimiento de las tareas que les han encomendado en situaciones como la de Afganistán, con su mezcla de elementos de conflicto y posconflicto: de matar al enemigo a la reconstrucción física (lo que los alemanes llaman trabajos humanitarios con uniforme), de la protección de infraestructuras a la construcción de las instituciones”.

El descenso al caos, expresión que da título de un libro de Ahmed Rashid, uno de los grandes especialistas en Afganistán, fue afrontado por Estados Unidos y sus aliados sin la determinación necesaria para asumir los costes políticos de la operación y el impacto ante la opinión pública. Muy a menudo se presentó la función de los ejércitos desplazados al corazón de Asia como la de oenegés encargadas de rescatar a los afganos de las penalidades de la posguerra. En realidad, la guerra nunca se acabó del todo y el parte de bajas no dejó de aumentar. Tampoco mejoró sustancialmente la relación entre la población afgana y sus supuestos protectores, que antes y después de casos como el de la última matanza descubrieron que los enemigos eran ellos para una población zarandeada por diferentes formas de violencia. “Habíamos encontrado al enemigo y el enemigo éramos nosotros –ha escrito Vittorio Zucconi, director de la edición digital del diario progresista italiano La Repubblica–. Lo que ha sucedido en Afganistán es la consecuencia inevitable de la guerra demencial conducida bajo premisas demenciales (…) La democracia no se exporta, no es un automóvil ni un contenedor de zapatos”.

Conclusiones tan rotundas como la de Zucconi son cada día más frecuentes en los despachos de los estados mayores. El coste de la presencia en Afganistán, unido a la falta de resultados y a los peligros inherentes a una guerra, ha multiplicado a los partidarios de la evacuación. Karzai y su Gobierno, parapetados en Kabul, no piensan en otra cosa porque creen que es la única forma de serenar los ánimos.