La decadencia del Este derrumbó el Muro

Basta cotejar el mapa político de Europa del 9 de noviembre de 1989 y el del presente para calibrar las dimensiones del cambio en el continente desde la caída del Muro de Berlín, hace un cuarto de siglo. Todo cuanto hoy es Europa, todo cuanto condiciona el funcionamiento de Europa para lo bueno y para lo malo remite a aquel cambio que zanjó la guerra fría, al menos en su forma más genuina, acabó con la bipolaridad, enterró a una superpotencia, la Unión Soviética, y liquidó la trama de alianzas que encabezó en la Europa del Este. La inviabilidad de la economía planificada, convertida en un sistema esencialmente ineficaz, y la presión permanente de Estados Unidos mediante el desarrollo de nuevos sistemas de defensa, con las tecnologías de última generación creciendo exponencialmente, llevó a la decadencia y a la inanidad el experimento soviético poco más de setenta años después del triunfo de la revolución de octubre.

Ciudadanos de los dos sectores de Berlín, en el Muro la noche del 9 de noviembre de 1989.

De forma que es posible afirmar que el Muro cayo tanto por la presión popular en la República Democrática Alemana, extensión de la movilización de las opiniones públicas polaca, checa y húngara, por citar las más dinámicas en 1989, como por la imposibilidad práctica de Mijail Gorbachov de administrar sin grandes pérdidas la herencia recibida. Fracasados todos los planes de reforma habidos y por haber, el líder soviético no pudo más que asumir que para la superpotencia nada sería como antes, que aquella pretensión suya de modernizar el sistema sin renunciar al socialismo se hallaba en un callejón sin salida. El aviso que dirigió semanas antes del hundimiento a Erich Honecker, penúltimo presidente de la República Democrática Alemana, de que quienes no se adaptaran a los cambios serían finalmente derrotados, se cumplió en todos sus extremos. Cuando la noche del 9 de noviembre de 1989 los berlineses del sector oriental cruzaron el Muro, el establishment reformista soviético había aceptado que no cabía oponer resistencia a la unificación alemana; la decadencia había minado al Estado.

Pero la caída del Muro y la unificación poco menos que inmediata de Alemania requirieron de dos compromisos cuyas repercusiones llegan hasta nuestros días. El primero fue la promesa hecha a los soviéticos por el presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, de que la frontera oriental de la OTAN, unificada Alemania y convertidos los demás países del Pacto de Varsovia a la economía de mercado, nunca alcanzaría el límite occidental de la URSS. El segundo fue la aceptación por Francia de la unificación alemana, que el presidente François Mitterrand veía con recelo, a cambio de que el Gobierno del canciller Helmut Kohl aceptara acelerar la unión monetaria en la entonces Comunidad Europea, lo que llevaba aparejada a la larga la desaparición del marco y la creación de una moneda única. Esos dos compromisos fueron las dos piedras sillares sobre las que se levantó el edificio de la unidad alemana sin grave riesgo para la estabilidad de Europa.

Jóvenes de Berlín Occidental derruyen el Muro la mañana del 10 de noviembre de 1989.

Cuando el presidente de Rusia, Vladimir Putin, se remonta a las promesas de 1989 para oponerse sin matices a la atlantización de estados como Georgia (verano del 2008) y Ucrania (ahora mismo), se comporta como un líder poco sutil, pero que aprendió la lección del desbarajuste y el arrinconamiento de su país durante la presidencia de Boris Yeltin en la década de los noventa. Porque en la Rusia de hoy, la de los oligarcas y la del capitalismo desbocado, es mayoritaria la opinión de que detrás de la occidentalización a toda máquina de las economías de las exrepúblicas soviéticas asoma la progresión territorial de la OTAN, tal como sucedió en el inmediato pasado con los antiguos socios del Pacto de Varsovia y del CAME –mercado común del bloque socialista–, y con los estados bálticos que un día formaron parte de la URSS.

De la misma manera que la unificación llevó aparejado el reconocimiento explícito por Alemania de la línea Oder-Neisse como frontera oriental inamovible de Polonia, y se enterró el debate sobre la pertenencia a Polonia de Pomerania, Silesia y Prusia Oriental, los herederos históricos de la URSS entienden que siguen vigentes las condiciones por las que Rusia dejó de oponerse a la caída del Muro. Incluso hoy con más motivo que ayer porque la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Polonia y la República Checa es un factor de debilitamiento objetivo del sistema de defensa ruso. Y, en cierta medida, la OTAN comparte el análisis habida cuenta de que en el 2008 no hizo ningún gesto significativo para salir en defensa de Georgia, arrastrada a un desafío imposible ante Rusia por el presidente Mijail Saakashvili, que no solo cometió un error de cálculo descomunal, sino que vio como Abjasia y Osetia del Sur se desgajaban de su pequeño país.

Incluso quienes como el fallecido historiador Tony Judt sitúan la última oportunidad política de los regímenes marxistas de Europa en 1968, durante la breve primavera de Praga, admiten que en los siguientes 15 años, con todas las carencias que se quiera, la URSS mantuvo el estatus de superpotencia y las debilidades genéticas del sistema no salieron a la superficie hasta que Gorbachov abrazó el realismo y renunció a la propaganda. De la misma manera que la euforia desatada en Occidente por la caída del Muro, analizada sobre el terreno por autores como el británico Timothy Garton Ash, dio paso también a la realidad de las dificultades para mantener básicamente sin cambios el mapa estratégico de Europa, aquel reparto de papeles entre los dos bloques que la lógica de la guerra fría consagró como sistema. Quizá por eso se habla ahora de una segunda guerra fría o de una guerra fría de nuevo cuño, porque en muchos de los gestos de Putin y en muchas de las reacciones de sus adversarios se adivina el recuerdo del funcionamiento de Europa antes del final del Muro.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

Un cuarto de siglo después de aquel momento, con Alemania convertida en la potencia que dicta las reglas en el seno de la Unión Europea e inversiones estratosféricas del sistema financiero alemán en la economía emergente rusa, lo que se da por descontado es que no se volverá a una situación de coexistencia, pero no de convivencia. A pesar de las sanciones en vigor, a pesar de que el conflicto en Ucrania adopta el perfil de una enfermedad crónica, la trabazón de ambos mundos en el seno de la economía global neutraliza algunos riesgos mayores. Aunque Tony Judt lamentó en Pensar el siglo XX la inclinación de los intelectuales a reflexionar acerca de si una política es eficaz o ineficaz en términos económicos, en vez de sopesar si es o no buena, las consecuencias de la ineficacia vividas en carne propia por la sociedad rusa, y la dieta impuesta a los alemanes desde los días del canciller Gerhard Schröder hasta los de Angela Merkel para digerir la unificación, hacen que sean justamente consideraciones económicas las que alejan el espectro de la confrontación y la vuelta a la coexistencia pacífica sin mayores atributos.

La distinción que establece Mark Malloch Brown, del World Economic Forum, entre los “estados de la seguridad económica” –China– y los “estados de la seguridad nacional” –Rusia– refuerza esta impresión relativamente optimista de que la mera coexistencia es insuficiente para que los engranajes no se atasquen. Porque, de acuerdo con el mismo modelo, la seguridad nacional es inviable sin la seguridad económica y viceversa, incluso admitiendo los síntomas de crisis que arrojan los estados-nación como entidades encargadas de redistribuir la riqueza, prestar servicios y cohesionar a la comunidad. Es decir, el desmoronamiento del bloque del Este, con la caída del Muro de Berlín como referencia del proceso, y la unificación Alemana como dato inmediato del triunfo de Occidente frente al proyecto soviético dieron lugar a una nueva situación en la que las interdependencias son más determinantes que las rivalidades. Quizá el acuerdo gasista de Rusia y Ucrania, mientras sigue la guerra, sea el ejemplo más inmediato e ilustrativo de la realidad más allá de los campos de batalla.

O puede que más acá, pues el final de la guerra fría liquidó un sistema con mecanismos de control mutuo a un lado y otro de la divisoria del Este y del Oeste, y lo que en principio se aventuró como un mundo más seguro y más estable dio en resultar uno menos seguro y menos estable. Y en ese mundo diferente al esperado porque está lejos de haberse consolidado como sistema con un código de señales reconocible que establezca pautas para gestionar los momentos de crisis, el único espacio que parece sistematizado y ocupado en mantenerse incólume es el de la economía global, sean cuales sean los costes sociales que lleva asociados. Claro que si las cosas son así, cobra todo su sentido la opinión expresada por Tony Judt sobre la orientación de un mundo globalizado: “El efecto de la predominancia del lenguaje económico en una cultura intelectual que siempre ha sido vulnerable a la autoridad de los expertos ha actuado como freno sobre un debate social más fundamentado en lo moral”. Y el freno sigue echado.

 

 

‘Dies irae’ a causa de Chipre

La torpeza de muchos parece encaminada a dar la razón al economista José Carlos Díez: Europa no da muestras de albergar vida inteligente. Entendámonos: la referencia a Europa engloba a cuantos forman parte de la maquinaria que gestiona la crisis y que, a poco que se empeñen, pueden empeorarla con esa sucesión de desatinos inquietantes. Resulta que mientras el 0,5% del PIB europeo –Chipre– pone a todo el mundo contra las cuerdas, el denostado neokeynesianismo de Barack Obama es útil para reactivar incluso el sector inmobiliario de Estados Unidos, según información destacada del jueves en The New York Times. Resulta que casi al mismo tiempo que Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de la Banca, vaticina que el 2013 será “un año puente hacia la recuperación”, aparece en Bruselas Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y amenaza con retorcer las condiciones de austeridad –miseria sobre miseria– a aquellos países que pidan el alargamiento de los plazos para sanear las cuentas. Sucede, en fin, como ha escrito Joan Tapia, que la desconfianza entre la Europa del norte y del sur crece todos los días, depositaria una de la ética protestante y de los dies irae, inclinada la otra a cultivar cierto relativismo escéptico.

El paseante

Cartel de la película titulada en España ‘El paseante del Champ de Mars’.

Ese galimatías se completa con temores y rivalidades entre aliados más atentos a la prima de riesgo que a los padecimientos de sociedades deprimidas que albergan a ciudadanos convencidos de que el sistema financiero les ha birlado el Estado del bienestar y, puede, el futuro de una generación obligada a oír promesas sin fundamento sobre la salida de la crisis. Por este camino se ha llegado a la absurda información diaria en la que se compara la mejora o empeoramiento de la prima de riesgo española con la italiana, como si un eventual sorpasso de la de Italia fuese un gran triunfo de la de España, cuando en realidad se trata de una carrera sin meta final entre dos corredores empobrecidos, por no decir arruinados. Lleva razón el François Mitterrand de El paseante del Champ de Mars, de Robert Guidiguian, cuando, más o menos, le dice a un periodista: “Yo soy el último presidente de Francia; los que vendrán a partir de ahora serán contables”.

Ahí están los contables con todas las trazas de que, Alemania mediante, el Bundesbank mediante o lo que sea mediante, oscilan entre la improvisación y los ultimátums. Andan con sus modelos matemáticos en la faltriquera, son inmunes a la tragedia humana y se sienten liberados de contestar a algunas preguntas que cualquier estudiante de primer año de facultad es capaz de formular:

  1. ¿Cómo es posible que la diminuta Chipre, mitad meridional de una isla dividida, reuniera siquiera aproximadamente las condiciones para ingresar en la UE con toda clase de garantías?
  2. ¿Cómo es posible que alguien creyera la fantasía de que Chipre podía adoptar el euro sin mayores problemas?
  3. ¿Cómo es posible que no se atajara la conversión de la banca chipriota en uno de los lavaderos de dinero procedente de Rusia?
  4. ¿Cómo es posible que quieran que creamos que la UE no dispone de recursos para solucionar el problema chipriota sin ponerlo todo patas arriba?
  5. ¿Cómo es posible que nadie cayese en la cuenta de que la quita de Grecia abría una herida en el costado de los bancos chipriotas?
  6. ¿Cómo es posible que cunda el rumor de que todo obedece al deseo de imponer un castigo ejemplar a Chipre por haberse echado en brazos de Vladimir Putin y nadie lo desmienta?
  7. ¿Cómo es posible que el Eurogrupo y Alemania digan que no tienen arte ni parte en el corralito chipriota –confiscación parcial, si se prefiere– aprobado en primera instancia?
  8. ¿Cómo es posible que se osara provocar una enorme inseguridad jurídica que perjudicará las inversiones en la periferia de la UE porque el Eurogrupo ha sentado un precedente alarmante en cuanto a la volatilidad de los depósitos bancarios?

Nadie en su sano juicio cree que el futuro dependa del medio por ciento del PIB europeo cuando se ha movilizado un billón de euros en rescates y otros parches. Es tan desmesurado que no hace falta acudir al servicio de estudios de un gran banco para comprender dentro de qué límites nos movemos. Para ser exacto, nadie cree que su futuro dependa del medio por ciento de sus ingresos; nadie cree que de ello dependa su capacidad de producir, de generar riqueza. Si así fuese, la mayoría de empresarios habrían echado el cerrojo, la mayoría de los trabajadores habrían sucumbido a los tajos en cascada y apenas quedaría piedra sobre piedra. No, no, el rescate de Chipre se ha transformado en un bochornoso espectáculo injustificable porque la fórmula para sanear las finanzas responde solo a la lógica desastrosa que ha condenado al continente al estancamiento o, aún peor, a la recesión, mientras en Alemania se desarrolla una larga campaña preelectoral en la que Angela Merkel resalta todos los días el perfil de dama de hierro que, se supone, le otorgará la victoria.

ChipreEs la misma lógica que lleva a afirmar al economista Hans Werner Sinn, presidente del instituto Ifo, con sede en Múnich, que Mariano Rajoy “debe aprobar otra reforma laboral que flexibilice los salarios a la baja”, a imagen y semejanza de lo que en su día hizo Gerhard Schröder, canciller socialdemócrata que, prosigue Sinn, “eliminó el salario mínimo y laminó el Estado del bienestar, privando a millones de personas de sus ayudas sociales”. Aunque no hacía falta recordarlo, es evidente que a los contables que quieren salvar el euro a machetazos, el Estado del bienestar les resulta un incordio insoportable, aunque el modelo europeo y la dignidad de millones de personas dependen de su existencia. Es tan grande la distancia entre Hans Werner Sinn y alguien como Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca –“no vamos a poder salir de la crisis si los ciudadanos no salen de la crisis”–, que el proyecto europeo se vislumbra condenado a la falta de equidad, quizá de vertebración.

¿Por qué está en riesgo la vertebración de Europa? Porque la creencia de que, a falta de la institucionalización solvente de un poder colegiado supranacional, bien está la dirección germánica del continente, aparece ante la opinión pública no alemana como un diktat insoportable. Cada vez que se dice que la solución a los males presentes es más Europa, la calle entiende que se dice más Alemania y menos de todo lo demás. Y así crecen la desafección, los nacionalismos extravagantes, el euroescepticismo y la creencia de muchos de que Europa y el euro han resultado ser una trampa para elefantes. El lenguaje hermético, falsamente académico, de los eurócratas ha situado la construcción de Europa en el terreno de la economía sin alma y el sueño de los padres fundadores y de algunos de sus herederos se desvanece en los ordenadores de los operadores financieros. ¿Quedan aún apóstoles de las crisis europeas como barro moldeable o motor para avanzar en la construcción política de Europa?

A nadie puede sorprender que la reacción visceral, inmediata, de una parte de la calle chipriota haya sido pedir la salida de la UE, el abandono del euro y la asociación con Rusia, que en el pasado prestó más de 2.000 millones a Chipre para tapar agujeros. Si sucediese algo así, la UE haría un triple mal negocio: perdería toda posibilidad de participar en la administración de los yacimientos de gas que duermen bajo el lecho marino, abriría a Rusia la posibilidad de negociar en suelo chipriota la instalación de una base militar que, llegado el caso, sustituyera a la de Tartus (Siria) y apartaría a Europa más de lo que ahora lo está de un área estratégica –el Mediterráneo oriental– donde coinciden una primavera árabe (Egipto), el conflicto palestino-israelí, la guerra civil siria y el afianzamiento de Turquía como potencia regional.

El negocio sería ruinoso. ¿O no? ¿O hay quien barrunta que es más rentable ser intermediario en el negocio del gas que gestionar los yacimientos? ¿O resulta que no está claro quiénes tienen derecho a extraer el gas y Turquía y Grecia pedirán su parte del pastel? Es capital dar una respuesta creíble a estas preguntas, siquiera sea para ahuyentar el fantasma de un nuevo batacazo, que tantos temen cada vez que analizan los datos de crecimiento –mejor, decrecimiento– del último trimestre del 2012. Lo temen algunos grandes inversores, que no se fían de las componendas europeas, pero también los analistas sociales que observan a lo lejos –tampoco tanto– la formación de una borrasca. Así Susan Sontag, que ve indicios de que un huracán es posible: “La falta de control del sector financiero ha incrementado el riesgo de un nuevo crash financiero mundial cuyas consecuencias podrían ser peores que el anterior”. No hay eurócrata capaz de asegurar que se trata de una alarma injustificada.

Makarios III

El arzobispo Makarios III, primer presidente de Chipre (1960-1977).

Recordatorio. No debiera sorprender la oferta de la Iglesia chipriota, de rito ortodoxo griego, de poner sus bienes a disposición de los gestores de la crisis. Se trata de una Iglesia nacional que es, en la práctica, la organización más sólida, potente y bien estructurada de la república, con intereses importantísimos en el sector bancario. Y, además, es una constante histórica la intervención del clero en la política de la isla: el caso más significativo fue el del arzobispo Makarios III (1913-1977), primer presidente del Chipre indepediente (1960-1977), salvo entre julio y diciembre de 1974, cuando ocupó la presidencia Nikos Sampson. Al arzobispo Makarios se le relacionó al final del periodo colonial con la EOKA, organización armada partidaria de la enosis (unión con Grecia).