Brasil, más allá del fútbol

“Donde hay sueños, también hay monstruos, hay traumas reprimidos, hay denegaciones, hay sed de venganza, miedos al cambio, necesidades de mantener privilegios, oportunidades vistas para dar frutos y así sucesivamente”.

Francisco Bosco, columnista de ‘O Globo’

Una dinámica de protestas en la calle y desorientación en los salones del poder se ha adueñado de la política brasileña. El compromiso reformista de Lula da Silva, heredado por Dilma Rousseff, ha situado en el disparadero de las reivindicaciones a una clase media recién llegada a la política que desconfía de los partidos, es consciente de que es depositaria de derechos y no se resigna a permanecer callada. “El rostro turbado por la cólera de las clases medias”, como ha escrito Miguel Ángel Bastenier en El País, marca el ritmo de las decisiones tomadas a toda prisa por la presidenta para apaciguar a los descontentos y, de paso, acometer los males que han desencadenado las movilizaciones: servicios insuficientes, corrupción rampante, policía desbocada y todas las contradicciones inherentes a un crecimiento rápido y a menudo descontrolado.

Joaquim Barbosa, presidente del Supremo Tribunal Federal de Brasil: “Sé muy bien que ninguna democracia vive sin partidos”.

Esas son las líneas rojas de la crisis social en curso. El disgusto por el gasto excesivo asociado a la Copa Confederaciones de estos días, el Mundial de fútbol del año próximo y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro del 2016 son otras tantas piezas sin encaje en un rompecabezas de difícil solución. Brasil es el gigante incontestable de América Latina, incluso puede ser el gigante necesario para encauzar un entorno donde con frecuencia prevalece la política de balcón, la sociedad brasileña se proyecta sobre todo el continente con un dinamismo irrefrenable, pero la prosperidad económica y los programas que han rescatado de la pobreza a no menos de 40 millones de ciudadanos durante el último decenio están lejos de ser el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Son más apropiadamente el resorte que ha puesto en marcha el cambio en una estructura social que cobija a un tiempo la favela y las nuevas tecnologías, el auge de los centros financieros con formas de corrupción inamovibles gobierne quien gobierne.

Puede decirse que la corrupción ha sido durante generaciones un mecanismo de socialización más. En todas las etapas democráticas de la historia de Brasil, los partidos han oscilado entre la complicidad manifiesta con los corruptos y la tibieza para combatirlos. Ni siquiera el PT, el partido de Lula, el de la oposición a los desmanes de gobiernos venales, ha escapado a esa lógica, de tal manera que no pueden sorprender opiniones como la Bruno Lima Rocha en las páginas de O Globo: “Después de diez años de coalición del PT y otros partidos que otrora fueron de izquierdas, siempre aliados con lo peor de las oligarquías brasileñas y sus grandes agentes económicos, los movimientos populares casi se desarmaron. Forma parte de la política que las nuevas formas de organización social procedan de frentes sociales no manipulables”.

Lula y Dilma

Lula da Silva y su heredera política, la presidenta Dilma Rousseff, en una imagen de la campaña de las elecciones del 2010.

Sería ingenuo afirmar que ha llegado a Brasil la desconfianza hacia las formas tradicionales de partición política, porque la desconfianza es anterior a la protesta en la calle; en realidad, es uno de los motores que ha unido la masa crítica de la protesta. Y puede que por ese motivo la convocatoria de un plebiscito sea fruto de una intuición al entender que es la forma más adecuada para que el Gobierno recupere la complicidad de la calle en la lucha contra la corrupción, la intervención en servicios esenciales –transportes, educación, sanidad–, la disciplina fiscal y el control de la violencia policial. La propuesta de plebiscito hecha por Rousseff sería así una fórmula para tomar de nuevo la iniciativa y acercar a las voces de la calle el palacio de Planalto, sede de la presidencia.

“Sé muy bien que ninguna democracia vive sin partidos. Pero hay formas de mitigar esa influencia, de introducir trazos de voluntad popular, de consulta directa a la población”, ha declarado Joaquim Barbosa, presidente del Supremo Tribunal Federal y partidario decidido del plebiscito. Pero ¿es suficiente un plebiscito para encarar un proceso constituyente? El perfil de la protesta no da para tener buenos presagios, sino para temer que se enquiste una crisis social con dos frentes perfectamente definidos: el de la política sustentada en el sistema de partidos en circulación y el de los decididos a depositar la confianza en formas organizativas de nuevo cuño, alejadas de las convenciones y del reformismo a la brasileña encarnado por Lula. El objetivo de este cuando fue investido presidente de asegurar tres comidas al día a todos sus compatriotas ya no es suficiente, aunque todavía no se logrado; ahora hay una clase media que pide calidad de vida y derechos sociales después de haber sido redimida de la pobreza.

“Para hablar directamente con la calle, la solución (del plebiscito) sería seguramente la mejor”, ha escrito Zuenir Ventura en O Globo. Pero cuando ni siquiera el fútbol sirve para ahuyentar los demonios familiares de la sociedad brasileña, entonces los frutos del plebiscito son una incógnita. No valen las referencias a otros mundiales, como el de Sudáfrica, que proyectaron a todo el planeta la imagen de un país renovado; no vale el precedente de Barcelona 92, que puso al día una ciudad que hoy recoge los beneficios de la gran empresa de los Juegos Olímpicos; no convence el ejemplo de Pekín, que utilizó el olimpismo para certificar que China es la gran potencia del siglo XXI. Y no valen estas invocaciones porque el origen de la protesta hay que buscarlo en una izquierda que se ha revuelto “contra un desfase entre los avances económicos y las ganancias sociales”, y reclama “una intervención del Estado en el sentido de abrirse a una mayor participación pública en los procesos”, según el análisis de Francisco Bosco.

Niteroi

Manifestación en Niteroi, cerca de Río de Janeiro, el 21 de junio.

Frente al tópico del fútbol como una religión compartida por todos los brasileños y a la creencia de que el culto al cuerpo es una obsesión nacional, que genera una complicidad espontánea con los Juegos Olímpicos, surge la realidad de las tensiones derivadas de una sociedad cambiante. Frente al Brasil alejado de los grandes debates internacionales se concreta otro destinado a ser el gran interlocutor de Estados Unidos en Latinoamérica, a participar activamente en la reforma de las Naciones Unidas, a condicionar el mercado energético con sus ingentes reservas de petróleo en el fondo del océano, a competir con los grandes polos de la industria del ocio y a buscar, en fin, un lugar bajo el sol en el selecto club de las potencias emergentes de este comienzo de siglo. La vecindad inmediata ha dejado de ser el campo de actuación preferente de Brasil porque ahora su condición es la de potencia regional.

El riesgo es que, de no corregirse el desajuste social con medidas concretas y tangibles, crezcan el desapego a la política y la desconfianza en las instituciones. “Una execración de la política tiene cuanto es preciso para degradarse, de una u otra forma, en populismo autoritario”, sostiene el diario O Estado de Sao Paulo, que evoca un peligro que está ahí como suma y compendio de las debilidades del sistema. Al mismo tiempo, una parte de la opinión pública, incluso de tradición progresista, comparte el análisis del comportamiento de la presidenta Rousseff publicado por Hélio Schwartsman en el periódico Folha de Sao Paulo, de orientación conservadora: “Intentó dar contenido y dirección a un movimiento popular que ganó enseguida, pero no sabe hacia dónde camina. Cuando se analizan las propuestas concretas de la mandataria se tiene la sensación de que se incorporó al clima de las manifestaciones y decidió actuar sin pensar”.

Claro que al apuntar directamente a Rousseff, el medio preferido de la muy conservadora burguesía paulista pone las cartas sobre la mesa. ¿Cuáles son estas? Esencialmente, aprovechar el momento para erosionar la imagen de Rousseff, quien a pesar de los acontecimientos de las últimas semanas mantiene su estatus de presidenta respetada, con un alto índice de aceptación y, no se olvide, encargada de administrar la herencia política de Lula. Y para los ideólogos del compromiso social y de la lucha contra la pobreza, para los planificadores de un futuro sin favelas y una Amazonia salvaguardada de una explotación descontrolada, para los defensores de las naciones indígenas, para cuantos esperan que para el 2020 se haya completado una reforma ecuánime en el reparto de las tierras de labor, el mensaje de Lula, sea dicho por él o mediante persona interpuesta –Dilma Rousseff–, sigue siendo la principal fuente de inspiración. Habría que decir, quizá, la referencia principal del reformismo latinoamericano que no ve futuro en la prédica bolivariana de los albaceas de Hugo Chávez.