El juego de Putin

La complejidad de la crisis siria ha subido un punto más en su particular escala de Richter a raíz de la intervención directa de la aviación rusa en los bombardeos contra enclaves de la oposición al régimen de Bashar el Asad más que contra las del Estado Islámico, según muy solventes indicios. Mientras Rusia defiende su derecho a apoyar un régimen elegido democráticamente, según el muy previsible articulista de Pravda Timothy Bancroft-Hinchey, cunde la alarma en Occidente por el riesgo de un incidente entre aviones rusos y estadounidenses sobrevolando un mismo espacio aéreo, y aún más por el apoyo explícito dispensado en el campo de batalla por Rusia al presidente sirio. Un apuntalamiento o protección de la autocracia de El Asad que lleva inexorablemente a aceptar como única hipótesis viable para detener la matanza la participación del presidente en cualquier negociación política.

Cuando al menos en una ocasión se ha podido confirmar que las bombas rusas cayeron sobre un grupo entrenado por la CIA, cuando se han puesto en marcha obras de ampliación de la base rusa de Tartus, en la costa siria, y cuando Vladimir Putin defiende la conveniencia de una actuación preventiva “para luchar y destruir militantes y terroristas sobre el terreno dispuestos a ocuparlo”, sin especificar de quiénes se trata, no es muy difícil imaginar que el presidente de Rusia ha cogido su fusil con el debido cuidado de no provocar un enfrentamiento directo con Estados Unidos y sus aliados, pero también sin especial disposición a atender los argumentos de François Hollande y Angela Merkel para que los ataques se circunscriban a las bases del Estado Islámico. Hay en todo ello cierta lógica heredada de la guerra fría, pero también la reparación o compensación de la marginación de Rusia por la OTAN a raíz de la intervención en Libia, cuando Putin era primer ministro y Dmitri Medvédev, presidente (a partir del 2012 se intercambiaron los papeles). Asoma en la crisis el propósito ruso de no quedar fuera de la solución política siria y, de forma más amplia, de la maraña de influencias en Oriente Próximo.

Un largo informe colgado en la web estadounidense Politico.com desarrolla la idea de que la estrategia rusa obedece al convencimiento de Putin de que fue un gran error la actitud de Rusia en el 2011 al abstenerse en el Consejo de Seguridad de la ONU y dejar las manos libres a la OTAN en Libia. Pero obedece también, asegura el medio,  a una pugna por el poder en el interior del Kremlin entre sus dos hombres fuertes, el propio Putin y Medvédev, comprometido el primero en restablecer la influencia de Rusia mediante dosis intensivas de nacionalismo radical y empeñado el segundo en adecuar la política rusa a la capacidad de resistencia de su economía, baqueteada por las sanciones occidentales a raíz de la crisis ucraniana. Se dé o no esa disputa, lo cierto es que el compromiso ruso con El Asad prefigura objetivos políticos muy diferentes a los del 2011, después de que Medvédev negociara un nuevo acuerdo nuclear con Barack Obama, aprobado por la Duma y es de suponer que bendecido por Putin.

Para David F. Gordon, especialista en seguridad, Putin entiende que la situación en Siria es una gran oportunidad geopolítica para mitigar los efectos de la debilidad económica causada por la caída de los precios en el mercado de la energía y por las sanciones. Más que una pelea entre los hombres fuertes del establishment ruso, Gordon sostiene en Foreign Affairs que el comportamiento de Putin responde a su convencimiento de que puede sacar partido al fracaso estadounidense para detener al Estado Islámico, encontrar una solución política para Siria y, acto seguido, resolver la crisis de refugiados en Europa. “Putin es un oportunista que trata de aumentar la influencia rusa en Oriente Próximo y, al mismo tiempo, proyecta la imagen del Kremlin en el mundo, y especialmente en Europa, como parte esencial de la solución a los problemas”, escribe Gordon.

Resulta más difícil descifrar de qué hablaron Obama y Putin en Nueva York para que un día más tarde Estados Unidos mostrara su sorpresa por el inicio de los bombardeos rusos, como si el asunto no hubiese formado parte de la conversación. Los aires de sorpresa del secretario de Defensa, Ashton B. Carter, al recordar que algunos de los grupos de oposición bombardeados “están apoyados por Estados Unidos y es necesario que formen parte de una solución política en Siria”, parecen fruto del desconcierto, pues el apoyo ruso al régimen sirio ha pasado de la retórica y los suministros a la implicación directa. Es decir, a través de la política de hechos consumados la situación ha evolucionado hacia una mayor complejidad; no se trata solo de salvar el régimen de Bashar el Asad, sino de convertirlo en la pieza clave en el tablero de Oriente Próximo.

La sorpresa y el desconcierto se agrandan en la medida en que, al mismo tiempo que el Pentágono denuesta los bombardeos rusos, el Departamento de Estado se entrega a la diplomacia directa, y John Kerry se presta a discutir el problema con el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov. ¿Síntomas de debilidad o necesidad acuciante? Charles Krauthammer, analista de The Washington Post, se inclina por el retroceso de Estados Unidos en el escenario de referencia, parte del convencimiento de que cuando Obama llegó a la Casa Blanca, “Estados Unidos había emergido como el actor regional dominante” en Oriente Próximo, para lamentar acto seguido: “El último domingo, Irak anunció el establecimiento de una alianza con Irán, Siria y Rusia, símbolo de la nueva alianza del creciente chií (…) bajo el paraguas de Rusia, la potencia regional hegemónica ascendente”. Un análisis que comparte la creencia de los gabinetes de estrategia que ven en la retirada estadounidense de Oriente Medio el primer mojón del camino que conduce directamente a la intensificación de la guerra fría no declarada en el golfo Pérsico entre el mundo suní, encabezado por Arabia Saudí, y el chií, pilotado por la teocracia de los ayatolás.

Nadie pensó al inicio de la guerra civil de Siria, hace cuatro años, que un dictador desprestigiado y sanguinario, a pesar del apoyo ruso e iraní, pudiese sobrevivir a la presión internacional y a las matanzas obscenas. Nadie apostó por un asentamiento del Estado Islámico como factor determinante en la crisis. Por el contrario, fueron mayoría los que creyeron que la vesania de El Asad cavaría su tumba. Todo ha sucedido al revés: el presidente sirio se ha convertido en la alternativa soportable y preferible al Estado Islámico (al menos para Occidente) y, en cambio, sus adversarios políticos, organizados bajo diferentes nombres, han sucumbido a la realpolitik y a la habilidad de Rusia para sacar partido a la indecisión de Estados Unidos y sus aliados. Si Putin no ha tomado la iniciativa, al menos ha igualado el compromiso de Occidente en el campo de batalla y ha hecho de Siria, quizá, la moneda de cambio para afrontar otras crisis o atenuar por lo menos los efectos de la interferencia rusa en Ucrania. Este parece el juego.

Rusia, condenada a una crisis

“Si Rusia no empieza hoy su modernización, corre el riesgo de convertirse mañana en un país del Tercer Mundo”, vaticinó en el 2012 el analista IgorYurgens. Dos años antes, varios líderes políticos, exdirigentes de la Unión Soviética, economistas y empresarios habían dado público apoyo a un proceso de modernización acelerada de la economía rusa, excesivamente dependiente de la exportación de energía y, por esa razón, de las fluctuaciones de un mercado sometido o influido a todas horas por los vaivenes de la política. La caída de los precios del petróleo a finales de 2008 puso en evidencia la debilidad de los países dependientes del monocultivo del petróleo, fuente principal de los ingresos en dólares, y hoy como ayer vuelven a cernirse sobre la economía rusa los peores presagios –la caída en picado del rublo, la escalada inflacionista y la contracción del mercado interior–, agravados por las sanciones de Occidente a causa de la crisis de Ucrania.

En realidad, el rosario de datos concatenados que determinan las dificultades de la economía rusa revelan hasta qué punto es esta vulnerable. No solo porque carece de alternativas rentables e inmediatas para compensar el efecto de las sanciones impuestas por Occidente, sino porque está a merced de las fluctuaciones del precio del petróleo, que está condicionado por la capacidad de producción y distribución de la OPEP y la acumulación de reservas en todo el mundo. Por utilizar la terminología al uso, Rusia tiene una muy limitada capacidad de resistencia, aunque durante la presidencia de Dmitri Medvédev, gracias al buen momento de las relaciones ruso-estadounidenses, la impresión fuese otra.

Según un artículo de William E. Pomeranz distribuido por la agencia Reuters, “la espectacular caída del precio del petróleo supone un descenso de las rentas del Estado y menos dinero para los ambiciosos proyectos de gasto militar y social de Putin”, que debe unirse a la fuga de capitales, cuya cuantía es imposible calcular. En cualquier otro escenario que no fuera el ruso, se diría que se dan las condiciones para una crisis social o, al menos, hay el riesgo cierto de que se produzca, pero en el proceso de rearme moral colectivo emprendido por el Kremlin a raíz de la crisis ucraniana y del consiguiente distanciamiento de Estados Unidos y de la Unión Europea, es posible que, a pesar de los pesares, siga influyendo más el reflejo nacionalista que el efecto inmediato de la crisis económica.

Eso es, al menos, lo que daban a entender las encuestas de hace solo un mes, que otorgaban a Putin un índice de aceptación de alrededor del 80%. Cosa distinta es que el restablecimiento de la grandeza de Rusia como gran potencia sea viable sin una economía que no dependa solo de las fluctuaciones del precio del petróleo y de la exportación de gas. Porque cuando la propaganda rusa amenaza con buscar otros clientes para sustituir a los recelosos europeos, oculta un dato: solo China puede compensar una disminución significativa de las ventas en el mercado europeo, como ha entendido Vladimir Putin, que ha firmado acuerdos de suministro con los gobernantes chinos que empezarán a aplicarse en el 2018. E incluso así, la falta de acuerdo para el gaseoducto South Stream, que debe conectar la red rusa a la de la UE por Bulgaria después de cruzar el lecho del mar Negro, daña sin remisión la política de ventas diseñada por Gazprom, la primera empresa rusa, para evitar el paso del combustible por Ucrania.

De ahí a concluir que la decisión de la OPEP de mantener la producción –30 millones de barriles diarios– está relacionada con la situación de Rusia media solo un paso. A pesar de los datos que reflejan una caída del consumo, un aumento de las reservas y un descenso de las importaciones en Estados Unidos a raíz de la explotación de los yacimientos de esquisto, indicadores todos ellos que aconsejarían una disminución de las extracciones, la reacción ha sido justamente la contraria y el barril de Brent se ha situado por debajo de los 70 dólares –llegó en junio a los 115 dólares–, con grave perjuicio para monocultivadores de energía como Venezuela o Irán, sin otro producto que exportar, o para aquellos con una presencia muy limitada en otros campos, caso de Rusia. Dicho de otro modo: la decisión impuesta a la OPEP por Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo es hija seguramente de la determinación de Estados Unidos y sus aliados de presionar indirectamente a Rusia sin sufrir o afrontar el desgaste político de un nuevo motivo de tensión después del de Ucrania.

Hay en este relato ingredientes suficientes para vislumbrar una nueva guerra fría posmoderna en la que ya no cuentan tanto la ocupación de áreas específicas, con la consiguiente parafernalia nuclear y la rivalidad entre modelos económicos diferentes, sino el recurso a la economía global para domeñar voluntades. La economía rusa dejó de ser, con el hundimiento del bloque socialista, la isla no contaminada o no relacionada con la red de intereses de la economía occidental, y no puede sostener por tiempo ilimitado la situación actual so pena de aceptar un empobrecimiento acelerado de la clase media surgida de las privatizaciones, las inversiones extranjeras y la exportación de energía como instrumento casi exclusivo para financiar la modernización del país. Las compras de propiedades hechas en dólares y euros, que son ahora inasumibles a causa de la devaluación incesante del rublo hasta perder un 40% de su valor, constituyen el ejemplo más llamativo de una situación que puede llegar a ser insostenible para el grupo social que ha asentado en el poder el nacionalismo encarnado por Putin.

En el trabajo Rusia en el siglo XXI. Una visión para el futuro, del año 2010, varios autores insisten en que las élites no lograron llevar a la práctica el programa de modernización necesario para no ser un país diferente. Pero enseguida surgió en aquel entonces la respuesta del bando contrario a cambiar las coordenadas políticas rusas con el argumento harto discutible de que los fracasos en materia económica no significan que sea necesario un cambio en el sistema. Por el contrario, el artilugio constitucional que llevó a Medvédev a la presidencia para permitir luego el regreso de Putin al frente del Estado se entendió como una garantía de progreso, cuando en la práctica cegó las vías de acceso a cambios políticos significativos, a la alternancia en el poder de diferentes opciones y a la competencia entre programas. Que esto fuese útil en un primer momento, final de la década de los 90, para atajar la decadencia sin remisión de la Rusia de Boris Yeltsin no significa que lo sea ahora para guardar los estandartes en el cuarto de banderas, abordar la crisis ucraniana con realismo y dar con una solución equilibrada que no sea una claudicación, pero que permita acabar con la incertidumbre de una economía en caída libre.

Es posible que en algún momento pensara Putin que podía derrocar al Gobierno de Ucrania, como ha escrito Paul Krugman, pero tal ensoñación se desvaneció en cuanto se multiplicaron en Occidente los valedores del Gobierno de Kiev. Se trató de un gesto lleno de oportunismo, de un desafío a la convicción de Putin de que sólo él tiene derecho a mantener ordenado y a su conveniencia el vecindario más inmediato, pero fue un acontecimiento decisivo para consagrar la división ucraniana, hacer de la guerra una enfermedad crónica y abrir un paréntesis para reflexionar. Lo que se cruzó luego en el camino del presidente ruso fue el cambio acelerado en el mercado de la energía, la falta de alternativas para cobrar en otros caladeros los dólares de menos obtenidos en los yacimientos de gas y petróleo.

Aun así, no creía Krugman este último verano que se diesen en el libro de ruta de las finanzas globales las condiciones necesarias para la concreción de una nueva guerra fría. Aludía el economista a la probada capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de situaciones, pero, y siempre hay un pero, en aquel tan cercano como lejano último agosto no ensombrecía las murallas del Kremlin la densa nube de la crisis social que ahora se teme o se presiente. Y Occidente no estaría libre de culpa si se cumpliera la sabia creencia de que cualquier situación siempre es susceptible de empeorar.

Putin exhibe músculo en Sochi

Los XXII Juegos Olímpicos de Invierno se han puesto en marcha en Sochi con la imagen omnipresente de Vladimir Putin, presidente de Rusia, y el doble propósito de consolidar a la gran nación en las autopistas de la economía global y de restaurar el orgullo deportivo colectivo que el hundimiento de la Unión Soviética hizo zozobrar. Los Juegos de Sochi son los de Putin, los de una operación urbanística y logística de alcance internacional y los de un despliegue de seguridad tan apabullante como intimidador. Como ha escrito Brian Cazeneuve en Sports Illustrated, “Sochi parece una fortaleza gigante”, aunque la organización insiste –¡qué remedio!– en que estos Juegos figurarán entre los que han contado “con una seguridad más amigable”, en palabras de su presidente, Dmitri Chernishenko.

Vista aérea del Bolshoi Dome.

Después de los atentados de Volgogrado de los días 29 y 30 de diciembre, perpetrados por fundamentalistas islámicos contra una estación de tren y un trolebús, que dejaron decenas de muertos, el Gobierno ruso decidió ampliar el sistema de seguridad sin dañar la imagen internacional de Putin. Este ha logrado transmitir a la opinión pública de su país, mediante un control manifiesto de los medios de comunicación y éxitos personales recientes –Ucrania, las negociaciones de la crisis siria y la rehabilitación de Irán–, que está en condiciones de ponerse a la altura de Estados Unidos, China y la Unión Europea como actor internacional con una influencia decisiva. Este mecanismo de engorde del orgullo nacional enmascara los desequilibrios de un crecimiento económico que ha dado pie a una trama de corrupción cada vez más tupida, ha mediatizado el pluralismo político de forma escandalosa y ha justificado con frecuencia la definición aplicada a Rusia de “virtual Estado mafioso”, expresión incluida en un despacho diplomático por John Beyrle, embajador de Estados Unidos en Moscú (2008-2012), que fue filtrado por Wikileaks en el 2010.

Lo que no ha logrado el culto a la personalidad de Putin es desvanecer las dudas sobre la rentabilidad de unos Juegos que se desarrollarán en buena parte en las pistas de Krasnaya Poliana, las preferidas por el presidente y hasta donde se desplaza a menudo en helicóptero desde una de sus residencias campestres. Ni los expeditivos métodos seguidos para expropiar terrenos donde construir las instalaciones ni el calendario de trabajos varias veces revisado han permitido que todo estuviese terminado el día D. Algunos periodistas y miembros de la familia olímpica no podrán alojarse en los hoteles que contrataron o que previamente les asignaron, el rodaje de algunas instalaciones ha sido poco más que simbólico y, sobre todo, se acumulan las dudas en cuanto a la utilización futura del complejo invernal. Que el Comité Olímpico Internacional multiplique los comentarios positivos es tan encomiable como lógico, pero es del todo insuficiente para contrarrestar la opinión muy extendida de que el gigantismo y la exhibición de músculo supera en Sochi cualquier precedente en unos Juegos de Invierno: 50.000 millones de dólares gastados para dejar al mundo sin habla.

Vladimir Putin, el mes pasado en Sochi con voluntarios olímpicos.

La desinhibición del orgullo nacional promovida por los Juegos –los de Sochi y cualesquiera otros– convive con la gran duda relativa a la oportunidad del coste de la operación en un país con bolsas de pobreza lacerantes, el riesgo permanente de fractura social, las minorías olvidadas de la periferia y la opacidad de un poder político-económico bajo sospecha permanente. Los Juegos Olímpicos se han celebrado en situaciones políticas de todas clases, frente a líderes del más variado pelaje –piénsese en Adolf Hitler (1936), en Leonid Breznev (1980) o en la China que acogió los Juegos del 2008–, sin que el acontecimiento perdiese brillo. Pero las exigencias democráticas son cada día mayores y la opinión pública no es tan acomodaticia como lo fue en otros tiempos. Dicho de otra forma: la imagen que de Putin tienen probablemente la mayoría de sus conciudadanos está lejos de ser lo tranquilizadora y positiva que conviene a una cita en la que se asocian deporte, juventud, espectáculo, política y economía. Antes al contrario, la foto fija de Sochi se antoja una metáfora de la autocracia rusa.

Estos son los días de Putin y su forma de entender la política. Al mismo tiempo, los Juegos son un gran negocio universal en cuyo seno cuentan tanto los balances contables como los egos nacionales reforzados por las victorias de los deportistas. Y esta regla de oro se cumple a rajatabla en todos los deportes de masas, sin que importen mucho otras consideraciones. La diferencia es que Putin ha planteado los Juegos de Sochi como un mecanismo sustitutivo de su legitimidad política, puesta en duda por los manejos constitucionales que le han permitido regresar a la presidencia, por la represión y encarcelamiento de sus adversarios, por el caso Pussy Riot, por las campañas contra los homosexuales, por el oportunismo de la amnistía de hace unas semanas y por un chauvinismo practicado a todas horas, como explica la profesora Nina L. Khrushcheva, del World Policy Institute.

El escritor ruso Boris Pasternak (1890-1960), mundialmente conocido por su novela ‘Doctor Zhivago’.

En este proceso de legitimación, Putin mira más hacia afuera que hacia dentro, porque en casa, en especial entre la población rusófona del Cáucaso, el presidente quedó políticamente justificado para siempre cuando encaró con determinación y mano dura la situación en Chechenia y Dagestán, primero, y en Osetia del Sur y Abjasia, después (estos dos territorios se declararon estados independientes –puede decirse estados títere– en agosto del 2008 al final de la corta guerra que enfrentó a Georgia con Rusia, cuando el presidente nominal era Dmitri Medvédev). El recuerdo inquietante de la presidencia de Boris Yeltsin, con el Estado al borde del colapso, sigue vivo en la memoria colectiva rusa, especialmente en aquellas regiones donde, a las penurias materiales, se sumó la sensación cotidiana de que su mundo se hundía de forma irremediable, sometido a la presión secesionista y a la yihad de quienes persiguen la entelequia de la instauración de un califato en el Cáucaso. Para muchos rusos, la angustia de aquellos tiempos llenó de significado una frase del gran escritor Boris Pasternak: “Pero todos sufrieron de un modo indescriptible, sufrieron hasta ese grado en que la angustia se transforma en enfermedad mental”. De tal manera que hoy apenas cuenta el resto de materiales que componen el relato cotidiano de la vida en Rusia, tan alejado del compromiso con la democracia y tan cercano a la adhesión incondicional al jefe.

Putin toma el camino de regreso al Kremlin

Manifestación en Moscú.

Concentración celebrada el 4 de febrero en Moscú por la oposición a Vladimir Putin.

Vladimir Putin prepara la vuelta a casa. Para quien a ojos de muchos de sus conciudadanos restauró la dignidad nacional y salvó a Rusia de la decadencia irrefrenable en los días de Boris Yeltsin, el Kremlin y el despacho de la presidencia son sus moradas naturales. Cualquier otro lugar -incluida la oficina del primer ministro, que ha ocupado durante cuatro años- queda muy por debajo de sus merecimientos. La tradición del zar predestinado se cumple de forma inexorable y, frente a las virtudes que lo adornan, cualquier otra consideración carece de valor. Claro que contra ese determinismo prelógico se levantan algunas voces, que a veces constituyen una multitud, y entonces chocan las élites gobernantes y las élites emergentes que quieren mejorar la calidad democrática del sistema.

Fareed Zakaria, editor del semanario conservador estadounidense Time, atisba señales de cambio, aunque también admite  el peso de la tradición. De acuerdo con esta última, se explica el interregno de cuatro años de Dmitri Medvédev en la presidencia del país, porque la teoría más extendida es que el Estado ha sido y es desde tiempo inmemorial propiedad de una élite ajena a las pulsiones de la sociedad. En cambio, a tenor de las protestas en la calle a partir del 4 de diciembre del 2011, posteriores a unas elecciones legislativas de una opacidad impenetrable, es precipitado suponer que Rusia cobija una sociedad adormecida: “Siempre ha habido una sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante, defensora de valores universales y de los derechos humanos. Se trata de la Rusia de Tolstoi y Pasternak, Sajarov y Gorbachov, y siempre ha creído que el destino de Rusia se encuentra en Occidente. Esta Rusia no ha muerto bajo Putin. De hecho, ha ido creciendo en silencio, pero con vigor, en la última década. En un artículo publicado en Journal of International Affairs, de la Universidad de Columbia, Debra Javeline y Sarah Lindemann-Komarova describen una Rusia en la que la sociedad civil tiene un impacto cada vez mayor. Hoy hay más de 650.000 organizaciones no gubernamentales en Rusia. Muchos de estos grupos no son abiertamente políticos, sino que desafian la autoridad gubernamental y sus decisiones -por razones ambientales, por ejemplo-, y algunas veces prevalecen”.

Lo cierto es que esta “sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante” ha de contrarrestar una coreografía de campaña en la que Putin ha mezclado la gesticulación del líder populista con los baños de masas, promesas de rearme para devolver a Rusia la potencia de fuego de los días de la Unión Soviética, un complot checheno para asesinarle descubierto in extremis e incluso una oferta gradilocuente para salvar a Europa de la decadencia, se supone que mediante los ingresos siempre en aumento del petróleo y del gas. En este ambiente, el Informe del estatus de la sociedad civil, elaborado en el 2008 entre oenegés que operan en Rusia, proporciona datos propios de una sociedad más dinámica de lo que se suele pensar: el 49% de las entidades consultadas respondió que influyen en las decisiones que toma el Gobierno; el 64%, que contribuyen a formar la opinión pública, y el 56%, que influyen en sus conciudadanos.

De ahí que no sorprenda que el título de un post escrito por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial sea Algo se mueve en Rusia. En el texto se recoge la pregunta por demás sugestiva formulada por Robert Service, una autoridad mundial en historia de Rusia: ¿estamos en los comienzos de la nueva revolución rusa? Habida cuenta de que es imposible una respuesta inequívoca, Madridejos se remite a los mensajes que envía la calle: “Resulta evidente que Putin y sus epígonos no han podido crear una Administración moderna y eficaz en el inmenso país, ni unas instituciones sólidas que canalicen las reformas sin temor al desbordamiento; pero un sistema liberal y democrático, parecido al de Europa occidental, no está inscrito en los augurios del futuro inmediato. La prudencia interpretativa es de rigor ante los últimos acontecimientos. Porque lo que ocurre en Moscú no puede extrapolarse al inmenso país, los resortes del poder son apabullantes y la pregunta retórica del profesor Service no tiene respuesta por el momento”.

La vuelta a casa -al Kremlin- de Putin contiene todos los elementos de un auto sacramental destinado a impresionar al país-continente con un poder inabarcable y paternal. De tal manera que lejos de los grandes centros urbanos, de los lugares que más han sentido la implantación del capitalismo a toda máquina, con su secuela inevitable de corrupción a todas horas y clientelismo político, la figura del zar protector sigue rindiendo intereses. Para esta mayoría silenciosa, alejadísima de los centros del poder, carece de sentido preguntarse por la conveniencia o no de un gobernante fuerte, de una presidencia fuerte, al estilo de lo sucedido en Francia en la campaña de las primarias del Partido Socialista. En estos ambientes está del todo justificado que Putin tenga en su despacho un retrato de Pedro el Grande, según publicó la revista Forbes.

Además, sigue vigente un pacto tácito entre una parte de los sectores sociales políticamente activos y el poder. Así lo han explicado en Foreign Affairs Maria Lipman, directora de Pro et contra, publicación de análisis que edita en Moscú el Carnegie Center, y Nikolai Petrov, politólogo de largo recorrido que colabora con la misma organización: “Durante años, las relaciones entre el Estado y la sociedad en la Rusia de Putin se rigen por lo que podría describirse como un pacto tácito de no injerencia. En muchos ámbitos -entre ellos sustituir cargos de elección popular con personas designadas-, con la introducción de restricciones que impiden los jugadores no deseados en el campo político, el Gobierno envió un mensaje implícito a la gente de que no debe inmiscuirse en los asuntos de Estado. A su vez, el Gobierno no interfirió en actividades individuales, y las clases creativas y empresariales del país disfrutaron de oportunidades bastante amplias para sentirse realizadas. De esta manera, el Gobierno y el pueblo vivieron en mundos paralelos. La clase política de Rusia no tuvo que preocuparse en rendir cuentas. La corrupción, la ilegalidad y el abuso de autoridad fueron omnipresentes, mientras que el desempeño del Gobierno fue cada vez más ineficaz. En los últimos años, las infraestructuras deficientes y las normas poco estrictas de seguridad han llevado a desastres de gran magnitud que han dejado cientos de muertos”.

El análisis de la situación que hace Gérard Fuchs, integrante de la Fundación Jean-Jaurès, en la órbita del socialismo francés, complementa el de Lipman y Petrov: “La situación social del país se desprende de forma bastante lógica de su situación económica. ¿Cómo invertir con continuidad en la educación, léase simplemente pagar regularmente los salarios de los profesores, con un presupuesto del Estado dependiente en gran medida de las fluctuaciones de los precios de las materias primas? ¿Cómo garantizar el poder adquisitivo de los jubilados? ¿Cómo desarrollar un sistema sanitario moderno? En este contexto no es sorprendente el ascenso de un voto comunista o nacionalista que refleja menos la nostalgia de una época superada que el rechazo de las desigualdades escandalosas”. Esto es: el equilibrio entre el poder y el segmento social más crítico y activo puede romperse ante la flagrante debilidad que muestra el Estado como prestatario de servicios a los contribuyentes.

Las preguntas de Fuchs no excluyen en ningún caso el triunfo de Putin. Porque a pesar de que encabeza su reflexión con un interrogante -¿Es posible una primavera rusa?- próximo al de Service, no soslaya un dato determinante: la primavera árabe, a la que parece aludir, solo se concretó en un movimiento popular después de un largo periodo de degradación del poder. En Rusia, la prosperidad del mercado energético y las inversiones occidentales constituyen un espectacular muro de contención.