Ucrania cambia el ciclo en Europa

Doblado el cabo del primer mes de guerra en Ucrania, las dos únicas certidumbres son que la cohesión de los aliados occidentales sigue incólume y la determinación de Vladimir Putin de no detener la invasión hasta alcanzar sus objetivos no presenta grietas o al menos estas no son visibles. La otra certidumbre derivada de la guerra, no sobre su desarrollo, es que el statu quo heredado del final de la Segunda Guerra Mundial, varias veces parcheado y puesto al día, sufre daños irreparables y cualquiera que sea el desenlace de la crisis, será preciso poner en pie otro de nueva planta que atienda al multilateralismo o multipolaridad, puede que menos estable, pero más acorde con la herencia que dejará la batalla.

Es patente la sensación de final de ciclo en Europa, con repercusión directa en todo el mundo, con China expectante ante un futuro que necesita razonablemente previsible para no dañar sus negocios. Es igualmente manifiesta y urgente la necesidad de Europa de garantizar su independencia energética o, por lo menos, de borrar la imagen de una dependencia sumamente debilitadora de su capacidad para actuar liberada de servidumbres como la del suministro de gas ruso. Y queda por ver si la globalización supera la prueba de resistencia a la que está siendo sometida desde que Vladimir Putin dio la orden de ataque.

La invasión rusa ha cambiado todas las reglas del juego; la agresión a un Estado soberano es un casus belli de libro –lo fue, por ejemplo, la ocupación iraquí de Kuwait en 1990–, pero el escudo nuclear ruso y la inconcreción de China hacen imposible una reacción coordinada de la comunidad internacional para restablecer el orden dañado. Al mismo tiempo, es una incógnita indescifrable saber cuál es de verdad la relación de fuerzas dentro de las murallas del Kremlin, hasta qué punto los intereses de los oligarcas obligan a estos a seguir a Putin como la nobleza seguía al zar y los apparatchik, al secretario general del PCUS, y cuál es el estado de ánimo del generalato –el gran mudo– un mes después de desencadenar la carnicería (lo único cierto es que el ministro de Defensa de Rusia, Serguéi Shoigu, y el jefe del Estado Mayor, Valeri Guerásimov, brillan por su larga ausencia de los focos).

Son tantas las incógnitas que el politólogo canadiense Michael Ignatieff cree que los aliados occidentales deben fijar sus propios objetivos, aunque tal cosa implique “caminar por una delgada línea entre la desgracia de una acción insuficiente y el riesgo de una arrogancia estratégica”. “Pero la estrategia de Occidente no puede construirse sobre qué no hacer –escribe Ignatieff–. La OTAN y sus aliados deben definir un objetivo positivo”. Algo que choca o, por lo menos, está condicionado por el recuerdo que el presidente Joe Biden conserva de las dos semiderrotas de los últimos veinte años. “En Estados Unidos, los síndromes de Irak y de Afganstán no se han disipado”, sostiene Alain Frachon en Le Monde. El temor a incurrir en “arrogancia estratégica” pesa más que la necesidad de dar con las medidas apropiadas para contener a Rusia y neutralizar los riesgos de la escalada en la que se ha instalado Putin.

La teoría de la contención del adversario –la Unión Soviética–, desarrollada por el diplomático estadounidense George F. Kennan y mil veces retocada durante la guerra fría, dio paso al hundimiento de la URSS a una exaltación sin matices de la globalización. El comercio mundial debía fluir al margen de la política en beneficio de todo el mundo, cuenta Tom McTague en The Atlantic, debía traducirse en una asociación ideal de intereses, una especie de utopía posmoderna que llevó a Alemania y otros países a atender sus necesidades energéticas mediante contratos de suministros con Rusia, la construcción de gasoductos y la consolidación de una dependencia que nadie quiso prever. De lo que deduce el articulista que detrás de la unidad occidental asoman contradicciones de difícil resolución, porque para Estados Unidos no tiene coste efectivo alguno prescindir del gas ruso, pero para muchos estados europeos significa poco menos que un cambio de paradigma.

En estas condiciones, definir “un objetivo positivo”, como reclama Ignatieff, resulta más que complicado. Lo es, desde luego, el propósito de defender Ucrania, su derecho a no ser un Estado vasallo, pero es este también un objetivo genérico, un desenlace ideal de la crisis que seguramente no se hará efectivo en los términos planteados por los aliados occidentales. El problema es que ir más allá, con exigencias inasumibles para Europa en el corto y medio plazo, entraña el riesgo de que aparezcan líneas de factura que, aunque queden desdibujadas por las declaraciones oficiales, debilitarán la respuesta occidental. Sobre todo si es preciso, como se antoja probable, que se llegue a la paradójica situación de que, para evitar males mayores, los responsables del despliegue militar de la OTAN en el frente oriental deban comunicarse con sus iguales del lado ruso si la arremetida del Ejército de Putin se acerca peligrosamente a la frontera occidental de Ucrania. No descarta tal cosa Sarah Bidgood, directora del Eurasia Nonproliferation Program.

Todo lo cual contribuye a esa sensación de final de ciclo, a alimentar todos los días más dudas sobre qué deparará un futuro cada día más imprevisible. En cierta forma, los hechos han dado una vez más la razón a Sandro Pertini, que en cierta ocasión dijo: “A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza”. El veterano político italiano no se refirió a una situación en concreto, sino al état d’esprit que con tanta frecuencia se adueña de litigios en los que la victoria es imposible y la derrota, inasumible. Así sucede en Ucrania, sumida en la desolación.

 

El PCCh cumple cien años

Nadie hace un siglo se hubiese atrevido a vaticinar que el despertar de China tendría las dimensiones y el impacto que hoy todos conocemos. Los fastos para celebrar los 100 años de la fundación del Partido Comunista Chino (PCCh) no han sido solo la ocasión para que el régimen hiciera ostentación de su buena salud y creciente poder en todas direcciones, sino para confirmar aquello por lo demás largamente intuido: los herederos del Imperio del Medio están en condiciones de disputar a Estados Unidos la doble hegemonía política y económica. La pregunta que figura en la portada del último número de la revista Foreign Affairs es poco más que retórica: ¿Puede China seguir ascendiendo?

“La ambición y la ejecución no son lo mismo”, escribe en el citado bimensual el sinólogo Jude Blanchette. La pretensión de ejercer un control o dominio sobre los asuntos mundiales no forma parte de la cultura política china, afirma Daniel Rosen, que se demora en subrayar los esfuerzos sin éxito para reformar el sistema y actualizar su relación con el resto del mundo. Ambos analistas comparten la impresión de que el presidente Xi Jinping, titular de un poder omnímodo y desconocido desde que el reformista Deng Xiaoping ocupó el puente de mando, ha colocado al país en una trayectoria arriesgada, si no de colisión, sí de confrontación con Estados Unidos, que pone en peligro los logros consolidados por sus predecesores a partir de la carnicería de Tiananmen (junio de 1989), que cercenó sin miramientos el proceso de apertura política que siguió a la mejora de la economía.

De la lectura del ensayo de John J. Mearsheimer The tragedy of great power politics el periodista Mateo Madridejos deduce en El siglo de Asia que el ascenso de China “no será pacífico”, y de la existencia de un cinturón de adversarios de China –Corea del Sur, Japón, Taiwan, Vietnam, India, puede incluso que Filipinas– diferentes think tanks se atreven a pronosticar la concreción por mucho tiempo de una amplia región, del Pacífico Occidental al centro del Índico, sometida a la estrategia de la tensión. Mearsheimer advierte, además, de la tendencia revisionista de todas las superpotencias para impugnar el statu quo en beneficio propio, lo que hace inevitable el disenso entre China y Estados Unidos y sus aliados. Ya advirtió Henry Kissinger en 2012 que los estrategas de Washington y de Beijing se habían abstenido de acordar “una idea conjunta del orden mundial”.

Hoy se antoja demasiado tarde para que tal conjunción se produzca. El régimen chino ha impedido la colonización tecnológica del país por Estados Unidos y ha logrado ser el gran competidor en cuatro ámbitos fundamentales: el desarrollo del 5G, la inteligencia artificial, el manejo del big data y la carrera espacial. El partido ha aprovechado con habilidad la percepción generalizada en la sociedad china de que la democracia pluripartidista es un modelo político ajeno a la tradición nacional. Y ha sofocado con un coste mínimo para la cohesión interna del Estado las crisis de Hong Kong, Xinjiang y el Tibet; ninguno de los tres conflictos ha contaminado, ni siquiera episódicamente, una sociedad en cuya memoria colectiva prevalece el recuerdo de las penalidades vividas y las compara con los logros materiales de los últimos decenios, y que, al mismo tiempo, reverencia a Mao Zedong como al más ilustre de sus hijos, a quien exalta como el liberador de China de la injerencia extranjera y fundador de la patria rehabilitada.

Es obvio que el PCCh ha vaciado el maoísmo de contenido porque el partido se ha convertido en una organización que cultiva un nacionalismo exacerbado, un centralismo sin concesiones y un control absoluto de las dinámicas sociales, sin sitio para la disidencia o la crítica. Pero el recuerdo de Mao es útil para sostener una estructura que tiene poco que ver con el revisionismo de Deng –un poder colegiado– y mucho con el modelo de presidencia vitalicia de facto promovida por Xi mediante una reforma constitucional. No es exagerado concluir que el partido ha vuelto la mirada al legado confuciano para garantizar la estabilidad, un cambio paradójico de estrategia porque el maoísmo fue decididamente anticonfuciano y denostó la idea de armonía social desarrollada por Confucio y sus discípulos. Es pronto para preguntarse cuáles pueden ser las consecuencias a largo plazo de la intersección de maoísmo y confucianismo; solo es posible constatar que ha servido al PCCh para contrarrestar la influencia de Occidente, según sostiene Xulio Ríos entre otros autores.

A la luz de la sucesión de desencuentros durante la presidencia de Donald Trump y de la voluntad de Joe Biden de traducir en hechos el eslogan America is back, parecen muy lejanos los buenos augurios que hace solo siete años incluyó el exsecretario del Tesoro Henry M. Paulson en Deadling with China. Creía Paulson que era posible encauzar la competencia entre las superpotencias mediante un compromiso político y económico, a través de una forma ad hoc de soft power que serenara los espíritus y estableciera un código de conducta respetado a ambas orillas del Pacífico. Sigue habiendo, sobre todo en Europa, quienes estiman que desenterrar el modelo de la guerra fría y de la contención del adversario, de acuerdo con el análisis de George F. Kennan aplicado a la competencia con la URSS, es un error estratégico que envenenará la coexistencia entre contrincantes, y la opinión pública europea, en general, se muestra despreocupada con el ascenso chino. Pero son cada vez más las voces en la Unión Europea que manifiestan su desconfianza hacia el poder del gigante asiático, de su nueva ruta de la seda sin contrapartidas, sin garantías de seguridad específicas y otros requisitos que eviten la colonización china en el sector de las nuevas tecnologías.

De haber tenido noticia de ello, nadie se habría atrevido a otorgarle larga vida a la organización fundada en 1921 en Shangái por un grupo de doce jóvenes. Sin embargo, el PCCh ha sido el artífice absoluto de la transformación de una sociedad agraria en extremo atrasada en otra que opera a escala global. El secreto del éxito del maoísmo sin Mao es que el papel del Gran Timonel ha quedado reducido al de ser el padre de la nación renacida; el resto de cuanto procede del partido es resultado de la adaptación al medio, de hacer de la necesidad virtud y de utilizar una férrea disciplina social en una máquina sin parangón de producir e innovar, sometida al control estricto de una autoridad suprema que apenas nadie impugna. La esperanza de vida de tal modelo es desconocida.

Putin marca los tiempos en Ucrania

Ucrania tiene dos almas y una de ellas habla ruso. He ahí la razón primera, que no la única, de la fractura social y la crisis política que soporta el país desde hace meses. A partir de ahí, la Ucrania surgida en 1991 de la descomposición de la URSS se debate en un mar de confusiones, dudas y medias verdades en el que se entrecruzan el choque de identidades, diversas formas de nacionalismo, a veces xenófobo, el oportunismo de políticos cuya notoriedad obedece a una situación desquiciada, europeístas convencidos y el temor de las comunidades ucraniana y rusa de quedar al margen de la historia si no logran imponer su punto de vista. El paisaje forma parte del álbum familiar de los pueblos situados en la periferia de Rusia, de la tensión multisecular entre la herencia asiática y la impronta europea, de la opinión muy extendida en el nacionalismo ruso de que el territorio ruso no puede tener otro límite admisible que el del área rusohablante.

Para completar la complejidad del problema no puede soslayarse la realidad histórica de que el origen común de Rusia y Ucrania a partir del rus de Kiev –siglos IX y X–, una referencia que incorpora a veces relatos improbables, pero invocados con frecuencia por la comunidad rusófona para argumentar que la asociación con Rusia debe tener preferencia por encima de cualquier otra. Algunos analistas comparan la relación emotiva del nacionalismo ruso con Ucrania con el del nacionalismo serbio con Kosovo, pues fue en Kosovo Polje, cerca de la Pristina moderna, donde fue derrotado el último zar serbio en 1389 por el sultán otomano Murad I, episodio capital en la construcción del imaginario colectivo de la identidad nacional serbia. Y, como sucedió en Kosovo con Serbia, resulta poco menos que sacrílego para el nacionalismo ruso –el papel político desempeñado por la Iglesia ortodoxa rusa no es menor– imaginar una Ucrania alejada de los intereses rusos y mediatizada por Occidente.

Claro que los ingredientes emotivos del caso no son los únicos, aunque pesan mucho. Además de la creencia muy extendida en la comunidad académica de que “Rusia sin Ucrania es un país, pero Rusia con Ucrania es un imperio”, el presidente Vladimir Putin tiene razones políticas y económicas de peso para oponerse a una vinculación comercial preferente de Ucrania con la UE. La primera es garantizar que el gas ruso fluirá sin problemas por la red de gaseoductos ucraniana hasta que estén en pleno funcionamiento canales de distribución alternativos. La segunda es la necesidad de mantener una posición preferente en un mercado de más de 40 millones de consumidores que las empresas exportadoras rusas entienden que forma parte de su patio trasero. La tercera razón, tan importante como las dos anteriores, es la existencia en el puerto de Sebastopol de la base en régimen de arrendamiento de la flota rusa en el mar Negro.

Cuatro mapas elaborados por ‘The Washington Post’ en los que queda reflejada la delimitación de las áreas de cultura ucraniana (oeste) y rusa (este). Arriba, a la izquierda, el reparto del país entre ambas comunidades; arriba, a la derecha, la división étnico-lingüística; abajo a la izquierda, el resultado de la elección presidencial del 2004, y a la derecha, el del 2010.

Aun así, algunos analistas rusos dudan de que Putin haya optado por la mejor de todas las alternativas posibles para defender los intereses rusos. “De hecho, el acuerdo de asociación UE-Ucrania podría beneficiar a la vez a Ucrania y Rusia, especialmente en mayores intercambios comerciales, sociales y culturales”, han escrito dos analistas rusos en The Moscow Times. Oleh Havrylyshyn y Svitlana Kobzar recuerdan que a partir del ingreso de Polonia en la UE las cifras de negocio no solo no cayeron, sino que “crecieron desde los 4.000 millones de dólares en el 2004 a más de 10.000 millones”. Y, en el mismo periódico, otro análisis de la situación publicado con anterioridad se tituló significativamente La estupidez ilimitada de Yanukóvich, en alusión a las salidas a la crisis cegadas por el presidente ucraniano para proteger a su hijo mayor y al círculo de amigos que le acompaña, “todos asquerosamente ricos”, a quienes se identifica como los verdaderos gobernantes del país.

La torpeza de Viktor Yanukóvich para enderezar la situación da la razón a cuantos ven en él a alguien incapaz de comprender las consecuencias de sus acciones a largo plazo. Las etapas quemadas por el presidente ucraniano desde que rechazó la asociación con la UE, el 21 de noviembre del año pasado, han transmitido la imagen de alguien obligado a improvisar, forzado por las circunstancias, enfrentado a una oposición cada vez más envalentonada, aunque también más desdibujada a causa del aterrizaje en la vía pública de los portavoces de un nacionalismo radical y excluyente, bastante alejado del ideario europeísta y que, contra lo que pudiera pensarse, apenas han hecho referencia al encarcelamiento de la exprimera ministra Yulia Timoshenko, condenada en un oscuro proceso sin garantías. De forma que los rostros de quienes dirigen a la oposición en la calle destacan más por la determinación en la acción directa y el acoso al Gobierno hasta lograr su dimisión que por la defensa de un programa viable que evite sumir al país en el caos.

Esa doble realidad –un presidente debilitado y una oposición sin proyecto– agudiza en la sociedad los efectos de la división. El diario liberal The Washington Post ha comprobado sobre el terreno la profundidad de la fractura entre las comunidades ucraniana y rusa. La división es categórica: al oeste habita la población que se siente más apegada a la herencia ucraniana; al este, la que se siente parte integrante del universo ruso. “La viabilidad del futuro ucraniano supera la idiosincrasia de los gobernantes porque deben conjugar dos enfoques totalmente diferentes e irreconciliables”, según un bloguero ruso cuyo diagnóstico es fácil compartir.

Aunque, a decir verdad, no hay una incompatibilidad insalvable entre el proyecto original de Yanukóvich de acercarse a la UE y la pretensión rusa de mantener a Ucrania en su órbita.Pero las apariencias engañan si, como piensa el profesor Zbigniew Brzezinski, que fue consejero de Seguridad Nacional del presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, existe algún tipo de acuerdo secreto ruso-ucraniano. En este caso, el margen de maniobra de Yanukóvich sería muy pequeño y estaría obligado a atenerse a los dictados del Kremlin con la disciplinada obediencia de los últimos meses. Según Brzezinski, Rusia necesita a Ucrania y, por añadidura, quiere desterrar del pensamiento europeo la hipótesis de un futuro con una extensión por el este de los límites de la UE y de la OTAN.

George F. Kennan (1904-2005), diplomático estadounidense.

Que el 40% de la población ucraniana quiera acercarse a Europa es un dato a tener en cuenta, pero dista de ser un argumento concluyente en el proyecto ruso a medio plazo de recuperar la influencia perdida, condicionar la orientación política de algunos de los estados que un día fueron repúblicas de la Unión Soviética y contrarrestar el despliegue en Europa del escudo antimisiles. La sensación rusa de vivir cercada por adversarios reales o potenciales forma parte de la tradición histórica de la gran nación, esforzada siempre en la empresa de garantizarse salidas al mar y delimitar su área de influencia política, económica y cultural. Putin bebe en las fuentes de esta tradición, subrayada por un estilo autoritario, a menudo despótico, que entronca con otra tradición, la del zar bueno, duro, justo y magnánimo, cuya consagración internacional en nuestros días depende de episodios tan distintos como la liberación del explutócrata Mijail Jodorkovski, el dispendio asociado a la celebración de los juegos olímpicos de Sochi o las exhibiciones de músculo y valentía en prácticas deportivas de riesgo.

Pero no solo la tradición alimenta y explica la sintonía entre Putin y la mayoría social rusa. También cuenta la poca habilidad exhiba por la UE para presentar el acuerdo con Ucrania como un paso más en el acercamiento de las fronteras económicas comunitarias a las occidentales de Rusia. La visita de Putin a Bruselas para entrevistarse con Herman Van Rompuy y José Manuel Durao Barroso tenía que ser forzosamente un compendio de frialdades porque el presidente ruso considera que es él quien debe marcar los tiempos en la crisis ucraniana; la mediación de Catherine Ashton en Kiev entre Gobierno y oposición no tiene mejor pronóstico. Quizá no se haya extinguido por completo en el pensamiento ruso –tampoco en el occidental– la cultura de la guerra fría, y Ucrania solo pueda ser cosa de Rusia después del periodo de desbarajuste que siguió a la quiebra de la URSS; quizá aún sea útil el realismo practicado por el diplomático estadounidense George F. Kennan, autor de frases tan rotundas como la siguiente: “La mejor cosa que podemos hacer si queremos que los rusos nos dejen ser americanos es dejar a los rusos ser rusos”.

Todo el mundo sabía cuáles eran sus límites en el mundo de la guerra fría, hasta dónde podía inmiscuirse en los asuntos de su adversario y cuándo debía levantar el pie del acelerador. Aquel era un mundo cargado de sobreentendidos y ajustado a unos rituales estrictos, pero la estabilidad de las relaciones entre las grandes potencias fue en aumento a partir de la crisis de los misiles de Cuba (octubre de 1962), incluso en épocas difíciles; aquel era un mundo dotado de vías de escape cuando las relaciones entre las superpotencias empeoraban; aquel era, al mismo tiempo, un mundo que consagró la injusticia y sacrificó grandes áreas geoestratégicas en aras de la estabilidad y de la seguridad. ¿Saben hoy cuáles son sus límites los implicados en la gestión de la aldea político-económica global?  No hay formar de contrarrestar la sensación de que, demasiado a menudo, manca finezza.