Elección moral en Francia

El titulado como gran debate de la segunda vuelta de la elección presidencial en Francia fue, en realidad, el miércoles pasado, el ruidoso debate o el atropellado debate. Al sentar en el estudio de France 2 a la última representante de la peor tradición política de Francia, la confrontación de programas dejó de serlo y la pantalla devolvió a los espectadores la imagen de un país dividido entre el oportunismo sin escrúpulos de la ultraderecha recalcitrante y el posibilismo europeísta del establishment. Al arreciar la discusión salió a la superficie la versión más abrupta de dos Francias, de dos Europas, de dos futuros posibles que se enfrentan elección tras elección en sociedades descoyuntadas por el astronómico coste social de la crisis económica, el terrorismo global, la crisis migratoria y las proclamas milagreras de diferentes formas de populismo.

Sentados frente a frente, Emmanuel Macron y Marine Le Pen representaron una pugna planteada en términos parecidos y con propósitos similares a las habidas antes en Austria y en Holanda, y es de prever que habrá en septiembre en Alemania. Envuelto todo en esta sensación inevitable de que Macron está en condiciones de utilizar pulcramente la pala de pescado mientras Le Pen maneja el cubierto como un instrumento adecuado para arremeter contra un comensal en caso de necesidad. Aun sin ver en Macron la gran esperanza blanca para rescatar a Francia del estancamiento, es fácil descubrir en su contrincante el torvo rostro de un pasado indecente, de la más deshonrosa hora de Europa y de Francia, de las algaradas callejeras de Action Françaises en los prolegómenos de la gran hecatombe, de aquel antisemitismo encubierto más tarde con la negación del Holocausto. Después de escuchar la otra noche a la candidata del Frente Nacional no hace falta recurrir a grandes digresiones para concluir una vez más que el huevo de la serpiente ha vuelto a ser fecundado y puede eclosionar en cualquier lugar, en cualquier momento.

Nada queda de la tradición de los grandes debates con argumentos elaborados. En una discusión en la que Marine Le Pen acusa a su adversario, sin asomo de prueba, de ocultar dinero en un paraíso fiscal –una forma de posverdad– y Emmanuel Macron tacha de indigna a su contrincante no queda espacio para la justa versallesca. Nada se tiene en pie sobre el tapiz político de la habilidad dialéctica y la frase justa tantas veces admirada en los debates televisados franceses: hoy la discusión se desarrolla en un ring en el que una de las partes se siente a gusto y la otra debe reconocer que si no acepta las reglas del juego, puede caer en la lona, vencida por la simplificación dual típica de los populismos tabernarios: el pueblo frente a la casta, la nación frente a los inmigrantes, el legado cristiano frente a la invasión musulmana, la nación frente a Europa, la gente frente al sistema (todas las ideologías metidas en el mismo saco). El griterío ensordecedor de la camada ultra ha logrado imponer un código de conducta, una agenda, si se quiere, que ha contaminado la política francesa y a un sector importante –el 40%, puede que más– de los electores que este domingo acuden a votar.

A la vista de la ausencia de Jean-Luc Mélenchon, estandarte de la nueva izquierda –los insumisos–, en los esfuerzos para movilizar al electorado contra Le Pen más que en favor de Macron, nadie diría que la confrontación tiene un componente moral evidente, en defensa de la dignidad de la política, en contra de la demagogia y de los eslóganes hirientes. Toda elección tiene un ingrediente moral, pero en este caso se trata de un factor capital en la discusión en curso para evitar que la autoridad quede en manos de la cultura política del odio. El hecho de que hasta el griego Yanis Varoufakis, un radical sin reservas, alerte acerca de los riesgos de la abstención y del voto en blanco descalifica de por sí a Mélenchon, afecto a un oportunismo electoral –la vista puesta en las legislativas de junio– demasiado cercano a la muy difundida creencia en según qué ambientes de que cuanto peor, mejor.

Basta repasar la historia del Frente Nacional desde las elecciones de 1974, cuando la candidatura de Jean-Marie Le Pen no pasó de ser una curiosidad pintoresca a pie de página, para entender que ha mutado en amenaza auténtica para el pacto republicano, los usos democráticos y la implicación de Francia en un futuro proyecto político europeo más seductor que el actual. Pero basta también comparar la situación presente con la de la primavera del 2002, cuando la unidad republicana garantizó la reelección de Jacques Chirac frente a Le Pen, para medir hasta qué punto la descomposición del bloque a izquierda (seguidores de Mélenchon) y derecha (seguidores de François Fillon), siembra el escepticismo y alimenta toda clase de dudas. Y basta, en fin, recordar el pobrísimo resultado obtenido en la primera vuelta por Benoît Hamon, el candidato del PS dejado a su suerte por François Hollande y Manuel Valls, para calibrar hasta qué punto la descomposición de la izquierda clásica es un hecho irreversible, víctima la socialdemocracia de su apego a la Realpolitik sin matices en plena degradación del Estado del bienestar.

La victoria más que previsible de Macron no cambiará esencialmente los enunciados: los pilares de la Quinta República serán a partir de ahora otros, serán los de una intuida Sexta República sin mayorías concluyentes en el Parlamento, una extrema derecha robustecida, nuevas siglas en el centro –En Marche!– y en la izquierda alternativa, y la obligación inaplazable en el campo conservador y en el socialista de refundar aquello que hasta hace poco se antojaba inamovible. Como dice el politólogo Olivier Duhamel, las cosas seguirán cambiando, porque la llegada al Eliseo de un presidente con un partido recién fundado, la presumible mezcla de tecnócratas, independientes y algunas caras conocidas en el Gobierno que forme y la incógnita por despejar en las elecciones legislativas de junio configurarán un ecosistema político nuevo, seguramente menos estable, más deliberativo, menos articulado en torno a la figura del jefe del Estado.

Hace demasiado tiempo que funciona por inercia la Quinta República como para pensar que el próximo presidente podrá eludir los cambios que urgen para evitar males mayores a los presagiados durante una campaña tan encrespada. Ahí está en todas las esquinas de Francia la imagen de Marine Le Pen para recordar que el país afronta un final de ciclo plagado de riesgos extensivos a toda Europa.

Francia corre riesgos

La victoria de Emmanuel Macron, exministro liberal en un Gobierno socialista, solo dos puntos por encima de Marine Le Pen, extrema derecha xenófoba y antieuropeísta, no permite banalizar el éxito de esta última en la primera vuelta de la elección presidencial en Francia, sino subrayarlo con tinta roja. Solo 15 años después de que Jean-Marie Le Pen disputara a Jacques Chirac la presidencia de Francia, la hija del viejo caudillo ultra ha obtenido 2,8 millones de votos más que los que él logró en la primera vuelta del 2002 y, tanto o más importante que este dato, ha conseguido proletarizar el Frente Nacional (FN), hacerlo más transversal y agravar la división latente en una sociedad desorientada por dos presidencias sin logros –las de Nicolas Sarkozy y François Hollande–, por el descrédito de los grandes partidos, por el coste social de la crisis económica y por el desafío yihadista. Las bolsas europeas respiraron tranquilas el lunes, pero los vaticinios de una segunda vuelta en la que el voto ultra puede acercarse al 40% configuran una Francia nueva, con más de un tercio de los electores movilizados contra la tradición republicana y europeísta, conquistados por el nacionalismo primario “de un clan familiar cínico y sin escrúpulos” (Le Monde).

La presunta sutileza de los análisis que consideran un fracaso del FN no haber alcanzado el 30% en la primera vuelta, requisito mínimo para aspirar a la presidencia con fundamento en la segunda, no hace más que ocultar los riesgos que corre Francia, y por extensión Europa. Nada hay más alejado de las convenciones políticas, del pacto republicano y del equilibrio social que el populismo vociferante de Marine Le Pen envuelta en la bandera. Ese recurso a las emociones o a las esencias nacionales ha sido útil, por el momento, para dejar en ruinas el sistema de partidos característico de la Quinta República, puede serlo para hipotecar la gestión de futuros gobiernos si en las legislativas de junio alcanza el FN una representación significativa en la Asamblea de la República y puede serlo aún más si deja vía libre a los partidarios de agitar la calle, que los hay.

Marine Le Pen se refiere a la necesidad de una “unión nacional” para pedir el apoyo en las urnas el 7 de mayo, una apelación a la identidad antes que a los valores. Emmanuel Macron reclama la “unidad republicana” y, con ella, la del abanico político que va de los posgaullistas de François Fillon a la izquierda clásica, que se remite a los valores del pacto republicano más que a una nación en abstracto. No es esta una diferencia menor o secundaria, o al menos no debiera serlo cuando lo que está en juego no es solo la presidencia de Francia, sino la complicidad del país para rescatar a la Unión Europea de la lógica diabólica de la crisis permanente, de la herencia del Brexit y de diferentes modalidades de euroescepticismo, sazonado todo con las múltiples fobias estimuladas por la crisis de los refugiados, el terrorismo global y la lejanía de los tecnócratas de Bruselas.

De ahí que resulten sorprendentes las reservas de Jean-Luc Mélenchon, candidato de la izquierda emergente, para pedir el voto para Macron, como si fuese posible una alternativa, como si abstenerse o votar en blanco no fuese casi tanto como apoyar a Le Pen. Esa doctrina expresada en España por Podemos, según la cual la nueva izquierda no quiere de presidente ni a Macron ni a Le Pen, es una incongruencia, una contradicción en términos o una falta manifiesta de madurez política. Basta revisar las hemerotecas para comprobar que en el 2002, con bastantes menos riesgos a la vista, la izquierda votó sin fisuras a Chirac con una pinza en la nariz para cortar el paso a la demagogia intemperante de la ultraderecha. Fue un voto sin ilusión, pero fue un voto necesario o voto útil, que hoy vuelve a serlo a la luz del desafío a la decencia que plantea el FN en el seno de una sociedad crispada.

Quizá los cálculos para junio (elecciones legislativas), que serán el ser o no ser de conservadores y socialdemócratas, pero también la prueba del nueve de la fuerza electoral del FN y de la nueva izquierda, hayan llevado a Mélenchon y a los insumisos a abrazar la ambigüedad. Si es así, solo cabe concluir que son insensibles al “perfume nauseabundo” (Paul Quinio en L’Obs) que desprende el pulso de Le Pen al sistema, que lo es también a la viabilidad de la UE y a la gestión de los desequilibrios sociales. En la práctica, la actitud de Mélenchon se suma a la indefinición de muchos electores de Fillon, que acaso prefieran el 7 de mayo el nacionalismo sectario de Le Pen antes que el realismo europeísta de Macron. Esto es, en su afán por llegar a un puerto aceptable para llevar a la práctica un programa clásico de izquierdas, el progresismo de nuevo cuño acepta imprudentemente correr el riesgo de que la caverna desacredite el próximo domingo todas las encuestas con una victoria.

Es cierto que nada hace prever que esto suceda, pero tampoco creyó nunca el establishment que Donald Trump llegaría a la Casa Blanca y allí está, convertido en líder de la internacional populista, que impugna la vigencia de las sociedades abiertas, del mestizaje cultural y del auxilio a los más vulnerables. El desmantelamiento de facto de un sistema de partidos que ha dejado de ser reflejo de la estructura social de Francia hace posible cualquier cosa, incluida una fragmentación acelerada del bloque conservador y del bloque de centroizquierda, sumidos en una doble crisis, programática y de liderazgo, que solo en parte remedia el entusiasmo movilizador de En Marche!, el conglomerado que debe llevar a Macron al Eliseo. No es este un momento de reconstrucción del andamiaje partidista de la Quinta República, sino de protección de lo que de él queda, sin más complicidades entre viejos adversarios que proteger el sistema de quien lo desprecia.

Como aconsejó Paul Quinio la madrugada del escrutinio de la primera vuelta, Emmanuel Macron debe desconfiar de una victoria el 7 de mayo anunciada de antemano por los sondeos. “Es el primer síntoma de esta impalpable indiferencia que envuelve desde este momento el peligro Le Pen”, escribió el periodista, avisado de que el ambiente que se respira es el menos favorable de los imaginables para que prevalezca la tradición política heredada del diseño del Estado hecho por el general Charles de Gaulle. Vive sus últimos días aquel sistema basado en la alternancia entre socialistas y liberal-conservadores a partir de la victoria de François Mitterrand en 1981, y el Parlamento que saldrá de las elecciones de junio acaso esté insólitamente dividido con nuevos actores políticos ocupando una parte de los escaños. De ahí la importancia de que Francia cuente con un presidente que responda al nuevo espectro y, al mismo tiempo, defienda el anclaje del país en la UE para dar continuidad al eje franco-alemán, esencial en la marcha de los asuntos europeos desde los días de los padres fundadores. Un ejercicio de compromiso político ajeno a la demagogia de Le Pen.

 

Victoria europea a los puntos

Pasadas las elecciones holandesas, poco hay para celebrar salvo que Geert Wilders sigue en la reserva. Es poco realista presentarlo como el gran vencido después de ganar cinco escaños –de 15 pasa a 20– en el mismo envite en el que los liberales, a pesar de su derechización, han perdido ocho –de 41 a 33– y los socialdemócratas han descendido a los infiernos al dejarse por el camino 29 escaños –de 38 a 9–, todo lo cual obliga al primer ministro en funciones, Mark Rutte, ha articular una variopinta coalición de Gobierno. La idea de que la movilización de los votantes ha detenido a la ultraderecha xenófoba a las puertas del poder es solo parcialmente cierta, porque la presión del antieuropeísmo sobre el comportamiento de los partidos seguirá siendo muy grande, y ni Marine Le Pen en Francia ni Frauke Petry en Alemania se sienten impugnadas por el resultado holandés. Antes al contrario, las ratifica en sus convicciones: crecen las adhesiones al nacionalismo destemplado y decae la influencia de los partidos clásicos.

Tampoco es un gran éxito de la tradición liberal europea que en este juego de pérdidas y ganancias, el resultado de Rutte, menos malo de lo esperado, se deba en parte a la crisis con Turquía de los últimos días de campaña, tan poco edificante y llena de un indiscutible valor simbólico. Porque ese desahogo in extremis ha puesto de manifiesto que el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, está en condiciones de marcar la agenda mediante su recurso a un nacionalismo islamizado, y ha confirmado que la Unión Europea hizo el peor de todos los negocios posibles al convertir Asia Menor en un contenedor de refugiados y pagar por el servicio a un dirigente cada día más imprevisible. Da la impresión de que Europa es rehén de su disparate y Turquía, la gran beneficiada, en disposición de utilizar la suerte de tres millones de refugiados en defensa o apoyo de sus intereses.

Si lo políticamente correcto es alegrarse después de cada convocatoria electoral porque no ha salido ganador un adversario de la UE, sin hacer nada para neutralizar las causas del ascenso ultra, es de temer que finalmente alguno de los nuevos profetas de la nación excluyente se instale en la cima. De hecho, Viktor Orbán reina en Hungría y tiene un creciente poder de convocatoria entre los socios del este, la primera ministra de Polonia, Beata Szydlo, es una nacionalista sectaria, y aquí y allá asoman aprendices de brujo que ven en Europa una buena oportunidad para hacer negocios, pero no quieren saber nada de consolidar estructuras políticas supranacionales. Solo es cuestión de tiempo que el populismo ultra dé el sorpasso en un gran Estado para que la crisis de identidad europea se agrave, salvo que antes los llamados ahora cuatro grandes –Alemania, Francia, Italia y España– reaccionen para suturar las heridas de la crisis social, rescatar el proyecto de una lógica meramente economicista y volver a la política.

Mientras la reacción no se produzca, el programa neolibreal apoyado por los líderes europeos seguirá provocando deserciones, alimentará el discurso antieuropeísta y dará facilidades a terceros para utilizar la debilidad europea en interés propio (hoy, Erdogan; mañana, Donald Trump; al siguiente, ya se verá). Cuando Jean-Claude Juncker acude en apoyo de Rutte en su disputa con Turquía –“es Turquía la que quiere unirse a Europa, no Europa a Turquía”–, logra llamar la atención un momento, pero en el segundo siguiente se impone la realidad: Europa ha decidido que necesita a Turquía para no encarar con sus propios recursos y el consiguiente precio político la gestión de los flujos migratorios, esa crisis de los refugiados que es un compendio de todas las incapacidades imaginables, un baldón en la historia reciente de la UE. Cuando se invoca la cohesión social, el auditorio aplaude, pero luego el castigo infligido a Grecia, condenada a la depauperación, trae de vuelta la realidad. Cuando se habla de ciudadanía europea se hace como si nadie la discutiera, pero es solo un espejismo: enseguida piden la palabra los partidarios de que prevalezcan las identidades nacionales, los poderes nacionales.

Resulta francamente desmoralizador comprobar que, para neutralizar el ascenso populista, la táctica seguida ha sido derechizar los programas de los partidos que más directamente se sienten amenazados. Mark Rutte no es una excepción. Ahí está François Fillon, atascado en las encuestas a causa de su nepotismo exarcebado y su imputación en los tribunales, o la rectificación sobre la marcha de Angela Merkel para contener a Alternativa por Alemania –nacionalismo germánico enardecido– y a la socialdemocracia renacida de Martin Schulz a través de una versión restrictiva de su estrategia para acoger a los refugiados. Ahí está la incapacidad compartida por la mayoría de gobernantes para movilizar a la opinión pública frente a ofertas políticas ultraderechistas, un fenómeno que mantiene viva la sospecha de que, a decir verdad, la floración de demagogos en todas partes configura un escenario idóneo para radicalizar los programas conservadoras poscrisis so pretexto, se dice, de salvaguardar el modelo europeo, cualquiera que este sea.

Hay demasiados precedentes ominosos en la historia europea como para conformarse con esta victoria a los puntos en Holanda. Basta recordar que las encuestas otorgan la victoria a Marine Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales en Francia, que un candidato xenófobo quedó a un paso de convertirse en presidente de Austria, que la Liga Norte en Italia tiene viento de popa. Estos datos, unidos al hecho de que en la próspera, culta y liberal Holanda un millón de electores no han tenido mayor reparo en votar por Wilders, son un mal presagio; por lo menos son una inquietante advertencia: ninguna comunidad está a salvo de poner su futuro en manos de los peores demonios familiares. Sobre todo cuando se siente amedrentada por un futuro indescifrable.

Francia, en la confusión

El espectáculo ofrecido por François Fillon a sus compatriotas pronostica un descalabro sin paliativos de la derecha francesa agavillada en un gaullismo desfigurado y ágrafo. La persistencia del personaje en seguir como candidato de Los Republicanos a pesar del desprestigio que lo acompaña reúne todos los ingredientes de una debacle sin paliativos, incapaces las fuerzas vivas del partido de buscar a un candidato con cara y ojos o cuando menos ajeno al rastro de nepotismo y corrupción que deja Fillon a su paso. En aras de la precisión, el vencedor de las primarias republicanas debía haberse retirado de la carrera después de las primeras informaciones publicadas por Le Canard Enchaîné y dejar el camino expedito a un sustituto con posibilidades, pero con el paso de los días ahuyentó a cuantos parecían en disposición de batirse en abril para pasar a la segunda vuelta, en especial Alain Juppé, exprimer ministro y alcalde de Burdeos, y así ha llegado el partido a una situación imposible, con un aspirante perdedor e inamovible.

¿Quién puede tener interés en ser la alternativa de Fillon después de pasar este el partido por la picadora de carne? ¿Quién puede rehabilitar la imagen de un grupo envuelto en la bandera y nada más después de la concentración de incondicionales de Fillon en la plaza de Trocadero (París, el último domingo, una tarde de perros)? ¿Quién puede levantar a la heroica un resultado frente a Marine Le Pen, gran beneficiada de esta insólita mezcla de obstinación y falta de gallardía encarnada en Fillon? ¿Qué futuro tiene Los Republicanos, enésima reorganización del conglomerado gaullista, si en el mayor de los desafíos para el partido solo es capaz de emitir señales de descomposición?

Hace años, tiempos de François Mitterrand, durante un debate televisado, alguien osó decir que la derecha francesa era “la más tonta de Europa”. Los representantes de la aludida reaccionaron a la una en defensa de su facción frente a una afirmación que se antojó exagerada. ¿Qué decir hoy? Repasar la secuencia de acontecimientos desde que se puso en marcha el mecanismo de las primarias es revelador: primero se abrieron las hostilidades con inusitada violencia entre diferentes candidatos, acto seguido se dio paso a una competición entre varios programas encaminados a quitarle votos a Marine Le Pen mediante programas tan ultras o casi como el de la líder de la extrema derecha, después François Fillon ganó el envite acompañado de su fama de hombre honrado sin fisuras y, por último, se puso de manifiesto una enfermiza falta de liderazgo en Los Republicanos cuando la pestilencia hizo el aire irrespirable.

Si en la crítica literaria “no hay ninguna utopía de la certidumbre”, afirma George Steiner, ¿qué decir de los vaivenes políticos en las sociedades democráticas? Sin embargo, de la secuencia descrita se desprende la certidumbre de la derrota, de la eliminación sin gloria del candidato en la primera vuelta. De un candidato que, no se olvide el detalle, pronto será imputado y deberá atenerse a los requisitos del procedimiento judicial que se deduzca de las sospechas que recaen sobre él, un dato que, salvo cambio de última hora en el universo del gaullismo declinante, condicionará toda su campaña, sus intervenciones, sus apariciones en los medios, la confrontación con sus adversarios y la movilización en las redes sociales. Nadie en la historia de la Quinta República se personó en las urnas con tan pesado lastre.

Que Emmanuel Macron sea al final la gran esperanza para poner a salvo los valores republicanos frente al sectarismo xenófobo y antieuropeísta de Marine Le Pen abunda en esa rara sensación de que Francia se ha sumergido en la confusión política, en una forma de desorientación de la opinión pública que el caso Fillon no ha hecho más que agravar. La lucha fratricida en el campo socialista, casi una tradición cultural, la debilidad de la presidencia de François Hollande y la derrota de Manuel Valls en las primarias del PS han realzado el papel de Macron, aunque este carece de partido –¡En Marcha! es poco más que un nombre– y no hay forma de saber a ciencia cierta si es un pragmático sin programa, un exbanquero realista, un neoliberal con inquietudes sociales muy de tarde en tarde o las tres cosas al mismo tiempo según sea el auditorio.

En una situación convencional, acorde con la lógica vigente hasta el 2002 –Jean-Marie Le Pen le disputó la presidencia a Jacques Chirac–, desahuciado el partido de la derecha, el muro de contención frente a la extrema derecha debía haber sido el candidato socialista, pero este esquema saltó por los aires cuando la elección de Benoît Hamon en las primarias dio paso a uno de los habituales debates estériles que sacuden al PS. No hay una sola encuesta que sitúe a Hamon por delante del inclasificable Macron y aún menos de la extemporánea Le Pen. Aunque por razones no intercambiables, a Hamon le sucede lo mismo que a Fillon: sus críticos más furibundos militan en campo propio (cuerpo a tierra, fuego amigo, podría gritar Hamon sin exagerar un ápice).

Finalmente, todo resulta bastante raro, sorprende e imprevisible; bastante peligroso puede decirse para la cohesión social y política de una comunidad que no puede aplazar por más tiempo la revisión de su modelo de Estado del bienestar. Lo proclama Macron, un compendio de inconcreciones, lo acepta Hamon con muchas reservas y lo promete Fillon sin soltar la bandera, pensando erróneamente que así puede pescar votos en los caladeros ultras o simplemente asustados por los males del presente, donde Marine Le Pen echa las redes. Mientras tanto, el pesimismo se adueña del electorado conservador, las disputas de familia dividen a la izquierda y, parafraseando el inicio de las memorias de Charles de Gaulle, nadie sabe si alguno de los candidatos tiene “una cierta de Francia” o solo una idea aproximada de cómo es posible lograr la victoria… y luego ya se verá.

 

 

Fillon consolida a Le Pen

El despacho del Eliseo se aleja de François Fillon en la medida en que se concreta la sospecha sobre la opacidad de los ingresos de Penelope, su esposa, y, por esta razón, se pone en duda la probidad de quien el electorado conservador francés convirtió hace unos días en el candidato de Los Republicanos (LR) a la presidencia de Francia. La portada de esta semana de la revista satírica Le Canard Enchaîné pone en la picota a un político que ha hecho de la honradez, algo por lo demás exigible a cualquier cargo público, su primera seña de identidad, porque si su pareja ingresó hasta 600.000 euros como ayudante suya y asesora literaria de La Revue de Deux Monde, tal seña de identidad se desvanecerá, se disolverá en la maraña electoral de una derecha irreconocible, heredera del poder fraguado por el general Charles de Gaulle, pero solo nominalmente depositaria de sus inquietudes.

En ningún lugar está escrito que Penelope no puede ser la asistente parlamentaria de François, el problema es que no frecuentó el Parlamento ni mucho ni poco, no se la vio por allí. Tampoco está prohibido que la esposa de un primer ministro o de un diputado haga carrera literaria, el problema es que su compromiso con las letras no fue más allá de dos o tres críticas, según se dice. Más parece que estos empleos fueron generosamente remunerados a cambio de nada, algo que tendría una importancia relativa, más allá de los precios político y judicial que debieran pagar los interesados, si no acechase entre cajas la amenaza de la extrema derecha –Marine Le Pen, cada día más crecida–, si no anduviesen los socialistas enfrascados en una competición interna sin esperanza, condenados según todas las encuestas a no pasar a la segunda vuelta. Los presuntos enjuagues de François y Penelope tendrían efectos menos dañinos si todo pudiese cerrarse con una crisis familiar, transmutada quizá en crisis de partido, de este LR de ideología difusa, pero cuando está en juego la suerte de los valores republicanos y el papel de Francia en Europa, saltan las alarmas.

Cada vez que surge un caso Fillon con nombres, apellidos e intereses reconocibles, se acrecienta “el profundo desprestigio de las élites y las instituciones democráticas y la generalizada rebelión antisistema”, en palabras del escritor Javier Cercas en el Parlamento Europeo el 7 de diciembre. En el seno de sociedades en crisis o que temen el futuro, en sociedades con cierta tendencia depresiva o faltas de acción, el grand ennui (aburrimiento), identificado por George Steiner en el siglo siguiente al final de las guerras napoleónicas, adquiere rasgos indescifrables, se transforma en algo más que la mera inacción. Cualquier botarate con ganas de jarana, recursos económicos e intuición suficiente para hipnotizar a una multitud desencantada puede ser un líder con futuro.

La desconfianza se ha instalado en los espíritus. En un régimen de opinión pública como el francés, adobado con un sentimiento nacional o nacionalista muy arraigado, los presuntos disparates cometidos por la familia Fillon es maná del cielo para la extrema derecha, pues es el candidato de LR quien parecía señalado para pararle los pies en la segunda vuelta. Bien es verdad que mediante un programa tan cercano al del Frente Nacional, el partido ultra de Le Pen, que apenas se distingue de él en asuntos cruciales de nuestro tiempo: la gestión de la inmigración, la nación como entidad competidora de Europa y cuanto de ello se deriva. ¿Cuántos potenciales electores del presidenciable Fillon pueden entender que la imitación es peor que el original y prefieren sumar su voto a la causa de Marine Le Pen?

El momento es sustancialmente diferente al del 2002, cuando Jean-Marie Le Pen cerró el paso a Lionel Jospin y disputó la elección a Jacques Chirac. Entonces, la movilización de la izquierda en las urnas con la pinza en la nariz en apoyo de Chirac impidió que el líder de la ultraderecha tuviera la más remota posibilidad de salir elegido; hoy el socialismo lame las heridas de su prolongada desorientación frente a los efectos de la crisis y se ejercita en una división estéril, mientras diferentes movimientos alternativos dan más sensación de entusiasmo que de organización y disciplina para contener el asalto al Eliseo de una facción retrógrada y sectaria. Como ha escrito Jean Daniel, la izquierda se siente huérfana a pesar de todo a causa de la crisis socialista y es difícil imaginar a alguno de sus líderes en disposición de levantar un cortafuegos que cierre el paso a la extrema derecha para entregar el poder a un líder conservador, sea este Fillon o quien le sustituya si el elegido en las primarias hace mutis por el foro a raíz del escándalo.

La desnaturalización de la izquierda mediante sucesivas disputas ideológicas, fracturas y desaciertos anduvo paralela hasta la fecha a la desfiguración del conservadurismo a través de una cadena de refundaciones, uniones y cambios de nombre que han dejado sin respuesta una pregunta esencial de los electores: ¿a quién apoyo con mi voto, cuál es su programa? La extrema derecha ha logrado, en cambio, que sus partidarios, siempre en aumento, apenas se formulen la misma pregunta o sientan la misma inquietud: la simplificación de la política y el resumen del programa en eslóganes genéricos ha sido de una pasmosa eficacia.

Nadie pone hoy en duda que nada podía reforzar más y mejor la estrategia electoral de Marine Le Pen que el Penelopegate. Incluso en el improbable caso de que los Fillon crean probar que nada de lo publicado es cierto, no desaparecerá la sombra de la duda –hay testimonios concluyentes de habituales en la Asamblea Nacional que dicen no haber visto nunca a la esposa de Fillon en el edificio– y nada podrá evitar que el hartazgo de muchos contribuyentes engorde el zurrón de votos de la candidata ultra. Ni siquiera la retirada de François Fillon y un nuevo proceso de primarias en Los Republicanos neutralizará la inercia del momento: el deslizamiento hacia el Frente Nacional de muchos votantes conservadores que se daban por satisfechos con el exprimer ministro, pero que hoy se sienten estafados.

A cada episodio que daña la imagen colectiva del establishment político europeo mayor es la tendencia de los ciudadanos a incluir a sus integrantes en la categoría de sospechosos habituales. Cada venalidad conocida resta credibilidad a las instituciones y daña la honorabilidad de sus miembros, el escepticismo pasa a ser la ideología más frecuente o, en su defecto, la de quienes recurren a las emociones primarias o a los prejuicios para sumar adeptos a su causa. Así está hoy Francia a cuatro meses de la primera vuelta de la elección presidencial, con el presidente François Hollande sumido en una impopularidad sin precedentes, con el Partido Socialista condenado a la derrota y con los conservadores clásicos apabullados por la desmoralización. Nunca antes Marine Le Pen fue una candidata tan sólida.

 

Las presidenciales de EEUU y Francia alientan el debate sobre el laicismo

La separación de la religión y el Estado, el perfil mismo del Estado laico, se ha colado en las campañas electorales de Estados Unidos y Francia con el vigor y la pasión militante que suele acompañar la controversia histórica entre la manifestación de las creencias y la gestión de los asuntos públicos. Que suceda precisamente en Estados Unidos y en Francia, dos de los estados con una más antigua y arraigada tradición laica, confiere a los debates una mayor significación: los padres fundadores que encabezaron la epopeya nacional de la independencia en las colonias de Nueva Inglaterra dieron al nuevo Estado una Constitución que establece que la religión no puede interferir en la política; en Francia, además de la tradición laica, de muy largo recorrido, la ley aprobada en 1905 consagra la separación entre los ámbitos religioso y civil.

Claro que, en paralelo, se han desarrollado realidades en parte contradictorias con el espíritu de las leyes. La primera es que la estadounidense es la sociedad occidental más apegada a la práctica religiosa y a la influencia intelectual de la religión en la vida cotidiana y en la academia: defensores del creacionismo y del diseño inteligente, telepredicadores a la carta, megachurch en muchos lugares, impugnación permanente de las políticas del cuerpo –anticonceptivos, aborto, eutanasia, uniones homosexuales– y altos índices de asistencia a los oficios religiosos. Nadie puede sorprenderse si luego aparece Rick Santorum, fundamentalista católico, aspirante a la candidatura republicana en las presidenciales de noviembre, y declara que la defensa del laicismo hecha por John F. Kennedy, asimismo católico, en la campaña de 1960, le provoca ganas de vomitar. Resulta tan poco sorprendente que Stanley Fish, profesor de Derecho en varias universidades de Estados Unidos, que se define como un antifundamentalista, ha publicado en el liberal The New York Times una larga digresión con el título Rick Santorum no está loco. Recuerda Fish a respetados jueces como William O. Douglas, que en 1952 formuló la siguiente idea: “Somos un pueblo religioso cuyas instituciones dar por supuesto un ser supremo”. O a otros, como Potter Stewart, que llegó a advertir de la “amenaza de la religión del secularismo”.

El último eslogan de Mitt Romney, que encabeza el recuento de delegados en las primarias celebradas hasta la fecha, se limita a reclamar Más empleos, menos deuda, Gobierno más pequeño, pero él no pierde ocasión de recordar la primera enmienda de la Constitución, que consagra la libertad de expresión y, por esta razón, da por supuesto que autoriza la presencia de la religión en las instituciones. Romney, mormón, fue misionero de esta iglesia en Francia entre 1966 y 1968, y está más cerca de la religiosidad militante que del pragmatismo reformista que exhibió en sus días de gobernador en el estado de Massachusetts. Las convicciones personales, pero también la rentabilidad electoral en la América más conservadora, justifican este comportamiento.

William Kristol, una de las referencias permanentes del pensamiento neocon y muy apegado a la prédica de Santorum, sostiene en The Weekly Standard, de la que es editor: “Santorum necesita ser el portavoz de la gente frente al establishment, del Tea Party frente a la élite del GOP –Grand Old Party–, del espíritu del 2010 frente al espíritu del 2008 (victoria de Barack Obama)”. Aunque Kristol no cita la religión ni impugna explícitamente el Estado laico, la invocación del Tea Party es suficiente. Porque en este movimiento profundamente conservador, que se ha adueñado de la atmósfera de la campaña republicana, el pensamiento de los presidentes James Madison y Thomas Jefferson, recordado constantemente por los partidarios de la tradición laica, es una molesta referencia del pasado. Ni que decir tiene que en el campo republicano nadie se acuerda del reverendo Roger Williams, pastor baptista que en el siglo XVII asentó en el territorio de Rhode Island la separación entre la fe y la política, se pronunció en defensa de la libertad de conciencia y fue el primero en levantar “un muro de separación entre la religión y el Estado”.

Romney no ha conseguido desvanecer la impresión de que es un apparatchik, un genuino representante de la burocracia política de siempre, y ni siquiera su triunfo del martes en seis estados, incluido Ohio, le permite darse un respiro. “Si alguien ganó el supermartes, fue –por los pelos– Rick Santorum en virtud de sus victorias en Tennessee y Oklahoma, y su magnífico resultado en Ohio (38% para Romney, 37% para Santorum)”, ha escrito en el semanario liberal Newsweek Michael Tomasky. ¿En qué se basa el analista para considerar ganador a Santorum? En que ahora vienen las primarias de Alabama, Mississippi, Kansas y Missouri, donde la vertiente religiosa, unida a la defensa del Estado pequeño, rendirán más intereses que entre los blues collar de la industriosa Ohio.

¿Son suficientes las herramientas ideológicas que maneja Santorum para disputar la nominación a Romney? James Taranto, el comentarista más leído de la web del conservador The Wall Street Journal, responde a esta pregunta con otra no menos inquietante: ¿el conservadurismo se ha hecho obsoleto? Dicho de otra forma: la orientación de la campaña de los candidatos republicanos, ¿es la adecuada para movilizar al electorado independiente en noviembre? Da qué pensar la respuesta de una joven en un reportaje emitido por la BBC: “Creo en Dios, pero no pienso en él a todas horas”.

La identidad francesa

La efervescencia religiosa en la campaña francesa está íntimamente relacionada con el debate abierto por el presidente Nicolas Sarkozy, referido a la recuperación de las señas de identidad nacionales, y con los vaticinios de las encuestas, que pronostican la victoria del socialista François Hollande el 6 de mayo. También en Francia vale formular la pregunta de James Taranto, aunque por razones diferentes a las de Estados Unidos. El equipo de campaña de Sarkozy y su Gobierno han abierto la caja de los truenos de la defensa de la neutralidad del Estado en materia religiosa, pero, al hacerlo, han puesto en marcha una defensa confesional del laicismo, que opone a la presencia en el espacio público de las confesiones importadas, en especial la musulmana. El objetivo es arañar votos al Frente Nacional, de Marine Le Pen, pero en las filas del pensamiento conservador tradicional cunde la desorientación o aflora la crítica interna.

Cuando el primer ministro François Fillon sostiene que las religiones deben reflexionar sobre “sus costumbres más ancestrales”, y pone como ejemplo las carnicerías halal y kosher, de las comunidades musulmana y judía, respectivamente, sale inmediatamente a escena la eurodiputada Rachida Dati, educada en el islam y rescatada por Sarkozy para esta campaña, y acusa a Fillon de tener “un concepto loco del laicismo que no es el del presidente de la República”. Cuando el ministro del Interior, Claude Guéant, pisa terreno parecido, lleva a los intelectuales más respetados a recordar que la neutralidad del Estado en materia religiosa es la única garantía de respeto para todas las confesiones. Así lo ha hecho Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur: “La laicidad no ha sido nunca el descreimiento y jamás ha estigmatizado la religión. Es lo contrario. Incluso si en sus inicios se concibió para limitar la hegemonía de la Iglesia católica, se transformó en una disposición jurídica que garantiza la libertad de todas las religiones, pero también el derecho a no creer. Los artesanos de la ley de 1905 estaban lejos de ser todos unos descreídos (…) Para ellos, se redujo a una fuerte y simple proclamación: la separación total de la Iglesia y el Estado”.

Daniel y otros muchos suscriben el principio según el cual “cuando se trata de llevar el velo o de rezar en la calle, cabe sostener que la práctica de la fe debe ser un asunto privado y limitarse a la intimidad del hogar o de los lugares de culto”. Pero disienten radicalmente de la operación de Sarkozy, que apunta a una cristianización de la defensa de la identidad nacional, aunque el pretexto sea la salvaguarda del Estado laico. Sihem Habchi, expresidenta de la asociación Ni Putas Ni Sumisas, sostiene que los relativistas de izquierda y de derecha y los islamistas persiguen el mismo objetivo, y apunta a Sarkozy y su círculo: “En nuestro tiempo, en el nivel más alto del Estado, se legitima esta demolición de la laicidad organizada, reduciendo los valores universales a la protección de la sociedad occidental y de sus raíces cristianas (…) ¿Cómo pretender que nuestros valores, cívicos e ilustrados, son universales si no somos capaces de demostrar antes que son universalizables”.

La profesora Karen Armstrong afirma en Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam, publicado en el 2004: “En Norteamérica, la religión ha liderado la oposición durante mucho tiempo. Su ascenso y caída siempre han sido cíclicos y los acontecimientos de los últimos años indican que todavía hay un estado de guerra incipiente entre los conservadores y los liberales, que a veces llega a ser aterradoramente explícito”. ¿Puede pasar Francia por una experiencia similar si se concretan los riesgos de fractura social derivados de las oleadas migratorias?