Günter Grass abre las heridas del Holocausto

Manifestación en Fráncfort

Pancarta de apoyo a Günter Grass en la tradicional manifestación de Pascua en Fráncfort, el 9 de abril.

El poema de Günter Grass Lo que hay que decir ha encendido la polémica. Unos versos del premio Nobel han refrescado la memoria histórica de la tragedia inextinguible del Holocausto a la vez que se ha acusado al escritor alemán de albergar sentimientos antisemitas y se ha recordado su afiliación a las Waffen SS cuando contaba 17 años, en los días postreros de la segunda guerra mundial, algo que ocultó hasta hace solo seis años. En Israel y Alemania se han sucedido las críticas hasta que Eli Yishai, ministro israelí del Interior, ha declarado a Grass persona non grata –entraña la prohibición de visitar Israel– y el Gobierno de Benyamin Netanyahu ha tenido que enfrentar, a su vez, críticas por arremeter contra la libertad de expresión y el derecho a la libre circulación.

Aquello del poema que más ha removido las aguas es la equiparación de Irán e Israel en términos políticos, y las acusaciones dirigidas a este último país de “poner en peligro una paz mundial ya de por sí quebradiza”, de tener en mente la aniquilación del pueblo iraní so pretexto de destruir las instalaciones en las que la república de los ayatolás enriquece uranio. La controversia excede con mucho la que provocó en su día la decisión del director de orquesta Daniel Barenboim de interpretar a Richard Wagner, antisemita furioso, en tierra de Israel, agrandada además por el error manifiesto de Grass de asimilar el Gobierno de Israel al Estado de Israel, pero también porque la crítica a Israel, a su Gobierno, a la tradición política israelí, es obra de un autor alemán, referencia moral en muchos sentidos de la cultura de su país y crítico acérrimo de la unificación. Grass ha rectificado en las páginas del influyente periódico muniqués Süddeutsche Zeitung, el mismo que publicó el poema el 4 de abril, en lo que atañe a la referencia genérica a Israel, pero es ilusorio esperar muchas matizaciones más de un tozudo incorregible de 84 años que, por si faltara poco, es autor de una frase tan reveladora como la siguiente: “Cuando algo es moralmente correcto, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar”.

Pero ¿es moralmente correcto el poema? Tom Segev, un reputado intelectual israelí que forma en el grupo de los llamados nuevos historiadores –impugnan la historia oficial y más difundida de su país–, ha manifestado en las páginas del conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, que las opiniones de Grass son “desmesuradamente egocéntricas y patéticas”, mientras que en las diario progresista israelí Haaretz ha ido al meollo del asunto: “La comparación de Grass de Israel e Irán es impresentable porque, al contrario de Irán, Israel nunca amenazó con borrar a ningún país del mapa”. La situación de sometimiento sin contemplaciones de la comunidad palestina debería inducir a Segev a introducir alguna matización.

Micha Brumlik, profesor de la Universidad de Fráncfort y exdirector del Instituto Fritz Bauer para el Estudio y la Documentación del Holocausto, es del parecer que la demonización de los judíos que contiene el poema de Grass es típica del antisemitismo y comparte el punto de vista de Segev relativo a los objetivos israelís: “El Gobierno de Netanyahu, que políticamente es muy desagradable para mí, no tiene la intención de exterminar al pueblo de Irán”. A Brumlik le parece más criticable pensar lo contrario que sostener que el Gobierno de Israel pone en peligro la paz mundial.

Todo conspira para que suba la temperatura: el antisemitismo, los clérigos de Teherán, las críticas al Gobierno isrelí. A cada paso surgen Alemania y su pasado, los campos de exterminio y la amenaza de la república islámica: “Alemania vive un tiempo extraño –han escrito Giulio Meotti (italiano) y Benjamin Weinthal (alemán) en el diario conservador israelí Yediot Ajronot–. El último mes, la televisión ZDF ha emitido sin objeción una entrevista en la que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, negó el Holocausto. El entrevistador (…) evitó formular preguntas acerca de la represión de los movimientos democráticos en Irán”. Dicho todo esto antes de ocuparse del poema de la discordia: “Con su trabajo, Grass se convierte en el líder antisraelí de la intelligentsia europea. Es una señal inquietante de una enfermedad intelectual, un pensamiento antidemocrático y nihilista”.

Con la caja de Pandora abierta y una multitud dispuesta a sacar partido de la situación, algunos aplausos deben haber sonado a oídos de Grass como truenos que presagian días tormentosos. Así el Partido Nacional Democrático Alemán, neonazi, “por decir en voz alta lo que muchos piensan calladamente”. Así Javad Shamaqdari, viceministro iraní de Cultura, que se ha molestado en enviar una carta al escritor con la esperanza, dice, de que con el poema “despertará a la dormida conciencia occidental”. Cada una de estas adhesiones ha añadido confusión al debate, porque se trata de mensajes emitidos desde la trinchera ominosa del oportunismo sectario y surten de argumentos a cuantos se han movilizado contra el poema de Grass, como el escritor iraní de expresión francesa Chahdortt Djavann, autor en el 2009 de Ne négociez pas avec le régime iranien: “Para responder al escritor Günter Grass, diría que la paz del mundo se puso en peligro cuando el presidente Jimmy Carter sostuvo en el momento de la revolución iraní, en 1979, a aquel integrista terrorista que era el ayatolá Jomeini: aquello cambió la faz del mundo violando todas las reglas, todas las leyes y todas las convenciones internacionales”.

Submarino Dolphin

Submarino de la clase Dolphin que Alemania construye para Israel en los astilleros de Kiel.

El autor de El tambor de hojalata es dueño de una frase contenida en una conferencia que pronunció en marzo de 1970: “La política mira hacia el futuro, pero la mayoría de las veces fracasa en el presente a causa de su pasado”. La idea es perfectamente aplicable a sí mismo y al Gobierno de Israel, que, como sus predecesores –salvo contadas excepciones– sigue pensando que cualquier crítica que se le dirija es un dardo envenenado contra la existencia misma del Estado. Claro que más allá de la moqueta del poder los heterodoxos como el periodista Gideon Levy niegan que el Gobierno de su país disponga de una especie de bula de la santa cruzada que le pone a salvo de críticas y reproches: “Puede y debe decirse que la política de Israel pone en peligro la paz mundial. Su posición (la de Grass) contra el poder nuclear israelí es también legítima. Puede también oponerse al suministro de submarinos a Israel –acordado con Alemania– (…) Pero Grass exagera innecesariamente y por el camino daña su propia posición”.

Cosa parecida piensa el veterano Uri Avnery, 88 años, que militó en el Irgun cuando adolescente, fue diputado, acudió a Beirut en 1982 para entrevistar con Yasir Arafat, asediado en la capital de Líbano por los soldados que mandaba Ariel Sharon, y fundador en 1993 de la organización pacifista Gush Shalom (el bloque de la paz). El trato dispensado a Grass por el Gobierno israelí le ha llevado a declarar: “Es antisemítico, después de esto, insistir en que Israel no puede ser criticado en Alemania”.

El piropo más frecuente con el que la derecha israelí obsequia a Levy y a Avnery es llamarlos propagandistas de Hamás. A saber qué opinión le merece Jakob Augstein, prestigioso periodista alemán, autor de una columna semana en Spiegel Online, donde ha apoyado lo que llama “el realismo de Grass”. Considera necesario que se abra en Alemania un debate sobre Israel, algo que muchos intelectuales y el establishment político evitan todos los días. Prefieren guardar silencio a tener que afrontar el coste de una actitud menos complaciente con los gobiernos israelís casi 70 años después del final del III Reich y de la pesadilla de los campos de exterminio. Evitan, en suma, verse atrapados en la polémica sobre hasta dónde alcanzan la tradición y los sentimientos antisemitas en la Alemania de hoy, como le ha sucedido a Grass. Un gesto de prudencia que quiere soslayar situaciones embarazosas, como cuando se pregunta al profesor Moshe Zimmermann, de la Universidad Hebraica de Jerusalen, si Grass es un antisemita, y responde. “Este es un asunto complejo que requiere respuestas aún más complejas. Por supuesto, Grass no es un antisemita furibundo, que quiere expulsar o matar judíos. Pero el antisemitismo es mucho más complejo que eso. Y Grass utiliza imágenes y mitos que están teñidos de antisemitismo. La manera en que envuelve las opiniones sobre Israel recuerda la forma en que fueron y son arropados los juicios que se emiten sobre los judíos”.

A Zimmermann le gustaría ver en las páginas de cultura de los periódicos la polémica alimentada por Grass, sus detractores y sus defensores para despojarla de la pasión escenoráfica y la coreografía política que la acompaña, pero esto es poco menos que imposible, como presagiaban las palabras pronunciadas en Berlín por el escritor en mayo de 1970 al inaugurarse la exposición Hombres en Auschwitz: “Una y otra vez, y una vez más, ante una explicación a medias suficiente vuelve a haber motivo para criticar más causas. Y ante las causas piden la palabra otras causas: fuimos nosotros. Sin duda no lo quisimos. Pero lo que hicimos, dijimos y escribimos condujo por caminos extraviados a una localidad que se llama Auschwitz, pero también podría llamarse Treblinka”. La herida de la historia sigue abierta en las dos orillas de la matanza: en la de los descendientes de quienes sobrevivieron a la aniquilación y en la de los hijos y nietos inocentes de cuantos la ejecutaron.