Fidel, la lógica del poder

La caravana o séquito funerario que lleva las cenizas de Fidel Castro a Santiago de Cuba ha seguido el mismo trayecto que aquella Caravana de la Libertad que en enero de 1959, en sentido contrario, trajo a La Habana el anuncio de un tiempo nuevo, el triunfo de la revolución en lucha contra la dictadura ominosa de Fulgencio Batista. Pero este viaje de vuelta transmite la sensación de repliegue, de vuelta a los orígenes y de final irreversible de una utopía que acabó en totalitarismo insufrible, sentido todo al mismo tiempo, como sucedió y sucede con las opiniones encontradas que suscitó el comandante siempre, santo y seña de su vida y obra al sumergirse en las brumas de la historia. Para los convencidos, el regreso a Santiago es el último mensaje del líder desaparecido para seguir por la senda de cuanto nació al sur de la isla, en Sierra Madre, legado inextinguible que debe protegerse de los adversarios; para la disidencia, los críticos o los defraudados, la tierra de Santiago acoge para la posteridad un espejismo o una pesadilla, acaso un equívoco, algo que nunca fue o pudo ser lo que se anunció que sería.

No hay duda de que después de los padres de las independencias latinoamericanas, Fidel Castro ha sido el líder más influyente, más estudiado, leído, alabado y denostado del continente; en Cuba, solo la figura de José Martí se equipara a la suya. “Para cuando Batista huyó del aeropuerto de La Habana poco antes de la medianoche del año nuevo de 1959, Castro ya era una leyenda”, ha escrito Anthony DePalma en The New York Times, y fue mérito del joven revolucionario, del orador caudaloso, del gobernante implacable, mantener la leyenda en primer plano y ocultar detrás ella las debilidades del experimento, la merma de las libertades y la ineficacia de un régimen ensimismado, condenado a una economía de estricta supervivencia al desvanecerse la Unión Soviética (25 de diciembre de 1991), quizá un poco antes, cuando se puso de manifiesto que el reformismo de Mijail Gorbachov no tenía puerto de llegada, sino que navegaba por un océano tempestuoso.

“La revolución cubana es una democracia humanista”, dijo Castro en los prolegómenos de la victoria, pero dos años más tarde se declaró marxista-leninista, una contradicción en términos que no tuvo efecto en el vínculo establecido con la izquierda europea, condicionada también ella por la lógica de la guerra fría, por la intromisión permanente de Estados Unidos en competencia con la Unión Soviética y por el atractivo de los grandes principios defendidos con las armas por los barbudos en la selva indómita. “Ciega ante la implacable represión interior, la izquierda europea se mantuvo durante mucho tiempo seducida por el mito castrista”, ha escrito un editorialista de Le Monde.

Creció el mito y detrás de él desapareció el hombre, el gobernante, el edificador de un régimen que fue durante años una de las grandes causas morales del pensamiento progresista universal, pero que con el paso del tiempo se transformó en una gerontocracia instalada en el poder, inasequible a la crítica, incapaz de revisar su obra y de ponerla al día. En esa mutación genética nada fue ajeno al embargo económico impuesto por Estados Unidos, más concretamente todo remite a él en el tránsito de las ilusiones a la mano dura, pero no todos los males deben atribuirse al castigo del embargo, encerrada la nomenklatura cubana en la fortaleza levantada para perpetuarse en el poder.

Dice Rafael Rojas que el duelo presente “es la caricatura de otro más profundo, vivido en la conciencia de los cubanos desde mediados de la pasada década”, cuando la enfermedad apartó del puente de mando al líder carismático. Es cierto, en la educación sentimental de los cubanos que no optaron por el escepticismo, la oposición interna o el exilio en Miami, el legado fáctico de Fidel –la sanidad universal, el final del analfabetismo, el desarrollo de la cultura– sigue pesando más que la triste decrepitud de las ciudades, de esa Habana bellísima y desconchada, de esa industria acartonada e ineficaz, de esa vigencia insólita de los almendrones, coches viejísimos que circulan por la isla desde antes de la revolución, de ese prurito por resistir a cualquier precio, en realidad, a un altísimo precio. Y sigue pesando también el legado romántico de los eslóganes –Patria o muerte, Revolución o muerte, Venceremos, Hasta la victoria siempre–, tan cercanos al léxico desgarrado de cuantas guerras precedieron a la brega de Fidel: O Roma o morte (Giuseppe Garibaldi), No pasarán (en Madrid, antes de la gran derrota).

En los rostros compungidos de muchos de cuantos se apostaron en el camino recorrido por las cenizas de Fidel se impuso el recuerdo de lo logrado, de la mejora que experimentó la isla en cuanto la mafia de Estados Unidos y una economía depredadora dejaron de ser dueñas de la situación, de muñir un régimen a su servicio. Todo lo demás ocupó un lugar secundario en su memoria, si es que ocupó alguno. Para estos afligidos a pie de calle, el desafío de lograr la zafra (cosecha de caña de azúcar) más grande de la historia, acogerse al léxico revolucionario –un diccionario entero puesto en boga por los comandantes guerrilleros– y rememorar las grandes concentraciones de masas tiene un valor inextinguible, cuando ya Castro es parte del pasado, absuelto de antemano por ellos mucho antes de que lo haga la historia, si es que eso sucede y no justo lo contrario, como vaticina Antoni Traveria: “Las páginas de la otra historia que Fidel ha ido escribiendo día tras día durante estas largas décadas, las del ejercicio del poder absoluto desde un régimen autocrático sin libertades, con corrupción institucionalizada y violaciones a los derechos humanos, no le van a poder librar de una sentencia severa y condenatoria”.

Ninguno de cuantos han vertido una lágrima sincera al morir el comandante acepta que mucho antes de extinguirse pasó a formar parte del conglomerado de figuras políticas amortizadas por la Realpolitik. Como hace medio siglo sucedió con el Che, el compendio de méritos contraídos por el castrismo fue absorbido por la lista de fracasos acumulados. El camino de Cuba hacia otra parte empezó durante el largo ocaso del líder, urgido Raúl Castro, y con él el partido y el Ejército, las dos columnas vertebrales del régimen, a dar con una salida rápida y diferente para superar la decadencia, la economía estancada, los salarios misérrimos y el descontento o la decepción por las promesas que nunca se concretaron. A eso llevó un ejercicio de realismo inaplazable cuando Castro sumaba años en silencio salvo contadas apariciones o sus digresiones esporádicas en Granma, tan superadas por los acontecimientos.

“Las ideas quedarán”, dijo el anciano Fidel Castro Ruz, próximo el viaje sin retorno, pero cuanto asoma en el horizonte cubano tiene poco que ver con aquella revolución, tantas veces acosada, desde hace tiempo, agónica, que él encabezó. Por el contrario, la posibilidad de un capitalismo a la china tutelado por el Estado, de un capitalismo a la vietnamita con idéntica tutela, de algo que mantenga en el poder al partido único y sitúe a las empresas en el mercado, gana adeptos todos los días, tan lejos el conjunto previsible de aquella ensoñación del hombre nuevo, de la propiedad colectiva y de otros aditamentos hoy discutidos. Estados Unidos ha dejado de ser la causa de todos los males para convertirse en la solución más cercana si Donald Trump no comete la torpeza sectaria de bloquear el proceso puesto en marcha por Barack Obama. Castro dejó de existir como guía de la revolución bastantes años antes de exhalar el último aliento.

“Luchamos por una Cuba democrática y por el final de la dictadura”, declaró en 1957 el guerrillero Fidel Castro a Herbert L. Matthews, periodista de The New York Times. Luego vinieron el desembarco anticastrista de playa Girón (bahía de Cochinos), la crisis de los misiles, el embargo de Estados Unidos, la salvaguarda soviética, la obcecación ideológica, la represión, el desencanto y tantos otros ingredientes propios de un final infeliz. El sueño democrático, de las libertades públicas, del libre examen y del pluralismo político se evaporó en el caldero de un poder enquistado. ¿Cuál es el camino de la regeneración para acabar con la inercia dictatorial, promesa que Fidel nunca cumplió? Nadie en la isla es capaz de vaticinarlo después de que el último gran líder comunista se haya sumido en el sueño eterno.

América Latina saca pecho

No hay mejor argumento para defender la reanudación de relaciones diplomáticas de Estados Unidos y Cuba que el dado por el presidente Barack Obama: la decisión adoptada en 1961, embargo económico incluido, ha sido perfectamente inútil. Es este un dato irrefutable pues la isla, con padrinos o sin ella, con más o menos privaciones y con más o menos popularidad más allá de sus playas, ha sobrevivido a las sanciones, a la ausencia de los intercambios económicos con su poderoso vecino y a la brega conservadora para ahogar la revolución o el régimen, si se prefiere. Todas las cronologías publicadas estos días están salpimentadas con los intentos a menudo deleznables puestos a contribución de la causa última de acabar con el castrismo, sin que, por lo demás, la relación de conspiraciones, planes para asesinar a Fidel, infiltración de agentes en la isla y otras maniobras de naturaleza inconfesable hayan cambiado sustancialmente el horizonte de vida de una revolución social sumida en la decadencia que, aun así, no es posible eliminar de un plumazo.

Hay en el régimen un instinto de supervivencia que tiene su cobijo en el partido y en el Ejército, columnas vertebrales del sistema, pero hay también, detrás del régimen, la percepción latinoamericana del momento histórico, la mutación registrada en las sociedades latinoamericanas, tan distintas a aquellas que asistieron a la caída de la dictadura de Fulgencio Batista y a la articulación de un sistema nuevo, que parecía impensable que pudiese asentarse, en plena guerra fría, a 90 millas de Florida. Aquellas sociedades básicamente sumisas con los designios del Norte, fuesen estos presentados como la Alianza para el Progreso o tuvieran la mirada torva de las dictaduras militares, se han transformado a partir de los años 80 en otras que, finalmente, han arropado a la revolución cubana declinante para darle una salida, una continuidad o un desenlace antes imposible.

Las razones aducidas por Obama para dar el paso son muy diferentes a aquellas sentidas por las sociedades latinoamericanas y subrayadas por algunos de sus líderes más relevantes, formen estos en las filas heteróclitas bolivarianas o en las más asentadas de los diferentes posibilismos socializantes que hoy gobiernan en tantos lugares. Basta con echar un vistazo a las ediciones del día siguiente al anuncio cubano-estadounidense para entender que salvo conservadurismos acérrimos como el del diario El Mercurio de Santiago de Chile, el resto del arcoíris político saluda el evento como un gesto de justicia, necesario, conveniente y que debe culminar con la vuelta de Cuba a la Organización de Estados Americanos, de donde fue expulsada en 1962. Las dudas que alberga El Mercurio sobre la utilidad del paso dado –“Que esta sea la política más acertada para buscar la democracia en Cuba solo se verá si los cubanos consiguen mejores condiciones de vida, recuperan sus libertades civiles y se respetan sus derechos humanos”– contrasta con la orientación dominante:

-“El hecho demuestra la justeza de la postura de los gobiernos latinoamericanos, los cuales abogaron durante décadas por el fin de la hostilidad oficial estadounidense contra Cuba”. (La Jornada, México DF).

-“Para la región, una consecuencia que se debe tener en cuenta es que la cercanía de Cuba con Venezuela y los países de la llamada Iniciativa Bolivariana para las Américas (ALBA) debe entrar en una etapa de revaluación”. (El Espectador, Bogotá).

-“Estados Unidos quiere hacer negocios en Cuba, es cierto, pero el mercado cubano aún es pequeño y pobre. El impacto del anuncio de ayer [el miércoles] es más significativo a corto plazo para América Latina. Saca consecuencias de aspectos de la política exterior brasileña y de los aliados bolivarianos, por ejemplo, vueltos hacia temas superados de la guerra fría como la confrontación Norte-Sur, el antiamericanismo y el tercermundismo”. (O Globo, Río de Janeiro).

-“Es el punto de partida de un reacercamiento de Washington a América latina, en un momento en que otras potencias, como China, elevan su perfil en la región. Es el paso más largo que haya dado el régimen de los Castro hacia la liberalización de su economía, que coincide con la crisis de su gran aliado, el chavismo, víctima de la caída del petróleo”. (La Nación, Buenos Aires).

Hay discrepancias, claro, en esa muestra escueta de comentarios publicados en algunos de los medios más influyentes en la región, pero no hay reservas en cuanto a la naturaleza o la carnadura latinoamericana de lo acontecido. Esa percepción apenas se refiere a la inutilidad de la estrategia estadounidense seguida hasta el presente –el principal argumento de Obama– y se adentra, en cambio, en algo semejante a la confirmación a través de los hechos de que era adecuada la impugnación de la política seguida por Estados Unidos en Cuba, con Cuba y contra Cuba. Ni siquiera los datos objetivos que han llevado al desenlace de 18 meses de negociaciones secretas, Canadá y el Vaticano mediante, modifican esa reivindicación o satisfacción colectiva de la comunidad política de América Latina. La asfixia económica del experimento venezolano, la mediación cubana en las negociaciones del Gobierno colombiano con las FARC, la debacle de los precios del petróleo, la evolución en la opinión pública del exilio cubano en Estados Unidos –el 60% se dice partidario de solucionar el conflicto–, la intromisión de Rusia y China en los negocios del continente, todo eso pesa y debe contabilizarse, pero en la reacción de los gobernantes reunidos en Paraná (Argentina) el mismo día del anuncio pesaron otros factores, quizá quepa decir identidades, que cotizan en la región más allá de las convenciones diplomáticas y las necesidades inmediatas de cada parte para llegar a un acuerdo.

Al hacerse estos días recuento y repaso de los sucesivos fracasos que coronaron todos los intentos de acercar a Estados Unidos y Cuba, desde 1959 hasta hoy, se repara poco en el hecho de que durante la guerra fría, y aun después de ella, se impuso en el disenso caribeño la lógica de la confrontación ideológica, y no hubo forma de explorar otras vías, sometido todo el proceso a la presión conservadora en Florida y a la propaganda castristas al otro lado del mar. Pero en la memoria histórica latinoamericana pesa, por encima de todo, el precio pagado por los cubanos –más que por el régimen cubano– a causa de la asfixia económica. Y esa es ahora la vara de medir, como lo es aquella otra expresada por el veterano José Mujica, presidente saliente de Uruguay, cuando cubría el trecho entre el guerrillero tupamaro rehabilitado y los requisitos del poder: “En el marco de la guerra fría, la política norteamericana apuntalaba cualquier salida de carácter golpista siempre y cuando hubiera existido la posibilidad de que se afirmara un régimen meramente independiente, de carácter populista, que se opusiera a la conveniencia norteamericana, aunque no fuera comunista”.

“Por la historia, la lengua y la cultura pertenecemos a Occidente, no a ese nebuloso Tercer Mundo del que hablan nuestros demagogos. Somos un extremo de Occidente –un extremo excéntrico, pobre y disonante”, dejó escrito Octavio Paz. Pero esa definición quizá se aviene más con la percepción que de América Latina se tiene en Estados Unidos que con las convicciones más íntimas de los habitantes de la región, de quienes ahora la gestionan y quizá de quienes creen haber descubierto que hay vida más allá del modelo occidental. Eso también pesa en la acogida que ha tenido la normalización de las relaciones cubano-estadounidenses; eso también contribuye a mantener el prurito de preservar la diferencia y construir una trama de intereses políticos que, trabajosamente, busca alternativas a la tutela permanente del Norte, más asfixiante antes, más sutil ahora, pero no menos efectiva. Y es este un sentimiento bastante transversal, compartido por enfoques ideológicos dispares, porque parte de la convicción de que la dependencia a todas horas no conduce a ningún puerto seguro. Otra cosa es que todas las alternativas sean viables o tengan futuro, que seguramente no.

Oposiciones para suceder a Chávez

Nadie es capaz de aventurar si el regreso de Hugo Chávez a Caracas es el penúltimo acto de la angustiosa representación ofrecida a la opinión pública por los herederos del presidente o cualquier otra cosa remotamente relacionada con la vuelta de este al puente de mando, quizá para jurar el cargo y, acto seguido, renunciar. El secretismo, mezclado con un abigarrado misticismo religioso y la camiseta de Nicolás Maduro con la imagen del líder enfermo, hacen presagiar lo peor, pero en la escenografía barroca de la república bolivariana todo es posible menos un desarrollo más o menos convencional de los acontecimientos. Mientras tanto, se ha dado la salida en la carrera para llenar el vacío que previsiblemente dejará Chávez dentro y fuera del país al frente de una tercera vía latinoamericana de perfiles ideológicos profusos, difusos y confusos, situada a medio camino entre el Brasil que se avizora como la gran potencia regional durante muchos años y el club de países que, con intensidad variable, se atienen a los designios de Estados Unidos mediante diferentes tipos de alianzas.

Es esta una carrera en la que ninguno de los contendientes tiene de momento el empaque resolutivo de Chávez, ataviado siempre con el populismo a todo volumen desarrollado a través de una red de medios fieles, hábil administrador de los resortes emocionales destinados a retener la atención de un auditorio convencido de antemano, orador caudaloso hasta que le enmudeció la crisis posoperatoria. Así como Chávez llenó el hueco dejado por un Fidel Castro a quien los achaques retiraron de la política y por una revolución cubana en fase crepuscular, sometida a la inercia política de la gerontocracia de La Habana y cada vez más denostada por quienes durante años fueron sus honrados defensores, así también de entre los aspirantes a la sucesión puede despuntar alguien que tome el relevo si el universo bolivariano es incapaz de encontrar en casa un sustituto convincente a escala continental.

Chávez. Montaje

Murales de Caracas dedicados al presidente Hugo Chávez.

Por el momento, las maniobras orquestales caraqueñas ponen más empeño en ahondar en el culto a la personalidad del líder enfermo, algo típico del populismo, que en poner en el disparadero a quien con toda probabilidad deberá sustituirle más temprano que tarde. En la densidad de una atmósfera espesada por la falta de información y la más que previsible pugna entre herederos in péctore, con las Fuerzas Armadas como gran mudo en medio del escenario, asoma todos los días la figura de Nicolás Maduro, vicepresidente, legatario señalado por Chávez antes de viajar a Cuba para ser operado y guardián de las esencias, pero no hay forma de saber si es Maduro el personaje mejor situado para representar el papel que hasta diciembre desempeñó el presidente o si, por el contrario, es un líder por defecto cuyas virtudes están por probar. Puede incluso que la situación de la economía venezolana, extremadamente difícil, sea la primera de las variables a considerar por la dirección bolivariana para alargar los plazos hasta donde lo permita la capacidad de resistencia de Chávez a fin de que la sucesión se produzca una vez sustanciadas y liquidadas las rivalidades internas, con las riendas del régimen en manos de alguien capaz de ejercer de gran hermeneuta de la llamada revolución bolivariana. Por lo demás, los problemas de las economía venezolana son de tal envergadura que el manual de combate cubano, al que Maduro es afecto, parece muy poca cosa para moderar la inflación, combatir el desabastecimiento, cercenar la corrupción y garantizar las rentas del petróleo más allá del 2020, cuando Estados Unidos será autosuficiente en materia energética según los cálculos más verosímiles.

“Al parecer, necesitan el tiempo suficiente para convertirlo en un mito cohesionador, en medio de una crisis económica que puede transformarse en un polvorín a causa de la escasez de alimentos, la inflación, la devaluación de la moneda, una creciente deuda, la escasísima producción nacional y el mal manejo del sector petrolero, principal fuente de ingresos y dádivas estatales”, ha escrito el editorialista del diario Hoy, que se publica en Quito. “Vencer la desunión, parece ser la verdadera consigna, y solo será posible si Chávez vive para siempre o, por lo menos, hasta que una de las facciones haya prevalecido”, ha subrayado la misma mano, con un ojo puesto en el hospital de Caracas donde está internado Chávez y otro siguiendo los pasos del recién reelegido Rafael Correa, uno de los posibles sucesores del presidente venezolano en esta especie de bloque latinoamericano de no alineados en el que conviven perfiles dispares, pero consignas muy próximas; donde coinciden objetivos no siempre coincidentes, pero que recurren a un léxico redentorista común, aderezado todo con un crecimiento ininterrumpido del sector público y un programa de subvenciones de sostenibilidad discutible.

Correa

Simpatizantes de Rafael Correa en Quito después de salir reelegido presidente.

Correa tiene a su disposición los ingresos del petróleo, que en 14 años ha pasado de los 9 dólares/barril a más de 100, y los efectos de la dolarización, que ha facilitado una rápida expansión de la economía, ha reducido los índices de pobreza, ha detenido la fuga de cerebros y ha animado el consumo. El analista Andrés Oppenheimer sostiene en un artículo publicado en El Nuevo Herald, diario conservador de Miami: “Tal vez estas autocracias no duren mucho tiempo más, porque la enfermedad de Chávez, la disminución de los precios de las materias primas y sus desastrosas políticas económicas pueden debilitarlas. Pero por ahora, nadie debería sorprenderse de la arrasadora victoria de Correa”. Esto es, Oppenheimer considera que la dirección política de Chávez del nuevo populismo latinoamericano no tiene un continuador a la vista, pero el vaticinio resulta arriesgado porque hay una franja muy amplia de la opinión pública continental que solo discute quién debe ocupar el puesto de Chávez, pero no duda ni por un segundo de que es preciso seguir por el mismo camino y mostrarse como un bloque unido por las mismas cosignas.

“Puede ser verdaderamente doloroso ver el calvario individual de algún protagonista político convertido en pieza de ajedrez de un juego donde intervienen muchas manos –casi todas interesadas– para manipular la situación del enfermo en beneficio de una u otra persona o tendencia”, sostiene Antonio Herrera-Vaillant en las páginas de El Universal, diario conservador de Caracas. Y aunque el articulista se refiere a la situación en el seno del Gobierno venezolano y del Partido Socialista Unido de Venezuela, la frase es perfectamente aplicable a lo que sucede de puertas para afuera. La visita de Cristina Fernández al presidente convaleciente en La Habana, el tono empleado por el boliviano Evo Morales después de no poder saludar a Chávez durante una escala en Caracas el último miércoles –“mi deseo es que ojalá muy pronto el hermano Hugo Chávez esté nuevamente al frente del Gobierno de la revolución bolivariana”–, el verbo desgarrado –“si mañana no está: unidad, paz y trabajo”– del presidente de Uruguay, José Mújica, más propio de un mitin para consumo de los militantes que de una declaración de Estado, todo adquiere las formas de una oposición convocada para administrar el poschavismo, entendido este no como la continuidad doctrinal del régimen venezolano, sino como la dirección ideológica de la América Latina irredenta.

Para los adversarios de la experiencia venezolana, se trata de un esfuerzo vano porque la vía chavista es un camino sin estación de llegada, una experiencia fracasada que conduce a sociedades subvencionadas, intervenidas por el Estado e incapaces de crear riqueza. Las referencias al desastre cubano o a la triste transformación del sandinismo en un potaje de corrupción, ineficacia y citas bíblicas fundamentan las arremetidas de cuantos como Herrera-Vaillant critican, al mismo tiempo, la utilización del paciente sin demasiados miramientos: “Lamentablemente, el excesivo culto a la personalidad inexorablemente desemboca en un callejón sin salida que convierte a quien alguna vez mandó mucho en pieza impersonal dentro del choque de intereses que sigue a su desaparición física”. En algo llevan razón cuantos comparten esa opinión sobre el espectáculo que se representa: si Chávez recorre los últimos tramos, como parece desprenderse del secretismo que envuelve su regreso a casa, poder y oposición debieran atemperar sus instintos para no enzarzarse en una pugna obscena antes de que la historia pase página.

Bolívar. Murales

Murales de Caracas dedicados a Simón Bolívar.

El profesor Frank Tannenbaum publicó en 1962 Ten keys to Latin America, publicado en español cuatro años más tarde con el título América Latina: revolución y evolución. Al referirse a la figura del caudillo, perfil político inseparable de la historia del continente desde el final de la colonia, Tannenbaum escribió: “En ausencia de un sistema de partidos políticos enraizados en los gobiernos locales, el presidente debe ser su propio partido, manteniéndose en el poder con su sinceridad y habilidad política, dependiendo de la lealtad de sus seguidores inmediatos, y recurriendo al compromiso, a los favores, y si estos no bastan, a la fuerza y al fraude. Esto significa en realidad que el presidente no es primer poder ejecutivo, sino también el político más activo, casi el único político. En estas circunstancias, nadie, excepto el presidente, goza de influencia política”. Así siguen siendo hoy las cosas cuando, en ausencia de un sistema deliberativo, se impone la dirección del líder predestinado, figura tan frecuentemente encarnada por Chávez, silenciado ahora por la enfermedad. Y así lo entienden cuantos esperan el desenlace junto a su cama para llenar el vacío de poder, administrar su herencia, mantenerse al frente del Estado bolivariano o subir en el escalafón del entramado político latinoamericano.

Es casi ocioso señalar que en este entorno de pasiones desbordadas es irrelevante dilucidar si Chávez puede llegar a tomar posesión del cargo de presidente para el que fue reelegido o si, por el contrario, una interpretación forzada de la Constitución permite dejar las cosas tal cual están. La discusión no está exenta de interés en el plano teórico, pero en la práctica se ha producido el inicio del nuevo mandato mediante persona interpuesta –Nicolás Maduro–y la legitimación del proceso se ha cumplido de facto con la exaltación en la calle del líder ausente. Todo lo cual tiene poco que ver con el funcionamiento convencional de un sistema democrático asentado, pero no es radicalmente antidemocrático en la medida en que la ratificación en las urnas del mandato de Chávez fue básicamente transparente. Venezuela es una democracia con máculas y el relato de los últimos meses es la primera derivada de las imperfecciones que la caracterizan, pero eso no constituye una novedad porque los tics de un régimen populista con un diseño institucional forzosamente confuso son conocidos desde mucho antes de que a Chávez le diagnosticaran un cáncer. Por eso carece de sentido ahondar ahora en formalismos.

Hugo Chávez tiene rival

Multitudes, la movilización de las masas en su más rotundo significado; Caracas vitorea a Henrique Capriles; Caracas aclama a Hugo Chávez; la grandiosidad de la naturaleza alimentada por el Orinoco proyectada sobre una sociedad de una grandilocuencia inagotable. La campaña que ha precedido a la elección presidencial en Venezuela se ha vestido con los ropajes del dramatismo radical de dos candidatos condenados a no detenerse un segundo en los detalles, apuntar al adversario y sacar el máximo partido a la poco menos que ciega fidelidad de los seguidores. Quizá el rigor haya quedado olvidado en la larga refriega, pero acaso salga el país fortalecido del reto, sea la victoria para la ensoñación bolivariana que cautiva a los chavistas o para la socialdemocracia templada que ha unido a la oposición; sea para la Mesa de la Unidad Democrática, que sostiene a Capriles, o para el conglomerado que encabeza el Partido Unido de Venezuela, hogar de Chávez.

El analista Andrés Oppenheimer comparte el parecer de otros muchos que, al día siguiente de la refriega, avizoran el triunfo colectivo de una sociedad hasta la fecha agitada de forma a menudo enloquecida, con frecuencia, colérica, por líderes adscritos a la política de balcón o a la descalificación sin tregua de todo y de todos. Ni siquiera una derrota bajo sospecha, barrutan Oppenheimer y otros, llevaría a Capriles a desbordar las aguas porque, por primera vez desde el hundimiento del bipartidismo innoble –a cada poco se turnaban en el poder el Copei y la Acción Democrática–, la oposición al chavismo tiene cuotas de poder que proteger y cuotas de poder que conquistar. “Si [Capriles] perdiera –ha escrito Oppenheimer en el conservador El Nuevo Herald de Miami–, lo más probable es que no alegue que hubo fraude, porque eso instalaría una matriz de opinión de que existe un fraude sistemático, y haría que millones de opositores se queden en su casa para las elecciones de gobernadores del 16 de diciembre y las de alcaldes de abril del 2013”.

Boleta electoral

Anuncio aparecido en la prensa venezolana en el que se avisa de las opciones de voto anuladas en las papeletas, que se contabilizarán como votos nulos a pesar de que muestran la imagen de Henrique Capriles.

Tampoco una victoria liberará a Chávez de la obligación de ser muy otro: “A partir de esta elección, nunca más podrá ser igual al anterior presidente borracho de triunfalismo y de la falsa creencia que tenía un apoyo total del pueblo venezolano”, imagina Oscar Peña en El Nuevo Herald. Desde luego, las encuestas están lejos de asegurar una victoria fácil al presidente –dos de ellas le dan perdedor por un pequeño margen de votos–, y aunque es imposible deslindar en muchos sondeos la militancia política de los datos difundidos, el simple hecho de que uno de los trabajos de prospectiva, el de Consultora 21, dé a Capriles un suplemento de papeletas de por lo menos dos puntos procedentes del voto oculto –le darían el triunfo, según la BBC–, revela que el chavismo está lejos de conservar la aplastante hegemonía de que disfrutó en otro tiempo en la calle y en las urnas.

Esa disposición final a contenerse que se atribuye a los candidatos es una novedad absoluta en una sociedad herida por la desigualdad y acostumbrada a índices de violencia extremos. Ni siquiera el populismo omnipresente de Chávez es capaz de ocultar o alterar el dato cierto de que la sociedad venezolana enfermó de violencia hace tiempo y nadie ha dado con la medicina para que baje la fiebre. La fractura social, la pobreza humillante, la ineficacia de los gobernantes y la corrupción ilimitada, engordada con las rentas del petróleo, han permitido crecer al monstruo y confiere vigencia permanente al análisis que el mexicano Carlos Fuentes dedicó en La gran novela latinoamericana a la obra del más renombrado de los escritores venezolanos: “El tema central de Rómulo Gallegos es la violencia histórica y las respuestas a esta violencia impune: civilización o barbarie. Respuesta que puede ser individual, pero que se enfrenta a las realidades políticas de la América Latina”. Tal como recoge Fuentes, Gallegos se refiere a un tiempo al “primaveral espanto de la primera mañana del mundo” y a la violencia que impregna la historia toda de la novela Canaima, alegato contra el caudillismo, a partir de la noche en la que “los machetes alumbraron el Vichada”.

Los machetes de hoy son la tensión social, los suburbios a merced de las bandas y la sensación permanente de inseguridad. Las encuestas son concluyentes: nada preocupa más a los venezolanos que la violencia sin tregua, la inseguridad urbana, la incapacidad de las fuerzas del orden para tranquilizar las calles. Cuando es posible afirmar que la muerte de tres seguidores de Capriles es lo menos que cabía esperar de una campaña dominada por la pasión, cuando se sabe de antemano que las armas están al alcance de la mano y la policía es ineficaz, entonces el problema reviste una trágica gravedad. Oliver Stone cuenta en su película Al sur de la frontera que Chávez “nació en una casita de barro y creció en la pobreza”, y “esto afectó a su visión sobre Venezuela”. ¿Incluía esta visión la violencia a pie de calle? La respuesta ha de ser forzosamente .

Canaima

Portada de una edición de 'Canaima', novela de Rómulo Gallegos.

Lo mismo vale para Capriles. Aunque nació en el confort de una familia de la burguesía empresarial caraqueña de ascendencia judía, la realidad de la violencia a todas horas no puede ser ajena a su experiencia personal. Más allá de las lindes del Country Club de la capital, lugar de encuentro de la sociedad acomodada, se extiende un laberinto de desigualdades sociales que ningún discurso político ha logrado corregir hasta la fecha. Ni el de los patiquincitos a los que alude en Últimas Noticias de Caracas Asalia Venegas, chavista convencida, ni el del “militarote de verbo asaltante y ruidoso” al que se refiere Elizabeth Araujo en el conservador Tal cual, asimismo de Caracas. Así se ha impuesto el populismo a todo volumen que emborrona la política hasta convertirla en un ejercicio de adhesión personal al que se suman con entusiasmo las páginas de opinión, los blogueros, los estrategas electorales y, claro, los propios candidatos.

Hay una larga tradición de caudillismo en América Latina, atenuada estos últimos años por el renacer democrático. Pero en Venezuela ha brotado de nuevo mediante la radicalización de los oradores, los medios sometidos disciplinadamente a uno u otro bando, las extrañas alianzas tejidas por Chávez y la contrapropaganda emitida desde Estados Unidos. Hay una conexión causal, una relación dialéctica imposible de soslayar entre dos frases recogidas por Oliver Stone en la película. Dice el presidente en un mitin: “El Gobierno no será el Gobierno de Chávez porque Chávez es el pueblo”. Condoleezza Rice, a la sazón secretaria de Estado, afirma: “Creo que tenemos que ver en este momento que el Gobierno de Venezuela es una fuerza negativa en la región”.

Hay una segunda conexión dialéctica que robustece la tendencia al populismo: el objetivo permanente de mantener la calle ocupada, de contar en cientos de miles, en millones, si ello es posible, la participación en los grandes mítines. Todo Caracas, tituló un periódico de la oposición después de un gran mitin de Capriles; Siete avenidas llenas, reclamó un diario chavista antes de la gran concentración anunciada para el día 4. “Si gobierna Capriles, volverán la burguesía y el imperio”, aseguró Chávez desde una tribuna con la voz alterada por el énfasis propio de los grandes trágicos; “Chávez perdió la calle”, proclamó Capriles desde otra tarima ante una masa extasiada. “Con Capriles renacen los mejores instintos de la gente buena y decente de este país en contraste con el deslave de odios y vulgaridad desatado durante 14 años por un irresponsable delirante”, escribió Antonio A. Herrera-Vaillant en el opositor El Universal. “Para un país, es peor que un mal Gobierno, una mala oposición. Y lo es porque cuando esto ocurre no hay camino, no hay alternativa, no hay futuro. La suerte de Venezuela en esta materia es que puede marchar, salir adelante, sin necesidad de oposición”, se afirmó en el presidencialista Diario Vea con absoluto desparpajo.

Pompeyo Márquez

Pompeyo Márquez, un histórico de la izquierda venezolana, rompió con Hugo Chávez en 1999 y hoy le acusa de ser "un autócrata militar".

Es dudoso que sin oposición sea posible el ejercicio saneado del poder. Pompeyo Márquez, exguerrillero, exmilitante comunista, exministro, fundador del Movimiento al Socialismo, alude indirectamente a esa carencia de adversarios que han permitido radicalizar la brega de Chávez: “Ahora se siente con el monopolio del izquierdismo, cuando en la práctica es un autócrata militar que hace depender a un país de la voluntad de un solo hombre, haciéndonos regresar a los viejos caudillismos del siglo XIX”. Parece que Márquez no comparte la idea de que una cuota importante del izquierdismo de Chávez es sobrevenida; obedece a la desconfianza manifestada por Estados Unidos frente al nacionalismo socializante que llevó al poder a quien antes quiso llegar a él por la fuerza. De ser esta la razón última de la radicalización de Chávez, habría que convenir que su acercamiento a la experimentación social de Evo Morales en Bolivia, de Rafael Correa en Ecuador y, aún más, de Daniel Ortega en Nicaragua, convertido en caricatura del sandinismo de los primeros años ochenta, fue más fruto de la necesidad que de otras consideraciones, más fruto de la urgencia por no aparecer solo en el escenario que del convencimiento ideológico. De la misma manera que los apretones de manos de Chávez con Lula da Silva, antes, y Dilma Rousseff, ahora, no han ido más allá porque Brasil no necesita a Venezuela para salir en la foto y otros países, en cambio, sí la precisan.

Todo esto asoma en la campaña de Capriles, pero es el perfil de Fidel Castro el que más pesa en las frases destinadas a desacreditar a Chávez. El brasileño José Sarney fue inmisericorde cuando dijo que al presidente venezolano “le falta historia y le sobra petróleo” para poderse equiparar con el anciano líder cubano. Pero no es descabellado pensar que lo que busca Chávez en la gerontocracia cubana es la legitimación histórica que no ha logrado hasta la fecha con las rentas del petróleo destinadas a suturar las heridas sociales. Chávez ha llegado a decir que votar por él es hacerlo por Fidel Castro, un reflejo preciso de hasta qué punto quiere asociar su mensaje al prestigio acumulado en el pasado por la revolución cubana, a la que hoy le quedan poquísimos defensores. Dicho todo en medio de la confusión provocada por la mezcla de las proclamas que remiten a Castro y la realidad económica que mantiene a las refinerías y redes de distribución de carburantes de Estados Unidos como las primeras compradoras de petróleo venezolano. Resumen de la socióloga Colette Capriles, recogido por Luis Prados y Maye Primera en El País: “No existe un chavismo ideológico. Chávez se suma al castrismo por la necesidad de tener una genealogía de izquierdas y mucha gente se le une porque piensa que obtendrá algún beneficio del Gobierno por modesto que sea”.

Puede que todo dependa de esto y que la elección se decida según sea el volumen del voto cautivo que retiene Chávez en las filas de quienes esperan obtener “algún beneficio” del Gobierno. Puede que el cansancio de una parte de la progresía venezolana desencantada, de los defraudados por promesas que nunca llegaron a cumplirse, de la clase media recelosa, de las víctimas de la inseguridad y de los empobrecidos por la inflación no sean resortes suficientes para evitar que se imponga el gancho de Chávez. Aunque se enfrenta al rival más sólido de cuantos se han medido con él hasta la fecha, el presidente ha logrado mantener el vigor escénico a pesar de que en junio del 2011 le diagnosticaron un cáncer, fue operado dos veces y el único parte de curación es el del propio enfermo. El politólogo Alberto Barrera ha explicado a Prados y Primera que “Chávez tiene un talento especial para la empatía con los sectores populares y además no tiene escrúpulos”. Y ha añadido: “Ha convertido al Estado en una agencia de publicidad personal”. Pero ¿es esto suficiente para neutralizar la compleja maquinaria electoral puesta en marcha por la oposición unida? El ruido ensordecedor de los candidatos impide saberlo.

 

 

La visita del Papa a Cuba defrauda a la disidencia

La estancia del papa Benedicto XVI en Cuba ha decepcionado a la disidencia en igual medida que no ha causado mayores incomodidades al régimen. El minuto concedido a Fidel Castro y negado a las Damas de Blanco quizá sea fruto del realismo abrumador de la diplomacia vaticana, pero el resultado final de la visita a la isla ha quedado bastante lejos de la sensación de cambio de ciclo –real o no– que dejó Juan Pablo II hace 14 años. La contención del Papa en todas las referencias a los presos y a la disidencia, salvo mientras volaba de Italia a México –“el comunismo ya no funciona en Cuba”–, han conferido a las tres jornadas un sesgo esencialmente pastoral, criticado por el exilio de Miami y lamentado en la red por la oposición de todos los colores que vive en Cuba.

Para esta oposición interior, con un componente católico centrista nada despreciable, tuvo un indudable impacto emocional el artículo firmado por Castro en el que dio cuenta de que iba entrevistarse con el Papa. El texto, cercano al de algunos teólogos de la liberación sin compromisos de poder ni ataduras políticas, sorprendió a muchos, aun conociendo la formación religiosa del comandante, educado en un colegio de jesuitas. “Fueron las experiencias vividas durante más de 15 años –escribió Castro– desde el triunfo de la revolución cubana (…) cuando llegué a la convicción de que marxistas y cristianos sinceros, de los cuales había conocido muchos, con independencia de sus creencias políticas y religiosas, debían y podían luchar por la justicia y la paz entre los seres humanos”.

El complemento a este punto de partida de Castro fue el planteamiento que el Papa dio a sus jornadas caribeñas, más acorde con lo conseguido por la Iglesia –la liberación de presos políticos gracias a la mediación del cardenal Jaime Ortega y del secretario de Estado, Tarcisio Bertone; la mejora del estatus de la jerarquía y la presencia del credo católico en la vida cotidiana– que con lo esperado por los adversarios del régimen. De ahí que mientras L’Osservatore Romano subrayó los ingredientes meramente eclesiales del viaje, los blogs de la disidencia proyectaron hacia el exterior la imagen de una oposición que se siente defraudada cuando no dolida. Y muchos de ellos se preocuparon de recoger la carta enviada al Papa por Lech Walesa, fundador de Solidaridad, expresidente de Polonia y altavoz del pensamiento político de Juan Pablo II: “Suplico a Vuestra Santidad que interceda por los que, a causa de sus convicciones, caen en las prisiones. Le ruego a Vuestra Santidad que tome la defensa de estos cubanos que al reclamar la libertad se arriesgan a persecuciones y vejaciones”.

En los días previos a la llegada de Benedicto XVI a Santiago de Cuba, otros prefirieron resaltar la predisposición acomodaticia de la jerarquía. Myriam Márquez escribió en The Miami Herald, caja de resonancia en inglés del exilio cubano: “Juan Pablo II, que vivió bajo el comunismo en Polonia cuando era sacerdote, trajo la esperanza hace 14 años, aunque no pudo dar la libertad a los cubanos. Casi una generación más tarde, el espacio que la Iglesia ha sabido ganarse está sujeto al perfeccionamiento del régimen”. Más de lo mismo en el análisis de Gina Montaner en El Nuevo Herald, clon en español de The Miami Herald: “Hoy la consigna del arzobispo Jaime Ortega es la de no contrariar al Gobierno y se ha notado en las semanas previas a la visita de Ratzinger. A diferencia de otros lugares (…) los activistas que se han encerrado en las iglesias para protestar por la violación de los derechos humanos han sido desalojados por la policía política con la mediación eclesiástica”.

Una vez más, la defensa de un espacio propio y la competencia entre confesiones –la santería, las iglesias evangélicas, una variopinta gama de credos a la carta– aparecieron en la línea argumental de Montaner, vistiendo en este caso los ropajes del márketing y la conquista de mercados. Una imagen tan sorprendente como rotunda dirigida a unos auditorios educados en gran medida en la tradición católica: “Si alguna vez la Iglesia estuvo cerca de la causa de pueblos azotados por la violencia y la opresión, queda poco de esa piedra angular que fundó San Pedro. Sus estrategias pueden llegar a confundirse con las de un holding que busca desesperadamente clientes”.

Aunque el símil del holding no es el más feliz de todos los posibles, lo cierto es que tanto el cardenal Ortega en Cuba como la jerarquía vaticana han llegado a la conclusión de que es el momento de que la Iglesia consolide espacios de influencia más allá de la brega política diaria, que adjudica a los clérigos católicos el papel de intermediarios en la dialéctica Gobierno-oposición. Estos espacios de influencia remiten a una presencia pública más visible de los católicos en todas partes, incluido el ámbito de la educación. Las formas versallescas observadas por el cardenal, y correspondidas sin reservas por Raúl Castro y su entorno, apuntan a este objetivo a medio plazo en el seno de un proceso de reformas en el que el aggiornamento de la economía para superar la quiebra del Estado es improbable que alcance a la política más allá de lo estrictamente cosmético.

De ahí la alarma apenas disimulada de Yoani Sánchez, impulsora del blog Generación Y y voz respetada de la oposición cubana, unos días antes de que el Papa llegara a la isla: “En sus ojos está la capacidad de darse cuenta de que entre los fieles reunidos en las plazas faltan numerosas ovejas del rebaño cubano que han sido impedidas de llegar hasta las cercanías de su báculo. En sus oídos está la decisión de escuchar otras voces más allá de las oficiales o de las estrictamente pastorales (…) En sus manos, en su voz, en sus oídos queda entonces el confirmarnos que comprende lo trascendental del momento”. Una alarma expresada en términos parecidos a la del periodista disidente Reinaldo Escobar: Resulta cuando menos paradójico que la Seguridad del Estado actúe como si tuviera la convicción de que las autoridades eclesiásticas no van a protestar  (por la actuación contra las Damas de Blanco)”.

Deducir de esta serie de opiniones que se trata de una decepción circunscrita a la disidencia militante resultaría por lo menos precipitado. Basta comprobarlo con un texto tan poco sospechoso como el editorial del periódico progresista francés Le Monde, fechado el día 28, significativamente titulado La muy pastoral visita de Benedicto XVI a Cuba: “Benedicto XVI no es Juan Pablo II, sus misiones son diferentes y los tiempos han cambiado. Esta vez, otro arzobispo, el de San Cristóbal de La Habana, monseñor Jaime Lucas Ortega, ha dibujado un cuadro casi idílico de la situación cubana en una entrevista en L’Osservatore Romano, el periódico del Vaticano. La jerarquía religiosa cubana, que ha obtenido estos últimos años la liberación de numerosos detenidos, busca ahora reforzar su implicación en la sociedad y en la enseñanza”.

La pregunta ausente del debate es esta: ¿cabía un planteamiento más agresivo del viaje? O, más aún: ¿se hubiese producido el viaje en el caso de prepararse de forma más agresiva? De la misma manera que tiene sentido preguntarse si mereció la pena una visita tan acotada por la corrección política. Y al formular esta última pregunta y buscar respuestas en las filas de la oposición al régimen, no hay forma de dar con alguna que sostenga que, a tenor de lo sucedido, hubiese sido mejor que el Papa volara directamente de México a Roma sin hacer escala en Cuba.