Manchester, la tragedia de siempre

La atrocidad de este lunes en el Manchester Arena constituye un capítulo más del inconmensurable fracaso colectivo que lleva por nombre multiculturalidad, cada vez más desprestigiada. Cuando de nuevo un joven, Salman Abadi, nacido y criado en el seno de un determinado modelo sociocultural, arremete contra él con inusitada violencia, lo menos que puede decirse es que algo fundamental no funciona en los mecanismos de cohesión social. Cuando personas huidas de regímenes aborrecibles –el del coronel Gadafi para el caso– e instaladas en una sociedad de acogida desencadenan el horror parapetadas detrás de la religión, solo cabe concluir que vivimos inmersos en una doble crisis, de civilización y de identidad, promovida por una minoría suficientemente dinámica como para extender una angustiosa psicosis de inseguridad colectiva.

Nada hay en el episodio de Manchester especialmente diferente de lo ocurrido antes en tantos lugares de Europa y nada será demasiado diferente en los envites del terrorismo global que nos deparará el futuro porque se ha consolidado en el universo yihadista una mezcla de resentimiento, nihilismo, fanatismo ideológico y certidumbres esotéricas (el martirio) que demuestra tener un poder de captación y convicción de una eficacia enorme. Y esas constantes vitales no corren peligro en tanto Occidente no admita errores flagrantes y siga prevaleciendo en la opinión pública del mundo musulmán la  sensación de afrenta permanente. “Hemos cometido agresión armada contra pueblos soberanos que no nos han atacado a nosotros con el propósito de mantener el terror fuera de las calles de Gran Bretaña”, ha escrito Simon Jenkins en el periódico progresista The Guardian. Y esa actitud preventiva es la que lleva a Jenkins a relacionar con la tragedia última la política exterior de Tony Blair, David Brown y James Cameron, tan sometida a la de Estados Unidos. No se trata de una justificación de la canallada cometida por un fanático, sino de una explicación que intenta establecer una relación lógica entre causas y efectos.

De la misma manera que H. A. Hellyer, un analista del think tank Atlantic Council, abunda en el error occidental de exigir a los musulmanes que hagan más “para luchar contra el extremismo, soslayando que los musulmanes británicos también fueron atacados”. Observa Hellyer una asimetría evidente entre esa exigencia y otros sucesos dolorosos, provocados por occidentales de educación cristiana, que no llevaron a nadie a reclamar a Occidente mayor compromiso contra los apocalípticos. Así el caso de Anders Breivik, citado en el artículo, el supremacista blanco e islamófobo que el 2011 asesinó a 77 jóvenes noruegos, cuya acción no desencadenó ninguna forma de reproche o de exigencia de responsabilidades, como por lo demás es del todo lógico, a la comunidad blanca bautizada en iglesias protestantes a la que pertenecía Breivik.

La suma de dos lógicas perversas, la de los daños colaterales causados por armas presuntamente inteligentes y la del choque de civilizaciones, que lleva directamente al enfrentamiento entre Occidente y el islam, explica en gran parte la crispación de un presente inquietante. Los daños colaterales han causado tantas víctimas inocentes en comunidades musulmanas que se han convertido en uno de los combustibles más eficaces para mantener en funcionamiento la máquina del odio; la consideración del choque de civilizaciones como algo irremediable mantiene en pie de guerra a lo peor de cada parte y justifica toda clase de barbaridades, sectarismos y opiniones atropelladas. Basten como prueba de todo ello las explicaciones delirantes del Estado Islámico después de la matanza de Manchester o la reclamación de una “solución final” hecha a través de Twitter por Katie Hopkins, de la emisora británica LBC, que remite sin estaciones intermedias a la limpieza étnica, al genocidio planificado y, en definitiva, al Holocausto perpetrado por la Alemania nazi.

Son enormes las dificultades de inserción de la tradición musulmana en aquella heredera de las Luces, pero hay demasiados ejemplos de que no solo es posible, sino deseable y fructífera, como para seguir dando pábulo a los profetas del enfrentamiento inevitable. Y siguen sin respuesta desde hace demasiado tiempo varias de las siete preguntas formuladas en el 2012 por Tariq Ramadan, un intelectual musulmán difícil de clasificar y bastante discutido desde diferentes frentes ideológicos laicos europeos. Las preguntas son estas:

-¿Quién es musulmán y cuáles son los derechos de alguien que sea reconocido como tal?

-¿Está justificado el uso de la violencia?

-¿La sharia es un cuerpo legal cerrado o un cuerpo abierto de principios potencialmente compatibles con fuentes extranjeras como la democracia?

-¿Se debe crear un partido político islamista o es preferible mantener el estatus de organización religiosa y social?

-¿Cuál debe ser la función de las mujeres en la organización y en las sociedades mayoritariamente musulmanas?

-¿Cuáles deben ser las relaciones con personas de otras creencias –o sin creencia alguna– dentro de la sociedad?

-¿Hay otras opciones, además de la oposición en la relación con Occidente?

En cierta medida, se trata de interrogantes elementales, que debían haber obtenido respuesta hace decenios, mucho antes de que los formulara Ramadan, pero la dinámica histórica del colonialismo y del poscolonialismo quizá lo hizo imposible. Este quizá es ineludible porque algunos musulmanes respondieron a estas preguntas hace tiempo, convencidos de que la mejor defensa de los derechos del creyente es situar la práctica religiosa en el apartado de la vida privada de cada individuo, en el ámbito de su autonomía intransferible. Otros, por el contrario, se arrogan el derecho a hacer ostentación de sus convicciones religiosas, a parapetarse en el legado de sus ancestros para difundir una ideología congelada de inspiración religiosa, a entender cualquier otro credo como un adversario en el campo de batalla. Pero la islamofobia vociferante que prolifera en Europa no anda muy lejos de esa actitud aguerrida que lleva sin remedio a la confrontación. Y la gestión de todo ello solo como un problema de seguridad no hace más que aplazar la consideración de otros aspectos del desafío planteado por los muyahidines de la guerra santa.

El primero de todos ellos es la existencia de sociedades desarticuladas, cuando no excluyentes, que fomentan indirectamente la cultura del gueto. El segundo es la disfunción permanente del mercado de trabajo, que opera como un filtro y corta el paso al desarrollo de muchos jóvenes. El tercero es la aceptación de que los estados laicos no escapan a las contradicciones inherentes a sociedades mayoritariamente secularizadas, pero que cobijan importantes minorías cuya vida se articula a través de la religión (de diferentes religiones). No se trata de impugnar el Estado aconfesional; se trata de aplicar soluciones diferentes a sociedades diferentes que hace tiempo dejaron de ser homogéneas; se trata de actuar de forma inteligente y sin los prejuicios que exhiben todos los días los partidarios de la exclusión social.

La propensión de los gobiernos a creerse en posesión de la verdad lleva directamente al desastre. No hay otro responsable inmediato de la tragedia de Manchester que el suicida que se inmoló a la salida de un concierto, pero no pueden soslayarse los mecanismos que llevaron a un ciudadano británico a abrazar la versión más violenta y alejada del islam del siglo XXI. De hecho, se está cumpliendo algo que adelantó Jean-Pierre Filiu, el nacimiento de una nueva religión desgajada del mejor legado musulmán, un proceso degenerativo cuyo ecosistema ideal se encuentra en la periferia de muchas grandes ciudades de Europa. No está en discusión que el primer deber de los gobiernos es garantizar razonablemente la seguridad de los ciudadanos; sí lo está la incapacidad de los gobernantes para generar complicidades en el seno de comunidades vulnerables, desencantadas.

La yihad alimenta a la serpiente

Mientras brotan las emociones a flor de piel a raíz del ataque terrorista en Londres, dejan oír su voz cuantos están dispuestos a sacar partido de la tragedia para sus propios fines. Mientras la prudencia y los llamamientos a la unidad impregnan los discursos en la Cámara de los Comunes y en la calle, Paul Nuttal, líder del UKIP (ultranacionalismo islamófobo), y su antecesor, Nigel Farage, llenan los medios con improperios y rescatan de su programa la división entre ciudadanos británicos musulmanes, siempre bajo sospecha, y no musulmanes, siempre bajo amenaza de los primeros. Mientras los gobiernos buscan el origen de todo en Oriente Próximo, resulta que el atacante se llamó Adrian Russell hasta convertirse en Khadir Masood y transformar un coche y un cuchillo de cocina en armas de guerra.

Así están las cosas: una serie de obviedades y contradicciones dejan de lado dos datos muy reales: el final del Estado Islámico, de producirse, estará lejos de ser, al mismo tiempo, el final de la pesadilla, y la prédica apocalíptica del yihadismo ha hecho del Daesch el banderín de enganche de diferentes formas de radicalización y nihilismo en las sociedades europeas. Puede el califato incipiente sufrir una derrota rotunda en los campos de batalla de Siria e Irak, pero es improbable que tal suceso mengüe la determinación de quienes han hecho del combate contra Occidente su causa mayor, su razón de ser. Puede la sociedad clamar por el fin de la violencia con la determinación que se ha hecho en los últimos años, pero mientras subsistan agravios comparativos, desigualdades lacerantes y comunidades condenadas al gueto, los profetas de la acción directa encontrarán un auditorio minoritario, pero suficiente, de lobos solitarios, células durmientes y otras modalidades de terror no necesitado de un comando o dirección central: le basta con esperar la ocasión, golpear y huir si es posible.

Como le hace decir William Shakespeare a Bruto en Julio César, “entre la ejecución de un acto terrible y su primer impulso, todo el intervalo es como una visión o como un horrible sueño”. Pero luego todo tiene su lógica y la siembra de la muerte se justifica mediante la invocación ensimismada de un objetivo irrenunciable. El desconocimiento pasmoso del islam detectado entre los conversos adscritos a la guerra santa carece de importancia; lo que realmente los mueve es infligir el mayor daño posible con la mayor repercusión posible en los medios. Como dice Jean-Pierre Filiu en Las 9 vidas de Al Qaeda, esta organización “supo sacar el mayor provecho de la mundialización de los intercambios humanos, con el fin de amalgamar en su matriz militantes de horizontes muy diversos”, y el Estado Islámico ha sabido llevar esta estrategia hasta sus últimas consecuencias.

La petición de Simon Jenkins, un analista del periódico liberal The Guardian, de que no se llenen “páginas de los periódicos y horas de televisión y radio con palabras como miedo, amenaza, terror, maníaco o monstruo” o de que no se presente a Londres “como escenario de una película de miedo”, todo ello con el fin de disipar la atmósfera de histeria, es un requerimiento razonable, pero de imposible cumplimiento. No hay  posibilidad de objetivar la matanza de igual forma a como un científico objetiva un fenómeno físico, porque el factor humano es determinante y la reacción emotiva, inevitable. De no producirse, los motivos de alarma deberían ser por lo menos tan grandes como los que suscitan el discurso desabrido de cuantos quieren manipular la emotividad en beneficio propio (los populismos que desafían la realidad con remedios simples para atender a males complejos).

Al cumplirse 60 años de la firma del Tratado de Roma, los europeos contemplan estupefactos que la serpiente ha anidado en sociedades prósperas, democráticas y que confiaron en su día en el pacto social de la posguerra para atemperar las desigualdades. Quizá sea más exacto decir que la serpiente ha anidado de nuevo en una comunidad muy diferente a aquella de los años 30 que se abismó en la catástrofe, pero no menos necesitada de respuestas y certidumbres, no solo a causa del Brexit y de la crisis de los refugiados, dos acontecimientos perturbadores, sino de la confusión reinante acerca de cuál debe ser el rumbo futuro, cómo ensamblar en una sola comunidad cohesionada perfiles tan diferentes como los que cabe encontrar en cualquier calle de cualquier gran ciudad europea.

En el análisis clásico de los grandes conflictos, se tiende a considerar tres factores en el origen de toda confrontación: el choque de identidades, la rivalidad entre religiones y la desigualdad económica. En este conflicto que siembra la muerte por Europa se dan los tres frentes. La multiculturalidad ha resultado ser un intento fallido de constituir una sociedad basada en un pluralismo integrador, y la interculturalidad, necesitada de alguna forma de mestizaje, apenas se ha hecho realidad en reductos minoritarios. Londres es un buen ejemplo de todo ello: la organización de diferentes comunidades homogéneas en un mismo espacio urbano, que rara vez han ido más allá de la coexistencia, ha hecho posible una sociedad culturalmente fragmentada, donde los discursos incendiarios han encontrado un público predispuesto, minoritario, pero extremadamente activo. Y en cada conurbación europea, con intensidad y características diferentes, se ha repetido el mismo modelo de fracaso.

Dice el periodista Patrick Cockburn que el Estado Islámico es hijo de los errores cometidos por Occidente en Oriente Próximo. Quizá la idea sea extensiva a la floración de muyahidines en Europa, sin que ello sea ni por asomo una justificación de sus desmanes. El riesgo está en que los gobiernos abunden en el error y solo gestionen la situación como una crisis de seguridad, olvidando los factores sociales y la necesidad de poner en marcha programas dinámicos de integración. Si esto sucede, se mantendrán inamovibles los ingredientes estrictamente europeos que han propiciado la crisis y, en última instancia, volverá a planearse el consabido y falso dilema entre libertad y seguridad. Sucedió después de los atentados de París (13 de noviembre de 2015), Bruselas (22 de marzo de 2016) y Berlín (19 de diciembre de 2016), y el estado de ánimo de algunos gobernantes europeos que deben rendir cuentas a una opinión pública asustada es peor al de hace unos meses. Porque detrás del telón se agitan los populismos que ven en el atentado de Londres otro presagio de que quizá pronto alcanzarán el poder (ahora ya lo condicionan).

 

 

Paroxismo yihadista

Las matanzas del viernes sitúan el conflicto entre los yihadistas y el resto del mundo allí donde estos desean. Las muertes en Susa (Túnez), en Kuwait y en el centro de Francia, a pocos kilómetros del aeropuerto de Lyon, sirven al Estado Islámico para mandar un mensaje inequívoco a la comunidad internacional en cuanto a su determinación de colonizar las voluntades en el mundo musulmán, apartarlo de Occidente y dejar sin efecto las estrategias puestas en marcha en varios países europeos, especialmente en Francia, para buscar una gestión intermedia del problema (no solo en el campo de la seguridad). Los turistas muertos en una playa tunecina, los fieles que rezaban en una mezquita chií en Kuwait y el hombre decapitado por uno de sus empleados en Saint-Quentin-Fallavier son víctimas inocentes de una estrategia política obscena, no de una improvisación u oportunismo en pleno Ramadán.

El golpe de Túnez debilita la complejísima transición del país desde la autocracia de Zine el Abidine ben Alí a la democracia. Túnez es la antítesis del proyecto político fundamentalista: se trata de un país musulmán con una larga tradición laica que aprobó en el 2014 una Constitución aconfesional en la que se consagra la autonomía del individuo como sujeto político sin distinción de sexo, creencia o cualquier particularidad referida a su vida privada. Túnez es, además, por el peso determinante del turismo en su economía, un país que precisa una sociedad abierta, donde la tradición no bloquee el futuro. El asalto en marzo del museo del Bardo (17 muertos) dejó en una situación de precariedad extrema el proyecto tunecino al poner en marcha un eficaz mecanismo para ahuyentar al turismo; los muertos del viernes en la playa de Susa quizá sean la lanzada definitiva en el costado de un pequeño país en el que el islamismo político supo retirarse a tiempo del poder para dejar que otros lo sacaran del atolladero.

La elección del objetivo en Kuwait tampoco es fruto del azar, pues el Estado Islámico, de acuerdo con la tradición wahabí, considera herética la rama chií del islam y, por lo tanto, el ataque contra una mezquita en pleno Ramadán carece de otra significación diferente a la guerra emprendida por el fundamentalismo suní contra cuanto se aparta de la ortodoxia. En la mentalidad sectaria y de ocupación del espacio político que distingue al Estado Islámico, que el ataque coincida o no con el Ramadán es irrelevante: lo que realmente cuenta es dañar a los adversarios mediante una lucha cuya legitimación es consecuencia del combate contra cuantos no se atienen al islam verdadero, aquel que constituye la herramienta ideológica de la prédica yihadista.

Así concebido el camino a seguir para imponer el califato, la matanza de turistas y el debilitamiento consiguiente del proyecto político tunecino es tan legítima como la de musulmanes kuwaitíes chiíes durante la plegaria del viernes: en ambos casos, se trata de acciones encaminadas a combatir la apostasía en tierra del islam. Puede parecer una simplificación, pero no lo es toda vez que la fundamentación ideológica de los yihadistas –no solo del Estado Islámico– es entender como apostasía todo aquello que, en el seno del islam, se aparta de su concepción del mensaje del profeta. De ahí que ningún musulmán que no comparta el ideario de los combatientes pueda sentirse a salvo de la persecución vesánica emprendida por los seguidores califa IbrahimAbú Bakr el Bagdadi hasta junio de 2014–, así se trate de observantes piadosos de los preceptos coránicos, de líderes religiosos consagrados o de pacíficos laicos que promueven la neutralidad del Estado en materia religiosa.

En Francia se da una complejidad añadida: el encaje en una sociedad secularizada de comunidades de tradición musulmana. Si los atentados del 7, 8 y 9 de enero contra la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo, una policía de carretera y un supermercado kosher elevaron al máximo la preocupación europea ante el desafío yihadista, el golpe en el centro del país contra una instalación industrial pone de manifiesto en grado sumo la vulnerabilidad de cualquier ciudadano, en cualquier lugar y en cualquier momento. Pero también la capacidad de adaptación al medio de los terroristas –Yassine Salhi, el presunto atacante de la factoría Air Products, había sido fichado como salafista–, listos para transformarse en agentes del caos cuando la ocasión se presenta y vecinos sin ninguna relevancia hasta que llega el momento de actuar.

Nada de todo ello escapa al escrutinio de los especialistas de primera línea con que cuenta Francia. Con solvencia y tino variables, pero siempre consistentes, Alain Gresh, Olivier Roy, Jean-Pierre Filiu y Gilles Kepel, entre otros, han buscado una explicación a cuanto, al final, se ha convertido en un problema de seguridad colectiva para musulmanes y no musulmanes en Francia, en particular, y Europa, en general. Han buscado también las raíces del desafío yihadista al otro lado del Mediterráneo y han coincidido con matices en la idea de que la crisis no puede abordarse solo en términos de seguridad, con planteamientos militares o de guerra abierta –nosotros y ellos o nosotros contra ellos–, pero el acercamiento al problema de los estados, Francia incluida, es sobre todo o en exclusiva militar y policial, con el ingrediente añadido de que la implicación francesa en Níger, en Mali y en la coalición internacional que combate desde el aire al Estado Islámico en Oriente Próximo agrava los riesgos.

Cree Jean-Pierre Filiu que ninguna mejora es posible sin una intervención decidida y definitiva en Siria e Irak (Yihadistán), núcleo desde el que se expande el combate fundamentalista. Pero tal planteamiento, que no es incompatible con la terapia social apuntada por el primer ministro de Francia, Manuel Valls, después de los atentados de enero, podría no ser más que una opción equivocada o contraproducente si se corresponde con la realidad la opinión expresada por Mohamed Ali Adraoui en el último número de la revista Afkar/Ideas: “El islam radical y violento, ya convertido en oferta identitaria globalizada, se dirige tanto a los fieles deseosos de reaccionar frente a las humillaciones que creen sufrir, humillaciones que supuestamente rebasan la utopía de una sociedad justa y fuerte que proteja a la umma [comunidad de creyentes], como a los grupos que suelen constituir la base social de los movimientos de extrema izquierda”.

Más allá de las diferentes aproximaciones al fenómeno, domina en la opinión pública europea, musulmana o no, y en la de los países de tradición islámica una mezcla de temor y desorientación. En esa atmósfera de confusión extrema encuentran el campo abonado los promotores de soluciones radicales –la extrema derecha europea, en particular– y de llamamientos para recuperar las señas de identidad propias por oposición o contra las venidas de fuera: las occidentales, instaladas en el orbe musulmán, y las musulmanas, afincadas en Europa. Al mismo tiempo, los gobiernos carecen de mensajes convincentes que neutralicen la sensación de triunfo que transmiten los profetas del apocalipsis occidental, los ideólogos del martirio con un cinturón de explosivos y los predicadores de la vuelta a los orígenes del islam. Y quizá carecen de poder de convicción porque acaso sea imposible tenerlo cuando los peores presagios se cumplen a tal velocidad, un día sí y otro también, que no es posible sistematizar el conflicto entre el yihadismo y el resto del mundo –Occidente al menos– salvo para llegar a la fácil conclusión de que empeora sin cesar.

La amenaza está en Siria

Mientras el profesor Jean-Pierre Filiu decía el miércoles en Barcelona que el peligro y la amenaza está en Siria se supo que las autoridades académicas de Charleville-Mézières, en el norte de Francia, habían impedido la entrada a un instituto de una adolescente musulmana de 15 años por vestir una falda negra excesivamente larga, que entendieron era una manifestación pública de su credo religioso. Diríase que los árboles no dejan ver el bosque o que cuestiones de detalle impiden ir al fondo del problema o que, peor aún, el miedo a la propagación del fundamentalismo islamista corre el riesgo de convertir en caricatura los valores propios de una sociedad laica hasta hacer de ellos, a su vez, una forma de fundamentalismo. Los comentarios en Twitter que acompañan a la etiqueta #JePorteMaJupeCommeJeVeux (llevo la falda como quiero) constituyen una muestra significativa de un laicismo sin sectarismo, pero aquellos otros que apoyan la decisión de las autoridades han estimulado un rebrote de las corrientes puritanas –prohibición de los shorts o de las faldas excesivamente cortas (sic)– y, a veces, de una islamofobia más a o menos explícita.

Pero el problema está efectivamente en Siria y no en la longitud y el color de las faldas. El problema está en Siria y en la incomprensión del problema o, más apropiadamente, en la simplificación del problema para eludir compromisos mayores: intervenir allí con más determinación que hasta la fecha y aceptar que quizá la oposición no islamista, debidamente auxiliada, podría cambiar el rumbo de los acontecimientos. Desde el bombardeo con armas químicas de Ghuta, en la periferia de Damasco, el 21 de agosto del 2013, hasta la fecha se ha registrado una progresiva rehabilitación del presidente Bashar el Asad, que, después de Ghuta (1.400 muertos), accedió a desprenderse de su arsenal químico y poco a poco se presentó ante una opinión pública desinformada o asustada, para el caso es lo mismo, como el único bastión capaz de resistir la envestida yihadista del Estado Islámico, del califato, del Daesh o como llamarle se quiera. “Del dilema entre revolución y autoritarismo se pasará progresivamente al dilema entre yihadismo o autoritarismo, convertido El Asad en el menor de los males”, escriben los arabistas Lurdes Vidal y Nicolás Mayer en el trabajo Siria, esperanzas defraudadas.

Escapa a la opinión pública europea, aturdida por la amenaza terrorista de todos los días, el dato concluyente de que el presidente sirio se ocupa de moldear el perfil del gran enemigo –los islamistas–, pero bombardea a la oposición no islamista en Alepo y apenas acosa las posiciones yihadistas en Raqa, noreste de Siria, plaza fuerte del Estado Islámico. Progresa la socialización del terror en suelo europeo y en Siria, pero en la percepción colectiva prevalece la convicción de que el mayor problema no está en una lejana guerra civil, sino a la vuelta de la esquina de cualquier calle de Europa. Crece así la islamofobia, según los datos indiciarios que manejan la Red Europea contra el Racismo y la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE, que detecta un incremento de los casos de discriminación en Francia, Reino Unido y España. Y crece también el vínculo entre discriminación y radicalización de jóvenes musulmanes europeos dispuestos a unirse a las filas del Estado Islámico.

Opiniones como la de Jean-Pierre Filiu, que afirma que “el Estado Islámico está inventando una nueva religión que no tiene nada que ver con el islam”, tienen un carácter minoritario, y el ruido informativo en la aldea global enturbia datos tan esclarecedores como que el 60% de los islamistas denunciados en Francia lo han sido por sus familias. Al mismo tiempo, avanza la construcción de un enemigo inmediato que oculta la realidad de un adversario lejano que opera como imán que atrae a un segmento de jóvenes decepcionados por el futuro que les reserva una Europa próspera que no comparte su prosperidad con ellos. Antes al contrario: ser musulmán es a menudo motivo de sospecha, de recelo o de exclusión.

El diplomático argelino Lajdar Brahimi, que lo mismo que antes Kofi Annan fracasó como mediador para la resolución de la guerra en Siria, reclama un compromiso conjunto de los actores regionales –Irán, Jordania, Arabia Saudí, Turquía y Catar– para detener la matanza, un compromiso por lo demás harto difícil, y al mismo tiempo deplora los errores cometidos por Europa, pues sin ella no es posible vislumbrar una solución. En cambio, si se ausenta del conflicto o pasa desapercibida, sí es posible temer un ascenso de los movimientos xenófobos en Francia, Alemania, Reino Unido, Polonia, Holanda, Austria y Suecia, y, a medio plazo, en toda Europa, donde subirse a una tribuna y denostar a la población musulmana reporta más réditos electorales a cada día que pasa.

Apostar por el mal menor, como parecen haber hecho Estados Unidos y Europa, conduce directamente al fracaso o a la perpetuación de la crisis y de la tragedia humana a ella asociada. Porque llegar a la conclusión de que cualquier alternativa es peor a la guerra misma, que el empate histórico en el campo de batalla preserva el statu quo sin dar a nadie la victoria, no desactiva los mecanismos de captación de militantes del yihadismo ni las amenazas que se ciernen sobre la sociedad europea. En cierta medida, la parsimonia europea constituye un triunfo del Estado Islámico, que ha movilizado a su adversario lejano –Occidente–, y ello le permite justificar el recurso a la guerra en Siria e Irak, pero no se ha movilizado lo suficiente como para poner en peligro las conquistas territoriales del califato y detener la llegada de nuevos combatientes procedentes de diferentes lugares de Europa.

La idea expresada por Rami G. Khouri en un artículo publicado en el periódico libanés The Daily Star, según la cual no pasa de ser algo anecdótico el atractivo que tiene el Estado Islámico para “unos pocos miles de chiflados y almas perdidas que viajan desde los países occidentales”, es una simplificación tan arriesgada como la que en Occidente se hace al abordar el caso sirio. Esa exportación de europeos, crecidos en familias musulmanas o conversos, es un síntoma significativo de una crisis social que cruza el continente de parte a parte. No se trata de un fenómeno marginal, de un dato sin importancia –la longitud de una falda sí lo es–; es la cara más visible y puede que alarmante de la descohesión derivada de políticas equivocadas con efectos agravados por el poder de captación de la prédica fundamentalista. Es el frente europeo de la guerra siria.

Mohamed Mursi dicta la ley

El presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ha aprovechado el viento de cola de su éxito en la mediación de la última crisis de Gaza para ajustar a sus designios la primavera de la plaza de Tahrir. Como en los prolegómenos de la caída del régimen anterior, la sociedad se ha dividido, ahora entre los partidarios del nuevo establishment político, surgido de las filas de los Hermanos Musulmanes, y aquellos que soñaron en una reforma no confesional del Estado, mientras el Ejército se mantiene a la expectativa como garante indispensable del statu quo con Israel. Así están las cosas desde que Mursi publicó el decreto que, en la práctica, le coloca por encima de cualquier poder del Estado, incluido el de los jueces, so pretexto de que es la única forma de llevar a cabo las reformas y neutralizar a los nostálgicos del anterior régimen, aunque en la práctica crecen los temores de que las orillas del Nilo acojan el nacimiento de un nuevo rey sol.

El exsecretario de Estado Henry Kissinger publicó el 5 de agosto en el liberal  The Washington Post un artículo en el que silueteaba la repercusión de la presidencia de Mursi: “Con una Constitución que todavía es un borrador, la función de las instituciones clave contendiendo entre los Hermanos Musulmanes y el Ejército, y un electorado estrechamente dividido entre visiones radicalmente diferentes del futuro del país, la revolución de Egipto está lejos de haberse acabado. La política de Estados Unidos se debate entre imperativos que compiten entre sí (…) Si Estados Unidos se equivocó en el periodo de la guerra fría por poner un énfasis excesivo en la seguridad, ahora corre el riesgo de confundir el populismo sectario con la democracia”.

Gaza

Población: 1.650.000 habitantes.
Extensión: 365 kilómetros cuadrados.
PIB: 590 millones de euros.
PIB per cápita: 2.400 euros.
Primer ministro: Ismail Haniyá del partido Hamás.

La crisis institucional egipcia confiere al texto de Kissinger un valor renovado. “La presidencia y el poder judicial están atrapados en una confrontación, cada parte con una imagen caricaturesca de su adversario”, afirma Nathan J. Brown, de la Universidad George Washington, en la edición inglesa del diario egipcio Al Masri Al Yum. En realidad, es bastante más lo que sucede, como él mismo reconoce: “Las ambigüedades críticas –un calendario preciso, los poderes del Parlamento, la capacidad de la declaración constitucional para modificar los criterios de selección para la Asamblea Constituyente– han sido desplazadas por decisiones ad hoc realizadas por actores motivados por el miedo a sus adversarios en un contexto polarizado”. Un miedo poco reconocible en el entorno del presidente, que cree que ahora es el momento de afianzar el poder, pero muy presente en los acampados en la plaza de Tahrir, que temen con razón que la realpolitik acabe con el sueño del Estado neutral y dé alas al Estado confesional, pilotado por la Hermandad.

En el plan maestro de Mursi no hay asomo de improvisación. Cuenta con la condescendencia de Estados Unidos desde el mismo instante en que desactivó la bomba de relojería de la operación Pilar Defensivo, desencadenada por el Ejército israelí con un ojo puesto en las elecciones de enero y otro atento al relevo de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, previsto para las próximas semanas. Dispone del margen de maniobra que le otorga haber promovido un borrador de Constitución que no mengua las atribuciones y el poder del Ejército, incluido el económico. Y para acallar o desvirtuar la protesta en curso cuenta con el entusiasmo de la calle a propósito de la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que ha permitido a Palestina convertirse en Estado observador no miembro de la organización.

Está por ver si esa estrategia es tan potencialmente desestabilizadora como hacen temer los muertos en las manifestaciones, la ira en la plaza de Tahrir y la afrenta sufrida por la oposición laica. “El presidente Mohamed Mursi habría podido salvar su presidencia y el futuro de los Hermanos Musulmanes si hubiese sometido a referendo las medidas draconianas”, escribe el escritor egipcio Mohssen Arishie en The Egyptian Gazette, que observa cómo se concreta la fractura social: “Al decidir dirigirse solo a los manifestantes islamistas en Heliópolis y desentenderse de quienes protestan en la plaza de Tahrir y otros lugares, el presidente Mursi ha ensanchado la brecha entre islamistas y musulmanes moderados, que constituyen la mayoría de la sociedad”.

Mursi

Manifestación de apoyo de Mohamed Mursi en El Cairo, el 23 de noviembre.

Es esta una afirmación arriesgada a la luz del análisis social que hace Tamer Wagih, editor del diario Al Masri Al Yum, que se acerca mucho a la creencia muy extendida de que los caladeros de la Hermandad se encuentran en la clase media baja, los sectores más desfavorecidos de las grandes ciudades y el mundo rural, franjas de población muy conservadoras, apegadas a la tradición, que tienen en el islam el núcleo básico de su “ideología espontánea”, en expresión del politólogo francés Sami Nair. Los Hermanos Musulmanes cumplen sobradamente con los requerimientos conservadores de este segmento social –“su base popular es más conservadora y reaccionaria que la de los reformistas tradicionales”, escribe Wagih–, receloso ante cualquier innovación, “donde se mezcla la ira contra la modernización con las tendencias conservadoras que persiguen introducir un cambio ético”. Pero, al mismo tiempo, una parte de la clase trabajadora y de los jóvenes disconformes con Mursi forman parte de la clase media baja, amenazada por una fractura irresoluble si el presidente no levanta el pie del acelerador.

¿Puede Mursi evitar la fractura con su implicación en el problema palestino? La tentación inicial es responder sí; la realidad y las expectativas de futuro no son tan sencillas. Para el profesor Amro Alí, de la Universidad de Sidney, el presidente sigue sujeto a los parámetros establecidos por Estados Unidos e Israel desde los días de los acuerdos de Camp David, que consagraron la paz fría en la frontera del Sinaí. Alí recuerda en Al Ahram Online que Jaled Fahmi, profesor de la Universidad Americana de El Cairo, habla de una israelización de la política egipcia, y añade: “Algunos actores externos quieren más días como los de Mubarak para Egipto ya que satisficieron tan bien sus intereses”. Entiéndase bien: no se trata solo de Israel y de Estados Unidos; también los países del Golfo añoran las certidumbres de la autocracia de Mubarak.

Aun así, es indudable que se la producido un cambio en la aclimatación cairota al agravio palestino. La implicación de Mursi en las operaciones para desactivar los planes dictados para Gaza por el Estado Mayor israelí ha constituido una novedad absoluta; el previsible desfile de gobernantes árabes por la Franja durante los próximos días, también. La israelización se ha modulado porque, en caso de fuerza mayor, las partes saben que siempre es posible la gestión técnica del conflicto mediante las líneas de comunicación que mantienen abiertas los generales a ambos lados de la frontera. Pero esa seguridad en que las aguas no desbordarán el cauce no ha evitado que el equipo de Binyamin Netanyahu haya transmitido algo entre la desorientación y la sorpresa. “Las revoluciones árabes no han agotado el sentimiento de solidaridad –explica el arabista francés Jean-Pierre Filiu en las páginas de Le Monde–, pero se ha visto con este conflicto el gran regreso de lo político. Israel, al mantenerse en el statu quo, no ha comprendido el nuevo dato, y ha sido sorprendido por la posición egipcia. Ahora bien, las revoluciones árabes se han hecho en nombre de la justicia, y en el mundo árabe el símbolo de la justicia absoluta es Palestina”.

Obama Abás

El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, y el de Estados Unidos, Barack Obama, el 20 de marzo en la Casa Blanca.

Esa incomprensión del nuevo dato quizá explica tres presuntas torpezas del Gobierno de Israel, enfrentado al hecho consumado de que Palestina iba a lograr el voto mayoritario de la Asamblea General de la ONU:

  1. Creer que el temor palestino a afrontar un futuro peor, sin negociaciones y con Netanyahu en manos del ala más conservadora de un partido ya de por sí tan conservador como el Likud, llevaría a Mahmud Abás a pensárselo dos veces antes de disgustar al presidente Barack Obama: “Estados Unidos considera [la votación en la ONU] una gesticulación inútil y una huida hacia adelante –escribió Le Monde en su editorial del jueves–. Hace valer que la Autoridad Palestina debería regresar a la mesa de negociación, donde le espera Israel. Salvo que no hay casi nada a negociar con la dirección israelí actual, que tiene posibilidades de ser reconducida en las elecciones de enero, y que los tres últimos presidentes estadounidenses han engañado a aquellos que esperan su estado; George W. Bush y Barack Obama han prometido incluso como un encantamiento un Estado palestino para el 2005, después para el 2011”.
  2. Abordar la conversión de Palestina en Estado observador no miembro de la ONU como un obstáculo para la paz, una paz que, por lo demás, se mantiene a precario desde la independencia de Israel en 1948. “El reconocimiento del Estado Palestino no es un obstáculo para la paz –aseguró en su editorial, el día de la votación, el diario liberal israelí Haaretz–. El presidente Mahmud Abás se ha comprometido a reanudar las conversaciones con Israel inmediatamente después de que su país sea reconocido. Si el primer ministro Binyamin Netanyahu quiere convencer a los israelís de su deseo de paz, debe abandonar su oposición al reconocimiento palestino, ser el primero en felicitar a Abás por un logro histórico y fijar una fecha cuanto antes para reanudar las conversaciones. No son solo los palestinos los que merecen un horizonte diplomático. Los israelís también lo merecen”.
  3. Suponer que, pasadas las elecciones de Estados Unidos, Israel no debería pagar ningún precio por el apoyo dispensado por Netanyahu a Mitt Romney. “Colaboradores del primer ministro explican que, contrariamente a lo que los comentaristas puedan pensar, Obama no guarda rencor a Netanyahu. Pero tengo una explicación diferente: Obama no ha venido al rescate de Netanyahu. Ha venido al rescate de Israel”, afirma Shimon Shiffer, corresponsal en Washington del diario centrista israelí Yediot Ajronot.
Sinaí

Transporte de blindados egipcios camino del Sinaí en agosto pasado.

Nada de esto resulta confortable para Israel, aunque el presidente Abás esté lejos de haber obtenido el apoyo explícito de Estados Unidos al camino del reconocimiento en la Asamblea General de la ONU. El debilitamiento de Netanyahu refuerza la figura de Mursi y, de paso, otorga a Hamás algún tipo de crédito ante el mundo árabe al aceptar los términos del alto fuego que ha contenido la sangría en Gaza, y al apoyar por una vez a Abás. Y, para rematar el despropósito, Sever Plocker, uno de los editores de Yediot Ajronot, destaca que el Gobierno israelí ha perdido una gran ocasión de sacar partido a la osadía diplomática palestina, porque en el borrador presentado en la ONU se hace referencia a un Estado palestino “junto a Israel en paz y seguridad sobre la base de las fronteras anteriores a 1967 [Guerra de los Seis Días]”, pero no se menciona el estatuto de Jerusalén en la parte operativa del borrador. Conclusión: “Israel debería incluso votar a favor de la resolución”.

Netanyahu, sobra decirlo, no ve las cosas de igual forma. El análisis que hace de la situación se acerca más al de Fareed Zakaria, el influyente analista del semanario Time y de la cadena de televisión CNN, que ha colgado en su blog un texto titulado Israel domina el nuevo Oriente Próximo.  “Es cierto que estamos en nuevo Oriente Próximo, pero es uno en el que Israel se ha convertido en la superpotencia de la región”. La condición de potencia nuclear –entre 100 y 500 ingenios nucleares, la mayoría instalados en submarinos– le confiere una situación de privilegio, lo cual explica a ojos de Zakaria por qué Egipto “no va a correr el riesgo de una guerra con Israel”. Y va más allá: “La paz entre los palestinos y los israelís se producirá solo cuando Israel decida que quiere hacer la paz Todos los políticos desde Ariel Sharon a Ehud Olmert y Ehud Barak, han querido arriesgarse para lograr la paz porque estaban preocupados por el futuro de Israel como Estado judío y democrático. Esto es lo que está en peligro, no la existencia de Israel”. ¿Preserva la doble condición judía y democrática de Israel una operación como la desencadenada en Gaza, contenida con el concurso egipcio, o condena a las sociedades israelí y palestina a perseverar en la militarización de los espíritus? Es de imaginar que lo que sucede desde hace decenios es esto último.