Vatileaks o la soledad del Papa

Un clima de sospecha y desconfianza se ha adueñado de la Curia vaticana para desgracia del Papa y desconcierto de los creyentes. La Iglesia católica viaja en un convoy que circula marcha atrás, hasta los ominosos días de la logia P2, los manejos del obispo Paul Marcinkus al frente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), apodado banco del Papa, y la mezcla de intereses financieros, tráfico de influencias, opacidad y muerte de aquel entonces. Benedicto XVI, un anciano de 85 con las fuerzas propias de su edad, aparece en el centro de una trama urdida, se dice, para rescatarle de la red de intereses que maneja el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, pero que debilita la figura del pontífice frente a una estructura de poder temporal y espiritual adaptada desde hace siglos a las artes conspirativas y los complots de palacio. El Vatileaks o Vatigate, como se prefiera, no es un acontecimiento sustancialmente nuevo en la historia vitacana; al contrario, forma parte de alguna de las más añejas tradiciones del papado.

Este gen constitutivo de la historia de la Iglesia ha sido identificado por analistas creyentes y no creyentes con rara unanimidad. Las últimas semanas se han podido leer y oír varios comentarios en este sentido, entre ellos el de Philippe Levillain, director del Diccionaire historique de la papauté, publicado por el diario católico francés La Croix: “Se han conocido otras veces enfrentamientos en la cima del Vaticano, a veces muy violentos. Así fue cuando la mayor parte de la Curia, después de la guerra, era atlantista, favorable a Estados Unidos, y estimaba que monseñor Montini (el futuro Pablo VI) estaba demasiado abierto a los países comunistas”. A decir verdad, el ejemplo al que recurre Levillain es de los menos dramáticos, pero es ilustrativo de la pugna cotidiana por orientar el gobierno de la Iglesia, como contó en su día el teólogo católico italiano y respetado vaticanólogo Giancarlo Zizola, fallecido en el 2011, en el libro Santidad y poder, dedicado a la lucha permanente entre la Curia y los papas.

La realidad práctica del poder del Papa es del todo singular porque él es, a la vez y de forma indivisible, la cabeza de un pequeño Estado, la referencia espiritual y dogmática de una comunidad que supera los mil millones de personas, el gestor de un patrimonio inmenso repartido por todo el planeta y el administrador último de una red asistencial y prestadora de servicios, imprescindible e insustituible en muchos países y segmentos sociales. Este poder procede de la decisión que toma un colegio electoral que se reúne a puerta cerrada a la muerte de cada Papa –la asamblea de cardenales menores de 80 años, el cónclave–, que elige a uno de entre ellos para gobernar la institución con atribuciones omnímodas, propias de un régimen absolutista y que solo decaen con la muerte de quien las encarna. La frase de Zizola “Ratzinger transforma la teología en poder” se ajusta por completo a los hechos y al legado de la tradición porque es perfectamente aplicable a la inmensa mayoría de papas desde el edicto de Milán (año 313).

La concordancia con la tradición no hace el momento menos grave. Está muy extendida la opinión de Andrea Tornielli, expresada en la web Vatican Insider, de que estamos ante un caso peor que el de los curas pederastas. La razón salta a la vista: aunque los implicados en las filtraciones de documentos dirigidos al Papa aseguran que actúan para defenderlo de sus adversarios en los salones del Vaticano, “son pocos los que creen que sea verdad, porque si durante estos meses de Vatileaks se ha obtenido un resultado, este es la pérdida de prestigio generalizada de la Santa Sede, cuya imagen sale devastada”. Ciertamente, transmiten una imagen de descontrol, improvisación y deslealtad a todas horas el libro Su Santidad. Los papeles secretos de Benedicto XVI, del periodista Gianluigi Nuzzi; la destitución fulminante de Ettore Gotti Tedeschi, presidente del IOR especialmente apreciado por el Papa; el nombramiento de Carlo Maria Viganò para ocupar la nunciatura de Washington y alejarlo así de Roma –era el responsable del gobernatorato del Vaticano– y del Papa, a quien el año pasado envió dos cartas en las que denunciaba situaciones de corrupción en el gobierno de la Iglesia, y, por último, la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del pontífice que aparece como el correo que filtró a la prensa los documentos procedentes de los aposentos papales.

Ettore Gotti Tedeschi

El Instituto para las Obras de Religión (IOR) fue fundado por el papa Pío XII el 27 de junio de 1942. Su patrimonio se cifra en 5.000 millones de euros, registrado casi todo él a nombre de monasterios, congregaciones y conferencias episcopales radicados en Europa. Solo el Papa, el consejo de vigilancia, los cuatro administradores y los comisarios de cuentas tienen acceso a la totalidad de los balances. El consejo de vigilancia está formado por los cardenales Attilio Nicora, Jean-Louis Tauran, Télesphore Zoppo y Odilo Scherer. En la foto, Ettore Gotti Tedeschi, expresidente del IOR.

Cada uno de estos capítulos no hace más que revelar la debilidad extrema del Papa como cabeza visible de la Iglesia, según la definición de la figura forjada por la cultura eclesial. El libro de Nuzzi es posible porque alguien –puede que sea más exacto decir algunos– están interesados en que se conozcan determinados hechos, el apartamiento de Gotti Tedeschi del IOR es posible porque hay sectores de la Curia capaces de imponerse al Papa, la suerte de Viganò pone al descubierto una estructura de poder paralelo que hace y deshace, y el papel de Gabriele certifica de forma alarmante que el camino hasta la mesa de trabajo de Benedicto XVI está al alcance de demasiados. Lo que se antoja menos creíble es que sea el mayordomo Gabriele el gran motor de la conspiración. “Resulta bastante difícil pensar que lo sucedido haya surgido de un acuerdo de cuatro amigos en un bar”, escribe Tornielli. “El mayordomo no sería más que un lampista más o menos manipulado”, sostiene Dominique Greiner en La Croix.

La pregunta es, entonces, ¿quiénes mueven los hilos y por qué? Ambas incógnitas solo admiten respuestas conceptuales. Solo integrantes de la Curia y aledaños a ella tienen la posibilidad teórica de interferir en el laberinto por el que circula la documentación destinada al Papa; solo aquellos que piensan que ha llegado la hora de preparar la sucesión de Benedicto XVI en un cónclave corto y controlado tienen verdadero interés en neutralizar al cardenal Bertone, que aspira a lo mismo que sus adversarios. “La idea del papado de transición flotaba en el ambiente desde el inicio porque se pensaba que iba a ser un papado breve. Una parte del Vaticano veía este hecho con buenos ojos porque significaba un respiro para las fuerzas más conservadoras”, explicó en marzo el prestigioso vaticanólogo Marco Politi a la revista mexicana Proceso. Pero luego, cabe añadir, quedó patente la posibilidad de que el pontificado de Benedicto XVI se prolongara y empezaron los cabildeos; ahora el temor de muchos es que con el Papa alemán se repita la situación de incertidumbre causada por la longevidad de León XIII, que cumplió los 93 años en la silla de Pedro.

La paradoja mayor es que el escándalo ha reforzado la posición de los colaboradores del Papa, a quienes reiteró el miércoles la confianza depositada en ellos, incluido Bertone, supuesto objetivo de los cuervos que revolotean sobre las nobles piedras de la plaza de San Pedro y del topo que dio curso a información reservada dirigida al Papa. Así lo entiende Marco Tosatti, del periódico moderado turinés La Stampa, que no hace más que invocar el principio común a todas las estructuras de poder: en cuanto se produce una injerencia externa, desaparecen las divisiones y se protegen de la intromisión mediante una reafirmación de su unidad.

Al fondo de este escenario se recorta la silueta del IOR, urgido por el Consejo de Europa a aclarar sus cuentas, a desvanecer la sospecha de que es un instrumento para blanquear dinero con conexiones inconfesables en paraísos fiscales. Cuando el Papa puso a Gotti Tedeschi al frente de la institución le dijo: “Debemos ser irreprochables”. Fue tanto como decir que el banco debía someterse a una gestión más transparente y rigurosa que durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, marcados por la confusión. “En la gestión cotidiana de la Iglesia universal, esto –la confusión– se traduce en cierta inconcreción en las decisiones, una impresión de improvisación y de inacabado, pero también un recurso a los pequeños arreglos ‘a la italiana’ para sortear los requisitos burocráticos, es decir, métodos poco ortodoxos para hacer que las cosas avancen a pesar de todo”, indica Dominique Greiner.

La tendencia a lo borroso, a lo inconcreto, se repite en el Vatileaks porque se trata de un partido que se disputa no solo en el campo de las finanzas, sino que lo que hay en juego es “la imagen misma de Ratzinger y el poder de los purpurados que ambicionan su solio”, han afirmado Tommaso Cerno y Marco Damilano en el semanario progresista italiano L’Espresso. Es, pues, un partido que se juega en el campo de los bienes tangibles, el IOR y el mundo de las finanzas, pero también de los intangibles, el de la Iglesia como referencia moral e instrumento de poder. De ahí que algunas de las sombras que se mueven entre cajas estén interesadas en subrayar que actúan con espíritu evangélico, sin más concreciones, aunque lo cierto es que el Papa “se encuentra solo ante la opinión pública” (Levillain) y resulta poco menos que grotesca la apelación hecha desde L’Osservatore Romano por Giovanni Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado: “Un poco de honestidad intelectual y de respeto de las más elemental ética profesional no le vendría mal al mundo de la información”.

El planteamiento de Becciu es preocupante para el orbe católico porque no se lamenta de la lucha por el poder, sino de que se haya sabido que tal lucha existe y el entorno del Papa no se comporta siempre con la limpieza y lealtad debidas. Esta propensión al secretismo más acérrimo, incluso en aquellas situaciones en las que es imposible mantenerlo o, más aún, en las que la prudencia aconsejaría olvidarse de él para rehabilitar a la institución, hipoteca el futuro y el papel de la Iglesia en la economía y la sociedad globales. Como destacan diferentes autores, la Iglesia acepta así formar parte inseparable del statu quo internacional y olvida lo que la tradición define como misión profética, una renuncia esta que distancia cada vez más a la jerarquía de los creyentes, cuando no alimenta el escepticismo.