Putin exhibe músculo en Sochi

Los XXII Juegos Olímpicos de Invierno se han puesto en marcha en Sochi con la imagen omnipresente de Vladimir Putin, presidente de Rusia, y el doble propósito de consolidar a la gran nación en las autopistas de la economía global y de restaurar el orgullo deportivo colectivo que el hundimiento de la Unión Soviética hizo zozobrar. Los Juegos de Sochi son los de Putin, los de una operación urbanística y logística de alcance internacional y los de un despliegue de seguridad tan apabullante como intimidador. Como ha escrito Brian Cazeneuve en Sports Illustrated, “Sochi parece una fortaleza gigante”, aunque la organización insiste –¡qué remedio!– en que estos Juegos figurarán entre los que han contado “con una seguridad más amigable”, en palabras de su presidente, Dmitri Chernishenko.

Vista aérea del Bolshoi Dome.

Después de los atentados de Volgogrado de los días 29 y 30 de diciembre, perpetrados por fundamentalistas islámicos contra una estación de tren y un trolebús, que dejaron decenas de muertos, el Gobierno ruso decidió ampliar el sistema de seguridad sin dañar la imagen internacional de Putin. Este ha logrado transmitir a la opinión pública de su país, mediante un control manifiesto de los medios de comunicación y éxitos personales recientes –Ucrania, las negociaciones de la crisis siria y la rehabilitación de Irán–, que está en condiciones de ponerse a la altura de Estados Unidos, China y la Unión Europea como actor internacional con una influencia decisiva. Este mecanismo de engorde del orgullo nacional enmascara los desequilibrios de un crecimiento económico que ha dado pie a una trama de corrupción cada vez más tupida, ha mediatizado el pluralismo político de forma escandalosa y ha justificado con frecuencia la definición aplicada a Rusia de “virtual Estado mafioso”, expresión incluida en un despacho diplomático por John Beyrle, embajador de Estados Unidos en Moscú (2008-2012), que fue filtrado por Wikileaks en el 2010.

Lo que no ha logrado el culto a la personalidad de Putin es desvanecer las dudas sobre la rentabilidad de unos Juegos que se desarrollarán en buena parte en las pistas de Krasnaya Poliana, las preferidas por el presidente y hasta donde se desplaza a menudo en helicóptero desde una de sus residencias campestres. Ni los expeditivos métodos seguidos para expropiar terrenos donde construir las instalaciones ni el calendario de trabajos varias veces revisado han permitido que todo estuviese terminado el día D. Algunos periodistas y miembros de la familia olímpica no podrán alojarse en los hoteles que contrataron o que previamente les asignaron, el rodaje de algunas instalaciones ha sido poco más que simbólico y, sobre todo, se acumulan las dudas en cuanto a la utilización futura del complejo invernal. Que el Comité Olímpico Internacional multiplique los comentarios positivos es tan encomiable como lógico, pero es del todo insuficiente para contrarrestar la opinión muy extendida de que el gigantismo y la exhibición de músculo supera en Sochi cualquier precedente en unos Juegos de Invierno: 50.000 millones de dólares gastados para dejar al mundo sin habla.

Vladimir Putin, el mes pasado en Sochi con voluntarios olímpicos.

La desinhibición del orgullo nacional promovida por los Juegos –los de Sochi y cualesquiera otros– convive con la gran duda relativa a la oportunidad del coste de la operación en un país con bolsas de pobreza lacerantes, el riesgo permanente de fractura social, las minorías olvidadas de la periferia y la opacidad de un poder político-económico bajo sospecha permanente. Los Juegos Olímpicos se han celebrado en situaciones políticas de todas clases, frente a líderes del más variado pelaje –piénsese en Adolf Hitler (1936), en Leonid Breznev (1980) o en la China que acogió los Juegos del 2008–, sin que el acontecimiento perdiese brillo. Pero las exigencias democráticas son cada día mayores y la opinión pública no es tan acomodaticia como lo fue en otros tiempos. Dicho de otra forma: la imagen que de Putin tienen probablemente la mayoría de sus conciudadanos está lejos de ser lo tranquilizadora y positiva que conviene a una cita en la que se asocian deporte, juventud, espectáculo, política y economía. Antes al contrario, la foto fija de Sochi se antoja una metáfora de la autocracia rusa.

Estos son los días de Putin y su forma de entender la política. Al mismo tiempo, los Juegos son un gran negocio universal en cuyo seno cuentan tanto los balances contables como los egos nacionales reforzados por las victorias de los deportistas. Y esta regla de oro se cumple a rajatabla en todos los deportes de masas, sin que importen mucho otras consideraciones. La diferencia es que Putin ha planteado los Juegos de Sochi como un mecanismo sustitutivo de su legitimidad política, puesta en duda por los manejos constitucionales que le han permitido regresar a la presidencia, por la represión y encarcelamiento de sus adversarios, por el caso Pussy Riot, por las campañas contra los homosexuales, por el oportunismo de la amnistía de hace unas semanas y por un chauvinismo practicado a todas horas, como explica la profesora Nina L. Khrushcheva, del World Policy Institute.

El escritor ruso Boris Pasternak (1890-1960), mundialmente conocido por su novela ‘Doctor Zhivago’.

En este proceso de legitimación, Putin mira más hacia afuera que hacia dentro, porque en casa, en especial entre la población rusófona del Cáucaso, el presidente quedó políticamente justificado para siempre cuando encaró con determinación y mano dura la situación en Chechenia y Dagestán, primero, y en Osetia del Sur y Abjasia, después (estos dos territorios se declararon estados independientes –puede decirse estados títere– en agosto del 2008 al final de la corta guerra que enfrentó a Georgia con Rusia, cuando el presidente nominal era Dmitri Medvédev). El recuerdo inquietante de la presidencia de Boris Yeltsin, con el Estado al borde del colapso, sigue vivo en la memoria colectiva rusa, especialmente en aquellas regiones donde, a las penurias materiales, se sumó la sensación cotidiana de que su mundo se hundía de forma irremediable, sometido a la presión secesionista y a la yihad de quienes persiguen la entelequia de la instauración de un califato en el Cáucaso. Para muchos rusos, la angustia de aquellos tiempos llenó de significado una frase del gran escritor Boris Pasternak: “Pero todos sufrieron de un modo indescriptible, sufrieron hasta ese grado en que la angustia se transforma en enfermedad mental”. De tal manera que hoy apenas cuenta el resto de materiales que componen el relato cotidiano de la vida en Rusia, tan alejado del compromiso con la democracia y tan cercano a la adhesión incondicional al jefe.