Rato agrava la enfermedad

“Los discursos y los escritos políticos son hoy esencialmente una defensa de lo indefendible”. La frase es del escritor británico George Orwell y figura en su ensayo Los políticos y la lengua inglesa, que data de 1946. Hoy es tan vigente como entonces o acaso más porque los mecanismos de retorsión del lenguaje han evolucionado espectacularmente en manos de especialistas en convertir la política en un manual de eslóganes más o menos ingeniosos, más o menos ocultadores de la realidad, de las miserias de la vida pública, de cuanto sucede y no se quiere que se sepa.

Otro británico, el historiador Timothy Garton Ash, 70 años después de Orwell, ha dado con los mismos mecanismos de mixtificación. “Todas las frases ingeniosas las preparan con antelación los asesores de comunicación. Como dijo hace poco el antiguo fiscal general conservador [del Reino Unido] Dominic Grieve, son ‘sesiones llenas de indignación pero con muy escaso contenido’”, escribió hace unas semanas en El País Garton Ash, alarmado por el espectáculo a menudo infantiloide que ofrecen los diputados en la Cámara de los Comunes, una forma bastante grosera de ocultar el presente detrás de un telón de improperios altisonantes, broncas, aplausos y otros jolgorios. En el fondo, como sucedía en los días de Orwell, se trata de eludir la verdad y de defender lo indefendible; se diría, quizá, de secuestrar el lenguaje.

Llevado todo al teatro español –no al de la plaza Santa Ana de Madrid, por demás respetable–, el alcance o repercusión del secuestro del lenguaje se agudiza con la gravedad del momento. Una gravedad realzada por esa lista de 705 o de Rodrigo Rato y otros 704 –a no ser que aparezca un cabeza de cartel de más altura– que pudieran haber aligerado sus conciencias mediante el blanqueo de dinero gracias a la amnistía fiscal establecida por el Gobierno. Esos 705 o Rodrigo Rato y otros 704 suman un nuevo pudridero a otros cinco que han llenado la política de pestilencia: la madeja Gürtel-Bárcenas, el ovillo de los ERE de Andalucía, el crucigrama Urdangarín, el laberinto de Bankia (tarjetas negras incluidas) y la trama Pujol. Y al difundirse el aroma de corrupción en todas direcciones han obligado a ciudadanos atónitos a descifrar el alcance de los hechos encubiertos por el lenguaje cuando estos se abordan a la vista del público en los parlamentos, en los juzgados, en esas declaraciones a las puertas de los palacios de justicia cuya función exclusiva es exaltar la inocencia de los encausados o de quienes seguramente lo serán al cabo de unos días.

Orwell dejó dicho en Los políticos y la lengua inglesa: “A propósito de cada frase que escribe, un autor escrupuloso se planteará al menos cuatro preguntas: ¿Qué pretendo decir? ¿Cuáles son las palabras que pueden expresarlo? ¿Qué imagen o locución puede hacerlo de forma más clara? ¿Esta imagen es lo bastante expresiva para ser eficaz? Y probablemente se planteará otras dos: ¿Podré expresarlo de manera más concisa? ¿Hay en esta formulación alguna fealdad que podría evitarse?”

De estas seis preguntas, la primera es fundamental: ¿qué pretendo decir? Es tan determinante que en la epidemia de corrupción que padece el país ha sido sustituida por esta otra: ¿qué debo decir? O por esta otra, igualmente inquietante: ¿qué conviene que diga? Pudiera añadirse que es preciso dilucidar qué conviene decir para que no afecte mucho a las encuestas, para que quede claro que alguien metió mano en la caja, pero el partido no tuvo forma de saberlo, o el Gobierno, o ambos a la vez, defraudados a causa de la confianza depositada en sus más íntimos y apreciados colaboradores, militantes y amigos, a quienes presuponían el partido, los partidos, el Gobierno o todos a la vez libres de toda sospecha. Este es el punto de partida, la necesidad de poner en marcha un mecanismo de disculpa que sea, al mismo tiempo, exculpatorio, que haga olvidar lo dicho con anterioridad –“Luis. Lo entiendo. Sé fuerte” (la sintaxis es de Mariano Rajoy, autor del mensaje a Luis Bárcenas”–, que deje a salvo la marca, el márketing político, para no perder en el lance carros y carretas.

La ironía que gastaba Eugeni d’Ors con sus alumnos, a quienes a menudo decía “oscurezcámoslo un poco” cuando algo estaba claro, ha pasado a ser la piedra sillar de las técnicas pergeñadas por los especialistas en dar con explicaciones políticamente correctas para que los líderes o sus portavoces tranquilicen al auditorio. Pero, claro, el auditorio está escamado y ya no se cree casi nada de lo que le dicen; tiende, en cambio, a desconfiar de todo y de todos, un estado de ánimo lógico, pero fatal para salvaguardar la complicidad indispensable entre poder y ciudadanos para que los sistemas democráticos funcionen de forma razonablemente eficaz. En medio de la oscuridad, cuando la opinión pública puede guiarse solo por el olfato que detecta los vapores que suben de la alcantarilla, no hay complicidad posible entre administradores y administrados.

Resulta incomprensible que, en medio de la función, el PSOE tenga que forzar una votación en el Congreso para que el Gobierno publique la lista de los más de 30.000 contribuyentes que se acogieron a la amnistía fiscal, esto es, el elenco de cuantos antes de la amnistía no pagaron a Hacienda en la forma y los plazos debidos. Resulta un insulto a la inteligencia que mientras se registra el domicilio de Rodrigo Rato alguien busque argumentos en la ley o en la confusión reinante para no suministrar tal información y dejar a oscuras –otra oscuridad más– a cuantos todas las primaveras pasan por la ventanilla de Hacienda. Resulta, en fin, un bochorno colectivo que los estrategas y agitprop de los partidos, del Gobierno o de ambos a la vez busquen tres pies al gato a cuantos quieren aclarar lo sucedido, sean estos periodistas, magistrados, jueces o políticos con el expediente limpio, que por fortuna los hay.

“Cuando se abre un abismo entre los objetivos reales y los objetivos declarados, de forma casi instintiva se recurre a las palabras interminables y a las expresiones trilladas, tal como un calamar lanza su tinta”, dijo Orwell. El comportamiento del calamar obedece a su deseo de ocultarse, de zafarse sin daño de sus adversarios; persigue lo mismo este sopicaldo de declaraciones que nada dicen a pesar de la solemnidad con que se dicen. Sin que pareciera tener mayor importancia el daño que causa esa ceremonia del disimulo, de la evasión –no fiscal en este caso–; como si no minara el sistema, la confianza en él, la dignidad de la política y de los políticos. Como si lo más importante no fuese saber si los presuntos corruptos lo son de verdad, sino cómo afectará la corrupción a sus partidos en las próximas elecciones; como si lo que en verdad importase fuese saber quiénes y cómo se salvan de la quema aunque el aire siga siendo irrespirable.

El coste de cuanto pasa es incalculable para un sistema democrático. El historiador Tony Judt lo definió en dos sucintas frases. Primera: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Segunda: “Si los ciudadanos activos o preocupados renuncian a la política, están abandonando su sociedad a sus funcionarios más mediocres y venales”. Demasiados riesgos para seguir mareando la perdiz y apuntarse a un relativismo moral que devuelve la imagen, seguramente falseada por la decepción de ahora mismo, de unos políticos más inclinados al oportunismo que al compromiso con la transparencia y que, como dice Timothy Garton Ash, dilucidan sus diferencias en una “pelea a gritos propia de un patio de colegio”.

¿’Catalonia, capital Edinburgh’ o ‘Spain, capital London’?

Ahora resulta que el modelo a imitar es el anglo-escocés: formas versallescas, apretones de manos y un referendo para la independencia comprometido para antes de que acabe el 2014 y que organizará el Gobierno de Escocia. Catalonia, capital Edinburgh o algo así. La verdad es que las similitudes entre la peripecia escocesa y la catalana, más allá de las emociones, son inexistentes y las del Gobierno británico con el español, imposibles de concretar. La vinculación de Inglaterra con Escocia se remite a la Act of Union de 1707, que cerró un proceso iniciado un siglo antes, cuando el rey de Escocia se convirtió en soberano de Inglaterra. Es lo que el ministro José Manuel García-Margallo, de forma delicuescente, denomina “proceso tasado”, homenaje innecesario al legado literario de Eugeni d’Ors, a quien se atribuye la expresión “oscurezcámoslo un poco” después de haber escrito un texto que a su secretaria le pareció meridianamente claro.

Los ingredientes constitutivos del Reino de España se remiten a tantas posibles variables y memoriales de agravios, más la brega de la sociedad catalana por salvar del naufragio su identidad cultural, que no hay forma de aplicar aquí lo que vale para las islas, salvo, claro, la voluntad manifiesta de ambas partes –David Cameron y Alex Salmond– de renunciar a la política vociferante y las frases hirientes… Al menos, de momento, porque no es oro todo lo que reluce y en cuanto se pongan en marcha los engranajes del referendo habrá que ver dónde quedan la flema británica y la ironía, legada, entre muchos, por George Bernard Shaw, que además era irlandés: “Hemos tomado prestado el golf de Escocia, y pedimos prestado el whisky”. Aunque, cuando Shaw se ponía serio, se ponía muy serio: “Patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él”.

Act of Union

Original de la Act of Union, firmada el 16 de enero de 1707, que consumó la unión de Inglaterra y Escocia.

Se dan, eso sí, coincidencias escenográficas entre Escocia y Catalunya. Por ejemplo, el Partido Nacionalista Escocés (SNP, en sus siglas inglesas) sostiene que la independencia haría de Escocia la sexta economía del mundo. ¿A causa de qué o cómo se obraría el milagro? ¿Mediante un incremento de la explotación del petróleo del mar del Norte? ¿Mediante un cambio radical en la política fiscal? “Es un reclamo poderoso”, reconoce Michael White en el progresista londinense The Guardian, pero, acto seguido, ondula la superficie de las tranquilas aguas del estanque con este guijarro lanzado con toda la intención: “Habría que ver cómo se han hecho las sumas”. Todo muy parecido al diagnóstico referido a España de Kenneth Rogoff, execonomista jefe del FMI, recogido por la revista Capital en abril del año pasado: “Tiene multinacionales que son excelentes, tiene regiones como Catalunya que, aislada, sería uno de los países más ricos del mundo…”. Sin pérdida de tiempo, los periódicos soberanistas Ara (papel) y e-Notícies (en la red) recogieron la profecía de Rogoff, cuyo método de cálculo es tan desconocido en este caso como el del SNP para aquilatar la riqueza de Escocia.

Sin llegar al extremo de inquirir si la patria es un negocio o el negocio, todo eso suena a economía de mercado más que a patriotismo, lo mismo que la perdigonada disparada por La Gaceta, extrema derecha de toda la vida, mediante la remisión a un estudio elaborado por Mikel Buesa, catedrático de la Universidad Completense: “El PIB catalán sufriría una caída de 50.580 millones de euros o del 23,4% si se independizara de España”. En realidad, no hay forma de saber si se trata de una excursión por la fría realidad contable de un futuro posible o, por el contrario, de una amenaza envuelta en consideraciones académicas. O de contribuir a la confusión, la ambigüedad y los razonamientos expuestos a medias por las partes implicadas en el asunto: los políticos que operan a escala española, los que lo hacen a escala catalana, los que opinan desde Bruselas. O, peor aún, no hay forma de saber si obedece todo a la desorientación generalizada, que cada bando gestiona a su gusto, a causa de la movilización independentista escocesa, vasca, flamenca, quizá quebequesa, y alguna más de la que por el momento no se tiene noticia.

En los análisis asoma ese batiburrillo de confusión interesada del que no se salva nadie, esa propensión a exigir la Luna un día, amenazar con las siete plagas de Egipto al otro, bajar el volumen al siguiente, poner mala cara una jornada más tarde, y así sucesivamente. En Escocia y en Inglaterra, también, aunque ahora sean el modelo a emular. Por ejemplo, el analista Peter Kellner, contrario a la secesión escocesa, sostiene en un artículo colgado en su web que Alex Salmond nunca pensó en obtener la mayoría que le obligaría a cumplir con la promesa de convocar un referendo para separarse de Inglaterra, y ahora se encuentra atrapado en su propia trampa para elefantes: “Al ganar la mayoría absoluta, ha disparado contra sí mismo. En vez de derramar lágrimas de cocodrilo por su incapacidad para convocar un referendo, ahora debe poner el tema a prueba. Como un hombre astuto e inteligente –de hecho, uno de los más astutos y más inteligente en la política británica–, debe saber que su misión es imposible, que dentro de dos años su país votará seguir en el Reino Unido, y que, lejos de alcanzarse, la independencia se aplazará durante al menos una generación”.

¿Explica la seguridad de los unionistas en ganar el referendo las prisas de David Cameron en llegar a un acuerdo y celebrar la consulta cuanto antes? ¿La actitud del premier sería la misma si las encuestas no vaticinaran la derrota de los secesionistas o se asemejaría más a la del Gobierno español, sin la trágica grandilocuencia de manual que gastan en la Moncloa y aledaños? ¿Podría ser todo más sutil, menos sumario y esquemático, si la crisis económica y las consecuencias que se derivan de ella no quemaran en las manos de los gobernantes en todos los peldaños de responsabilidad? ¿Se ahondaría más en las repercusiones que eventualmente puede tener la secesión en cuanto atañe a la permanencia en la Unión Europea? Las preguntas se agolpan y los ideólogos de cada bando prefieren disparar por elevación y soslayar estos interrogantes o darles una respuesta de argumentario de campaña, en Escocia y en Catalunya.

Surgen de vez en cuando, eso sí, voces tranquilas que aportan material para la reflexión. Así la de Margo MacDonald, en el Evening News, de Edimburgo: “Catalunya se halla ahora en la misma situación que Escocia: en la UE, pero representada por otro poder con diferentes prioridades”. Así también Michael White cuando cree adivinar en Francia una oposición frontal a la multiplicación de nuevos y pequeños estados en un ambiente en el que 27 socios ya son muchos, o cuando el mismo comentarista se atreve a aventurar que la idea de los pequeños estados ejemplares, bastante difundida en el pasado, ha pasado a mejor vida: “Ese modelo no se ve tan claro con la crisis de la eurozona, cuando los pequeños países periféricos como Irlanda están teniendo más problemas –y por consiguiente, menos independencia del control de la UE– para que se sientan cómodos”.

George Bernard Shaw

George Bernard Shaw: “Patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él”.

Más allá de los tamaños, merece la pena detenerse un instante en la documentadísima secuencia de datos contenidos en un artículo de Jean-Pierre Stroobants en Le Monde:

  1. Si una región o nación histórica decidiera independizarse, parece ser que estaría obligada a “formular una nueva demanda de adhesión, seguir el difícil recorrido impuesto a todos los candidatos”.
  2. “Una Catalunya independiente no podría integrarse en la Europa comunitaria más que con el aval de Madrid”.
  3. “El Tratado de Lisboa ha previsto un derecho, no a la escisión, sino a la denuncia de la adhesión”, una exigencia del Reino Unido para no transmitir a los euroescépticos la impresión de un matrimonio eterno, en expresión del profesor Pierre Argent, de la Universidad de Lovaina.
  4. “El Tratado de Ámsterdam, que entró en vigor en 1999, evocaba, por el contrario, la integridad del territorio de la Unión, una noción que podía dar a entender que la secesión de un Estado era imposible y que la Unión podía hacer cualquier cosa para que una región no la dejara”.
  5. Ninguno de estos preceptos comunitarios responde de manera nítida a la gran pregunta: “¿qué hacer exactamente si una región quiere dejar un país miembro y acto seguido ingresar de nuevo en la Unión Europea?”

Todo dicho y analizado de forma bastante más sosegada a cómo lo hace en nuestro entorno Carlos Carnero, director gerente de la Fundación Alternativas: “Si en España se fuera hacia atrás como el cangrejo, el horizonte federal de la Unión se vería directamente perjudicado. Por eso, la UE debe ser clara: una secesión unilateral no cabe jurídicamente en su seno, pero además no la vería con buenos ojos. Catalunya, nuevo estado europeo es una contradicción evidente con los objetivos básicos de la UE”. Lo más discutible de la opinión de Carnero es que dé por bueno el objetivo federalizante de la UE, que lo es, y en cambio el así llamado núcleo duro del Estado no quiera afrontar la transformación del Estado en un sentido federal e insista en perpetuar el modelo autonómico simétrico que contiene la Constitución, como si se tratara de un texto revelado e intocable que, por lo demás, ha sido corregido varias veces (la última, en el verano del 2011 para incorporar la famosa regla de oro presupuestaria).

Manca finezza. Por desgracia, en todas partes. Bernat Dedéu, periodista, filósofo y musicólogo de registro independentista, asoma en BTV y suelta la siguiente andanada, dedicada a Pere Navarro, líder de los socialistas catalanes: “Con la gente que me engaña no soy respetuoso. Y este señor nos está engañando. Quiere un referendo validado por el Gobierno español, y esto no sucederá nunca. Él lo sabe”. Vaya. Aparece José Ignacio Wert y anuncia y enuncia sus propósitos españolizadores. Surje de cualquier parte un energúmeno, tira de fotoshop y viste a Artur Mas con el negro uniforme de las SS. Se sube a la tarima Felip Puig y hace juegos de manos con los Mossos. Se sube a otra peana Esperanza Aguirre y otorga a la historia de España 3.000 años de antigüedad. Todo esto resulta tan lamentablemente pintoresco e inconsistente como aquella extraña película en la que aparecía Arturo Pendragón (el del ciclo artúrico, la reina Ginebra, el mago Merlín, la Dama del Lago, Fata Morgana, los caballeros de la mesa redonda y toda la parentela) convertido en general romano de descubierta por Escocia o cerca de ella. Y, a todo eso, no hay día en el que Mas dé el mismo significado a las palabras soberanismo e independencia.

Parlamento de Escocia

El Parlamento de Escocia, en Edimburgo.

En medio de esa ilimitada capacidad para diversificar el disparate, surgen espacios de sólida reflexión. El Centre d’Estudis Jordi Pujol cumple este cometido cuando reproduce el editorial publicado el día 15 por The Guardian. “España y Canadá se han sorprendido por la disposición del Gobierno del Reino Unido a facilitar ese movimiento [el referendo] –escribió el diario de Londres–. En un momento en que el sentimiento separatista catalán y quebequés es alto, Madrid y Ottawa no han actuado de forma tan relajada como Londres. El Gobierno del Reino Unido merece crédito por este enfoque. Es el camino democrático. Pero puede parecer imprudente y un exceso de confianza si Escocia vota sí. No hay que subestimar este momento”.

¿Es de desear un Spain, capital London o algo así? Por lo menos, es de desear que el rigor político prevalezca para que sean imposibles comentarios tan demoledoramente certeros como el que sigue de Sandrine Morel en las páginas de Le Monde: “¿Hay un independentista catalán infiltrado en el Gobierno español? ¿Cómo explicar si no es así las recientes declaraciones del ministro de Educación, José Igancio Wert, quien afirmó el 10 de octubre ante el Congreso de los Diputados que era preciso ‘españolizar a los alumnos catalanes’?” Si se acabara este griterío, se acabaría también con la polisemia a todas horas, la anfibología interesada, la tendencia de todos a envolverse en la bandera y remontarse a pasados gloriosos que siempre lo fueron menos de los que se dice. Y así sería más fácil indagar por qué, de momento, Inglaterra y Escocia se atienen al british way of life; estaríamos más cerca de preguntarnos cuál es el truco y de apartarnos de las respuestas fáciles e inverosímiles, que en este asunto más que en ningún otro carecen de validez.