El racismo una vez más

Hay algo profundamente inmoral, desalentador y enfermizo en la decisión de un gran jurado del estado de Misuri de no llevar a juicio por falta de pruebas al agente de policía Darren Wilson, que el 9 de agosto mató de varios disparos en la pequeña ciudad de Ferguson a Michael Brown, de 18 años, negro o afroamericano, como ahora gusta decirse. La víctima iba desarmada y, según el testimonio de uno de sus amigos y de algunos transeúntes, levantó las manos y no hizo ademán de encararse con el agente o amenazarle, pero este sostiene, en cambio, que actuó “para salvar su vida”, que siente lo ocurrido, pero que volvería a reaccionar de igual forma. Los nueve blancos y tres negros que formaron el gran jurado han entendido que, más allá de la tragedia, no hay material probatorio para instar procedimiento penal contra Wilson, de piel blanca, y secundan de hecho la posición del fiscal Robert McCulloch, asimismo blanco, que desde el principio se sintió más inclinado a proteger al policía que a atender los requerimientos de los familiares de la víctima en el seno de una comunidad de mayoría negra, pero gestionada mayoritariamente por blancos, en especial en cuanto se refiere a la seguridad y a la administración de justicia.

Dice Wilson que tiene la “conciencia tranquila” y al decirlo a pesar de la muerte del joven, por al descubierto una especie de seguridad a priori sobre la bondad de la misión que se le encomendó, aunque al cumplirla perdiera la vida alguien desarmado. Hay en esa tranquilidad de conciencia admitida por el policía el rastro de un aire viciado, respirado desde siempre y que alimenta el principio de sospecha generalizada aplicado a la sociedad negra por la blanca –al menos por una parte de ella– de la ciudad de Ferguson. Hay también el rastro y la creencia de una sociedad inducida a pensar desde siempre que el mundo de los blancos está llamado a cumplir una tarea trascendental, indeclinable, intransferible, que forma parte del destino mesiánico alentado por la tradición del pensamiento más conservador y menos permeable a las virtudes del mestizaje.

Disturbios en Ferguson (Misuri) en los que intervino la Guardia Nacional después de conocerse la decisión de un gran jurado de no procesar al policía Darren Wilson, que disparón contra Michael Brown.

Disturbios en Ferguson (Misuri) en los que intervino la Guardia Nacional después de conocerse la decisión de un gran jurado de no procesar al policía Darren Wilson, que disparó contra Michael Brown.

En cierto sentido, pervive en todo ello la justificación moral del racismo que se fundió con modelos puritanos extremos y una acusada inclinación por los hábitos aristocráticos, algo que influyó en la configuración de la cultura de las sociedades poco industrializadas del sur de Estados Unidos, donde la tradición –el estilo del sur, decían los confederados que se levantaron en armas en 1861– quedó contaminada por el esclavismo. El eco de aquella división social tajante, insuperable, llega hasta hoy y sube de tono cada vez que se da una situación como la de ahora en Ferguson. Quizá se ha superado la fase aguda de la dolencia, quizá las aristas más cortantes no tienen del filo hiriente de episodios como el reconstruido en la película Arde Misisipi, quizá el Ku Kux Klan esté más cerca del recuerdo ominoso que de otra cosa, pero se asaltan comercios en Ferguson y la Guardia Nacional ocupa la calle porque la confrontación racial pasa de generación en generación un siglo y medio después de la emancipación de los esclavos y del final de la Guerra de Secesión en 1865.

“Todo racismo es sustancialismo”, escribió hace 30 años el diplomático marroquí Abdalá Laraui, y esa simplificación implícita en el sustancialismo, ese acercamiento receloso a la realidad del otro, de quien es diferente, es una poderosa arma de división social, de segregación, de sectarismo profundo. Es, se quiera o no ver así, una enfermedad social que obliga, como en el caso de Ferguson, a sopesarlo todo a través del prisma del color de la piel. Resulta casi repulsivo contar las circunstancias de la muerte de Michael Brown, la actuación de la policía, del fiscal y del gran jurando con referencias constantes a los blancos y negros implicados en el caso, pero es esa reiteración inevitable la que pone de manifiesto que el racismo sigue siendo una dolencia de la que una parte no pequeña de la sociedad de Estados Unidos no logra curarse. No importa que el presidente del país sea negro, que el fiscal general también lo sea, que en la comunidad académica y en el mundo de la cultura estén cada día más presentes los rostros de color, lo que Laraui llama sustancialismo sigue contaminando las relaciones sociales en muchos lugares y las estadísticas revelan con harta elocuencia que la comunidad negra aún es aquí y allá un colectivo estigmatizado. He aquí algunos datos:

  1. Los jóvenes negros tienen 21 veces más posibilidades de morir por disparos de la policía que los jóvenes blancos, con independencia del segmento social al que pertenezcan o del que procedan.
  2. La población negra constituye el 13% del total, pero alcanza el 42% la población penitenciaria negra.
  3. El grado de vulnerabilidad social de blancos y negros en situaciones de pobreza extrema es similar, pero la vulnerabilidad penal es muy superior entre los negros pobres que entre los blancos en idéntica situación.

No es exagerado decir que en partes importantes de Estados Unidos, a pesar de las leyes de derechos civiles aprobadas hace medio siglo y de la cultura de la discriminación positiva seguida en muchos lugares, los negros siguen siendo sospechosos habituales; se hallan en una situación desventajosa que puede derivar en tragedia y en disturbios, como sucede ahora en Fergunson y, desde allí, al resto del país. O como sucedió en el pasado en Los Ángeles (caso Rodney King, en 1992) y en Sanford (Florida) hace dos años a raíz de la muerte del joven Treyvon Martin, abatido a tiros por el vigilante voluntario George Zimmerman, que fue declarado inocente. Esa sensación de falta de ecuanimidad de los funcionarios públicos encargados de aplicar las leyes, esa atmósfera cargada de prejuicios que condiciona a los jurados, esa administración vengativa de la justicia –el mantenimiento de la pena de muerte en 32 estados–, que pesa como una losa sobre amplias capas de la comunidad negra, el entramado que antepone el color al principio de ciudadanía, se manifiestan de forma radical en cuanto se colocan en un platillo de la balanza los derechos presumiblemente ultrajados de un ciudadano de color y en el otro, los derechos o las garantías en riesgo de un funcionario público blanco (para el caso, un policía).

El presidente Barack Obama, que en el caso de Treyvon Martin se unió a la desolación que sentían los allegados del muchacho, tiene que afrontar un momento de crispación extrema y neutralizar las declaraciones poco meditadas –o puede que sí lo fueron– del gobernador de Misuri, Jay Nixon, del Partido Demócrata para mayor complicación, dispuesto antes a hacerse eco de los estragos causados por una multitud airada que a analizar el sentimiento de frustración alentado por el gran jurado al dejar sin cargos al policía que disparó. Cuando Obama fue elegido por primera vez en el 2008, se insistió en la condición transversal del candidato, pero las inquinas del universo estadounidense más conservador y la desconfianza hacia el presidente en sectores de su propio partido cuando la cuestión racial anda de por medio atestiguan que la transversalidad del presidente es un atributo que está lejos de serle reconocido por todos los ciudadanos. Si no fuese así, muchas de las críticas dirigidas a la Casa Blanca desde que se instaló en ella el primer presidente negro hubiesen tenido un registro más contenido, menos desabrido.

“Debemos limpiar nuestra casa de racismo”, declaró Bill Clinton en 1995, después de que en diferentes estados del sur ardieran iglesias de congregaciones negras. Y añadió: “Hay demasiados blancos y negros, en la izquierda y en la derecha, en las esquinas y en las ondas de radio, que quieren sembrar la división”. La siembra prosigue, aunque en los periodos de paz entre dos episodios de racismo, visible o encubierto, parezca que se remansan las aguas, que ha perdido vigencia la más abyecta de todas las divisiones posibles. El día de la primera victoria de Obama, el reverendo Jesse Jackson describió el momento como de éxtasis. “Muchos blancos han elegido la razón en lugar de la raza, la esperanza en lugar del miedo –dijo–. Para muchos ha sido la ocasión de decir: somos mejores de lo que hemos sido”. Pero la siembra no se ha interrumpido y aún son poderosos los resortes que maneja la cultura del racismo para temer sin asomo de duda que habrá más Ferguson, más momentos en los que se desvanecerá en la memoria el éxtasis y tomará cuerpo de nuevo el espectro de la confrontación racial.

 

El fantasma del racismo asoma de nuevo en EEUU

Trayvon Martin

Trayvon Martin

El demonio familiar del racismo conmueve una vez más los espíritus en Estados Unidos. Los peores fantasmas reaparecen en los debates políticos, en las tertulias de los medios de comunicación y en las secciones de opinión de los grandes periódicos. En la red resuena el debate apasionado relativo a la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Y, entre tanto, los padres de Trayvon Martin, el adolescente negro de 17 años que el 26 de febrero murió en Sanford (Florida) de un disparo efectuado por el vigilante voluntario blanco George Zimmerman, de 28 años, piden que prevalezca la justicia; piden en suma que Zimmerman comparezca ante el juez.

El propio Zimmerman reconoce que disparó contra Martin. La policía admite que el joven iba desarmado, que regresaba a su casa después de comprar unas golosinas y un refresco y que se cubría la cabeza con la capucha de su sudadera porque llovía. Es decir, que las razones que indujeron a usar el arma al vigilante voluntario son harto confusas y su testimonio –también el de su hermano y el de los portavoces de la policía– resulta muy poco convincente, por no decir francamente sospechoso, y aun así, Zimmerman sigue en libertad en un lugar secreto después de pasar por comisaria y declarar que actuó en legítima defensa. Por si esto fuera poco, una grabación de Zimmerman y los policías que le detuvieron, realizada por las cámaras situadas en el interior de la comisaría y emitida por la cadena de televisión ABC, desmiente al homicida y a sus familiares, que sostienen que recibió un puñetazo en la nariz y dio con la cabeza contra el suelo (en un momento de la grabación parece que se aprecian unos cortes en la parte trasera de la cabeza de Zimmerman).

George Zimmerman

George Zimmerman.

Como es de imaginar, aunque estos y otros detalles forenses son fundamentales para dilucidar el caso en los juzgados –el día 10 un gran jurado decidirá si se procesa o no a Zimmerman–, lo que realmente tiene conmocionada a la sociedad estadounidense es la pulsión racista de cuanto ha sucedido hasta la fecha y, al mismo tiempo, la inseguridad manifiesta que se deduce de la aplicación de la ley Stand your ground (manténgase firmes), aprobada en el 2005 en el estado de Florida. Se trata de dos vertientes aparentemente inconexas, pero que en realidad están íntimamente relacionadas. ¿Por qué? Porque la Stand your ground autoriza a recurrir a la máxima violencia –utilizar un arma– a quien se siente amenazado o sospecha que lo está, y ahí desempeñan un papel principal los prejuicios raciales que aún alientan en la sociedad estadounidense. A la luz de las estadísticas, se diría que la ley es más un coladero penal promovido por la Asociación Nacional del Rifle que un instrumento legal: entre el 2005 y el 2010, la Stand your ground fue invocada en Florida en 93 casos de homicidio, según ha recogido el periódico Le Monde.

Un análisis exhaustivo de la psicóloga Erika Christakis, publicado por la revista Time, resulta esclarecedor: “Los detalles de este caso ocultan una preocupación mayor. La ley manténgase firmes, que permite a una persona usar la fuerza como primer recurso en casi cualquier situación en la que se sienta una amenaza, no tiene en cuenta las importantes limitaciones y distorsiones de la percepción humana (…) Es incomprensible que los legisladores confíen en el buen juicio de los ciudadanos. Por desgracia, nuestros cerebros no están preparados para ser lo suficientemente razonables cuando disponemos de un arma de fuego. Empuñar un arma puede alterar nuestro contacto con la realidad”.

El comedimiento académico de la profesora Christakis se desvanece más allá de las aulas. Para Frederica Wilson, miembro demócrata de la Cámara de Representantes por un distrito de Florida, cuanto ha sucedido en Sanford “es un ejemplo de perfil racial”. La entrevista con Wilson emitida por la CNN durante el pasado fin de semana contiene la misma contundencia argumentativa desplegada por el periodista Jonathan Capehart, prestigioso editorialista de The Washington Post: “La carga de la sospecha sigue pesando sobre nosotros”.

Capehart, autor de una interesante indagación dedicada a las contradicciones en que han incurrido Zimmerman, su hermano y la policía, y Wilson tienen la tez tan oscura como el malogrado Trayvon Martin. Pero ese dato adquiere un valor relativo cuando se observan las imágenes de las manifestaciones que han puesto en tensión a la opinión pública en todo el país: la presencia de blancos en todas ellas, incluso en los estados del sur, es muy nutrida. Para algún comentarista político, la composición social de las manifestaciones “es una foto de la América que eligió a Obama”; para algún otro, el mensaje que transmite la calle es el de la división social entre liberales y ultraconservadores, mientras una mayoría silenciosa prefiere mantenerse al margen, esperar y ver.

Sea como fuere, el caso de Trayvon Martin es para la minoría negra –afroamericana, como gustan decir en Estados Unidos– motivo de alarma justificada porque transmite la idea de que la fractura racista está lejos de haberse superado, de que el reloj de la historia, de repente, atrasa. “Trayvon es un mártir, no va a regresar. Es un mártir, fue asesinado y martirizado y ahora debemos iluminar la oscuridad con la luz que viene del mártir”, dijo el reverendo Jesse Jackson el último domingo en una iglesia de Eatonville (Florida), acompañado de Al Sharpton, histórico activista por los derechos civiles. Jackson y Sharpton compararon al adolescente muerto en Sanford con Emmett Till, un chico negro de 14 años brutalmente torturado y asesinado en Mississippi en 1955, y con Medgar Evers, un veterano de la segunda guerra mundial asesinado en el mismo estado por el Ku Klux Klan en junio de 1963 después de que el presidente John F. Kennedy pronunciara su famoso discurso en defensa de la igualdad de los derechos civiles. En el entorno del reverendo Jackson y en algunos campus han resonado también los nombres de Selma y Brimingham, ciudades sudeñas que son una referencia permanente en la historia de la defensa de los derechos de la comunidad de color.

Robert Gooding-Williams, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago, sostiene que las explicaciones dadas por Bill Lee Jr., jefe de policía de Sanford cuando Zimmerman fue puesto en libertad, remiten a la ley del esclavo fugitivo, que se remonta a 1850 y que hizo posible la siguiente perla de un juez de Michigan: “Si un hombre blanco persigue a un hombre negro, no intervengas”. Cuesta encajar la opinión del profesor de Chicago con la tranquila vecindad de Retreat at Twin Lakes, donde se desarrolló la tragedia, pero el ejemplar reportaje publicado por The New York Times el 1 de abril sobre las circunstancias y el entorno social en el que se produjo la muerte de Trayvon Martin –con un titular tan contundente en la portada del diario como En el ojo de una tormenta de fuego– ayuda a admitir que todo es posible todavía en Estados Unidos aunque el presidente sea Obama y, como ha dicho él mismo, “si tuviera un hijo, se parecería a Trayvon”.

Tracy y Sybrina

Tracy Martin y Sybrina Fulton, padres de Trayvon Martin

Los sentimientos están tan a flor de piel que Geraldo Rivera, un popular presentador de la cadena conservadora Fox, hubo de disculparse en directo con los padres del adolescente muerto después de insinuar que llevar una sudadera con la capucha levantada puede ser un factor de sospecha. “Traté de llamar la atención a los padres que permiten a los chicos vestir sudaderas o prendas similares que en determinadas circunstancias, particularmente si se trata de menores, pueden ser peligrosas (…) Nunca pretendí herir los sentimientos de nadie y menos de Sybrina y Tracy (los padres de Trayvon)”. Los aludidos aceptaron las disculpas.

Pero en la calle sigue vivo el lamento por una realidad que condiciona la vida cotidiana, porque los prejuicios raciales parecen no tener fecha de caducidad a pesar de los progresos registrados desde que el presidente Lyndon B. Johnson firmó en 1965 la ley de derechos civiles. De ahí que en las manifestaciones que estos días han reclamado el procesamiento de George Zimmerman se haya recordado alguna vez el discurso pronunciado por Abraham Lincoln en Gettysburg el 19 de noviembre de 1863: “A nosotros, los que aún vivimos, nos toca consagrarnos a la obra, no terminada, que aquellos valientes adelantaran tan notablemente. A nosotros nos toca consagrarnos a la enorme tarea que aún queda por hacer, y que estos muertos gloriosos nos infundan su devoción a la causa por la cual derramaron hasta la última gota de sangre”. El deseo expresado por Lincoln pronto cumplirá 150 años.