La OTAN se asoma al califato

Los asesinatos de dos periodistas estadounidenses perpetrados por el Estado Islámico (EI) han agrandado el desafió fundamentalista, que traza un reguero de sangre cada vez más caudaloso. En el artículo publicado este último jueves en el diario conservador británico The Times, prolegómeno de la cumbre de la OTAN celebrada en Gales, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, dicen haberse juramentado para no acobardarse ante las amenazas del sedicente califa IbrahimAbú Bakr el Bagdadi hasta fecha reciente– y sus secuaces. “Países como el Reino Unido y Estados Unidos no serán intimidados por asesinos”, aseguran ambos líderes, pero lo hacen a muy pocos días de que uno de ellos, Obama, reconociese que carece de una estrategia precisa para combatir a los yihadistas. Un rasgo de sinceridad que le honra, pero que desorienta a la opinión pública, conmovida por las decapitaciones de James Foley y Steven Sotloff, y alarma a los candidatos demócratas que en noviembre concurrirán a las elecciones legislativas de midterm (mitad de mandato).

Obama y en menor medida sus aliados se enfrentan una vez más a un dilema angustioso: hay que ceder al chantaje para salvar una vida amenazada o hay que sacrificar a un inocente para no envalentonar a los chantajistas. La Casa Blanca se inclina por no ceder, pero el resultado de su resistencia al intercambio de favores con los islamistas apenas modifica de momento sobre el terreno los datos esenciales del conflicto. Antes al contrario, parece que la siembra del terror afianza al califato en aquellas regiones de Irak y Siria en las que se ha hecho fuerte. Y las invocaciones a la prudencia sirven al mismo tiempo para reconocer que, incluso si se acierta con la forma de encarar la crisis, “es evidente que lo que se haga no será concluyente”, como publicó el diario liberal británico The Guardian al repasar los puntos calientes que ocupan la agenda de la OTAN.

Ni siquiera es seguro adelantar qué efecto tendrá en la reacción de los electores de Estados Unidos la muerte de Foley y Sotloff, cuyas familias han ocupado noticiarios y debates conmovedores. Cuantos creen que a Obama le faltaron recursos para salvar la vida de los periodistas, incluso una vez iniciada la campaña de bombardeos contra posiciones del EI, recuerdan que en junio accedió a intercambiar a cinco caudillos talibanes por el sargento Bowe Bergdahl, cuyo cautiverio de cinco años en Afganistán sigue bajo sospecha, y los términos de la liberación el 24 de agosto del reportero Peter Theo Curtis, dos años en poder de Al Nusra, franquicia de Al Qaeda en Siria, alimenta la sospecha de que no siempre se aplica a misma vara de medir. Una duda que no disipa la posibilidad de que Curtis haya recobrado la libertad como parte de una operación de Al Nusra para suavizar su imagen por comparación con los verdugos del EI.

Hay, por lo demás, un riesgo evidente en el recurso al gran garrote: exportar el combate islamista a suelo occidental. Los cálculos elaborados por el semanario The Economist relativos a ciudadanos europeos y estadounidenses en Siria no ofrecen dudas sobre el éxito de la prédica yihadista más allá de su marco histórico tradicional. Desde que los atentados de Londres de julio del 2005 desvelaron la adhesión de ciudadanos británicos a la causa de la guerra santa, no ha dejado de crecer el temor de que, en cualquier momento, en cualquier circunstancia no previsible, es posible y viable la exportación del combate yihadista en entornos propicios. La seguridad de que fue un ciudadano británico quien segó las vidas de Foley y Sotloff no ha hecho más que acrecentar los temores.

Frente a la tradición del libre examen, herencia de las Luces, una parte del mundo musulmán defiende la idea de que “la gente puede (y debe) ser castigada y discriminada siempre por sus opiniones y prácticas religiosas incorrectas”, afirma el especialista Brian Whitaker, que acaba de publicar un libro ilustrativo: Arabs without God (Árabes sin Dios). Llevado este principio hasta sus últimas consecuencias, con más razón cualquier no musulmán, dentro y fuera de tierra del islam, puede ser un blanco justificado para una mente fanatizada. Si alguien cree que lo que antecede es una simplificación del problema, basta que busque en la red los mensajes de Ibrahim-El Bagdadi para despejar dudas.

¿Cómo ha sido posible tal dislocación del relato político de Oriente Próximo hasta el punto de que el EI lo condiciona todo? Según el profesor libanés Ziad Majed, de la Universidad Americana de París, el nacimiento y consolidación del EI “tiene más de un padre y es el producto de más de una enfermedad de larga duración y generalizada”. Según explica Majed en un artículo publicado en junio en su blog, no es casual que Irak y Siria acojan el último episodio de efervescencia islamista, y da seis razones para que se haya llegado a la situación de este verano:

1º. Sadam Husein, en Irak, y Hafez y Bashar el Asad, en Siria, mataron a cientos de miles de personas, oponentes o no, practicaron un sectarismo profundo y pusieron en marcha “un mecanismo de exclusión y polarización” ideológica.

2º La creación en Irak después de la invasión del 2003 de una nueva autoridad, que excluyó a cuantos habían formado parte del régimen anterior, al mismo tiempo que entró en acción el grupo islamista de Abú Musab el Zarqaui, del que el Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), predecesor del EI, fue su heredero directo.

3º La política regional agresiva de Irán, chií, en Líbano e Irak, con consecuencias en Siria, que ha estimulado la división confesional y “ha hecho de estas divisiones la espina dorsal de la movilización ideológica y una política de revancha” en el campo suní.

4º Los jóvenes de algunas redes salafistas del golfo Pérsico que emergieron y crecieron durante los años 80 y han seguido operando durante las dos últimas décadas “bajo varios nombres, siempre en favor del extremismo y el oscurantismo”.

5º La crisis “profundamente enraizada en el pensamiento de algunos grupos islamistas” que buscan escapar de los desafíos del presente mediante la remisión al siglo VII, primero del islam, convencidos de que en la tradición se hallan las respuestas a cualquier desafío de hoy o del futuro.

6º La perpetuación de un ambiente de violencia brutal en Irak y Siria que ha permitido “el crecimiento de esta enfermedad y facilitado el surgimiento de lo que se puede llamar isismo (de ISIS, siglas inglesas de Estado Islámico de Irak y Siria)”.

La delimitación de las causas que hace Majed le lleva a una conclusión de la que bastantes disienten en las cancillerías occidentales y que los analistas de la OTAN descartan por demasiado peligrosa: que Bashar el Asad no es un muro de contención del islamismo en armas, sino la raíz del problema. En consecuencia, tolerar el régimen sirio como un mal menor es una forma de dar oxígeno a los predicadores del califato y a los partidarios de una respuesta radical del islam. Si esta es la realidad y no otra, entonces fue mayúsculo el error cometido por Estados Unidos y sus aliados al no implicarse directamente en el combate contra Asad a cambio de que este renunciara a sus arsenales de armas químicas. Y quizá fuese realmente enorme habida cuenta de que en una situación de guerra abierta el Ejército sirio no necesitaba recurrir al arsenal químico para sojuzgar a la población y asediar a la oposición laica, rápidamente colonizada por el yihadismo y sometida a su estrategia política.

De igual forma, la libertad de movimientos del primer ministro de Irak, Nuri al Maliki, empeñado en encabezar la venganza chií frente a la comunidad suní, favorecida en tiempos de Sadam, no hizo más que alimentar una guerra sectaria presente en las cuatro esquinas de un Estado debilitado por la división confesional, el nacionalismo kurdo y la inoperancia de un Ejército desprestigiado. Un panorama propicio para que por lo menos en un primer momento la llegada del califa suní encontrara auditorios dispuestos a escucharle, a vislumbrar un futuro libre de la presencia occidental y de las arbitrariedades del Gobierno blindado por Estados Unidos. Poco importa que el sueño se convirtiese pronto en pesadilla y que se retirase a El Maliki el encargo de formar Gobierno para confiar a otro la tarea de constituir un Ejecutivo de amplio espectro, porque para entonces la frontera entre Siria e Irak había desaparecido y el EI era una realidad política ineludible.

Los analistas que observan el desaguisado sirio-iraquí aventuran que la misma cadena de errores podría repetirse en Afganistán, donde la misión de la ISAF acabará a final de año. Janine Davidson y Emerson Brooking se preguntan en la web del Council on Foreign Relations “si Afganistán puede seguir por una camino parecido y qué acciones puede llevar a cabo la OTAN para ponerlo a salvo”. En realidad, la incógnita planteada es meramente retórica porque, si no se produce un cambio de estrategia para fortalecer al nuevo presidente afgano –Ashraf Ghani Ahmadzai– y el Gobierno que forme, pocas dudas hay en cuanto a la incapacidad de las autoridades de Kabul de hacerse respetar mucho más allá de los límites de la capital. Es más verosímil un entendimiento de facto entre los señores de la guerra y de la amapola de opio y los guerrilleros talibanes, que algo remotamente parecido a un compromiso político que salvaguarde la normalidad institucional y el principio de legalidad.

Puede decirse que el éxito estratégico del EI, mediante la renuncia al terrorismo global en favor del combate local, ha hecho saltar por los aires algunas de las previsiones más sólidas que siguieron a las primaveras árabes y a la laboriosa rehabilitación de la República Islámica de Irán. Porque la capacidad de contagio es enorme y la llamada a las armas ha seducido a jóvenes de todas partes, del Reino Unido a Mesopotamia, y está lejos de ser flor de un día. La degradación de la estructura social y política en el orbe árabe-musulmán y las conveniencias de Occidente no hacen más que azuzar la hoguera.

 

 

 

Asad institucionaliza la guerra civil

Los penachos de humo que asoman por encima de los tejados de las ciudades sirias y el recuento incesante de muertos han sepultado bajo un manto de oprobio y repulsa internacional el calendario anunciado la semana pasada por el presidente Bashar el Asad: celebración de un referendo el día 26 de este mes para aprobar una nueva Constitución y elecciones legislativas para 90 días después. Más que adentrarse por la senda de la reforma, las matanzas diarias en todo el país, especialmente en el triángulo suní -con Homs y Hama en primer lugar-, llevan al régimen a institucionalizar la guerra civil como un mecanismo para perpetuarse o, por lo menos, prolongar la agonía. En verdad, nada es demasiado nuevo en la crisis siria, incluido que corra la sangre: en febrero de 1982, Hafez el Asad, padre del dictador ahora en el puente de mando, ordenó un ataque sin piedad contra la ciudad de Hama, donde celebraban una reunión los Hermanos Musulmanos, en el que murieron 20.000 personas.

 

Mural de víctimas

Mural de víctimas de los bombardeos de Hama entre el 2 y el 28 de febrero de 1982.

Las esperanzas de primera hora manifestadas por intelectuales árabes se han desvanecido. Difícilmente el escritor marroquí de expresión francesa Tahar ben Jelloun, podría escribir hoy en los mismos términos que lo hizo hace un año en las páginas del libro L’étincelle (la chispa): “Desde que Barack Obama evocó el respeto de los derechos humanos ante su visitante chino en enero del 2011, ha dejado de ser fácil hacer que los negocios pasen por delante de los derechos del hombre”. Puede que haya dejado de ser fácil, pero entre el veto ruso-chino en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y los riesgos inherentes a una implicación sin cautelas -hablar de Siria es hablar del Líbano, de Hizbulá, de Irán, de los altos del Golán-, Estados Unidos y la Unión Europea han dejado de ser actores decisivos.

El profesor Mark Lynch, director del Institute of Middle East Studies y coautor de un informe elaborado para el think tank Center for a New American Security, sostiene en las páginas de Foreign Policy: “Fui un partidario decidido de la intervención en Libia. Pero desviar el debate acerca de Siria hacia las opciones militares ha sido contraproducente”. En resumen: Lynch forma parte de la larga lista de politólogos que estiman un despropósito repetir la experiencia de Libia por dos razones: los riesgos son mayores y la oposición a la dictadura está lejos de constituir un bloque histórico sólido.

La debilidad debida a la división es un asunto crucial, el resorte que probablemente da más margen de maniobra al presidente Asad. Al menos, deben tenerse en consideración tres organizaciones opositoras: el Comité Nacional Sirio, mayoritario; la Coordinadora Nacional Siria, que incluye algunos paniaguados del régimen alarmados por la derrota que toman los acontecimientos, y el Ejército Sirio Libre, heteróclita alianza de desertores del Ejército y de partidarios de la acción directa, pobremente armados, cuya adscripción ideológica resulta aventurada. A lo que hay que añadir el mosaico confesional -sunís (mayoritarios), chiís afectos a la secta alauí (la minoría a la que pertenece Asad), cristianos y drusos- y la comunidad kurda, con su propio memorial de agravios.

Todo lo cual lleva al economista libanés y analista de la primavera árabe, Nadim Shehadi, profesor de la Chatham House, a sostener lo que sigue: “Uno de los asuntos más complicados en matemáticas, economía, política, leyes electorales, etcétera… es el método de agrupación de una preferencia individual en el grupo preferente. De hecho, el asunto no está resuelto. La mejor prueba de que es así es la diversidad de sistemas electorales y leyes que intentan sumar el individuo al grupo. Esta es probablemente la cuestión de fondo en el debate sobre el sectarismo”.

Es justamente el temor a una guerra sectaria el gran freno que mantiene a las clases medias de Damasco encerradas en sus casas y lo que explica que, comparativamente, la tensión en la capital sea menor que en otros lugares. El arabista francés Gilles Kepel lo analiza así en Alternatives Internationales Hors-série: “Líbano e Irak han conocido guerras civiles sangrientas estos últimos decenios y una de las razones por las cuales la burguesía suní de Damasco no se ha inclinado del lado de los revolucionarios no es solo el temor a que la masa suní empiece a atacar a una burguesía aliada al régimen de Bashar el Asad, sino que la caída de este último se traduzca en una nueva guerra civil interconfesional”.

Tampoco puede desdeñarse el testimonio recogido en Al Qardaha, la aldea natal de Hafez el Asad, por la periodista Sara Daniel, del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur. “Si Bashar no hubiese sido tan popular, hace tiempo que el régimen se habría hundido”, le dijo a Daniel un habitante de Al Qardaha. Desde luego, no es un factor nada desdeñable tener en cuenta la popularidad de que gozó el presidente durante sus primeros años de mandato. Al suceder a su padre en el 2000, hubo quien atisbó señales de cambio que permitían esperar una larga transición desde la república hereditaria recibida por Asad a otra presidencialista y pluripartidista con limitaciones, tutelada por el Ejército y la omnipresencia de los funcionarios del partido Baaz, los dos puntales del régimen. Todo fue un espejismo que se desvaneció en cuanto los blindados abrieron fuego y los escuadrones de la muerte se adueñaron de la calle.

La realidad es hoy la dislocación de la sociedad siria, la fractura en la comunidad internacional a causa de la guerra civil, la utilización que de la crisis hace Irán, con dos buques de guerra en el puerto de Tartus, los paños calientes de la Liga Árabe y el temor a que el conflicto histórico entre el mundo suní, encabezado por Arabia Saudí, y el chií, pilotado por los herederos de la tradición persa, se adueñe de la situación. Abdel Bari Atwan, editor del diario Al-Quds Al-Arabi, que se publica en Londres, describe en el liberal The Guardian, de la capital británica, qué amenazas se ciernen sobre el arco de crisis que va del Mediterráneo oriental a la república de los ayatolás: “El problema es que al aislar al régimen de Asad, la Liga Árabe arriesga una polarización de las alianzas con potencial para ampliarse: el conflicto sectario en Siria puede extenderse más allá de sus fronteras y al resto de la región; en el peor escenario, vemos posible un regreso a la guerra fría, alineando posiciones en el chia -la comunidad chií-, respaldada por Rusia y China, contra los países sunís, apoyados por Occidente”.

Mientras, los muertos superan largamente los 10.000. Entre ellos, siete periodistas, de los que dos perdieron la vida el miércoles, alcanzados por un bombardeo en Homs: la estadounidense Marie Calvin y el francés Rémi Ochlik.