El ‘caso Villar’, otro síntoma

La lógica de las finanzas globales se adueñó del deporte de élite hace mucho tiempo. El caso de Ángel María Villar, su hijo Gorka, un vicepresidente de la Federación Española de Fútbol y un ejecutivo de la federación canaria se enmarca en esa nuevo ámbito de actividad, o quizá no tan nuevo, en el que los asientos contables van por un lado y la realidad marcha por otro. Las cifras mareantes del deporte profesional, manejadas por gestores sometidos a controles poco contundentes, cuando los hay, hace posible que cada día sean más las áreas ensombrecidas por comisiones, contratos, prácticas dudosas y coleccionistas de estrellas dispuestos a destinar una ínfima parte de sus ingentes patrimonios para darse caprichos que rara vez no son de ocho cifras.
A todo esto, la televisión de pago ha abierto un nuevo frente en el que las federaciones, los clubes, los intermediarios, los organizadores de eventos y una legión de ejecutantes disponen de una fuente espectacular de ingresos. Por no hablar de los contratos de imagen de las grandes estrellas, con manifiesta propensión a cobijar sus cuentas corrientes en paraísos fiscales. Nada de lo desvelado estos días en el caso Villar escapa a este marco de referencia que envenena el espectáculo con dosis cada vez mayores de sospecha, de que algo profundamente insano mina el deporte de masas.
Después de los escándalos de la FIFA y de la UEFA, de la sorprendente elección de Catar para albergar el Mundial de Fútbol de 2022, del procesamiento de Sandro Rosell, del rompecabezas del fichaje de Neymar y de otros casos menores, pero no menos sintomáticos, el abrupto final del ciclo Villar –29 años en la presidencia– no hace más que subrayar la existencia de una trama de intereses, amiguismo y probables complicidades familiares que escapa a todo control hasta que un día interviene un juez. El economista José María Gay de Liébana insiste en cuanto tiene ocasión en la mala gestión económica de los clubs de fútbol españoles que disputan las ligas de Primera y de Segunda, la mayoría de ellos sociedades anónimas en situación delicada o en manos de empresarios geográficamente muy alejados de las pasiones que desata la competición. Y muchas de las cosas que suceden todos los días en los despachos tienen la apariencia de juegos de manos que se empeñan en dar la razón a Gay de Liébana.
Cuando aparece el propietario de un club dispuesto a pagar 80 millones de euros por Álvaro Morata, suplemente en el Real Madrid y en la selección española, no es que se distorsione el mercado, es que se esfuma en manos de un millonario ruso para quien desprenderse de tal cantidad no plantea mayores problemas, según se desprende de la cuantiosa operación. Cuando Cristiano Ronaldo se siente profundamente ofendido por habérsele reclamado el cumplimiento de sus obligaciones fiscales en el país en el que se ha hecho millonario, es mayúscula la sorpresa para el resto de contribuyentes, modestos o no, que se personan todos los años en la ventanilla de Hacienda. Cuando por una localidad en la final de la última Champions se paga algún millar de euros, el disparate se consuma y todas las sospechas están fundamentadas. Cuando unos pocos futbolistas valen lo mismo para enardecer a multitudes que para anunciar cualquier cosa a cambio de contratos de imagen astronómicos, lo menos que puede decirse es que el río se ha salido de madre y lo de Villar y asociados está en consonancia con la incontrolada circulación de dinero que encubre un deporte cuya belleza e importancia social están sobradamente probadas.
“Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde se espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”, escribió el nobel Albert Camus, un apasionado del deporte, en el artículo Lo que le debo al fútbol. Pier Paolo Pasolini vio en el fútbol un sistema de signos, un lenguaje, un mecanismo de comunicación. Manuel Vázquez Montalbán, entre la política y la ironía, describió el Barça como “el ejército desarmado de Catalunya”. Y Eduardo Galeano colgaba un letrerito a la puerta de su casa, “Cerrado por fútbol”, en cuanto empezaba un Mundial. Hoy muchos domicilios cierran por fútbol con frecuencia, pero el fútbol como valiosa herramienta de socialización corre riesgos ciertos de mutar en algo ajeno al deporte o disfrazado de deporte.
A decir verdad, la desnaturalización o falseamiento o adulteración del deporte, siquiera sea financiera, no es solo un peligro para el fútbol. En torno a otras especialidades o acontecimientos –el boxeo, el baloncesto y el fútbol americano en Estados Unidos, los Juegos Olímpicos, un espectáculo multideportivo de alcance universal– los desafíos no son menores. Hace unas fechas, Juan Antonio Samaranch Salisachs, vicepresidente del COI, explicó la procedencia de los ingresos de la organización y el destino de los mismos: todo perfectamente comprensible, pero evidentemente complicado por una red capilar de supervisión inevitablemente intrincada que se extiende por medios sociales, políticos y culturales muy diferentes, con un muy desigual sentido del rigor y la utilidad pública. Otras veces, por algún motivo especial, entidades gestores del deporte a gran escala han hecho lo mismo que Samaranch, pero siempre ha quedado en el aire la sombra de la duda sobre hasta qué punto lo que figura en los papeles se corresponde con la verdad o, por el contrario, siempre hay resquicios para que circule el dinero extraoficial, poco o mucho, al apagarse los focos.
¿Es posible afirmar que hay demasiado dinero en juego para que todo sea transparente y cristalino? ¿El deporte que moviliza multitudes solo puede funcionar con algún sistema paralelo de ganancias y prebendas? Volvamos a Camus: “Después de muchos años en los que el mundo me ha procurado variadas experiencias, lo que más sé a la larga acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol. Lo que aprendí con el RUA –su club–, no puede morir. Preservémoslo. Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También os vigilará a vosotros”. Sería reconfortante que el párrafo siguiera teniendo sentido.

Hedor insoportable en la FIFA

Es imposible aventurar las dimensiones que finalmente tendrá el escándalo que zarandea a la FIFA desde que varios de sus directivos fueron detenidos en un hotel de Zúrich a raíz de una investigación iniciada por el FBI y desvelada por The New York Times. Después de la dimisión de Joseph Blatter solo cuatro días más tarde de ser reelegido presidente de la organización, es de temer que la carcoma ha llegado hasta la médula ósea del fútbol y el hedor es más insoportable a cada día que pasa. Nadie desconoce que la FIFA es un gran negocio privado, privadísimo cabe decir, que forma parte de las finanzas globales; solo los incautos o los ingenuos pueden sostener que la FIFA no forma parte de la política, no se atiene a criterios políticos; solo los niños pueden creer que un Mundial va a Rusia y otro a Catar por razones objetivas: mejor proyecto, gasto contenido, clima idóneo, etcétera. En suma, casi todo el mundo admite que detrás de la puerta de la FIFA se esconde un misterio envuelto en un enigma cuya única y mejor explicación se encuentra en las cuentas corrientes de algunos –¿muchos, pocos, bastantes?– de sus dirigentes.

Nada es transparente en la FIFA: ni el criterio de adjudicación del Mundial cuatrienal, ni la política de sanciones, ni las preferencias electorales de sus integrantes para prolongar el mandato de los presidentes, ni los contratos publicitarios, ni la negociación de los derechos de televisión ni nada que huela a dólar, euro, franco suizo o cualquier otra divisa fuerte. Todo resulta rematadamente sospechoso cuando una entidad impide a sus miembros recurrir a los tribunales ordinarios bajo amenaza de sanción. Lo realmente sorprendente es que el pastel haya tardado tanto en ocupar las portadas desde que Joao Havelange –mediados de los años 70– estableció un vínculo indisoluble entre fútbol y negocio (en realidad, hizo del fútbol, de la FIFA, un gran negocio a escala mundial); un negocio sin inquietudes éticas, gestionado en la más absoluta y categórica oscuridad, insensible ante la situación interna de países que han acogido mundiales con las cárceles llenas de perseguidos políticos (Argentina 78) o que los acogerán  (Rusia y Catar) a pesar de las dudas más que fundamentadas que despiertan sus gobernantes. El negocio es el negocio y lo demás poco importa.

A raíz de la sanción impuesta a Luis Suárez por el mordisco a Giorgio Chiellini, Ramón Besa escribió en El País: “El máximo organismo futbolístico ha perdido cualquier autoridad moral desde que no sanciona la corrupción de sus miembros y ejemplariza sin criterio los castigos a los jugadores”. Pudiera parecer a alguien exagerado el juicio del periodista, pero otros muchos pensaban como él: así el escritor Eduardo Galeano, que antes del Mundial de Brasil declaró al periódico O Estado de Sao Paulo: “Hay dictaduras visibles e invisibles. La estructura de poder del fútbol en el mundo es monárquica. Es la monarquía más secreta del mundo: nadie sabe de los secretos de la FIFA, cerrados bajo siete llaves. Los dirigentes viven en un castillo muy bien resguardado”. Así consideran muchos una desmesura la reserva media de mil millones de dólares que maneja la FIFA para que no se detenga la máquina.

En todo ello hay algo enfermizo, nocivo, malsano. Cuando un periódico liberal como The Guardian considera a Blatter el “dictador de más éxito”, poco puede añadirse. Aun admitiendo la posibilidad de que el autor del texto lastre su opinión con el disgusto por la concesión del Mundial del 2018 a Rusia y no a Inglaterra, 17 años de presidencia de Blatter y decenios en los pasillos de la FIFA es demasiado tiempo para no temer lo peor. Incluso admitiendo que el celo investigador del FBI no es absolutamente desinteresado, y que el deseo de perjudicar a Rusia forma parte de las pesquisas, esos 10 millones de dólares en sobornos son una razón más que suficiente para que se multipliquen las exigencias de que la FIFA ventile el local y dé cuenta de sus cuentas. Mientras no se regenere la institución de pies a cabeza, irán en aumento la desconfianza y la atmósfera estará cada vez más viciada.

El profesor Mauricio Santoro, de la Universidad de Río de Janeiro, ha recordado en un artículo la opinión vertida hace unos años por el expresidente costarricense Óscar Arias: “El fútbol no trata de la guerra y la paz. Es algo mucho más importante”. Ese algo más es la movilización de fuerzas políticas y económicas a través de un deporte que apasiona a cientos de millones de personas, y que ha dejado de ser, como dijo Galeano en su día, “la más importante de las cosas poco importantes” para transformarse en una de las cosas más importantes entre las importantes. Al mismo tiempo que los futbolistas y los aficionados mantienen encendida la llama de las grandes pasiones, Montoro se ocupa de recordar que comprar un club de fútbol o dirigir una federación nacional “es un pasaporte a la política que proporciona una enorme visibilidad” (véanse los casos de Silvio Berlusconi y Mauricio Macri, entre otros, o el palco del Bernabéu sin ir más lejos). Eso es lo que importa a los ideólogos de la FIFA.

Sería extraordinario que todo en el fútbol se redujera a las emociones en la despedida de Xavi, al baile de entrenadores, a la desmesura en los fichajes y a la pitada de la final de Copa, pero ese escándalo inaudito coloca al fútbol de élite entre los negocios de dudosa estirpe, aquellos que hace falta limpiar a conciencia para que siga el espectáculo sin que nadie tenga mala conciencia. El fútbol ha adquirido tales dimensiones que precisa gestores profesionales –no Diego Armando Maradona, ocurrencia de Nicolás Maduro; no lo quieran los idus de todos los meses del año–, pero también transparentes, que expliquen de dónde viene el dinero, a cuánto asciende, en qué se gasta, para qué se guarda y dónde se guarda. Es algo indispensable, acuciante, inaplazable.

No hacerlo es dar pie a la sospecha, es dejar que vuele la imaginación en busca de explicaciones al comportamiento errático de Ángel María Villar, presidente de la Federación Española de Fútbol, que en pleno escándalo votó la reelección de Blatter. Dejar sin sancionar los partidos amañados, la elección forzada de sedes, los maletines de aquí para allá, no hará más que alimentar la creencia de que la FIFA es una organización dirigida por sospechosos habituales. De la misma manera que mantener según qué castigos –la prohibición al Barça de fichar hasta el 1 de enero del 2016, por ejemplo–, incluso en el supuesto de que obedezcan a razones objetivas y defendibles, quizá a chapuzas administrativas de los sancionados que nunca debieron darse, alentarán la creencia de que la FIFA mantiene la fea costumbre de utilizar diferentes varas de medir o se mueve a instancia de parte para perjudicar a unos (a saber quiénes) en beneficio de otros (a saber quiénes).

Esa es la situación. Cuando The New York Times habla de “corrupción institucionalizada” (27 de mayo), describe una paisaje; cuando L’Équipe (28 de mayo) se refiere a “efluvios pestilentes liberados por la máquina que gobierna el fútbol mundial”, describe un estado moral: el desbordamiento de las alcantarillas de la FIFA, según el mismo periódico. Y que el montaje quede al descubierto es un triunfo del fútbol –final de un editorial de The Guardian (2 de junio)– sobre las tinieblas, pero si estas no se desvanecen, si una cortina de humo oculta las miserias ahora apenas intuidas, será un triunfo pírrico que dará pie como mucho a una reforma lampedusiana destinada a limitar la lista de bajas. No sería la primera vez que tal cosa sucediese en un negocio a escala planetaria.

Una empresa llamada FIFA

“El fútbol es la parte predecible de nuestra vida. Esto significa que sabemos dónde veremos la final de la Champions, pero no dónde nos va a llevar el resultado”.

Juan Villoro, escritor

Los brasileños saben que Juan Villoro está en lo cierto sin asomo de duda desde el 7-1 desgarrador de la noche del martes. Un ambiente de depresión nacional, de incertidumbre colectiva, se ha apoderado de la torcida, que es el país entero, y el Gobierno se tienta la ropa ante el temor de que el desaguisado tenga repercusión en las urnas, aliente de nuevo la protesta social y reactive las preguntas que movilizaron a la calle antes de que empezara la fiesta: ¿está justificado el derroche del Mundial cuando las favelas siguen siendo la imagen doliente de un país profundamente dual?, ¿no se pudo organizar la competición con una mayor y más sensata contención del gasto? A los gobernantes de la FIFA, que nunca han tenido que rendir cuentas más que a sí mismos, y aun con reservas, adónde llevará el resultado solo les importa en la medida en que la cuenta de resultados certifique que el negocio funciona a toda máquina.

Antes de que empezara el Mundial, el escritor uruguayo Eduardo Galeano declaró al diario brasileño O Estado de Sao Paulo: “Hay dictaduras visibles e invisibles. La estructura de poder del fútbol en el mundo es monárquica. Es la monarquía más secreta del mundo: nadie sabe de los secretos de la FIFA, cerrados bajo siete llaves. Los dirigentes viven en un castillo muy bien resguardado”. Y otro uruguayo, Ricardo Peirano, editor del diario El Observador, de Montevideo, destemplado por la sanción impuesta a Luis Suárez a causa de su famoso mordisco, ha escrito: “Todo tiene un precio y la FIFA lo sabe bien. Tan bien maneja la FIFA sus recursos que tiene una pequeña reserva financiera en los bancos. Una reserva que asciende a más de 1.000 millones de dólares. Por las dudas”. Sumadas las palabras de Galeano y las de Peirano se llega a las de Ramón Besa en El País: “El máximo organismo futbolístico ha perdido cualquier autoridad moral desde que no sanciona la corrupción de sus miembros y ejemplariza sin criterio los castigos a los jugadores”.

Peirano sostiene que la FIFA  “representa el cinismo por antonomasia”; Blesa habla de la pérdida de autoridad moral. El caso es grave, salvo que alguien siga creyendo que el fútbol es solo un juego. Dejó de serlo hace mucho, cuando se convirtió en un resorte de movilización universal, en un mecanismo transversal de socialización de una eficacia y trascendencia inusitadas, en un universo en expansión al que nada le es ajeno. El fútbol es la política por otros medios, la identidad con otras banderas, el sentido de pertenencia por razones distintas a las heredadas del nacionalismo romántico. De ahí que su compromiso con la ejemplaridad fuera lo menos que cabría esperar de cuantos lo dirigen; su disposición a garantizar la transparencia con una gestión decorosa, ordenada, precisa, regulada y púbica.

Nada de esto forma parte del ADN de la FIFA. Todo funciona en la opacidad más estricta, así sea la adjudicación del Mundial del 2022 a Catar o la intrincada trama de intereses tejida por los grandes patrocinadores. Mientras nadie duda de que llevar la Copa del Mundo a Catar es un despropósito que solo se explica por las irregularidades en la elección y el poder hipnótico de los petrodólares, la FIFA despacha el asunto con cuatro frases hechas que no hacen más que hinchar el globo de la sospecha. Al mismo tiempo que todas las voces sensatas reclaman incorporar al arbitraje tecnologías de última generación para evitar que lo que se ve en la televisión no se pite en el campo, la FIFA prefiere acogerse a normas y formas del siglo XIX cuando el fútbol, entonces sí, era solo un juego. En tiempos en los que cada vez más la opinión pública exige tener conocimiento de cuál es el origen y el destino del dinero, de todo el dinero, la FIFA gestiona un negocio de 4.000 millones de dólares –el Mundial y sus derivados– de cuya administración, fines y distribución se sabe muy poco por no decir nada.

“Las presiones ejercidas por la FIFA sobre el Gobierno brasileño para que adopte leyes antidemocráticas constituye en particular un precedente inquietante. Este intento de origen exterior, en nombre de los patrocinadores de la Copa del Mundo, subraya la amenaza que representan las multinacionales para sociedades civiles de articulación reciente”, señala la escritora estadounidense Naomi Wolf. Se refiere Wolf al intento torticero de poner límites a los derechos de reunión y manifestación durante el Mundial a fin de silenciar o limitar la protesta social. Pero se refiere también a la vergonzosa rectificación de la ley brasileña que prohíbe la venta de bebidas alcohólicas en los estadios con el único fin de que la cerveza Budweiser, patrocinadora del Mundial, pudiera venderse a los espectadores sin restricciones. Alude, en suma, a la intromisión en la soberanía nacional y al relativismo moral en nombre del negocio.

Caben toda clase de interpretaciones cada vez que Joseph Blatter toma la palabra: que lo hace en nombre de la FIFA, de quienes patrocinan sus competiciones, de ambas partes a la vez o, incluso, de otras razones e intereses no conocidos. El deporte de alta competición se ha convertido en un espacio de negocio apenas regulado por las instancias públicas, que atiende a sus propias reglas y a sus propios códigos de conducta. La FIFA expulsa a quienes recurren a los tribunales ordinarios y no reconoce más autoridad en la dilucidación de conflictos que la que se ha dado a sí misma. Eso es bastante más de lo que los colegios profesionales y otras organizaciones entienden por autorregulación y mucho menos de lo que en términos generales se conoce como seguridad jurídica.

¿También aquí es necesaria la seguridad jurídica? La pregunta es pura retórica porque la única respuesta posible es sí. En primer lugar, la precisan los futbolistas, que sostienen el espectáculo. En segundo lugar, la merecen tener los espectadores que financian el artificio de una forma u otra –comprando una entrada o bebiendo una cerveza–, que aspiran a que el juego sea disputado, tenso y limpio. No es mucho pedir. Tampoco es excesivo esperar de los gobiernos la entereza mínima necesaria para poner límites a los organizadores, por más trascendental y rentable que sea la Copa del Mundo, y quizá el equipo de Dilma Rousseff haya desvelado, aunque no por propia voluntad, qué reglas no escritas no deben aceptarse nunca: hay demasiados ciudadanos disgustados por la dispendiosa construcción de estadios y otras infraestructuras como para no prestarles atención.

La lección merece ser tenida en cuenta de aquí al verano del 2016, cuando Río de Janeiro acogerá los Juegos Olímpicos y el COI oficiará como gran administrador del acontecimiento. “En los últimos años, el fútbol ha perdido aquel brillo mágico que debería marcar cada partido”, dice Eduardo Galeano. Y en la declaración se halla implícito el lamento de cuantos, amantes del fútbol y del deporte en general, ven asomar a cada paso la sombra alargada de intereses creados. Es decir, ven en todos los escenarios la religión diseñada por la FIFA y por las multinacionales que un día vislumbró Manuel Vázquez Montalbán: “Los jugadores ya no son sacerdotes fundamentales, como tampoco los feligreses son los dueños de la iglesia: la llenan, pero el poder condicionante del dinero pasa por las exclusivas de televisión y la publicidad”. Es el signo de los tiempos en el Mundial y en todo lo demás.