Europa mira hacia delante con temor

“El mundo está enfermo de sus bancos” es el mejor resumen de los males que nos afligen. El cambio de año ha dado pie a los acostumbrados diagnósticos y vaticinios de futuro, pero esta frase contundente y escueta de Josep Borrell, incluida en el artículo que publicó el miércoles en EL PERIÓDICO, llega al meollo del asunto, al núcleo del problema, al desasosiego que nos hace mirar hacia atrás con ira y hacia delante con toda clase de temores. El muro que se levanta entre la sociedad y el sistema financiero, entre la mundialización de la economía y la economía doméstica, es cada vez más alto, resulta más amenazante y, a cada día que pasa, degrada la gestión política de los problemas. La debilidad de la política frente a los mercados es abrumadora, las carencias de las instituciones son asimismo apabullantes; en Europa se extienden el pesimismo y la desesperanza de la mano de la austeridad, y en Estados Unidos todo pende de un hilo hasta el último minuto merced al secuestro del Partido Republicano por la derecha montaraz, enfrentada a un presidente ilustrado, pero falto de mayoría en la Cámara de Representantes.

Harry Reid

Harry Reid (izquierda) y John Boehner, durante la negociación ‘in extremis’ para evitar el abismo fiscal.

Lo de Estados Unidos es visceral; lo de Europa, estructural. Los padres fundadores crearon un sistema de contrapoderes para que ni la Casa Blanca ni el Congreso pudieran hacer de su capa un sayo, para que el pacto se impusiera al diktat; los forjadores de la Europa unida confiaron en que sus herederos levantarían un edificio institucional, pero estos, acuciados por los intereses nacionales, quedaron muy por debajo de las expectativas. El presidente Barack Obama ha ganado un asalto, pero en febrero deberá subirse de nuevo al ring; los europeos no bajan del cuadrilátero desde nadie recuerda qué día. Europa vive en una maraña puede que peor que el exabrupto dirigido por John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, a Harry Reid, líder demócrata en el Senado: “¡Que te jodan!”

En un artículo significativamente titulado En 2013 será preciso desconfiar aún de la docta ignorancia de los expertos, firmado por el sociólogo Edgar Morin en las páginas de Le Monde, se citan hasta cuatro condiciones para afrontar la renovación política que precisa Europa en general y, de forma más concreta, la izquierda europea. Una renovación que debe antes superar un espejismo: “Todo nuestro pasado, incluso el más reciente, abunda en errores e ilusiones; ilusión de un progreso infinito de la sociedad industrial, ilusión de la imposibilidad de nuevas crisis económicas, ilusión soviética y maoísta, y hoy reina todavía la ilusión de una salida de la crisis merced a la economía neoliberal, a pesar de haber producido esta crisis. Reina también la ilusión de que la única alternativa se encuentra entre dos errores: el error de que el rigor es el remedio a la crisis y el error de que el crecimiento es el remedio al rigor”.

Edgar Morin

El sociólogo Edgar Morin aconseja desconfiar de la “docta ignorancia de los expertos”.

La primera condición es protegerse de la ignorancia de los expertos: “Nuestra máquina de producir conocimientos, incapaz de proporcionarnos la capacidad de enlazar los conocimientos, produce en los espíritus miopías y cegueras”. La miopía lleva a la “docta ignoracia”, un estado anímico “incapaz de percibir el vacío pavoroso del pensamiento político (…) en Europa y en el mundo”.

El segundo requisito es que la izquierda emerja de la atonía intelectual que la atenaza y elabore un discurso propio que afronte los grandes desafíos de la globalización. “La izquierda es incapaz de extraer de las fuentes libertarias, socialistas, comunistas, un pensamiento que responda a las condiciones actuales de la evolución y la mundialización. Es incapaz de integrar el caudal ecológico necesario para salvaguardar el planeta”.

En tercer lugar, Morin menciona la necesidad de revisar el concepto de laicidad, tan íntimamente vinculado a la tradición política francesa y, por extensión, a la contribución ideológica de Francia al pensamiento político europeo: “Hoy sabemos que el progreso humano no es ni seguro ni irreversible. Conocemos las patologías de la razón y no podemos tachar de irracional cuanto atañe a las pasiones, los mitos, las ideologías”.

Por último, el ilustre pensador reclama una profunda reflexión acerca del individuo y el valor de la solidaridad. “Estamos en una civilización donde se han degradado las antiguas solidaridades, donde la lógica egocéntrica se ha desarrollado en demasía y donde la lógica del nosotros colectivo se ha subdesarrollado. Por este motivo, además de la educación, debe desarrollarse una gran política de solidaridad que comporte el servicio cívico de solidaridad de los jóvenes, chicos y chicas, y la instauración de casas de solidaridad encargadas de socorrer las angustias y las soledades”.

Entra aquí en juego una condición mencionada por Josep Borrell: “La aceptación democrática del esfuerzo colectivo solo se mantiene si se considera justamente distribuido”. ¿Tiene algún ciudadano europeo zarandeado por la crisis la sensación siquiera remota de que sus estrecheces guardan proporción con las de los que desencadenaron la hecatombe? Ciertamente, no. Los buenos propósitos del G-20 para acabar con los paraísos fiscales duermen el sueño de los justos, los escándalos bancarios se suceden, el lavado de dinero y la ocultación de patrimonios son moneda corriente, y todos estos ingredientes y otros más, citados por Borrell, siembran una profunda desazón y abren un precipicio insalvable, con la superestructura financiera y los gestores políticos, de un lado, y el resto de la sociedad, del otro.

Joschka Fischer

Joschka Fischer: “Sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”.

El programa de Morin es un punto de partida, pero queda por elaborar la parte más compleja: un pensamiento renovado que se presente como alternativa al desastre social en curso y que sea capaz de afrontar de forma imaginativa aquello que el texto de Borrell identifica. Puede decirse que el sociólogo francés echa en falta en Europa un plan de largo alcance en el que tengan cabida el rigor presupuestario, el crecimiento, la cohesión social y la renovación intelectual. Joschka Fischer, exministro alemán de Asuntos Exteriores, coincide a grandes rasgos con Morin cuando afirma en Falta de resolución del año nuevo de Europa que las medidas tomadas por Angela Merkel y otros líderes europeos durante 2012, encaminadas a cimentar la homogeneidad fiscal, el control de los bancos y la unidad de la política económica, no obedecen a una estrategia preexistente, sino que son respuestas a la crisis. Sin ella no las habrían adoptado y hubiera seguido la confusión a causa de una doble carencia: la falta de un marco político de referencia para la unión monetaria y la falta de liderazgo para crearlo.

Fischer identifica tres riesgos contra los que la Unión Europea apenas tiene armas para neutralizarlos:

  1. La situación económica de Estados Unidos, donde el galimatías del abismo fiscal pudo acabar en tragedia, con repercusiones en todo el mundo, especialmente en Europa.
  2. La posibilidad de una guerra caliente en Irán, promovida por Israel –más improbable es que Estados Unidos prenda la mecha–, que repercutiría en un aumento generalizado de los precios de la energía.
  3. La posibilidad de que los “intereses contradictorios” aumenten la separación entre los ricos del norte de Europa y los golpeados por la crisis del sur, lo que también hará crecer la distancia entre la Eurozona y el resto de la UE.

Además, Fischer menciona en su artículo dos requisitos ineludibles: que Francia aborde las reformas que debe aplicar a un modelo económico envejecido y que Alemania acepte la institucionalización –mutualización– del papel que desempeña en el euro. Si François Hollande no se decide a reformar, esto afectará al futuro de la UE, porque “sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”, escribe Fischer. Pero es difícil que el presidente de Francia se pliegue a según qué exigencias si Alemania no cede en su fundamentalismo economicista. Y resulta que Alemania estará en campaña electoral hasta septiembre y Angela Merkel desayuna todos los días con encuestas que recogen dos datos inamovibles: obtendrá la victoria, pero seguramente deberá constituir una vez más una gran coalición con los socialdemócratas, habida cuenta del más que probable desplome de los liberales.

Mario Monti

Mario Monti aspira a regresar al poder sin pasar por las urnas.

En tierra de nadie queda otro riesgo: la resurrección de la figura del rey-filosofo platónico que aspira a gobernar y aplicar su programa sin pasar por las urnas, parapetado detrás de una agrupación de fieles reunidos para la ocasión. Este es el caso de Mario Monti, cuyo regate electoral analiza Miguel Ángel Bastenier en El País. La legitimación de Monti mediante una investidura parlamentaria en una situación de emergencia financiera –noviembre de 2011– y el recurso a un Gobierno tecnocrático fue aceptado como un mal menor; el gesto aristocrático de soslayar el enojoso trámite de las elecciones para regresar al puente de mando sin empeñar mayores compromisos con los ciudadanos, degrada la democracia y pone en duda el valor de las urnas. Pero la operación está en marcha y puede ganar adeptos en otros lugares a poco que la crisis divida a la opinión pública entre los partidarios de un populismo de corte antieuropeo y los proclives a la figura del gestor esclarecido, bendecido por Berlín y Bruselas a un tiempo. De proliferar los Montis, ¿dónde quedarán la tradición política europea, el debate ideológico y la confrontación de programas? Viene el 2013 tan parecido al 2012 que no hay forma de dar en qué se diferencian las miserias pasadas de las futuras, aunque Mariano Rajoy anuncie días benignos para la segunda mitad del año sin que se sepa muy bien a qué se deberán.

 

Europa, atrapada en el laberinto

Si algún ingrediente faltaba para que la depresión emocional completara la material, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha llegado dispuesto al descabello para alertarnos de que España no recuperará los índices económicos del 2008 hasta el 2018. La década perdida, la confirmación de nuestros peores presagios; la consagración del fatalismo y el determinismo económicos, aunque el ministro de Economía, Luis de Guindos, se haya apresurado a decir que los modelos macroeconómicos solo “tienen cierta capacidad predictiva”. ¿Quiere decirse que, puesto que el vaticinio se remite a cinco o seis años vista, su fiabilidad es discutible? Nadie lo sabe. La única certidumbre realmente existente es que el horizonte se llena de restricciones, recortes, vueltas de tuerca y más miserias cotidianas; el Estado del bienestar es una entelequia en la acepción de “cosa irreal”; por el desagüe de la economía posindustrial se deslizan la seguridad jurídica de los ciudadanos y la esperanza en el futuro.

“¿Cuál es la resistencia de la sociedad? -se pregunta Iñaki Gabilondo– ¿Cuál es el coste social que la sociedad puede resistir?”. No es una pregunta retórica porque la crisis social forma parte de la vida diaria y no hay un solo síntoma que induzca a pensar que dejará de agravarse en los próximos años. Al contrario, el mismo FMI teme que si no se adoptan soluciones rápidas, la prima de riesgo española escale hasta los 750 puntos y el PIB disminuya el 3,1% en el 2013, con la consiguiente inviabilidad de todo el modelo, si es que tal modelo existe. ¿Cabe, pues, pensar en que es posible la hecatombe en nuestras cuentas públicas y privadas? Nadie lo sabe. Lo único que si saben bastantes –dentro y fuera del área de gestión de la crisis– es que, “sin cambios económicos, habrá fractura social” (Àngels Guiteras, presidenta de la Taula d’Entitats del Tercer Sector Social de Catalunya, en el desayuno de Primera Plan@ del 5 de octubre).

FMI

Sesión de la asamblea del Fondo Monetario Internacional, celebrada en Tokio.

Son un mal presagio la mezcla de realismo académico y cinismo social exhibidos por el profesor Jürgen Donges, asesor de varios gobiernos alemanes, en el programa Salvados del último domingo. Y lo son porque las víctimas meridionales de la crisis hace tiempo que se hartaron de recibir lecciones de ética y de buen comportamiento, los analistas temen que la vía germánica para la salvación de Europa lleve a una vía muerta y, entre tanto, el orbe financiero se debate entre la necesidad de salvar al euro del estallido y la necesidad de imponer la ley de los mercados, si es que existe tal ley o, por el contrario, la única ley es la ausencia de leyes. A todo eso, ¿dónde quedan España y su Gobierno? En tierra de nadie, entre las pocas ganas de Alemania de que se acoja al rescate y la resistencia a pedirlo de Mariano Rajoy, atrapado en la maraña de la duda hamletiana, el patetismo del hidalgo arruinado y las elecciones a la vista en Galicia, el País Vasco y Catalunya, más la degradación de la calificación de la deuda española decidida por Standard & Poor’s.

¿Dónde está la salida de ese laberinto para que la crisis no descoyunte los equilibrios sociales sin asegurar, por lo demás, el futuro político y económico de Europa? “En última instancia, se trata de esbozar conjuntamente una visión política de Europa”, opina el joven analista francés Cyril Novakovic. En caso contrario, Novakovic describe una situación de pesadilla: “En ausencia de tal esclarecimiento, los hombres políticos del Viejo Continente estarán condenados a ser gestores de la crisis, hundiéndose irremediablemente en las arenas movedizas del corto plazo, ahogados hasta el punto de no poder pensar un proyecto y anticipar el futuro”.

Esta visión política conjunta incluye necesariamente la reclamación hecha por José Viñals, responsable del departamento de finanzas del FMI: “El Mecanismo Europeo de Estabilidad y el programa de compra de bonos deben ser percibidos por los mercados como reales, no virtuales”. Lo de Viñals es de una lógica aplastante, sobre todo porque la crisis espolvorea la miseria de forma nada virtual, pero el léxico de cuanto se relaciona con el antedicho mecanismo se acoge a la exuberancia barroca de un lenguaje herméticos, de elucubraciones indescifrables, de conceptos que se anulan entre sí y que ningún ciudadano ajeno a los entresijos de la crisis es capaz de comprender. Sí entienden los afectados de qué se les habla cuando se menciona la década perdida, sí saben qué significa que, incluso si se reactiva la economía, la tasa de desempleo seguirá siendo terrorífica, pero se ven incapaces de sacar conclusiones de la confusión terminológica reinante. Solo tienen por seguro, y hacen bien, que cuanto se avecina será peor de lo que ahora viven.

“Espíritu empresarial, religión, justicia, información, partidos, sindicatos… son vistos hoy más que nunca con la tristeza y agotamiento de una sociedad desilusionada y traicionada”, escribe en su blog un empresario italiano, Guiseppe Iudici, atrapado en la crisis. Y sigue: “El elenco merece ser repudiado y con él, el engaño: con la excusa de que la prioridad era salvar las cuentas públicas, han olvidado el verdadero significado de la economía real, y aún peor, con sus políticas irresponsables de ayer y restrictivas de hoy han determinado el cierre de muchas empresas. Muchos empresarios han muerto en la indiferencia y soledad absolutas, y es triste que se les haya olvidado”. ¿Cuántos empresarios españoles que dejaron de serlo suscribirían esas palabras? ¿Cuántos trabajadores sin trabajo estamparían su firma al pie de esas frases?

Europa consolida a toda velocidad su condición de enfermo del planeta y, en su seno, algunos organismos emiten señales ininterrumpidas de agravamiento. El resultado es la viva imagen de la decadencia, con efectos secundarios en todas partes, incluidas las economías emergentes, que hasta la fecha han sorteado la crisis. “Para calmar la ansiedad sobre el despilfarro gubernamental, el BCE ha impuesto condicionalidad en su programa para compra de bonos. Pero si las condiciones tienen efectos como las medidas de austeridad –impuestas sin grandes medidas de crecimiento que las acompañen–, será algo parecido al derramamiento de sangre: el paciente arriesgará la muerte antes de recibir una verdadera medicina”, asegura el nobel de Economía Joseph E. Stiglitz en el artículo colgado en la web Project Syndicate, una plataforma de opinión estadounidense que acoge firmas consagradas.

Los analistas que publican en Project Syndicate ven pocas alternativas para que Europa se recupere. Ashoka Mody, de la Universidad de Princeton, solo vislumbra tres opciones: “Más austeridad para los países muy endeudados, la socialización de la deuda en Europa o un creativo nuevo perfil de la deuda, con los inversores dispuestos a aceptar pérdidas antes o después”. En el primer caso, sociedades exhaustas -entre ellas, España- se verían condenadas a la inanición o poco menos. En el segundo, el Bundesbank debería cambiar por completo su código genético y Angela Merkel dejar de ser Angela Merkel. El último atajo se adivina inviable salvo cambios imprevisibles en el comportamiento de los grandes tenedores de deuda.

Kemal Dervis, vicepresidente de la Brooking Institution y exministro de Economía de Turquía, observa que si los políticos conservadores del norte de Europa insisten en sus políticas macroeconómicas, pueden “provocar el fin de la Eurozona y con él, el fin del proyecto europeo de paz e integración [el que ha ganado el Premio Nobel de la Paz] que hemos conocido durante décadas”. Dervis no soslaya la necesidad de introducir reformas estructurales en las economías europeas del sur, sino que resalta las consecuencias resultantes de su fracaso. El profesor de la Universidad de Harvard Dani Rodrik va más allá: “Si los líderes europeos quieren conservar la democracia, deberán elegir entre la unión política y la desintegración económica. O bien renuncian explícitamente a la soberanía económica o bien comienzan a emplearla activamente en beneficio de sus ciudadanos. Lo primero supone sincerarse con los respectivos electorados y construir un espacio democrático por encima del nivel de los estados-nación. Lo segundo, renunciar a la unión monetaria y poner en marcha políticas monetarias y fiscales de nivel nacional que sirvan a una recuperación sostenida”.

Así de simple y así de rotundo. Según sea la salida de la crisis, los cimientos de la democracia pueden verse dañados más allá de toda previsión. ¿Estamos ante una exageración o ante una proyección verosímil? Parece que ante lo segundo. En realidad, el agravamiento de España marca la frontera entre lo gestionable y lo insostenible por el entramado europeo, incluso dando por supuestos los costes sociales de la manejabilidad de la crisis. Megan Greene, colaboradora del economista Nouriel Roubini, el enfant terrible del claustro de la Universidad de Nueva York, lo plantea en términos meramente académicos en la web del think tank Council on Foreign Relations a partir de cifras bastante incontestables: el rescate completo de España ascendería a 200.000 millones de euros, y entonces todos los ojos mirarían a Italia, otra gran economía, pero “los fondos de rescate disponibles no son lo suficientemente grandes para rescatar a España e Italia”. Según Greene, “en realidad, España es la puerta de entrada de la crisis para pasar de sostenible y manejable –cuando solo había alcanzado a países más pequeños como Grecia, Portugal e Irlanda– a ser compleja e inmanejable”. A decir verdad, es imprevisible qué puede suceder si España cruza la puerta con una tasa de paro próxima al 25% y el 20% de la población por debajo del umbral de la pobreza.

Edgar Morin

Portada de 'La vía para el futuro de la humanidad', último libro del filósofo francés Edgar Morin.

Cuando la directora general del FMI, Christine Lagarde, pide más tiempo para que España cumpla con sus compromisos no hace otra cosa que reclamar medidas para que el parte de bajas no alcance cifras escandalosas. Lagarde va bastante más allá que la cancillera Merkel al acudir a Atenas: reconoce que los griegos andan con la lengua fuera, pero, al mismo tiempo, sostiene que deben agravar su estado para cumplir con sus compromisos o con los que les impusieron. Pero Lagarde se queda también mucho más acá que el filósofo francés Edgar Morin, que invoca el “humanismo global” para oponerlo a la crisis, porque Morin antepone la suerte de los condenados por la crisis a la de quienes les han condenado. ¿Utopía, caridad, justicia? Un poco de todo para impedir que Europa se suma en un largo invierno de pobreza y desigualdades.