Paz colombiana sin alternativa

La proximidad de la firma del acuerdo de paz alcanzado por el Gobierno de Colombia y las FARC y del referéndum que debe aprobarlo (26 de septiembre y 2 de octubre respectivamente) han avivado la controversia sobre la legitimidad o derecho del presidente Juan Manuel Santos de hacer tabla rasa a decenios de combates, secuestros, extorsión y narcotráfico. Se trata de un debate jurídico, pero también político; de un debate entre lo ideal y lo real, pero también entre adversarios políticos irreconciliables; de un debate entre la esperanza depositada en el futuro y el lastre que procede del pasado, pero también de los sentimientos que albergan las víctimas. Frente a la idea de que todo desenlace de una guerra sin vencedores obliga a hacer concesiones que quedan fuera del Código Penal se alza el argumento ético del respeto a la ley, cueste lo que cueste –dura lex, sed lex–, esgrimido por los contrarios al acuerdo, sospechosos a su vez de acogerse a la máxima del derecho romano para no desvelar o poner sobre la mesa otras razones de índole personal, de rivalidad política o simplemente de mal disimulado oportunismo.

Cuando es posible dar con las primeras dosis de envenenamiento de una sociedad no más cerca de 1948 –el bogotazo, el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán–, un tratamiento convencional para desintoxicarla apenas tiene posibilidades de éxito. Todos los caminos explorados antes de los cuatro años de negociaciones que han alumbrado el acuerdo han sido intentos fallidos, episodios de frustración colectiva, oportunidades perdidas en un crucigrama plagado de enunciados abstrusos. “Los enemigos del diálogo están enfermos de resentimiento y de ira”, ha dejado dicho en el diario bogotano El Espectador el escritor Héctor Abad Faciolince, cuyo padre fue asesinado por los paramilitares en 1987. Al mismo tiempo, comprende Abad los celos de los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, humanamente explicables, dice, porque Santos logró lo que ellos persiguieron y no alcanzaron, pero no ve otro camino para silenciar las armas que empezar de cero y dejar de buscar cobijo en la negra espalda del tiempo (el concepto está tomado de Javier Marías que a su vez lo tomó de William Shakespeare).

En ese largo conflicto que quizá se encamina hacia su fin nadie es inocente salvo las víctima atrapadas en la refriega, en el fuego cruzado entre una utopía emancipadora que fue al fin distopía y la soberbia de un Estado a menudo venal, insensible ante la pobreza y el desamparo de comunidades campesinas dejadas a su suerte desde la noche de los tiempos. Acaso se acerquen a su final las guerras del coronel Aureliano Buendía, aquellas cuyo cronista fue Gabriel García Márquez, guerras interminables noveladas, pero no siempre de ficción o imaginadas, que llegaron hasta nuestros días debidamente transformadas hasta no tener cabida en la literatura, o puede que sí –Noticia de un secuestro–, y aparecer desde hace un par o tres de generaciones en las secciones más ensangrentadas de los noticiarios.

“Ambos lados –el del sí y el del no– se revelan como unos abanderados del bien y con ínfulas de superioridad moral sobre el otro, como si cada uno fuera dueño de la verdad y por eso tuviera el derecho a mandar y a pisotear”, ha escrito Catalina Gallo en El Tiempo de Bogotá. No hay superioridad moral alguna en ninguno de los dos bandos, pues ambos, en algún momento, fueron actores principales en la producción de cadáveres y la difusión de prácticas abominables; no es posible plantear el referéndum en estos términos porque sería tanto como suponer que la limpieza de espíritu de una parte de los colombianos –importa poco cuál– condena a la otra, la deja marcada con un estigma imborrable y para siempre. Todo cuanto rehúye el análisis político de un conflicto político que solo admite respuestas políticas tiende a enturbiar la realidad si no es que la adultera por completo.

Aun así, el recurso presentado ante el Consejo de Estado contra la pregunta a la que deberán responder los ciudadanos se acoge a dos formalismos de naturaleza jurídica para eludir los ingredientes políticos que se dan en el caso: la impunidad de quienes delinquieron y la inclusión de la palabra paz en la pregunta por ser “una inducción directa al votante”. Contra la creencia del presidente Santos de que tiene la facultad de redactarla según mejor le parece, los recurrentes entienden que la paz es un derecho y “no se puede usar con el sentido” que se ha hecho, como si la única vía para alcanzar “una paz estable y duradera” fuese la aprobación de lo acordado trabajosamente en La Habana. “No me trago el sapo de los delitos atroces, el de la justicia, el de la impunidad y el del narcotráfico”, proclama el senador Everth Bustamante, exintegrante de la guerrilla urbana M19 y hoy en las filas del Centro Democrático, el partido fundado por Uribe, pero al manifestar su oposición al acuerdo soslaya un dato capital: las condiciones mediante las cuales aceptó la vía institucional el grupo al que pertenecía el hoy senador tuvieron un impacto emocional considerable a comienzos de los 90, hubo también un debate jurídico que discurrió en paralelo al desenlace político.

Al internarse en el laberinto de los razonamientos jurídicos, los contrarios a dar por buenos los términos de la paz negociada con las FARC evitan las complejidades inherentes a ofrecer una alternativa a lo pactado. Descartada la victoria militar absoluta del Estado y admitidos los riesgos propios de la aplicación de unos acuerdos llenos de complejidades, a ojos de los negociadores, de los intermediarios, de los partidarios de dar el sí el 2 de octubre, no hay otro sendero practicable; no es posible salir del enredo si se quiere abrir una causa general contra la guerrilla que la señale como única responsable de la matanza. Los riesgos de enquistamiento, de dolencia crónica e incurable –el caso del ELN, que sigue intransigente en la selva–, son mayores que aquellos que pueden desprenderse de la pervivencia de una facción irreductible de combatientes, de la dificultad misma de convertir a los militantes de las FARC en ciudadanos desarmados y aceptados en las instituciones por el establishment.

Una última razón ilustra la conveniencia de apoyar el compromiso de La Habana: mientras las situaciones abruptas se han adueñado de la política en Venezuela, Brasil y Bolivia, y esa tendencia al drama nacional diseña un futuro indescifrable, por lo menos poco halagüeño, la opción colombiana transmite la idea de un futuro verosímil, de un espacio político habitable a pesar de todo. No hay nada especialmente innovador en la apuesta colombiana más que la apuesta misma por un desenlace basado en un posibilismo extremo que da sentido al convencimiento de que cualquier alternativa es peor a lo pactado, sobre todo si entraña judicializar la política, llevar a Timochenko y a sus seguidores ante un tribunal para que den cuenta de lo sucedido. “Este no es el viejo mundo jodido por los demonios del pasado”, declaró hace dos años el periodista Jon Lee Anderson a El Tiempo. Ese es el reto.

 

La sobriedad, una necesidad europea

Dice José Mujica, presidente saliente de Uruguay, que prefiere hablar de sobriedad antes que de austeridad, desnaturalizada esta por el austericidio cometido en Europa, revalorizada aquella como guía moral. Al hilo del austericidio, puede afirmarse asimismo que el sueño europeísta de la unión se ha visto modificado por el sueño alemán de la hegemonía en Europa por otros medios, diferentes a aquellos que llevaron al continente a las puertas del Armagedón. Cabe sostener incluso que en el cruce de caminos entre la austeridad empobrecedora y la germanización de Europa, millones de personas, jóvenes en su mayoría, han sido condenadas a sobrevivir sin certidumbres de futuro, salvo la viabilidad, improbable a largo plazo, de fórmulas redentoras. Todo eso merece ser tenido en cuenta cuando se dobla el cabo del año nuevo y sin que venga a cuento, a no ser electoral, se anuncia la buena nueva de que se acabó la crisis (Mariano Rajoy para mayor precisión).

Si se hubiese acabado la crisis, no proliferaría la idea de que, mediante toda clase de austeridades, la situación económica es mala o muy mala (véanse las encuestas). Ni contaminaría la atmósfera la impresión de que los costes sociales de la salida de la crisis, de ser esta cierta, superan con mucho los beneficios aportados, dejada esa contabilidad inevitable entre costes e ingresos en manos de tenedores de libres cuya única misión es cuadrar las cuentas cueste lo que cueste, sin echar la vista atrás para redactar el parte de bajas. Porque si no fuese esta su misión, no tendrían el arraigo que tienen estados de ánimo colectivos de corte depresivo, que lo mismo se remiten a la inanición de Grecia, que a la sumisión de España; que lo mismo desembocan en la condena de Francia a la decadencia, si no renuncia a algunas de sus más viejas convicciones, que en la insistencia de que en Italia, más que en ninguna otra parte, cualquier situación es susceptible de empeorar.

“A la justicia la atemoriza siempre la magnitud, la desborda la superabundancia, la inhibe la cantidad”, en ‘Así empieza lo malo’, de Javier Marías.

“A la justicia la atemoriza siempre la magnitud, la desborda la superabundancia, la inhibe la cantidad”, escribe Javier Marías en Así empieza lo malo (página 397 para mejor referencia). Por eso no hay quien esté dispuesto a mirar hacia atrás con ira o sin ella y, por lo menos, pedir disculpas; lamentar los daños, la lista de damnificados y los campos de ruinas que surgen aquí a allá, fruto de lo sujeción de los líderes políticos a las finanzas globales, consecuencia de la justificación tecnocrática de diferentes escuelas, no todas ellas conservadoras, que consagran y aplican el tratamiento de choque dictado por los profetas de la utopía neoliberal (ya distopía a juzgar por los estragos causados durante el último quinquenio y los que son de temer en el futuro). Por eso las operaciones de rescate de la clase media son mera simulación –al contrario de Estados Unidos– y se apodera con frecuencia del grueso de la opinión pública el vértigo de una corriente que arrastra su forma de vida hacia el sumidero.

Qué extraño, sorprendente y ajeno a la realidad resulta escuchar sin más que acabó la crisis; qué hiriente e inmoral suena oír esta afirmación mientras a la puerta de los supermercados las onegés recolectan comestibles para que la crisis lo sea menos para muchos azotados por ella hasta la extenuación. A no ser que quienes anuncian el final de la crisis observen el entorno inmediato a través de los espejos deformantes del callejón del Gato (el esperpento de Valle siempre tan cerca de la realidad). Si no es así, si todo obedece a un cálculo electoral, y eso parece, entonces es preciso reclamar a los propagadores de infundios el decoro que exige la situación y la precisión en el diagnóstico: que las cuentas se ajusten a lo previsto o sean aún mejores –por el precio del petróleo, por la depreciación del euro, por la inflación desaparecida camino, puede, de la deflación, por una décima de aquí y una prima de riesgo de allá–, no significa que hayamos despertado de la pesadilla.

Hay un dato que abunda en la sensación de que seguimos atrapados en el laberinto de un sueño inquietante: en la Europa doliente, disponer de un trabajo razonablemente remunerado se ha convertido en un privilegio; trabajar por un salario insuficiente es una afrenta frecuente; encadenar los años sin remuneración alguna constituye una epidemia muy extendida (léanse las estadísticas del INE). Frente a la consagración del trabajo como un derecho recogido en las constituciones se impone la realidad del trabajo mal pagado hecho milagro, y hay además algunos expertos en gestionar la catástrofe –entre ellos, economistas a los que escucha Angela Merkel– que anuncian como necesario, inevitable o conveniente, según las escuelas, que la inseguridad en el trabajo, o el trabajo a tiempo parcial, o el trabajo cuando lo haya sean la norma de futuro (la literatura a tal fin difundida es abundantísima).

Joschka Fischer: “Vista la incapacidad manifiesta de las autoridades europeas para poner fin a la enfermedad, muchos países miembros no pueden soportar la austeridad por más tiempo. Algunos de ellos afrontan una sublevación política”.

Así que, al contrario de lo afirmado, la crisis sigue y persevera en sus desajustes inadmisibles, aunque parece que las cifras dicen que ya pasó o está a punto de pasar. Y si es así, puesto que los efectos no se notan en parte alguna o apenas menguan, hay que concluir que Europa se ha instalado en la injusticia y no se deduce utilidad mayor de los instrumentos anunciados por el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, para paliarla y cauterizar las heridas. No solo por modestos y contenidos, sino porque los observan con hostilidad manifiesta los guardianes custodios del Bundesbank y, con ellos, cuantos insisten en que la austeridad es el camino y no hay otro (si lo hay o lo conocen, no lo dicen).

El exministro alemán de Asuntos Exteriores Joschka Fischer no ve señales del final de la crisis ni en la Unión Europea, en general, ni en la Eurozona, en particular, y aún menos en los socios meridionales del club. “Se nos dice que la crisis del euro quedó atrás –escribe Fischer–. Los mercados financieros han encontrado la calma, mientras que las autoridades europeas, especialmente el BCE, aseguran que la unión monetaria está a salvo. Pero los países de sur de Europa siguen en depresión, la zona euro en conjunto sufre un crecimiento átono, sometida a presiones deflacionistas, y en los países en crisis, el paro se mantiene a un nivel insoportable”. Y sigue: “Vista la incapacidad manifiesta de las autoridades europeas para poner fin a la enfermedad, muchos países miembros no pueden soportar la austeridad por más tiempo. Algunos de ellos afrontan una sublevación política”.

¿En quién pensará Fischer cuando habla de paro insoportable? Diríase que en España, puede que en Grecia o en algún otro país en estado catatónico. ¿A qué se refiere cuando menciona “una sublevación política”? Es verosímil que piense en Podemos, en Syriza, por el populismo de diseño y por la izquierda; en el Frente Nacional francés, en el UKIP, en Amanecer Dorado, por el flanco nacionalista vociferante, por la extrema derecha desabrida y aun por el ideario neonazi. Sí, en efecto, piensa en esa nueva constelación de partidos que pueden sembrar el desconcierto en la zona euro y poner en duda la viabilidad del statu quo que ha hecho bandera de la austeridad. “Observar la UE desde el exterior es un poco como ver un tren al ralentí que va directo hacia una colisión, un accidente anunciado”, afirma Fischer, que no acierta a dar con el final de la crisis (ve el 2015 como el año de “todos los peligros para Europa”).

Paul Krugman sostiene que Europa se dirige hacia la doble trampa de la deflación y el estancamiento.

Cuando resulta, además, que un pequeño país como Grecia, con un PIB inferior al 25% del de España, es capaz de alterar el pulso de los mercados europeos hasta la histeria ante la posibilidad de que Syriza gane las elecciones del 25 de enero, entonces es que, como dice Fischer, el convoy va derecho a la colisión sin que nadie esté dispuesto a echar el freno. Pues si una victoria de Syriza pone en guardia a todo el mundo, entonces resulta que la debilidad del ecosistema político europeo, con receta alemana o sin ella, es mayor de lo presentido, se comporta como un organismo sin defensas que puede pasar en horas 24 del resfriado común a la neumonía. Y puesto que el castigo infligido a los griegos por la famosa troika carece de fundamentación moral y parece muy a menudo un acto de ensañamiento indefendible, puede que Syriza consiga lo que el resto de Europa no desea y, dada esa situación, Europa deba decidir entre la desvergüenza de perseverar en el ensañamiento o admitir que hacen falta medidas correctoras para hacer frente a la rebelión de los desesperados, de cuantos el 25 de enero voten en igual medida contra los gestores de la crisis y a favor de quienes prometen la catarsis, entendida esta como figura definida en la quinta acepción del diccionario de la Real Academia Española: “Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo”.

De lo que es fácil deducir que es preferible seguir los pasos de Fischer que los de quienes han realizado el anuncio navideño del final de la crisis, siquiera sea porque el primero no ha de renovar ningún mandato y los segundos aspiran a ello. Los segundos contemplan la consolidación de esa bolsa de desheredados condenados por la austeridad, a los universitarios obligados a liar el petate para probar fortuna en otras partes, a esa lacerante administración de la injusticia que consiste en interferir en la justicia para controlar las causas múltiples y variadas que hacen cada vez más impenetrable las tramas de la corrupción, y, consumada la indagación visual o estadística, prefieren negar la realidad y anunciar que el 2015 serán el de la reparación de daños.

Incluso si el desenlace en Grecia es menos categórico de lo temido por los fundamentalistas de la economía global, persistirá “el conflicto vinculado a la austeridad” al que se refiere Fischer en un pasaje de su artículo. Porque seguirá ahí la trampa para elefantes de la deflación y el estancamiento hacia el que se dirige Europa, según el diagnóstico emitido el pasado verano por Paul Krugman en las páginas de The New York Times. Según Krugman, François Hollande, presidente de Francia, perdió la ocasión de oponerse a Alemania en compañía de Italia y España, tercera y cuarta economías de la Eurozona, para someter a revisión la austeridad. Muy pronto se plegó a la ortodoxia implacable de la contención del gasto, la contracción de la economía pública y el recorte de los programas sociales; su disposición a decir no fue a menos y se esfumó después del nombramiento de Manuel Valls, ejecutante convencido de que nada cabe fuera de la austeridad.

Pero es preciso decir no alguna vez, reconocer que las deudas deben saldarse, pero no a costa de dejar exhausto al deudor, sin aliento para seguir el camino y avizorar un futuro decente. Ahí radica la sobriedad, en ajustar las necesidades, las obligaciones y los compromisos a una supervivencia sin servilismos, en el equilibrio sostenible entre estos tres factores. No es nada seguro que la Europa del 2015 sea precisamente esta, sino más bien aquella otra no deseable de la austeridad inclemente en la que el nacionalismo y el euroescepticismo sigan arraigando, visto el sueño de la unión por muchos europeos como un insoportable descoyuntamiento de los equilibrios sociales que se dio Europa después de la segunda guerra mundial, como una imposición coactiva. La crisis no se ha acabado (no se desvanecerá por mucho que se repita); seguimos en compañía de ese desajuste asfixiante, hijo de los errores cometidos por gobernantes que alguna vez debieron decir no y no lo hicieron.

 

Una partida con cartas marcadas

Tan politizada le parece al conseller Francesc Homs la decisión del fiscal general del Estado, Eduardo Torres-Dulce, de presentar una querella contra el president Artur Mas, la vicepresidenta Joana Ortega y la consellera Irene Rigau como se le antoja a Carlos Floriano, vicesecretario general del PP, una opinión contaminada por la política la manifestada por los fiscales que ejercen en Catalunya, que se opusieron a la presentación. Esa coincidencia en ver la política donde solo debiera prevalecer la aplicación desapasionada de la ley es la más convincente de todas las pruebas: que cada parte sospeche de su contraria, su competidora o su adversaria, porque supone en ella la norma de conducta que previamente ha puesto en práctica en su ámbito de influencia, es la mejor demostración indirecta de que, efectivamente, la politización del criterio de los fiscales tiene algo que ver –bastante, se diría– con el de los políticos de Madrid y de Barcelona. Y cabe añadir que en el ambiente enrarecido por el encastillamiento de unos y otros, hubiese sido realmente milagroso que los fiscales, todos ellos y uno por uno, se mantuvieran inasequibles a las influencias, los editoriales de algunos periódicos envueltos en las respectivas banderas, las tertulias a todas horas y otros patios de vecindad de los que lo menos que puede decirse es que manca finezza.

Si todo este embrollo monumental se debe a que “la legalidad cuenta ya poco para el president” (José María Carrascal en Abc) o si las razones son otras, importa menos que el hecho de que, a partir de ahora, la fiabilidad jurídica de la fiscalía estará bajo sospecha en asuntos catalanes o en otros en los que al Gobierno le vaya el alma. Dice Joan Tapia que “las vísceras han mandado más que el cerebro”, y eso es algo más que una posibilidad. Pero esa versión fisiológica de la política tiene mucho que ver con la necesidad apremiante del Gobierno de corregir las encuestas y llevar a su molino el agua de la España más conservadora y retardataria, aquella que digirió de mala gana los sapos de la transición y cree aún hoy que ya fue mucho lo que dio y concedió en el debate constitucional de 1978 como para poner ahora la Constitución al día. En la encrucijada de las jornadas siguientes al 9-N, restablecer el principio de legalidad, si es que hace falta, importa menos que aparecer como guerrero invicto ante auditorios que creen, como en su día el cardenal Rouco Varela, que la Constitución tal cual está debe ser la norma inamovible por los siglos de los siglos. Se diga así o de cualquier otra manera.

Muy al principio de la novela Así empieza lo malo, Javier Marías escribe: “Tan tentador era el futuro que valía la pena sepultar el pasado, el antiguo y el reciente, sobre todo si ese pasado amenazaba con estropear aquel futuro tan bueno en comparación”. En aquella atmósfera se redactó la Constitución, que entonces pareció aceptable a la España doliente, y excesiva, aunque inevitable, a la otra. Pero entender que de entonces a ahora no se ha registrado cambio climático alguno en el ámbito político, y el famoso consenso constitucional del pasado vale hoy lo mismo, es tanto como desconocer o soslayar cuáles son los instrumentos de transformación social que desencadenan grandes mutaciones. Además, en el futuro vislumbrado para Catalunya por Jordi Pujol, referencia ineludible de la transición, la independencia era algo que formaba parte de lo venidero, como ha recordado Francesc de Carreras en un artículo a propósito del 40º aniversario de CDC. Y así, mientras para una parte –mayoritaria– de quienes aprobaron la Constitución, esta era una estación de llegada, para otros fue solo una estación intermedia. “Pujol tenía una idea prefijada de Catalunya que al fin se ha cumplido”, afirma De Carreras, y su apego a la Constitución, a su aplicación y desarrollo, fue solo instrumental, y lo puso al servicio del fin último perseguido por el nacionalismo hegemónico en Catalunya desde aquel entonces.

¿Oportunismo? ¿Sagacidad? ¿Esgrima de alta escuela? Poco importa ahora dilucidar qué atributo encaja más con la ruta seguida por el independentismo confeso y no confeso. Lo cierto es que la querella es la herramienta elegida por una superestructura denominada justicia, sometida a presiones agobiantes, para hacer frente a un problema político que, con querella o sin ella, ahí está, viene de lejos y exige enfoques imaginativos, transversales y ajenos a cálculos electorales que, se mire por donde se mire, tienen en un grito al PP, consciente de que en las próximas citas electorales puede sufrir batacazos históricos.

Si un partido con responsabilidades a escala española no es capaz de ir más allá de los lugares comunes que atañen a la soberanía, la unidad y otros conceptos investidos de solemnidad, si no es capaz de aceptar que hay que modificar la ley –la Constitución– para dar una oportunidad a la política, entonces ese partido pone de manifiesto tener enormes dificultades para adecuarse al presente. Las tiene el PP, desde luego, porque elude la mayor mediante el recurso al juzgado de guardia, esto es, evita afrontar el hecho de que el 30% de los electores catalanes –no la mayoría, no todos los catalanes, no el pueblo de Catalunya, como dice la propaganda independentista– votó sí-sí. Votó sí-sí sin garantías jurídicas, con Oriol Junqueras de presidente de mesa en Sant Vicenç dels Horts, con un control del censo por lo menos discutible en una convocatoria gestionada por una de las opciones –la del sí-sí–; pero el caso es que el 30% votó sí-sí.

Responder con un no-no obstinado es la más rudimentaria de las reacciones; es algo así como dejar sentado que es irrenunciable el programa máximo del PP. Y todo programa máximo, por definición, es una meta inalcanzable o poco realista, salvo para los espíritus doctrinarios que creen ser depositarios exclusivos de la verdad. La reflexión vale lo mismo para los ideólogos del independentismo, pues cualquier alternativa que preserve la cohesión social deberá ser intermedia, no podrá satisfacer al ciento por ciento a nadie, pero sí confortar a todo el mundo. Este fue, por cierto, el espíritu que impregnó el consenso constitucional que alumbró el texto de 1978 y preservar aquel consenso no reside en considerarlo irrepetible, sino perseverar en él para cambiar lo que se precise cambiar, por unanimidad, si es posible, o por mayoría, si no lo es.

El recurso a la fiscalía es de una pobreza política que asusta tanto como la disposición del conglomerado independentista a tomar los 23 puntos de la carta de Artur Mas a Mariano Rajoy como aquello que no admite modificación o retoque que valga. Siendo así que los 23 puntos suenan a programa máximo, aunque al mandarlos por carta como punto de partida de una eventual negociación debe entenderse que son susceptibles de cambio o de retoque, y algunos de ellos pueden ser incluso objeto de renuncia. Pero si no admiten tal margen de maniobra, la carta es tan inútil como las demás maniobras orquestales que constituyen el relato reciente de la llamada cuestión catalana. Será, como tantas otras, una carta marcada más en esta extraña partida de despropósitos que a unos favorece en las encuestas –véase el sondeo publicado el viernes por EL PERIÓDICO– y a otros les corta la respiración.

Todo lo cual no es óbice para concluir que la fiscalía ha unido sus efectivos a la fábrica de independentistas puesta en marcha por el Gobierno mediante su insistencia en no rectificar en nada. “Una de las causas del auge del independentismo catalán es la indigencia y la torpeza del discurso opuesto a él”, sostiene el escritor Javier Cercas, y esa querella por los delitos de desobediencia grave, prevaricación, malversación de caudales públicos y usurpación de funciones en el proceso participativo del 9-N abunda en la torpeza. Pueden todos los integrantes del Gobierno desgañitarse hasta perder la voz para defender la autonomía de la fiscalía, pero lo cierto es que no hay forma de creer en ella; no hay forma de apartar de la imaginación una realidad subyacente que lleva a dudar de que, efectivamente, son razones estrictamente jurídicas las que han puesto en marcha el engranaje de la querella. Esa carta también está marcada.

El ‘boom’ del ‘boom’, año 50

La reedición de Los nuestros, de Luis Harss, fresco premonitorio del boom literario latinoamericano, permite realizar un ejercicio semejante al de asistir a la proyección de un documental que, rodado hace medio siglo, hubiese adelantado con insólita precisión la realidad de nuestros días. Porque la selección de autores que hizo Harss en los primeros años 60, esos diez escritores a los que unió bajo un solo título en la edición de su libro en 1966, son hoy autores indiscutibles más allá de que se les pueda considerar integrantes del boom o precursores del mismo. Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joao Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, ordenados así por el joven e inquieto Harss, constituyeron el elenco de un canon seminal al que, con la perspectiva que dan el tiempo y las lecturas, cabe añadir a Adolfo Bioy Casares, José Lezama Lima, José Donoso, Ernesto SabatoAugusto Roa Bastos, incorporados para siempre a la historia de la narrativa.

Los nuestros

Portada de la reedición de ‘Los nuestros’, de Luis Harss.

“La década del sesenta puede muy bien ser un momento decisivo. Nuestra novela está todavía a prueba. Es demasiado pronto para saber si las pocas figuras realmente notables que asoman en las penumbras son una casualidad o una promesa. Pero si la diferencia entre un accidente y una tradición está en el encadenamiento del esfuerzo común, el futuro se ve propicio”, escribe Harss al presentar la reedición de Los nuestros. Aquel futuro propicio se construía sobre los cimientos sólidos de títulos como La invención de Morel (Bioy Casares, 1940), El Señor Presidente y Hombres de maíz (Asturias, 1946 y 1949, respectivamente), Pedro Páramo (Rulfo, 1955), Hijo del hombre (Roa Bastos, 1960), Sobre héroes y tumbas (Sabato, 1961) y la desmesura renovadora y erudita de Borges, que en 1961 publicó su primera Antología personal. Así se llegó a 1962: aquel año prodigioso, Vargas Llosa ganó el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros, Carpentier publicó El siglo de las luces y Fuentes, La muerte de Artemio Cruz. Acaso sea aquella conjunción astral del 62 la que lleva ahora a conmemorar los 50 años del boom, aunque en años sucesivos siguiera la exuberante sucesión de obras maestras –Rayuela (Cortázar, 1963), Paradiso (Lezama Lima, 1966), Cien años de soledad (García Márquez, 1967), El obsceno pájaro de la noche (Donoso, 1970)–, de forma tal que, en un atrevimiento a la altura de las dimensiones del fenómeno, se empezó a hablar del siglo de oro de la letras hispanoamericanas. Cuando Roa Bastos publicó Yo el supremo en 1974, el atrevimiento se antojaba cada día menos desaforado.

La ciudad y los perros

Edición de bolsillo de ‘La ciudad y los perros’, de Mario Vargas Llosa.

¿Qué desató aquellas fuerzas ocultas en la espesura de una narrativa que durante el siglo XIX y los primeros decenios del XX reunió muy pocos títulos para retener en la memoria? El escritor mexicano Jorge Volpi afirma: “Poco importa si sus antecedentes se encuentran en el romanticismo alemán o en Carpentier, en la fantasía borgiana o en Asturias, en los cuentos infantiles o en Rulfo: el realismo mágico a la García Márquez es la invención más contagiosa surgida de nuestras tierras”. Para los interesados, esa invención contagiosa se remonta a la herencia de Miguel de Cervantes, al influjo de los barrocos, a los universos paralelos de William Faulkner, de Ernest Hemingway, de John Dos Passos, al acopio de experiencias personales contadas en un lenguaje liberado de artificios. Todos, de una forma u otra, aceptan la sentencia de Benedetto Croce recogida por Borges en la conferencia ¿Qué es la poesía?, pronunciada en Buenos Aires en 1977: “El lenguaje es un fenómeno estético”.

Antonio Muñoz Molina lo resume en una frase: “Creo que trajeron simplemente una nueva forma de contar, una relación más libre con el idioma. Siempre lo he comparado a la llegada de la influencia de Rubén Darío a principios del siglo XX”. En esa liberación del idioma como instrumento tiene acomodo la larga digresión de Carpentier sobre el estilo barroco, contenida en una entrevista de 1977 con el periodista Joaquín Soler Serrano. “El estilo barroco, ¿por qué?”,  se preguntó el autor cubano. La respuesta abundó en la correspondencia entre el entorno y el relato: “Porque estamos rodeados de una naturaleza exuberante y barroca. Porque el barroquismo es un lujo en el arte, no es decadencia (…) El barroco se produce, por el contrario, en momentos de máxima fuerza”. Y siguió más adelante: “El barroco es un lujo de la creación (…) Somos escritores de expresión barroca porque yo creo que el barroco corresponde a la sensibilidad americana”.

La muerte de Artemio Cruz

Edición de bolsillo de ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes.

Entre el parecer de Borges y el de Carpentier no hay diferencias a pesar de su gran distancia ideológica. Borges navegó entre dos aguas durante la cruel dictadura militar de Videla y allegados; Carpentier estuvo comprometido con la revolución cubana desde la primera proclama. Borges cruzó con frecuencia las arenas movedizas del elitismo social; Carpentier procuró hacer justo lo contrario. Pero, en última instancia, los dos compartieron el sino del lenguaje como “fenómeno estético”. “La grandeza implica la totalidad”, declaró Sabato a Soler Serrano en otra entrevista memorable de 1977, y así se encontró pisando el mismo terreno del “instrumento ajustado a lo que se quiere expresar”, según definió Carpentier el lenguaje barroco. A pesar de lo cual, Sabato siempre consideró “una osadía ponerse a escribir” después de Cervantes.

Luis Harss afirma en Los nuestros, al abordar la distancia ideológica de Borges con la mayoría de escritores de los primeros días del boom, que el empeño de los más jóvenes se atuvo a la acción social, mientras que el fabulador argentino, nacido en 1899, se embarcó en “el inmenso proyecto de exploración que es el descubrimiento de una ciudad [Buenos Aires]”. Siguiendo por el sendero de Harss, bien pudiera corresponderle a Borges el título de segundo fundador de Buenos Aires, pues fue el conquistador Diego de Mendoza, en 1532, quien la fundó en primera instancia. Si bien se mira, fue Borges quien dio a la ciudad los atributos y distintivos históricos al escribir Fervor de Buenos Aires y La brújula y la muerte. Y fue así porque colocó en la historia a aquella inmensidad urbana surgida entre otras dos inmensidades, el océano y la pampa. Todo esto lo desarrolla el mexicano Carlos Fuentes en un capítulo de La gran novela latinoamericana, en cuyas páginas aventura que llegó un día en que Buenos Aires exclamó “por favor, verbalícenme”, y allí estuvo Borges para hacerlo con la rotundidad inconmensurable de un demiurgo.

El siglo de las luces

Edición de bolsillo de ‘El siglo de las luces’, de Alejo Carpentier.

Los méritos atesorados por Borges en la empresa de fundar de nuevo Buenos Aires fueron semejantes a los contraídos por Carpentier al afrontar idéntica empresa en la densidad húmeda de La Habana, una coincidencia más en la peripecia personal de dos escritores tan aparentemente lejanos. Al dar a la literatura La ciudad de las columnas, Carpentier puso a La Habana en la historia con tanto ahínco como lo hicieron sus primeros fundadores en 1519 entre dos inmensidades no menores a la vecindad bonaerense, pues surgió La Habana de cara al mar y de espaldas al manto inabarcable de la manigua cubana. Carpentier puso a La Habana en la historia porque desarrolló un relato que solo es posible allí. Así como Buenos Aires fue otro Buenos Aires a partir de la intervención literaria de Borges, así también pasó por la misma experiencia La Habana, sometida al trance refundador de Carpentier. La tarea de ambos escritores es fiel al punto de vista de Carlos Fuentes: “Las culturas son su imaginación, no sus archivos”.

La originalidad de Borges y Carpentier reside en que cumplieron con la misión refundadora en el seno de espacios concretos y tangibles a diferencia de lo que hizo García Márquez en Cien años de soledad, pues Macondo es un espacio mitológico dentro del cual es posible construir un relato fundacional sin ataduras con la historia. “Si una cultura no logra crear un tipo de imaginación, resultará históricamente indescifrable”, escribió Lezama Lima, alentador de las eras imaginarias. El propósito extraordinario de García Márquez fue empezar de cero para comprenderse a sí mismo y comprender a sus semejantes más próximos. “El tema lo llevaba dentro desde hacía años. Incluso lo había intentado expresar en un par de ocasiones, pero me reconocía poco preparado y lo abandoné. Era mucha su envergadura para mis escasas posibilidades, hasta que me encontré seguro y me puse a escribir como un obseso”, le contó García Márquez a Robert Saladrigas en 1968 y hoy es posible volverlo a leer en Voces del ‘boom’, selección de 21 entrevistas publicadas en la revista Destino entre los últimos años 60 y los primeros 70.

Cien años de soledad

Primera edición de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez.

¿Por qué festejamos este hipotético primer medio siglo del boom? Un motivo: “Fue una corriente de aire fresco y la demostración de que se podía escribir en español de una forma menos academicista de lo habitual en España”, declara Javier Marías. Otro motivo: “Con esas obras América Latina (como una entidad cultural y geográfica propia) adquirió un lugar reconocido en el imaginario internacional literario, realmente por primera vez”, dice el periodista estadounidense Jon Lee Anderson. Un tercer motivo: desde aquellos días de descubrimiento hasta hoy, las sociedades latinoamericanas han nutrido con nuevas generaciones la empresa literaria. Y, con ellas, han surgido voces críticas autorizadas por su propia experiencia personal, autores inducidos a ponerse a salvo de los aduladores. “Los escritores del boom aceptaron demasiadas invitaciones, demasiados viajes. Hay cierto aspecto de compañía del poder que me parece que puede ser negativo y que puede llegar a un cierto cinismo”, declaró el autor mexicano Juan Villoro después de recibir el Premio José Donoso 2012. ¿Es posible evitar la vecindad del poder en la aldea global? Veamos qué sucede durante los próximos 50 años.