Siria, la matanza crónica

El revés sufrido por la Casa Blanca en un tribunal de apelación de San Francisco ha reducido en parte el impacto del informe difundido por Amnistía Internacional sobre las ejecuciones masivas de opositores en la cárcel de Saidnaya, al norte de Damasco. Mientras el presidente Donald Trump intenta poner en pie una nueva política de acogida de refugiados y de seguridad –ambas cosas en un mismo paquete–, la causa primera y principal de los flujos migratorios con origen en Oriente Próximo se aborda con la indecisión exhibida por Occidente desde que estalló la guerra en Siria, va para seis años. Ante la dificultad de abordar en origen las razones de la crisis sin pagar un elevado precio político, la matanza se convierte en una enfermedad crónica y el régimen de Bashar al Asad quiere presentarse a la opinión pública como un mal de difícil curación o incluso necesario para no empeorar las cosas.

A decir verdad, la situación presente es hija de la incapacidad que caracterizó a la Administración de Barack Obama para reaccionar con determinación cada vez que el régimen sirio cruzó las líneas rojas dibujadas por la propia Casa Blanca. Pareció que la decisión de Asad de deshacerse de su arsenal químico conjuró para siempre la exigencia estadounidense de apartar del poder al autócrata y su camarilla, como si cuanto ha sucedido después en todos los frentes no fuese suficiente para buscar la complicidad de la comunidad internacional y, de paso, adelgazar la corriente de refugiados rumbo a Europa en busca de futuro. Aquel cambio de estrategia de Estados Unidos a principio del 2014 tuvo una doble consecuencia: consagró el papel de Rusia en la gestión del conflicto y dejó a Asad con las manos casi libres para proteger el cometido del ISIS –luego Estado Islámico– como el enemigo ideal para legitimar su continuidad en el poder.

Es improbable que el informe de Amnistía Internacional lleve a alguna de las partes a cambiar su política o a maquillarla. Son escalofriantes los testimonios aportados por quienes han vivido en directo los ahorcamientos masivos, resulta angustioso este trasiego de sentenciados en farsas de juicio, pero dentro de un conflicto que supera de muy largo los 400.000 muertos, los seis millones de refugiados y los seis millones de desplazados dentro de Siria, la movilización de recursos en nombre de los derechos humanos hace tiempo que dejó de invocarse cuando los medios no están presentes. Pesan más las diferentes teorías del mal menor –es preferible el régimen de Asad que la consolidación del Estado Islámico–, que rigen con más o menos efectividad desde que el terrorismo global hizo saltar por los aires las certidumbres en el orden internacional.

Las negociaciones de Kazajistán, tuteladas por Rusia en el bando gubernamental y por Turquía en el bando opositor, son reflejo vivo de esa opción por el mal menor cuyo resultado final, en el mejor de los casos, no puede ser otro que una solución menor. Ni Vladimir Putin, portaestandarte de un neoimperialismo a la rusa que entusiasma a sus conciudadanos, ni Recep Tayyip Erdogan, artífice de una autocracia con urnas que sueña con la hegemonía regional, son mucho más que aliados ocasionales en una crisis que repercute en todo el mundo árabe, inquieta a la OTAN y debilita la cohesión interna de la Unión Europea. De esta forma, mientras los apologetas de las Realpolitik creen más prudente esperar y ver, sin comprometerse ni mucho ni poco, los profetas del final del orden liberal temen que la crisis se enquiste y dé alas a los populismos de extrema derecha, cuyo mayor interés es mantener viva la llama del desafío exterior para sumar votos en el interior (de cada país).

Un minucioso trabajo de campo realizado por el think tank británico Chatham House revela que una media del 55% de los habitantes de la UE son partidarios de detener los flujos migratorios y en ningún país los favorables a acoger a más demandantes de asilo supera el 32%. Cifras ilustrativas que dan un apoyo indirecto a la política de restricciones radicales promovida por la Administración de Trump, a pesar de no ser el presidente del agrado de la mayoría de los europeos, y que disuaden a los gobiernos de implicarse de forma activa en la gestión de conflictos lejanos que, se mire por donde se mire, son el motivo principal de la presión migratoria, pero están erizados de riesgos. Quizá no sea exagerado decir que el lamento por los ahorcamientos en masa marca el límite de la disposición a revisar lo hecho hasta ahora para detener la sangría; nadie quiere ir más allá de los comunicados de condolencia.

Es justamente lo contrario de lo que analistas independientes de variada orientación ideológica creen que debería hacerse. Así Shlomo Ben Ami, exministro israelí de Asuntos Exteriores, que el 23 de enero explicó en Barcelona por qué cualquier tratamiento del conflicto de los refugiados que no actúe en origen está llamado al fracaso. Así las advertencias del pensador Edgar Morin, que advierte de la ceguera que afecta a los grandes partidos de Francia, empeñados en acercar sus programas de control de las migraciones al de Marine Le Pen para atenuar su predicamento en auditorios alarmados por la proliferación de atentados, votantes cada día más inclinados a otorgar un mismo significado a inmigrante y a sospechoso. Así también las advertencias del alcalde de Londres, Sadiq Khan, que advierte sobre el error de proteger la frontera y soslayar cuál es el origen del mal que expulsa de su hogar a multitudes de desposeídos.

Si todo en Siria ha estado marcado por una gravedad extrema desde el principio de su primavera (marzo del 2011), la pasividad inasequible al recuento de cadáveres presagia un futuro inestable, convertidas la guerra y la paz en herramientas multiuso. La ausencia de Occidente más allá de las campañas de bombardeos sobre enclaves yihadistas apenas afecta a la continuidad del régimen sirio, mientras la garantiza el sistema de alianzas pergeñado por el Gobierno de Asad, aunque sea en un escenario devastado. Y ni siquiera informes como los de Amnistía Internacional tienen el poder de cambiar el signo de los acontecimientos en año electoral en Francia y Alemania, donde el nacionalismo xenófobo impone su agenda, o eso parece al menos, respaldado por las cuentas de Donald Trump en las redes sociales y sus discursos incendiarios sobre los peligros que acechan a la nación. Tan alejados, cabe añadir,  de los análisis desapasionados que convienen al momento.

 

 

Francia, en el túnel de la fractura social

La reforma laboral puesta en marcha en Francia ha enardecido la calle, dividido al Partido Socialista (PS) una vez más y dejado en estado de debilidad extrema a François Hollande a un año justo de la elección presidencial. La conocida como ley El Khomri por el apellido de la ministra que la promueve, tiene el perfume inconfundible de la legislación española impulsada por el Gobierno de Mariano Rajoy y hace temer a los sindicatos, a diferentes versiones de la izquierda y a organizaciones cívicas de nuevo cuño que el efecto inmediato de la reforma sea una desregulación del mercado de trabajo que, en el colmo de las paradojas, ni siquiera complace a la derecha, siquiera sea porque todo vale para disparar al pianista (Hollande) a un año de que el despacho del Eliseo esté en juego.

Al recurrir a un privilegio del Ejecutivo para sacar adelante la ley mediante una aplicación forzada de la Constitución, el presidente de la República y el Gobierno de Manuel Valls han oficializado la fractura entre el Ejecutivo y una parte no desdeñable del grupo parlamentario socialista, mayoritario en la Asamblea Nacional, pero minado por el debate ideológico. Nunca se ha sentido el ala izquierda del PS satisfecha con el rumbo dado por Hollande a su presidencia, pero cuando pertenecen al partido 26 de los 56 firmantes de una moción de censura animada por diferentes fuerzas progresistas, la situación adquiere tintes de extrema gravedad. Que luego faltaran dos firmas y la moción no prosperara es menos importante que el hecho mismo de que sumaran su nombre a una iniciativa que, a fin de cuentas, fue la respuesta a una ley considerada regresiva, que el Gobierno defiende como fundamental, ineludible, para rescatar la economía francesa de la atonía, pero que es tenida por desastrosa por cuantos la impugnan desde la izquierda, atentos todos ellos a la degradación del mercado de trabajo en España (precariedad, contratación temporal creciente, caída de los salarios, etcétera).

Está la atmósfera de Francia cargada con la electricidad de un gran divorcio entre el poder y la calle; entre las exigencias de la economía global y las conquistas sociales de la Quinta República; entre las recetas de los eurócratas y el sentimiento nacional herido. Las concentraciones en la plaza de la República de París, el movimiento Nuit Debout, las proclamas de Les Économistes Atterrés, del que forma parte el elocuente Frédéric Lordon, uno de los rostros más visibles de las protestas, todo configura una doble fractura: genérica, porque aleja al Gobierno de su electorado tradicional, y generacional en el seno de la clase media, de donde procede el grueso de los jóvenes movilizados contra la ley, decepcionados por un futuro que temen peor que el presente, y que están convencidos de que deberán amoldarse a unos estándares de vida menos confortables que los que disfrutaron sus padres. De tal manera que se antoja demasiado fácil, por no decir injusto, aplicar el sobrenombre de bobobourgeois-bohème– a los movilizados de hoy, rescatando el apelativo aplicado por el frente gaullista a los agitadores de la Sorbona en mayo de 1968.

El argumento central de la izquierda para presentar la moción de censura que en última instancia no prosperó se remite a un solo dato: “A una situación excepcional, una respuesta excepcional”. La reflexión de la derecha al presentar una moción de censura, finalmente derrotada, fue un paso más allá al preguntarse si el presidente no debía disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones para abrir la posibilidad de que se forme una nueva mayoría. El periódico conservador Le Figaro trasmitió la pregunta a sus lectores a sabiendas de que Hollande no se expondrá a una debacle electoral antes de tiempo, pero desde el mismo momento en que el Gobierno optó por el camino expeditivo del artículo 49.3 de la Constitución –lo que evitó en primera instancia que la reforma laboral fuese debatida en la Cámara– se abrió la veda; pudiera decirse que la campaña electoral ha empezado once meses antes de lo previsto.

El intelectual Jean Daniel entiende que cuanto sucede es resultado de un largo proceso en el que “la izquierda ha intentado acomodarse a la economía de mercado, llamada también capitalismo, mientras que la derecha se habituaba a ser liberal y centrista”. “Este trastorno se producía suavemente –sigue Daniel en las páginas de Le Nouvel Observateur, el semanario que fundó–, en todo caso sin una agresividad provocadora. Hasta que llegaron las consecuencias de la mundialización, de la descolonización, de la inmigración, de las primaveras árabes y de la demencia revolucionaria. Sufrimos el paro y la falta de crecimiento, y hemos visto aparecer la violencia religiosa en todo su nihilismo. La reacción se ha producido”.

Quizá el conglomerado social de Nuit Debout, semejante en muchas cosas al 15-M español, no comparta por completo el punto de vista de Daniel, pero puede seguirse en él el rastro de una sociedad en crisis. Si a ello se añade la incapacidad manifiesta de Hollande y Valls para reformar a través del consenso, como se argumenta en un análisis publicado por el diario progresista Le Monde, es fácil llegar a la conclusión de que el modelo francés de sociedad del bienestar, superviviente de numerosas pruebas, emite señales de agotamiento, genera dosis cada vez mayores de insatisfacción y desorienta a una parte de la opinión pública, dispuesta a invocar los valores intangibles de la nación mediante la peor de las opciones posibles: la extrema derecha encabezada por Marine Le Pen. No hay en la demagogia del Frente Nacional otra cosa que la explotación del miedo acumulado por ciudadanos asustados por los desafíos de un mundo cambiante, las finanzas globales, el terrorismo yihadista y una sensación de vulnerabilidad extrema, pero no por ello deja de resultar atractiva la oferta para los electores con alma conservadora.

La fronda en el Parlamento y en la calle, tan apegada a la historia de Francia desde los días del cardenal Mazarino y de Luis XIV, no es formalmente muy distinta a las anteriores, salvo en el apego al realismo: nadie busca la playa bajo los adoquines como en las jornadas del 68, sino que no se configure un futuro poco halagüeño, con una acumulación insoportable de víctimas de la historia en la cuneta del camino hacia no se sabe dónde. El filósofo Edgar Morin habla de una crisis planetaria, de civilización, a la que no escapa Francia, cuya primera consecuencia es un deterioro social, industrial, geográfico, territorial y humano. El futuro no es solo una incógnita, como siempre lo ha sido desde la noche de los tiempos, sino una angustia; cada vez son menos los que confían en que el mañana sea mejor que el presente y, al mismo tiempo, redoblan sus esfuerzos para convencer los profetas del crecimiento ilimitado, de la liberación tecnológica y de la marginalidad de los saberes humanísticos.

La composición heterogénea de las manifestaciones y concentraciones que desde hace días alteran la agenda política del Gobierno de Francia es la prueba fehaciente de que la sensación de oscuridad que viene del futuro es compartida por un segmento ideológico y social cada vez más amplio. El profesor Roland Gori se refiere en las páginas de Libération a la vigencia del taylorismo (por Frederick Taylor), aquella corriente económica de principios del siglo XX orientada a aumentar la productividad y a neutralizar el control sindical sobre los ritmos de producción, un pensamiento que quizá reverdece, aunque hasta no hace mucho pareció superado por el pacto social y la confluencia de la democracia cristiana y la socialdemocracia en un modelo humanamente sostenible. Quién y en qué condiciones puede capitalizar el subsiguiente descontento angustiado, es impredecible; depende en gran medida de cuál sea la sensibilidad del establishment para evitar la fractura o para dar vida a nuevas etiquetas políticas atentas a las reclamaciones de los movilizados, de cuantos ven en la salida de la crisis la quiebra de un engarce social equilibrado.

 

 

En nombre de la guerra

La catarsis de La Marsellesa sirve para encauzar la política de las emociones en la vía pública o en un estadio, pero tiene fecha de caducidad; cohesiona inmediatamente después de recibir el golpe, pero oculta la verdadera dimensión del desafío que enfrenta Francia desde la noche del día 13 y, con toda seguridad, el resto de Europa. Lo mismo sucede con el recurso habitual a la palabra guerra: el término enmascara todo aquello que más allá del recurso a las armas se antoja más eficaz y duradero, más equilibrado y sostenible que un mero acto de fuerza. Llamar a la guerra también forma parte de la política de las emociones, aunque los atentados sean, grosso modo, actos de guerra que han costado 130 vidas y han sembrado en París, y desde allí en toda Europa, un sentimiento de inseguridad antes nunca visto. Plantear el falso dilema entre seguridad y libertad es, asimismo, fruto de la política de las emociones, cuando no del oportunismo conservador, que pretende aprovechar el momento para hacer realidad una vieja utopía –distopía, más apropiadamente– que figura de forma encubierta o explícita en muchos programas, no solo de partidos de extrema derecha: ganar en seguridad justifica perder en libertad.

Cuando en sociedades equilibradas por una larga tradición democrática se toma la decisión de suspender un partido de fútbol o de cancelar un concierto, la impresión es que la política de las emociones es la única que se ajusta a la realidad, pero se trata de un espejismo. La política de las emociones no aporta soluciones duraderas, sino que enturbia el análisis con hipótesis de futuro sin apenas fundamento. El desafío plateado por el Estado Islámico o Daesh obliga a internarse en un laberinto político real, del que nadie conoce la ruta de salida, pero que a largo plazo solo admite una solución política que atienda a las exigencias de seguridad de Europa, a las circunstancias políticas en Siria e Irak y, de forma más amplia, a la situación en el orbe árabe-musulmán. Bombardear Raqa, declarar el estado de urgencia y anunciar una reforma constitucional, como ha hecho el presidente François Hollande, tiene un coste elevado y ni siquiera sirve para serenar los espíritus de una opinión pública desorientada y asustada.

Mientras la derecha francesa jalea a cuantos exigen mano dura y pocas contemplaciones –y quizá Hollande quiere neutralizarlos con la proclamación de que Francia está en guerra–, el diario Le Monde ha resumido la situación así: “¿De esta forma se vencerá al yihadismo? No es preciso mentir a la opinión pública. No será suficiente desmantelar la logística paraestatal del EI. Puesto que pone de relieve una patología propia del islam, puesto que es una ideología totalitaria, el islamismo será ante todo derrotado por los musulmanes”. De la historia reciente se desprende esta certidumbre y aun otra: seguir los pasos de George W. Bush a partir del 11-S –ya se acusa a Hollande de ello en algunos foros– lleva directamente a la frustración y al fracaso.

No hay atajos ni vías de escape posibles. Recurrir al ingenio para poner en circulación neologismos –así fascislamismo (Bernard-Henri Lévy)– apenas tiene efectos reconocibles sobre el drama. Incluso tiende a falsear la realidad, a proyectarla sobre espejos deformantes como los que hubo en el callejón del Gato (Luces de bohemia, Ramón María del Valle-Inclán). Hay que comprender a qué obedece todo, en París o en la capital de Mali, sacudida por una carnicería en un hotel. Es más fructífero, aunque menos llamativo, abrazar la realidad, fajarse con los datos y recurrir a la historia como ha hecho el filósofo Edgar Morin (94 años) para precisar cuál es la profundidad del problema:

-La fuente de inspiración del Daesh es endógena del islam. Los yihadistas constituyen “una minoría demoníaca que cree luchar contra el demonio que es Occidente”. Pero Estados Unidos actuó como un aprendiz de brujo al liberar al genio de la lámpara con las intervenciones en Afganistán e Irak.

-Los bombardeos de Occidente causan también “matanzas y terror: aquello que golpean drones y bombarderos no son principalmente militares, sino población civil”.

-La victoria sobre el Daesh no se logrará solamente con la paz en Siria, “sino también mediante la paz en las banlieues”. “Nada se ha hecho de forma continuada y en profundidad para una verdadera integración en la nación a través de una escuela que enseñe la naturaleza histórica de Francia, que es multicultural, y en la sociedad a través de la lucha contra la discriminación”, escribe Morin.

Frente a las corrientes de opinión que lo fían todo o principalmente a la solución militar se alzan las voces de quienes reclaman un mecanismo de pacificación para Oriente Próximo, con puntos de partida muy parecidos a los de Morin: esencialmente, el reconocimiento y la rectificación de los errores cometidos en Irak, Siria y otros lugares, pero también en suelo europeo. Eso incluye preguntarse por la viabilidad futura de Irak, por el papel –dudoso– que puede desempeñar Bashar el Asad en un desenlace político consistente en Siria, por las contradicciones inherentes a una gestión internacional de la crisis que incluya a Estados Unidos, Rusia, Irán y Arabia Saudí, actores necesarios e ineludibles. Eso incluye, también, preguntarse seriamente cuáles son las líneas rojas que en ningún caso deben traspasarse en nombre de la seguridad, mejor dicho, en nombre de una falsa idea de seguridad.

Los errores encadenados para no alterar el statu quo en Oriente Próximo han dado pie a situaciones tan chocantes o preocupantes como el silencio sepulcral en Wembley durante el minuto de silencio por las víctimas de París y, a la misma hora, los silbidos y los gritos de Alá es grande mientras se hacía lo propio en un estadio de Estambul. Hay en el islam, al menos en una parte de él, un sentimiento de agravio, una atmósfera viciada por la herencia colonial, por la epopeya palestina, por la invasión de Irak, por la sujeción a los intereses de Occidente; una atmósfera potenciada y aprovechada por los predicadores del califato y de la necesidad de volver al pasado. Nadie puede poner en duda la gravedad y la profundidad social de tal fenómeno.

Estos mismos errores han desencadenado desastres irreversibles como la destrucción de Siria, Irak, Yemen y Libia y han llenado de incertidumbres indescifrables el futuro de Turquía, Egipto, Afganistán y puede que Pakistán. No es un panorama alentador para remitirse cada cinco minutos a la guerra y olvidar otros factores y frentes de actuación: mejorar la labor de inteligencia, poner en práctica mecanismos de cohesión social en las grandes ciudades europeas, cambiar el vínculo económico y político de Europa con los regímenes de los países de mayoría musulmana, lograr que las estrategias rusa y estadounidense en Oriente Próximo dejen de ser las dos versiones de un misma, estéril y peligrosa rivalidad a las puertas del infierno, más allá de las cuales toda esperanza carece de sentido, según los versos de Dante en La divina comedia.

La conmoción causada por los atentados de París no puede ser la excusa o la ocasión propicia para convertir la seguridad de los ciudadanos, un derecho que deben garantizar los poderes públicos, en el pretexto para degradar la democracia, consagrar la venganza como principio de la acción exterior y militarizar un conflicto de gran complejidad, de naturaleza política y social, hasta convertirlo en la versión actualizada del choque de civilizaciones. Los valores cívicos transmitidos por la cultura francesa y la memoria de los muertos merecen que el desenlace sea menos sórdido.

Guetos europeos para la desafección

Las elecciones departamentales celebradas en Francia el pasado domingo, sea cual sea el resultado de la segunda vuelta, dejarán en su mínima expresión la presencia en los consejos de hijos de inmigrantes: el 91% de las asambleas estarán formadas solo por blancos –léase europeos–, según los cálculos realizados por el consultor político Farid Gueham y recogidos en un artículo difundido por diario digital Le Huffington Post. Si se tiene en cuenta que los hijos de inmigrantes de entre 18 y 50 años suman 3,1 millones, su cuota de representatividad resulta manifiestamente insuficiente; si se atiende al entusiasmo por la diversidad del 11 de enero, durante la gran manifestación de París posterior a los atentados yihadistas contra Charlie Hebdo y un comercio kosher, entonces hay que decir que aquel día de exaltación de la diversidad fue poco más que un espejismo.

El cambio en la atmósfera política, superado el primer impacto emocional, no presagia un futuro confortable. La falta de complicidad de una parte de la sociedad francesa con las instituciones, con los valores republicanos, con cuanto cohesiona una comunidad, lleva en la práctica a la división y al comunitarismo, a la construcción de identidades segmentadas dependiendo de los orígenes de cada cual. De tal manera que los silbidos a La Marsellesa en un estadio son poco más que una anécdota incómoda, aunque alienten la xenofobia y sean útiles a las campañas de la derecha, extrema y no tan extrema, cuando en realidad el gran problema es el desapego de segmentos sociales que se sienten arrinconados, marginados, excluidos por la cultura política dominante.

No es este un fenómeno solo francés, sino europeo, y con efectos igualmente preocupantes en todas las comunidades de ascendencia no europea, pero especialmente llamativo en aquellas cuyo origen es la cultura árabe-musulmana. Pues la consecuencia más relevante, y no por minoritaria menos importante, es la adscripción a la yihad de una parte de los defraudados, de los desapegados, de los decepcionados, de quienes se sienten excluidos. La migración de musulmanes europeos, mujeres y hombres, a Siria e Irak para unirse a Al Nusra o al Estado Islámico, la llamada a la guerra santa que cautiva a menores de diversas partes de Europa que cruzan el continente para alcanzar la frontera turco-siria y sumarse a la causa, es el resultado de un gran fracaso: el que se oculta detrás de la incapacidad de los gobiernos y las sociedades europeas para englobar a la inmigración.

“Tanto a los contextualistas como a los aislacionistas les faltan respuestas sólidas a preguntas clave –afirma Moisés Naím en un artículo publicado hace unas semanas–. Si el problema es el contexto, la historia y la discriminación que hay entre los inmigrantes, ¿por qué no hay terroristas suicidas latinos? Los inmigrantes latinoamericanos en Europa no viven en condiciones significativamente mejores que los inmigrantes árabes. No obstante, el terrorismo religioso no existe entre los latinos. ¿Por qué India o Indonesia, los dos países con la mayor población musulmana del mundo, no producen tantos terroristas suicidas como los países árabes?” Y sigue más adelante para no dejar ningún cabo suelto: “Los aislacionistas tampoco tienen buenas respuestas a la realidad de que en un mundo tan globalizado, conectado e integrado como el de hoy, los bloqueos no funcionan. Las fronteras siempre han sido porosas y las de hoy lo son más que nunca”.

Lo cierto es que hay pocas respuestas solventes para tantas preguntas inquietantes y realidades preocupantes. Resulta tan insatisfactorio el argumento de que nos hallamos ante una interpretación revisada de los fundamentos de la religión hecha por intelectuales y agitadores musulmanes como que se da una incompatibilidad congénita entre el islam y el Estado moderno, acrecentada por la sujeción del orbe musulmán a los intereses de Occidente y el consiguiente agravio. El problema es demasiado complejo para reducirlo a respuestas tan simples, habida cuenta, además, de que la revisión fundamentalista del legado musulmán no es la única en circulación y en la comunidad académica de los países musulmanes la opción islamista no es la única que puede oírse.

En el libro Au péril des idées (en el peligro de las ideas), un punto de encuentro del filósofo francés Edgar Morin, de ascendencia judía y agnóstico, y del intelectual suizo Tariq Ramadan, profesor en Oxford, musulmán y nieto de Hasán al Bana, fundador de los Hermanos Musulmanes, aparece esa complejidad, consustancial al diálogo entre civilizaciones. Pero es demasiado infrecuente que desde puntos de partida tan diferentes como los de Morin y Ramadan se aborde un mismo problema y se compartan conclusiones intercambiables. Lo habitual es que choquen dos imperativos éticos, el de la sociedad receptora y el que viaja con los inmigrantes que llegan a Europa, que fácilmente se transforman en dos formas de sectarismo encubierto a poco que entren en juego intereses políticos. Los términos en que muchas veces se plantea en Francia la discusión referida al laicismo es una buena muestra de la muy frecuente intromisión de la peor versión de la política en el debate de las ideas.

El 19 de enero, Manuel Valls, primer ministro de Francia, reconoció que en su país se da “un apartheid social y étnico”, admitió la existencia de ciudadanos de facto de primera y de segunda que sufren “el olvido de las administraciones y discriminación”, y habló de guetos. Las cifras le dan la razón: en las llamadas zonas urbanas sensibles, el 50% de la población no tiene ninguna titulación académica –30 puntos más que la media nacional– y el paro juvenil oscila entre el 40% y el 60%. Y lo peor es que después de los disturbios de las banlieues del 2005 pareció que el Estado actuaría para evitar que la fractura social no se desbocara, pero el empeoramiento objetivo de la situación, que afecta a la seguridad y a la convivencia, es un hecho, con una capacidad reconocida de contagiar la difícil coexistencia entre nacionales e inmigrantes en otros países de la Unión Europea.

La conclusión de Javier Solana es que “en el islam hay una frustración enorme por cómo realizarse”, una frustración que se manifiesta en Europa, favorecida por la ausencia en la trama política de representantes de la comunidad árabe-musulmana; alimentada también por la conexión permanente, en directo, con los lugares de origen personales o familiares –en el caso de los hijos y nietos de inmigrantes– a través de la televisión y la red. He ahí una de las grandes diferencias entre la atmósfera que respiran los nuevos europeos musulmanes y aquellos otros latinoamericanos, citados por Moisés Naím: desde la patria histórica de estos últimos no llega ningún mensaje de confrontación. Por el contrario, la prédica yihadista se escucha con nitidez en la periferia de las grandes ciudades de Europa y exalta la lucha contra la exclusión sin que, por lo demás, los gobiernos europeos se muestren especialmente hábiles para remediar la situación y para buscar la complicidad necesaria de cuantos viven la experiencia de la marginación. Afrontar el problema en términos de seguridad no hace más que agravarlo.

Europa mira hacia delante con temor

“El mundo está enfermo de sus bancos” es el mejor resumen de los males que nos afligen. El cambio de año ha dado pie a los acostumbrados diagnósticos y vaticinios de futuro, pero esta frase contundente y escueta de Josep Borrell, incluida en el artículo que publicó el miércoles en EL PERIÓDICO, llega al meollo del asunto, al núcleo del problema, al desasosiego que nos hace mirar hacia atrás con ira y hacia delante con toda clase de temores. El muro que se levanta entre la sociedad y el sistema financiero, entre la mundialización de la economía y la economía doméstica, es cada vez más alto, resulta más amenazante y, a cada día que pasa, degrada la gestión política de los problemas. La debilidad de la política frente a los mercados es abrumadora, las carencias de las instituciones son asimismo apabullantes; en Europa se extienden el pesimismo y la desesperanza de la mano de la austeridad, y en Estados Unidos todo pende de un hilo hasta el último minuto merced al secuestro del Partido Republicano por la derecha montaraz, enfrentada a un presidente ilustrado, pero falto de mayoría en la Cámara de Representantes.

Harry Reid

Harry Reid (izquierda) y John Boehner, durante la negociación ‘in extremis’ para evitar el abismo fiscal.

Lo de Estados Unidos es visceral; lo de Europa, estructural. Los padres fundadores crearon un sistema de contrapoderes para que ni la Casa Blanca ni el Congreso pudieran hacer de su capa un sayo, para que el pacto se impusiera al diktat; los forjadores de la Europa unida confiaron en que sus herederos levantarían un edificio institucional, pero estos, acuciados por los intereses nacionales, quedaron muy por debajo de las expectativas. El presidente Barack Obama ha ganado un asalto, pero en febrero deberá subirse de nuevo al ring; los europeos no bajan del cuadrilátero desde nadie recuerda qué día. Europa vive en una maraña puede que peor que el exabrupto dirigido por John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, a Harry Reid, líder demócrata en el Senado: “¡Que te jodan!”

En un artículo significativamente titulado En 2013 será preciso desconfiar aún de la docta ignorancia de los expertos, firmado por el sociólogo Edgar Morin en las páginas de Le Monde, se citan hasta cuatro condiciones para afrontar la renovación política que precisa Europa en general y, de forma más concreta, la izquierda europea. Una renovación que debe antes superar un espejismo: “Todo nuestro pasado, incluso el más reciente, abunda en errores e ilusiones; ilusión de un progreso infinito de la sociedad industrial, ilusión de la imposibilidad de nuevas crisis económicas, ilusión soviética y maoísta, y hoy reina todavía la ilusión de una salida de la crisis merced a la economía neoliberal, a pesar de haber producido esta crisis. Reina también la ilusión de que la única alternativa se encuentra entre dos errores: el error de que el rigor es el remedio a la crisis y el error de que el crecimiento es el remedio al rigor”.

Edgar Morin

El sociólogo Edgar Morin aconseja desconfiar de la “docta ignorancia de los expertos”.

La primera condición es protegerse de la ignorancia de los expertos: “Nuestra máquina de producir conocimientos, incapaz de proporcionarnos la capacidad de enlazar los conocimientos, produce en los espíritus miopías y cegueras”. La miopía lleva a la “docta ignoracia”, un estado anímico “incapaz de percibir el vacío pavoroso del pensamiento político (…) en Europa y en el mundo”.

El segundo requisito es que la izquierda emerja de la atonía intelectual que la atenaza y elabore un discurso propio que afronte los grandes desafíos de la globalización. “La izquierda es incapaz de extraer de las fuentes libertarias, socialistas, comunistas, un pensamiento que responda a las condiciones actuales de la evolución y la mundialización. Es incapaz de integrar el caudal ecológico necesario para salvaguardar el planeta”.

En tercer lugar, Morin menciona la necesidad de revisar el concepto de laicidad, tan íntimamente vinculado a la tradición política francesa y, por extensión, a la contribución ideológica de Francia al pensamiento político europeo: “Hoy sabemos que el progreso humano no es ni seguro ni irreversible. Conocemos las patologías de la razón y no podemos tachar de irracional cuanto atañe a las pasiones, los mitos, las ideologías”.

Por último, el ilustre pensador reclama una profunda reflexión acerca del individuo y el valor de la solidaridad. “Estamos en una civilización donde se han degradado las antiguas solidaridades, donde la lógica egocéntrica se ha desarrollado en demasía y donde la lógica del nosotros colectivo se ha subdesarrollado. Por este motivo, además de la educación, debe desarrollarse una gran política de solidaridad que comporte el servicio cívico de solidaridad de los jóvenes, chicos y chicas, y la instauración de casas de solidaridad encargadas de socorrer las angustias y las soledades”.

Entra aquí en juego una condición mencionada por Josep Borrell: “La aceptación democrática del esfuerzo colectivo solo se mantiene si se considera justamente distribuido”. ¿Tiene algún ciudadano europeo zarandeado por la crisis la sensación siquiera remota de que sus estrecheces guardan proporción con las de los que desencadenaron la hecatombe? Ciertamente, no. Los buenos propósitos del G-20 para acabar con los paraísos fiscales duermen el sueño de los justos, los escándalos bancarios se suceden, el lavado de dinero y la ocultación de patrimonios son moneda corriente, y todos estos ingredientes y otros más, citados por Borrell, siembran una profunda desazón y abren un precipicio insalvable, con la superestructura financiera y los gestores políticos, de un lado, y el resto de la sociedad, del otro.

Joschka Fischer

Joschka Fischer: “Sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”.

El programa de Morin es un punto de partida, pero queda por elaborar la parte más compleja: un pensamiento renovado que se presente como alternativa al desastre social en curso y que sea capaz de afrontar de forma imaginativa aquello que el texto de Borrell identifica. Puede decirse que el sociólogo francés echa en falta en Europa un plan de largo alcance en el que tengan cabida el rigor presupuestario, el crecimiento, la cohesión social y la renovación intelectual. Joschka Fischer, exministro alemán de Asuntos Exteriores, coincide a grandes rasgos con Morin cuando afirma en Falta de resolución del año nuevo de Europa que las medidas tomadas por Angela Merkel y otros líderes europeos durante 2012, encaminadas a cimentar la homogeneidad fiscal, el control de los bancos y la unidad de la política económica, no obedecen a una estrategia preexistente, sino que son respuestas a la crisis. Sin ella no las habrían adoptado y hubiera seguido la confusión a causa de una doble carencia: la falta de un marco político de referencia para la unión monetaria y la falta de liderazgo para crearlo.

Fischer identifica tres riesgos contra los que la Unión Europea apenas tiene armas para neutralizarlos:

  1. La situación económica de Estados Unidos, donde el galimatías del abismo fiscal pudo acabar en tragedia, con repercusiones en todo el mundo, especialmente en Europa.
  2. La posibilidad de una guerra caliente en Irán, promovida por Israel –más improbable es que Estados Unidos prenda la mecha–, que repercutiría en un aumento generalizado de los precios de la energía.
  3. La posibilidad de que los “intereses contradictorios” aumenten la separación entre los ricos del norte de Europa y los golpeados por la crisis del sur, lo que también hará crecer la distancia entre la Eurozona y el resto de la UE.

Además, Fischer menciona en su artículo dos requisitos ineludibles: que Francia aborde las reformas que debe aplicar a un modelo económico envejecido y que Alemania acepte la institucionalización –mutualización– del papel que desempeña en el euro. Si François Hollande no se decide a reformar, esto afectará al futuro de la UE, porque “sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”, escribe Fischer. Pero es difícil que el presidente de Francia se pliegue a según qué exigencias si Alemania no cede en su fundamentalismo economicista. Y resulta que Alemania estará en campaña electoral hasta septiembre y Angela Merkel desayuna todos los días con encuestas que recogen dos datos inamovibles: obtendrá la victoria, pero seguramente deberá constituir una vez más una gran coalición con los socialdemócratas, habida cuenta del más que probable desplome de los liberales.

Mario Monti

Mario Monti aspira a regresar al poder sin pasar por las urnas.

En tierra de nadie queda otro riesgo: la resurrección de la figura del rey-filosofo platónico que aspira a gobernar y aplicar su programa sin pasar por las urnas, parapetado detrás de una agrupación de fieles reunidos para la ocasión. Este es el caso de Mario Monti, cuyo regate electoral analiza Miguel Ángel Bastenier en El País. La legitimación de Monti mediante una investidura parlamentaria en una situación de emergencia financiera –noviembre de 2011– y el recurso a un Gobierno tecnocrático fue aceptado como un mal menor; el gesto aristocrático de soslayar el enojoso trámite de las elecciones para regresar al puente de mando sin empeñar mayores compromisos con los ciudadanos, degrada la democracia y pone en duda el valor de las urnas. Pero la operación está en marcha y puede ganar adeptos en otros lugares a poco que la crisis divida a la opinión pública entre los partidarios de un populismo de corte antieuropeo y los proclives a la figura del gestor esclarecido, bendecido por Berlín y Bruselas a un tiempo. De proliferar los Montis, ¿dónde quedarán la tradición política europea, el debate ideológico y la confrontación de programas? Viene el 2013 tan parecido al 2012 que no hay forma de dar en qué se diferencian las miserias pasadas de las futuras, aunque Mariano Rajoy anuncie días benignos para la segunda mitad del año sin que se sepa muy bien a qué se deberán.

 

Europa, atrapada en el laberinto

Si algún ingrediente faltaba para que la depresión emocional completara la material, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha llegado dispuesto al descabello para alertarnos de que España no recuperará los índices económicos del 2008 hasta el 2018. La década perdida, la confirmación de nuestros peores presagios; la consagración del fatalismo y el determinismo económicos, aunque el ministro de Economía, Luis de Guindos, se haya apresurado a decir que los modelos macroeconómicos solo “tienen cierta capacidad predictiva”. ¿Quiere decirse que, puesto que el vaticinio se remite a cinco o seis años vista, su fiabilidad es discutible? Nadie lo sabe. La única certidumbre realmente existente es que el horizonte se llena de restricciones, recortes, vueltas de tuerca y más miserias cotidianas; el Estado del bienestar es una entelequia en la acepción de “cosa irreal”; por el desagüe de la economía posindustrial se deslizan la seguridad jurídica de los ciudadanos y la esperanza en el futuro.

“¿Cuál es la resistencia de la sociedad? -se pregunta Iñaki Gabilondo– ¿Cuál es el coste social que la sociedad puede resistir?”. No es una pregunta retórica porque la crisis social forma parte de la vida diaria y no hay un solo síntoma que induzca a pensar que dejará de agravarse en los próximos años. Al contrario, el mismo FMI teme que si no se adoptan soluciones rápidas, la prima de riesgo española escale hasta los 750 puntos y el PIB disminuya el 3,1% en el 2013, con la consiguiente inviabilidad de todo el modelo, si es que tal modelo existe. ¿Cabe, pues, pensar en que es posible la hecatombe en nuestras cuentas públicas y privadas? Nadie lo sabe. Lo único que si saben bastantes –dentro y fuera del área de gestión de la crisis– es que, “sin cambios económicos, habrá fractura social” (Àngels Guiteras, presidenta de la Taula d’Entitats del Tercer Sector Social de Catalunya, en el desayuno de Primera Plan@ del 5 de octubre).

FMI

Sesión de la asamblea del Fondo Monetario Internacional, celebrada en Tokio.

Son un mal presagio la mezcla de realismo académico y cinismo social exhibidos por el profesor Jürgen Donges, asesor de varios gobiernos alemanes, en el programa Salvados del último domingo. Y lo son porque las víctimas meridionales de la crisis hace tiempo que se hartaron de recibir lecciones de ética y de buen comportamiento, los analistas temen que la vía germánica para la salvación de Europa lleve a una vía muerta y, entre tanto, el orbe financiero se debate entre la necesidad de salvar al euro del estallido y la necesidad de imponer la ley de los mercados, si es que existe tal ley o, por el contrario, la única ley es la ausencia de leyes. A todo eso, ¿dónde quedan España y su Gobierno? En tierra de nadie, entre las pocas ganas de Alemania de que se acoja al rescate y la resistencia a pedirlo de Mariano Rajoy, atrapado en la maraña de la duda hamletiana, el patetismo del hidalgo arruinado y las elecciones a la vista en Galicia, el País Vasco y Catalunya, más la degradación de la calificación de la deuda española decidida por Standard & Poor’s.

¿Dónde está la salida de ese laberinto para que la crisis no descoyunte los equilibrios sociales sin asegurar, por lo demás, el futuro político y económico de Europa? “En última instancia, se trata de esbozar conjuntamente una visión política de Europa”, opina el joven analista francés Cyril Novakovic. En caso contrario, Novakovic describe una situación de pesadilla: “En ausencia de tal esclarecimiento, los hombres políticos del Viejo Continente estarán condenados a ser gestores de la crisis, hundiéndose irremediablemente en las arenas movedizas del corto plazo, ahogados hasta el punto de no poder pensar un proyecto y anticipar el futuro”.

Esta visión política conjunta incluye necesariamente la reclamación hecha por José Viñals, responsable del departamento de finanzas del FMI: “El Mecanismo Europeo de Estabilidad y el programa de compra de bonos deben ser percibidos por los mercados como reales, no virtuales”. Lo de Viñals es de una lógica aplastante, sobre todo porque la crisis espolvorea la miseria de forma nada virtual, pero el léxico de cuanto se relaciona con el antedicho mecanismo se acoge a la exuberancia barroca de un lenguaje herméticos, de elucubraciones indescifrables, de conceptos que se anulan entre sí y que ningún ciudadano ajeno a los entresijos de la crisis es capaz de comprender. Sí entienden los afectados de qué se les habla cuando se menciona la década perdida, sí saben qué significa que, incluso si se reactiva la economía, la tasa de desempleo seguirá siendo terrorífica, pero se ven incapaces de sacar conclusiones de la confusión terminológica reinante. Solo tienen por seguro, y hacen bien, que cuanto se avecina será peor de lo que ahora viven.

“Espíritu empresarial, religión, justicia, información, partidos, sindicatos… son vistos hoy más que nunca con la tristeza y agotamiento de una sociedad desilusionada y traicionada”, escribe en su blog un empresario italiano, Guiseppe Iudici, atrapado en la crisis. Y sigue: “El elenco merece ser repudiado y con él, el engaño: con la excusa de que la prioridad era salvar las cuentas públicas, han olvidado el verdadero significado de la economía real, y aún peor, con sus políticas irresponsables de ayer y restrictivas de hoy han determinado el cierre de muchas empresas. Muchos empresarios han muerto en la indiferencia y soledad absolutas, y es triste que se les haya olvidado”. ¿Cuántos empresarios españoles que dejaron de serlo suscribirían esas palabras? ¿Cuántos trabajadores sin trabajo estamparían su firma al pie de esas frases?

Europa consolida a toda velocidad su condición de enfermo del planeta y, en su seno, algunos organismos emiten señales ininterrumpidas de agravamiento. El resultado es la viva imagen de la decadencia, con efectos secundarios en todas partes, incluidas las economías emergentes, que hasta la fecha han sorteado la crisis. “Para calmar la ansiedad sobre el despilfarro gubernamental, el BCE ha impuesto condicionalidad en su programa para compra de bonos. Pero si las condiciones tienen efectos como las medidas de austeridad –impuestas sin grandes medidas de crecimiento que las acompañen–, será algo parecido al derramamiento de sangre: el paciente arriesgará la muerte antes de recibir una verdadera medicina”, asegura el nobel de Economía Joseph E. Stiglitz en el artículo colgado en la web Project Syndicate, una plataforma de opinión estadounidense que acoge firmas consagradas.

Los analistas que publican en Project Syndicate ven pocas alternativas para que Europa se recupere. Ashoka Mody, de la Universidad de Princeton, solo vislumbra tres opciones: “Más austeridad para los países muy endeudados, la socialización de la deuda en Europa o un creativo nuevo perfil de la deuda, con los inversores dispuestos a aceptar pérdidas antes o después”. En el primer caso, sociedades exhaustas -entre ellas, España- se verían condenadas a la inanición o poco menos. En el segundo, el Bundesbank debería cambiar por completo su código genético y Angela Merkel dejar de ser Angela Merkel. El último atajo se adivina inviable salvo cambios imprevisibles en el comportamiento de los grandes tenedores de deuda.

Kemal Dervis, vicepresidente de la Brooking Institution y exministro de Economía de Turquía, observa que si los políticos conservadores del norte de Europa insisten en sus políticas macroeconómicas, pueden “provocar el fin de la Eurozona y con él, el fin del proyecto europeo de paz e integración [el que ha ganado el Premio Nobel de la Paz] que hemos conocido durante décadas”. Dervis no soslaya la necesidad de introducir reformas estructurales en las economías europeas del sur, sino que resalta las consecuencias resultantes de su fracaso. El profesor de la Universidad de Harvard Dani Rodrik va más allá: “Si los líderes europeos quieren conservar la democracia, deberán elegir entre la unión política y la desintegración económica. O bien renuncian explícitamente a la soberanía económica o bien comienzan a emplearla activamente en beneficio de sus ciudadanos. Lo primero supone sincerarse con los respectivos electorados y construir un espacio democrático por encima del nivel de los estados-nación. Lo segundo, renunciar a la unión monetaria y poner en marcha políticas monetarias y fiscales de nivel nacional que sirvan a una recuperación sostenida”.

Así de simple y así de rotundo. Según sea la salida de la crisis, los cimientos de la democracia pueden verse dañados más allá de toda previsión. ¿Estamos ante una exageración o ante una proyección verosímil? Parece que ante lo segundo. En realidad, el agravamiento de España marca la frontera entre lo gestionable y lo insostenible por el entramado europeo, incluso dando por supuestos los costes sociales de la manejabilidad de la crisis. Megan Greene, colaboradora del economista Nouriel Roubini, el enfant terrible del claustro de la Universidad de Nueva York, lo plantea en términos meramente académicos en la web del think tank Council on Foreign Relations a partir de cifras bastante incontestables: el rescate completo de España ascendería a 200.000 millones de euros, y entonces todos los ojos mirarían a Italia, otra gran economía, pero “los fondos de rescate disponibles no son lo suficientemente grandes para rescatar a España e Italia”. Según Greene, “en realidad, España es la puerta de entrada de la crisis para pasar de sostenible y manejable –cuando solo había alcanzado a países más pequeños como Grecia, Portugal e Irlanda– a ser compleja e inmanejable”. A decir verdad, es imprevisible qué puede suceder si España cruza la puerta con una tasa de paro próxima al 25% y el 20% de la población por debajo del umbral de la pobreza.

Edgar Morin

Portada de 'La vía para el futuro de la humanidad', último libro del filósofo francés Edgar Morin.

Cuando la directora general del FMI, Christine Lagarde, pide más tiempo para que España cumpla con sus compromisos no hace otra cosa que reclamar medidas para que el parte de bajas no alcance cifras escandalosas. Lagarde va bastante más allá que la cancillera Merkel al acudir a Atenas: reconoce que los griegos andan con la lengua fuera, pero, al mismo tiempo, sostiene que deben agravar su estado para cumplir con sus compromisos o con los que les impusieron. Pero Lagarde se queda también mucho más acá que el filósofo francés Edgar Morin, que invoca el “humanismo global” para oponerlo a la crisis, porque Morin antepone la suerte de los condenados por la crisis a la de quienes les han condenado. ¿Utopía, caridad, justicia? Un poco de todo para impedir que Europa se suma en un largo invierno de pobreza y desigualdades.