Todo ha fallado en Irak

Los peores presagios se han hecho realidad en Irak, al borde del abismo a causa de la irrupción irrefrenable de los yihadistas sunís del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el sectarismo del primer ministro Nuri al Maliki (chií) y el alejamiento de Estados Unidos del campo de batalla. Lo que se apuntó como una posibilidad en el 2003 a raíz de la invasión anglo-estadounidense, la quiebra del Estado y el desmembramiento de la comunidad iraquí, se avizora hoy en un horizonte sembrado de cadáveres, rivalidades regionales, enfrentamiento religioso y la sensación de que se está en el comienzo de un proceso paulatino de desestabilización cocinado a fuego lento por la guerra de Siria, que en marzo cumplió tres años, y la incapacidad de los gobernantes iraquís de salirse del comunitarismo para asentar el Estado. Todo cuanto ha sucedido en Irak desde que el EIIL tomó Mosul se ajusta a un guion donde el punto de partida es la ausencia de un Estado eficaz: la huida en desbandada del nuevo Ejército iraquí, el concurso de antiguos baazistas en el bando suní para combatir a los gobernantes de Bagdad, el llamamiento desgarrado del ayatolá Alí al Sistani para que la grey chií se sume a la lucha contra los islamistas sunís, el apoyo de los peshmergas –combatientes kurdos– a la ofensiva y una serie prodigiosamente variada de matrimonios de conveniencia que solo se sostienen en la atmósfera de la guerra.

De todas estas uniones por interés, la más razonada, razonable y previsible es la de Estados Unidos y Occidente en general con Irán. La rehabilitación a toda máquina de la república teocrática es posible porque, en el descoyuntamiento de la región, los ayatolás pueden desempeñar el papel de aliados estables en el golfo Pérsico, aunque sea a costa del disgusto de los saudís (sunís muy conservadores), que mantienen una pugna histórica con los chiís –los iranís– por la hegemonía en medio de un mar de petróleo. A punto de acotarse el alcance del programa atómico impulsado con entusiasmo por el anterior presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el pragmatismo de su sucesor, Hasán Rohani, puede transformar a Irán en el socio necesario para desespero del frente neocon, que en el 2002 colocó a Irán en el eje del mal.

Barack Obama “habla de cambio climático mientras Irak vive a sangre y fuego”, clama Dick Cheney, vicepresidente con George W. Bush y primer promotor de la invasión de Irak en el 2003. “La intervención del 2003 no es responsable del caos iraquí”, ha escrito el exprimer ministro británico Tony Blair en las páginas del diario francés Le Monde. Algunos diputados conservadores alarman al establishment al buscar algún resquicio legal para llevar a Blair ante el juez por haberse sumado a la campaña del 2003. El escritor franco-marroquí Tahar Ben Jelloun se lamenta de que “Bush hijo no sea procesado por sus crímenes”. Y Dominique de Villepin, ministro francés de Asuntos Exteriores en los aciagos días de la invasión que se opuso a ella sin concesiones, se permite señalar tres fracasos en aquella operación que cambió el semblante de Oriente Próximo: la guerra contra el terrorismo, el cambio de régimen y la ausencia de una construcción nacional según la pensaron la Casa Blanca y el Departamento de Estado al poner en marcha la maquinaria militar.

Quizá sea cierto que hay en marcha una operación para desmembrar Irak, como ha declarado Al Maliki a la emisora de televisión Al Manar, instrumento del movimiento chií libanés Hizbulá, pero al emitir ese diagnóstico soslaya su propia responsabilidad en la crisis y, al mismo tiempo, refuerza la idea de los fracasos enumerados por Villepin. La publicación progresista británica New Statesman se refiere sin tapujos a la “desgracia de tener a Nuri al Maliki de primer ministro”. “Los chiís que dominan el Gobierno –explica– han trabajado de forma asidua para alienar la minoría suní y su mal gobierno ha contribuido profundamente a las presentes dificultades”. Y la decepción que transmiten los diplomáticos y funcionarios extranjeros que han estado en Irak abunda en mensajes de parecido tenor, como si la crisis de las mezquitas de 2006-2007 y la fractura social después de tres guerras –contra Irán (1980-1988), la intervención internacional de 1991 y la invasión del 2003– no hubiesen emitido suficientes señales de alarma para buscar un punto de encuentro de las tres comunidades que engloba Irak: sunís, chiís y kurdos.

Pero quizá la señal más elocuente del estrepitoso fracaso cosechado por Al Maliki y, de rebote, por Estados Unidos sea la debilidad de un Ejército que ha respondido a la presión islamista ausentándose del campo de batalla y dejando armas y bagajes a disposición del enemigo. Si alguien dudó alguna vez de que uno de los grandes errores cometidos por la Administración de George W. Bush fue desmantelar el Ejército de Sadam Husein, la suerte de los combates en Mosul, Tikrit y otros lugares no puede ser más esclarecedora: llevaban razón quienes dijeron que asentar un Ejército de nueva planta requiere un mínimo de 20 años; es una labor que no se puede improvisar aunque Estados Unidos se encargue de la operación y destine a ella grandes cantidades de dinero en forma de instructores y material de última generación. Lo que sucedió al desvanecerse el Ejército de Sadam Husein fue que creció exponencialmente la capacidad de resistencia al invasor de diferentes formas de guerrilla y, al mismo tiempo, las nuevas fuerzas armadas aparecieron ante una parte muy importante de la opinión pública iraquí como el brazo represor de un régimen impuesto, sometido a intereses foráneos. Y esa percepción sigue vigente.

La posibilidad de que se pase del rompecabezas a una guerra civil ahora incipiente depende de varios factores. El primero de ellos es comprobar hasta qué punto la calle iraquí, no las milicias organizadas de sunís y chiís, se suma a la lucha en cada bando con sus propios medios, como aventura que podría suceder Hayder al Khoei, investigador asociado al think tank británico Chatham House. Solo una intervención significativa de Estados Unidos puede evitar o al menos limitar una escalada cualitativa como la apuntada por Al Khoei, algo que, por lo demás, queda bastante lejos de las intenciones del presidente Obama, partidario que apoyar al Gobierno iraquí sin que un solo soldado ponga pie a tierra, y previo abandono del sectarismo por parte de Al Maliki. ¿Acaso se está ante una nueva muestra de que los tiempos de la unipolaridad y de la hiperpotencia han pasado a la historia? La respuesta del politólogo francés Dominique Lagrange se acerca bastante a la realidad: “No hay un polo en el sentido de un líder con capacidad de atracción, ni siquiera varios. Hay una centralidad de Estados Unidos en la estructuración de lo internacional”. Nunca la posguerra fría estuvo más lejos de constituir un sistema estable de relaciones entre los estados.

Al favor de esos vientos de guerra que de Siria han llegado a Irak, y acaso sigan su curso en busca de nuevos horizontes, se concretan dos realidades que, no por esperadas, resultan menos deplorables. La primera es el reforzamiento de Bashar el Asad, que combate a una oposición en la que el EIIL es de largo el grupo armado más dinámico, mejor instruido y que dispone de mejor material. La segunda es la tensión en los mercados energéticos, con un ojo puesto en la suerte final del gas ruso que debe fluir hacia Europa Occidental a través de Ucrania y otro atento al futuro de los pozos de petróleo iraquís. Resulta tan escabrosa la hipótesis de una tolerancia indirecta del régimen sirio, por tratarse de un mal menor, como la probabilidad de que las víctimas más vulnerables de la crisis económica vean agravada su situación por la arrogancia de cuantos se sumaron a la soberbia del trío de las Azoras para desmantelar Irak.

Por más recursos que dediquen los gabinetes de propaganda a deformar la realidad política presente, es improbable que gane adeptos el estado de ánimo de Blair: “Debemos desprendernos de la idea de que nosotros hemos provocado esta situación. No es cierto”. A cada muerto que se suma al parte de bajas crece la convicción de que el relato de la guerra de Irak partió de una falsedad –la existencia de armas de destrucción masiva–, dio pie a otra falsedad –el apoyo popular a la edificación de un nuevo régimen– y se ha instalado en una tercera falsedad –la viabilidad del nuevo Estado–, que ha quedado al descubierto en cuanto los fundamentalistas islámicos han dado la orden de ataque. Y esa construcción en paralelo a la versión oficial es tan convincente que es imposible imaginar que pueda imponerse la otra, la que pretende desviar el foco hacia causas y circunstancias locales.

¿Qué ha fallado en Irak? fue el título de la edición española de un libro firmado por el general estadounidense Wesley K. Clark. La respuesta hoy no puede ser más simple: todo. Las palabras pronunciadas por el presidente Bush poco antes de empezar la guerra suenan hoy a dramático sarcasmo: “Un Irak liberado puede poder de manifiesto el poder que tiene la libertad para transformar una región tan importante”. En la práctica, la liberación adquirió la naturaleza de guerra preventiva y la transformación llevó al país al desorden. La capacidad de contagio de ese desorden es inconmensurable.

Mali, ¿y ahora qué?

El conflicto de Mali se internacionalizó el miércoles, sexto día de la intervención francesa (Operación Serval), cuando una partida islamista tomó más de 600 rehenes –unos 40 extranjeros y los demás, argelinos– en la planta de extracción de gas de In Amenas (Argelia). El sangriento corolario de la operación desencadenada al día siguiente por militares argelinos llenó de sentido la pregunta formulada retóricamente, en cuanto se tuvo noticia del secuestro, por el general Carter F. Ham, el militar estadounidense de mayor rango destinado en África: “El auténtico asunto es, ¿ahora qué?” ¿Cómo se afronta la gestión de una guerra que siembra la inquietud en Occidente y amenaza con ampliar el foco de inestabilidad más allá de las fronteras de Mali y de los límites difusos del Sahel para llegar hasta las puertas de las primaveras árabes? ¿Por qué esa guerra que muchos creen que pudo evitarse? ¿Por qué se acogieron con desgana todos los avisos que llegaban del corazón del desierto después de la desbandada islamista que siguió al final de la guerra civil de Libia?

La guerra era “previsible y evitable”, sostiene Bruno Charbonneau, director del Observatorio sobre las Misiones de Paz y Operaciones Humanitarias y profesor de la Universidad de Quebec, porque plantear la crisis de Mali como una operación antiterrorista abocó a una profecía autorrealizable: “A cada nueva amenaza de intervención militar internacional, los islamistas crecieron en número y se estrechó su control del norte del país”. La duda que expresa Charbonneau, y para la que no tiene respuesta, es tan inquietante como la incógnita puesta sobre la mesa por el general Ham: “Queda por saber si nos dirigimos en Mali hacia otra guerra interminable contra el terrorismo o hacia otra intervención internacional (asimismo interminable) de construcción de la paz y reconstrucción del Estado”.

Guerra de Mali

Según los expertos, las operaciones islamistas en Mali son una acción coordinada de AQMI, el MUYAO y AE, más el golpe de mano de Mujtar Belmujtar en Argelia.

En cuanto se tuvo noticia de la operación islamista en Argelia, The New York Times fue en busca de opiniones para aquilatar la repercusión de lo que estaba sucediendo y la posibilidad de que Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y otras organizaciones similares constituyeran una amenaza inminente para intereses estadounidenses. El general Ham constestó  que “probablemente no”; el secretario de Defensa, Leon Panetta, se manifestó en sentido contrario: “Es una operación de Al Qaeda y es por esta razón que estamos afectados por su presencia en Mali”. En realidad, los islamistas acababan de internacionalizar la guerra mucho antes de que el primer soldado del contingente africano multinacional se presentara en el teatro de operaciones y de que el programa de asistencia aprobado por la Unión Europea movilizara a un solo instructor de los que, en un tiempo inverosímilmente corto, debe convertir el Ejército maliense en un instrumento eficaz.

Mientras esto sucede, y es muy posible que tarde mucho en concretarse la eficacia de la operación de adiestramiento de los soldados de Mali, otra pregunta sobrevuela la crisis: ¿hay detrás de las razones oficiales otras menos confesables para recurrir a las armas? Más allá de la teórica unidad de los grandes partidos franceses detrás del presidente François Hollande, de los riesgos de que el yihadismo se haga con el territorio de un Estado fallido, de las peticiones de ayuda dirigidas a Francia por el tambaleante Gobierno de Mali, es legítimo considerar otros motivos, como las planteados por el cooperante Julio Tapia Yagües en una carta dirigida a ELPERIÓDICO: “Lo que ha provocado el actual conflicto en Malí es la gran bolsa de petróleo y gas de su zona norte (…) La negativa a pagar un céntimo a los tuareg, legítimos propietarios de los recursos allí encontrados, es lo que motivó que la oligarquía maliense, alentada por petroleras americanas (y europeas al acecho) forzara un golpe de Estado en marzo del 2012 que derrocó al presidente legítimo del país, que ya negociaba con los tuaregs”.

Incluso si las razones oficiales de Francia se limitan a las expuestas por Hollande y sus ministros, es harto dudoso que las operaciones en curso sean suficientes para evitar que en el corazón del Sáhara se consolide una situación similar a la afgana (triunfo talibán de 1996), a la somalí o –pesadilla de Occidente– a la que sueña el islamismo radical para Pakistán salvo que se haga realidad el temor a la intervención internacional interminable, expresado por Charbonneau. Cuanto está sucediendo en el desierto tiene un efecto llamada evidente para todos los iluminados de la yihad, de forma que los efectivos con los que ahora cuentan las organizaciones que se han adueñado del norte de Mali pueden crecer sin que, por lo demás, los países circundantes puedan garantizar ni remotamente el control de las fronteras para evitar la infiltración. La impresión es justamente la contraria.

Nina Wallet Intalu

Nina Wallet Intalu,una de las dirigentes del MNLA, advirtió en abril del año pasado de los riesgos que se corrían en Azawad.

Para el especialista de la Universidad de Toulouse Mathieu Guidère, tres grupos islamistas complementarios se encuentran en el teatro de operaciones: AQMI, el Movimiento Unicidad y Yihad en África del Oeste y Ansar Edin (Defensor del Islam). Este último “se mueve en columna como un ejército regular; los otros dos grupos funcionan como comandos y fuerzas de choque”. Hay diferencias entre ellos,  fruto de rivalidades personales, pero de las declaraciones hechas por Guidère a la revista Jeune Afrique se desprende que esta trinidad yihadista constituye un bloque eficaz que amenaza con liquidar Mali como Estado.

El bloque combatiente no es un recién llegado al campo de batalla, pero cuando voces autorizadas advirtieron de la amenaza que se cernía sobre el norte de Mali, muy pocos prestaron atención. Así fue con Nina Wallet Intalou, integrante del comité ejecutivo del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), independentista tuareg, que el 19 de abril del año pasado declaró al diario Le Monde desde su exilio en Nuakchott: “[los islamistas] combaten contra nuestra cultura y nuestra identidad, y Mali nunca ha hecho nada contra ellos. Quieren borrarnos con la complicidad de Argelia”. Los hechos parecen confirmar que pesó más en el ánimo de los gobernantes malienses y de sus aliados el objetivo de neutralizar el independentismo de los tuaregs, víctimas como tantos otros grupos de la caprichosa división territorial pergeñada por las metrópolis coloniales antes de marcharse de África, que la necesidad de evitar que la emancipación de facto del Azawad emprendida por el MNLA fuese la ocasión propicia para los yihadistas de hacerse con el territorio, como así fue.

Para redondear la falta de reflejos de los gobiernos y la escasa pericia de los servicios de inteligencia, se dio muy escasa importancia a la constitución de la brigada Al Mutalimin (Los Firmantes por la Sangre), encabezada por Mojtar Belmojtar, un histórico del AQMI. Se creyó que no pasaba de ser la guerrilla particular de su jefe, enemistado con la dirección del AQMI, pero Dominique Thomas, especialista en redes islamistas, tiene una opinión menos simple: según él, Belmojtar buscaba desde hacía tiempo legitimarse junto otros grupos islamistas que pululan por el desierto, discípulos aventajados del desaparecido Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, del que surgió el AQMI. Para Thomas no hay duda: “Las divergencias del pasado, relacionadas especialmente con egos incompatibles, se han borrado en provecho de esta operación [In Amenas], realizada de forma coordinada”.

Carter F. Ham

Carter F. Ham, el general estadounidense que se pregunta cuál es el siguiente paso que hay que dar en Mali.

Así pues, el adversario al que se enfrenta Francia puede que no sea muy numeroso, pero conoce hasta la última roca el terreno que pisa, se adapta a él, atesora una probada capacidad de resistencia en las peores condiciones y no tiene más objetivo que combatir y combatir. En cambio, la capacidad de Francia de mantener el esfuerzo de guerra de forma ilimitada choca con las exigencias presupuestarias, obliga a los socios de la UE a plantear con precisión qué objetivos se persiguen y, en última estancia, estará condicionada por la reacción de la opinión pública a poco que se tuerzan las cosas. Bruno Charbonneau impugna la determinación del presidente Hollande de seguir en Mali todo el tiempo necesario. ‘Serval’ o la elección del mal menor, el editorial de primera página del día 14 del diario Le Monde, que suele apoyar al equipo socialista, era concluyente: intervenciones como la de Mali “no se sabe nunca cómo terminan” y “Francia no puede permanecer sola”. “Ayudar a Mali a reconquistar su territorio es en primer lugar un asunto de los estados de África del oeste”, se decía en el mismo texto, en el que se llamaba la atención sobre los riesgos inherentes a emprender la misión de forjar un Estado nuevo al estilo de las ensoñaciones de los think tanks neocon de Estados Unidos.

Pero los riesgos a que se enfrenta Francia, y por extensión el resto de Occidente, sea mucha o poca la implicación de los aliados en la guerra, es resucitar el fantasma de la Françafrique, donde todo se maneja desde París para exclusivo provecho propio y perjuicio de las antiguas colonias, enfangarse en un conflicto interno en tierra del islam y, aún peor, aparecer como la cabeza de playa de un neocolonialismo explícito. Frente a la opinión pública de los países del norte de África, que ha confiado el Gobierno al islamismo político en Marruecos, Túnez y Argelia, que le otorga un apoyo considerable en Libia y no reniega de él en Argelia, prolongar la presencia occidental en Mali podría soliviantar a la calle, ocupada en dar forma estable al movimiento de cambio que se inició con la caída de los dictadores.

Puede ser que Francia haya elegido el mal menor como el único camino posible en un conflicto enrevesado en el que coinciden las debilidades de un Estado a un paso del desmoronamiento, el independentismo tuareg, la brega yihadista, el temor del Gobierno argelino a que el islamismo inclemente arraigue en su territorio y una geopolítica marcada a fuego por el atraso, la pobreza y la debilidad institucional. Pero la guerra tiene su propia lógica, como ha escrito estos días Alain Frachon, y el fundamentalismo yihadista, tributario de una tradición antioccidental perfectamente identificable, también. Hoy, en el conflicto de Mali, es básicamente aplicable la siguiente frase, incluida por el politólogo canadiense Michael Ignatieff en El mal menor, ensayo del 2004 cuya referencia son los atentados del 11 de septiembre del 2001: “Lo que necesitamos explicarnos es por qué las guerras contra el terror se escapan del control político, por qué caen en la trampa que ponen los terroristas, pero también por qué los propios terroristas pierden el control de sus campañas e imponen terribles pérdidas a los de su propio bando antes que reconocer la derrota”. Y, a pesar de todo esto, las guerras contra el terrorismo “legitiman a los radicales”, según el sombrío diagnóstico de Dominique de Villepin, exprimer ministro de Francia.

En el aire enrarecido por los bombardeos, el golpe de mano en Argelia y las incertidumbres de futuro se abren paso, además de los porqués de Ignatieff, las sospechas de las oportunidades perdidas para evitar el desastre. Peter Rutland, profesor de la Universidad de Wesleyan, ha publicado en su blog de The New York Times una serie de consideraciones sobre los clichés aplicados por Estados Unidos a la génesis de la crisis maliense, extensibles a las potencias europeas. Recuerda Rutland que, durante la guerra fría, Occidente separó comunismo de nacionalismo, y aquel error dio pie a “intervenciones desastrosas, de Cuba a Vietman”. “El mismo error se comete ahora en la guerra del terror –prosigue–. Durante muchos años la comunidad internacional ha soslayado permanentemente las peticiones de autodeterminación de los tuaregs que habitan en la mitad norte de Mali, conocida como Azawad”. Un caso de ceguera política –confundir el nacionalismo tuareg con una forma encubierta de islamismo– que ha permitido a los yihadistas adueñarse de las reclamaciones tuaregs para ocupar el territorio e imponer la sharia. ¿Y ahora qué? Todas las respuestas suenan a improvisación.

La campaña de las banderas

Cuando lo que más importa son las banderas, la política de las cosas se desdibuja. Así ha pasado con la campaña que acabó el viernes, con los candidatos envueltos en diferentes combinaciones en rojo y amarillo, con los programas para gestionar el desastre que nos acogota ocultos detrás de las emociones y todas las simplificaciones imaginables expresadas desde las tribuna, con la derecha recalcitrante dispuesta a hurgar en el vertedero para sembrar la duda ética. Los candidatos han querido vender el argumento, excesivamente sucinto, de que la única salida posible de la crisis en Catalunya se ha encarnado en la bandera que defienden; los gestores del basurero informativo han optado por desacreditar a los soberanistas, como si esta operación garantizara el éxito de quienes no lo son; los partidarios de la independencia han presentado a sus adversarios como demócratas bajo sospecha.

Así ha discurrido esa alocada carrera en la que han refulgido el rojo y el amarillo de la bandera española, la senyera y la estelada, donde se han barajado, con suerte y rigor dispares, soberanía, independencia, autodeterminación, derecho a decidir, federalismo, confederación y algunos otros vocablos por el estilo, más propios de un seminario de derecho político que de unas elecciones convocadas con un cuarto de la población activa en paro y el Estado del bienestar en estado catatónico. Nadie se ha molestado en aclarar, por ejemplo, a qué momento histórico y político responde el concepto de autodeterminación, incluido en el quinto de los catorce puntos enunciados por el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson los primeros días de 1918. Así se ha llegado a la hora de la verdad sin que nadie sepa demasiado bien qué consecuencias tendrá su voto, sea este soberanista, federalista, autonomista o algún otro ista no explicitado. Se sabe –es de temer, eso sí– que el día siguiente puede ser mareante, habida cuenta de que a una campaña atosigante, cabe esperar que le suceda fácilmente una interpretación evanescente, delicuescente, puede incluso que hermética.

Woodrow Wilson

El presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson (1913-1921) mencionó el principio de autodeterminación, aplicado a las colonias, en su famoso programa de 14 puntos, presentado ante el Congreso el 8 de enero de 1918.

Para Sandrine Morel, del diario progresista francés Le Monde, la confusión no ha lugar: “Sobre esta capa identitaria maltratada por Madrid, la crisis económica ha sembrado sus propios granos. Ha hecho su camino la idea, largamente alimentada por el Gobierno local, según la cual Catalunya se arreglará mejor sin España”. Edward Cody, comentarista del diario liberal The Washington Post, fue de parecida opinión el 13 de octubre cuando se acercó a los acontecimientos que se desarrollaban en Catalunya: La fiebre separatista crece en España en tiempo de crisis, tituló su artículo, pero le pareció detectar en la opinión pública española la sensación de que, en una sociedad del siglo XXI inmersa en la globalización, el deseo de independencia parecía anacrónico. En todo caso, tanto Morel como Cody abrigan pocas dudas en cuanto a la relación entre el flagelo de la crisis y la efervescencia independentista. ¿Para encubrir con las emociones las políticas puestas en marcha y las por venir, todas ellas condenadas a mutilar el Estado del bienestar? Ahí no entran.

En la crónica de los sentimientos en España y en Catalunya, publicada durante la última semana en las páginas y la web del liberal británico The Guardian, pesan tanto la crisis económica, que ha llevado a la Generalitat a tomar el camino soberanista, como los riesgos de fractura social derivados de la mutua incomprensión del bloque  independentista y del que no lo es, de las diferentes aproximaciones al caso que hacen las sociedades española y catalana. Los autores que han participado en el trabajo de The Guardian hilan muy fino, buscan una explicación global y no dejan escapar un detalle por demás significativo: la naturaleza binaria del debate independentista –a favor o en contra, sí o no– carece en Barcelona del dramatismo con que se produce en otros lugares, según cree percibir el periodista Stephen Burgen. “En nuestro tiempo, las ciudades más internacionales son casi repúblicas por sí solas”, declara Ryan Chandler, que lleva 20 años en la ciudad y es editor de la revista Barcelona INK, escrita en inglés.

Lo que ha hecho The Guardian con el caso catalán, imposible de desligar del escocés para un medio británico, es un esfuerzo de descripción para comprender qué está pasando y por qué. En realidad le importan más los porqués que otras consideraciones. Y la instrumentalización o el aprovechamiento de la crisis económica para capitalizar el sentimiento independentista aparece por doquier, en los reportajes de The Guardian y en los análisis de otros medios, como el que firma Brad Plumer en su blog de The Washington Post, donde recoge un informe elaborado por Crédit Suisse que incluye este párrafo: “Es extremadamente improbable que Catalunya elija la opción de declararse unilateralmente independiente”. ¿Por qué motivo? “El punto de partida básico es –escribe Plumer– que sería económicamente desastroso, y por este motivo es improbable que suceda. Para empezar, el resto de España sería mucho, mucho más pobre”. Esto es: el presunto miedo del Gobierno español a que se consume la secesión llevaría a este a extremar las presiones internas y externas, en especial en la Unión Europea, para cercenar el camino hacia la independencia. Menos alarmado, Louis Emanuel, en el liberal de Londres The Independent vislumbra una crisis constitucional en España si la derecha gobernante no admite que ha llegado la hora de abordar la reforma.

Crédit Suisse

La situación del PIB per cápita catalán y español en el seno de la UE después de una eventual independencia de Catalunya.

Lo cierto es que la crisis constitucional es poco menos que insalvable. Solo sería posible evitarla en el caso muy improbable de que todos los actores políticos cayeran del caballo como le sucedió a Saulo camino de Damasco. De momento, las diferencias de criterio entre la Fiscalía General del Estado y la del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya en cuanto a que la segunda da por “radicalmente falsa y mendaz” la información difundida por El Mundo y ha abierto diligencias por presuntas calumnias, pone de manifiesto la sonrojante politización de los tribunales. Es extremadamente complejo desligar el comportamiento, la opinión y el desempeño profesional de ambas fiscalías –Eduardo Torres-Dulce, en Madrid; Martín Rodríguez Sol, en Barcelona– de los ecosistemas circundantes que las observan, salvo que se tenga cierta predisposición natural a pecar de inocente.

Por la misma regla de tres, no hay forma de deslindar la seguridad de los soberanistas relativa a que Catalunya seguiría en la UE en caso de independizarse de la necesidad de minimizar los inconvenientes y resaltar las ventajas de la soberanía, destinado todo a evitar un enojoso debate técnico-político que determine si el futuro que aguarda en Ítaca es de leche y miel o una ruta llena de repechones interminables como los de los puertos hors catégorie del Tour de Francia. Hasta la fecha se han puesto sobre la mesa una variada muestra de reflexiones inconcretas, adulteradas por la imprecisión de los debates apresurados. Entre las afirmaciones hechas en la campaña se cuentan las siguientes:

-Es posible seguir en la UE después de un corto periodo transitorio de salida y vuelta a la organización a la velocidad de la luz.

-Es posible seguir en el seno del euro mientras se serenan las aguas y puede negociarse el reingreso sin mayores alteraciones.

-Es posible seguir en la UE visto que no hay precedente de expulsión de una parte de su territorio (tampoco lo hay de una secesión seguida de readmisión automática).

-Es posible seguir en la UE sin problemas porque Catalunya cumple todas las condiciones.

Dominique de Villepin

El exprimer ministro de Francia Dominique de Villepin, partidario de aprovechar la capacidad de los estados intermedios de facilitar el diálogo.

En muy raras ocasiones se ha ido más allá de enunciados tan esquemáticos para considerar otras realidades que forman parte del acervo político-jurídico de la UE: la interpretación más común de los tratados constitutivos de la UE, la interpretación del Tratado de Àmsterdam, la interpretación del Tratado de Lisboa y el pronunciamiento por escrito del 2004 de la Comisión Europea, mencionado por José Manuel Durao Barroso. El presidente de la Comisión, resulta ocioso recordarlo, no es ninguna autoridad infranqueable, pero no habla a humo de pajas en este caso porque, por encima de todos los textos, exégesis y dictámenes figura el cumplimiento de la regla de unanimidad para que un nuevo Estado pase a formar parte del club. Quiere decirse que los eventuales adversarios de la permanencia automática o casi de Catalunya en la UE disponen de material técnico suficiente para escudarse detrás de él.

La argumentación de Brad Plumer en The Washington Post abona la tesis de que la independencia llevaría aparejada la salida de Catalunya de la UE, aunque no dice explícitamente que tal riesgo exista. Pero, en todo caso, acerca el objetivo de la cámara a las zonas de sombra que nadie ha iluminado durante la campaña. En este mar de banderas convertidas en símbolos del futuro tampoco ha habido tiempo y ganas de explicar y sopesar los riesgos inherentes a cada viaje, la naturaleza irreversible de algunas decisiones y el anquilosamiento del esquema autonómico, innovador en su día, pero hoy injusto e ineficaz.

Para Arnaud Leparmentier, el agotamiento de los modelos destinados a garantizar la unidad de los estados se debe a que “Europa es víctima de la paz”. “Esta paz que fue el cemento de la construcción comunitaria –afirma Leparmentier en Le Monde–, talmente parece que permite a los europeos lanzarse a la fragmentación de las entidades estatales en una carrera sin fin”. Es decir que el rumbo que ha tomado la campaña de las autonómicas obedece tanto a la agenda soberanista catalana, establecida por el president Artur Mas desde que empezaron los preparativos de la manifestación del 11 de septiembre hasta la jornada de reflexión, como a la inercia europea. “El país pequeño parece la vía de futuro, como lo atestigua el éxito en las clasificaciones internacionales de las democracias nórdicas. Es más fácil lograr el consenso para acometer las reformas e integrarse en la mundialización”, según le parece a Leparmentier. Y pone ejemplos: “Es el caso de Irlanda, que reduce el impuesto de sociedades; de Luxemburgo, que se transforma en una plaza financiera offshore; de Dinamarca, que goza de todas las ventajas del euro sin los inconvenientes”.

En la larga digresión de Leparmentier no falta el reproche: reputa “egoístas” a esos pequeños países ricos. “Los candidatos secesionistas no quieren financiar sin límite a sus no-compatriotas menos afortunados y a menudo menos trabajadores [sic]: Catalunya se juzga excesivamente explotada por Madrid; los ricos flamencos, por la Valonia desindustrializada; la Italia del norte, por el Mezzogiorno”. Y, después de los reproches, deja que asomen los peligros: “La atomización de Europa conduce a su desmantelamiento. Solo los grandes estados están en situación de responder a la amenaza militar o a la de los mercados”. “Es Europa y no el euro lo que puede estallar”, previene en el mismo artículo el diplomático danés Jörgen Öström Möller.

Ernest Renan

El pensador francés Ernest Renan (1823-1892) pronunció en La Sorbona el 11 de marzo de 1882 la famosa conferencia ‘¿Qué es una nación?’.

El exprimer ministro de Francia Dominique de Villepin escribe en su blog: “El mundo tiene necesidad de países intermedios que facilitan el diálogo. Es el papel tradicional de Suecia o de Francia. También es hoy el papel de Turquía, de Catar o de Brasil. Estas son las sinapsis que permiten que el mundo evolucione, se convierta en más razonable, esté más conectado consigo mismo”. En la reflexión de Villepin, se trata del “poder de compartir el poder”, que no depende del tamaño de los estados ni de su situación geográfica, sino de otras variables –influencia cultural, capacidad financiera, horizonte de crecimiento, influencia política regional–; a veces depende de verdaderos intangibles. La visión de Villepin se diría que desdramatiza las repercusiones de la propuesta soberanista en términos políticos. Pero ¿es posible desdramatizar el debate de las emociones en la que se ha transformado la campaña de las autonómicas? ¿Hay alguna pócima capaz de serenar los espíritus cuando se barajan propuestas en las que no hay sitio más que para el éxtasis o la frustración?

“La existencia de una nación es (perdonadme esta metáfora) un plebiscito cotidiano”, dijo el pensador francés Ernest Renan en una famosa conferencia pronunciada en La Sorbona el 11 de marzo de 1882, titulada ¿Qué es una nación? ¿Es ese el material ideológico que llevó al president Mas a poner la máquina en marcha y al Gobierno de Mariano Rajoy a hacer lo propio para neutralizar la operación? No parece que quepa otra posibilidad que responder sí, salga lo que salga de las urnas, porque, sea cual sea el resultado, se multiplicarán los analistas que le otorgarán un valor plebiscitario.