Europa toma nota de los errores del PP

A tres semanas de que se inicien las elecciones al Parlamento Europeo adquiere especial importancia el alcance del desembarco de Vox en el Congreso, no por haber obtenido 24 diputados, sino por haber quedado muy lejos de los 60 que esperaba lograr. Frente al fatalismo que parece haberse adueñado del centroderecha convencional, aseado y democrático, el resultado de las legislativas en España demuestra que cabe contener el desafío si la participación es suficiente para conseguirlo, aunque quienes en primer lugar debieran neutralizar el auge ultra cometan los errores sin límite que llevaron al PP a tontear más allá de toda medida con el neofranquismo rampante. Es decir, no es misión específica  de la izquierda frenar a la ultraderecha en las urnas, pero fue la movilización electoral de la izquierda la que evitó que Vox sumara más escaños con 2,6 millones de votos.

Para calibrar en su justa medida el alcance del resultado obtenido por Vox basta prestar atención al cambio de eslóganes: durante la campaña fue la idea de la reconquista de España, desde Andalucía hacia todas partes; después del escrutinio, los redactores de mensajes del partido se refieren al inicio de la resistencia, una fórmula lo suficientemente ambigua como para no comprometer a nada ni fijar un objetivo concluyente. El cambio de mensajes es radical, aunque el volumen de los oradores siga siendo el mismo; la reconquista queda aplazada –nunca olvidada– y se impone concretar metas acordes con el resultado obtenido, muy bueno –24 diputados de golpe–, pero insuficiente para activar los resortes retardatarios enumerados por los líderes de Vox desde el resultado de las elecciones andaluzas.

Tal situación no mengua la inconsistencia de la disparatada campaña de Pablo Casado, inspirada en las orientaciones de la FAES de José María Aznar, que malbarató el papel tradicional del PP como hogar moderado de los ultras añorantes del pasado y puso en el disparadero a un segmento de electores que siempre se ha sentido incómodo en democracia, en la España de las autonomías y en la Unión Europea. La simplicidad política de Santiago Abascal y adláteres ganó audiencia mediante la explotación de la crisis catalana, los flujos migratorios, el empobrecimiento de las clases medias y otros factores de índole diversa, pero también merced al error infantil del PP de imitar las arengas ultras en la creencia de que ello retendría en el seno del partido a los herederos del franquismo sociológico. Como suele suceder, entre el original y la copia, a la hora de votar, los electores más ultraconservadores se decantaron por el primero y desdeñaron el segundo.

Puede decirse que esta oscilación del voto, unida a la huida de electores centristas en dirección a Ciudadanos, poco menos que en tropel, ha debilitado en tan gran medida a los populares que su apresurado viaje de vuelta al centro después del descalabro, repentino y sin mayores explicaciones, apenas emite señales de eficacia y, por el contrario, alimenta la velocidad de crucero de Vox con la vista puesta en el 26 de mayo: a escala interior, porque esperan los ultras asomar con holgura en ayuntamientos y comunidades autónomas; a escala europea, porque prevén sumar efectivos a la internacional eurófoba.

Si Pedro Sánchez se ha convertido en referencia ineludible de la socialdemocracia en Europa a raíz de su victoria del 26 de abril, cabe añadir también que el electorado español ha adquirido una relevancia especial porque ha limitado el parte de daños de la aparición de la extrema derecha en el Congreso, y ha acotado los temores de cuantos avizoran que el recuento de las votaciones previstas entre el 23 y el 26 de este mes otorgará a la extrema derecha una influencia desconocida en Europa desde el final de la segunda guerra mundial. Es seguro que el próximo Parlamento Europea tendrá un grupo ultraconservador muy numeroso que englobará diferentes versiones de una misma oferta ideológica, pero no lo es menos que el experimento de aprendiz de brujo realizado por Casado con resultados catastróficos debe servir de advertencia a otras centroderechas tentadas de cometer el mismo error: diseñar una campaña de contención de la extrema derecha consistente en incorporar partes esenciales de su programa.

La investigadora Julia Ebner, del Institute for Strategic Dialogue de Londres, ha recordado en las páginas del diario El País cuál es el principal objetivo de un conglomerado de partidos que acude a las instituciones europeas para minarlas: “Nuestros análisis muestran que la ultraderecha no se centra tanto en sacar adelante políticas propias, sino en bloquear o boicotear las políticas de otros”. Las declaraciones del británico Nigel Farage y del holandés Geert Wilders no disimulan en absoluto su voluntad de obstaculizar los trabajos del Parlamento Europeo; las de Marine Le Pen, Matteo Salvini y Viktor Orbán, sin ser tan explícitas, persiguen el mismo fin; las de Santiago Abascal son del mismo o parecido tenor.

Solo la movilización y participación de la izquierda, la concentración del voto centrista y la defensa de la identidad política de los partidos europeístas puede evitar un desaguisado –la consolidación de una minoría obstruccionista y vociferante hasta la afonía–, puede limitar la difusión de un nacionalismo populista y desabrido destinado a debilitar la UE. Las políticas de identidad son cada día más influyentes, como escribe Francis Fukuyama en su último libro, y la Kulturkampf, como explica Agnes Heller referido al programa de Viktor Orbán en Hungría, constituye un rasgo característico del repliegue desde una sociedad cosmopolita hacia otra en la que el marco de referencia principal es el Estado-nación. Las apelaciones de Santiago Abascal y Javier Ortega Smith a la caza, los toros, Don Pelayo y otras señas de identidad más o menos tópicas, pero fácilmente localizables en la memoria colectiva del conservadurismo español, confirman los diagnósticos de Fukuyama y Heller.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? En parte a causa de la decisión de las grandes familias políticas –la democristiana-liberal y la socialdemócrata– de promover una salida de la crisis que ha sembrado la alarma entre las clases medias, ha dañado el Estado del bienestar y se ha sometido a las exigencias del entramado financiero y de la economía global. En parte, asimismo, por la capacidad del pensamiento más conservador de divulgar un fundamentalismo nacionalista y de sacralizar la historia mitológica del Estado-nación; de resucitar la exaltación del individuo como depositario de unas señas de identidad colectivas en peligro de extinción mediante la mundialización. Frente al magisterio de Raymond Aron y tantos otros –“Es vano preguntarse si la historia tiene un fin, puesto que ya no se cree en una Providencia”–, se remiten al pasado los ideólogos o inspiradores de la extrema derecha renacida después de decenios de travesía del desierto; todos ellos creen en la nación inmutable y eterna.

Nada de todo esto es ajeno a la historia política de Europa y a las oprobiosas tragedias de siglo XX. Todos los movimientos de extrema derecha que nacieron y crecieron en el periodo de entreguerras constituyen precedentes de los que hoy preparan el asalto al Parlamento Europeo. Vox no es una excepción: no hace falta citar nombres, basta repasar el ideario ultranacionalista de los años treinta, el léxico utilizado, el valor otorgado a los símbolos, para concluir que la pretensión de los herederos es recuperar todo aquello. La misma fórmula es aplicable a la movilización ultra en otros países, con inquietudes sociales más o menos explícitas, más o menos destinadas a desposeer al Estado de algunas de las responsabilidades asumidas hace más de medio siglo para atenuar las desigualdades.

 

La hiperpotencia imprescindible teme dejar de serlo

Cumbre de la OTAN en Chicago

Sesión de la cumbre de la OTAN celebrada en Chicago el pasado fin de semana.

¿Es inexorable que decline la influencia de Estados Unidos a escala planetaria? ¿El multilaterialismo, el realismo defensivo y otras formas de poder compartido son el futuro inevitable de las relaciones internacionales? ¿Se acabaron para siempre las certidumbres de la pax americana y nos encaminamos hacia fórmulas multipolares menos estables y menos seguras? Estas y otras preguntas de parecido tenor se formulan una vez más en Estados Unidos al socaire de la campaña electoral, ocasión ideal para que la comunidad académica, los think tank y los lobis alienten el debate. La derecha radical, anclada al Tea Party, se alarma ante la perspectiva de una supremacía de Estados Unidos forzosamente compartida o menguada; el pensamiento liberal se inclina por el poder blando, el poder inteligente, si se prefiere llamarlo así, y el mantenimiento del vínculo atlántico –la OTAN– como máxima expresión de la seguridad colectiva de Occidente.

Para politólogos como el profesor John J. Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, las superpotencias “buscan siempre oportunidades para ganar poder por encima de sus rivales, con la hegemonía como objetivo final”. La idea está contenida en el libro The Tragedy of Great Power Politics, publicado en el 2001, y fue impugnada dos años después por Charles A. Kupchan en The International History Review al comentar el mencionado libro y oponer el concepto realismo ofensivo, forjado por Mearsheimer, al realismo defensivo que sostiene que los estados “buscan seguridad antes que poder, haciendo el sistema internacional menos depredador y menos inclinado al conflicto”. Los dos modelos son perfectamente aplicables a Estados Unidos: la búsqueda de la hegemonía y la búsqueda de la seguridad. Pero ambos anhelos se atienen a lógicas y comportamientos a menudo incompatibles.

A estas dos posibilidades hay que añadir los costes de la hegemonía y la superioridad estratégica como una dificultad insalvable en el seno de una crisis económica de desenlace tan lejano como incierto. Si en 1987 Paul Kennedy planteaba en The Rise and the Fall of the Great Powers el “dilema estratégico” de la aportación de Estados Unidos a la seguridad internacional, igual a la de un cuarto de siglo antes, “cuando su porcentaje en el PIB mundial, producción manufacturera, gasto militar y personal de las fuerzas armadas era mucho mayor”, ¿qué decir hoy en pleno auge de las potencias emergentes?

La cumbre de la OTAN celebrada en Chicago ha obligado al presidente Barack Obama a plantear el espinoso asunto del coste de las operaciones en Afganistán más allá del 2014, cuando se haya completado la evacuación del contingente despachado al corazón de Asia por Estados Unidos y sus aliados; esto es, se ha visto en la necesidad de abordar el precio de un capítulo inseparable de la hegemonía de la superpotencia. Los cálculos más contenidos sitúan en más de 2.700 millones de dólares al año el precio de garantizar la seguridad afgana, una cifra que el Pentágono pretende compartir con los aliados europeos después de asumir que deberá hacerse cargo de la mitad del gasto.

Las restricciones económicas también forman parte de las ambigüedades encadenadas en Siria y de las oportunidades dadas a la diplomacia en Irán, con independencia de que los analistas del Departamento de Estado temen que excederse con la república de los ayatolás podría sacudir el orbe islámico con resultados del todo imprevisibles. Pero este realismo de la Administración de Obama es percibido por los depositarios del legado neocon como una muestra de debilidad impropia de la “hiperpotencia imprescindible”, a la que se refiere el ensayista Robert Kagan en The World America Made;  para ellos se trata de una signo de flaqueza, denostado entre otros por Lee Smith, editor senior del semanario conservador The Weekly Standard: “El Gobierno dice que la posición de Israel con respecto al programa iraní de armas nucleares no tiene vuelta atrás, pero su posición en Siria deja claro que la Casa Blanca está dispuesta a mirar hacia otro lado. Obama ha demostrado que es capaz de no hacer nada para ayudar a pueblos en la línea de fuego, incluso cuando hay intereses nacionales en juego y compartimos adversarios comunes: con Israel es Irán; con la oposición siria es Asad, un hombre que ha ordenado el asesinato de soldados estadounidenses y apunta a los aliados de Estados Unidos desde hace más de una década”.

Más allá del ruido electoral del momento, el alegato contra la Casa Blanca de Smith no queda muy lejos del análisis de Kagan comentado por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial: “La estabilidad del orden realmente existente y sus corolarios –la extensión de la democracia, la prosperidad y la paz– ‘depende fuertemente, de forma directa o indirecta, de la influencia ejercida’ por EEUU, la hiperpotencia imprescindible, la única que puede afrontar simultáneamente los inmensos desafíos en todos los continentes”.  Y añade Madridejos: “El ensayo histórico –cuyo título se ha citado más arriba– es una diatriba implícita contra los declinólogos”.

Karzai y Obama

El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, y el de Estados Unidos, Barack Obama.

En este ambiente intelectual, dedicado a negar el ocaso relativo de la superpotencia, se excluye la posibilidad de entablar un diálogo con los talibanes para alejar a Afganistán de los riesgos de un Estado fallido en cuanto el último soldado de la OTAN haya abandonado el país. Ni siquiera convencen los cinco objetivos que los islamistas radicales creen ver detrás de las maniobras de Estados Unidos. Alissa J. Rubin los ha enumerado en The New York Times al analizar el acuerdo de cooperación cerrado en abril por Estados Unidos y Afganistán. Esos son los verdaderos objetivos de la diplomacia de Obama a ojos de los fundamentalistas:

1º Asegurar las comunicaciones en los campos de petróleo de Asia central y el Caspio.

2º Prevenir un movimiento en favor de un auténtico Gobierno islámico.

3º Llevar a Afganistán el secularismo y el liberalismo.

4º Establecer un ejército hostil al islam y que proteja los intereses occidentales.

5º Amenazar permanentemente a los países islámicos de la región y prevenir un vínculo político y militar entre ellos y Afganistán.

Es poco probable que Mitt Romney, el candidato in péctore a la Casa Blanca de los republicanos, se sienta molesto con estos objetivos que, por lo demás, formar parte de la tradición política de Estados Unidos. Pero los estrategas de campaña no transigen con el método para alcanzarlos “si constituye una rendición ante los enemigos de América, como algunos han sugerido”, opina Stephen J. Hardley, que fue asesor de Seguridad Nacional con George W. Bush. Lo cierto es que Obama se expone a llegar al día de las elecciones, el 6 de noviembre, con unos 68.000 soldados en suelo afgano, casi el doble de los 38.000 que había allí el 20 de enero del 2009, cuando tomó posesión de la presidencia, según recuerda el periodista Glenn Thrush, de la web Politico.

Planteado en términos electorales, el presidente asume el riesgo de llegar a las urnas con una política exterior que incite a sus adversarios a recurrir a la demagogia o al populismo antibelicista, atrapado Obama en una doble realidad difícil de manejar: la de los costes políticos y económicos de mantener miles de soldados en Afganistán y la de los costes, asimismo económicos y políticos, de precipitar la retirada y dar pábulo a cuantos le afean haberse plegado a los dictados de la decadencia. Pero ¿es posible soslayar las señales de debilidad que emite la economía de Estados Unidos? ¿Puede Romney construir un argumento de campaña en el que el orgullo nacional se imponga a otros designios más tangibles?

Francis Fukuyama

El profesor Francis Fukuyama se pregunta ahora por 'El futuro de la historia'.

El profesor Francis Fukuyama, en un artículo titulado significativamente El futuro de la historia, se pregunta en Foreign Affairs si la democracia liberal puede sobrevivir a la decadencia de la clase media. Se trata de una pregunta poco menos que retórica porque, trasladada al presente en Estados Unidos –probablemente también a cualquier otro país occidental– , solo admite un no como se desprende del análisis de Fukuyama:La democracia liberal es la ideología por defecto en gran parte del mundo de hoy, debido en parte a que responde y la facilitan ciertas estructuras socioeconómicas. Los cambios en esas estructuras pueden tener consecuencias ideológicas, así como los cambios ideológicos pueden tener consecuencias socioeconómicas”. Después de anunciar en el pasado el final de la historia, Fukuyama teme ahora que la continuidad de la historia tome una senda en la que el descoyuntamiento de la economía desequilibre un orden mundial basado en la supremacía de Estados Unidos, y un sistema político sostenido por la complicidad de la clase media con las estructuras de poder y la tradición de la América mesiánica –el pueblo elegido–, que se remonta a los padres fundadores y llega hasta nuestros días. Temen, Fukuyama y otros muchos, que el orden que configurarán las economías emergentes, con China a la cabeza de todas ellas, obligue a aceptar un multilateralismo exacerbado, con la debilidad de Estados Unidos agravada por la del andamiaje social de la clase media.

Añádase un dato que no es ningún secreto: el grueso de los títulos de deuda pública de Estados Unidos se almacenan en las cajas fuertes de bancos chinos y japoneses, una ingente cantidad de dinero de la que depende, entre otras variables, la salud del dólar, que es tanto como decir el sistema monetario internacional más los mercados de la energía, donde todas las operaciones se consignan en dólares. “La mitad de los préstamos a más de un año del Tesoro americano los detentan bancos centrales extranjeros. Desde el 2002, las instituciones públicas extranjeras financian la totalidad de las necesidades netas americanas –asegura Ousmène Mandeng, un alto ejecutivo del banco suizo de inversiones UBS–. Cabe preguntarse si semejante dependencia es sostenible de forma duradera”. De esta incógnita sin despejar se desprende otra: ¿puede la hiperpotencia imprescindible seguir siéndolo en unas condiciones de dependencia financiera exterior cada vez mayores? Y aun otra: ¿pesará más en el ánimo futuro de los acreedores de Estados Unidos la necesidad de proteger el valor del dólar para no depreciar su cartera de títulos o la oportunidad de erosionar irremediablemente la economía norteamericana y, a través de ella, recortar las atribuciones propias de la potencia hegemónica?

Thierry de Montbrial, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, ha declarado al Council on Foreign Relations, un think tank independiente con sede en Nueva York: “Estados Unidos es en la práctica el poder número uno en el mundo”, y esto será así en los próximos 20 años, pero el gran desafío que debe enfrentar es mantenerse en este lugar. La desastrosa presidencia de George W. Bush partió de la hipótesis de que solo Estados Unidos podía articular la seguridad internacional y exportar un modelo universal de democracia representativa, pero la realidad demostró que ambos presupuestos carecían de fundamento y daban como resultado más inseguridad y más inestabilidad. El primer mandato de Obama se ha inclinado por admitir que la complejidad de los problemas que tiene planteados la comunidad internacional requieren tanto el concurso de la hiperpotencia imprescindible como el de los aliados necesarios. ¿Es este reconocimiento un síntoma de decadencia o un ejercicio de realismo aplastante?