Elección moral en Francia

El titulado como gran debate de la segunda vuelta de la elección presidencial en Francia fue, en realidad, el miércoles pasado, el ruidoso debate o el atropellado debate. Al sentar en el estudio de France 2 a la última representante de la peor tradición política de Francia, la confrontación de programas dejó de serlo y la pantalla devolvió a los espectadores la imagen de un país dividido entre el oportunismo sin escrúpulos de la ultraderecha recalcitrante y el posibilismo europeísta del establishment. Al arreciar la discusión salió a la superficie la versión más abrupta de dos Francias, de dos Europas, de dos futuros posibles que se enfrentan elección tras elección en sociedades descoyuntadas por el astronómico coste social de la crisis económica, el terrorismo global, la crisis migratoria y las proclamas milagreras de diferentes formas de populismo.

Sentados frente a frente, Emmanuel Macron y Marine Le Pen representaron una pugna planteada en términos parecidos y con propósitos similares a las habidas antes en Austria y en Holanda, y es de prever que habrá en septiembre en Alemania. Envuelto todo en esta sensación inevitable de que Macron está en condiciones de utilizar pulcramente la pala de pescado mientras Le Pen maneja el cubierto como un instrumento adecuado para arremeter contra un comensal en caso de necesidad. Aun sin ver en Macron la gran esperanza blanca para rescatar a Francia del estancamiento, es fácil descubrir en su contrincante el torvo rostro de un pasado indecente, de la más deshonrosa hora de Europa y de Francia, de las algaradas callejeras de Action Françaises en los prolegómenos de la gran hecatombe, de aquel antisemitismo encubierto más tarde con la negación del Holocausto. Después de escuchar la otra noche a la candidata del Frente Nacional no hace falta recurrir a grandes digresiones para concluir una vez más que el huevo de la serpiente ha vuelto a ser fecundado y puede eclosionar en cualquier lugar, en cualquier momento.

Nada queda de la tradición de los grandes debates con argumentos elaborados. En una discusión en la que Marine Le Pen acusa a su adversario, sin asomo de prueba, de ocultar dinero en un paraíso fiscal –una forma de posverdad– y Emmanuel Macron tacha de indigna a su contrincante no queda espacio para la justa versallesca. Nada se tiene en pie sobre el tapiz político de la habilidad dialéctica y la frase justa tantas veces admirada en los debates televisados franceses: hoy la discusión se desarrolla en un ring en el que una de las partes se siente a gusto y la otra debe reconocer que si no acepta las reglas del juego, puede caer en la lona, vencida por la simplificación dual típica de los populismos tabernarios: el pueblo frente a la casta, la nación frente a los inmigrantes, el legado cristiano frente a la invasión musulmana, la nación frente a Europa, la gente frente al sistema (todas las ideologías metidas en el mismo saco). El griterío ensordecedor de la camada ultra ha logrado imponer un código de conducta, una agenda, si se quiere, que ha contaminado la política francesa y a un sector importante –el 40%, puede que más– de los electores que este domingo acuden a votar.

A la vista de la ausencia de Jean-Luc Mélenchon, estandarte de la nueva izquierda –los insumisos–, en los esfuerzos para movilizar al electorado contra Le Pen más que en favor de Macron, nadie diría que la confrontación tiene un componente moral evidente, en defensa de la dignidad de la política, en contra de la demagogia y de los eslóganes hirientes. Toda elección tiene un ingrediente moral, pero en este caso se trata de un factor capital en la discusión en curso para evitar que la autoridad quede en manos de la cultura política del odio. El hecho de que hasta el griego Yanis Varoufakis, un radical sin reservas, alerte acerca de los riesgos de la abstención y del voto en blanco descalifica de por sí a Mélenchon, afecto a un oportunismo electoral –la vista puesta en las legislativas de junio– demasiado cercano a la muy difundida creencia en según qué ambientes de que cuanto peor, mejor.

Basta repasar la historia del Frente Nacional desde las elecciones de 1974, cuando la candidatura de Jean-Marie Le Pen no pasó de ser una curiosidad pintoresca a pie de página, para entender que ha mutado en amenaza auténtica para el pacto republicano, los usos democráticos y la implicación de Francia en un futuro proyecto político europeo más seductor que el actual. Pero basta también comparar la situación presente con la de la primavera del 2002, cuando la unidad republicana garantizó la reelección de Jacques Chirac frente a Le Pen, para medir hasta qué punto la descomposición del bloque a izquierda (seguidores de Mélenchon) y derecha (seguidores de François Fillon), siembra el escepticismo y alimenta toda clase de dudas. Y basta, en fin, recordar el pobrísimo resultado obtenido en la primera vuelta por Benoît Hamon, el candidato del PS dejado a su suerte por François Hollande y Manuel Valls, para calibrar hasta qué punto la descomposición de la izquierda clásica es un hecho irreversible, víctima la socialdemocracia de su apego a la Realpolitik sin matices en plena degradación del Estado del bienestar.

La victoria más que previsible de Macron no cambiará esencialmente los enunciados: los pilares de la Quinta República serán a partir de ahora otros, serán los de una intuida Sexta República sin mayorías concluyentes en el Parlamento, una extrema derecha robustecida, nuevas siglas en el centro –En Marche!– y en la izquierda alternativa, y la obligación inaplazable en el campo conservador y en el socialista de refundar aquello que hasta hace poco se antojaba inamovible. Como dice el politólogo Olivier Duhamel, las cosas seguirán cambiando, porque la llegada al Eliseo de un presidente con un partido recién fundado, la presumible mezcla de tecnócratas, independientes y algunas caras conocidas en el Gobierno que forme y la incógnita por despejar en las elecciones legislativas de junio configurarán un ecosistema político nuevo, seguramente menos estable, más deliberativo, menos articulado en torno a la figura del jefe del Estado.

Hace demasiado tiempo que funciona por inercia la Quinta República como para pensar que el próximo presidente podrá eludir los cambios que urgen para evitar males mayores a los presagiados durante una campaña tan encrespada. Ahí está en todas las esquinas de Francia la imagen de Marine Le Pen para recordar que el país afronta un final de ciclo plagado de riesgos extensivos a toda Europa.

Francia corre riesgos

La victoria de Emmanuel Macron, exministro liberal en un Gobierno socialista, solo dos puntos por encima de Marine Le Pen, extrema derecha xenófoba y antieuropeísta, no permite banalizar el éxito de esta última en la primera vuelta de la elección presidencial en Francia, sino subrayarlo con tinta roja. Solo 15 años después de que Jean-Marie Le Pen disputara a Jacques Chirac la presidencia de Francia, la hija del viejo caudillo ultra ha obtenido 2,8 millones de votos más que los que él logró en la primera vuelta del 2002 y, tanto o más importante que este dato, ha conseguido proletarizar el Frente Nacional (FN), hacerlo más transversal y agravar la división latente en una sociedad desorientada por dos presidencias sin logros –las de Nicolas Sarkozy y François Hollande–, por el descrédito de los grandes partidos, por el coste social de la crisis económica y por el desafío yihadista. Las bolsas europeas respiraron tranquilas el lunes, pero los vaticinios de una segunda vuelta en la que el voto ultra puede acercarse al 40% configuran una Francia nueva, con más de un tercio de los electores movilizados contra la tradición republicana y europeísta, conquistados por el nacionalismo primario “de un clan familiar cínico y sin escrúpulos” (Le Monde).

La presunta sutileza de los análisis que consideran un fracaso del FN no haber alcanzado el 30% en la primera vuelta, requisito mínimo para aspirar a la presidencia con fundamento en la segunda, no hace más que ocultar los riesgos que corre Francia, y por extensión Europa. Nada hay más alejado de las convenciones políticas, del pacto republicano y del equilibrio social que el populismo vociferante de Marine Le Pen envuelta en la bandera. Ese recurso a las emociones o a las esencias nacionales ha sido útil, por el momento, para dejar en ruinas el sistema de partidos característico de la Quinta República, puede serlo para hipotecar la gestión de futuros gobiernos si en las legislativas de junio alcanza el FN una representación significativa en la Asamblea de la República y puede serlo aún más si deja vía libre a los partidarios de agitar la calle, que los hay.

Marine Le Pen se refiere a la necesidad de una “unión nacional” para pedir el apoyo en las urnas el 7 de mayo, una apelación a la identidad antes que a los valores. Emmanuel Macron reclama la “unidad republicana” y, con ella, la del abanico político que va de los posgaullistas de François Fillon a la izquierda clásica, que se remite a los valores del pacto republicano más que a una nación en abstracto. No es esta una diferencia menor o secundaria, o al menos no debiera serlo cuando lo que está en juego no es solo la presidencia de Francia, sino la complicidad del país para rescatar a la Unión Europea de la lógica diabólica de la crisis permanente, de la herencia del Brexit y de diferentes modalidades de euroescepticismo, sazonado todo con las múltiples fobias estimuladas por la crisis de los refugiados, el terrorismo global y la lejanía de los tecnócratas de Bruselas.

De ahí que resulten sorprendentes las reservas de Jean-Luc Mélenchon, candidato de la izquierda emergente, para pedir el voto para Macron, como si fuese posible una alternativa, como si abstenerse o votar en blanco no fuese casi tanto como apoyar a Le Pen. Esa doctrina expresada en España por Podemos, según la cual la nueva izquierda no quiere de presidente ni a Macron ni a Le Pen, es una incongruencia, una contradicción en términos o una falta manifiesta de madurez política. Basta revisar las hemerotecas para comprobar que en el 2002, con bastantes menos riesgos a la vista, la izquierda votó sin fisuras a Chirac con una pinza en la nariz para cortar el paso a la demagogia intemperante de la ultraderecha. Fue un voto sin ilusión, pero fue un voto necesario o voto útil, que hoy vuelve a serlo a la luz del desafío a la decencia que plantea el FN en el seno de una sociedad crispada.

Quizá los cálculos para junio (elecciones legislativas), que serán el ser o no ser de conservadores y socialdemócratas, pero también la prueba del nueve de la fuerza electoral del FN y de la nueva izquierda, hayan llevado a Mélenchon y a los insumisos a abrazar la ambigüedad. Si es así, solo cabe concluir que son insensibles al “perfume nauseabundo” (Paul Quinio en L’Obs) que desprende el pulso de Le Pen al sistema, que lo es también a la viabilidad de la UE y a la gestión de los desequilibrios sociales. En la práctica, la actitud de Mélenchon se suma a la indefinición de muchos electores de Fillon, que acaso prefieran el 7 de mayo el nacionalismo sectario de Le Pen antes que el realismo europeísta de Macron. Esto es, en su afán por llegar a un puerto aceptable para llevar a la práctica un programa clásico de izquierdas, el progresismo de nuevo cuño acepta imprudentemente correr el riesgo de que la caverna desacredite el próximo domingo todas las encuestas con una victoria.

Es cierto que nada hace prever que esto suceda, pero tampoco creyó nunca el establishment que Donald Trump llegaría a la Casa Blanca y allí está, convertido en líder de la internacional populista, que impugna la vigencia de las sociedades abiertas, del mestizaje cultural y del auxilio a los más vulnerables. El desmantelamiento de facto de un sistema de partidos que ha dejado de ser reflejo de la estructura social de Francia hace posible cualquier cosa, incluida una fragmentación acelerada del bloque conservador y del bloque de centroizquierda, sumidos en una doble crisis, programática y de liderazgo, que solo en parte remedia el entusiasmo movilizador de En Marche!, el conglomerado que debe llevar a Macron al Eliseo. No es este un momento de reconstrucción del andamiaje partidista de la Quinta República, sino de protección de lo que de él queda, sin más complicidades entre viejos adversarios que proteger el sistema de quien lo desprecia.

Como aconsejó Paul Quinio la madrugada del escrutinio de la primera vuelta, Emmanuel Macron debe desconfiar de una victoria el 7 de mayo anunciada de antemano por los sondeos. “Es el primer síntoma de esta impalpable indiferencia que envuelve desde este momento el peligro Le Pen”, escribió el periodista, avisado de que el ambiente que se respira es el menos favorable de los imaginables para que prevalezca la tradición política heredada del diseño del Estado hecho por el general Charles de Gaulle. Vive sus últimos días aquel sistema basado en la alternancia entre socialistas y liberal-conservadores a partir de la victoria de François Mitterrand en 1981, y el Parlamento que saldrá de las elecciones de junio acaso esté insólitamente dividido con nuevos actores políticos ocupando una parte de los escaños. De ahí la importancia de que Francia cuente con un presidente que responda al nuevo espectro y, al mismo tiempo, defienda el anclaje del país en la UE para dar continuidad al eje franco-alemán, esencial en la marcha de los asuntos europeos desde los días de los padres fundadores. Un ejercicio de compromiso político ajeno a la demagogia de Le Pen.

 

Sarkozy, aprendiz de brujo

El resultado obtenido por Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional (FN), en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Francia, ha sentado al país ante una triple realidad: la extrema derecha es una fuerza pujante, la derecha convencional la ha legitimado con la radicalización de los mensajes de Nicolas Sarkozy y el desastre puede consumarse en las legislativas de junio si el FN logra sentar un nutrido grupo de diputados en la Asamblea Nacional. Poco consuelo es comprobar que el auge de la extrema derecha no es un fenómeno exclusivamente francés, sino que cruza Europa de parte a parte, cuando el peligro que corre la derecha serena es verse arrastrada hasta las trincheras de la xenofobia y el antieuropeísmo sin que, por lo demás, el presidente Sarkozy se muestre dispuesto a rectificar el tiro. Por el contrario, insiste en atraer al electorado de Le Pen para corregir el vaticinio de las encuestas, que anuncian una victoria holgada del socialista François Hollande el 6 de mayo.

Portada de 'L'Humnité'

Portada del periódico comunista 'L'Humanité' del 25 de abril.

“El primero de mayo organizaremos la fiesta del trabajo, pero la fiesta del verdadero trabajo –anuncia Sarkozy–, la de aquellos que trabajan duro, la de aquellos que corren riesgos, que sufren y que no quieren que, cuando no se trabaja, se pueda ganar más que cuando se trabaja”. Alarma inmediata, portada sangrante en el diario comunista L’Humanité: fue el mariscal Pétain, deshonra de Francia, quien dio a la celebración del primero de mayo el nombre de fiesta del trabajo. ¿Forma esto parte de la estrategia de campaña diseñada por Patrick Buisson? Nadie ha dicho lo contrario y los antecedentes del personaje inducen a pensarlo: fue educado en el aprecio por el mensaje de Charles Maurras, fundador de Action Française, y es el urdidor del manual de argumentos que maneja el estado mayor de la Unión para un Movimiento Popular (UMP) destinado a justificar el incansable acercamiento del presidente a las tesis del FN.

Maurras, Pétain, unas gotas del populismo menestral legado por Pierre Poujade en los años 50, recuerdos ominosos que han dado pie a reacciones exaltadas. “Estoy asustado. No me preocupa nada que Nicolas Sarkozy intente recuperar los electores de Marine Le Pen. Pero, tal como lo hace, recuerda verdaderamente el petenismo: está la oposición entre los verdaderos y los falsos trabajadores, el ataque contra las instituciones intermedias; está todo. Es peor que el discurso de la propia Marine Le Pen”, sostiene Jean-François Kahn, fundador del semanario Marianne, que ha difundido un breve manifiesto para “cortar el paso al aprendiz de brujo”.

El politólogo Jean Daniel, referencia permanente del pensamiento progresista europeo, llama la atención en el semanario Le Nouvel Observateur sobre el significado del resultado obtenido por la candidata del FN: “El éxito de Marine Le Pen no pone en peligro la victoria de la izquierda. Es simplemente un deshonor para Francia. Nuestro país, desde hace siglos, exporta revoluciones. Ahora arriesga ponerse al frente de todos los movimientos populistas y xenófobos de Europa (…) Marine Le Pen ha percibido a propósito de estos dramas (los asesinatos de Montauban y Toulouse cometidos por un fundamentalista islámico) que un viento soplaba en su dirección, y decidió tomar de nuevo la antorcha, abandonada durante un tiempo, de la lucha contra la inmigración y la inseguridad”.

¿Debía Sarkozy hacer algo distinto a rendirse a esta estrategia y entablar con su contrincante una carrera de ofertas populistas? A la vista de la desorientación de parte del electorado conservador de tradición gaullista, del germen de la división en el seno de la UMP y de las expectativas para las legislativas de junio, parece que sí. De acuerdo con la encuesta publicada por Les Échos, según la cual el 64% de los electores de la UMP son partidarios de un acuerdo con el FN en junio, y del tono trágico empleado por el candidato-presidente para seducir a los votantes atraídos por Le Pen –les aplica los apelativos de sufrientes y angustiados–, se diría que no. En todo caso, los datos que se desprenden del escrutinio del día 22 indican que las maniobras presidenciales dejan mucho que desear. Valgan algunos ejemplos para ilustrarlo:

Chiste de Delucq

Dibujo de Delucq difundida por 'Le Huffington Post'. Sarkozy, disfrazado de Juana de Arco, dice: "Voy a expulsar el falso trabajo de Francia".

·En Donzère, la ciudad donde Éric Besson, tránsfuga del PS captado para la causa sarkozyana en el 2007, puso en circulación el debate –de infausto recuerdo– sobre la identidad nacional, el FN sumó más votos que la UMP.

·En Meaux, la ciudad de Jean-François Copé, secretario general de la UMP, Hollande superó a Sarkozy.

·Marine Le Pen ha salido tan fortalecida de la prueba que el 1 de mayo se sentirá inclinada a recomendar el voto en blanco, aunque las encuestas dicen que el grueso de sus electores piensa apoyar a Sarkozy. La líder del FN lo enunció con palabras escuetas en la emisora pública de televisión France 2: “Ya no creo en la sinceridad de Nicolas Sarkozy. Y muchos de cuantos han confiado en mí han dejado de creer en sus posiciones”. Se impone la idea de que tiene al alcance de la mano la oportunidad de reorganizar radicalmente la derecha de pies a cabeza.

·La radicalización del presidente complica enormemente las cosas al centrista François Bayrou, líder del MoDem, para que el 2 de mayo pida a sus votantes –9,13% en la primera vuelta– que el 6 se inclinen por Sarkozy.

·Si el FN repite el 10 de junio los resultados de ahora, la multiplicación de elecciones triangulares –tres candidatos en la segunda vuelta– el 17 dividirá el voto de la derecha en provecho de una izquierda que, salvo sorpresas, pondrá en marcha la maquinaria de los désistement (apoyos a los candidatos progresistas más votados en la primera vuelta). Basta que se repita la lógica seguida por Jean-Luc Mélenchon y Eva Joly la noche del último domingo.

Charles Jaigu, cronista en el Elíseo del periódico conservador Le Figaro, sostiene que si Sarkozy hubiese diseñado otra campaña, “habría hecho correr al país el riesgo de un segundo 21 de abril, que esta vez opondría François Hollande a Marine Le Pen”. Jaigu se refiere al 21 de abril del 2002, cuando Jean-Marie Le Pen quedó en segundo lugar en la primera vuelta de las presidenciales, por delante del socialista Lionel Jospin, y disputó la relección a Jacques Chirac dos semanas más tarde. Claro que Chirac, que obtuvo el 80% de los votos de la segunda vuelta porque la izquierda en bloque se movilizó contra a extrema derecha, desacreditó esta línea argumental en el mismo momento en que anunció que pensaba votar a Hollande y, al hacerlo, inclinó a otras personalidades de la Francia conservadora a dar su voto al aspirante socialista.

En resumen, Sarkozy se ha excedido incluso para la derecha-derecha, y aún más para la derecha moderna y con inquietudes sociales en cuyas filas figuran personajes como la senadora Chantal Jouanno, denostada ahora por Sarkozy y Copé, que ha expresado un temor y ha hecho un anuncio. Al semanario centrista Le Point ha manifestado sus recelos: “Temo que la derechización sea un espejismo doloroso”. A través de su cuenta en Twitter ha adquirido un compromiso público: “Mis principios son claros: en las legislativas, si no hay otra alternativa entre el FN y el PS, mi responsabilidad será votar al PS”. Lo que colea detrás de la corriente de opinión que representa la senadora es el propósito de una parte de los herederos del gaullismo de impedir que se banalice la extrema derecha, los peligros que entraña y la amenaza que se cierne sobre el bloque conservador, entre la implosión y la explosión (depende de cómo se concrete).

El director de la redacción del semanario L’Express, Christophe Barbier, considera inútiles los esfuerzos de Sarkozy para debilitar al FN: “El populismo protestatario tiene una sola cabeza, que es la de Marine”. El presidente desdeña a quienes lo critican e insiste en que su propósito es atraerse a seis millones y medio de franceses –cuantos votaron a Le Pen–, sin atender a más consideraciones. Gérard Courtois da a entender en las páginas del progresista Le Monde que Sarkozy ha logrado lo contrario de lo que perseguía: “Todo sucede como si, lejos de secar al Frente Nacional, Nicolas Sarkozy en realidad haya banalizado y desculpabilizado de alguna forma sus ideas y sus propuestas. Hasta el punto de que es evidente que numerosos electores han preferido el original a la copia, de acuerdo con la esperanza a menudo formulada por Jean-Marie Le Pen”. Sylvie Pierre-Brossolette, en Le Point, va incluso más allá y transmite una imagen no exenta de patetismo: no solo para muchos es preferible el original a la copia, sino que “Sarkozy ha hecho trampas consigo mismo”.

¿Errores estratégicos? ¿Ausencia de principios? La respuesta que da a estos interrogantes Joël Roman en el periódico católico La Croix es perturbadora para el equipo de campaña del aprendiz de brujo: “A cuantos evocan el precedente de las relaciones entre François Mitterrand y los comunistas, a los que hizo descender aliándose con ellos, se les puede subrayar que él actuó a la inversa: no hizo ninguna concesión programática, lo que por lo demás explica por qué la alianza fue provechosa para los socialistas”… ¡Qué tiempo aquel de Maquiavelo!