Tiro por la culata de Theresa May

Si cabe asociar victoria a amargura, en pocos casos es tan palpable como en el resultado obtenido por el Partido Conservador en las elecciones celebradas el jueves en el Reino Unido, en la trampa para elefantes en la que ha caído Theresa May. En idéntico sentido, puede calificarse de dulce derrota el resultado cosechado por el Partido Laborista y la consolidación de Jeremy Corbyn, un líder denostado dentro y fuera de su partido de forma particularmente sañuda que, sin embargo, ha sabido sacar el mayor beneficio imaginable a la errática campaña conservadora, a la atonía de May, al impacto emocional de los atentados de Manchester y Londres y a la confusión alimentada por la negociación del Brexit, que debe empezar el día 19. Aspiraba la primera ministra a obtener una mayoría reforzada y lo que ha logrado es una “pérdida humillante de la mayoría” (The Times).

El desastre en escaños no es mayor para los conservadores porque el sistema británico –distritos unipersonales y elección a una vuelta– facilita que con un resultado del 42% para los tories y del 40% para el laborismo, la diferencia sea de 318 a 261 diputados. Pero más allá de este dato, lo realmente relevante es que Corbyn ha quedado a menos de un punto del porcentaje logrado por Tony Blair en 2001 (413 escaños). Nadie puede llamar exagerado a Owen Jones, del diario progresista The Guardian, cuando tira de ironía y llama a May “el peor primer ministro desde David Cameron”, su antecesor en Downing Street, que metió al Reino Unido en el galimatías del Brexit el año pasado mediante un referéndum que pudo haberse ahorrado a poco que hubiese sabido domeñar a los eurófobos del Partido Conservador. Como suele suceder a quienes se personan en las urnas para disponer de una mayoría excepcional –Artur Mas, un antecedente de aquí en 2012–, acaban con una minoría comprometedora que obliga a pactos forzados, cuando no indeseados, para cortar la hemorragia del tiro en el pie.

El recurso a los unionistas de Irlanda del Norte (10 escaños) para alcanzar la mayoría necesaria en el Parlamento –hung parliament, Parlamento colgado, de momento– debe entenderse como un juego de manos forzado por las circunstancias y discutido desde ahora mismo por personalidades conservadores como el excanciller del Exchequer, George Osborne, que entiende que la alianza crea “una situación insostenible”. Inestable, debe añadirse, porque la alianza debilita la de por sí debilitada figura de May, deja en el alero el enfoque del Brexit y aplaza la revisión de las políticas de seguridad, cuya ineficacia ha puesto en evidencia el último atentado de Londres. Dice Osborne que los conservadores retienen los despachos, pero no el poder, y no son pocas las personalidades del partido que, como él, temen que las decisiones que corresponden a Londres se tomen ahora en Belfast con demasiada frecuencia.

Se trate o no de una exageración interesada, lo cierto es que esta posible mayoría está lejos de poder garantizar “un buen Brexit”, como decía la primera ministra durante la campaña y que debía entenderse como un hard –duro– Brexit , al estilo del barruntado por el UKIP, el partido eurófobo por antonomasia, que se ha quedado sin representación en los Comunes. Pero tampoco da oportunidades a los posibilistas del Brexit: ya que inevitable, que sea al menos blando, que permita mantener los lazos del Reino Unido con el mercado único y con la unión aduanera. Puede, incluso, que tengan una oportunidad quienes ven en este Parlamento sin mayoría la ocasión de detener el proceso y regresar a la casilla de salida para conjurar el despropósito –¿otras elecciones, otro referéndum?–, como lamentaba Nigel Farage, ideólogo de la eurofobia, la madrugada del viernes.

¿Cambiaría mucho las cosas que Theresa May hubiese presentado la dimisión habida cuenta del fracaso personal cosechado? Probablemente, no demasiado, salvo que su sucesor formara un Gobierno de gestión, aletargara el Brexit y convocara otras elecciones para, esta vez sí, aclarar qué desean realmente los votantes. Una salida a la española considerada entre otros por John Carlin, cuyo diagnóstico de lo que aguarda a los británicos con la salida de la UE es rotundo y sin medias tintas: “El futuro del Reino Unido fuera de Europa es pobre, irrelevante y oscuro”. Pero ¿cambiaría algo los datos del problema si quien sustituyera a May fuese alguien como Boris Johnson, una mezcla extravagante de erudición y patanería?

En ningún caso sería verosímil la formación del Gobierno fuerte y estable que publicitaba el eslogan de campaña de los conservadores porque todos los análisis coinciden en que el tiro por la culata de la primera ministra ha dividido más al partido, alientan en él más que nunca dos puntos de partida históricamente incompatibles desde que Edward Heath sumo el Reino Unido a la UE: el de quienes estiman prioritario el vínculo europeo y el de aquellos que creen todavía que los atributos de soberanía son innegociables y a los británicos siempre les ha ido mejor inmiscuirse en los asuntos continentales desde la distancia. Y este clima de división queda muy lejos del periodo de estabilidad reclamado por May como condición primera para abordar ordenadamente el futuro. Tan lejos queda, quizá, que la deseada estabilidad no deja de ser una quimera (The Independent).

En esta atmósfera de inesperada densidad el peso de los atentados en el comportamiento de los electores tiene menos importancia que descifrar si el Brexit sigue siendo un deseo mayoritario. Porque incluso en el caso probable de que una parte de los votantes haya optado por castigar a May a raíz del doble zarpazo yihadista de los últimos días, las sutilezas y efectividad de la lucha antiterrorista escapan a la opinión pública mucho más que las incógnitas sin despejar de la desconexión de la UE. En última instancia, está muy extendida la convicción de que la seguridad absoluta no existe y siempre es posible que los iluminados de la bomba hallen un resquicio para consumar sus fechorías y, al mismo tiempo, está también muy extendida la idea de que quedarse o no en la UE depende en exclusiva de decisiones políticas perfectamente controlables. Como ha escrito Andrew Grice en The Independent, acaso los partidarios de quedarse en la Unión Europea y los jóvenes que no se molestaron en ir a votar en el referéndum del año pasado tendrán ahora la ocasión de tomarse la revancha, siquiera sea porque el jueves el hard Brexit pasó a mejor vida… Salvo sorpresas nada desdeñables en esa ceremonia de la confusión.

 

 

El ‘Brexit’ siembra el pánico

La Unión Europea se tienta la ropa conforme se acerca el 23 de junio, esa fecha fatídica o punto de inflexión o de no retorno, depende de cómo se mire. El Brexit ha puesto las bolsas en un grito, ha desencadenado sombríos vaticinios en las finanzas mundiales si el Reino Unido deja la UE y ha movilizado a todo el mundo –instituciones, políticos, medios de comunicación– para evitar que las urnas confirmen las encuestas, según las cuales son mayoría los partidarios de la salida. Cómo afectará o corregirá el pronóstico la muerte de la diputada laborista Jo Cox a manos de un presunto ultra –Gran Bretaña primero– con problemas psíquicos es algo que escapa a los modelos matemáticos y a los análisis demoscópicos, y lleva quizá la campaña hacia los sentimientos a flor de piel, tan poco medibles.

El choque incruento de dos flotillas en aguas del Támesis, a favor y en contra de seguir en la UE, la refriega en los periódicos alentada por Rupert Murdoch, eurófobo sin fisuras, la reacción previsora de los técnicos del Banco de Inglaterra y del Banco Central Europeo para hacer efectivo un plan de choque si vence el Brexit, la intranquilizante política de recortes presupuestarios que anuncia George Osborne, el éxito de Nigel Farage, tan enaltecido por Murdoch, configuran un panorama desasosegante y, al mismo tiempo, bastante apegado a las tradiciones políticas británicas: nosotros y el continente; sus disputas y nuestra disposición a arbitrarlas. Y, a renglón seguido, el debate sobre la pertenencia a la UE pone de manifiesto la fractura de una sociedad en la que, en términos generales, los jóvenes (políticamente poco activos) se inclinan por quedarse y las generaciones que los precedieron (más resueltas a ir a votar) se sienten atraídas por el repliegue, por reconquistar los atributos de soberanía del pasado y contemplar las refriegas entre europeos desde la orilla norte del canal.

Claro que la crisis de identidad no es solo británica, también es europea o de la Unión Europea para mayor precisión. Porque al plantear siquiera la posibilidad de dejar la organización, el Reino Unido deja al descubierto la debilidad estructural o la descohesión que mina el proyecto político. Para los europeístas que, no sin cierta ingenuidad, creían que la adhesión a la EU era una carretera de sentido único, cuanto ahora sucede los coloca ante la evidencia de que nada es para siempre, y menos en política: es posible salir de la EU sean cuales sean los costes que tal operación puede conllevar. No solo eso: el europeísmo y la necesidad de pertenecer a una organización política –no solo económica– paneuropea han dejado de ser anhelos ampliamente mayoritarios (cuando menos, hay una minoría de disidentes o desafectos cada vez mayor).

Las conclusiones que pudieron sacar los electores británicos del referéndum de Escocia del 2014 apenas valen ahora. Si entonces se dijo que los beneficios y los perjuicios de la independencia inclinaron el voto del lado unionista, hoy ese cálculo pesa poco. A pesar de la caída de la cotización de la libra, de la alarma de los bancos, del apoyo de muchas grandes empresas a seguir en la UE, de la intranquilidad de la City, la mezcla de nacionalismo trasnochado y hartazgo con Bruselas se ha adueñado del escenario con evidente desparpajo. Aunque, como escribe Dominique Moisi y proclama el laborista Gordon Brown, “en realidad, el Reino Unido no tiene otra vía que seguir en la UE si desea asegurarse un porvenir digno de su pasado”. No tiene otro camino pensando incluso en la más que posible reacción que puede suscitar el Brexit en la sociedad escocesa, manifiestamente proeuropea, que muy probablemente exigirá poner de nuevo a votación la independencia para, de lograrla, iniciar de inmediato los trámites para ingresar en la UE.

En el compromiso de David Cameron de convocar un referéndum hubo siempre cierta disposición al desafío, aunque en su partido los síntomas de división eran más que manifiestos. Para muchos conservadores, fue un trago amargo acudir a la UE en 1973, aunque Edward Heath, el firmante de la adhesión, era uno de los suyos. Aquellos conservadores de hace más de cuarenta años que, al igual que muchos de sus compatriotas, seguían pensando como la mayoría de sus más ilustres antepasados que el galimatías o crucigrama continental era mejor observarlo y tutelarlo desde fuera, aquellos conservadores que vieron en la política de Heath un gesto de debilidad, son los padres de este otro galimatías o crucigrama de hoy. Cuatro décadas largas no son nada en términos históricos para cambiar una mentalidad política de siglos, y lo cierto es que el Reino Unido nunca se ha sentido cómodo en la UE, sumergido en las querellas de familia a las que tan habituado está el continente; nunca ha aceptado de buen grado que sus instituciones estén a merced de una superestructura política radicada en Bruselas no siempre descifrable.

Aun así, la cuestión o el asunto que se dilucidará el día 23 no será solo el ser o no ser británico en la Unión Europea, sino también el de la Unión Europea misma. El dilema shakespeariano no afectará solo al futuro del Reino Unido, sino también al del proyecto europeo. Abierta la veda de la fuga, nadie puede prever quiénes serán los siguientes en abandonar el barco o, al menos, en someter el caso a consulta a causa de la presión euroescéptica. Puede que no surjan imitadores, pero si aparece alguno –¿Dinamarca?, ¿Holanda?–, puede animar a otros o abrir otra veda, la de las adhesiones a la carta mediante la revisión de las vigentes, que es justo el camino contrario al favorecido por las llamadas cooperaciones reforzadas, que debían estimular la cohesión económica y política, y atraer a la larga a los europeístas más tibios.

Durante la campaña de las europeas de 1989, el politólogo Maurice Duverger, que salió elegido en una lista socialista, insistió varias veces en la necesidad de construir la europeidad poco a poco, con suavidad. Pensaba, seguramente con razón, que cualquier atajo podía alarmar a los custodios de los atributos de la nación, pero daba por descontado que no había socios dispuestos a retirarse, sino más bien una mayoría ansiosa de avanzar en un sentido unitario. Puede que así fuese entonces, incluso aceptando la propensión al escepticismo europeísta de las islas, pero es más aventurado suponer que los disidentes eran poco menos que una facción marginal. La cultura política del Estado-nación, tan difundida y alentada, era entonces tan sólida como ahora, se conservaba intacta y cobijaba en su seno los odios étnicos, el chovinismo nacionalista, los regionalismos y otros desafueros que justifican el pesimismo de George Steiner en La idea de Europa más que el optimismo de Mario Vargas Llosa en el prólogo a la edición española del libro.

Quizá incluso Cameron, con su carrera y liderazgo tan comprometidos, sea un euroescéptico, pragmático, eso sí. Porque si no fuese un europeísta accidental, habría hecho hincapié en la unidad de Europa como proyecto político, pero cuanto ha dicho y reiterado en campaña ha sido anunciar un apocalipsis económico si gana el Brexit, sin internarse en otros campos que le incomodan o por los que no quiere transitar. Porque si no fuese un europeísta a su pesar, forzado por las circunstancias, hubiese invertido más tiempo en europeizar a la opinión pública británica y bastante menos en renegociar los términos de la pertenencia a la UE, siempre tan en discusión, como si permanecer en ella fuese una necesidad ineludible, pero no un deseo. Que, por cierto, para Jo Cox sí lo era.

Los Juegos nunca pinchan

El desapego de los ciudadanos de Londres hacia los Juegos Olímpicos es una consecuencia del ciclo depresivo de la economía británica y de las estrecheces que impone. Tiene que ver con eso y con cierto sentimiento de pérdida de la inocencia olímpica que poseyó las citas de 1908, cuando Londres era la capital de un gran imperio colonial, y de 1948, cuando la ciudad se recuperaba del martirio de los bombardeos de la segunda guerra mundial. En ambos casos, el llamado espíritu olímpico todavía cobijaba el legado de aquellos caballeros de mostacho, terno con chaleco y aire distinguido que a finales del siglo XIX dieron en restaurar los Juegos, inspirados en el remoto ejemplo de los deportistas de la Grecia y la Roma clásicas, que se conformaban con una corona de laurel y una oda de Píndaro. Hoy todo tiene el aire inconfundible del gran negocio, y el Comité Olímpico Internacional (COI) se debate entre el citius, altius, fortius y los despachos de presidencia de las multinacionales.

Londres 1908

Un momento de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres de 1908.

Todo esto parece pesar en el ánimo londinense y el dato de desaceleración de la economía británica dado a conocer el miércoles, solo dos días antes de prender la llama en el pebetero. Ahí están los agrios comentarios de la prensa, andanadas dirigidas al canciller del Tesoro, George Osborne, y los euroescépticos dispuestos a dar la gran batalla contra las miserias de la UE mientras la antorcha pasaba de mano en mano por las calles de Londres. El sobrecoste astronómico de la empresa olímpica, los fallos en la organización, los atascos, la ridícula incapacidad de la empresa encargada de la seguridad para cumplir sus compromisos, debilidades detectadas en los prolegómenos del gran espectáculo, tendrían menor relieve si el Reino Unido no encadenara tres trimestres de caída del PIB y nadie viese adónde llevan los programas puestos en marcha por el Gobierno. Pero la realidad es la que es: el PIB español cayó el 0,4% de abril a junio; la contracción en la zona del euro fue del 0,2%; la británica ascendió al 0,7%.

El descontento con el Gobierno ha sumado los grandes medios a la crítica, cuando no al desaliento. “Aparte de los atletas, poca gente, fuera de la construcción y las empresas de seguridad, saca beneficio de los Juegos Olímpicos. Así que los ministros recurren a la mendicidad. Hacen propaganda de los Juegos más allá de toda medida, y contratan consultores para reivindicar una inverosímil herencia en pago por el desembolso de 9.000 millones de libras. Es basura la jactancia del alcalde de que cada día un millón de turistas adicionales invadirá Londres. En cuanto a la promesa de David Cameron de que las empresas británicas ganarán 13.000 millones de libras en los contratos que de otro modo no hubieran obtenido, ello implica el soborno y la trapacería en una proporción olímpica”, ha escrito en el diario progresista The Guardian el comentarista Simon Jenkins.

Londres 1948

La ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de 1948, llamados de la austeridad, celebrada en el estadio de Wembley.

Ni este párrafo demoledor ni otros de parecido tenor publicados aquí y allá, ni siquiera la hipercrítica esparcida por los medios audiovisuales o el enfado de muchos que circula por las redes sociales –“el estadio es muy bonito, pero nuestros trenes son una porquería”– afectan en realidad al éxito –muy probable– o al fracaso –bastante improbable– de los Juegos. Estos han sobrevivido a situaciones de extrema gravedad con apenas unos rasguños, y no es preciso remontarse a principios del siglo pasado, cuando a menudo fueron un caos organizativo y un espectáculo trufado con episodios de gusto más que dudoso. Basta con repasar los acontecimientos que rodearon a los Juegos Olímpicos durante un largo periodo de la segunda mitad del siglo XX:

-México 68. El 2 de octubre, diez días antes de la ceremonia inaugural, se produjo la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. Los Juegos estuvieron a punto de cancelarse, pero finalmente se celebraron.

-Múnich 72. El 5 de septiembre, en pleno desarrollo de los Juegos, terroristas palestinos de la organización Septiembre Negro asaltaron el edificio de la delegación israelí. Murieron once deportistas y cinco asaltantes; otros tres sobrevivieron. Las competiciones continuaron hasta el último día.

-Montreal 76. La negativa del COI de excluir a Nueva Zelanda de los Juegos porque su selección de rugby había jugado un partido contra la de Sudáfrica, expulsada de la familia olímpica a causa de la política de apartheid, llevó a 24 países africanos a no participar. Los Juegos se celebraron sin mayores contratiempos, aunque fueron un desastre económico.

-Moscú 80. Estados Unidos y bastantes de sus aliados boicotearon los Juegos, pero las competiciones que organizaron como alternativa a la cita olímpica no dejaron huella.

-Los Ángeles 84. La Unión Soviética y la mayoría de sus aliados devolvieron la moneda a Estados Unidos con un boicot que, como cuatro años antes, perjudicó a los deportistas que debieron quedarse en casa, pero no a los Juegos.

La vitalidad transformadora de las ciudades que entraña la celebración de los Juegos -véase Barcelona-, los criterios de gestión empresarial que adoptó el COI al ocupar la presidencia Juan Antonio Samaranch, el aumento exponencial de los derechos de televisión, las vías de comercialización y un entramado socio-económico de alcance universal han hecho posible que el estado de ánimo de los anfitriones tenga solo una remota relación con la cuenta de resultados. Afirma Tristam Hunt en el Financial Times: “Lo más sorprendente con relación a anteriores Juegos es el desinterés del público y de la clase política. Estamos acostumbrados a que los Juegos, comandados por los medios de comunicación, sean una forma de geoestrategia de poder blando. Estados Unidos y la Unión Soviética representaron el juego de su guerra fría en los de Moscú y Los Ángeles; España enterró los fantasmas de Franco en Barcelona; China consagró la era de Pekín. La oferta británica fue un intento de forjar una moderna identidad posimperial: el Reino Unido como una nación global, multicultural, capaz de golpear por encima de su peso (una visión cruelmente refutada al día siguiente por los ataques del 7/7) [se refiere a los atentados islamistas del 7 de julio del 2005]”.

Londres 2012

Vista del parque olímpico de Londres. Fuente: Official London 2012 Website.

Todo esto puede ser muy cierto, pero en cuanto lleguen las primeras marcas, un británico se cuelgue una medalla o surja en la densidad competitiva de estos días una singular muestra de sacrificio, la lentitud de los autobuses o los objetivos que movieron a la ciudad de Londres a solicitar los Juegos, y que luego no se han cumplido, ocuparán un modesto y recogido segundo plano. Las alusiones al fracaso del modelo multicultural, las encuestas que vaticinan una debacle conservadora si mañana se celebraran elecciones y el enfado de todos los días de los contribuyentes con un Gobierno desconcertado y desconcertante quedarán para después de estas dos semanas, incluso en el caso más que imaginable de que los medios más influyentes no cejen en la crítica. Este es uno de los secretos de los Juegos Olímpicos: a última hora, por difícil que sea el momento, nadie quiere ausentarse de ellos, nadie está dispuesto a llevar su oposición tan lejos como para quedar completamente al margen de un acontecimiento tocado por el éxito, que nunca pincha, cuya razón de ser es justamente la promesa de disfrutar de los beneficios del éxito de un acontecimiento universal, salvo cataclismo imprevisible. Esta es la cultura del COI, que Samaranch y su equipo llevaron hasta sus últimas consecuencias y que Jacques Rogge y sus colaboradores cultivan sin alterar una coma.

Cuando el muy conservador The Daily Telegraph compara lo hecho en España y en el Reino Unido para enderezar la economía, y de paso suministra munición a los euroescépticos, alimenta la enemiga de una parte de los londinenses con los Juegos, pero este respingo en un sector de la opinión pública empieza y termina en la isla; el resto del planeta solo espera que empiece la gran epopeya en el estadio. “Como suele suceder, el programa de austeridad español es bastante más duro que el del Reino Unido, por lo que no es creíble como se afirma que la causa de nuestros problemas es una prematura reducción del déficit. Por otra parte, España no cuenta con la mitigación de una política monetaria muy acomodaticia o una moneda devaluada. No, el problema es mucho más profundo y estructural. Y tiene que ver también con la deuda pendiente, que sigue siendo inmensa, y con el profundo deterioro de la banca dejado por la anterior Administración”, señala Jeremy Warner en el periódico antes citado. Y eso, ¿qué significa? Porque para el resto del planeta olímpico, para el éxito universal de los Juegos, hoy no son relevantes los aciertos o desaciertos de George Osborne, aunque cuando cese la fanfarria quizá tengan un gran impacto en la economía global.

Los Juegos son la gran evasión transversal, la gran exaltación de los estados-nación y del orgullo colectivo. De momento, no hay forma de competir con ellos y el grado de exigencia impuesto a los organizadores es muy alto porque el beneficio para la ciudad que los acoge suele ser asimismo muy alto. Si pasadas las dos semanas de rigor no se cumple esta regla, es que algo se hizo mal, porque los espectadores estuvieron allí, los deportistas, también, las inversiones se cumplieron y los patrocinadores en sus múltiples modalidades difundieron sin descanso la imagen y la marca de la ciudad olímpica. Y todo esto se produjo fuese más o menos favorable el ambiente local; fuese mayor o menor la complicidad de los ciudadanos con los Juegos disputados a la puerta de sus hogares.

¿Deslegitima o devalúa esa realidad la crítica de los medios? Desde luego que no. El periódico liberal norteamericano The Washington Post publicó un análisis de Jackson Diehl, responsable de las páginas de opinión, al hacerse eco del ambiente en Londres, de los beneficios que reporta la crítica y de algunas frases empleadas por políticos y periodistas: “debacle humillante”, “caos predecible” y otras por el estilo. Diehl escribió bajo el título Medalla de oro para la prensa libre: “Estos juicios no provienen de franceses dispépticos u otros anglófobos, sino de altos funcionarios del Gobierno británico, miembros del Parlamento y, por supuesto, de la prensa londinense (…) Un mundo que estaba impresionado sobre todo por el espectáculo autoritario puesto en escena por Pekín en el 2008 verá una demostración muy diferente (…) En cumplimiento de promesas hechas en el vacío al Comité Olímpico Internacional, Pekín estableció tres áreas para las manifestaciones políticas, y luego se negó a conceder un solo permiso para entrar en ellas. Cuando dos mujeres de 70 años pidieron autorización para protestar por haber sido expulsadas de sus casas, fueron condenadas a pasar un año en un campo de trabajo (…) El Gobierno [británico] ha tenido que recurrir a las unidades militares y policiales. Parece probable que el resultado será una mejora neta de la seguridad en los Juegos gracias a la oleada de noticias y airadas audiencias parlamentarias en las que han sido sometidos a interrogatorio fulminante el secretario británico del Interior y el director ejecutivo de la empresa privada de seguridad”.

Efectivamente, esos son los beneficios de la crítica sin cortapisas. Pero los fallos detectados por los críticos y las correcciones de última hora, ¿afectan al impacto y al éxito universal de los Juegos? Una vez más, la respuesta es no. Valga el relato sucinto de un episodio de los de Seúl 88: el primer o el segundo día de competiciones, el autobús de un grupo de funcionarios olímpicos se extravió de vuelta al hotel donde residían. Un integrante de la organización comunicó el incidente a un miembro del COI que, sin inmutarse, dejó para la posteridad el siguiente comentario: “No se preocupe, no salen en los periódicos”.