Los demócratas empiezan la carrera

Al Partido Demócrata de Estados Unidos le urge aligerar cuanto antes la lista de aspirantes a participar en la carrera por la nominación para disputar la presidencia de Estados Unidos a Donald Trump en noviembre del próximo año. Mucho antes de que se inicie la ronda de elecciones primarias en Iowa (febrero de 2020) precisa reducir en mucho el elenco de posibles contendientes y desbrozar el camino para que los debates no tengan el carácter extremadamente fragmentado de los dos celebrados esta semana y para que, al mismo tiempo, se consoliden dos o tres perfiles que lleguen a mediados de la próxima primavera con posibilidades ciertas de ganar la Casa Blanca.

Con 23 nombres en liza como sucede ahora, muy conocidos algunos, bastante desconocidos otros a escala federal, Trump contrarresta fácilmente las arremetidas de los precandidatos demócratas y estos, a su vez, se enzarzan en ataques cruzados de consecuencias inciertas. En especial, como es el caso, cuando hay una gran coincidencia en partes esenciales de los diferentes programas: acciones contra el cambio climático, protección sanitaria, humanización del control de los flujos migratorios, lucha contra la pobreza, saneamiento de las relaciones con los aliados y corrección de algunos de los descalabros promovidos por el populismo nacionalista de Trump y sus halcones. Es imposible llegar a las matizaciones a partir de estas ideas genéricas y compartidas cuando los rivales son poco menos que multitud.

Aun así, una analista del diario The Washington Post ha identificado una primera víctima del primer asalto, sin que tal cosa sea un factor decisivo y concluyente para excluirlo de la carrera: Joe Biden. El vicepresidente de Barack Obama estuvo siempre a la defensiva el jueves frente a la determinación y las acusaciones que le dirigió la senadora Kamala Harris. “¿Fue esto fatal para las posibilidades de Biden? –se pregunta Jennifer Rubin– No, pero sugirió que es un favorito muy, muy vulnerable. Al mismo tiempo, [Harris] tuvo suerte: [Bernie] Sanders también tuvo una mala noche”. La diferencia es que Biden representa al establishment demócrata, que engloba a las grandes familias del partido desde la victoria de Bill Clinton en 1992, y Sanders es una rara avis que vuela a la izquierda de Harris, atrae y moviliza el voto joven, pero es la extrema izquierda “al borde de la alarma” para el liberalismo clásico estadounidense que se cobija en The New York Times. Es decir, Biden sale tocado del primer asalto, pero puede ganar el combate, mientras Sanders empieza en el mismo lugar en el que acabó en 2016: arropado por el electorado que se sitúa en la nueva izquierda demócrata y que comparte con Kamala Harris muchos admiradores.

Salvo cambios de gran calado en la configuración de la precampaña, el triángulo Biden-Sanders-Harris más la senadora Elizabeth Warren y Pete Buttigieg, el alcalde de una pequeña ciudad de Indiana, veterano de guerra y gay, reúnen el grueso de las simpatías al empezar la competición. La pregunta que deberán responder las primarias es si pesa más en la configuración del electorado demócrata la herencia de Obama –léase Biden–, la socialdemocracia con acento estadounidense –Sanders y compañía– o el conservadurismo con rostro humano –entiéndase Buttigieg–, poco menos que expulsado del Partido Republicano por la extrema derecha de Trump. A juzgar por la relevancia ganada por figuras muy jóvenes como Alexandria Ocasio-Cortez, enaltecidas por un segmento de votantes muy dinámico, se diría que el reformismo parte en mejor situación que hace cuatro años; a tenor del universo electoral que en 2016 dio la victoria en votos a Hillary Clinton, cabe considerar el centrismo de Biden como la corriente mejor preparada para luchar con posibilidades por el Despacho Oval.

Para completar el acercamiento a los prolegómenos de la batalla debe añadirse la observación del semanario Time y otros medios: la victoria de las mujeres en los dos debates. Lo que es tanto como concluir que, más que nunca, el voto femenino será determinante en la decantación de las primarias. Más que nunca y sin que sea evidente hasta qué punto el voto de las mujeres demócratas se identifica mayoritariamente con el mainstream del partido o con opciones relativamente heterodoxas. El precedente de hace cuatro años es poco útil porque Hillary Clinton tuvo dificultades para sumar complicidades en el bando femenino y feminista, tan encuadrada y percibida como representante de un continuismo poco atento a los daños sufridos por la clase media a raíz de la crisis económica. “Ella es Wall Street”, gritaron en un mitin los jóvenes voluntarios que seguían a Bernie Sanders.

Las primarias se han convertido en un gran espectáculo político, con muchos ingredientes y ritos propios y una movilización desbocada de recursos económicos. Pero son, al mismo tiempo, un mecanismo de filtraje de las luchas en el seno de los partidos y de adecuación de los programas a una sociedad muy dividida, sometida hoy a los requerimientos de una Administración imprevisible. Y son, en última instancia, un acercamiento a la realidad que, en el caso del Partido Demócrata, debe subsanar su incapacidad manifiesta de hace cuatro años para ganar en alguno de los llamados swing states –estados oscilantes–, aquellos en los que ninguno de los dos grandes partidos tiene asegurada la victoria y todo depende de un puñado de papeletas para lograr el triunfo (hacerse con los votos electorales). De nada le valió a Hillary Clinton obtener grandes mayorías en las dos costas: en los swing states siempre ganó Donald Trump. Fue aquella una gran lección, una confirmación de la creencia muy extendida entre los estrategas electorales de que los candidatos a presidente deben disponer de un mínimo de tres discursos: para los estados con la victoria segura, para los estados con la derrota muy probable y para los estados con la victoria posible o en disputa.

¿Cuál puede ser el candidato de síntesis entre los cinco que parten más destacados? ¿Está preparado el partido para afrontar una campaña con un outsider frente a Trump? ¿La victoria demócrata requiere que el establishment controle el proceso? Desde Herbert Hoover (1929-1933), solo tres presidentes no han logrado la reelección: Gerald Ford (1974-1977), Jimmy Carter (1977-1981) y George H. W. Bush (1989-1993). Quizá esta sea la primera variable que deba tener en cuenta el nominado demócrata que gane la carrera de fondo de las primarias con más de 20 corredores en la línea de salida.

 

Terremoto republicano, efervescencia demócrata

El Tea Party se ha cruzado en el camino de la presentación de las memorias de Hillary Clinton, un acontecimiento con aires de estreno mundial de una superproducción de Hollywood y gran profusión de efectos especiales. Lo mismo ha sucedido con la efervescencia socialdemócrata –llamada populista, sin connotación negativa alguna– en el Partido Demócrata a dos años y medio del relevo en la Casa Blanca. Y aun el republicanismo clásico ha tenido que pasar por la misma experiencia cuando, no sin cierta precipitación, creía haber domeñado a la extrema derecha con algunos éxitos en las primarias correspondientes a las elecciones legislativas de noviembre que renovarán la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de Estados Unidos. La victoria de Dave Brat, un economista ultraconservador perfectamente desconocido, sobre Eric Cantor, el presidente de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, en las primarias del 7º distrito del Estado de Virginia ha puesto patas arriba lo que el establishment de Washington y los aparatos de los dos grandes partidos entienden que es el fundamento del sistema parlamentario de Estados Unidos.

Para calibrar la fuerza del golpe propinado por el Tea Party al clásico esquema bipartidista basta apuntar un dato: nunca desde 1899 se había dado el caso de que un líder del Congreso fuese desbancado de la carrera electoral en unas primarias. El éxito de los ultraconservadores, vestidos con los ropajes de un grupo antisistema que aspira a cambiar las reglas del juego en el Congreso después de colonizar al Partido Republicano, no preocupa solo a quienes lo dirigen, sino a los estrategas demócratas. Alguno de ellos ha confesado a la web Politico.com que los republicanos precisarán que alguien les eche una mano para evitar la implosión, la fractura o la desnaturalización de su cultura política. La alarma demócrata es doble: en primer lugar, responde al temor de que de las elecciones de noviembre salga una Cámara de Representantes polarizada hasta el paroxismo; en segundo lugar, es tributaria del rumbo desquiciado que puede adquirir la campaña de las presidenciales del 2016 (Hillary Clinton es una de las grandes fijaciones de los muy, muy conservadores).

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

“¿Es posible que Eric Cantor no sea lo bastante conservador?”, se pregunta en su blog Sam Stein. La respuesta puede estar contenida en una columna de Adam Kirk Edgerton reproducida por la edición estadounidense de The Huffington Post: “[Los neoconservadores] creen, como dijo Ronald Reagan de forma ruinosa, que el Gobierno es el problema. La consecuencia de esta ideología insana es la elección del Tea Party, que no está interesado en absoluto en gobernar, sino en desmantelar el Gobierno”. Entiéndase bien, desmantelar no significa abolir, sino reducir el Gobierno a su más mínima expresión, limitar al máximo su capacidad de intervenir y dejar al individuo sometido a las obligaciones que él mismo se impone.

Esa aproximación a un individualismo sin concesiones no es de hoy ni de ayer, sino que se remonta a los primeros días de la independencia, a la desconfianza casi orgánica de sucesivas oleadas de inmigrantes europeos, víctimas en muchos casos de los resortes del poder de los estados europeos, que cruzaron el océano en busca de una tierra en la que la presión del Estado fuese lo menos perceptible posible. Luego, en la práctica, Estados Unidos se articuló como una formidable máquina de poder institucionalizado, y su consolidación como gran potencia descansó en la robustez del Estado, como han significado tantos autores, pero en el pensamiento conservador bajo influjo de iglesias evangélicas poco jerarquizadas y apegadas a la literalidad del mensaje bíblico, prevaleció el mito del individuo, dueño absoluto de su destino.

Dave Brat, la última estrella en la constelación 'neocon'.

Dave Brat, la última estrella en la constelación ‘neocon’.

Si al trasfondo ideológico del Tea Party se añade la inquina permanente que el mundo neoconservador siente por el presidente Barack Obama desde el día siguiente a su elección, por lo que representa, por el moderado reformismo social que practica –la reforma sanitaria es el mayor de los motivos de polémica–, por la iniciativa para rectificar los aspectos menos presentables de la leyes que pautan los movimientos migratorios, entonces se llega a la jornada del martes y a la derrota de Cantor. Un desenlace envenenado, inesperado y de difícil gestión para el aparato republicano, que creía tener en Cantor al sucesor natural de John Boehner para presidir la Cámara de Representantes, y quizá a un buen aspirante para enfrentarse a Hillary Clinton en noviembre del 2016, y ahora siente que un terremoto ha movido la tierra bajo sus pies y ha dejado en mantillas el partido del no, etiqueta-resumen a la que Ryan Grim recurre para definir el comportamiento del Partido Republicano durante la última legislatura. Una estación de llegada que, como ha explicado en The New York Times Peter T. King, diputado republicano por un distrito del estado de Nueva York, “moverá al partido más hacia la derecha, lo que nos hará más marginales como partido nacional”.

Lo que dice King en esencia es que todos los esfuerzos del republicanismo clásico para atender los requerimientos del Tea Party han sometido al partido a un conservadurismo muy alejado de su tradición política, y presentar credenciales propias de la extrema derecha es incompatible con la pretensión de dirigirse a toda la nación. Después de algunas victorias significativas de candidatos republicanos sobre aspirantes del Tea Party –los senadores John Cornyn (Texas) y Mitch McConnell (Kentucky)–, el triunfo de Brat ha puesto una nueva estrella en el firmamento neocon al lado de los senadores Ted Cruz (Texas) y Mike Lee (Utah), ha amortizado la recuperación momentánea del republicanismo de toda la vida y lo lleva por una senda que, con la vista puesta en la elección de presidente en el 2016 conduce al partido, según su parecer, a una derrota poco menos que segura. Figuras de la talla y la proyección del senador John McCain, excandidato a la presidencia, son de este parecer y el pesimismo se ha extendido como reguero de pólvora en el staff republicano.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Los analistas que trabajan para el GOP (Grand Old Party) opinan que es claramente insuficiente fundamentar una campaña contra Hillary Clinton basada en la salud, la edad y el paso de la posible candidata por el Departamento de Estado durante el primer mandato de Obama. La presidencia de este, con todas sus limitaciones y motivos para desencantar a muchos de sus seguidores, ha consolidado más que nunca el papel del Partido Demócrata como el de las minorías, incluso ha penetrado bastante en la opinión pública la idea de que el partido del no ha impedido llevar a la práctica algunas iniciativas presidenciales de gran alcance, y la acusación de socialista dirigida al presidente ha dejado de impresionar a una opinión pública curada de espantos. Los índices de popularidad de Obama en torno al 45% están por debajo de las expectativas manejadas por los estrategas demócratas después de la reelección, pero los asesores republicanos se encuentran en una situación más desalentadora: no saben cuál es el mejor camino para atraer a una parte de las clases medias urbanas sin las que la victoria no es posible.

Como cuenta Jay Newton-Small en el semanario Time, de orientación conservadora, la salida de Cantor crea un vacío de liderazgo republicano en el Congreso. Esa es la sensación dentro y fuera del partido, un estado de ánimo que difícilmente puede contrarrestarse con el recetario neocon de Brat, sus ataques a Cantor en tanto que “partidario sólido del gran Gobierno”; en tanto que presunto defensor de abrir la frontera a la inmigración y decretar una amnistía para los millones de residentes extranjeros en Estados Unidos que no han regularizado su situación. Ni siquiera el episodio del asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi (Libia) el 11 de septiembre del 2012, que costó la vida al embajador Chris Stevens y a tres funcionarios, es suficiente para llevar a Clinton contra la cuerdas. Más bien parece una aventura arriesgada porque si, como apuntan algunos medios, la exsecretaria de Estado supera la prueba, aumentarán exponencialmente sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

¿Puede el ala izquierda demócrata atenuar los temores republicanos en la medida en que imponga su toque populista a las primarias para elegir el candidato a la presidencia? Habida cuenta de la vinculación de la senadora Elizabeth Warren y de otros miembros destacados de esta facción al programa máximo expuesto en su día por Obama, es poco probable que el Partido Demócrata acoja una lucha fratricida. El recuerdo vivísimo del coste que tuvo para el partido la división interna en los días de la candidatura de George McGovern (1972) y de Walter Mondale (1984) se impone a otras consideraciones de índole personal, y aún pesa en el ánimo colectivo de los demócratas que un candidato con todos los atributos del ala progresista como Al Gore no llegó a la Casa Blanca a causa de los oscuros manejos que contaminaron el escrutinio de Florida en el año 2000 (elección de George W. Bush).

Un exasesor de los republicanos teme que, a corto plazo, el apoyo de la cadena Fox, de los periódicos de Rupert Murdoch y de los agitadores de la galaxia audivisual –Glenn Beck, Laura Ingraham y otros– sea insuficiente para llegar a noviembre con la posibilidad cierta de mejorar la mayoría que hoy tienen los republicanos en la Cámara de Representantes. Puesto que la casilla de salida es la mayoría presente, el estado mayor republicano parte del supuesto de que se podrá mantener, pero sostiene este exasesor que lo peor que les puede pasar a los candidatos republicanos es encarnar en la vida real la caricatura neocon que difunden muchos medios de comunicación añorantes del bipartidismo sin extravagancias del pasado.

El enfoque que Brat da a la política justifica estos temores. “Dios actuó en mi nombre a través de la gente”, declaró después de la victoria, y al recurrir a la intercesión divina para explicar las razones de su elección se acercó a aquella secuencia de una teleserie en la que dos amigos, acodados en la barra de un bar, siguen, entre cerveza y cerveza, un discurso televisado de Bush hijo. “¿Quién es ese tipo que dice cosas tan raras?”, pregunta uno de ellos. Y el otro se encoge de hombros y responde: “No sé. Yo no le he votado”.