Cartas marcadas en Corea

Alguien ha dicho que Kim Jong-un y Donald Trump son dos pirómanos a quienes corresponde apagar un fuego. El escritor Paul Auster ve en Trump el perfil de un neurótico y dice rezar para que no repita mandato. Vladimir Puntin vislumbra una “catástrofe global” a causa de la escalada de la crisis con Corea del Norte, pero se opone a nuevas sanciones. China ha dejado de ver en Kim al aliado necesario, pero sigue viéndolo como el peón indispensable. En el Consejo de Seguridad de la ONU, mientras tanto, suenan las alarmas y Japón y Corea del Sur sienten el calor de las llamas, de esa hoguera encendida por los generales norcoreanos para hacer de su pequeño país un territorio invulnerable gracias a su arsenal nuclear de bolsillo, pero de Pekín y Moscú llega la orden de no sumar más sanciones a las ya aprobadas.
Donald Trump declaró, recién elegido, que no tenía inconveniente en entrevistarse con Kim. Pasados los meses, las pruebas con misiles intercontinentales, la detonación de bombas atómicas y la amenaza de un ataque contra la isla de Guam llevaron al presidente de Estados Unidos a amenazar asimismo a Corea del Norte con una lluvia de “furia y fuego”. Cundió el desasosiego en el Pentágono y el secretario de Defensa, James Mattis, apeló a la diplomacia para superar la crisis, pero no se desvaneció la intranquilidad porque es el presidente quien gestiona su cuenta de Twitter y, como tantos usuarios, sus mensajes parecen responder a impulso primarios, poco reflexivos, carentes de un plan surgido del análisis de la situación. Se puede decir que Trump está empeñado en dar la razón a los que ven en él a alguien poco o nada preparado para ocupar el lugar que ocupa.
Así están las cosas, envueltas en la improvisación permanente y la imposibilidad de acogerse a precedentes más o menos útiles para afrontar la crisis con imaginación, prudencia y realismo (tampoco desde la trinchera norcoreana, sobra decirlo). No valen aquí los hábitos de la guerra fría, tantas veces citados con poco fundamento, a pesar de la lejana inspiración de los esquemas mentales de la dictadura de Kim en los mecanismos de acción-reacción que prevalecieron hasta la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS. Tampoco vale fiarlo todo a la creencia de que, si China se lo propone, el desafío de Pyongyang tiene una salida relativamente fácil y rápida. En ningún caso, en fin, se pueden minimizar los riesgos con la simple creencia de que Estados Unidos y Corea del Norte son conscientes de que una guerra es imposible.
Como ha escrito Katharine H. S. Moon en Foreign Affairs, atrapada en medio de la escalada se halla Corea del Sur, con una capacidad muy limitada para gestionarla, con su capital, Seúl, a 50 kilómetros de la divisoria vigente desde 1953 –la zona desmilitarizada que tiene como referencia el paralelo 38– y al alcance de la artillería de largo alcance del norte, y con el primer socio comercial, China, al lado de su adversario. A lo que quizá debe añadirse el desconocimiento absoluto de los auténticos planes de la Casa Blanca para contener la peor de las inercias: la que margina la negociación y opta por la acción directa. Un disparate absoluto según todas las teorías de la escalada militar tal y como se deduce fácilmente de conflictos archiestudiados –Vietnam, Afganistán, Irak, etcétera– en los que la voluntad negociadora fue a menudo poco más que una simulación para justificar lo injustificable ante la opinión pública.
A primera vista resulta desconcertante que el presidente Trump haga coincidir la última prueba nuclear norcoreana –la detonación de una bomba de hidrógeno– con reproches a Corea del Sur a causa de la disposición al diálogo y al apaciguamiento del Gobierno liberal de Seúl. Pero detrás de la crítica presidencial se adivina el propósito de vincular la crisis de seguridad a los objetivos económicos de la Casa Blanca, según ha puesto de relieve The New York Times; esto es, hacer frente a la competencia asiática siempre creciente en el comercio global, en cuyo núcleo se encuentran China y Corea del Sur. Cuando el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, anuncia un plan para cortar los lazos económicos con “cualquiera que haga negocios con Corea del Norte” se dirige indirectamente tanto al Gobierno de Pekín como al de Seúl, al menos teóricamente, y refuerza la hipótesis de una posible respuesta dura a la exhibición nuclear norcoreana (las maniobras con fuego real en Corea del Sur, un ejemplo).
Hay en todo ello una mezcla del populismo servido por los estrategas de la campaña de Trump en 2016 más la dificultad manifiesta de la Casa Blanca para aceptar las convenciones más elementales y el código de señales en vigor en la península de Corea desde el armisticio de 1953, que creó una zona desmilitarizada de cuatro kilómetros de anchura que separa los dos países. Desde entonces, todo es excepcional y complejo, y ha dado pie al desarrollo de dos regímenes antagónicos, representantes de dos comunidades con designios opuestos: al norte, una dinastía heredera del stalinismo más hermético y propulsora de un nacionalismo extremo; al sur, una república decidida a seguir los pasos de Japón, una suma de tradición, tecnología de última generación y disciplina sin excepciones. Pero esa dualidad evidente no ha roto la unidad cultural a pesar de la propaganda a ambos lados de la frontera, del esfuerzo estéril por separar a ambas comunidades, utilizadas hasta la saciedad por las grandes potencias para sus propios fines a cambio de una prosperidad deslumbrante.
Que los últimos presidentes de Estados Unidos no hayan logrado destensar la situación mediante la negociación y proyectos de cooperación económica no significa que la brocha gorda entrañe mayores posibilidades de éxito. De hecho, la nuclearización de la crisis ha confirmado cuanto se ha dicho del poder de disuasión de los arsenales atómicos: que quienes los poseen ponen a salvo su existencia a causa de su capacidad para desencadenar una respuesta devastadora. La gran diferencia entre el equilibrio del terror de hoy y el de la guerra fría es que este obedecía a un sistema que desde 1962 (crisis de los misiles de Cuba) quedó resguardado de sobresaltos inesperados y el de ahora se da en ausencia de un sistema o acuerdo tácito que regule, paute, module las desavenencias entre adversarios en situaciones límite.
“No ha habido ninguna generación anterior de hombres de Estado que haya tenido que dirigir los asuntos públicos en un ambiente tan desconocido y al borde del Armagedón”, dijo en cierta ocasión Henry Kissinger, convencido de que la coexistencia pacífica era la única forma posible de riesgo calculado entre contrincantes con arsenales nucleares. Hoy el aserto sigue teniendo todo su sentido, aunque en el entorno de Trump haya quien cree en una posible victoria militar o destrucción del régimen norcoreano sin que, por lo demás, Rusia y China pidan explicaciones. Esta crisis es tan antigua y está tan manoseada que todas las cartas están marcadas y ningún tahúr logró nunca ganar la partida.

 

Trayectoria de colisión en EEUU

La tormenta desatada por Donald Trump antes de cumplir dos semanas en la Casa Blanca tendría la apariencia de un sainete o una comedia de enredo si no fuese porque es motivo de alarma generalizada dentro y fuera de Estados Unidos. En la memoria colectiva de la comunidad internacional no hay ninguna referencia remotamente parecida a la sensación de que el sistema está siendo agredido desde dentro por un presidente que, en un editorial de esta semana en The New York Times, se tacha de incompetente. Ni siquiera la desafortunada y aguerrida presidencia de George W. Bush transmitió tantos riesgos ciertos como la de Trump, apenas iniciada, pero que amenaza con minar todas las convenciones imaginables, con debilitar las relaciones con Europa y con envalentonar a la extrema derecha en todas partes, que dispone ahora de un símbolo con poder para ajustar sus mensajes y estrategias.

La reacción reprobatoria del expresidente Barack Obama, a tan pocos días de dejar el Despacho Oval, es un gesto comprensible frente a la zozobra de unas instituciones que parecen condenadas a convertirse en herramientas de un sectarismo grosero, frente a unas relaciones sociales obligadas a soportar una atmósfera irrespirable y frente a la pretensión del equipo de Trump de someter el Estado a un programa que Paul Krugman estima que es fruto de la ignorancia. Esto es: al mismo tiempo que el presidente enardece a la ultraderecha populista, xenófoba y aislacionista-nacionalista hasta ser su fuente de inspiración, Obama lleva camino de asumir el papel de referencia para los defensores de las sociedades abiertas, quizá, lisa y llanamente, de las sociedades sostenibles, ya que no armoniosas.

Dentro de la tradición democrática estadounidense es explicable la decisión del profesor Peter Singer, de la Universidad de Princeton, de no bajar a la calle a protestar hasta que Trump empezara a gobernar, pero transcurrida una semana desde el 20 de enero se movilizó ante los disparates acumulados por un rosario de órdenes ejecutivas radicales, alterado en sus más profundas convicciones por la capacidad destructora de la nueva Administración. En idéntico sentido, la pronta reaparición de Obama en la escena política no tiene precedente en la biografía de los presidente que dejaron de serlo, un dato que subraya la gravedad del momento, la preocupación por la suerte que puede correr un sistema que funciona mediante un complejo engranaje de contrapesos y controles que el equipo de Trump se manifiesta dispuesto a alterar. Dicho de otra forma: si no cambia Trump o se ve obligado a echar el freno, lo que realmente cambiará será la lógica de un modelo con bastante más de dos siglos de vida.

En la mar arbolada por la que navega Trump, las contradicciones resaltan la insensatez del programa puesto en marcha. Así resulta que ninguno de los siete países de mayoría musulmana recogidos en una lista negra ha tenido nunca arte ni parte en los zarpazos del terrorismo yihadista en territorio estadounidense, pero no figuran en la relación ni Arabia Saudí ni Egipto, de donde eran los muyahidines que desataron la tragedia del 11-S: 15 eran saudís y cuatro, egipcios. Así sucede también que el presidente ha abierto las puertas del Consejo de Seguridad Nacional al intemperante Steve Bannon –ultraderechista de manual–, pero ha restringido su participación en él al jefe del Estado Mayor, el general Joseph Dunford Jr., y al director de la Inteligencia Nacional, Dan Coats, que por definición son parte comprometida en las políticas de seguridad. Y así se puede seguir con las muy difundidas acometidas dialécticas de Trump con relación a Europa –nombrar para la embajada ante la UE a un antieuropeísta reconocido como Ted Malloch es un gesto desafiante –, con el famoso muro en la frontera con México, con esa habilidad especial para arremeter contra los aliados históricos de Estados Unidos y excitar los ánimos entre sus adversarios, asimismo históricos, salvo Rusia.

“Como demostró su primera semana en el cargo, Trump no tiene conocimientos básicos de la toma de decisiones de seguridad nacional, no tiene sofisticación alguna para la gobernanza y aparentemente poca comprensión de lo que se necesita para liderar a una nación grande y diversa”, afirma el editorialista de The New York Times en el mismo texto en el que tacha al presidente de incompetente. Pero acaso no sea esta opinión lo más llamativo, sino la posibilidad de que se concrete algo así como una presidencia paralela o en la sombra, compartida por dos asesores o colaboradores de Trump tan inexpertos y poco dados a las sutilezas como Bannon y Jared Kushner, yerno del presidente. En todo caso, rompe con una constante en las presidencias, por lo menos desde John F. Kennedy: salvaguardar el Consejo de Seguridad Nacional de la pugna política en caliente mediante la colonización del organismo por agitadores de la confianza del presidente, situados en el mismo plano que el consejero de Seguridad Nacional –en el presente, Michael Flynn– y el secretario de Defensa –hoy, James Mattis–, a quienes se supone expertos en la materia.

Portada de esta semana de 'The Economist'.

Portada de esta semana de ‘The Economist’.

Para una opinión pública en la que son mayoría los partidarios de Hillary Clinton –sacó casi tres millones de votos más que Trump–, pero quedó en minoría en el Colegio Electoral, es poco menos que una afrenta el nombramiento de Bannon y su influencia en cuanto ha hecho la Casa Blanca desde el 20 de enero. Ni reúne títulos para fijar el rumbo ni habilidad para evitar que cada decisión desate una tormenta, para que no dibuje una trayectoria de colisión que haga saltar por los aires algunas de las constantes vitales de la política estadounidense. “¿Cuál es el rumbo?”, se pregunta un comentarista en The Guardian. El de Un insurgente en la Casa Blanca, responde The Economist en su titular de portada de esta semana con una ilustración de Trump a punto de lanzar un cóctel molotov contra cualquiera de los numerosos objetivos señalados por él.

Las apelaciones a la prudencia de prestigiosos analistas, como David Ignatius en The Washington Post, concuerdan con el anhelo de que el insurgente atenúe su fogosidad y entienda que, si no se modera, con amenazas dirigidas a Irán o con ataques en Yemen fruto de una improvisación que persigue el impacto emocional inmediato, alimentará con gasolina situaciones de por sí incendiarias. La preocupación del republicanismo clásico por el salto en el vacío, por la convicción de muchos colaboradores de Trump de que el país debe administrarse como una empresa, por el comportamiento irreflexivo del nuevo Gobierno en áreas muy sensibles para la seguridad y la cohesión social, traduce la intranquilidad de una nación enfrentada a sus peores presagios dentro y fuera del pensamiento conservador. Porque al contrario de la lógica política, que sostiene que una gran potencia debe ser previsible salvo en momentos excepcionales, la Administración de Trump se ha convertido en un ente imprevisible a fuerza de llevar a la práctica promesas electorales que pocos creyeron que osara cumplir si lograba la victoria el 8 de noviembre. Se dijo que el triunfo obligaría a Trump a contenerse, pero no ha sido así: para sorpresa de la mayoría, pocas veces habló a humo de pajas, aunque su oratoria fuese –sea– abrupta y desordenada.

Trump ha cogido las riendas con el desparpajo inconsciente de quien cree que puede modelar la realidad a su antojo. Quizá porque en la teoría y la práctica de la difusión de realidades alternativas –la posverdad y demás técnicas de intoxicación informativa–, los hechos importan poco, no conviene atenerse a ellos y es preferible actuar como si fuesen otros diferentes a los percibidos por la mayoría como reales o cercanos a la realidad. Que eso pueda llevar a la larga a una crisis de Estado parece importar poco a quienes han alcanzado la cima del poder después de trasgredir muchas reglas que hasta la fecha siempre fueron respetadas. He aquí el punto de inflexión del 2017 vaticinado para la historia de Estados Unidos y para la del mundo por el nobel Joseph Stiglitz. Cuando lo dijo por primera vez, pareció una exageración, pero es evidente que no lo fue.

 

Trump pone la directa

Nada tiene de particular o sorpresiva la elección de Donald Trump como personaje del año por la revista Time. Sí lo tiene, en cambio, el titular de la portada: Donald Trump, presidente de los Estados Divididos de América. Al cumplirse un mes de la elección, una extraña mezcla de sorpresa, desorientación e incertidumbre se ha adueñado del periodo de transición que se prolongará hasta el próximo 20 de enero. En un país inclinado a las rivalidades políticas irreconciliables desde los días de Bill Clinton, la sucesión de Barack Obama no ha hecho más que agravar el clima de confrontación. A nadie puede asombrar cuanto Trump lleva dicho y hecho desde que ganó, pero aun así encrespa los ánimos la búsqueda de futuros integrantes de la Administración en el conservadurismo más polvoriento, sectario y retrógrado, en quienes se disponen sin mayores disimulos a hacer tabla rasa y a dañar varias constantes vitales del sistema, a laminar la herencia de Obama.

Si nunca fue en la práctica una realidad indiscutible que el presidente lo es de todos los estadounidenses y no solo de quienes lo votaron –es una declaración casi obligada al proclamar la victoria, pero nada más–, en el caso de Trump todo induce a pensar que el presidente lo será más que nunca y en exclusiva de sus electores. Con el factor añadido de que llegará a la Casa Blanca con dos millones de votos menos que Hillary Clinton, ganadora en las urnas, pero perdedora en votos electorales, un sistema que nadie discute, aunque resulta chocante visto desde fuera. Una situación de minoría social que no importa demasiado a Trump a juzgar por aquello que es de prever a la luz de sus declaraciones, de la interpretación de sus primeros gestos, de la alarma en el ecosistema liberal, incapaz de discernir “si esta elección será un reto terrible en el que las instituciones estadounidenses sobrevivirán o un paso irreversible hacia otra cosa” (James Fallows en el semanario The Atlantic).

Al mismo tiempo que los conservadores que se han distanciado de Trump acusan a Obama de “haber puesto las bases” del autoritarismo que exhibe el presidente electo, Brian Beutler, editor de The New Republic, un prestigioso altavoz progresista, los señala como responsables del desaguisado: “Perdón, conservadores –escribe Beutler–, Trump está con vosotros”. Podía muy bien haber añadido que con él tendrán que apechugar aunque no les guste, aunque la bisoñez política del vencedor y su tendencia a disparar contra cuanto se mueve presagien días difíciles y un descrédito de la nación de modo similar al de los peores días de George W. Bush a raíz de la guerra de Irak (abundan los diplomáticos que recuerdan aquella deslucida etapa).

“Estoy seguro de que no hará todas las cosas que prometió en campaña, pero sí muchas de ellas”, se recogió de labios de un integrante de la campaña de Clinton. La capacidad de contención de Trump es una incógnita y al menos cinco de sus anuncios más llamativos no entrañan demasiados problemas para hacerse realidad. Según The New York Times, son estos: retirarse del TPP (acuerdo comercial transpacífico), cancelar el programa de protección de los inmigrantes menores simpapeles, permitir la construcción del oleoducto Keystone XL entre Canadá y Estados Unidos, cubrir una vacante del Tribunal Supremo (la de Antonin Scalia) y reducir los impuestos federales para empresas y familias. Es decir, en estos apartados es impensable que rectifique o corrija lo anunciado antes de ser elegido.

En otros cinco apartados, acogerse a la moderación se antoja indispensable, pero Trump evita en todo momento comportarse de forma que pueda dar impresión de debilidad. Prever sanciones para la deslocalización de industrias, reactivar la producción de acero con el recurso a la minería del carbón, alcanzar un crecimiento anual del PIB por encima del 4%, invertir en infraestructuras para crear empleo y construir un muro en la frontera con México son objetivos cuyo solo enunciado desborda –al menos, lo parece– la capacidad del presidente, aunque disponga de mayoría en el Congreso. Aún más si se analiza cómo puede afrontar un programa de activación del empleo con un plan de obras públicas sin aumentar el déficit habida cuenta de que, al mismo tiempo, se dispone a bajar los impuestos. E incluso más si se sopesan las crisis sociales presumibles asociadas a políticas con un componente alarmante de autoritarismo y erosión de los derechos humanos.

Esa intranquilidad ante lo venidero no es solo un fenómeno de puertas para adentro. Jeet Heer, otro editor de The New Republic, teme que Trump “está listo para aplicar una política exterior autocrática”; una política que puede desestabilizar el mundo, añade. Se remite a esa llamada telefónica de Trump a la presidenta de Taiwan, Tsai Ing-wen, que ha incomodado a China, aunque disimulara el enfado y dejara la sal gruesa para un comentario en Global Times, pero la inquietud se puede hacer extensiva al nombramiento del negacionista del cambio climático Scott Pruitt para dirigir la Agencia de Protección del Medio Ambiente, que parece el preámbulo de la retirada de Estados Unidos del Protocolo de París para frenar el aumento de la temperatura media de la tierra, y quizá puede remitirse también al nombramiento del general James Mattis para dirigir la Secretaría de Defensa, un tipo duro al que se le conoce con el expresivo sobrenombre de Perro Loco (el mote lo dice todo).

No hay precedente de tanta inquietud desasosegante en un relevo presidencial desde la elección de Abraham Lincoln en 1860 (tan cerca la guerra civil). Ni siquiera la sucesión de Herbert Hoover por Franklin D. Roosevelt, con el país empobrecido por la depresión de 1929 y el mundo conservador alarmado por el New Deal, alteró tanto los biorritmos de una sociedad enfrentada a una profunda crisis de identidad. Entonces hubo un asomo de esperanza, de regeneración del sistema; hoy conviven una atmósfera de revancha histórica entre quienes auparon a Trump y otra de preocupación profunda por lo que puede significar para el sistema quedar en manos de lo que en Europa, sin ninguna reserva, se califica de populismo de extrema derecha. Encierra en sí misma una incógnita esa mezcla de supremacistas blancos, fundamentalistas cristianos, racistas (no todos encubiertos), víctimas de la crisis económica y ultraliberales, recelosos todos ellos del poder federal y añorantes de un individualismo sin cortapisas.

Dice el intelectual canadiense Michael Ignatieff que “el Estado es la solución, no el problema”. En cambio, la impugnación real u oportunista del establishment hecha por Trump, sus acólitos, electores y seguidores viste los ropajes de la nueva derecha libertaria, desreguladora, enfrentada a las prorrogativas redistributivas del Estado, que acepta el darwinismo social como resultado inevitable de la eficacia del sistema, cuando no como justa penalización para cuantos no han hecho lo suficiente para salir a flote en el proceloso mar de la selección económica, que no natural. Ahí radican muchos temores acerca de lo que puede venir los días siguientes al 20 de enero, cuando todo el poder sea para Trump y un Partido Republicano sometido a sus designios, aunque estos anden tan lejos del libro de ruta del conservadurismo clásico.