Europa aguarda a Macron

Los primeros pasos de Emmanuel Macron han hecho de él la nueva esperanza blanca de la Unión Europea, necesitada de iniciativa, unidad de acción y capacidad para competir con los grandes actores internacionales. Entre la espada del auge eurofóbico y la pared del brexit, la activación del eje franco-alemán, motor histórico de la construcción europea, vuelve a aparecer en todos los análisis como el núcleo realmente duro que puede rescatar a la UE de la atonía depresiva que con tanta frecuencia se adueña de la discusión. Pero esa presumible activación es poco más que un objetivo genérico lleno de incógnitas por despejar, especialmente en cuanto al alcance real que pueda tener: ¿reducirá sus efectos a los dos lados del Rin?, ¿será capaz de movilizar a los 27 en un programa común?, ¿alcanzará solo a unos pocos países y consagrará la Europa de dos velocidades?

Sobre la mesa están el papel futuro del Banco Central Europeo, el desarrollo de una estructura europea de defensa, las políticas de convergencia, el efecto del brexit sobre el presupuesto y una lista interminable de problemas propios de la complejidad del proyecto y también de las tensiones entre estados. Y por encima de todo está el debate sobre el papel de Alemania, su iniciativa política, especialmente reforzada a partir de la crisis económica y de la ineficacia de Nicolas Sarkozy y de François Hollande para equilibrar el renombrado eje, cada día más germánico y menos francés.

Poco se sabe del programa de Macron, de su concreción y de la respuesta social que pueden desencadenar actuaciones como la reforma del mercado de trabajo, tan contestado en la calle en la recta final del mandato de Hollande y uno de los resortes que movilizó a los insumisos de Jean-Luc Mélenchon. Menos se sabe aún del papel que puede desempeñar Francia como contrapeso de las políticas de estabilidad recetadas por Alemania, de su capacidad de corregir los excesos de la austeridad dictados por diferentes gobiernos de Angela Merkel desde 2010, con un coste social de sobra conocido. Como afirma Héctor Sánchez Margalef, investigador del Cidob, “la irrupción de Emmanuel Macron ha resucitado el euroentusiasmo, aunque no sabemos si por verdadero amor o como rechazo a las ideas de Marine Le Pen”.

Es preciso remitirse al resultado de las elecciones legislativas (18 de junio) y a las características de la mayoría absoluta obtenida por La República en Marcha, el partido de Macron, para sacar alguna conclusión acerca de si el euroentusiasmo es fruto de una cosa o de la otra o, quizá, de ambas al mismo tiempo. La mayoría aplastante lograda por el presidente en la Asamblea Nacional no debe distorsionar la realidad: se sustenta en el 16% del censo electoral, en una abstención que superó largamente el 50% y en el hundimiento del sistema tradicional de partidos de la Quinta República, especialmente en el campo de la izquierda (el adiós de la patria socialista, ha escrito Jean Daniel), aunque no solo en él, porque el tutti frutti ideológico macroniano ha dividido al conservadurismo francés clásico (la herencia del gaullismo).

“Mayoría absoluta, victoria relativa”, tituló Le Monde, progresista, para resumir el resultado de las legislativas. “Jamás un poder presidencial tan fuerte había descansado sobre una base tan exigua”, subrayó Le Figaro, conservador. “La nueva mayoría solo representa una pequeña parte de Francia”, dijo un analista en televisión la noche del escrutinio. Se trata de tres aproximaciones complementarias a un mismo fenómeno: la representatividad social de los diputados de Macron es débil y el triunfo de la abstención el 18 de junio presagia una posible reacción de la calle en cuanto el presidente pase de la palabra y las promesas a los hechos.

De tal manera de que quizá la consagración de Emmanuel Macron como líder europeo depende de la respuesta social que eventualmente desencadene la aplicación en Francia de grandes reformas estructurales. Significa que la activación del eje franco-alemán no podrá ser eficaz o útil si el presidente debe afrontar la impugnación de su programa en la vía pública o si las elecciones legislativas en Alemania (24 de septiembre) recortan la iniciativa de Angela Merkel, algo que hoy nadie prevé. La idea de que Macron puede ser un líder europeo, aunque no lo sea en su país, es poco realista y se contradice con la inmensa mayoría de precedentes en la historia del eje, esa estructura de facto que condiciona las políticas europeas desde la firma del Tratado de Roma.

Escribe Héctor Sánchez Margalef: “Desear que la UE funcione de otra manera no te convierte automáticamente en un fervoroso seguidor de Marine Le Pen. De la misma manera que el euroentusiasmo de Emmanuel Macron no garantiza por sí solo el regreso de la confianza en el proyecto europeo”. Porque la hiperactividad europeísta del presidente de Francia no se ha traducido por el momento en ninguna medida concreta; se ha limitado a ser una mezcla de declaraciones que aconseja practicar el viejo principio de esperar y ver a falta de elementos de juicio concretos.

Jean d’Ormesson, miembro de la Academia Francesa, hizo pública una carta de apoyo a Macron entre la primera y la segunda vuelta de la elección presidencial, no sin recordar al entonces candidato que disentía de él en muchos apartados y que su apoyo no era –no es– un cheque en blanco. Lo que el veterano conservador subrayaba era la necesidad de contener al Frente Nacional, pero, alcanzado este objetivo, prevalece la idea de que el voto de aluvión que ha llevado a Macron al Eliseo y la mayoría parlamentaria en que se apoya no es garantía de nada, sino un formidable desafío para un país a menudo ensimismado, asustado o desorientado, donde el escepticismo suma adeptos cada día. Y el dosier europeo no es inmune a la atmósfera de desconfianza en el futuro que aconseja esperar y ver.

 

Fillon consolida a Le Pen

El despacho del Eliseo se aleja de François Fillon en la medida en que se concreta la sospecha sobre la opacidad de los ingresos de Penelope, su esposa, y, por esta razón, se pone en duda la probidad de quien el electorado conservador francés convirtió hace unos días en el candidato de Los Republicanos (LR) a la presidencia de Francia. La portada de esta semana de la revista satírica Le Canard Enchaîné pone en la picota a un político que ha hecho de la honradez, algo por lo demás exigible a cualquier cargo público, su primera seña de identidad, porque si su pareja ingresó hasta 600.000 euros como ayudante suya y asesora literaria de La Revue de Deux Monde, tal seña de identidad se desvanecerá, se disolverá en la maraña electoral de una derecha irreconocible, heredera del poder fraguado por el general Charles de Gaulle, pero solo nominalmente depositaria de sus inquietudes.

En ningún lugar está escrito que Penelope no puede ser la asistente parlamentaria de François, el problema es que no frecuentó el Parlamento ni mucho ni poco, no se la vio por allí. Tampoco está prohibido que la esposa de un primer ministro o de un diputado haga carrera literaria, el problema es que su compromiso con las letras no fue más allá de dos o tres críticas, según se dice. Más parece que estos empleos fueron generosamente remunerados a cambio de nada, algo que tendría una importancia relativa, más allá de los precios político y judicial que debieran pagar los interesados, si no acechase entre cajas la amenaza de la extrema derecha –Marine Le Pen, cada día más crecida–, si no anduviesen los socialistas enfrascados en una competición interna sin esperanza, condenados según todas las encuestas a no pasar a la segunda vuelta. Los presuntos enjuagues de François y Penelope tendrían efectos menos dañinos si todo pudiese cerrarse con una crisis familiar, transmutada quizá en crisis de partido, de este LR de ideología difusa, pero cuando está en juego la suerte de los valores republicanos y el papel de Francia en Europa, saltan las alarmas.

Cada vez que surge un caso Fillon con nombres, apellidos e intereses reconocibles, se acrecienta “el profundo desprestigio de las élites y las instituciones democráticas y la generalizada rebelión antisistema”, en palabras del escritor Javier Cercas en el Parlamento Europeo el 7 de diciembre. En el seno de sociedades en crisis o que temen el futuro, en sociedades con cierta tendencia depresiva o faltas de acción, el grand ennui (aburrimiento), identificado por George Steiner en el siglo siguiente al final de las guerras napoleónicas, adquiere rasgos indescifrables, se transforma en algo más que la mera inacción. Cualquier botarate con ganas de jarana, recursos económicos e intuición suficiente para hipnotizar a una multitud desencantada puede ser un líder con futuro.

La desconfianza se ha instalado en los espíritus. En un régimen de opinión pública como el francés, adobado con un sentimiento nacional o nacionalista muy arraigado, los presuntos disparates cometidos por la familia Fillon es maná del cielo para la extrema derecha, pues es el candidato de LR quien parecía señalado para pararle los pies en la segunda vuelta. Bien es verdad que mediante un programa tan cercano al del Frente Nacional, el partido ultra de Le Pen, que apenas se distingue de él en asuntos cruciales de nuestro tiempo: la gestión de la inmigración, la nación como entidad competidora de Europa y cuanto de ello se deriva. ¿Cuántos potenciales electores del presidenciable Fillon pueden entender que la imitación es peor que el original y prefieren sumar su voto a la causa de Marine Le Pen?

El momento es sustancialmente diferente al del 2002, cuando Jean-Marie Le Pen cerró el paso a Lionel Jospin y disputó la elección a Jacques Chirac. Entonces, la movilización de la izquierda en las urnas con la pinza en la nariz en apoyo de Chirac impidió que el líder de la ultraderecha tuviera la más remota posibilidad de salir elegido; hoy el socialismo lame las heridas de su prolongada desorientación frente a los efectos de la crisis y se ejercita en una división estéril, mientras diferentes movimientos alternativos dan más sensación de entusiasmo que de organización y disciplina para contener el asalto al Eliseo de una facción retrógrada y sectaria. Como ha escrito Jean Daniel, la izquierda se siente huérfana a pesar de todo a causa de la crisis socialista y es difícil imaginar a alguno de sus líderes en disposición de levantar un cortafuegos que cierre el paso a la extrema derecha para entregar el poder a un líder conservador, sea este Fillon o quien le sustituya si el elegido en las primarias hace mutis por el foro a raíz del escándalo.

La desnaturalización de la izquierda mediante sucesivas disputas ideológicas, fracturas y desaciertos anduvo paralela hasta la fecha a la desfiguración del conservadurismo a través de una cadena de refundaciones, uniones y cambios de nombre que han dejado sin respuesta una pregunta esencial de los electores: ¿a quién apoyo con mi voto, cuál es su programa? La extrema derecha ha logrado, en cambio, que sus partidarios, siempre en aumento, apenas se formulen la misma pregunta o sientan la misma inquietud: la simplificación de la política y el resumen del programa en eslóganes genéricos ha sido de una pasmosa eficacia.

Nadie pone hoy en duda que nada podía reforzar más y mejor la estrategia electoral de Marine Le Pen que el Penelopegate. Incluso en el improbable caso de que los Fillon crean probar que nada de lo publicado es cierto, no desaparecerá la sombra de la duda –hay testimonios concluyentes de habituales en la Asamblea Nacional que dicen no haber visto nunca a la esposa de Fillon en el edificio– y nada podrá evitar que el hartazgo de muchos contribuyentes engorde el zurrón de votos de la candidata ultra. Ni siquiera la retirada de François Fillon y un nuevo proceso de primarias en Los Republicanos neutralizará la inercia del momento: el deslizamiento hacia el Frente Nacional de muchos votantes conservadores que se daban por satisfechos con el exprimer ministro, pero que hoy se sienten estafados.

A cada episodio que daña la imagen colectiva del establishment político europeo mayor es la tendencia de los ciudadanos a incluir a sus integrantes en la categoría de sospechosos habituales. Cada venalidad conocida resta credibilidad a las instituciones y daña la honorabilidad de sus miembros, el escepticismo pasa a ser la ideología más frecuente o, en su defecto, la de quienes recurren a las emociones primarias o a los prejuicios para sumar adeptos a su causa. Así está hoy Francia a cuatro meses de la primera vuelta de la elección presidencial, con el presidente François Hollande sumido en una impopularidad sin precedentes, con el Partido Socialista condenado a la derrota y con los conservadores clásicos apabullados por la desmoralización. Nunca antes Marine Le Pen fue una candidata tan sólida.

 

Francia, en el túnel de la fractura social

La reforma laboral puesta en marcha en Francia ha enardecido la calle, dividido al Partido Socialista (PS) una vez más y dejado en estado de debilidad extrema a François Hollande a un año justo de la elección presidencial. La conocida como ley El Khomri por el apellido de la ministra que la promueve, tiene el perfume inconfundible de la legislación española impulsada por el Gobierno de Mariano Rajoy y hace temer a los sindicatos, a diferentes versiones de la izquierda y a organizaciones cívicas de nuevo cuño que el efecto inmediato de la reforma sea una desregulación del mercado de trabajo que, en el colmo de las paradojas, ni siquiera complace a la derecha, siquiera sea porque todo vale para disparar al pianista (Hollande) a un año de que el despacho del Eliseo esté en juego.

Al recurrir a un privilegio del Ejecutivo para sacar adelante la ley mediante una aplicación forzada de la Constitución, el presidente de la República y el Gobierno de Manuel Valls han oficializado la fractura entre el Ejecutivo y una parte no desdeñable del grupo parlamentario socialista, mayoritario en la Asamblea Nacional, pero minado por el debate ideológico. Nunca se ha sentido el ala izquierda del PS satisfecha con el rumbo dado por Hollande a su presidencia, pero cuando pertenecen al partido 26 de los 56 firmantes de una moción de censura animada por diferentes fuerzas progresistas, la situación adquiere tintes de extrema gravedad. Que luego faltaran dos firmas y la moción no prosperara es menos importante que el hecho mismo de que sumaran su nombre a una iniciativa que, a fin de cuentas, fue la respuesta a una ley considerada regresiva, que el Gobierno defiende como fundamental, ineludible, para rescatar la economía francesa de la atonía, pero que es tenida por desastrosa por cuantos la impugnan desde la izquierda, atentos todos ellos a la degradación del mercado de trabajo en España (precariedad, contratación temporal creciente, caída de los salarios, etcétera).

Está la atmósfera de Francia cargada con la electricidad de un gran divorcio entre el poder y la calle; entre las exigencias de la economía global y las conquistas sociales de la Quinta República; entre las recetas de los eurócratas y el sentimiento nacional herido. Las concentraciones en la plaza de la República de París, el movimiento Nuit Debout, las proclamas de Les Économistes Atterrés, del que forma parte el elocuente Frédéric Lordon, uno de los rostros más visibles de las protestas, todo configura una doble fractura: genérica, porque aleja al Gobierno de su electorado tradicional, y generacional en el seno de la clase media, de donde procede el grueso de los jóvenes movilizados contra la ley, decepcionados por un futuro que temen peor que el presente, y que están convencidos de que deberán amoldarse a unos estándares de vida menos confortables que los que disfrutaron sus padres. De tal manera que se antoja demasiado fácil, por no decir injusto, aplicar el sobrenombre de bobobourgeois-bohème– a los movilizados de hoy, rescatando el apelativo aplicado por el frente gaullista a los agitadores de la Sorbona en mayo de 1968.

El argumento central de la izquierda para presentar la moción de censura que en última instancia no prosperó se remite a un solo dato: “A una situación excepcional, una respuesta excepcional”. La reflexión de la derecha al presentar una moción de censura, finalmente derrotada, fue un paso más allá al preguntarse si el presidente no debía disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones para abrir la posibilidad de que se forme una nueva mayoría. El periódico conservador Le Figaro trasmitió la pregunta a sus lectores a sabiendas de que Hollande no se expondrá a una debacle electoral antes de tiempo, pero desde el mismo momento en que el Gobierno optó por el camino expeditivo del artículo 49.3 de la Constitución –lo que evitó en primera instancia que la reforma laboral fuese debatida en la Cámara– se abrió la veda; pudiera decirse que la campaña electoral ha empezado once meses antes de lo previsto.

El intelectual Jean Daniel entiende que cuanto sucede es resultado de un largo proceso en el que “la izquierda ha intentado acomodarse a la economía de mercado, llamada también capitalismo, mientras que la derecha se habituaba a ser liberal y centrista”. “Este trastorno se producía suavemente –sigue Daniel en las páginas de Le Nouvel Observateur, el semanario que fundó–, en todo caso sin una agresividad provocadora. Hasta que llegaron las consecuencias de la mundialización, de la descolonización, de la inmigración, de las primaveras árabes y de la demencia revolucionaria. Sufrimos el paro y la falta de crecimiento, y hemos visto aparecer la violencia religiosa en todo su nihilismo. La reacción se ha producido”.

Quizá el conglomerado social de Nuit Debout, semejante en muchas cosas al 15-M español, no comparta por completo el punto de vista de Daniel, pero puede seguirse en él el rastro de una sociedad en crisis. Si a ello se añade la incapacidad manifiesta de Hollande y Valls para reformar a través del consenso, como se argumenta en un análisis publicado por el diario progresista Le Monde, es fácil llegar a la conclusión de que el modelo francés de sociedad del bienestar, superviviente de numerosas pruebas, emite señales de agotamiento, genera dosis cada vez mayores de insatisfacción y desorienta a una parte de la opinión pública, dispuesta a invocar los valores intangibles de la nación mediante la peor de las opciones posibles: la extrema derecha encabezada por Marine Le Pen. No hay en la demagogia del Frente Nacional otra cosa que la explotación del miedo acumulado por ciudadanos asustados por los desafíos de un mundo cambiante, las finanzas globales, el terrorismo yihadista y una sensación de vulnerabilidad extrema, pero no por ello deja de resultar atractiva la oferta para los electores con alma conservadora.

La fronda en el Parlamento y en la calle, tan apegada a la historia de Francia desde los días del cardenal Mazarino y de Luis XIV, no es formalmente muy distinta a las anteriores, salvo en el apego al realismo: nadie busca la playa bajo los adoquines como en las jornadas del 68, sino que no se configure un futuro poco halagüeño, con una acumulación insoportable de víctimas de la historia en la cuneta del camino hacia no se sabe dónde. El filósofo Edgar Morin habla de una crisis planetaria, de civilización, a la que no escapa Francia, cuya primera consecuencia es un deterioro social, industrial, geográfico, territorial y humano. El futuro no es solo una incógnita, como siempre lo ha sido desde la noche de los tiempos, sino una angustia; cada vez son menos los que confían en que el mañana sea mejor que el presente y, al mismo tiempo, redoblan sus esfuerzos para convencer los profetas del crecimiento ilimitado, de la liberación tecnológica y de la marginalidad de los saberes humanísticos.

La composición heterogénea de las manifestaciones y concentraciones que desde hace días alteran la agenda política del Gobierno de Francia es la prueba fehaciente de que la sensación de oscuridad que viene del futuro es compartida por un segmento ideológico y social cada vez más amplio. El profesor Roland Gori se refiere en las páginas de Libération a la vigencia del taylorismo (por Frederick Taylor), aquella corriente económica de principios del siglo XX orientada a aumentar la productividad y a neutralizar el control sindical sobre los ritmos de producción, un pensamiento que quizá reverdece, aunque hasta no hace mucho pareció superado por el pacto social y la confluencia de la democracia cristiana y la socialdemocracia en un modelo humanamente sostenible. Quién y en qué condiciones puede capitalizar el subsiguiente descontento angustiado, es impredecible; depende en gran medida de cuál sea la sensibilidad del establishment para evitar la fractura o para dar vida a nuevas etiquetas políticas atentas a las reclamaciones de los movilizados, de cuantos ven en la salida de la crisis la quiebra de un engarce social equilibrado.

 

 

Esperando a Marine Le Pen

Los resultados obtenidos por el Frente Nacional (FN) en la primera vuelta de las elecciones regionales celebradas en Francia el día 6 no hicieron más que confirmar que Marine Le Pen, más pronto que tarde, puede ser una candidata con posibilidades reales de ganar la presidencia de la República. El hecho de que la abstención llegase el último domingo al 50%, voto más voto menos, y el vaticinio de las encuestas para la segunda vuelta de este fin de semana, que otorgan a la derecha y a la izquierda tradicionales capacidad de reacción para moderar la victoria de la extrema derecha, son datos insuficientes para no admitir que el viento sopla de popa en el campo ultra mientras que para sus adversarios sopla de frente. El cansancio político se ha adueñado de una parte de la Francia profunda, de aquella que ve con desconfianza, cuando no con temor, la articulación de una sociedad multicultural, con riesgos cada vez mayores de fractura, con el pacto republicano puesto en discusión por minorías cada día más activas, menos dispuestas a asumir como propios los valores constitutivos de la nación.

Nada de eso es poca cosa en una comunidad poseída históricamente por el debate político y el don de la palabra. De ahí la sorpresa de muchas voces que critican a los socialistas y a los seguidores de Nicolas Sarkozy, su propensión a las soluciones de emergencia cuando se tuercen unas elecciones y su nula disposición a analizar qué sucede en Francia hoy sin perderse en estériles discusiones ideológicas o, lo que es peor, en rectificaciones sobre la marcha encaminadas a neutralizar a la extrema derecha mediante propuestas inspiradas en la prédica ultra. Así los republicanos de Sarkozy, con su conservadurismo extremo, y así también el insistente recurso de François Hollande a la palabra guerra a partir del ataque terrorista de París del 13 de noviembre.

“A riesgo de parecer ciegos y sordos, el primer ministro [Manuel Valls] y el presidente de los republicanos [Nicolas Sarkozy] han cerrado secamente la puerta a todo examen de conciencia inmediato y se han parapetado en su postura de ‘mejor fortaleza’ ante el Frente Nacional”, se afirma en un editorial del diario progresista Le Monde. No hay sitio para la autocrítica, todo se aplaza hasta después de la segunda vuelta, pero entonces, habida cuenta de que las elecciones regionales apenas atraen el interés de los electores, es improbable que alguien vaya más allá de la retórica. Mientras, Marine Le Pen pronostica que el auge de los suyos contaminará el comportamiento electoral de otros países hasta poner en jaque la idea misma de la unidad europea, que la extrema derecha, ultranacionalista y xenófoba, denuesta mañana, tarde y noche.

Nadie puede llamarse a engaño: Francia es uno de los pilares esenciales del proyecto europeo y Martín Schulz, presidente de la Eurocámara, está en lo cierto cuando afirma que la multiplicación de resultados como los de Francia pone en peligro la construcción europea. La suposición expresada por Sarkozy en el periódico conservador Le Figaro de que los suyos “son la única alternativa creíble” resulta tan discutible como el convencimiento de Valls de que el posibilismo del Gobierno corregirá la tendencia de un electorado cada día más alejado de las fuerzas convencionales, de las que creen, quizá equivocadamente, que serán ellas las que se disputarán la jefatura del Estado la primavera del 2017.

Hay suficientes instrumentos de análisis sobre la mesa para pensar que el futuro puede ser muy otro. Después de los impactos de la diversidad cultural, de la zozobra de la crisis económica y de los síntomas de fractura social, el periodo transcurrido entre el atentado contra Charlie Hebdo y la noche de pesadilla del 13 de noviembre, más la crisis de los refugiados y la concentración de simpapeles en Calais, han llenado de argumentos el zurrón de la demagogia populista del Frente Nacional, en una atmósfera de inseguridad colectiva y de crisis de identidad. Si se dijo en el 2002, cuando Jean-Marie Le Pen disputó el sillón del Eliseo a Jacques Chirac en la segunda vuelta de la elección presidencial, que el éxito del líder ultra respondía a la reacción de una sociedad envejecida y asustada por un futuro incierto, ¿qué decir hoy, a qué atribuir ese lento, pero permanente afianzamiento de Marine Le Pen como cabeza visible de un segmento social cada vez más amplio?

Una respuesta verosímil se encuentra en el reportaje publicado por el semanario de izquierdas L’ObsLe Nouvel Observateur para los clásicos– antes de la primera vuelta de las regionales. Consistió en una recopilación de las opiniones de doce nuevos electores del FN que dio pie a una conclusión de quien lo firmaba: “De entrada, su carburante, el motor de sus sentimientos, aquello que los arroja en brazos de Marine Le Pen, ha quedado desvelado: el miedo. Siempre, en todas partes”. En el último número del mismo semanario, Jean Daniel llama a votar para evitar que cambie completamente el rosto de Francia, para que no quepa preguntarse a partir del lunes, “al cruzarse con alguien en la calle, si él es o no un elector del FN”. Pero el miedo está ahí y el escepticismo también, ese estado de ánimo que induce a muchos a quedarse en casa y a entender su ausencia de las urnas como un castigo al establishment.

Otra respuesta verosímil se oculta detrás de la campaña de relaciones públicas emprendida por la líder de la extrema derecha para limar las aristas más cortantes del programa de su partido y para alejarse de la figura de su padre, compendio absoluto del peor pasado de Francia. El Frente Nacional ha dejado de tener a ojos de muchos el perfil ominoso de la extrema derecha; se ha convertido en una formación nacionalista conservadora, con algunas inquietudes sociales y dispuesta a poner a salvo de la globalización, de la unidad europea, de la multiculturalidad y del mestizaje los rasgos esenciales de Francia. Se ha despoblado a ritmo constante el bando de cuantos, desde diferentes registros ideológicos, creen que la llegada de Marine Le Pen a la presidencia cambiaría el ADN de la República más allá de todo cálculo; la hija de Jean-Marie Le Pen no es la figura exótica que fue su padre desde 1974, cuando se presentó por primera vez a unas presidenciales, y hasta el 2002.

A muchos a quienes el futuro les inspira miedo, el Frente Nacional no se lo da. Por el contrario, ven en él la estabilidad emocional y cultural que asocian con el pasado, cuando debates aventados hoy por todos los partidos como los silbidos durante la interpretación de La Marsellesa en un campo de fútbol, el uso del velo, la discriminación social o la islamofobia, por citar solo algunos, apenas traspasaban los muros de los recintos académicos. Y esos añorantes del pasado esperan que la primavera del 2017 sea la de Marine Le Pen, la de su llegada al Eliseo para preservar la nación de quienes están dispuestos a disolverla, suelen decir, en un universo que les resulta indescifrable.

Bárcenas se adueña del micrófono

Resumen de lo publicado entre poco antes y poco después de que Luis Bárcenas saliera de la cárcel previo pago de una fianza de 200.000 euros, que a muchos les parecen pocos menos que simbólicos, pero que se ajustan a derecho según conviene decir en aras de la corrección política y los buenos modales. Vayamos al resumen:

Los bancos andorranos no quieren testificar en el Parlamento catalán sobre las cuentas de Pujol, los dineros de los Pujol o al menos de algunos de los Pujol.

Carlos Floriano, del PP, dice de Luis Bárcenas: “Este señor nos engañó”. Pero el tal señor recibió el aliento decidido de Mariano Rajoy para que resistiese como un jabato.

No pasa un día sin un Gürtel ni semana sin imputación.

Juan Carlos Monedero, de Podemos, promete aclarar cuanto convenga de sus ingresos por trabajos facturados si se lo autoriza… Venezuela.

Tania Sánchez, de IU, tendrá que renunciar a su candidatura por Madrid si resulta imputada en un confuso caso de subvención pública de actividades privadas en las que aparece su hermano.

Susana Díaz, del PSOE andaluz, con el lío de los ERE de por medio (una burrada de millones), sopesa convocar elecciones para obtener la legitimación de las urnas antes de disputar el despacho del PSOE en Madrid a Pedro Sánchez.

Un juez requisa los contratos con la red Púnica en varias dependencias del Gobierno de la Comunidad de Madrid (las sospechas alcanzan a colaboradores directos de Ignacio González, presidente madrileño).

El matrimonio Urgandarín-Borbón vende por seis millones de euros el palacete de Pedralbes, en parte embargado.

Oriol Pujol da a entender que todos son inocentes (entiéndase, los Pujol).

El llamado caso Palau anda atascado en un galimatías procesal que quizá tenga justificación técnica, pero carece de justificación social.

Artur Mas se dispone a aprobar un presupuesto, apoyado por ERC, que incluye ingresos virtuales (dependen de la caja del Estado).

Mariano Rajoy y su séquito están exultantes con las cifras de empleo del 2014, pero resulta que hay más de cinco millones de desocupados, la tasa de paro se mantiene en el 23,7% y en 1,7 millones de hogares nadie tiene un puesto de trabajo.

Y así se podría seguir muchas líneas más a riesgo, claro, de sembrar el aburrimiento cuando no la depresión.

Datos de Transparencia Internacional correspondientes al año 2013.

Datos de Transparencia Internacional correspondientes al año 2013.

El filósofo Daniel Innerarity dice: “Si ponemos el foco en la corrupción, existe el riesgo de pensar que, si no la hay, la política funciona bien. Y a mí me preocupa más la política que no funciona bien cuando no hay corrupción. La política es un instrumento para dar solución a los problemas, por lo que no se trata tanto de un problema de rearme moral, sino de construir un sistema inteligente de gobierno”. El razonamiento resulta impecable, pero a la opinión pública, a los electores, a los contribuyentes, a los ciudadanos, a los votantes, a los administrados les resulta cada día más difícil comprender o aceptar que los administradores son servidores abnegados en su inmensa mayoría; los administrados circulan con la reserva de confianza bajo mínimos y cada día les viene más cuesta arriba admitir que eso de la corrupción es un submundo en el que se ha refugiado una minoría para enriquecerse a costa de la mayoría y de expandir el desprestigio de la política.

Innerarity sostiene, además, a propósito de la corrupción: “Se erosiona la única autoridad por encima de los técnicos, de los expertos. Indirectamente, esa crítica furibunda contra la clase política, a la que algunos quisieran ver fuera de juego, otorga una autoridad a técnicos y expertos que no deberían tener”. Eso está sucediendo ahora, y es un refugio ideal para que gobernantes mediocres y gestores osados se apareen y arrinconen la política, el viejo arte de afrontar los retos de cada época más allá de los libros de contabilidad y de las estadísticas interesadas. Cuanta menos política, más tecnocracia; cuanta menos política, más hojas de Excel, más Fondo Monetario Internacional y desmantelamiento del Estado de bienestar bajo el epígrafe de reformas.

Nada del todo nuevo bajo el sol. Maquiavelo escribió en los Discursos: “Adviértase también la facilidad con que los hombres se corrompen, y cambian de costumbres, aunque sean buenos y bien educados, trocando en malas sus buenas costumbres. Bien estudiados tales sucesos por los legisladores en las repúblicas o en los reinos, les inducirán a dictar medidas que refrenen rápidamente los apetitos humanos y quiten toda esperanza de impunidad a los que cometan faltas arrastrados por sus pasiones”. Lo que sucede hoy –los días de Maquiavelo no fueron muy diferentes en ese aspecto– es que quienes dicen ocuparse de atajar la corrupción albergan, al mismo tiempo, la preocupación de salir trasquilados, de que aquello pensado para sanear la vida pública se vuelva contra ellos o sus allegados políticos a través de una trama de intereses que quizá no controlan o de la que simplemente desconocen la existencia (es último es poco creíble).

Maquiavelo cree incluso preferible confiar en “hombres montaraces” –de nuevo, los Discursos– para fundar una república (entiéndase un Estado de nueva planta) que aquellos de “corrompidas costumbres” que acumulan la experiencia de quienes están avezados en ejercer el poder. A saber si al autor de El príncipe tendría por adecuado cambiar los “hombres montaraces” por recién llegados sin mayor experiencia de gestión política que las tertulias y las aulas universitarias ni más avales que sus promesas bien intencionadas, para el caso Pablo Iglesia y su equipo de Podemos. Pareciera que es ese un ropaje muy sucinto para afrontar el rearme moral que Innerarity no cree primordial, aunque quizá los votantes lo estiman indispensable para superar la insoportable levedad del ser que se ha adueñado de una comunidad decepcionada, desencantada, quizá desesperanzada, aunque Luis de Guindos coseche en Davos felicitaciones de muy variada procedencia, tributarias la mayoría del recetario contra la crisis redactado por los economistas del Bundesbank.

El filósofo Emilio Lledó declaró a El País el 15 de noviembre del 2011, cuando ya llovían chuzos de punta a causa de la corrupción, aunque menos que hoy: No podemos dejar el país en manos de una política con una parte regida por oportunistas y por indecentes. Que el imperio de la indecencia domine en la política es intolerable; ese imperio es fruto del dominio de ciertas oligarquías que piensan que lo único que hay que hacer es ganar dinero y crear ideologías aptas para que esa oligarquía siga con poder”. Pero al escuchar los noticiarios y leer los periódicos desde que Luis de Bárcenas agarró el micrófono a las puertas de la cárcel es difícil sustraerse a la idea de que la agenda política la marca la indecencia de quienes están dispuestos a poner el plato de detritus frente al ventilador para ensuciar a todo el mundo y, de paso, aligerar su cargamento de porquería. Porque al sembrar la sospecha en todas direcciones y socavar el prestigio de todo el mundo, con fundamento o sin él, todos los Bárcenas que hoy se pasean por los juzgados inducen a una opinión pública aturdida a concluir que todos son lo mismo, que ellos no han hecho ni más ni menos que lo que han hecho los demás: llenarse los bolsillos con comisiones, concursos amañados, black cards, cuentas en paraísos fiscales o cualquier otra desvergüenza imaginable o por descubrir.

Esa idea de que todos son lo mismo, de que todos frecuentan la misma alcantarilla, es profundamente reaccionario, antidemocrático e inmoral, pero suma cada día más adeptos y no hay otra forma de salirse de ella que atender a quienes como Antonio Sitges-Serra en este periódico reclaman a los políticos, a los que hasta ahora han dispuesto del poder y a cuantos puedan verse en el futuro en parecida situación, “un propósito de enmienda” que les autorice a ganarse “nuestra confianza y nuestro voto”. Esta petición o ruego tan sencillo, manifestar “un propósito de enmienda”, se halla en las antípodas de la peor versión de la charcutería política que asoma por todas partes, de la política de bajos vuelos pergeñada por gabinetes de asesores encargados de buscar la forma de retener el poder o de conquistarlo mediante las encuestas, los sondeos y los programas que se olvidan en cuenta se apagan los focos al final de cada campaña y empieza el recuento de votos. Se halla, asimismo, en las antípodas del rictus forzado de Rajoy al llegar a la convención del PP mientras Bárcenas seguía con sus declaraciones envenenadas y marcaba el tempo a la orquesta.

“El conformismo es una ideología peligrosa”, declaró el gran periodista y pensador francés Jean Daniel en el 2008. Y el conformismo, debe añadirse, es una forma de pesimismo o de sometimiento, puede que de fatalismo, que alimenta en gran medida el rumbo tomado por la política, sometida a las exigencias implacables de los finanzas globales y al diagnóstico de los tecnócratas. Pero alimentado también por la sensación de impunidad –quizá inexacta o exagerada, pero sensación al fin– de la que disfrutan los Bárcenas de toda ralea, una sensación acrecentada por la salida de la cárcel del exsenador, cuya justificación jurídica, en principio, no hay que poner en duda, aunque mueva a muchos a ver en ella un trato de favor o una mayor comprensión que no alcanza a otros procesados en causas que provocaron menor escándalo, alarmaron menos o simplemente no llegaron a conocimiento de la opinión pública. Serían un gran logro que antes de las elecciones de mayo se impusiera la movilización regeneradora al conformismo para evitar que sean los Bárcenas de turno quienes dicten las reglas de campaña.

Valls o la alternativa inevitable

Después del desastre sufrido por los socialistas en las elecciones municipales celebradas en Francia el 23 y el 30 de marzo, lo menos que puede decirse es que, antes de llegar a la mitad de su mandato, el presidente François Hollande se arriesga a vivir un auténtico calvario político de aquí al 2017. Con un índice de aceptación que no llega al 20%, el más bajo en la historia de la Quinta República, el electorado de izquierdas decepcionado y partidario de quedarse en casa y una derechización generalizada –el PS ha perdido 151 alcaldías–, adquieren todo su sentido dos conclusiones de los análisis hechos desde la izquierda al día siguiente de la derrota: importa menos la composición del nuevo Gobierno que el programa económico que esté dispuesto a llevar a la práctica y la última cita electoral certifica que la crisis multiforme de la democracia alcanza al ámbito local.

Si el líder socialista Léon Blum atribuyó al general Charles de Gaulle, al poco de terminada la segunda guerra mundial, haberse convertido en “un personaje más que en un ciudadano”, de Hollande quizá puede decirse lo contrario: ha insistido en su condición de ciudadano, con todas las debilidades asociadas al arquetipo del hombre corriente, pero no ha sido capaz de convertirse en un personaje. En las repúblicas presidencialistas, la tradición es muy otra, y en Francia lo es sin duda desde la presidencia de De Gaulle hasta la de Nicolas Sarkozy. Salvo en el caso de Georges Pompidou, sucesor y depositario directo del legado del general, el elenco no puede ser más expresivo de qué se entiende por presidente-personaje: Valéry Giscard d’Estaing, François Mitterrand, Jacques Chirac y el citado Sarkozy se ocuparon de construir al personaje desde antes de llegar al Eliseo y, una vez allí, siguieron en el empeño. Pero esta debilidad de la imagen de Hollande no pasa de ser un factor más de los muchos que explican el movimiento telúrico que ha sacudido al poder local en Francia.

Fotografía de 1947 de Léon Blum, el líder socialista que reprochó a Charles de Gaulle ser antes un personaje que un ciudadano.

Para el diario progresista Le Monde, el presidente “paga brutalmente, pero lógicamente, la factura de un inicio de mandato perdido, condicionado por la falta de un proyecto claro y claramente explicado”. “Todo ha ayudado –escribió el lunes pasado el editorialista de Le Monde–: la debilidad de su dispositivo político (en el Eliseo, en el Gobierno y en el Partido Socialista); la falta de resultados en el frente decisivo del paro; el descontento fiscal de las clases medias; la falta, en fin, de una pedagogía capaz de convencer a los franceses de la idoneidad de un rumbo económico fijado demasiado tarde”. Y aún hay más: el descontento de una parte considerable del electorado de la izquierda, que entiende que justamente el “rumbo económico” no es el idóneo y prefiere quedarse en casa a votar con una pinza en la nariz; la inclinación de otra parte del electorado de izquierda hacia recetas conservadores, cuando no populistas (el Frente Nacional), revestidas de vagas inquietudes sociales y de manifestaciones concretas de xenofobia; la sensación de bloqueo político y decadencia nacional, que aflora en el debate político y alimenta los requerimiento de la UE a los gobernantes franceses para que den un golpe de timón. Todo esto cuenta también en la derrota sufrida por el PS y en la que puede zarandearle de nuevo en las elecciones europeas del 25 de mayo, salvo que el nuevo primer ministro, Manuel Valls, dé muestras de una capacidad de convicción excepcional, apoyada en una cota de popularidad de más del 60% (más del 80% entre la militancia socialista).

He aquí la gran paradoja: el menos socialista de los socialistas, alejado del eje socialdemócrata alrededor del cual gira el debate ideológico del PS y la defensa del Estado del bienestar, es, al mismo tiempo, el mejor considerado por la derecha y por la izquierda a pesar de que esa misma izquierda –una parte, al menos– dice sentirse defraudada por la tibieza en el compromiso social del Gobierno saliente y por la inspiración neoliberal del pacto de responsabilidad anunciado por el presidente Hollande. Una paradoja que lleva directamente a considerar como muy creíble la impresión de muchos de que, más allá del nombre del primer ministro y de cuál sea su perfil ideológico, lo que realmente importa es la rectificación económica –creación de empleo, moderación fiscal, corrección del gasto– mediante un programa concreto con compromisos concretos. Está por ver que la cuadratura del círculo –preservar el Estado del bienestar, recortar 50.000 millones del presupuesto hasta el 2017 y recurrir al erario para crear empleo, si ello es preciso– esté al alcance de Valls, pero en el Ministerio del Interior ha ganado fama de ser un gestor eficaz que no se arredra.

La segunda paradoja responde al virus europeo de la disolución de las diferencias entre programas en nombre de la austeridad y la consecuente disminución del gasto social. Pues en el caso francés, entre dar motivos al electorado abstencionista de izquierdas para volver a las urnas en mayo o acercarse a las ofertas de la derecha para contrarrestarla, el presidente ha optado por lo segundo. Aunque luego ha dejado que sigan en el Gobierno algunos de los representantes más relevantes del ala izquierda del PS –Arnaud de Montebourg (nada menos que en Economía), Benoît Hamon, Christiane Taubira, entre otros– y colaboradores directísimos de Hollande, amigos personales suyos en algunos casos, muy desgastados por la impopularidad del Gobierno de Jean-Marc Ayrault. Aun así, a pesar de la heterogeneidad del Gobierno de Valls, no parece adecuado considerarlo un contrasentido, sino más bien un esfuerzo de síntesis para suavizar el descrédito acumulado por el equipo saliente.

Como afirma Laurent Joffrin en Le Nouvel Observateur, “la idea de que los franceses menos favorecidos se inclinan naturalmente hacia la izquierda ha quedado refutado desgraciadamente desde hace mucho tiempo”.  Y de ahí procede la tercera paradoja: mientras en la periferia de las grandes ciudades y en las ciudades de tamaño medio y pequeñas, los socialistas se hunden, la izquierda gana en las grandes ciudades, empezando por París, como si el voto ideológico solo encontrase acomodo en los ambientes urbanos cosmopolitas. El fenómeno no afecta solo a las perspectivas electorales de los socialistas, sino también a las fuerza que figuran a su izquierda, algo que no se explica solo como la factura que han debido pagar muchos alcaldes a causa de los errores, la ineficacia o la falta de resultados del Gobierno, con independencia de la eficiencia y los aciertos acumulados por los ediles castigados.

A Jean Daniel, veterano pensador de la izquierda francesa, la victoria de Anne Hidalgo en París le da para un canto a la historia –“El París de Danton y de Gavroche sigue fiel a sí mismo. Sé que es gracias a Hugo, a Aragon o a Apollinaire, a la literatura y a la historia. Bajo estos puentes de París se desliza el recuerdo de las revoluciones. Aún vive…”–, pero también para sacar una conclusión inquietante: la democracia atraviesa una crisis multiforme que alcanza a la esfera local. El voto de castigo, el voto que sanciona unas siglas sin entrar a considerar los nombres, el voto sistemático contra quien ejerce el poder, sin entrar en razonamientos ideológicos, alienta la sensación de crisis política permanente, de crisis de identidad asimismo continuada, de crisis institucional y de falta de complicidad de los ciudadanos con el sistema. La abstención en aumento y los cambios constantes en el signo del voto, que en las europeas pueden alcanzar dimensiones impredecibles, dan la razón a Daniel, aunque resulta poco probable que en la tradición política francesa quepa imaginar una situación que haga posible que los balances suplanten por completo a las palabras.

En la película Le promeneur du Champ de Mars, reconstrucción dramatizada del final de la presidencia de Mitterrand, este le dice un día al joven periodista –palabra de más, palabra de menos– que pretende desentrañar el pensamiento del viejo político: soy el último presidente de Francia; a partir de ahora solo vendrán contables. En las palabras que el guionista pone en boca de Mitterrand hay un punto de meditada exageración, pero al analizar “la crisis multiforme” de la democracia no es posible sustraerse a la idea de que algo de cierto hay en ellas. Al preguntar por qué Valls encabeza el Gobierno, qué exige la UE a Francia o qué puede suceder si los gobernantes franceses no corrigen el tiro, todo se remite a la revisión global del modelo económico, sin entrar en digresiones ideológicas acerca de la utilidad y conveniencia de tal o cual programa; al observar el comportamiento de los electores sucede lo mismo, y al escrutar la orientación de los técnicos que pergeñan las recetas del cambio se llega a la alarmante conclusión de que, en realidad, las de la UE se reducen a una, sin importar quiénes la han de aplicar y en qué condiciones, se llamen como se llamen y piensen como piensen. Valls no ha podido ser más sincero antes de cruzar el umbral de su nuevo despacho: “No hay alternativa”.

Camus, una referencia vigente

“Ahora sé aún mejor que no se puede ser libre contra los otros”

Carta de Albert Camus dirigida a Louis Guilloux

Al cumplirse cien años del nacimiento de Albert Camus (Mondovi, Argelia, 7 de noviembre de 1913-Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960) las miradas se vuelven hacia el legado ético del gran escritor, la vigencia de sus inquietudes y la valentía de su determinación para ir contracorriente, tal como se tituló en España hace tres años la traducción del ensayo que le dedicó su amigo Jean Daniel: Camus, a contracorriente. Pues si algo resalta en su biografía es la decisión con la que rectificó, cómo sometió sus opiniones a la duda y, en suma, cómo se enfrentó a sí mismo, en un combate personal que entrañó rupturas intelectuales y personales que le provocaron un enorme desgaste. Qui témoignera pour nous? Albert Camus face à lui-même (¿Quién testificará por nosotros? Albert Camus frente a sí mismo) se titula el ensayo que le ha dedicado el filósofo Paul Audi.

Albert Camus.

En una época atenazada por el determinismo económico, las recetas políticas fabricadas en gabinetes de estudio a partir de las conclusiones derivadas de sondeos de opinión, la proliferación de predicadores que exaltan toda clase de remedios sociales sin asomo de duda y la tendencia cada vez mayor al sectarismo ideológico, sorprende la contundencia de alguien dispuesto a ir contra el espíritu de su época, a anteponer la ética a cualquier otra consideración y a rebatir las simplificaciones: “Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría” (1957). Resumido en palabras de Jean Daniel al presentar en Madrid el libro citado más arriba: “Una de las claves de su pensamiento era no aceptar la humillación, no someterse a ese absolutismo, a ese fanatismo”. Lo moral en Camus pesó tanto desde la publicación de El extranjero (1942) hasta la última línea de la inconclusa El primer hombre (1960), publicada en 1994, que hoy sigue siendo una referencia capital y, en cambio, muchos de sus detractores no han superado la prueba del paso del tiempo.

Resulta francamente revelador contraponer la obstinación de la praxis política y social presente, acuciada por los efectos de una crisis económica sin fecha de caducidad, con las observaciones de Camus. “La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos –escribió–, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo, inmersos en una vida uniforme y gris”. Por ese camino llegó a la fórmula “me rebelo, por lo tanto, soy”, adaptación contemporánea del “pienso, luego existo” de René Descartes, pero no se le ocultaron los riesgos de ese nuevo punto de partida y rechazó el recurso a la violencia, incluso en casos extremos, porque consideró que destruye “el ideal originario de la revolución”.

De la misma manera que el general Charles de Gaulle inició sus memorias con la famosa frase “toda mi vida me he hecho una cierta idea de Francia”, confesión grandilocuente de un nacionalista conservador, bien pudiera haber escrito Camus la primera línea de sus memorias con una declaración de principios del siguiente tenor: toda mi vida he tenido una cierta idea de la moral. Y esa cierta idea, que en De Gaulle suena a obra terminada y en el nobel, a empresa inacabada, es otro elemento que contrastó en su tiempo y contrasta en el presente con el dogmatismo de las ideas dominantes, que en la izquierda europea de los años 50 del siglo XX permanecían sujetas al prontuario estalinista y en el posibilismo sonrosado de nuestros días se someten a los requisitos contables y a la ingeniería social.

Jean-Paul Sartre, sentado en el suelo, a la izquierda, y Albert Camus, de cuclillas a su lado, en el domicilio de Michel Leiris, junto con Pablo Picasso, en el centro, y varios intelectuales franceses el 18 de marzo de 1944.

El filósofo Roger-Pol Droit destaca tres momentos cruciales de rectificación y crítica personal en el último decenio de la existencia de Camus. El ciclo se inició en 1951, cuando publicó El hombre rebelde, donde rechaza el nihilismo revolucionario y el totalitarismo soviético, que consagra su ruptura con Jean-Paul Sartre; siguió en 1956, cuando publicó La caída, donde deja constancia del precio que debe pagarse por soportar “el juicio de los hombres”; y acabó en 1959, cuando escribió: “Debo reconstruir una verdad después de haber vivido toda mi vida en una especie de mentira”. En cada una de estas etapas planteó el problema de los medios para alcanzar un fin moralmente defendible, pero las ecuaciones resultaron ser tan extremadamente complicadas que, como sostiene Jean Daniel, no logró desenredar la madeja. ¿Cabe, entonces, pensar en un filósofo llamado Albert Camus? En todo caso, fue autor de la siguiente frase, no exenta de ironía: “Si quieres ser filósofo, escribe novelas”.

Puede decirse que Camus, al desarrollar su obra, abordó las exigencias del compromiso ético, de la moral colectiva, de la función del escritor y de la integridad del intelectual, de su función social, si se quiere. Lo hizo en un mundo fracturado por la guerra fría, en una Francia marcada a fuego por la guerra de Argelia, que le llevó a condenar a un tiempo la violencia del Ejército francés, que reprimía al FLN, y a este, que abrazó el terrorismo; lo hizo en una Europa en retroceso frente al auge de las dos superpotencias y los procesos de descolonización en África y Asia; en un universo que experimentó por primera vez los efectos de la cultura de masas, de la industria del ocio y de la sociedad de consumo. Camus fue testigo conmovido de la modernidad que se construyó sobre las cenizas de la segunda guerra mundial; una modernidad contemporánea de la carrera armamentista, la consolidación del complejo militar-industrial, los bandazos de la Cuarta República francesa y el sueño europeísta apenas esbozado. Todo eso pesó y formó parte del trabajo de Camus hasta que un accidente de carretera segó su vida.

‘Combat’, que nació en la clandestinidad como el periódico de la Resistencia y en el trabajó Albert Camus, da cuenta de la muerte del escritor el 4 de enero de 1960.

De ahí la vigencia de Camus, pues en su obra se abordan los problemas de su tiempo, que son los de hoy. Aunque su legado es mucho más que una aproximación meramente política a la realidad, el compendio de sus títulos mayores –El extranjero (1942), El mito de Sísifo (1942), Calígula (1944), La peste (1947), Estado de sitio (1948), El hombre rebelde (1951), La caída (1956) y El primer hombre (1960)–, su labor de periodista, de “narrador incansable de mundos”, en palabras de su hijo Jean, justifica la elección hecha por Miguel Mora, en El País, del siguiente pasaje del discurso de Camus en Estocolmo al recibir el Premio Nobel de Literatura de 1957: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. ¿Alguien se atreve a asegurar que se han esfumado los riesgos?

Quizá en el cumplimiento de esa misión, impedir que el mundo se deshaga, fundamentó Camus su idea de compromiso, de complicidad generacional, de solidaridad, si así puede describirse el rumbo fijado por el escritor. En todo caso, a pesar de la atmósfera poco propicia que con frecuencia respiró en París, se atuvo a una obligación contraída consigo mismo: “Tras haberme sondeado, puedo asegurar que entre mis numerosas debilidades nunca estuvo el defecto más extendido entre nosotros, me estoy refiriendo a la envidia, auténtico cáncer de las sociedades y las doctrinas”. No es por casualidad que la declaración suena como una paráfrasis de la sentencia que Miguel de Cervantes puso en boca de Don Quijote: “¡Oh, envidia, raíz de infinitos males, y carcoma de las virtudes!”

Túnez da ejemplo otra vez

El acuerdo alcanzado por los partidos representados en la Asamblea Nacional Constituyente de Túnez para desatascar la redacción y aprobación de una nueva Constitución contrasta con el galimatías libio, que culminó este jueves con la retención durante unas horas del primer ministro, Alí Zeidán, y aún más con el otoño Egipto, donde sigue sin conocerse el paradero de Mohamed Mursi, presidente depuesto por el Ejército el 3 de julio. No todo tiene el mismo tono regresivo en el norte de África, y otra vez, como sucedió a principios del 2011, son los tunecinos quienes dan muestras de sentido político al buscar una salida ordenada al problema planteado por una Cámara zarandeada por desacuerdos insolubles y unas fuerzas laicas emocionalmente sacudidas por los asesinatos de Chokri Belaid y Mohamed Brahmi, dos de las voces más influyentes de la izquierda. Mientras tanto, nadie sabe hacia dónde se dirige la reforma libia, a expensas de los designios de grupos incontrolados que no hay forma de desarmar, y cada día es más evidente que en el horizonte egipcio se consolida la silueta de una dictadura militar encubierta.

Quizá sea cierto que la operación desencadenada por Estados Unidos para sacar de Libia a Abú Anás al Libi, presunto responsable de las matanzas en las embajadas estadounidenses de Nairobi y Dar Es Salaam, el 7 de agosto de 1998, haya echado más leña al fuego a la falta de vertebración del país surgido del final de la guerra civil. Es seguro que la política contemplativa de Occidente en el desarrollo de los acontecimientos en Egipto a partir del golpe de Estado ha favorecido a los generales, movilizados en defensa de los intereses de una casta que controla más del 30% de la economía del país. Pero no es menos cierto que frente a la debilidad del núcleo laico en ambos países, la disposición del sindicato Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT) ha suplido las carencias de unas fuerzas políticas laicas inexpertas, enfrascadas con frecuencia en estériles debates bizantinos, y condicionadas por la disciplina de Ennahda (islamista moderado), que representa a la sumo a un cuarto de la población del país, aunque obtuvo más del 40% de los votos en las elecciones de octubre del 2011.

Habib Burguiba, padre de la independencia de Túnez, en Bizerta, en el norte del país, en 1952.

En definitiva, el equilibrio entre laicos e islamistas moderados, más allá de la aritmética electoral, se ha restablecido en Túnez, con el consiguiente apaciguamiento de las pasiones, al tiempo que en Libia no hay forma de desentrañar dónde se encuentran en verdad los resortes del poder legítimo o, peor aún, cunde la sospecha de que estos no existen, sometido todo el andamiaje político a las milicias armadas, la pugna tribal y la exigencia del este –región petrolífera– de disfrutar de mayores cuotas de poder. Y, en Egipto, los notables presididos por Amr Musa, encargados de redactar una nueva Constitución a la medida de los cuarteles, tienen cada día más la apariencia de máscaras cuyo destino es ocultar el torvo rostro de la dictadura militar que pilota el general Abdel Fatá al Sisi.

Como recordaba Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur, en un artículo publicado el 13 de febrero de este año, en momentos de gran incertidumbre, la herencia de Habib Burguiba, padre de la independencia tunecina, la crisis de “ese pequeño país desborda con mucho sus fronteras”. “De su resolución –añadía Daniel–, dependerá la posibilidad de mantener una verdadera democracia en tierra del islam”.  El mismo autor reconocía en aquel artículo que Burguiba fue con el paso del tiempo “un déspota cada vez menos ilustrado”, pero sus primeros años “fueron esenciales en dos apartados: sus decisiones relativas al estatuto de la mujer y la forma de practicar y respetar el islam”. La UGTT ganó influencia y prestigio en aquella atmósfera de compromiso aconfesional, y aún hoy agavilla voluntades enfrentadas gracias a la herencia recibida.

A la izquierda, Gamal Abdel Naser, presidente de Egipto, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en la conferencia de no alneados de Belgrado, en 1961.

“El aspecto más significativamente singular de lo sucedido en Túnez es la capacidad de todos los actores políticos importantes, incluido el partido Ennahda, que dirige un Gobierno de coalición, para dialogar, negociar y comprometerse cuando es necesario para mantener la transición hacia una democracia plural que alcance a todos los grupos para competir por el poder”, destaca el analista Rami Khouri. Esa es una cualidad del entramado tunecino que de momento carece de licencia de exportación y que, con toda probabilidad, deriva de la secularización de la cultura política deseada por Burguiba en los años que siguieron a la independencia (1956). Burguiba sucumbió a la tentación del culto a la personalidad y de un paternalismo acrítico, pero suministró antídotos civiles para neutralizar otras tentaciones: el cesarismo, el dogmatismo religioso, la postergación de la mujer y el comunitarismo.

Si se compara esa herencia con el relato emancipador de Gamal Abdel Naser, padre del Egipto moderno, surge enseguida la gran diferencia: Naser, al frente del mayor de los estados árabes, aspiró a dirigir el orbe árabe; Burguiba, líder de un pequeño país, no soñó nunca con encabezar grandes aventuras más allá de sus fronteras. La modesta ambición política de Burguiba tuvo un carácter estrictamente nacional; el proyecto panarabista de Naser, a menudo grandilocuente, requirió la construcción de un régimen basado en la supremacía del Ejército para hacer frente a Israel y redimir el agravio de 1948. Medio siglo más tarde, de la suerte del modelo tunecino, con todas las vicisitudes que se quiera, depende “la posibilidad de mantener una verdadera democracia en tierra del islam”, como se recoge más arriba, mientras que los uniformados de El Cairo aparecen como una sociedad cerrada cuyo primer objetivo es gestionar sus negocios y garantizar el poder de los centuriones.

A la izquierda, Muamar Gadafi, líder de Libia, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en 1983,

A la izquierda, Muamar Gadafi, líder de Libia, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en 1983.

Si la comparación es con el caos libio, entonces el contraste es aún mayor. El Estado de masas de Muamar Gadafi, la Yamahiriya, nunca fue mucho más que un nombre. En la práctica, solo fue útil para que prevalecieran las rivalidades tribales cuyo fragor confería al dictador un poder arbitral permanente del que dependía su supervivencia. A diferencia de Burguiba y Naser, que construyeron identidades políticas –nacionales– indiscutiblemente vigentes, Gadafi no tuvo el mayor interés en hacerlo, sino que fomentó la división. El caso es que hoy, después de una sangrienta guerra civil, un proceso constituyente instalado en la confusión y la exportación de petróleo –la capacidad extractiva de Libia es de 1,6 millones de barriles diarios– afectada por la pugna política, el país tiene la imperiosa necesidad de impulsar la socialización nacional para evitar que la adscripción tribal siga siendo la barrera infranqueable que se levanta entre los individuos y el Estado. Sin la construcción de una identidad colectiva que se extienda por encima de localismos y fidelidades personales, será muy difícil que pueda oponerse un poder homogéneo a las milicias surgidas durante la guerra, con presencia muy activa del islamismo radical.

Aún así, sigue en vigor el aserto más repetido desde que todo empezó entre los últimos días del 2010 y los primeros del 2011: nada será como antes. Acaso Egipto haya vuelto a la casilla de salida y acaso ese otoño de los generales se prolongue en un gobierno de los uniformados de duración imprevisible. Acaso Libia se haya salido del tablero y deba superar grandes dificultades y contratiempos antes de volver a él. Acaso, en fin, Túnez no consiga en mucho tiempo alcanzar la velocidad de crucero de la democratización y tenga que remontar cuestas interminables. Acaso todo eso suceda, pero la calle árabe perdió el miedo, según subrayan los sociólogos políticos, y lo que ahora acontece no es más que la confirmación empírica de que se quedaron cortos en sus cálculos cuantos diagnosticaron en los primeros días de las primaveras que haría falta una generación para que cuajaran.

Un rompecabezas de papel prensa

Hace unos días, César Antonio Molina rescató de las entrañas de la cultura europea esta frase de Albert Camus: “Un país suele valer lo que vale su prensa”. El gran escritor francés apuntó directamente al corazón del papel reservado a la información y a la opinión difundidas por los periódicos y revistas por encima de cualesquiera otros productos que mediado el siglo XX llenaban el mercado. Ni la radio ni la televisión habían dañado el prestigio y el consumo de los periódicos, los noticiarios cinematográficos, muchos de ellos de gran calidad, convertidos en nuestros días en fuentes históricas imprescindibles, eran como estrellas fugaces que resplandecían un instante antes de la proyección de una película, y las demás herramientas informativas eran ingenios exquisitos para minorías ilustradas o para especialistas. ¿Podría Camus decir hoy lo mismo?

En los espacios de comunicación del siglo XXI puede que la letra impresa conserve en gran medida el prestigio intelectual del pasado, pero los nuevos soportes, la red y la dislocación del mercado publicitario la han convertido en el paradigma de lo que se entiende por un sector en crisis. En las sociedades democráticas se ha pasado de un mercado diversificado a un mercado atomizado donde, al mismo tiempo, las nuevas generaciones se sienten progresivamente más cercanas a materiales que encuentran su mejor acomodo en las nuevas tecnologías y, además, no obligan a desembolso alguno. La gratuidad les ha otorgado un plus de aceptación que es independiente de su calidad.

Le Monde

Primer número del diario ‘Le Monde’, fechado el 19 de diciembre de 1944.

El periodista francés Hubert Beuve-Méry, fundador en 1944 del diario Le Monde, contó en 1967, en una de sus contadísimas apariciones en televisión, que el éxito del vespertino de París radicaba en gran medida en los jóvenes: “Estos jóvenes han adquirido la costumbre de buscar en este periódico las informaciones que necesitan”. Casi 50 años después, muchos de aquellos jóvenes, ahora veteranos, siguen fieles a Le Monde, se acercan al quisco a comprarlo, son suscriptores, lo leen en una tableta o en un ordenador, pero Beuve-Méry no podría decir hoy –murió en 1989– que los jóvenes que constituyen la generación del universo digital buscan su periódico para sentirse informados y, de paso, acercarse a las grandes corrientes del pensamiento, la política, la literatura, la economía y todo cuanto hizo de Le Monde una referencia insustituible de la cultura europea.

El caso de Le Monde es extensible a tantas cabeceras honorables que las excepciones son contadísimas. Se ha roto la cadena de complementariedades del pasado o está a punto de romperse: la radio complementó a la prensa, pero no la aniquiló; la televisión complementó a la prensa y a la radio, pero no las destruyó; las nuevas tecnologías se desarrollan a ritmo frenético mediante un melting pot en el que caben la letra impresa, la fotografía, la televisión, las redes sociales, más formas de participación en directo y aun el juego, los concursos y otras manifestaciones de ocio que no precisan de ninguna complementariedad ajena a esos nuevos productos. Y el cambio, la mutación del ADN en el universo informativo, ha nacido y ha crecido en sociedades deliberativas a las que no se puede aplicar el temor expresado por Walter Lippmann, autor eminente de Opinión pública (1922): “Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho”. La variedad de pareceres es ilimitada, pero se canaliza a través de redes alejadas de la lógica y los fundamentos que durante siglos han sustentado la información impresa.

“La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”, ha escrito Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur. Es casi tanto como decir que en términos de rapidez, de inmediatez, la información de papel tiene perdida la batalla de la competencia digital, pero puede ganar las de la originalidad y la reflexión, además de admitir que, sin vuelta de hoja posible, una cabecera no puede sobrevivir sin ofrecer una edición en la red, renovada minuto a minuto, multimedia y, ¡ay!, costosísima. Cuando Jill Abramson, directora de The New York Times, se hizo cargo del gran periódico de Estados Unidos, confirmó esa tendencia universal, ineludible, de unir la suerte del papel  a la edición en la red: “Hay que fortalecer siempre la relación entre internet y el papel impreso”. ¿Es esta la complementariedad que soluciona el rompecabezas en los albores del siglo XXI?

Walter Lippmann

Walter Lippmann, autor del libro ‘Opinión pública’ (1922).

El gran desafío económico es cuadrar las cuentas de explotación, que dependen mucho más de las partidas de ingresos de las ediciones impresas –sometidas a una dieta muy baja en calorías a causa de la jibarización del mercado publicitario, provocada por la crisis– que de las digitales. Hay que tener presente, además, que la tradición de la gratuidad presupone que la información y la opinión de las ediciones digitales abiertas generan gastos, pero ningún ingreso diferente al de los anunciantes. Seguramente, hay modelos de negocio por venir que aliviarán esa realidad, pero el presente es así de tozudo, y hay incluso quienes están dispuestos a defender que el pago en la red por un servicio informativo es poco menos que una perversión de la aldea global concretada en internet. Lo que nadie es capaz de explicar es cómo se compagina el acceso gratuito con la sostenibilidad de los medios.

El mayor desafío periodístico es corresponder a las expectativas de los consumidores de papel a partir del diagnóstico hecho por Jean Daniel: “Seguramente habrá menos compradores de prensa escrita en el futuro, pero serán más exigentes”. En realidad, ya lo son porque disponen de una información de base que encuentran en internet, la televisión y la radio en cualquier momento. En los días del asesinato del presidente Kennedy (22 de noviembre de 1963) se dijo que la noticia había tardado 11 minutos en dar la vuelta al mundo; hoy solo cuenta la inmediatez: basta que alguien sepa algo y lo cuelgue en la red para que todo el mundo pueda leerlo, salvo cuando se dan interferencias censoras. La credibilidad o la solvencia de esas informaciones son otro cantar.

Le Nouvel Observateur

Primer número del semanario francés ‘Le Nouvel Observateur’, fechado el 19 de noviembre de 1964.

¿Qué futuro aguarda entonces a la galaxia Gutenberg? Puesto que en los últimos 40 años se han oficiado en su memoria varios funerales pre mortem, pero todas las mañanas aún es posible ir al puesto de periódicos y comprar un ejemplar, es aconsejable no precipitarse con diagnósticos apocalípticos y sí, en cambio, admitir que no todos los problemas se deben a la irrupción de las nuevas tecnologías. “Hay unos valores falsos, unos activos sobrevalorados hasta extremos indecentes, que tienen además un carácter tóxico, es decir, contaminan a los valores de calidad cuando se mezclan. La pérdida de credibilidad y de confianza en los periodistas se debe a la masiva presencia de estos valores tóxicos perfectamente conocidos por el público”, escribe Lluís Bassets en El último que apague la luz. Esa toxicidad incluye el amarillismo, la astracanada, el sectarismo y los comentarios a la ligera, la crítica gratuita y las informaciones caídas del cielo de paternidad desconocida, las conferencias de prensa sin preguntas, los gabinetes de comunicación encargados de enturbiar los hechos y las agendas informativas que convienen a las diferentes manifestaciones del poder. Justo lo contrario de lo afirmado por Jean Daniel y recogido unas líneas más arriba: “La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”.

Lo contrario de lo que precisa la prensa de papel para convivir con los demás medios y subsistir lo constituyen el basurero de Rupert Murdoch, la patraña de Tommasso Debenedetti, autor de varias decenas de falsas entrevistas publicadas, el servilismo de los grandes medios de Estados Unidos en apoyo de una guerra, la de Irak, justificada mediante la publicación de informaciones triangulares* sobre la existencia de armas de destrucción masiva que nunca existieron, la intromisión descarada en las vidas privadas, como si estas estuviesen condenadas a desaparecer. Nadie dispone de la fórmula mágica para sobrevivir a la crisis que atenaza a la información de papel, pero al menos es posible identificar qué no se debe hacer. Ya es algo. El resto depende del viejo método de la prueba y el error, de no transitar por campos de minas en los que otros se metieron y de blindar la independencia de criterio, porque siempre hay más de lo que se ve y debe trasladarse a la opinión pública. Si no es posible hacerlo, si se rompe la secuencia que une los ciudadanos a los hechos, el sistema democrático se queda a oscuras y a merced de los urdidores de la sociedad del espectáculo, de una ficción deslumbrante encargada de hacer invisibles las alcantarillas y perfumar su pestilencia.

 

Ahmed Chalabi

Ahmed Chalabi.

*Dícese de aquellas informaciones en las que la fuente que las filtra a la prensa es la misma que las suministra a las instancias donde los periodistas las comprueban. En el caso de los prolegómenos de la guerra de Irak, el político iraquí exiliado Ahmed Chalabi fue uno de los vértices del triángulo; los otros dos fueron los periodistas informados por Chalabi y la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, a la que Chalabi proporcionaba la misma información. De forma que cuando los periodistas buscaban la confirmación en alguna agencia federal, esta estaba contaminada por el mismo informante que se había puesto en contacto con ellos.