Alemania, frente al espejo

Los 94 diputados sobre 709 obtenidos el último domingo por Alternativa para Alemania (AfD por sus siglas en alemán) confirma el auge de la extrema derecha en Europa, con precedentes muy sonoros en Holanda y en Francia más el desafío populista en Polonia y Hungría, de facto en estado de rebeldía frente a las políticas que marca la Unión Europea para los 27 y el Reino Unido hasta la sentencia de divorcio. Varias fobias superpuestas –al europeísmo, a la emigración y a los refugiados, al islam– han movilizado a un electorado conservador atraído por un nacionalismo a todo volumen que dice estar en disposición de restaurar el orgullo patrio, cerrar las fronteras y rescatar del abandono los länder del este, víctimas de una unificación precipitada y mal resuelta, algo que, entre otros, denunció Günter Grass en su día y que lo hizo acreedor de toda clase de críticas. Un programa vago, pero suficiente ha valido para erosionar a la democristiana CDU y para condenar al socialdemócrata SPD a conseguir los peores resultados de su historia.

Ni siquiera la fractura entre posibilistas y radicales, que ha llevado a Frauke Petry, la exlíder del partido, a renunciar al escaño para iniciar una aventura en solitario para un “nuevo comienzo conservador”, degrada la importancia política y social del éxito electoral de la AfD. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial se sentarán en el Bundestag defensores desinhibidos de los méritos contraídos por la Wehrmacht, negacionistas del Holocausto y quién sabe si añorantes de la ensoñación del Reich milenario. Que la cohesión interna de la AfD pase por una crisis no evita que varios de los problemas que las próximas semanas o meses se acumularán en la mesa de la cancillera Angela Merkel sean fruto de esa sacudida electoral, que por de pronto ha sepultado la gran coalición, obliga a organizar un tripartito de democristianos, liberales y verdes y acaso liquide la carrera política del brillante Martin Schulz (SPD), que perdió 40 diputados el 24 de septiembre.

En mitad de la remodelación y puesta al día del eje francoalemán, surge un proceso susceptible de generar inestabilidad e incertidumbres, las servidumbres de un problema nacional se cruzan en el camino de Angela Merkel y del presidente de Francia, Emmanuel Macron, y acaso no sea eso lo más grave, sino el robustecimiento de las fuerzas disgregadoras que amenazan el proyecto europeo. Cuando analistas de prestigio como Anatole Kaletsky, autor del libro Capitalismo 4.0, subrayan que las reformas económicas en Francia solo son factibles si Alemania “acuerda un régimen fiscal más generoso y apoya políticas monetarias que beneficien a los miembros más débiles de la eurozona”, no hacen más que citar una de las fronteras que probablemente los liberales no están dispuestos a violar –la austeridad a todas horas– y que los ecologistas, en cambio, desdeñan.

“Europa podría muy bien sucumbir al nacionalismo si fracasa el plan de Macron”, afirma Philippe Legrain, de la London School of Economics, pero el éxito de Macron, contestado en la calle y con la popularidad en declive, depende en gran medida de la capacidad de Merkel para aligerar el recetario que ha defendido hasta la fecha. Con el riesgo añadido de que la tensión social provocada por su reforma laboral alimente en igual o parecida proporción a los insumisos de Jean-Luc Mélenchon y a la extrema derecha que lidera Marine Le Pen. Al lado de Merkel, el europeísmo de Macron parece razonablemente a salvo; cuanto más tiempo tarde la cancillera en ordenar la política interna alemana, más dificultades encontrará Macron para defender su programa.

Guste o no, el renacimiento de la extrema derecha con las siglas AfD y el hundimiento de la gran coalición condicionan el futuro inmediato de Alemania y de Europa. La gran pregunta o incógnita a desvelar es cómo, después de décadas de democratización y saneamiento de la política, una parte de Alemania vuelve a mirarse en el peor espejo de su historia. Quizá la crisis migratoria, las tensiones del euro y los efectos de la economía global sean causas directas del éxito de la AfD, pero quizá también deba darse la razón a cuantos sostienen que la desnazificación en la República Federal de Alemania (RFA), intensiva y sin tregua durante los 30 o 40 años que siguieron al final de la guerra, no existió o no tuvo la misma profundidad en la República Democrática Alemana (RDA), fundada sobre la creencia de que era expresión de la sociedad alemana que se opuso y venció al nazismo. En realidad, tal suposición no fue nunca mucho más que un eslogan propagandístico porque la victoria a sangre y fuego fue de la Unión Soviética, impulsora y protectora de la Alemania Oriental desde el primer día de su existencia hasta la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1989).

Quedó en la tierra alemana al este de la divisoria un núcleo de población sometido a un régimen comunista, pero que nunca acometió la empresa de ventilar la casa ni se prestó a revisar la historia porque el socialismo real instalado en el poder creyó que su sola autoridad y magisterio ahuyentarían los fantasmas. Una parte de la sociedad se acomodó simplemente a un tiempo diferente y, al resquebrajarse el muro, unificarse el país y ponerse de manifiesto las diferencias de todo tipo entre el próspero oeste y el empobrecido este, optó por volver la vista al pasado y desenterrar todos los demonios familiares que Occidente creyó sepultados para siempre. Nunca tuvo la RFA un gran partido de extrema derecha –ni siquiera lo fue el Partido Nacionaldemócrata Alemán (NPD)–, acogidos los nostálgicos en la posguerra por la CDU (en Baviera la CSU) sin hacer ruido, pero el pensamiento ultra se ha consagrado ahora, después de una cadena de experimentos políticos fallidos, cuando en los antiguos territorios de la RDA han coincidido la frustración política y la crisis social.

Como tantas veces ha sucedido, el establishment no quiso aceptar la posibilidad no tan remota de que aquí estaba la extrema derecha para quedarse y, lo que es aún peor, se negó a admitir que había una relación directa entre la austeridad, los microjobs y otras formas de precariedad laboral y la proletarización de la militancia ultra, atraída por el discurso populista, la simplificación de los problemas y la acusación dirigida a Europa de ser culpable de todo. Si en Francia Marine Le Pen anduvo a vueltas durante años con la resurrección del franco y la renuncia al euro, ahora en Alemania los partidarios de regresar al marco se han visto reforzados; si aumenta la movilización alemana contra la Europa de Schengen, cobrará vigor la oposición al tratado de Schengen en los Países Bajos y en Francia, e incluso los partidarios del brexit sentirán que sopla viento a su favor y no navegan solos.

Willy Brandt dijo: “El futuro no va a estar dominado por aquellos que están atrapados en el pasado”. ¿Manifestó un deseo o estuvo convencido de que el pasado ominoso se quedaría sin seguidores? En todo caso, fue un pensamiento honorable, compartido por muchos de cuantos tuvieron la responsabilidad de rescatar Alemania y su cultura política del lodazal en el que habían quedado sumergidas. Al observar hoy el ascenso de la AfD y el envalentonamiento de sus líderes, surge el temor de que los fantasmas del pasado reclamen tener un papel relevante en el escenario.

Günter Grass abre las heridas del Holocausto

Manifestación en Fráncfort

Pancarta de apoyo a Günter Grass en la tradicional manifestación de Pascua en Fráncfort, el 9 de abril.

El poema de Günter Grass Lo que hay que decir ha encendido la polémica. Unos versos del premio Nobel han refrescado la memoria histórica de la tragedia inextinguible del Holocausto a la vez que se ha acusado al escritor alemán de albergar sentimientos antisemitas y se ha recordado su afiliación a las Waffen SS cuando contaba 17 años, en los días postreros de la segunda guerra mundial, algo que ocultó hasta hace solo seis años. En Israel y Alemania se han sucedido las críticas hasta que Eli Yishai, ministro israelí del Interior, ha declarado a Grass persona non grata –entraña la prohibición de visitar Israel– y el Gobierno de Benyamin Netanyahu ha tenido que enfrentar, a su vez, críticas por arremeter contra la libertad de expresión y el derecho a la libre circulación.

Aquello del poema que más ha removido las aguas es la equiparación de Irán e Israel en términos políticos, y las acusaciones dirigidas a este último país de “poner en peligro una paz mundial ya de por sí quebradiza”, de tener en mente la aniquilación del pueblo iraní so pretexto de destruir las instalaciones en las que la república de los ayatolás enriquece uranio. La controversia excede con mucho la que provocó en su día la decisión del director de orquesta Daniel Barenboim de interpretar a Richard Wagner, antisemita furioso, en tierra de Israel, agrandada además por el error manifiesto de Grass de asimilar el Gobierno de Israel al Estado de Israel, pero también porque la crítica a Israel, a su Gobierno, a la tradición política israelí, es obra de un autor alemán, referencia moral en muchos sentidos de la cultura de su país y crítico acérrimo de la unificación. Grass ha rectificado en las páginas del influyente periódico muniqués Süddeutsche Zeitung, el mismo que publicó el poema el 4 de abril, en lo que atañe a la referencia genérica a Israel, pero es ilusorio esperar muchas matizaciones más de un tozudo incorregible de 84 años que, por si faltara poco, es autor de una frase tan reveladora como la siguiente: “Cuando algo es moralmente correcto, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar”.

Pero ¿es moralmente correcto el poema? Tom Segev, un reputado intelectual israelí que forma en el grupo de los llamados nuevos historiadores –impugnan la historia oficial y más difundida de su país–, ha manifestado en las páginas del conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, que las opiniones de Grass son “desmesuradamente egocéntricas y patéticas”, mientras que en las diario progresista israelí Haaretz ha ido al meollo del asunto: “La comparación de Grass de Israel e Irán es impresentable porque, al contrario de Irán, Israel nunca amenazó con borrar a ningún país del mapa”. La situación de sometimiento sin contemplaciones de la comunidad palestina debería inducir a Segev a introducir alguna matización.

Micha Brumlik, profesor de la Universidad de Fráncfort y exdirector del Instituto Fritz Bauer para el Estudio y la Documentación del Holocausto, es del parecer que la demonización de los judíos que contiene el poema de Grass es típica del antisemitismo y comparte el punto de vista de Segev relativo a los objetivos israelís: “El Gobierno de Netanyahu, que políticamente es muy desagradable para mí, no tiene la intención de exterminar al pueblo de Irán”. A Brumlik le parece más criticable pensar lo contrario que sostener que el Gobierno de Israel pone en peligro la paz mundial.

Todo conspira para que suba la temperatura: el antisemitismo, los clérigos de Teherán, las críticas al Gobierno isrelí. A cada paso surgen Alemania y su pasado, los campos de exterminio y la amenaza de la república islámica: “Alemania vive un tiempo extraño –han escrito Giulio Meotti (italiano) y Benjamin Weinthal (alemán) en el diario conservador israelí Yediot Ajronot–. El último mes, la televisión ZDF ha emitido sin objeción una entrevista en la que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, negó el Holocausto. El entrevistador (…) evitó formular preguntas acerca de la represión de los movimientos democráticos en Irán”. Dicho todo esto antes de ocuparse del poema de la discordia: “Con su trabajo, Grass se convierte en el líder antisraelí de la intelligentsia europea. Es una señal inquietante de una enfermedad intelectual, un pensamiento antidemocrático y nihilista”.

Con la caja de Pandora abierta y una multitud dispuesta a sacar partido de la situación, algunos aplausos deben haber sonado a oídos de Grass como truenos que presagian días tormentosos. Así el Partido Nacional Democrático Alemán, neonazi, “por decir en voz alta lo que muchos piensan calladamente”. Así Javad Shamaqdari, viceministro iraní de Cultura, que se ha molestado en enviar una carta al escritor con la esperanza, dice, de que con el poema “despertará a la dormida conciencia occidental”. Cada una de estas adhesiones ha añadido confusión al debate, porque se trata de mensajes emitidos desde la trinchera ominosa del oportunismo sectario y surten de argumentos a cuantos se han movilizado contra el poema de Grass, como el escritor iraní de expresión francesa Chahdortt Djavann, autor en el 2009 de Ne négociez pas avec le régime iranien: “Para responder al escritor Günter Grass, diría que la paz del mundo se puso en peligro cuando el presidente Jimmy Carter sostuvo en el momento de la revolución iraní, en 1979, a aquel integrista terrorista que era el ayatolá Jomeini: aquello cambió la faz del mundo violando todas las reglas, todas las leyes y todas las convenciones internacionales”.

Submarino Dolphin

Submarino de la clase Dolphin que Alemania construye para Israel en los astilleros de Kiel.

El autor de El tambor de hojalata es dueño de una frase contenida en una conferencia que pronunció en marzo de 1970: “La política mira hacia el futuro, pero la mayoría de las veces fracasa en el presente a causa de su pasado”. La idea es perfectamente aplicable a sí mismo y al Gobierno de Israel, que, como sus predecesores –salvo contadas excepciones– sigue pensando que cualquier crítica que se le dirija es un dardo envenenado contra la existencia misma del Estado. Claro que más allá de la moqueta del poder los heterodoxos como el periodista Gideon Levy niegan que el Gobierno de su país disponga de una especie de bula de la santa cruzada que le pone a salvo de críticas y reproches: “Puede y debe decirse que la política de Israel pone en peligro la paz mundial. Su posición (la de Grass) contra el poder nuclear israelí es también legítima. Puede también oponerse al suministro de submarinos a Israel –acordado con Alemania– (…) Pero Grass exagera innecesariamente y por el camino daña su propia posición”.

Cosa parecida piensa el veterano Uri Avnery, 88 años, que militó en el Irgun cuando adolescente, fue diputado, acudió a Beirut en 1982 para entrevistar con Yasir Arafat, asediado en la capital de Líbano por los soldados que mandaba Ariel Sharon, y fundador en 1993 de la organización pacifista Gush Shalom (el bloque de la paz). El trato dispensado a Grass por el Gobierno israelí le ha llevado a declarar: “Es antisemítico, después de esto, insistir en que Israel no puede ser criticado en Alemania”.

El piropo más frecuente con el que la derecha israelí obsequia a Levy y a Avnery es llamarlos propagandistas de Hamás. A saber qué opinión le merece Jakob Augstein, prestigioso periodista alemán, autor de una columna semana en Spiegel Online, donde ha apoyado lo que llama “el realismo de Grass”. Considera necesario que se abra en Alemania un debate sobre Israel, algo que muchos intelectuales y el establishment político evitan todos los días. Prefieren guardar silencio a tener que afrontar el coste de una actitud menos complaciente con los gobiernos israelís casi 70 años después del final del III Reich y de la pesadilla de los campos de exterminio. Evitan, en suma, verse atrapados en la polémica sobre hasta dónde alcanzan la tradición y los sentimientos antisemitas en la Alemania de hoy, como le ha sucedido a Grass. Un gesto de prudencia que quiere soslayar situaciones embarazosas, como cuando se pregunta al profesor Moshe Zimmermann, de la Universidad Hebraica de Jerusalen, si Grass es un antisemita, y responde. “Este es un asunto complejo que requiere respuestas aún más complejas. Por supuesto, Grass no es un antisemita furibundo, que quiere expulsar o matar judíos. Pero el antisemitismo es mucho más complejo que eso. Y Grass utiliza imágenes y mitos que están teñidos de antisemitismo. La manera en que envuelve las opiniones sobre Israel recuerda la forma en que fueron y son arropados los juicios que se emiten sobre los judíos”.

A Zimmermann le gustaría ver en las páginas de cultura de los periódicos la polémica alimentada por Grass, sus detractores y sus defensores para despojarla de la pasión escenoráfica y la coreografía política que la acompaña, pero esto es poco menos que imposible, como presagiaban las palabras pronunciadas en Berlín por el escritor en mayo de 1970 al inaugurarse la exposición Hombres en Auschwitz: “Una y otra vez, y una vez más, ante una explicación a medias suficiente vuelve a haber motivo para criticar más causas. Y ante las causas piden la palabra otras causas: fuimos nosotros. Sin duda no lo quisimos. Pero lo que hicimos, dijimos y escribimos condujo por caminos extraviados a una localidad que se llama Auschwitz, pero también podría llamarse Treblinka”. La herida de la historia sigue abierta en las dos orillas de la matanza: en la de los descendientes de quienes sobrevivieron a la aniquilación y en la de los hijos y nietos inocentes de cuantos la ejecutaron.