Fidel, la lógica del poder

La caravana o séquito funerario que lleva las cenizas de Fidel Castro a Santiago de Cuba ha seguido el mismo trayecto que aquella Caravana de la Libertad que en enero de 1959, en sentido contrario, trajo a La Habana el anuncio de un tiempo nuevo, el triunfo de la revolución en lucha contra la dictadura ominosa de Fulgencio Batista. Pero este viaje de vuelta transmite la sensación de repliegue, de vuelta a los orígenes y de final irreversible de una utopía que acabó en totalitarismo insufrible, sentido todo al mismo tiempo, como sucedió y sucede con las opiniones encontradas que suscitó el comandante siempre, santo y seña de su vida y obra al sumergirse en las brumas de la historia. Para los convencidos, el regreso a Santiago es el último mensaje del líder desaparecido para seguir por la senda de cuanto nació al sur de la isla, en Sierra Madre, legado inextinguible que debe protegerse de los adversarios; para la disidencia, los críticos o los defraudados, la tierra de Santiago acoge para la posteridad un espejismo o una pesadilla, acaso un equívoco, algo que nunca fue o pudo ser lo que se anunció que sería.

No hay duda de que después de los padres de las independencias latinoamericanas, Fidel Castro ha sido el líder más influyente, más estudiado, leído, alabado y denostado del continente; en Cuba, solo la figura de José Martí se equipara a la suya. “Para cuando Batista huyó del aeropuerto de La Habana poco antes de la medianoche del año nuevo de 1959, Castro ya era una leyenda”, ha escrito Anthony DePalma en The New York Times, y fue mérito del joven revolucionario, del orador caudaloso, del gobernante implacable, mantener la leyenda en primer plano y ocultar detrás ella las debilidades del experimento, la merma de las libertades y la ineficacia de un régimen ensimismado, condenado a una economía de estricta supervivencia al desvanecerse la Unión Soviética (25 de diciembre de 1991), quizá un poco antes, cuando se puso de manifiesto que el reformismo de Mijail Gorbachov no tenía puerto de llegada, sino que navegaba por un océano tempestuoso.

“La revolución cubana es una democracia humanista”, dijo Castro en los prolegómenos de la victoria, pero dos años más tarde se declaró marxista-leninista, una contradicción en términos que no tuvo efecto en el vínculo establecido con la izquierda europea, condicionada también ella por la lógica de la guerra fría, por la intromisión permanente de Estados Unidos en competencia con la Unión Soviética y por el atractivo de los grandes principios defendidos con las armas por los barbudos en la selva indómita. “Ciega ante la implacable represión interior, la izquierda europea se mantuvo durante mucho tiempo seducida por el mito castrista”, ha escrito un editorialista de Le Monde.

Creció el mito y detrás de él desapareció el hombre, el gobernante, el edificador de un régimen que fue durante años una de las grandes causas morales del pensamiento progresista universal, pero que con el paso del tiempo se transformó en una gerontocracia instalada en el poder, inasequible a la crítica, incapaz de revisar su obra y de ponerla al día. En esa mutación genética nada fue ajeno al embargo económico impuesto por Estados Unidos, más concretamente todo remite a él en el tránsito de las ilusiones a la mano dura, pero no todos los males deben atribuirse al castigo del embargo, encerrada la nomenklatura cubana en la fortaleza levantada para perpetuarse en el poder.

Dice Rafael Rojas que el duelo presente “es la caricatura de otro más profundo, vivido en la conciencia de los cubanos desde mediados de la pasada década”, cuando la enfermedad apartó del puente de mando al líder carismático. Es cierto, en la educación sentimental de los cubanos que no optaron por el escepticismo, la oposición interna o el exilio en Miami, el legado fáctico de Fidel –la sanidad universal, el final del analfabetismo, el desarrollo de la cultura– sigue pesando más que la triste decrepitud de las ciudades, de esa Habana bellísima y desconchada, de esa industria acartonada e ineficaz, de esa vigencia insólita de los almendrones, coches viejísimos que circulan por la isla desde antes de la revolución, de ese prurito por resistir a cualquier precio, en realidad, a un altísimo precio. Y sigue pesando también el legado romántico de los eslóganes –Patria o muerte, Revolución o muerte, Venceremos, Hasta la victoria siempre–, tan cercanos al léxico desgarrado de cuantas guerras precedieron a la brega de Fidel: O Roma o morte (Giuseppe Garibaldi), No pasarán (en Madrid, antes de la gran derrota).

En los rostros compungidos de muchos de cuantos se apostaron en el camino recorrido por las cenizas de Fidel se impuso el recuerdo de lo logrado, de la mejora que experimentó la isla en cuanto la mafia de Estados Unidos y una economía depredadora dejaron de ser dueñas de la situación, de muñir un régimen a su servicio. Todo lo demás ocupó un lugar secundario en su memoria, si es que ocupó alguno. Para estos afligidos a pie de calle, el desafío de lograr la zafra (cosecha de caña de azúcar) más grande de la historia, acogerse al léxico revolucionario –un diccionario entero puesto en boga por los comandantes guerrilleros– y rememorar las grandes concentraciones de masas tiene un valor inextinguible, cuando ya Castro es parte del pasado, absuelto de antemano por ellos mucho antes de que lo haga la historia, si es que eso sucede y no justo lo contrario, como vaticina Antoni Traveria: “Las páginas de la otra historia que Fidel ha ido escribiendo día tras día durante estas largas décadas, las del ejercicio del poder absoluto desde un régimen autocrático sin libertades, con corrupción institucionalizada y violaciones a los derechos humanos, no le van a poder librar de una sentencia severa y condenatoria”.

Ninguno de cuantos han vertido una lágrima sincera al morir el comandante acepta que mucho antes de extinguirse pasó a formar parte del conglomerado de figuras políticas amortizadas por la Realpolitik. Como hace medio siglo sucedió con el Che, el compendio de méritos contraídos por el castrismo fue absorbido por la lista de fracasos acumulados. El camino de Cuba hacia otra parte empezó durante el largo ocaso del líder, urgido Raúl Castro, y con él el partido y el Ejército, las dos columnas vertebrales del régimen, a dar con una salida rápida y diferente para superar la decadencia, la economía estancada, los salarios misérrimos y el descontento o la decepción por las promesas que nunca se concretaron. A eso llevó un ejercicio de realismo inaplazable cuando Castro sumaba años en silencio salvo contadas apariciones o sus digresiones esporádicas en Granma, tan superadas por los acontecimientos.

“Las ideas quedarán”, dijo el anciano Fidel Castro Ruz, próximo el viaje sin retorno, pero cuanto asoma en el horizonte cubano tiene poco que ver con aquella revolución, tantas veces acosada, desde hace tiempo, agónica, que él encabezó. Por el contrario, la posibilidad de un capitalismo a la china tutelado por el Estado, de un capitalismo a la vietnamita con idéntica tutela, de algo que mantenga en el poder al partido único y sitúe a las empresas en el mercado, gana adeptos todos los días, tan lejos el conjunto previsible de aquella ensoñación del hombre nuevo, de la propiedad colectiva y de otros aditamentos hoy discutidos. Estados Unidos ha dejado de ser la causa de todos los males para convertirse en la solución más cercana si Donald Trump no comete la torpeza sectaria de bloquear el proceso puesto en marcha por Barack Obama. Castro dejó de existir como guía de la revolución bastantes años antes de exhalar el último aliento.

“Luchamos por una Cuba democrática y por el final de la dictadura”, declaró en 1957 el guerrillero Fidel Castro a Herbert L. Matthews, periodista de The New York Times. Luego vinieron el desembarco anticastrista de playa Girón (bahía de Cochinos), la crisis de los misiles, el embargo de Estados Unidos, la salvaguarda soviética, la obcecación ideológica, la represión, el desencanto y tantos otros ingredientes propios de un final infeliz. El sueño democrático, de las libertades públicas, del libre examen y del pluralismo político se evaporó en el caldero de un poder enquistado. ¿Cuál es el camino de la regeneración para acabar con la inercia dictatorial, promesa que Fidel nunca cumplió? Nadie en la isla es capaz de vaticinarlo después de que el último gran líder comunista se haya sumido en el sueño eterno.

América Latina saca pecho

No hay mejor argumento para defender la reanudación de relaciones diplomáticas de Estados Unidos y Cuba que el dado por el presidente Barack Obama: la decisión adoptada en 1961, embargo económico incluido, ha sido perfectamente inútil. Es este un dato irrefutable pues la isla, con padrinos o sin ella, con más o menos privaciones y con más o menos popularidad más allá de sus playas, ha sobrevivido a las sanciones, a la ausencia de los intercambios económicos con su poderoso vecino y a la brega conservadora para ahogar la revolución o el régimen, si se prefiere. Todas las cronologías publicadas estos días están salpimentadas con los intentos a menudo deleznables puestos a contribución de la causa última de acabar con el castrismo, sin que, por lo demás, la relación de conspiraciones, planes para asesinar a Fidel, infiltración de agentes en la isla y otras maniobras de naturaleza inconfesable hayan cambiado sustancialmente el horizonte de vida de una revolución social sumida en la decadencia que, aun así, no es posible eliminar de un plumazo.

Hay en el régimen un instinto de supervivencia que tiene su cobijo en el partido y en el Ejército, columnas vertebrales del sistema, pero hay también, detrás del régimen, la percepción latinoamericana del momento histórico, la mutación registrada en las sociedades latinoamericanas, tan distintas a aquellas que asistieron a la caída de la dictadura de Fulgencio Batista y a la articulación de un sistema nuevo, que parecía impensable que pudiese asentarse, en plena guerra fría, a 90 millas de Florida. Aquellas sociedades básicamente sumisas con los designios del Norte, fuesen estos presentados como la Alianza para el Progreso o tuvieran la mirada torva de las dictaduras militares, se han transformado a partir de los años 80 en otras que, finalmente, han arropado a la revolución cubana declinante para darle una salida, una continuidad o un desenlace antes imposible.

Las razones aducidas por Obama para dar el paso son muy diferentes a aquellas sentidas por las sociedades latinoamericanas y subrayadas por algunos de sus líderes más relevantes, formen estos en las filas heteróclitas bolivarianas o en las más asentadas de los diferentes posibilismos socializantes que hoy gobiernan en tantos lugares. Basta con echar un vistazo a las ediciones del día siguiente al anuncio cubano-estadounidense para entender que salvo conservadurismos acérrimos como el del diario El Mercurio de Santiago de Chile, el resto del arcoíris político saluda el evento como un gesto de justicia, necesario, conveniente y que debe culminar con la vuelta de Cuba a la Organización de Estados Americanos, de donde fue expulsada en 1962. Las dudas que alberga El Mercurio sobre la utilidad del paso dado –“Que esta sea la política más acertada para buscar la democracia en Cuba solo se verá si los cubanos consiguen mejores condiciones de vida, recuperan sus libertades civiles y se respetan sus derechos humanos”– contrasta con la orientación dominante:

-“El hecho demuestra la justeza de la postura de los gobiernos latinoamericanos, los cuales abogaron durante décadas por el fin de la hostilidad oficial estadounidense contra Cuba”. (La Jornada, México DF).

-“Para la región, una consecuencia que se debe tener en cuenta es que la cercanía de Cuba con Venezuela y los países de la llamada Iniciativa Bolivariana para las Américas (ALBA) debe entrar en una etapa de revaluación”. (El Espectador, Bogotá).

-“Estados Unidos quiere hacer negocios en Cuba, es cierto, pero el mercado cubano aún es pequeño y pobre. El impacto del anuncio de ayer [el miércoles] es más significativo a corto plazo para América Latina. Saca consecuencias de aspectos de la política exterior brasileña y de los aliados bolivarianos, por ejemplo, vueltos hacia temas superados de la guerra fría como la confrontación Norte-Sur, el antiamericanismo y el tercermundismo”. (O Globo, Río de Janeiro).

-“Es el punto de partida de un reacercamiento de Washington a América latina, en un momento en que otras potencias, como China, elevan su perfil en la región. Es el paso más largo que haya dado el régimen de los Castro hacia la liberalización de su economía, que coincide con la crisis de su gran aliado, el chavismo, víctima de la caída del petróleo”. (La Nación, Buenos Aires).

Hay discrepancias, claro, en esa muestra escueta de comentarios publicados en algunos de los medios más influyentes en la región, pero no hay reservas en cuanto a la naturaleza o la carnadura latinoamericana de lo acontecido. Esa percepción apenas se refiere a la inutilidad de la estrategia estadounidense seguida hasta el presente –el principal argumento de Obama– y se adentra, en cambio, en algo semejante a la confirmación a través de los hechos de que era adecuada la impugnación de la política seguida por Estados Unidos en Cuba, con Cuba y contra Cuba. Ni siquiera los datos objetivos que han llevado al desenlace de 18 meses de negociaciones secretas, Canadá y el Vaticano mediante, modifican esa reivindicación o satisfacción colectiva de la comunidad política de América Latina. La asfixia económica del experimento venezolano, la mediación cubana en las negociaciones del Gobierno colombiano con las FARC, la debacle de los precios del petróleo, la evolución en la opinión pública del exilio cubano en Estados Unidos –el 60% se dice partidario de solucionar el conflicto–, la intromisión de Rusia y China en los negocios del continente, todo eso pesa y debe contabilizarse, pero en la reacción de los gobernantes reunidos en Paraná (Argentina) el mismo día del anuncio pesaron otros factores, quizá quepa decir identidades, que cotizan en la región más allá de las convenciones diplomáticas y las necesidades inmediatas de cada parte para llegar a un acuerdo.

Al hacerse estos días recuento y repaso de los sucesivos fracasos que coronaron todos los intentos de acercar a Estados Unidos y Cuba, desde 1959 hasta hoy, se repara poco en el hecho de que durante la guerra fría, y aun después de ella, se impuso en el disenso caribeño la lógica de la confrontación ideológica, y no hubo forma de explorar otras vías, sometido todo el proceso a la presión conservadora en Florida y a la propaganda castristas al otro lado del mar. Pero en la memoria histórica latinoamericana pesa, por encima de todo, el precio pagado por los cubanos –más que por el régimen cubano– a causa de la asfixia económica. Y esa es ahora la vara de medir, como lo es aquella otra expresada por el veterano José Mujica, presidente saliente de Uruguay, cuando cubría el trecho entre el guerrillero tupamaro rehabilitado y los requisitos del poder: “En el marco de la guerra fría, la política norteamericana apuntalaba cualquier salida de carácter golpista siempre y cuando hubiera existido la posibilidad de que se afirmara un régimen meramente independiente, de carácter populista, que se opusiera a la conveniencia norteamericana, aunque no fuera comunista”.

“Por la historia, la lengua y la cultura pertenecemos a Occidente, no a ese nebuloso Tercer Mundo del que hablan nuestros demagogos. Somos un extremo de Occidente –un extremo excéntrico, pobre y disonante”, dejó escrito Octavio Paz. Pero esa definición quizá se aviene más con la percepción que de América Latina se tiene en Estados Unidos que con las convicciones más íntimas de los habitantes de la región, de quienes ahora la gestionan y quizá de quienes creen haber descubierto que hay vida más allá del modelo occidental. Eso también pesa en la acogida que ha tenido la normalización de las relaciones cubano-estadounidenses; eso también contribuye a mantener el prurito de preservar la diferencia y construir una trama de intereses políticos que, trabajosamente, busca alternativas a la tutela permanente del Norte, más asfixiante antes, más sutil ahora, pero no menos efectiva. Y es este un sentimiento bastante transversal, compartido por enfoques ideológicos dispares, porque parte de la convicción de que la dependencia a todas horas no conduce a ningún puerto seguro. Otra cosa es que todas las alternativas sean viables o tengan futuro, que seguramente no.