A la medida de Obama

El Partido Demócrata ha vuelto a fiar su suerte en la mezcla de emotividad, pragmatismo, diversidad cultural y unos gramos de utopía social que tan bien maneja el presidente Barack Obama. La convención de Charlotte (Carolina del Norte) ha reunido y combinado estos ingredientes con una asombrosa facilidad y eficacia, desde el recuerdo al senador Edward Kennedy, fallecido en el 2009, a la oratoria desbordada del candidato a la reelección y al servicio impagable rendido por Bill Clinton, cada día mejor expresidente y más útil a los suyos en los momentos decisivos. Este es el partido de Obama, con toda la grandeza del 2008, pero también con todos los lastres de cuatro años con la economía en la uvi y los republicanos movidos por un único sentimiento: acabar con el moderado reformismo promovido por el presidente.

Este es el Partido Demócrata de Obama porque quizá es el único posible cuando el déficit público acumulado se eleva a 16 billones de dólares, el paro no baja del 8% y es urgente acudir al rescate de la clase media sin dejar a su suerte a los pobres de solemnidad. Este es el Partido Demócrata de Obama con todas las contradicciones que atesora por ser el refugio ineludible de las minorías y verse obligado todos los días del año a poner una vela a Dios y otra al diablo. Este es el Partido Demócrata de Obama, que recurre al realismo cuando los rivales se alarman por el estado de las finanzas federales –“es más que la deuda por habitante en Portugal, Italia, España y Grecia”, recuerda el senador republicano por Alabama Jeff Sessions–, y se nutre del experimentado argumentario de David Axelrod, asesor de cabecera de la Casa Blanca: “No se puede equilibrar el presupuesto a corto plazo porque podría desplomarse la economía”. Este es, en fin, el partido de un presidente que aspiró a formar un Gobierno de los adversarios, a imitación de Abraham Lincoln, y al final tuvo que convivir con la hostilidad sin tregua de los republicanos y la consiguiente polarización.

Newsweek

Portada de 'Newsweek' con el título 'Sal de la carretera, Barack' y el subtítulo '¿Por qué necesitamos un nuevo presidente?'.

No hay mejor ejemplo de esa polarización, en las antípodas de las políticas bipartidistas que precisa Estados Unidos, que la sorprendente portada del 27 de agosto dedicada por el semanario liberal Newsweek a un trabajo del historiador del claustro de Harvard Niall Ferguson, ejercicio sorprendente de provocación periodística titulado Sal de la carretera, Barack y subtitulado de forma no menos contundente ¿Por qué necesitamos un nuevo presidente? Ante la sorpresa y, por qué no, la indignación de los estrategas demócratas, Newsweek puso cuatro páginas a disposición del autor de un libro con un título tan expresivo como Civilization: The West and the Rest (Civlización: Occidente y el resto) para que denostara los cuatro años de Obama con una afirmación contundente: “El presidente rompió sus promesas y el sendero de Romney-Ryan hacia la prosperidad es nuestra única esperanza”.

¿Dónde reside, según Ferguson, el desastre perpetrado por el presidente? En la administración de las cuentas públicas, lo cual incluye la reforma sanitaria, que causa alarma en la clase media. “El fallo de liderazgo en política económica y fiscal –escribe Ferguson– durante los pasados cuatro años ha tenido consecuencias geopolíticas. El Banco Mundial espera que el crecimiento sea apenas del 2% en el 2012. China crecerá cuatro veces más; la India, tres veces más deprisa. Para el 2017, el Fondo Monetario Internacional predice que el PIB de China sobrepasará el de Estados Unidos”. La narración de Ferguson de los problemas económicos llega a un puerto impensable en las páginas de una publicación liberal: “Conozco, me gusta y admiro a Paul Ryan [el candidato republicano a la vicepresidencia]. Para mí, lo que tiene a su favor es simple: es el único de un puñado de políticos en Washington que es auténticamente sincero acerca de la rectificación de la crisis fiscal del país”. Y enseguida recurre al gran temor que alienta en las filas conservadores, la europeización de los males de Estados Unidos, “con un crecimiento bajo, desempleo alto, una deuda incluso mayor y una real decadencia geopolítica”. Conclusión final acerca de qué está en juego el 6 de noviembre: “Es una elección entre les États Units y la república del Himno de Batalla [canción patriótica del siglo XIX]”.

Al margen de la grandilocuencia de Ferguson, envuelto en la bandera, de que Ryan se ha convertido a todos los efectos en el director ideológico de la campaña republicana, lo cierto es que una parte de la clase media, dañada por la crisis y desorientada, suscribe las ideas del ensayista y teme que el futuro sea peor que el presente. Para contrarrestar a los muñidores del desencanto, una de las grandes bazas de que dispone Obama es el recurso al pasado, a la popularidad de Clinton, a los días felices del final de la guerra fría y el superávit presupuestario (William McGurn en The Wall Street Journal). Importa relativamente poco que Richard Cohen escriba en las páginas de The Washington Post que “el presidente tiene muchos enemigos; uno de ellos, sorprendentemente, es él mismo”, si después sube a la tribuna Bill Clinton y expone la idea esperada: ni él ni ninguno de sus predecesores hubiera enderezado en cuatro años la situación heredada. Heredada, ¿de quién? De George W. Bush, que vació la caja en un esfuerzo de guerra insensato y estéril; el mismo Bush ausente de las referencias históricas del pasado republicano para no invocar los fantasmas del desprestigio, el desastre de Irak, la tragedia del Katrina y los diques de Nueva Orleans y el enorme error de cálculo que cometió al dejar caer Lehman Brothers cuando la metástasis de las subprime había minado el sistema financiero global.

Claro que Obama no tiene bastante con el gancho de Clinton y sus dotes de orador sin rival. Porque, en última instancia, las encuestas coinciden en que la clase media da por descontado el legado de Bush y solo desea que alguien salve los muebles, aunque sea mediante el regreso republicano y la contracción del Estado a su mínima expresión. Según un informe de agosto del prestigioso Pew Center, citado por The Charlotte Observer, el periódico de la ciudad que acogió la convención demócrata, la clase media es más pequeña, se ha empobrecido y es más pesimista. Taylor Batten, del mismo diario, cita unas declaraciones hechas a Los Angeles Times por Paul Taylor, del Pew Center, que insinúan el riesgo de fractura social: “La idea de que somos una sociedad con una amplia clase media, con mucha movilidad económica y social y que cree que cada generación está mejor que la anterior, es algo que forma parte del núcleo de lo que significa ser americano. Pero esa no seguirá siendo la situación (…) Sin una respuesta del próximo presidente y del Congreso, es posible que la clase media se desgaste aún más”.

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, que trabajan juntos diariamente entre cuatro y seis horas.

Para los analistas Edward-Isaac Dovere y Darren Samuelsohn, ahí entra en juego el “factor Joe Biden”, otra de las grandes bazas de Obama. Biden no es un ideólogo, tampoco es un líder y mucho menos un orador a la altura de la tradición demócrata, pero es un profesional, un legislador experimentado que conoce la letra menuda de Washington y es “hijo de la clase media de América”. Biden es tan imprescindible para dar la batalla en el Congreso después de que la brillante Nancy Pelosi perdiera la presidencia de la Cámara de Representantes en las legislativas del 2010, que hubo de archivarse el gran proyecto de los estrategas demócratas para estas elecciones: situar a Hillary Clinton en la vicepresidencia, para saltar a la carrera presidencial en el 2016, y enviar a Biden al Departamento de Estado, donde estaría en su salsa. De entre los colaboradores más próximos de Obama, Biden es el que mejor puede responder con convicción a la pregunta que se formula todos los días la clase media urbana: ¿estamos mejor ahora que hace cuatro años? Y Obama precisa del olfato de Biden, como cuentan Dovere y Samuelshon: “Entre las sesiones informativas y otras reuniones, Obama y Biden ocupan normalmente de cuatro a seis horas diarias, con Obama pidiendo casi siempre la opinión de Biden”.

Claro que Biden tampoco es suficiente. Aunque los sondeos aseguran que Obama es el favorito de la minoría negra –una obviedad–, las mujeres, los hispanos y cuantos dependen para subsistir de un programa federal –aunque la mayoría de esta franja de población no se inscribe para votar–, “dos tercios de los votantes, con sensatez suficiente, piensan que el país va por el camino equivocado”, según Robert L. Borosage, presidente del conservador Instituto para el futuro de América. Es decir, piensan que el país está peor que hace cuatro años, algo que facilita el mensaje de Mitt Romney, el aspirante republicano. “La esencia del mensaje de Romney es: la economía apesta; Obama ha fallado; soy un hombre de negocios; puedo arreglar esto”, escribe Borosage en su blog.

A lo que el analista y exasesor de la Casa Blanca Keith Boykin responde: “Hace cuatro años, Estados Unidos estaba empantanado en dos guerras costosas y mortíferas, la economía perdía 800.000 empleos al mes, la bolsa se ​​estrelló, Wall Street tuvo que ser rescatado con 700.000 millones [de dólares], la industria del automóvil estaba a punto de hundirse y, de diferentes maneras, el terror nos recordó la amenaza persistente de Osama Bin Laden”. Un laberinto del que cree que Obama ha dado con la salida: “Hemos terminado la guerra en Irak, creado 4,5 millones de empleos nuevos, se duplicó el índice industral Dow Jones, que generó ganancias récord para la industria del automóvil, y hemos acabado con Osama Bin Laden”. ¿Es este un análisis verosímil del presente o se trata de la opinión de alguien que prefiere ver la botella medio llena, mientras Borosage la ve medio vacía, por no decir vacía del todo?

Ross Douthat, un analista de pluma sensible, llega a una conclusión en el liberal  The New York Times alejada de toda militancia: “Los tiempos son difíciles y el camino de la reeleción, duro, pero este es el Partido Demócrata de Obama tanto como los republicanos fueron el partido de Ronald Reagan en los años 80”. Que esa personalización del partido resulte atractiva y convincente para los votantes independientes, es algo diferente, acaso inescrutable, porque, como indica Douthat, las campañas del presidente y de Romney “parecen destinadas mucho más a movilizar a las bases que a apoderarse de cualquier tipo de centro”. Dicho de otra forma, las campañas están poseídas por una radicalización en la que cuentan más los gestos que los datos. Es difícil compartir la opinión del profesor Niall Ferguson de que Obama se enfrenta a su némesis (Romney), “un político que cree más en el contenido que en la forma, más en la reforma que en la retórica” –en la convención estuvo bastante retórico–, pero no es más fácil creer que los tres debates televisados que aguardan a los candidatos “descubrirán al verdadero Romney y lo dejarán fuera de combate”, una opinión deslizada en Charlotte por un empleado del Partido Demócrata.

Todo es más endiabladamente complejo. Quizá por eso la militancia que acudió a Charlotte no pudo resistirse a la parábola de la venida del mesías, Edward Kennedy, cuando apareció en la pantalla gigante de la convención (Kennedy logró el 58% de los votos frente al 41% de Romney en la elección de 1994 de un escaño en el Senado por Massachusetts). “Es como si regresara para ayudarnos a vencer a Mitt una veces más”, dijo Karen Packer, delegada de Portland (Oregón), según recogió John Nichols en la web del mensual progresista The Nation. Este también es el partido de Obama.

Obama Romney

Evolución del apoyo a Barack Obama y Mitt Romney desde diciembre del 2011 a agosto del 2012 (antes de las convenciones), según un estudio de Gallup.

El Tea Party fija el rumbo

Detrás del confeti de la convención de Tampa se ha consagrado una realidad que admite poca discusión: el Tea Party se ha hecho con la orientación ideológica del Partido Republicano con más determinación que nunca. No solo mediante la elección de Paul Ryan, miembro de la Cámara de Representantes por un distrito de Wisconsin, figura en ascenso de los más conservadores de entre los conservadores elegida por Mitt Romney para que lo acompañe en el largo camino hacia la Casa Blanca, sino por la autonomía de movimientos de la extrema derecha en el seno del GOP (grand old party), el partido de Abraham Lincoln, en el que no se reconocería por más que se esforzara. Una mezcla heteróclita de populismo rudimentario, individualismo, fundamentalismo cristiano, neoliberalismo, pesimismo social y dosis intensivas de ignorancia supina –repásense las opiniones de Sarah Palin, de Todd Akin y de Tom Smith, entre otros, para abrir boca– han colocado entre las cuerdas la sólida tradición del pensamiento conservador estadounidense. Estos son los ingredientes con los que los republicanos se disponen a dar la batalla a Barack Obama, cuyo pragmatismo parece cada vez más un reformismo de altos vuelos visto el contenido de la utopía reaccionaria que el ticket Romney-Ryan se dispone a defender desde ahora y hasta el 6 de noviembre.

Romney-Ryan

Montaje del mural con los nombres del 'ticket' republicano nominado en la convención celebrada en Tampa (Florida).

Lo peor para el electorado republicano tradicional y para las esperanzas del estado mayor del partido de atraer a una parte de los votantes independientes, que a fin de cuentas son los que decantan las elecciones, es que la derecha ágrafa desgaste inútilmente la imagen conservadora en batallas que la sociedad estadounidense da por descontadas –aborto, células madre, matrimonios homosexuales y, en general, las políticas del cuerpo– y solo movilizan el fanatismo exacerbado de los púlpitos de las megachurch y de los predicadores especializados en vaticinar el Armagedón si Obama logra mantenerse en el puente de mando. Dicho y resumido por el liberal The New York Times en su editorial del 27 de agosto: “Una larga historia de extremismo social hace de Paul Ryan un emblema del cambio de la política republicana hacia la extrema derecha”.

El estado de ánimo de los republicanos instalados en el centro conservador queda expresado de sobras en el comentario suscrito por el exrepresentante del partido por Pensilvania Philip English en el transcurso de un debate promovido por la web politico.com a propósito de los disparates de Todd Akin acerca de la llamada por él “violación legítima”: “Akin debe abandonar inmediatamente la carrera [para ser elegido senador por Misuri] para permitir al Partido Republicano que reemplace su candidatura zombi con una alternativa viable en una carrera de gran importancia estratégica”. Lo que sucede es que la candidatura zombi ha recaudado más de 100.000 dólares desde que se difundió el exabrupto a preguntas de Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas que pasea su biografía de pastor de almas metido en política por los mismos salones del Tea Party que frecuenta Akin. Y no hay forma de que ceje en su empeño para así remansar las aguas entre las electoras, cuya intención de voto por Obama supera ahora mismo en 13 puntos al de las partidarias de Romny.

Sarah Palin

Sarah Palin llama "panel de la muerte" a los funcionarios que deberán llevar a la práctica la reforma sanitaria de Barack Obama, bautizada despectivamente Obamacare.

¿Cómo es posible que el viejo partido haya llegado a esta orilla? El editorial de The New York Times citado antes es bastante certero al sacar conclusiones del desparpajo cada vez mayor de la extrema derecha: “La multitud en la Convención Nacional Republicana de esta semana apoyará fielmente la nominación de Romney, pero su corazón estará más cerca del hombre joven con las ideas más radicales que estará de pie a su lado”. Se refiere a Ryan, claro, cuyo documento de enero del 2010 Un libro de ruta para el futuro de América, versión 2.0 es un plan presupuestario “doblado en manifiesto [ideológico] de Ryan”, como recuerda Joel Achenbach en The Washington Post, el gran periódico liberal de la capital federal. En dicho manifiesto, el candidato a vicepresidente se dirige a una clase media empobrecida y desorientada, que teme que las inquietudes sociales de Obama –con la reforma sanitaria en primer lugar– se traduzcan en más impuestos y menos oportunidades. Sostiene Ryan que los ciudadanos “están agotados por un Gobierno que cada vez más cuida de ellos y cada vez toma más decisiones por ellos”.

En esta línea, para los delegados en la convención de Tampa resultó tan importante exaltar el gran momento del Tea Party como transfigurarse en una asamblea anti-Obama. Una pirueta en la que el papel de Ryan fue determinante, porque en su condición de presidente de la Comisión de Presupuestos de la Cámara de Representantes ha delimitado su perfil de fustigador incansable de los planes económicos de la Casa Blanca. Para tal fin ha contado con la ayuda inapreciable de The Wall Street Journal y del entramado de medios que controla Rupert Murdoch, adversarios irreductibles de los mecanismos de control del sistema financiero que tímidamente quiere introducir Obama para evitar futuros episodios con el efecto siniestro de la crisis de las hipotecas subprime (verano del 2007) o de la quiebra del banco Lehman Brothers, cuyo cuarto aniversario se cumplirá el día 14.

Todd Akin

Todd Akin ha recaudado más de 100.000 dólares desde que hizo mención de la "violación legítima" y piensa mantener su candidatura al Senado por el estado de Misuri.

El manifiesto de Ryan está bastante lejos de la política a brochazos de la derecha desabrida, pero en el fondo se alimenta de los mismos recelos frente a las prerrogativas del Estado que la exgobernadora Sarah Palin manifiesta en su web oficial mediante textos exaltados: “La América que conozco y quiero no es aquella en la que mis padres o mi bebé con síndrome de Down tendrán que presentarse frente al panel de la muerte de Obama para que sus burócratas pueden decidir, de acuerdo con un juicio subjetivo, su nivel de productividad en la sociedad , y si son dignos de que se atienda su salud. Este sistema es francamente el mal”. Esta tendencia a la desconfianza hacia cuanto viene de Washington tiene profundas raíces históricas, pero es también un instrumento permanente de manipulación de las conciencias que permite justificar situaciones tan diferentes como la tenencia de armas –más de 200 millones de armas cortas en poder de particulares–, la libertad de los padres para no escolarizar a sus hijos y educarlos en casa o poner en plano de igualdad la enseñanza del creacionismo y del evolucionismo.

El debate que sostienen los dos grandes partidos acerca de los límites del Estado se remonta a los días del New Deal, porque Franklin D. Roosevelt (1933-1945) llevó la intervención del Gobierno en la economía más allá de lo que ningún otro presidente lo había hecho hasta la fecha para rescatar al país de las penalidades de la Gran Depresión. Pero, como señala Joel Achenbach al dibujar el perfil ideológico de Ryan, nunca como hasta ahora tuvo tal virulencia. Esa virulencia lleva a los demócratas a poner en aprietos a Mitt Romney todos los días por su negativa a hacer pública in extenso su declaración de la renta, lleva a los republicanos a dudar medio en broma medio en serio de la ascendencia estadounidense de Obama, e induce a todos a buscar el coup de théâtre que noquee al adversario antes del 6 de noviembre. Entre tanto, se recurre a recordar los pecados del pasado para mantener viva la llama de la sospecha en el campo del rival y, de paso, atenuar la penitencia por los pecados propios, como hace Jonah Goldberg, editor de la publicación muy conservadora National Review, al sacar del archivo las historias poco edificantes vividas por el senador Edward Kennedy, ya fallecido, en la isla de Chappaquiddick, donde perdió la vida la secretaria Mary Jo Kopechne, y por el presidente Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky.

“¿Y si todos estamos equivocados?”, se pregunta William Kristol, uno de los analistas más perspicaces de la derecha-derecha cultivada, en el semanario The Weekly Standard, del que es editor. Las respuestas de Kristol son de un realismo sin concesiones:

  1. Todo el mundo sabe que los estadounidenses “no pueden entender un debate sobre abstracciones como la deuda nacional, los derechos, Obamacare y el sonido del dinero”, pero los candidatos republicanos, inspirados por el Tea Party, lograron en el 2010 la mayor victoria en décadas centrados en estos temas, incluso cuando “la mayoría de los votantes siguen echando la culpa a un republicano, George W. Bush, de la debilidad de la economía”.
  2. “Todo el mundo sabe que los problemas sociales son la muerte para los republicanos”, pero, en cambio, los electores son conscientes de que “el matrimonio tradicional ha sufrido en los estados donde los candidatos presidenciales republicanos pierden”, “prefieren que los abortos sean infrecuentes” y no se realicen en “niños parcialmente nacidos (?) o a punto de nacer”, y se preocupan de que “la libertad religiosa sea protegida y no frenada”.
  3. “Todo el mundo sabe que de lo que se trata en una campaña es de encontrar un camino a la victoria”, y eso significa “tomarse muy en serio los pequeños objetivos”.
Tom Smith

Cartel electoral de Tom Smith, candidato al Senado por Pensilvania, que ha comparado el embarazo fruto de una violación con el nacimiento del hijo de una pareja que no está casada.

El programa de Kristol puede resumirse en pocas palabras: dejemos las grandes digresiones para otro momento y centrémonos en cuestiones prácticas. Dejemos la herencia de los pioneros, de la América mesiánica a la que la historia reserva un lugar de honor, y vayamos a lo que realmente importa que es desalojar a los demócratas de la Casa Blanca para poner punto final a un reformismo que para el Tea Party no es otra cosa que socialismo. Por lo demás, remontarse a la exaltación del individuo en los primeros tiempos de la epopeya nacional, liberado de las ataduras del Estado, es tan novelesco como inexacto y, en todo caso, resulta fácilmente rebatible cuando se pasa del mitin a la cátedra. El mito del héroe que forja su destino sin más ayuda que sus propios recursos ha llenado de obras maestras la cultura estadounidense, pero es insostenible narrar la entera historia del nacimiento de la gran potencia sin recurrir a más mimbres que los de un individualismo acérrimo.

El historiador Tony Judt dejó dicho en Pensar el siglo XX: “La confianza en uno mismo es parte del mito de la frontera americana. Si destruyes eso o, más bien, dejas que se destruya, destruyes parte de nuestras raíces. Este es un argumento defendible e incluso razonable (…) Pero como argumento no tiene nada que ver con el capitalismo, el individualismo o el libre mercado. Por el contrario, es un argumento en pro de un cierto Estado del bienestar, sobre todo debido a su incuestionable premisa de que un cierto tipo de individualismo sostenible requiere una buena cantidad de ayuda del Estado”. Este razonamiento corresponde seguramente al tipo de debate sobre abstracciones que a Kristol le parece impropio de una campaña electoral.

El liberal Robert Putman, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Harvard, es más jocoso en sus juicios, pero no menos certero al dar su opinión a Joel Achenbach sobre la defensa del individualismo que hace Paul Ryan y la herencia de los pioneros. “Los estadounidenses siempre han mitificado al cowboy solitario en su caballo, cabalgando en su silla en dirección al Oeste; un carácter a lo John Wayne, un individualismo resistente”, dice Putman. Pero añade: “En realidad, el Oeste fue colonizado por las caravanas de carretas”. Es decir, fue una empresa colectiva promovida y protegida por el Estado, de la misma manera que hoy la agricultura familiar, esencial en la estructura social de la América profunda a la que se dirige el Tea Party, puede sobrevivir gracias a las subvenciones federales, las vías de comunicación, que dependen del presupuesto federal, y otros servicios que financia el Gobierno desde Washington, como razonó Tony Judt al final de sus días. ¿En algún momento antes del 6 de noviembre se hablará de economía en estos o parecidos términos o la presunta “intromisión del Estado en casa” (Rick Santorum) se adueñará de la campaña?