Un ‘impeachment’ muy lejano

Se preguntaba Miguel Ángel Bastenier en uno de los últimos artículos que publicó en El País si Donald Trump tiene política exterior, y concluía que cuando más cómodo se siente es cuando actúa como “jefe de una tribu, más que de presidente”. Se diría que su papel favorito es el de macho alfa, mientras que las sutilezas de un mundo complejo, globalizado, escapan a su propensión a los planteamientos binarios de los problemas dentro y fuera de Estados Unidos. En esta forma atropellada de dirigirse a la opinión pública, en ese léxico exento de matices, como si mediante la simplificación de sus mensajes en Twitter simplificara asimismo el alcance de los desafíos, cree haber encontrado Trump la manera de contrarrestar la supuesta conspiración –caza de brujas, la llama– que arremete contra él.

Frente a la idea de un orden mundial 2.0 en el que todo está interconectado, sigue vendiendo Trump a sus seguidores el American first, aunque el 60% de los estadounidenses se declaran contrarios a la gestión del empresario solo cinco meses después de instalarse en la Casa Blanca, casi un asalto. Escribió Richard N. Haas, presidente del think tank Council on Foreign Relations, a poco de que Trump ocupara el Despacho Oval: “Las realidades de hoy exigen actualizar el sistema operativo –un orden mundial 2.0– basándose en la obligación soberana, la noción de que los estados soberanos no solo tienen derechos, sino también obligaciones hacia los demás”. Tal matiz no figura en el catálogo de preocupaciones del presidente a pesar de que las obligaciones –la lucha contra el cambio climático, una de ellas; la libertad de comercio, otra– son consustanciales a la globalización, a la noción última de que no hay compartimentos estancos, torres de marfil o jaulas de cristal a salvo de contingencias planetarias de efectos catastróficos, empobrecedores, al menos.

Detrás de todo ello, alienta un nacionalismo lleno de sonoros enunciados, pero de difícil concreción; un nacionalismo suficiente para captar el voto de las víctimas primeras de la crisis económica y de la desindustrialización, pero que con harta frecuencia se antoja destinado a encubrir un conflicto de intereses en el corazón del Estado. Salvo imperdonable ingenuidad, no hay forma de separar los objetivos empresariales de Donald Trump y su familia –la hija Ivanka, first daughter, acaso, y Jared Kushner, su marido– de los políticos del presidente en Estados Unidos y más allá. Algo que recuerda tanto el caso de Silvio Berlusconi, tan estudiado, que parece una nueva versión, puede que el plagio de una teleserie con muy parecidos actores y guionistas, rodada en inglés, por supuesto (un inglés bastante vulgar y poco trabajado, dicho sea de paso).

¿Es suficiente este populismo ultraconservador para salir al cruce de sospechas cada vez mayores acerca de los manejos poco escrupulosos de Trump? ¿Puede salvarle del impeachment, citado abusivamente, la posverdad ocultadora de la verdad, de los hechos empíricamente demostrables si es que existen tales hechos o embrollos o marañas? De momento, la deposición de James Comey, el director del FBI destituido por el presidente, ante el Comité de Inteligencia del Senado, deja a Trump aparentemente muy cerca de una futura acusación de obstrucción a la justicia, y el trabajo del fiscal especial Robert Mueller abunda en idéntica dirección a propósito de los intentos de la Casa Blanca de cercenar la investigación de la trama rusa durante la campaña electoral del presidente y en fechas posteriores. Para completar el cuadro, la relevancia que está adquiriendo la figura de Marc E. Kasowitz, abogado personal de Donald Trump, recuerda mucho la que en su día tuvo Herbert W. Kalmbach, abogado personal de Richard Nixon durante el escándalo Watergate.

Dicho esto, no puede soslayarse el hecho histórico de que solo en dos ocasiones la mecánica del impeachment ha llegado hasta el final y en ambas pararon el golpe los presidentes: Andrew Johnson en 1868 y Bill Clinton en 1999. El tercer caso, el más recordado y citado ahora, es el de Nixon, que presentó la dimisión el 8 de agosto de 1974 y evitó someterse a la preceptiva votación, fue perdonado por su sucesor, Gerald Ford, y tuvo tiempo de rehabilitar su figura ante el establishment de Washington o eso pareció al cabo de unos años. Y la historia pesa mucho, los precedentes son una referencia y los republicanos tienen mayoría en ambas cámaras del Congreso, un dato fundamental por más que el republicanismo clásico reniegue de un presidente tan improbable como Trump, tan sujeto a un programa indescifrable no solo en política exterior, que sin duda lo es, sino en el resto de apartados que indican cuáles son los objetivos tangibles de una Administración.

Que el presidente dé muestras reiteradas de desconocer la división de poderes –al menos, lo aparenta–, el sistema de contrapesos institucionales diseñado por los padres de la nación y los límites de la presidencia a pesar de la amplitud de sus atribuciones no significa que se avizore un impeachment a la vuelta de la esquina. “Sobre Trump y sus intereses con Rusia hay muchas sospechas, pero a fecha de hoy es pronto para plantear su destitución. Hay que encontrar las pruebas y demostrarlas”, ha declarado a EL PERIÓDICO Bob Woodward, develador del caso Watergate junto con su compañero Carl Bernstein. “No se pueden establecer paralelismos. Nixon estaba dispuesto a romper la ley y no le importaba hacerlo de forma agresiva y constante (…) Esto no lo hemos visto aún en el actual presidente. A fecha de hoy, Trump es una incógnita”, dice Woodward, esto es, no hay pruebas para fundamentar una acusación, un requisito ineludible.

Todas las teorías para sustituir al presidente eluden o apenas insisten en el doble principio acusatorio, competencia de la fiscalía, y probatorio más allá de toda duda razonable. Los juegos recreativos que sitúan al vicepresidente Mike Pence en la Casa Blanca antes de las elecciones legislativas de noviembre del 2018 y a Paul Ryan, líder de la Cámara de Representantes, en la vicepresidencia obedecen más al deseo de quienes fabulan que a la posibilidad cierta de que los acontecimientos se desarrollen de acuerdo con este guion. Ni siquiera se atreve a ir tan lejos alguien con opiniones tan contundentes contra Trump como Paul Krugman –“Su combinación de revanchismo mezquino y descarada indolencia, lo hace inepto para el cargo. Y eso es un enorme problema. Piensen por un minuto cuánto daño ha hecho este hombre en múltiples frentes en solo cinco meses”–; más bien teme que costará mucho moverle la silla por clamorosos que sean sus errores o desmanes.

Como explica el profesor Jan-Werner Mueller, de la Universidad de Princeton, el populismo es la negación del pluralismo, sustituido por el concepto de pueblo unido; este es el gran éxito de Donald Trump en lo que lleva de mandato. Y añade: “Hasta hoy, ningún ala derecha del populismo ha alcanzado el poder en Europa Occidental o en Estados Unidos sin la colaboración de las élites conservadoras instaladas”. Quiere decirse que Trump llegó a la Casa Blanca con el apoyo más o menos entusiasta del 90% de los votantes que se declaran republicanos a pesar de que muchos albergaban dudas sobre la solvencia del candidato, y las encuestas indican que apenas ha decrecido el entusiasmo entre los electores de base, sin que les importen demasiado las flagrantes contradicciones presidenciales entre los eslóganes y la praxis, entre el interés general y los intereses de sus empresas. Carece de sentido insistir con la hipótesis del impeachment a corto plazo salvo que el fiscal especial levante el pico de la alfombra y dé con las pistolas humeantes (la prueba irrefutable) del Rusiagate o con la pista oculta de los negocios trumpianos (“siga la pista del dinero”, le dijo Garganta Profunda a Bob Woodward en mitad de la tormenta del Watergate). Todo lleva su tiempo.

Trump ya tiene su Watergate

Los  vapores nauseabundos del caso Watergate empiezan a envolver la atmósfera viciada de la Casa Blanca a causa de las prácticas poco convencionales del presidente Donald Trump y su equipo. Los prolegómenos de este Rusiagate que todo lo contamina reúne demasiados ingredientes coincidentes o que recuerdan aquel otro escándalo que costó la presidencia a Richard Nixon en 1974. Como entonces, medios prestigiosos vituperados desde el Despacho Oval han puesto manos a la obra para, en este caso, desvelar el argumento no escrito del camino seguido por Trump para ganar las elecciones en noviembre con la ayuda de Vladimir Putin. Como ha escrito John Yoo en The New York Times, de momento no hay constancia de que el presidente haya obligado a mentir a algunos testigos, haya destruido pruebas o haya bloqueado el trabajo de agentes del FBI, pero se multiplican las sospechas de que todo esto ha podido suceder.

En una de sus informaciones del jueves, el mismo diario utiliza el verbo engulf (envolver) para referirse a la situación de Trump, origen de todas las dudas y envuelto en la investigación que dirigirá el fiscal especial Robert S. Mueller, exdirector del FBI (2001-2013), para esclarecer si en efecto el Kremlin intervino en la campaña del presidente. Pero engulf tiene otras acepciones o posibles traducciones más inquietantes –tragar, sepultar–, que presagian que se cierne sobre Washington una tempestad política y constitucional habida cuenta de que el foco de la investigación apunta a la cima del sistema. Y al enumerar las preguntas que de una u otra forma saldrán al paso del trabajo de Mueller se hace aún más evidente la inconmensurable dimensión del conflicto, desde la interferencia rusa en la campaña a la por lo menos sorprendente decisión del presidente de facilitar a Serguei Lavrov información en materia de seguridad obtenida por otra potencia –quizá Israel– y que puede poner en riesgo a quienes la obtuvieron.

Algunas de estas preguntas pueden formularse mediante enunciados muy simples, pero dan pie a respuestas eventualmente intranquilizadoras para los conciudadanos de Donald Trump, que pueden sentirse legítimamente defraudados por prácticas ajenas a la transparencia democrática exigible en cualquier proceso electoral. Al preguntar cuál fue el alcance de la intromisión rusa en la campaña, hasta dónde llegaron las presiones para que el FBI dejara de investigar la russian connection de Michael T. Flynn, efímero consejero de Seguridad Nacional, y qué información se llevó Lavrov a Moscú, facilitada por Trump, caben toda clase de respuestas alarmantes para el sistema, en general, para la continuidad en las tradiciones políticas de Estados Unidos y para la inconsistencia de un Ejecutivo que sigue creyendo que el Estado puede gestionarse como una empresa asociada a otras empresas. Sin sutilezas ajenas a la rentabilidad del momento, condicionado todo por la fijación de metas rentables y nada más.

Dice Donald Trump sentirse perseguido como no lo fue ningún otro presidente, una exageración sin duda. En todo caso, ninguno de sus predecesores empezó con tan mal pie, suscitando tantas dudas acerca de su capacidad para ocupar el puesto que ocupa y tan contestado en la calle. Pero hay más: desde que el republicano Kevin McCarthy le dijo a Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes y asimismo republicano, que está convencido de que Putin paga a Trump (15 de junio de 2016) y James Comey, destituido por Trump como director del FBI, anotó en un memorándum que el presidente le exigía que dejara de investigar a Flynn (febrero de este año), puede decirse que se dispone de algo bastante cercano a pruebas documentales para colegir que algo huele a podrido en la Casa Blanca. Y es poco menos que imposible que el olfato de Mueller no lo detecte.

Es tan poco probable que el nombramiento de un fiscal especial, decidido por Rod J. Rosenstein, número dos del Departamento de Justicia, es un movimiento político lleno de riesgos para la estabilidad republicana. La CNN sostiene que los republicanos juegan al todo o nada, algo siempre peligroso, salvo que haya ganado adeptos la hipótesis desarrollada por uno de los analistas de Politico.com, insinuada varias veces las últimas semanas: que el establishment del partido daría por buena, impeachment mediante, una resolución de la crisis institucional con Mike Pence, vicepresidente ahora, en la presidencia, y Paul Ryan en la vicepresidencia. Un juego de manos, una componenda para serenar el republicanismo y apartar del puente de mando a la extrema derecha populista que lleva en él desde el 20 de enero.

Todo esto es algo más que una teoría de la conspiración ad hoc porque, salvo ingenuidad manifiesta, es imposible que Trump salga indemne del laberinto en el que se ha metido, rodeado de asesores inexpertos o poco rodados que son incapaces de ordenar la Administración, fijar prioridades y desarrollar un programa reconocible. Dana Milbank, un reputado analista de The Washington Post, sostiene que acaso el nombramiento de Mueller sirva para salvar al Partido Republicano y al presidente de sí mismos, pero es inimaginable que tal salvamento no deje algunas víctimas para preservar el sistema, respetar la división de poderes y salvaguardar el equilibrio entre Gobierno y Parlamento. Aquí no valen la posverdad, los hechos alternativos y otras zarandajas pensadas en el ala oeste de la Casa Blanca para construir una realidad virtual a gusto del presidente.

Por decirlo con palabras muy de cuando el escándalo Watergate: hay pistolas humeantes en el horizonte. En los días de Richard Nixon fueron las cintas grabadas en el Despacho Oval, que sumieron a la presidencia en el oprobio; hoy son las conversaciones de unos, las anotaciones de otros y esa transcripción del diálogo de Trump con Lavrov que reclaman los dos grandes partidos y que Putin dice estar dispuesto a entregar, aunque la fidelidad documental del presidente ruso sea más que discutible y la utilidad probatoria de lo que dé por escrito sea poco más que papel mojado. “Entonces como ahora el problema principal no es el delito en sí mismo, sino el intento de encubrirlo”, explica un analista de The Guardian al comparar las miserias del caso Watergate con esas otras miserias tan recientes, esa frase recogida por Comey de labios de Trump: “Espero que pueda dejarla” (la investigación sobre los contactos de Flynn en Rusia).

La mezcla explosiva de mentiras, encubrimientos y obstrucción a la justicia hace cada día más difícil que Trump pueda recuperar su imagen pública, incluso entre una parte de quienes lo votaron hace solo medio año. Al cumplir cuatro meses en el Despacho Oval, el desprestigio de la presidencia es de tal calibre que va más allá del simple desgaste personal del titular de la institución, alcanza al partido y agrava la fractura social en una sociedad profundamente dividida por dos visiones antagónicas, irreconciliables, del futuro de Estados Unidos. Como en los días del Watergate, lo excepcional se ha convertido en cotidiano, el presidente ha pasado a ser un sospechoso habitual y su equipo de colaboradores más cercanos ha quedado en evidencia, desacreditado por una política errática que incomoda a los aliados y carece de precedentes en la historia del país. Todos los hombres del presidente, la gran investigación periodística de Bob Woodward y Carl Bernstein, vuelve a ser de lectura imprescindible.

EEUU, la gran fractura

Al encarar la recta final de la campaña electoral en Estados Unidos, a la bolsa le vinieron las angustias: Donald Trump podía ganar, según las encuestas, aunque las diferencias entre la mejor para el republicano (la de Los Angeles Times, seis puntos de ventaja) y la más favorable para Hillary Clinton (la de Reuters, seis puntos de ventaja) fijaban los límites de una horquilla demasiado amplia para deducir que la intervención en la campaña del director de FBI, James Comey, había cambiado básicamente las coordenadas de la elección. Al día siguiente, jueves, la web politico.com hacía pública su propia encuesta y descartaba la existencia de un voto oculto republicano que emergerá el día 8 y The Hunffington Post, otro medio digital con información de primera mano, publicaba un comentario en el que se decía textualmente. “Mucha gente está preparada para alucinar, pero la carrera se mantiene en el lugar que estaba”.

Diríase que la histeria de la campaña se había trasladado a Wall Street, donde echaban la cuenta de cuál puede ser el impacto inicial de una victoria de Trump: pérdida de 13 puntos del índice Dow Jones. Una barbaridad contable, menor en todo caso a la incertidumbre internacional frente a un presidente imprevisible, sin ninguna experiencia política y con una especial habilidad para sembrar la alarma. En esta situación, cobra todo el sentido la afirmación de Paul Krugman hace unas semanas en un artículo en The New York Times: “La obsesión de los medios [las televisiones, sobre todo] por las falsas equivalencias ha impulsado una candidatura sin sentido”. El desafío de Trump quizá haya sido posible en gran medida gracias a otro caso de histeria colectiva: aventar sus despropósitos con el fin de combatirlos, aunque finalmente ha sido una herramienta de propagación de su candidatura que ha movilizado a la América profunda, blanca y defraudada, mientras a Clinton se le han reprochado debilidades que no se han echado en cara a ningún candidato varón, especialmente el hecho de que sea representante genuina del establishment. ¿Acaso no lo fueron todos los presidentes, incluidos los más liberales, simpáticos, populares o eminentes aportados por los dos grandes partidos a la historia del país?

Las encuestas han perdido fiabilidad porque recogen todas el efecto momentáneo de episodios que actúan como excitativos de una opinión pública muy desencantada con los manejos y golpes bajos de una campaña insólita. El desencanto no es solo una deducción académica fruto de la atmósfera que se respira: se pone de relieve en un sondeo difundido el viernes por el Times de Nueva York sobre el estado de ánimo de los electores. El reproche más repetido –ocho de cada diez votantes– es que la campaña ha sido “más repulsiva que interesante” y, algo aún peor, ni Clinton ni Trump transmiten una imagen fiable: “Son vistos como deshonestos y la mayoría de votantes tienen una opinión desfavorable de ellos”. Uno de los dos será el vencedor –alguien debe ganar, no hay otra–, y para él serán la música, los focos y el confeti, pero todo quedará empañado por esa teoría del mal menor, cada día menos teoría y más realidad, según la cual a nadie entusiasmará el próximo presidente, será algo así como un mal consentido, aceptado de antemano, porque no queda más remedio.

En este juego de lo irremediable, ya que no cabe lo deseable o lo políticamente atractivo, Hillary Clinton tiene un mayor margen de maniobra: al ponderar la mayoría de sondeos publicados hasta la fecha, la candidata demócrata aparece con un 86% de posibilidades de ser presidenta y Donald Trump, con solo el 14%. Según uno de los muchos asesores que auscultan el cuerpo electoral, el convencimiento de que solo ella garantiza la continuidad de los programas sociales de Barack Obama explica la ventaja que saca en ese cálculo de posibilidades hecho a una semana del gran día. Pero quizá también tenga que ver el hecho de que 26 millones de estadounidense ya han votado en urnas electrónicas, muchos de ellos antes del último rifirrafe de los correos en manos del FBI, un hecho insólito acorde con una campaña asimismo insólita. O acaso lo realmente determinante sea que Trump neutraliza parte de su capacidad de movilización con su incapacidad para respetar las reglas más elementales de la política convencional.

Al repasar los diferentes cambios climáticos en la política de Estados Unidos desde el final de la segunda guerra mundial no hay forma de encontrar un aire más viciado, un encono mayor que el de ahora, ni siquiera en los peores días de la guerra de Vietnam, del escándalo Watergate, de la crisis de los rehenes de Irán, del caso Lewinsky, del escrutinio bajo sospecha de Florida en el 2000 que hizo presidente a George W. Bush, de la guerra de Irak y de tantos otros acontecimientos que tensaron las cuerdas. La división es la norma, las políticas bipartidistas apenas tienen sitio en el campo de minas sembrado por ambos bandos, más quizá por el republicano, colonizado por un pensamiento neocon más radical a cada día de pasa; el problema racial reverdece y el llamado por Gunnar Myrdal “gran dilema de América” sigue ensangrentado la calle y desorienta a cuantos creyeron que la elección de Obama cerraba suave y definitivamente el ciclo histórico que empezó con la guerra de secesión, la abolición de la esclavitud y el asesinato de Abraham Lincoln. Algo pesadamente agobiante dicta la agenda y excluye la posibilidad de una reparación de los daños –suturar las heridas de una sociedad fracturada–, sea quien sea el vencedor el próximo martes.

Ni siquiera el dato histórico de que por primera vez una mujer puede ocupar el Despacho Oval tiene la capacidad de movilización política que en su día tuvo la posibilidad de elegir por primera vez a un presidente negro. Han movilizado más al feminismo político las bravuconadas de Trump que los mítines de Clinton; ha habido mayor empeño en la movilización feminista, de larga tradición en Estados Unidos, para desgastar a Trump y sacar a relucir su vertiente machista y rijosa que para apoyar a una de las suyas (o eso creo ser Clinton). En realidad, solo la necesidad de contener a Trump ha llevado al feminismo político a sumarse a la causa de Clinton –otro gesto que debe incluirse en la política del mal menor–, no ha sido la demócrata la que ha cautivado al feminismo con su biografía y mensaje. “No soy tan narcisista como para decir que no puedo ir a votar a Hillary Clinton”, ha dicho Angela Davis, con un único objetivo: “La prioridad para la gente negra en esta elección debe ser parar a Donald Trump”. Ni entusiasmo ni militancia, solo pragmatismo.

¿Puede construirse el futuro sobre este y otros pragmatismos perentorios? ¿Puede apelarse a la serenidad de los contendientes mientras la contienda se encanalla? Ambas preguntas son casi mera retórica. Ninguna de las heridas empezará a cicatrizar el día 9, ni siquiera si los candidatos –al menos, el vencedor– apelan a la unidad de la nación (no es seguro que lo hagan). Quizá la única ventura de este año electoral alocado será que, por fin, conocido el ganador, habrán dejado de escucharse insultos, exabruptos y frases altisonantes. ¿O no, o puede que el día siguiente y los sucesivos sean la continuación de lo oído hasta ahora, tan desabrido?

Escribe el respetado anaista Fareed Zakaria sobre Trump en The Washington Post: “Es un peligro para la democracia americana. Y por esta razón votaré el martes contra él”. El mal menor una vez más; la división como norma antes y después de conocer al vencedor.