Victoria europea a los puntos

Pasadas las elecciones holandesas, poco hay para celebrar salvo que Geert Wilders sigue en la reserva. Es poco realista presentarlo como el gran vencido después de ganar cinco escaños –de 15 pasa a 20– en el mismo envite en el que los liberales, a pesar de su derechización, han perdido ocho –de 41 a 33– y los socialdemócratas han descendido a los infiernos al dejarse por el camino 29 escaños –de 38 a 9–, todo lo cual obliga al primer ministro en funciones, Mark Rutte, ha articular una variopinta coalición de Gobierno. La idea de que la movilización de los votantes ha detenido a la ultraderecha xenófoba a las puertas del poder es solo parcialmente cierta, porque la presión del antieuropeísmo sobre el comportamiento de los partidos seguirá siendo muy grande, y ni Marine Le Pen en Francia ni Frauke Petry en Alemania se sienten impugnadas por el resultado holandés. Antes al contrario, las ratifica en sus convicciones: crecen las adhesiones al nacionalismo destemplado y decae la influencia de los partidos clásicos.

Tampoco es un gran éxito de la tradición liberal europea que en este juego de pérdidas y ganancias, el resultado de Rutte, menos malo de lo esperado, se deba en parte a la crisis con Turquía de los últimos días de campaña, tan poco edificante y llena de un indiscutible valor simbólico. Porque ese desahogo in extremis ha puesto de manifiesto que el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, está en condiciones de marcar la agenda mediante su recurso a un nacionalismo islamizado, y ha confirmado que la Unión Europea hizo el peor de todos los negocios posibles al convertir Asia Menor en un contenedor de refugiados y pagar por el servicio a un dirigente cada día más imprevisible. Da la impresión de que Europa es rehén de su disparate y Turquía, la gran beneficiada, en disposición de utilizar la suerte de tres millones de refugiados en defensa o apoyo de sus intereses.

Si lo políticamente correcto es alegrarse después de cada convocatoria electoral porque no ha salido ganador un adversario de la UE, sin hacer nada para neutralizar las causas del ascenso ultra, es de temer que finalmente alguno de los nuevos profetas de la nación excluyente se instale en la cima. De hecho, Viktor Orbán reina en Hungría y tiene un creciente poder de convocatoria entre los socios del este, la primera ministra de Polonia, Beata Szydlo, es una nacionalista sectaria, y aquí y allá asoman aprendices de brujo que ven en Europa una buena oportunidad para hacer negocios, pero no quieren saber nada de consolidar estructuras políticas supranacionales. Solo es cuestión de tiempo que el populismo ultra dé el sorpasso en un gran Estado para que la crisis de identidad europea se agrave, salvo que antes los llamados ahora cuatro grandes –Alemania, Francia, Italia y España– reaccionen para suturar las heridas de la crisis social, rescatar el proyecto de una lógica meramente economicista y volver a la política.

Mientras la reacción no se produzca, el programa neolibreal apoyado por los líderes europeos seguirá provocando deserciones, alimentará el discurso antieuropeísta y dará facilidades a terceros para utilizar la debilidad europea en interés propio (hoy, Erdogan; mañana, Donald Trump; al siguiente, ya se verá). Cuando Jean-Claude Juncker acude en apoyo de Rutte en su disputa con Turquía –“es Turquía la que quiere unirse a Europa, no Europa a Turquía”–, logra llamar la atención un momento, pero en el segundo siguiente se impone la realidad: Europa ha decidido que necesita a Turquía para no encarar con sus propios recursos y el consiguiente precio político la gestión de los flujos migratorios, esa crisis de los refugiados que es un compendio de todas las incapacidades imaginables, un baldón en la historia reciente de la UE. Cuando se invoca la cohesión social, el auditorio aplaude, pero luego el castigo infligido a Grecia, condenada a la depauperación, trae de vuelta la realidad. Cuando se habla de ciudadanía europea se hace como si nadie la discutiera, pero es solo un espejismo: enseguida piden la palabra los partidarios de que prevalezcan las identidades nacionales, los poderes nacionales.

Resulta francamente desmoralizador comprobar que, para neutralizar el ascenso populista, la táctica seguida ha sido derechizar los programas de los partidos que más directamente se sienten amenazados. Mark Rutte no es una excepción. Ahí está François Fillon, atascado en las encuestas a causa de su nepotismo exarcebado y su imputación en los tribunales, o la rectificación sobre la marcha de Angela Merkel para contener a Alternativa por Alemania –nacionalismo germánico enardecido– y a la socialdemocracia renacida de Martin Schulz a través de una versión restrictiva de su estrategia para acoger a los refugiados. Ahí está la incapacidad compartida por la mayoría de gobernantes para movilizar a la opinión pública frente a ofertas políticas ultraderechistas, un fenómeno que mantiene viva la sospecha de que, a decir verdad, la floración de demagogos en todas partes configura un escenario idóneo para radicalizar los programas conservadoras poscrisis so pretexto, se dice, de salvaguardar el modelo europeo, cualquiera que este sea.

Hay demasiados precedentes ominosos en la historia europea como para conformarse con esta victoria a los puntos en Holanda. Basta recordar que las encuestas otorgan la victoria a Marine Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales en Francia, que un candidato xenófobo quedó a un paso de convertirse en presidente de Austria, que la Liga Norte en Italia tiene viento de popa. Estos datos, unidos al hecho de que en la próspera, culta y liberal Holanda un millón de electores no han tenido mayor reparo en votar por Wilders, son un mal presagio; por lo menos son una inquietante advertencia: ninguna comunidad está a salvo de poner su futuro en manos de los peores demonios familiares. Sobre todo cuando se siente amedrentada por un futuro indescifrable.

Crisis de identidad europea

Las elecciones europeas del día 25 pueden agravar la crisis de identidad de la UE si, como se prevé, la participación es muy baja y las candidaturas euroescépticas y las de extrema derecha logran visibilidad política y minutos en la tribuna de oradores del Parlamento Europeo. Una encuesta difundida por Pollwatch, una web que computa los sondeos a escala nacional para elaborar un pronóstico de cuál puede ser la composición del nuevo Europarlamento, no deja lugar a dudas en cuanto a la igualdad entre socialdemócratas y centristas (208 a 217), que impide aventurar un vencedor, y da por hecho que la suma de eurófobos, euroescépticos y la alianza de siete partidos de extrema derecha, que oscilan entre el nacionalismo a gritos, la xenofobia y la ideología neonazi, superará seguramente los 70 diputados, suficientes para acentuar la desorientación de no pocos europeístas. La nacionalización de las campañas facilita las cosas a los agitadores que se oponen a la idea de una Europa con identidad política. Les basta con descargar en la interferencia, la incompetencia o la tutela de UE el origen de los males de la nación en crisis, sin necesidad de comprometerse con programas y datos concretos; les basta con exigir la vuelta a los orígenes, el regreso al Estado-nación con todos los resortes de la soberanía a su alcance. Les es suficiente una simple remisión de los problemas presentes a la incapacidad de los dirigentes europeos para reconocer que han estado lejos de acertar en muchas de sus decisiones. Como ha manifestado un funcionario de la UE, “no hay ningún mea culpa en las instancias dirigentes”, y eso facilita las cosas a sus adversarios.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

El profesor Christoph Meyer, del King’s College de Londres, al analizar las expectativas electorales del United Kingdom Independence Party (UKIP), eurófobo, se refiere a la nacionalización de las campañas promovida por los grandes partidos para explicar el ascenso de los candidatos que aspiran a deseuropeizar la política. A pesar de que, más que en ninguna otra ocasión desde 1979, las próximas elecciones tienen una gran importancia política e institucional porque el nuevo Parlamento será el encargado de elegir al presidente de la Comisión de entre los candidatos que compiten, los partidos depositarios del statu quo político europeo han diseñado campañas cuya referencia son los problemas específicos de cada Estado. De tal manera que su proyecto europeo, de existir, queda oculto detrás de la charcutería política del día a día, del corto plazo y de la supervivencia de los estados mayores de los partidos y de los gobiernos. Es así como Europa se difumina y la única crítica acerca de ella es una crítica destructiva, sin alternativas, que muy a menudo toma prestados argumentos que manejan con sentido bien diferente los europeístas decepcionados con la marcha de la UE. “Con los líderes europeos que tenemos hoy, divididos, lentos y nada estimulantes, no me hago ninguna ilusión de que vayamos a poder detener la cascada [de los candidatos antieuropeístas]”, admite Timothy Garton Ash, un europeísta decepcionado con la marcha de los asuntos europeos. “Los partidos antieuropeos nacionalistas y xenófobos seducen a electores descorazonados por una Europa que estiman incapaz de protegerlos”, han escrito en el diario progresista francés Le Monde los analistas Claire Gatimois y Alain Salles. En esa desazón, en ese desánimo provocado por el comportamiento de los gobernantes europeos, subyace la sensación de que el pacto social de la posguerra –si se quiere, la preocupación social compartida con intensidad variable por socialdemócratas y democristianos– ha caído en el olvido a raíz o a causa de la globalización de la economía financiera. La austeridad se ha convertido en el estribillo machacón de los gestores de Europa de forma similar a como los predicadores de antaño prometían el paraíso en la otra vida a cambio de pasarlas canutas en esta. Cuando es posible que un partido político afirme sin mayor empacho –para el caso, el PP español– que España sale de la crisis, pero la Encuesta de Población Activa fija la tasa de paro en el 25,9%, cobra visos de realidad la impresión que tienen muchos de que han sido abandonados a su suerte, y las exigencias de las instituciones europeas, guiadas por las exigencias del modelo macroeconómico, tienen bastante de castigo inhumano, de cura de adelgazamiento que,a partir del propósito inicial de combatir la obesidad, provoca una anemia perniciosa. ¿A quién puede extrañar, entonces, que en siete países –Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Holanda, Hungría, Italia y Reino Unido– tenga la extrema derecha posibilidades ciertas de ganar las elecciones europeas o quedar en segundo lugar? La alianza cerrada hace un par de meses por Marine Le Pen (Frente Nacional, Francia) y Geert Wilders (Partido por la Libertad, Holanda) ha atraído a otras formaciones nacionalistas radicales y xenófobas, dispuestas a explotar los sentimientos políticos más primarios de segmentos sociales hartos de esperar una bonanza que nunca llega. Lo sorprendente no es esto, sino que los amortiguadores sociales que han sobrevivido a la poda del Estado del bienestar y la solidaridad familiar hayan evitado una extensión del fenómeno a otros países europeos, especialmente a España, donde la composición social del electorado del PP –con una facción muy conservadora, poco europeísta y muy influyente– quizá haya sido determinante para evitar la eclosión del huevo de la serpiente. Aun así, si se concreta en las urnas un ascenso de la extrema derecha como el que se pronostica, habrá que concluir, como hace Le Monde, que se tratará de “una honda de choque comparable a la provocada por la presencia de Jean-Marie Le Pen, dirigente entonces del Frente Nacional, en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa del 2002”. Entonces, la alarma de los demócratas sumó votos para apoyar la reelección de Jacques Chirac, pero el coste fue altísimo: la batalla de las ideas, esencia de los sistemas deliberativos, se diluyó en las urgencias del momento. Hoy, un Parlamento Europeo colonizado por varias decenas de diputados antieuropeos puede inducir a los grandes partidos a cerrar filas –la gran coalición– a costa de renunciar al debate de los programas, de las propuestas de futuro que determinarán qué Europa nos espera, a quiénés beneficiará y quiénes deberán esperar por tiempo indefinido a ser rescatados del marasmo de la crisis. La esperanza de Garton Ash de que “quizá el éxito de esos partidos [la extrema derecha] movilice por fin a una generación de europeístas más jóvenes y les anime a defender unos logros que ahora dan por descontados”, diseña un futuro estimulante, pero ese quizá al principio de la frase justifica abrigar todo tipo de dudas. El distanciamiento de los europeos de las instituciones de la UE, recogido en las encuestas, es suficientemente expresivo como para temer que tenga reflejo en las urnas: con una alta abstención, signo inequívoco de que millones de ciudadanos entenderán el 25 de mayo que importa poco quien encabece a partir de entonces el Gobierno europeo; con el ascenso del tutti frutti antieuropeo, porque hay una corriente de opinión de fondo que favorece el voto contra la idea misma de la unidad europea. “Europa ha de ser fundamental”, dijo hace poco Javier Solana en un coloquio organizado por Esade, pero cada día son más los que lo ponen en duda, mientras que cada día son menos los que confían en que Europa sea capaz de ser “una especie de laboratorio de lo que pudiera ser un sistema de Gobierno mundial”, en frase del mismo conferenciante. Es cierto, como asegura Herman Van Rompuy, que el populismo antieuropeo no nació con la crisis del euro, derivada de la crisis económica general, pero fue esa crisis, inmersos en la cual aún vivimos sin que nadie sepa cuál es su fecha de vencimiento, el resorte principal que ha acelerado la crisis de identidad y ha suministrado argumentos a los propagandistas del nacionalismo destemplado. Nada es nuevo del todo en ese decorado, pero nunca antes unas elecciones europeas se celebraron en un momento menos propicio para la reflexión y más viciado por la incertidumbre social. Porque solo admitiendo que el clima de inseguridad social se ha adueñado de Europa es posible entender cómo los sondeos otorgan la victoria al Frente Nacional en Francia, el segundo lugar al UKIP en el Reino Unido y el mismo resultado al Movimiento 5 Estrellas en Italia, por citar los pronósticos en tres de los grandes estados y de las grandes economías de la UE. Hablar, en suma, de crisis de identidad en la empresa europea hacia la unidad no es solo una frase: responde a una realidad precisa con efectos potencialmente muy lesivos para el futuro, porque el funcionamiento institucional de Europa será extremadamente débil si, al mismo tiempo, una parte significativa de los europeos no desean ser cómplices, sino que, antes al contrario, prefieren ser reconocidos como contrarios al proyecto político llamado Europa.

Los ultras apuntan al Europarlamento

La caída de la confianza de los europeos en la UE eleva hasta cotas desconocidas las perspectivas electorales de la extrema derecha, antieuropeísta y xenófoba, con la mirada puesta en la cita de la próxima primavera, cuando se renovará la Eurocámara. El índice de confianza no alcanza el 40% en ninguno de los grandes países –Polonia se queda en el 39%–, según los datos suministrados por Eurostat correspondientes a un sondeo realizado en mayo de este año; solo Francia supera el 30% y España se queda en el 17%, por debajo incluso del Reino Unido (20%), una foto fija de la desconfianza en todas partes. Se ha pasado de la idea muy extendida de que los periodos de crisis dan oportunidad a las soluciones creativas a la sensación no menos extendida de que la crisis es la gran ocasión de la ortodoxia ultraliberal para someter el Estado del bienestar a las exigencias de un sistema tecno-financiero globalizado.

No hay una sola encuesta que no recoja que el esprit des temps ha acabado con la complicidad necesaria entre gestores y ciudadanos para que la construcción económica y política de la Europa unida no sea solo un proyecto de las élites. La empatía ha desaparecido, las instituciones se han acogido a un léxico indescifrable para los electores, los estados mayores de los grandes partidos se han entregado a la cultura del pacto perpetuo hasta desdibujarse en el seno de una tecnocracia que tiende a homogeneizar las ideologías y los estados han logrado que las cumbres intergubernamentales suplanten en el escenario el papel que los europeístas quisieran ver representado por la Comisión. Un nacionalismo de última generación se ha adueñado de la situación y no son pocos los que temen que, por este camino, el Parlamento Europeo corre el riesgo de acoger una floración de grupos parlamentarios de disciplina estrictamente nacional en detrimento de los grandes grupos de adscripción ideológica: popular, socialista, liberal, etcétera.

Marine Le Pen y Geert Wilders, el día 13, después de anunciar que se alían para acabar desde dentro con el “monstruo que supone Europa”.

El correlato inmediato es el temor a que una participación espectacularmente baja en las próximas elecciones europeas, situada claramente por debajo del 49% del 2009, dé como resultado un Parlamento con una minoría ultra en condiciones de torpedear toda iniciativa tendente a ampliar las atribuciones supranacionales a costa de la soberanía de los estados. El auge de la extrema derecha en tantos países de la UE y la concreción de una alianza antieuropeísta franco-holandesa constituida por el Frente Nacional, que dirige Marine Le Pen, y por el Partido de la Libertad, que pilota Geert Wilders, no son más que el síntoma visible de que una grave enfermedad amenaza a Europa, que los ciudadanos ven cada día menos como un gran proyecto político con el que merece la pena comprometerse.

A lomos de la crisis o vapuleada por ella, la UE se ha convertido en una estructura antipática, promotora de imposiciones defendidas por burócratas y políticos insensibles a las tragedias personales, figuras distantes que ven en la televisión comunidades condenadas a un futuro incierto y a una pobreza del todo cierta, prescriptores soberbios de recetas encaminadas a cuadrar los números del modelo macroeconómico. Al mismo tiempo, el establishment político europeo se aplica a neutralizar la competencia de la derecha apocalíptica mediante la incorporación a sus programas de las medidas que defienden los adversarios de la unidad europea –véase el rumbo del ministro francés del Interior, Manuel Valls, en cuanto atañe al tratamiento de la inmigración o la instalación de concertinas de seguridad en el perímetro de Melilla–, de tal manera que, en la práctica, facilitan la difusión de las doctrinas más odiosamente sectarias. Por no hablar del debilitamiento de la legitimidad de las instituciones europeas cada vez que un Parlamento nacional somete a ratificación una decisión de la UE (así sucede en Alemania, Austria, Holanda y Finlandia), aunque haya quien ve en ello –Enrique Barón lo defendió el último martes en el Cidob– un ejercicio de compromiso democrático del parlamentarismo nacional con las instancias europeas.

Mientras tanto, abundan los estudios que indican que una Europa sin inmigrantes carece de futuro y una Europa empobrecida, debilitada hasta el tuétano por la austeridad a todas horas, está condenada al estancamiento. Christal Morehouse, una analista de la fundación alemana Bertelsmann Stiftung, afirma que la solución a los problemas demográficos de Europa para el siglo XXI se encuentra más allá de sus fronteras, según los cálculos del Foro Económico Mundial, que ella da por buenos: “En menos de dos décadas, Europa occidental necesitará atraer fuerza de trabajo equivalente al tamaño de la población activa actual de la mayor de sus economías, la alemana, a fin de mantener el crecimiento económico”. Y, al mismo tiempo, el profesor Michael Spence, premio Nobel de Economía, subraya que el exceso de ahorro de Alemania, en aras de la austeridad, agrava los desequilibrios comerciales en el seno de la UE y limita las inversiones.

Cartel electoral de Jean-Marie Le Pen correspondiente a la primera vuelta de la elección presidencial de 1974.

Ni que decir tiene que el refinamiento técnico de estos detalles importa poco a los adversarios por principio del euro, de la unidad de Europa y de la futura viabilidad del continente como actor político. De hecho, la antipatía que se ha ganado la UE mediante el recurso a una contabilidad que todo lo justifica, libera a la extrema derecha de dar mayores explicaciones a capas sociales desorientadas. ¿Quién hubiese podido prever que una hija de Jean-Marie Le Pen, el pintoresco candidato a la presidencia de Francia de 1974, condicionaría la agenda política de 2014 con perspectivas electorales por encima del 20%? ¿Quién hubiese podido imaginar que la sociedad culta de una democracia avanzada como la francesa dejaría la iniciativa a la descendiente del candidato que en 2002 disputó la presidencia a Jacques Chirac, pero pareció entonces que jamás podría igualar aquel hito? Hoy nadie sabe cuál es techo electoral del Frente Nacional.

Es muy posible que el silencio político de Francia tenga que ver con el auge ultra. El pensamiento europeísta de Francia es demasiado importante, hasta hoy ha sido demasiado influyente, como para que no tenga ninguna repercusión la ausencia del debate del acento francés, factor de equilibrio tradicional del acento alemán. El hermetismo del presidente François Hollande pesa en la desorientación europea en la misma medida que la reacción defensiva de una sociedad asustada y envejecida, la francesa, ante los peligros que se ciernen sobre un modelo social que discuten a un tiempo el Gobierno alemán, el Banco Central Europeo y los adversarios históricos del Estado social. Acaso los síntomas de decadencia de Francia sean, asimismo, un síntoma elocuente de la decadencia de Europa, en la misma proporción que lo es la dirección alemana de los asuntos europeos, con la mirada de Berlín dirigida hacia el norte, el centro y el este del continente, mientras el mundo greco-latino aparece como una molesta impugnación del futuro perseguido por los mercados hegemónicos.

En este cruce de caminos, Thomas Wieder se ha remitido en las páginas de Le Monde al precedente de 1983, cuando François Mitterrand, a los dos años de ser elegido, hubo de enfrentar una crisis social y política de grandes proporciones con unos índices de aceptación del 30%. Entonces, como ahora, el Gobierno estaba dividido y la presión conservadora funcionaba a toda máquina, pero, a diferencia de hoy, era muy inferior la predisposición de una parte del auditorio a  buscar cobijo en la extrema derecha. La disputa social se desarrollaba desde frentes políticos convencionales, con viejas y sólidas convicciones democráticas, mientras que ahora la lealtad democrática de los antieuropeístas acérrimos hay que ponerla en cuarentena. Por lo demás, no había en la calle europea siglas como la de la refundada Forza Italia, que ocultan su oposición a Europa detrás de un confuso discurso populista que todo lo contamina.

El texto de Wieder recoge una cita de 1983 aplicable al presente: es del periodista Jean-François Kahn y alude al proyecto prematuramente envejecido con el que Mitterrand se presentó a la elección de 1981, algo parecido a lo que le sucede hoy a Hollande. Pero el articulista se refiere también al estado de desgracia, una expresión acuñada por Jean Charlot que se corresponde con el ambiente depresivo que se ha adueñado de Francia y la desazón de millones de europeos que no oyen desde hace años un solo mensaje comprensible que induzca a confiar en el futuro.

CrecimientoLos trabajos de prospectiva difundidos cuando el año se encamina hacia su fin justifican esos estados de ánimo. El último, publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), prevé para la Eurozona un crecimiento medio del 1% en el 2014 –la media mundial se situará en el 3,6%; la de la OCDE, en el 2,3%; la de Estados Unidos, en el 2,9%–, y del 1,6% en el 2015, muy por debajo de la media mundial (3,9%) y de Estados Unidos (3,4%). El vaticinio depende, además, de que no se concrete una borrasca que amenaza dar al traste con los augurios para el 2014: más debilidad de la prevista en las economías emergentes, incluida la china. Si eso sucede, es de temer un debilitamiento de los intercambios comerciales a escala mundial, de los flujos de inversión y formación de capital, y el mantenimiento de la media de la tasa europea de paro por encima del 12% (el 25% para España, décima más décima menos).

¿Cómo movilizar a los electores si ese es el porvenir que nos aguarda mañana? ¿Cómo evitar que crezcan las adhesiones en las filas del euroescepticismo más ruidoso si los europeísta convencidos, salvo excepciones, no son capaces de ir más allá de una gestión de la crisis con efectos extenuantes? ¿Cabe considerar a la extrema derecha antieuropeísta la última adaptación al medio de las ideologías totalitarias, opuestas a la democracia? Si es así, ¿debe aceptarse el recurso a los mecanismos del Estado democrático –de la Europa democrática– por quienes se oponen a él?

El profesor Jan-Werner Mueller, de la Universidad de Princeton, se pregunta: “¿Existe un lugar dentro de las democracias liberales para los partidos aparentemente antidemocráticos?” Las respuestas son harto arriesgadas. Mueller sostiene que, frente a las amenazas, “la autodefensa democrática parece un objetivo legítimo”. Pero la determinación del nosotros y del ellos presupone –es mucho presuponer– que no hay asomo de duda en cuanto a la fijación del límite a partir del cual la cultura democrática se pone en peligro. Y, aun en este caso, cualquier restricción política no justificada por el recurso a la violencia, conlleva privar del derecho de representación política a colectivos de dimensión variable. Ese no es el debate que debe afrontar Europa, sino otro en el que se planteen alternativas viables y visibles al estado de desgracia que ha hecho posible que el verbo inflamado de los ultras cautive a una parte de la calle europea, privada de esperanza.