Hollande, una vida poco privada

El descubrimiento de la relación secreta del presidente de Francia, François Hollande, con la actriz Julie Gayet induce a reflexionar una vez más acerca de cuáles son los límites de la vida privada y en qué condiciones debe quedar a salvo cuando al menos uno de los implicados tiene una proyección pública evidente. En el análisis de lo que hoy sucede en Francia vuelve a plantearse el asunto central de la suplantación o enturbiamiento de las cuestiones de Estado a causa de una relación amorosa, vuelven a abordarse las posibles consecuencias en el plano de la seguridad y, al mismo tiempo, se alienta la discusión sobre el derecho de los ciudadanos a estar informados, el de los cargos públicos a preservar su intimidad de los curiosos y el de los medios de comunicación a informar verazmente de cuanto sucede. Lo singular en el affaire Hollande-Gayet es que la opinión pública asumió desde hace mucho que no cabe poner en discusión la separación tajante entre vida pública y privada, fruto de una larga tradición que considera los secretos de alcoba y las relaciones sentimentales asuntos estrictamente personales.

Otra cosa es que Closer, la publicación que dio la noticia, haga el negocio de su vida –ha pasado de una venta media de 330.000 ejemplares a otra de 550.000 y sus ingresos en una semana han aumentado en 300.000 euros– y que, como dice el sociólogo Jean-Claude Kaufmann, “la curiosidad de la gente sea insaciable”. Pero los curiosos sin freno debieron sentirse francamente decepcionados el martes con la conferencia de prensa de Hollande, que remitió los asuntos privados a una gestión privada. Una cosa es que una parte no menor de los consumidores de información lo quieran saber todo “de François y Julie”, como dice Kaufmann, y otra bien distinta, que deban poner su vida íntima en el escaparate y que su relación afecte al futuro político del presidente, en horas bajas, pero espoleado por la complejidad del momento, como lo resume un comentarista del diario Le Monde: “Como si la adversidad, tanto política como personal, fuera para él el mejor carburante de la serenidad”.

Anne-Aymone y Valéry Giscard d’Estaing, cuando este era presidente de Francia.

Es inconcebible una reacción similar en el mundo anglosajón, y singularmente en Estados Unidos, cuyo ADN político exige del presidente un comportamiento ejemplar en todos los ámbitos. Eso excluye el recurso a la mentira para preservar los ámbitos más íntimos de la vida personal –recuérdese el caso Clinton-Lewinsky–, quizá porque la moral puritana que los pioneros llevaron a Nueva Inglaterra sigue siendo una seña de identidad del estadounidense medio. Desde luego, pocos son los periodistas de Estados Unidos dispuestos a admitir el recurso a la mentira como una opción comprensible o al menos explicable para defender la intimidad en según qué casos, como hace la periodista Nathalie Rheims en el semanario Le Point. Bien es verdad que en los días de John F. Kennedy, la prensa mejor informada eludió discretamente las alusiones a los devaneos amorosos del presidente y en especial su relación con Marylin Monroe, pero debe entenderse que se trató de una excepción.

Danielle Mitterrand (izquierda), con sus dos hijos, y Anne Pingeot (con sombrero negro) y su hija Mazarine, en el entierro de François Mitterrand.

La prueba más fehaciente de la distancia que separa el tratamiento anglosajón y francés de asuntos tan particulares es el comentario deslizado por un editorialista del semanario conservador estadounidense Time: “Estos días se ha escuchado tanto la expresión vida privada que se podría añadir al tríptico libertad, igualdad, fraternidad”. Hay en la frase un punto de ironía y otro de exageración, pero no deja de reflejar una realidad que se concreta en las biografías no políticas de los últimos cuatro presidentes que ha tenido Francia. A Valéry Giscard d’Estaing (1974-1981) el semanario satírico Le Carnard Enchaîné le llegó a llamar Valéry la Nuit, un mote tan elocuente que hace innecesario añadido alguno. François Mitterrand (1981-1995) vivió una doble vida familiar con Danielle, su esposa, y con Anne Pingeot, con quien tuvo una hija, Mazarine, cuya existencia se desveló en 1994. De la vida galante de Jacques Chirac (1995-2007), París se hizo lenguas desde sus días de joven y prometedor ministro. Nicolas Sarkozy (2007-2012) se divorció de Cécilia cuando ya mantenía una relación amorosa con Carla Bruni. En cuanto a François Hollande, presidente desde mayo del 2012, las complicaciones de su vida afectiva antes y después de separarse de Ségolène Royal y de unirse a la periodista Valérie Trierweiler forman parte ahora mismo de la crónica política y del papel cuché.

Los dos hijos del primer matrimonio de Nicolas Sarkozy, en los extremos izquierdo y derecho, Cécilia Sarkozy, sus dos hijas y su hijo llegan al palacio del Eliseo el día de la toma de posesión del presidente.

Ni siquiera la promesa hecha por el candidato Hollande en el debate televisado con Sarkozy, el 2 de mayo del 2012 –“en tanto que presidente, haré que mi comportamiento sea ejemplar en todo momento”–, parece dañar el modelo francés de respeto a la vida privada. La exigencia de ejemplaridad empieza y acaba en el cometido político para el que el presidente es elegido, y cuanto queda fuera del campo estrictamente institucional, no parece formar parte del balance de las actuaciones llevadas a cabo por el personaje. Así se comprende que con ocasión de la campaña que precedió a la reelección de Mitterrand, con un currículo amoroso ciertamente variado, a nadie sorprendiera el éxito de la llamada tontonmanía –de tonton, familiarmente tío en francés– ni se viese en Francia contradicción alguna entre la imagen pública del presidente que se proyectaba en ella y las abruptas complejidades de su vida privada. “Se puede ser el tío más veterano de la familia y, al mismo tiempo, tener una vida activa con iniciativa”, manifestó uno de los autores de la campaña, y no hay duda de que Mitterrand tenía una vida activa en todos los sentidos o al menos esta era la especie que circulaba.

La herencia de Mitterrand, que hoy se menciona a todas horas, tuvo su momento de consagración en su funeral, al coincidir en él las dos familias. “El reconocimiento público, que no jurídico, de su hija, y sobre todo la presencia de la amante el día del entierro oficial al lado de la esposa legítima demostraron que la frontera entre la vida pública y la vida privada era porosa”, sostiene el sociólogo François de Singly. Al otro lado del Atlántico, tal porosidad no se concibe más que como una adulteración del papel confiado al presidente, del que se espera que sea ejemplo de conducta pública y privada. Y esta exigencia se remonta a periodos cruciales de la historia del país: en los años que siguieron al asesinato de Abraham Lincoln, arraigó en muchos la convicción de que el presidente nunca había mentido ni como abogado ni como político, algo que hoy se antoja sorprendente.

Valérie Trierweiler y François Hollande poco después de la llegada de este al Eliseo.

¿Qué papel desempeñan los medios en este entramado? Jean-Claude Kaufman se acoge a la idea de que Occidente entró hace 50 años en “la era del individuo, dueño de su vida privada”, lo que implica aceptar una separación radical entre la vida pública y la privada. Nathalie Rheims entiende, en cambio, que, en la era de internet, “no hay sitio para lo íntimo, todo se ha convertido en éxtimo”, un palabro con el que quiere significar que todo es público en el imperio de la red. Si al primero se atiende, tendrían poca justificación ética las porfías de Closer y del paparazzo a quien compró las fotos de las escapadas de Hollande por 30.000 euros, según versión publicada por el diario conservador Le Figaro. Si se presta oídos a la segunda, no hay en la existencia de Hollande espacio para la vida privada en tanto sea presidente de Francia y aun después, y en igual situación se encuentran Trierweiler, pareja oficial de Hollande, y Gayet, supuesta amante de este. Pero esa simplificación de la vida privada, diluida en la era global, casa mal con la percepción muy extendida de que, en todo aquello que no constituye delito, todos los ciudadanos, incluido Hollande, tienen derecho a la intimidad. Dicho de otra forma: la relación Hollande-Gayet es un acontecimiento relevante sobre el que los ciudadanos tienen derecho a estar informados, pero esta circunstancia no legitima someter a los implicados  a un marcaje permanente y, aún menos, a juicios morales.

Serge Raffy lo resumió en el semanario progresista Le Nouvel Observateur: “En estos tiempos de grandes inquietudes y de diferentes miedos, saber que el jefe, que vive una penosa prueba personal, tiene los nervios templados, no es un detalle. Es una especie de garantía. Los próximos sondeos dirán si esta postura del hombre inflexible en la adversidad ha tenido un precio político. Ser digno en la tempestad es una fuerza, venga de donde venga. Y un gesto elegante”. La frase es aplicable a Valérie Trierweiler,  hospitalizada en París, cuyo estatuto personal ha sido puesto en discusión frecuentemente al no estar casada con François Hollande y carecer la figura de la primera dama de Francia de un marco de referencia similar al de la esposa del presidente de Estados Unidos, conocida como Flotus (first lady of the United States). Otra diferencia, una más, sobre cómo se entienden los requisitos del poder en dos viejas democracias cuando asoman en ellas las humanas pasiones.

Los ultras apuntan al Europarlamento

La caída de la confianza de los europeos en la UE eleva hasta cotas desconocidas las perspectivas electorales de la extrema derecha, antieuropeísta y xenófoba, con la mirada puesta en la cita de la próxima primavera, cuando se renovará la Eurocámara. El índice de confianza no alcanza el 40% en ninguno de los grandes países –Polonia se queda en el 39%–, según los datos suministrados por Eurostat correspondientes a un sondeo realizado en mayo de este año; solo Francia supera el 30% y España se queda en el 17%, por debajo incluso del Reino Unido (20%), una foto fija de la desconfianza en todas partes. Se ha pasado de la idea muy extendida de que los periodos de crisis dan oportunidad a las soluciones creativas a la sensación no menos extendida de que la crisis es la gran ocasión de la ortodoxia ultraliberal para someter el Estado del bienestar a las exigencias de un sistema tecno-financiero globalizado.

No hay una sola encuesta que no recoja que el esprit des temps ha acabado con la complicidad necesaria entre gestores y ciudadanos para que la construcción económica y política de la Europa unida no sea solo un proyecto de las élites. La empatía ha desaparecido, las instituciones se han acogido a un léxico indescifrable para los electores, los estados mayores de los grandes partidos se han entregado a la cultura del pacto perpetuo hasta desdibujarse en el seno de una tecnocracia que tiende a homogeneizar las ideologías y los estados han logrado que las cumbres intergubernamentales suplanten en el escenario el papel que los europeístas quisieran ver representado por la Comisión. Un nacionalismo de última generación se ha adueñado de la situación y no son pocos los que temen que, por este camino, el Parlamento Europeo corre el riesgo de acoger una floración de grupos parlamentarios de disciplina estrictamente nacional en detrimento de los grandes grupos de adscripción ideológica: popular, socialista, liberal, etcétera.

Marine Le Pen y Geert Wilders, el día 13, después de anunciar que se alían para acabar desde dentro con el “monstruo que supone Europa”.

El correlato inmediato es el temor a que una participación espectacularmente baja en las próximas elecciones europeas, situada claramente por debajo del 49% del 2009, dé como resultado un Parlamento con una minoría ultra en condiciones de torpedear toda iniciativa tendente a ampliar las atribuciones supranacionales a costa de la soberanía de los estados. El auge de la extrema derecha en tantos países de la UE y la concreción de una alianza antieuropeísta franco-holandesa constituida por el Frente Nacional, que dirige Marine Le Pen, y por el Partido de la Libertad, que pilota Geert Wilders, no son más que el síntoma visible de que una grave enfermedad amenaza a Europa, que los ciudadanos ven cada día menos como un gran proyecto político con el que merece la pena comprometerse.

A lomos de la crisis o vapuleada por ella, la UE se ha convertido en una estructura antipática, promotora de imposiciones defendidas por burócratas y políticos insensibles a las tragedias personales, figuras distantes que ven en la televisión comunidades condenadas a un futuro incierto y a una pobreza del todo cierta, prescriptores soberbios de recetas encaminadas a cuadrar los números del modelo macroeconómico. Al mismo tiempo, el establishment político europeo se aplica a neutralizar la competencia de la derecha apocalíptica mediante la incorporación a sus programas de las medidas que defienden los adversarios de la unidad europea –véase el rumbo del ministro francés del Interior, Manuel Valls, en cuanto atañe al tratamiento de la inmigración o la instalación de concertinas de seguridad en el perímetro de Melilla–, de tal manera que, en la práctica, facilitan la difusión de las doctrinas más odiosamente sectarias. Por no hablar del debilitamiento de la legitimidad de las instituciones europeas cada vez que un Parlamento nacional somete a ratificación una decisión de la UE (así sucede en Alemania, Austria, Holanda y Finlandia), aunque haya quien ve en ello –Enrique Barón lo defendió el último martes en el Cidob– un ejercicio de compromiso democrático del parlamentarismo nacional con las instancias europeas.

Mientras tanto, abundan los estudios que indican que una Europa sin inmigrantes carece de futuro y una Europa empobrecida, debilitada hasta el tuétano por la austeridad a todas horas, está condenada al estancamiento. Christal Morehouse, una analista de la fundación alemana Bertelsmann Stiftung, afirma que la solución a los problemas demográficos de Europa para el siglo XXI se encuentra más allá de sus fronteras, según los cálculos del Foro Económico Mundial, que ella da por buenos: “En menos de dos décadas, Europa occidental necesitará atraer fuerza de trabajo equivalente al tamaño de la población activa actual de la mayor de sus economías, la alemana, a fin de mantener el crecimiento económico”. Y, al mismo tiempo, el profesor Michael Spence, premio Nobel de Economía, subraya que el exceso de ahorro de Alemania, en aras de la austeridad, agrava los desequilibrios comerciales en el seno de la UE y limita las inversiones.

Cartel electoral de Jean-Marie Le Pen correspondiente a la primera vuelta de la elección presidencial de 1974.

Ni que decir tiene que el refinamiento técnico de estos detalles importa poco a los adversarios por principio del euro, de la unidad de Europa y de la futura viabilidad del continente como actor político. De hecho, la antipatía que se ha ganado la UE mediante el recurso a una contabilidad que todo lo justifica, libera a la extrema derecha de dar mayores explicaciones a capas sociales desorientadas. ¿Quién hubiese podido prever que una hija de Jean-Marie Le Pen, el pintoresco candidato a la presidencia de Francia de 1974, condicionaría la agenda política de 2014 con perspectivas electorales por encima del 20%? ¿Quién hubiese podido imaginar que la sociedad culta de una democracia avanzada como la francesa dejaría la iniciativa a la descendiente del candidato que en 2002 disputó la presidencia a Jacques Chirac, pero pareció entonces que jamás podría igualar aquel hito? Hoy nadie sabe cuál es techo electoral del Frente Nacional.

Es muy posible que el silencio político de Francia tenga que ver con el auge ultra. El pensamiento europeísta de Francia es demasiado importante, hasta hoy ha sido demasiado influyente, como para que no tenga ninguna repercusión la ausencia del debate del acento francés, factor de equilibrio tradicional del acento alemán. El hermetismo del presidente François Hollande pesa en la desorientación europea en la misma medida que la reacción defensiva de una sociedad asustada y envejecida, la francesa, ante los peligros que se ciernen sobre un modelo social que discuten a un tiempo el Gobierno alemán, el Banco Central Europeo y los adversarios históricos del Estado social. Acaso los síntomas de decadencia de Francia sean, asimismo, un síntoma elocuente de la decadencia de Europa, en la misma proporción que lo es la dirección alemana de los asuntos europeos, con la mirada de Berlín dirigida hacia el norte, el centro y el este del continente, mientras el mundo greco-latino aparece como una molesta impugnación del futuro perseguido por los mercados hegemónicos.

En este cruce de caminos, Thomas Wieder se ha remitido en las páginas de Le Monde al precedente de 1983, cuando François Mitterrand, a los dos años de ser elegido, hubo de enfrentar una crisis social y política de grandes proporciones con unos índices de aceptación del 30%. Entonces, como ahora, el Gobierno estaba dividido y la presión conservadora funcionaba a toda máquina, pero, a diferencia de hoy, era muy inferior la predisposición de una parte del auditorio a  buscar cobijo en la extrema derecha. La disputa social se desarrollaba desde frentes políticos convencionales, con viejas y sólidas convicciones democráticas, mientras que ahora la lealtad democrática de los antieuropeístas acérrimos hay que ponerla en cuarentena. Por lo demás, no había en la calle europea siglas como la de la refundada Forza Italia, que ocultan su oposición a Europa detrás de un confuso discurso populista que todo lo contamina.

El texto de Wieder recoge una cita de 1983 aplicable al presente: es del periodista Jean-François Kahn y alude al proyecto prematuramente envejecido con el que Mitterrand se presentó a la elección de 1981, algo parecido a lo que le sucede hoy a Hollande. Pero el articulista se refiere también al estado de desgracia, una expresión acuñada por Jean Charlot que se corresponde con el ambiente depresivo que se ha adueñado de Francia y la desazón de millones de europeos que no oyen desde hace años un solo mensaje comprensible que induzca a confiar en el futuro.

CrecimientoLos trabajos de prospectiva difundidos cuando el año se encamina hacia su fin justifican esos estados de ánimo. El último, publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), prevé para la Eurozona un crecimiento medio del 1% en el 2014 –la media mundial se situará en el 3,6%; la de la OCDE, en el 2,3%; la de Estados Unidos, en el 2,9%–, y del 1,6% en el 2015, muy por debajo de la media mundial (3,9%) y de Estados Unidos (3,4%). El vaticinio depende, además, de que no se concrete una borrasca que amenaza dar al traste con los augurios para el 2014: más debilidad de la prevista en las economías emergentes, incluida la china. Si eso sucede, es de temer un debilitamiento de los intercambios comerciales a escala mundial, de los flujos de inversión y formación de capital, y el mantenimiento de la media de la tasa europea de paro por encima del 12% (el 25% para España, décima más décima menos).

¿Cómo movilizar a los electores si ese es el porvenir que nos aguarda mañana? ¿Cómo evitar que crezcan las adhesiones en las filas del euroescepticismo más ruidoso si los europeísta convencidos, salvo excepciones, no son capaces de ir más allá de una gestión de la crisis con efectos extenuantes? ¿Cabe considerar a la extrema derecha antieuropeísta la última adaptación al medio de las ideologías totalitarias, opuestas a la democracia? Si es así, ¿debe aceptarse el recurso a los mecanismos del Estado democrático –de la Europa democrática– por quienes se oponen a él?

El profesor Jan-Werner Mueller, de la Universidad de Princeton, se pregunta: “¿Existe un lugar dentro de las democracias liberales para los partidos aparentemente antidemocráticos?” Las respuestas son harto arriesgadas. Mueller sostiene que, frente a las amenazas, “la autodefensa democrática parece un objetivo legítimo”. Pero la determinación del nosotros y del ellos presupone –es mucho presuponer– que no hay asomo de duda en cuanto a la fijación del límite a partir del cual la cultura democrática se pone en peligro. Y, aun en este caso, cualquier restricción política no justificada por el recurso a la violencia, conlleva privar del derecho de representación política a colectivos de dimensión variable. Ese no es el debate que debe afrontar Europa, sino otro en el que se planteen alternativas viables y visibles al estado de desgracia que ha hecho posible que el verbo inflamado de los ultras cautive a una parte de la calle europea, privada de esperanza.

La austeridad alimenta el desapego a Europa

La hora de la verdad se acerca a toda prisa, asegura el economista alemán Hans-Werner Sinn. Lo que no precisa es cuál es esa verdad que tan cercana está, que produce euroescépticos a la velocidad de la luz, somete la periferia de la UE a las prescripciones del centro y consagra un ambiente de angustiosa decrepitud en el que rivalizan el fundamentalismo neoliberal de unos con el populismo de otros, la inoperancia de bastantes con las voces de alarma de cuantos ven más cerca un estallido social de dimensiones impredecibles. La última encuesta difundida por el Real Instituto Elcano recoge un dato inquietante: la mitad de los alemanes creen que España no es un país de fiar. El clima en España con relación a la UE no es mejor: según el último Eurobarómetro, el 72% de los españoles están más bien en contra de la UE; en 2007 eran solo el 23%.

Cada vez que se suben a la tarima personajes como el comisario Olli Rehn, compendio de todas las ortodoxias que han condenado a la desesperanza a millones de europeos, esas cifras evolucionan a peor. Solo una desfachatez tecnocrática ilimitada explica cómo alguien que es partidario de que la austeridad se aplique a todas horas a mayor gloria del cuadro macroeconómico, aunque conlleve la destrucción masiva de empleos, puede luego decir que el gran empeño de España ha de ser crear puestos de trabajo para cortar la hemorragia del paro. Hace tiempo que en las facultades de Economía se enseña que el paro es consecuencia directa de la austeridad, que yugula la inversión e impide la creación de empleo, como se han hartado de demostrar algunas de las mejores cabezas de la economía mundial, ignoradas desde luego por el Banco Central Europeo, los estrategas de la campaña electoral de Angela Merkel y otros gestores de la crisis.

Si en este clima tormentoso aparecen en España las cifras de la encuesta de población activa (6,2 millones de parados), entonces suena a conclusión insostenible que “la única opción que queda es, por desagradable que pueda ser para algunos países, endurecer las restricciones presupuestarias en la zona del euro”, como sostiene Han-Werner Sinn, integrante del consejo asesor del Ministerio alemán de Economía. Porque el propio Sinn admite que “no es probable que los griegos y los españoles puedan soportar la presión de la austeridad económica durante mucho más tiempo”, pero es incapaz de fijar un techo a la austeridad. Más bien parece dejar este dato crucial al libre criterio de los acreedores que, no se olvide, fueron los primeros en engordar el perro del crédito barato y las plusvalías alocadas cuando la prosperidad parecía no tener fin.

El sanedrín europeo ha olvidado las enseñanzas de los padres fundadores, de mentes esclarecidas como la de Jacques Delors y de pragmáticos capaces de aplicar a Europa su sentido de Estado –François Mitterrand, Helmut Kohl, Felipe González, Romano Prodi– para dejar el día a día en manos de funcionarios de una grisura alarmante y, al mismo tiempo, reservar las grandes decisiones para las conferencias intergubernamentales, donde prevalece el nacionalismo de todos y el diktat de los poderosos (de Berlín en todo cuanto atañe a la economía). Es esta una realidad comprobable día a día que alimenta dos fenómenos:

-Un populismo euroescéptico vociferante y sin otro programa que decir no a todo –escúchese a Beppe Grillo–, pilotado por personajes cuya única virtud es haber pergeñado un recetario que atrae a las víctimas de la crisis, aunque probablemente es irrealizable; personajes que dicen hablar el lenguaje de la calle –a saber si es cierto–, dotados de un desparpajo ilimitado en la tribuna y de una simplicidad apabullante en cuanto han de bajar al detalle de la letra pequeña. A ese populismo se suma otro, encubierto y oportunista, con clásicos del engaño reconocidos como Silvio Berlusconi.

-La extrema derecha, asimismo euroescéptica, dispuesta a desempolvar las esencias patrias, librar el combate contra el extranjero, contra todo aquello que se sale de los apolillados programas identitarios y que, llegado el caso, está dispuesta a defender que la letra con sangre entra. Ahí están los matones de Amanecer Dorado en Grecia, la demagogia de Marine Le Pen en Francia, que se remonta nada menos que al legado de Juana de Arco para salir al rescate de la clase media, y quién sabe si la recién nacida Alternativa para Alemania, que de momento propone la disolución ordenada de la zona del euro.

Comportamientos irresponsables como el del semanario Der Spiegel y otros medios alemanes, que propalaron el infundio de que los ciudadanos de los socios meridionales de la UE son más ricos que los del norte, incrementan la propensión a que el encaje de las piezas europeas resulte imposible. La mentira de la pobreza. Cómo los países europeos en crisis esconden su riqueza, este fue el titular que alarmó incluso a la cancillera Merkel y la obligó a desmentir al semanario, que cambió de dirección a principios de abril para envolverse inmediatamente en la bandera y publicar una sarta de disparates y de estadísticas sesgadas.

En igual o mayor medida contribuyen al creciente desapego europeísta las maniobras orquestales dirigidas a complacer a quien haga falta, aunque sea a costa de cambiar las previsiones y los programas, acordar nuevos recortes y poner en  entredicho las cifras de hace apenas unas semanas. Ahí están la última corrección de Luis de Guindos y la última improvisación del Gobierno para que finalmente sea posible un alargamiento de los plazos para reducir el déficit, ahí está la llamativa rectificación introducida en las previsiones económicas, que incorpora los vaticinios hechos por instituciones internacionales –un decrecimiento del 1,5% para el 2013– y multiplica por tres los cálculos de la recesión adelantados por el Gobierno al empezar el año. Esa sensación de actuar à bout de souffle, sin más iniciativa que decir a todo que , sin más explicaciones que el argumentario manejado por los agitprop de turno, suministra munición a cuantos han comprendido que la batalla contra la idea de Europa puede rendir buenos réditos en un ambiente irrespirable.

Para cambiar el signo de los tiempos, haría falta corregir por lo menos cuatro déficits estructurales, que no son los que todos los días asoman en los telediarios:

  1. Déficit doble de soberanía. Los ciudadanos-contribuyentes perciben que los gobiernos han dejado de ser soberanos en la medida en que sus programas están sometidos a requisitos externos, pero, al mismo tiempo, tienen la certeza de que no existe una soberanía europea, sino la imposición innegociable de políticas decididas por algunos gobiernos europeos que, por la fuerza de los hechos –más exactamente, por medio de la coacción–, se convierten en políticas europeas que aplican sin rechistar funcionarios-políticos presos en una red de intereses (léase José Manuel Durao Barroso y su equipo de comisarios).
  2. Déficit democrático. La celebración regular de elecciones al Parlamento Europeo está lejos de constituir una gran ceremonia europea de la democracia. Ni la Comisión Europea responde a la aritmética parlamentaria ni la Cámara de Estrasburgo dispone de los poderes habituales de cualquier parlamento democrático. Por el contrario, el Parlamento Europeo es una institución gigantesca y carísima a cuyo control escapa el funcionamiento de una tecnocracia que actúa de espaldas a los europeos. Los contribuyentes no saben qué hacen, en nombre de qué o de quién, en función de qué intereses y al servicio de qué programas. “Ha desaparecido una parte importante de la democracia nacional que no se ha sustituido a escala europea”, han escrito Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca en varios diarios europeos.
  3. Déficit de tolerancia financiera. En los cinco años de crisis económica se ha pasado de la refundación del capitalismo, publicitada por Nicolas Sarkozy, la creación de una agencia europea de calificación y una reestructuración equilibrada de la zona del euro, a una aceleración de la unión económica, la unión bancaria y la cohesión fiscal dictadas por el Banco Central Europeo, previo paso por el Bundesbank, que consagran el empobrecimiento del sur, sin que, por lo demás, esté asegurado el cumplimiento de los programas de rescate y la devolución de la deuda. Antes al contrario, son mayoría los pronósticos que dan por seguro que los rescates, los ajustes y todo lo demás solo garantizan una cosa: que los deudores nunca se pondrán al día.
  4. Déficit de simetría. Muchas de las medidas aplicadas en el proceso de cambios aplicados en los países de la Eurozona han entrañado en la práctica un trato diferenciado. Cuando el profesor Sinn dice que una eventual salida de Alemania del euro “restablecería la línea del Rhin como frontera entre Francia y Alemania”, lleva razón, pero puede que esta frontera, incluso con el euro, se concrete a través del trato diferenciado de un país a otro. Basta recordar el blindaje de los bancos alemanes medianos y pequeños, en una situación comprometida en muchos casos, que escapan al control europeo. En términos generales, el equilibrio europeo ha descansado en el eje franco-alemán, pero ese eje se forjó con un material que emite señales de agotamiento a causa de la supremacía alemana y de la desorientación francesa. Por ahí empieza la asimetría.

Como afirma Tony Judt en Pensar el siglo XX, “el equilibrio para Keynes era un objetivo” que solo se podía hacer realidad si intervenía el Gobierno. Ese supuesto no es muy diferente a lo expresado varias veces por financieros como George Soros, convencidos de que el capitalismo solo es eficaz si funciona ordenadamente. Lo que está sucediendo en Europa es que los grandes actores de los mercados se han adueñado de una parte de los atributos de soberanía cuyo ejercicio estuvo tradicionalmente reservado a los gobiernos, con lo que se agravan los efectos de los déficits enumerados. Las preocupaciones sociales se han convertido en un incordio para el funcionamiento de unas finanzas globalizadas y los estados europeos, debilitados por la crisis, se han plegado a las exigencias y los objetivos de los actores financieros, que manejan modelos matemáticos en los que, invariablemente, el trabajo figura como una mercancía barata, favorecida la estrategia general por el escandaloso aumento del paro. En esas estamos.

‘Dies irae’ a causa de Chipre

La torpeza de muchos parece encaminada a dar la razón al economista José Carlos Díez: Europa no da muestras de albergar vida inteligente. Entendámonos: la referencia a Europa engloba a cuantos forman parte de la maquinaria que gestiona la crisis y que, a poco que se empeñen, pueden empeorarla con esa sucesión de desatinos inquietantes. Resulta que mientras el 0,5% del PIB europeo –Chipre– pone a todo el mundo contra las cuerdas, el denostado neokeynesianismo de Barack Obama es útil para reactivar incluso el sector inmobiliario de Estados Unidos, según información destacada del jueves en The New York Times. Resulta que casi al mismo tiempo que Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de la Banca, vaticina que el 2013 será “un año puente hacia la recuperación”, aparece en Bruselas Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y amenaza con retorcer las condiciones de austeridad –miseria sobre miseria– a aquellos países que pidan el alargamiento de los plazos para sanear las cuentas. Sucede, en fin, como ha escrito Joan Tapia, que la desconfianza entre la Europa del norte y del sur crece todos los días, depositaria una de la ética protestante y de los dies irae, inclinada la otra a cultivar cierto relativismo escéptico.

El paseante

Cartel de la película titulada en España ‘El paseante del Champ de Mars’.

Ese galimatías se completa con temores y rivalidades entre aliados más atentos a la prima de riesgo que a los padecimientos de sociedades deprimidas que albergan a ciudadanos convencidos de que el sistema financiero les ha birlado el Estado del bienestar y, puede, el futuro de una generación obligada a oír promesas sin fundamento sobre la salida de la crisis. Por este camino se ha llegado a la absurda información diaria en la que se compara la mejora o empeoramiento de la prima de riesgo española con la italiana, como si un eventual sorpasso de la de Italia fuese un gran triunfo de la de España, cuando en realidad se trata de una carrera sin meta final entre dos corredores empobrecidos, por no decir arruinados. Lleva razón el François Mitterrand de El paseante del Champ de Mars, de Robert Guidiguian, cuando, más o menos, le dice a un periodista: “Yo soy el último presidente de Francia; los que vendrán a partir de ahora serán contables”.

Ahí están los contables con todas las trazas de que, Alemania mediante, el Bundesbank mediante o lo que sea mediante, oscilan entre la improvisación y los ultimátums. Andan con sus modelos matemáticos en la faltriquera, son inmunes a la tragedia humana y se sienten liberados de contestar a algunas preguntas que cualquier estudiante de primer año de facultad es capaz de formular:

  1. ¿Cómo es posible que la diminuta Chipre, mitad meridional de una isla dividida, reuniera siquiera aproximadamente las condiciones para ingresar en la UE con toda clase de garantías?
  2. ¿Cómo es posible que alguien creyera la fantasía de que Chipre podía adoptar el euro sin mayores problemas?
  3. ¿Cómo es posible que no se atajara la conversión de la banca chipriota en uno de los lavaderos de dinero procedente de Rusia?
  4. ¿Cómo es posible que quieran que creamos que la UE no dispone de recursos para solucionar el problema chipriota sin ponerlo todo patas arriba?
  5. ¿Cómo es posible que nadie cayese en la cuenta de que la quita de Grecia abría una herida en el costado de los bancos chipriotas?
  6. ¿Cómo es posible que cunda el rumor de que todo obedece al deseo de imponer un castigo ejemplar a Chipre por haberse echado en brazos de Vladimir Putin y nadie lo desmienta?
  7. ¿Cómo es posible que el Eurogrupo y Alemania digan que no tienen arte ni parte en el corralito chipriota –confiscación parcial, si se prefiere– aprobado en primera instancia?
  8. ¿Cómo es posible que se osara provocar una enorme inseguridad jurídica que perjudicará las inversiones en la periferia de la UE porque el Eurogrupo ha sentado un precedente alarmante en cuanto a la volatilidad de los depósitos bancarios?

Nadie en su sano juicio cree que el futuro dependa del medio por ciento del PIB europeo cuando se ha movilizado un billón de euros en rescates y otros parches. Es tan desmesurado que no hace falta acudir al servicio de estudios de un gran banco para comprender dentro de qué límites nos movemos. Para ser exacto, nadie cree que su futuro dependa del medio por ciento de sus ingresos; nadie cree que de ello dependa su capacidad de producir, de generar riqueza. Si así fuese, la mayoría de empresarios habrían echado el cerrojo, la mayoría de los trabajadores habrían sucumbido a los tajos en cascada y apenas quedaría piedra sobre piedra. No, no, el rescate de Chipre se ha transformado en un bochornoso espectáculo injustificable porque la fórmula para sanear las finanzas responde solo a la lógica desastrosa que ha condenado al continente al estancamiento o, aún peor, a la recesión, mientras en Alemania se desarrolla una larga campaña preelectoral en la que Angela Merkel resalta todos los días el perfil de dama de hierro que, se supone, le otorgará la victoria.

ChipreEs la misma lógica que lleva a afirmar al economista Hans Werner Sinn, presidente del instituto Ifo, con sede en Múnich, que Mariano Rajoy “debe aprobar otra reforma laboral que flexibilice los salarios a la baja”, a imagen y semejanza de lo que en su día hizo Gerhard Schröder, canciller socialdemócrata que, prosigue Sinn, “eliminó el salario mínimo y laminó el Estado del bienestar, privando a millones de personas de sus ayudas sociales”. Aunque no hacía falta recordarlo, es evidente que a los contables que quieren salvar el euro a machetazos, el Estado del bienestar les resulta un incordio insoportable, aunque el modelo europeo y la dignidad de millones de personas dependen de su existencia. Es tan grande la distancia entre Hans Werner Sinn y alguien como Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca –“no vamos a poder salir de la crisis si los ciudadanos no salen de la crisis”–, que el proyecto europeo se vislumbra condenado a la falta de equidad, quizá de vertebración.

¿Por qué está en riesgo la vertebración de Europa? Porque la creencia de que, a falta de la institucionalización solvente de un poder colegiado supranacional, bien está la dirección germánica del continente, aparece ante la opinión pública no alemana como un diktat insoportable. Cada vez que se dice que la solución a los males presentes es más Europa, la calle entiende que se dice más Alemania y menos de todo lo demás. Y así crecen la desafección, los nacionalismos extravagantes, el euroescepticismo y la creencia de muchos de que Europa y el euro han resultado ser una trampa para elefantes. El lenguaje hermético, falsamente académico, de los eurócratas ha situado la construcción de Europa en el terreno de la economía sin alma y el sueño de los padres fundadores y de algunos de sus herederos se desvanece en los ordenadores de los operadores financieros. ¿Quedan aún apóstoles de las crisis europeas como barro moldeable o motor para avanzar en la construcción política de Europa?

A nadie puede sorprender que la reacción visceral, inmediata, de una parte de la calle chipriota haya sido pedir la salida de la UE, el abandono del euro y la asociación con Rusia, que en el pasado prestó más de 2.000 millones a Chipre para tapar agujeros. Si sucediese algo así, la UE haría un triple mal negocio: perdería toda posibilidad de participar en la administración de los yacimientos de gas que duermen bajo el lecho marino, abriría a Rusia la posibilidad de negociar en suelo chipriota la instalación de una base militar que, llegado el caso, sustituyera a la de Tartus (Siria) y apartaría a Europa más de lo que ahora lo está de un área estratégica –el Mediterráneo oriental– donde coinciden una primavera árabe (Egipto), el conflicto palestino-israelí, la guerra civil siria y el afianzamiento de Turquía como potencia regional.

El negocio sería ruinoso. ¿O no? ¿O hay quien barrunta que es más rentable ser intermediario en el negocio del gas que gestionar los yacimientos? ¿O resulta que no está claro quiénes tienen derecho a extraer el gas y Turquía y Grecia pedirán su parte del pastel? Es capital dar una respuesta creíble a estas preguntas, siquiera sea para ahuyentar el fantasma de un nuevo batacazo, que tantos temen cada vez que analizan los datos de crecimiento –mejor, decrecimiento– del último trimestre del 2012. Lo temen algunos grandes inversores, que no se fían de las componendas europeas, pero también los analistas sociales que observan a lo lejos –tampoco tanto– la formación de una borrasca. Así Susan Sontag, que ve indicios de que un huracán es posible: “La falta de control del sector financiero ha incrementado el riesgo de un nuevo crash financiero mundial cuyas consecuencias podrían ser peores que el anterior”. No hay eurócrata capaz de asegurar que se trata de una alarma injustificada.

Makarios III

El arzobispo Makarios III, primer presidente de Chipre (1960-1977).

Recordatorio. No debiera sorprender la oferta de la Iglesia chipriota, de rito ortodoxo griego, de poner sus bienes a disposición de los gestores de la crisis. Se trata de una Iglesia nacional que es, en la práctica, la organización más sólida, potente y bien estructurada de la república, con intereses importantísimos en el sector bancario. Y, además, es una constante histórica la intervención del clero en la política de la isla: el caso más significativo fue el del arzobispo Makarios III (1913-1977), primer presidente del Chipre indepediente (1960-1977), salvo entre julio y diciembre de 1974, cuando ocupó la presidencia Nikos Sampson. Al arzobispo Makarios se le relacionó al final del periodo colonial con la EOKA, organización armada partidaria de la enosis (unión con Grecia).

 

Sarkozy, aprendiz de brujo

El resultado obtenido por Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional (FN), en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Francia, ha sentado al país ante una triple realidad: la extrema derecha es una fuerza pujante, la derecha convencional la ha legitimado con la radicalización de los mensajes de Nicolas Sarkozy y el desastre puede consumarse en las legislativas de junio si el FN logra sentar un nutrido grupo de diputados en la Asamblea Nacional. Poco consuelo es comprobar que el auge de la extrema derecha no es un fenómeno exclusivamente francés, sino que cruza Europa de parte a parte, cuando el peligro que corre la derecha serena es verse arrastrada hasta las trincheras de la xenofobia y el antieuropeísmo sin que, por lo demás, el presidente Sarkozy se muestre dispuesto a rectificar el tiro. Por el contrario, insiste en atraer al electorado de Le Pen para corregir el vaticinio de las encuestas, que anuncian una victoria holgada del socialista François Hollande el 6 de mayo.

Portada de 'L'Humnité'

Portada del periódico comunista 'L'Humanité' del 25 de abril.

“El primero de mayo organizaremos la fiesta del trabajo, pero la fiesta del verdadero trabajo –anuncia Sarkozy–, la de aquellos que trabajan duro, la de aquellos que corren riesgos, que sufren y que no quieren que, cuando no se trabaja, se pueda ganar más que cuando se trabaja”. Alarma inmediata, portada sangrante en el diario comunista L’Humanité: fue el mariscal Pétain, deshonra de Francia, quien dio a la celebración del primero de mayo el nombre de fiesta del trabajo. ¿Forma esto parte de la estrategia de campaña diseñada por Patrick Buisson? Nadie ha dicho lo contrario y los antecedentes del personaje inducen a pensarlo: fue educado en el aprecio por el mensaje de Charles Maurras, fundador de Action Française, y es el urdidor del manual de argumentos que maneja el estado mayor de la Unión para un Movimiento Popular (UMP) destinado a justificar el incansable acercamiento del presidente a las tesis del FN.

Maurras, Pétain, unas gotas del populismo menestral legado por Pierre Poujade en los años 50, recuerdos ominosos que han dado pie a reacciones exaltadas. “Estoy asustado. No me preocupa nada que Nicolas Sarkozy intente recuperar los electores de Marine Le Pen. Pero, tal como lo hace, recuerda verdaderamente el petenismo: está la oposición entre los verdaderos y los falsos trabajadores, el ataque contra las instituciones intermedias; está todo. Es peor que el discurso de la propia Marine Le Pen”, sostiene Jean-François Kahn, fundador del semanario Marianne, que ha difundido un breve manifiesto para “cortar el paso al aprendiz de brujo”.

El politólogo Jean Daniel, referencia permanente del pensamiento progresista europeo, llama la atención en el semanario Le Nouvel Observateur sobre el significado del resultado obtenido por la candidata del FN: “El éxito de Marine Le Pen no pone en peligro la victoria de la izquierda. Es simplemente un deshonor para Francia. Nuestro país, desde hace siglos, exporta revoluciones. Ahora arriesga ponerse al frente de todos los movimientos populistas y xenófobos de Europa (…) Marine Le Pen ha percibido a propósito de estos dramas (los asesinatos de Montauban y Toulouse cometidos por un fundamentalista islámico) que un viento soplaba en su dirección, y decidió tomar de nuevo la antorcha, abandonada durante un tiempo, de la lucha contra la inmigración y la inseguridad”.

¿Debía Sarkozy hacer algo distinto a rendirse a esta estrategia y entablar con su contrincante una carrera de ofertas populistas? A la vista de la desorientación de parte del electorado conservador de tradición gaullista, del germen de la división en el seno de la UMP y de las expectativas para las legislativas de junio, parece que sí. De acuerdo con la encuesta publicada por Les Échos, según la cual el 64% de los electores de la UMP son partidarios de un acuerdo con el FN en junio, y del tono trágico empleado por el candidato-presidente para seducir a los votantes atraídos por Le Pen –les aplica los apelativos de sufrientes y angustiados–, se diría que no. En todo caso, los datos que se desprenden del escrutinio del día 22 indican que las maniobras presidenciales dejan mucho que desear. Valgan algunos ejemplos para ilustrarlo:

Chiste de Delucq

Dibujo de Delucq difundida por 'Le Huffington Post'. Sarkozy, disfrazado de Juana de Arco, dice: "Voy a expulsar el falso trabajo de Francia".

·En Donzère, la ciudad donde Éric Besson, tránsfuga del PS captado para la causa sarkozyana en el 2007, puso en circulación el debate –de infausto recuerdo– sobre la identidad nacional, el FN sumó más votos que la UMP.

·En Meaux, la ciudad de Jean-François Copé, secretario general de la UMP, Hollande superó a Sarkozy.

·Marine Le Pen ha salido tan fortalecida de la prueba que el 1 de mayo se sentirá inclinada a recomendar el voto en blanco, aunque las encuestas dicen que el grueso de sus electores piensa apoyar a Sarkozy. La líder del FN lo enunció con palabras escuetas en la emisora pública de televisión France 2: “Ya no creo en la sinceridad de Nicolas Sarkozy. Y muchos de cuantos han confiado en mí han dejado de creer en sus posiciones”. Se impone la idea de que tiene al alcance de la mano la oportunidad de reorganizar radicalmente la derecha de pies a cabeza.

·La radicalización del presidente complica enormemente las cosas al centrista François Bayrou, líder del MoDem, para que el 2 de mayo pida a sus votantes –9,13% en la primera vuelta– que el 6 se inclinen por Sarkozy.

·Si el FN repite el 10 de junio los resultados de ahora, la multiplicación de elecciones triangulares –tres candidatos en la segunda vuelta– el 17 dividirá el voto de la derecha en provecho de una izquierda que, salvo sorpresas, pondrá en marcha la maquinaria de los désistement (apoyos a los candidatos progresistas más votados en la primera vuelta). Basta que se repita la lógica seguida por Jean-Luc Mélenchon y Eva Joly la noche del último domingo.

Charles Jaigu, cronista en el Elíseo del periódico conservador Le Figaro, sostiene que si Sarkozy hubiese diseñado otra campaña, “habría hecho correr al país el riesgo de un segundo 21 de abril, que esta vez opondría François Hollande a Marine Le Pen”. Jaigu se refiere al 21 de abril del 2002, cuando Jean-Marie Le Pen quedó en segundo lugar en la primera vuelta de las presidenciales, por delante del socialista Lionel Jospin, y disputó la relección a Jacques Chirac dos semanas más tarde. Claro que Chirac, que obtuvo el 80% de los votos de la segunda vuelta porque la izquierda en bloque se movilizó contra a extrema derecha, desacreditó esta línea argumental en el mismo momento en que anunció que pensaba votar a Hollande y, al hacerlo, inclinó a otras personalidades de la Francia conservadora a dar su voto al aspirante socialista.

En resumen, Sarkozy se ha excedido incluso para la derecha-derecha, y aún más para la derecha moderna y con inquietudes sociales en cuyas filas figuran personajes como la senadora Chantal Jouanno, denostada ahora por Sarkozy y Copé, que ha expresado un temor y ha hecho un anuncio. Al semanario centrista Le Point ha manifestado sus recelos: “Temo que la derechización sea un espejismo doloroso”. A través de su cuenta en Twitter ha adquirido un compromiso público: “Mis principios son claros: en las legislativas, si no hay otra alternativa entre el FN y el PS, mi responsabilidad será votar al PS”. Lo que colea detrás de la corriente de opinión que representa la senadora es el propósito de una parte de los herederos del gaullismo de impedir que se banalice la extrema derecha, los peligros que entraña y la amenaza que se cierne sobre el bloque conservador, entre la implosión y la explosión (depende de cómo se concrete).

El director de la redacción del semanario L’Express, Christophe Barbier, considera inútiles los esfuerzos de Sarkozy para debilitar al FN: “El populismo protestatario tiene una sola cabeza, que es la de Marine”. El presidente desdeña a quienes lo critican e insiste en que su propósito es atraerse a seis millones y medio de franceses –cuantos votaron a Le Pen–, sin atender a más consideraciones. Gérard Courtois da a entender en las páginas del progresista Le Monde que Sarkozy ha logrado lo contrario de lo que perseguía: “Todo sucede como si, lejos de secar al Frente Nacional, Nicolas Sarkozy en realidad haya banalizado y desculpabilizado de alguna forma sus ideas y sus propuestas. Hasta el punto de que es evidente que numerosos electores han preferido el original a la copia, de acuerdo con la esperanza a menudo formulada por Jean-Marie Le Pen”. Sylvie Pierre-Brossolette, en Le Point, va incluso más allá y transmite una imagen no exenta de patetismo: no solo para muchos es preferible el original a la copia, sino que “Sarkozy ha hecho trampas consigo mismo”.

¿Errores estratégicos? ¿Ausencia de principios? La respuesta que da a estos interrogantes Joël Roman en el periódico católico La Croix es perturbadora para el equipo de campaña del aprendiz de brujo: “A cuantos evocan el precedente de las relaciones entre François Mitterrand y los comunistas, a los que hizo descender aliándose con ellos, se les puede subrayar que él actuó a la inversa: no hizo ninguna concesión programática, lo que por lo demás explica por qué la alianza fue provechosa para los socialistas”… ¡Qué tiempo aquel de Maquiavelo!