Trump, en la hora de la ‘finezza’

Para alguien tan poco dado a las sutilezas de la política exterior como Donald Trump, el desafío norcoreano del 4 de julio resulta doblemente complejo porque se trata de una amenaza real a la seguridad de Estados Unidos y porque no puede afrontarse con una exuberante exhibición de fuerza. El lanzamiento de un misil balístico intercontinental (ICBM) Hwasong 14 ha cambiado por completo los términos de la ecuación coreana hasta el punto de que el presidente ha reconocido por primera vez que no afecta solo a la seguridad del noreste de Asia y a la de sus dos principales aliados, Corea del Sur y Japón, sino directamente a Estados Unidos: las islas Aleutianas y el territorio continental de Alaska. Y ha dado especial valor a la puntualización hecha por Philip Bump en The Washington Post: “Olvidamos a veces que la retórica del presidente Trump no se forjó durante años de análisis políticos o en discusiones con expertos en política exterior y asuntos internos, sino en la entrevista telefónica semanal con Fox and Friends (un talk show)”.

El recordatorio resulta pertinente porque es una forma simple y rápida de prever el acercamiento a la crisis que puede realizar el presidente más allá de los factores que objetivamente la delimitan:

-Corea del Norte ha dejado de ser una amenaza potencial para convertirse en real, gestionada además por un dirigente imprevisible, Kim Jong-un, necesitado de gestos contundentes para mantenerse al frente del régimen fundado por su abuelo.

-China y Rusia preservan el régimen de Corea del Norte y lo utilizan por razones diferentes, pero igualmente eficaces, en su competición a escala planetaria con Estados Unidos y más específicamente en el este de Asia.

-Cualquier recurso a la fuerza de Estados Unidos afectaría directamente a Corea del Sur y a Japón.

-La artillería pesada de Corea del Norte, situada a un tiro de piedra de la línea de armisticio, tiene a Seúl a su alcance, según le consta al Departamento de Defensa de Estados Unidos.

En fecha tan relativamente lejana como el 22 de junio del 2006, Ashton B. Carter, futuro secretario de Defensa de Barack Obama, y William J. Perry, uno de los secretarios de Defensa de Bill Clinton, firmaron un artículo en The Washington Post, recordado ahora por The New York Times, que contenía la siguiente afirmación: “Si Corea del Norte persiste en sus preparativos para el lanzamiento [de misiles], Estados Unidos debe dejar clara inmediatamente su intención de bombardear y destruir” las instalaciones en tierra. Eran los tiempos de George W. Bush, tan aguerridos, pero en el caso coreano prevaleció la creencia de que carecía el país de capacidad para dotarse de un pequeño arsenal nuclear que lo convirtiera en un territorio inatacable ante el riesgo de una respuesta con armas atómicas.

Hoy puede decirse que Estados Unidos renunció a limitar la capacidad de su adversario mediante la adaptación al caso de la doctrina de contención del enemigo, desarrollada por George F. Kennan en los albores de la guerra fría con la Unión Soviética, y en cambio ahora parece la única salida apropiada para un conflicto que ha crecido exponencialmente, aunque “esto no soluciona el problema; es solo una forma de vivir con él”, según el análisis de David E. Sanger en The New York Times. Pero esta contención del enemigo debe excluir un análisis meramente militar o especialmente militar de la situación por las antedichas implicaciones; debe, por el contrario, buscar la negociación y la complicidad internacional para evitar riesgos mayores, tal como ha transmitido a Trump el presidente surcoreano, Moon Jae-in. Un camino complejo, pero más seguro que el recurso a los generales, y al alcance de la mano de los tres tenores (en la reunión en Hamburgo del G20, el presidente de Estados Unidos tiene cita con Xi Jinping, presidente de China, y Vladimir Putin, presidente de Rusia).

En este enfoque con predominio de la diplomacia, respaldada por la potencia de fuego, la finezza es esencial. ¿La tiene Trump, exigido por los halcones del Partido Republicano, pero aconsejado por el general Herbert R. McMaster, un analista bastante respetado en Washington? Las dudas ensombrecen el cielo de la Casa Blanca. Philip Bump ha recordado esta semana, en un análisis que se remite a la cuenta de Twitter del presidente, algunos de sus mensajes más rotundos, como este del 8 de abril del 2013: “Pienso que China tiene un control total de la situación (…) [Corea del Norte] no podría existir ni un mes sin China. Y pienso francamente que (…) China no es nuestro amigo”. Ni absolutamente falso ni absolutamente cierto, sino más bien una simplificación de una realidad llena de matices no siempre evidentes, desaparecidos definitivamente en el fragor de la campaña –marzo del 2016–, cuando tachó al líder norcoreano de maníaco y reprochó a Obama no despachar una fuerza de choque al teatro de operaciones (él dijo haberlo hecho en abril del año en curso, pero en realidad nunca hubo barcos en ruta).

No es la primera vez que una Administración siente a su espalda el aliento de la amenaza nuclear. El presidente John F. Kennedy tuvo que afrontar en octubre de 1962 la crisis provocada por la instalación en Cuba de silos de misiles soviéticos de alcance medio, y en aquella ocasión, a pesar de las presiones de una parte del generalato, esa finezza de la que ahora se duda hizo posible una salida que conjuró el Armagedón y, de paso, sistematizó para siempre la guerra fría, la alejó de situaciones altamente peligrosas o ingobernables. Hoy no hay sistema o el sistema está poco asentado, depara sorpresas todos los días y, por esta razón, requiere más que nunca la intervención de gestores que rehúyan los planteamientos binarios, que no comulguen con la creencia de que es posible aplicar soluciones fáciles a problemas enrevesadamente complejos.

“Para un presidente casado con su propia versión de las fake news –pudiera decirse posverdad–, la manera más fácil de afrontar una verdad inconveniente puede ser redefinir o simplemente soslayar la línea roja original”, aquel presupuesto a partir del cual solo es posible una respuesta o reacción contundente, sostiene el analista John Nilsson-Wright, del think tank Chatham House. Pero, en el caso norcoreano, es poco menos que imposible no darse por enterado de que el lanzamiento del misil intercontinental ha ido más allá de cualquier previsible amenaza o línea roja, es imposible consagrar la improvisación para gestionar el problema sin tomar decisiones que blinden la seguridad de Estados Unidos y de sus aliados sin agravar la situación, grave de por sí.

David Talbot recuerda en su libro La conspiración que el presidente Kennedy creía que la guerra en la era nuclear “constituía un asunto demasiado importante” como para que quedara en manos de los generales. Eran los tiempos de Curtis LeMay y otros uniformados de gatillo fácil, dispuestos a desencadenar una hecatombe planetaria con tal de barrer a la Unión Soviética de la faz de la Tierra. ¿En qué papel se siente más a gusto Trump: en el de Kennedy o en el de LeMay; en el de posibilista paciente o en el de comandante en jefe desbocado? A saber.

 

Trayectoria de colisión en EEUU

La tormenta desatada por Donald Trump antes de cumplir dos semanas en la Casa Blanca tendría la apariencia de un sainete o una comedia de enredo si no fuese porque es motivo de alarma generalizada dentro y fuera de Estados Unidos. En la memoria colectiva de la comunidad internacional no hay ninguna referencia remotamente parecida a la sensación de que el sistema está siendo agredido desde dentro por un presidente que, en un editorial de esta semana en The New York Times, se tacha de incompetente. Ni siquiera la desafortunada y aguerrida presidencia de George W. Bush transmitió tantos riesgos ciertos como la de Trump, apenas iniciada, pero que amenaza con minar todas las convenciones imaginables, con debilitar las relaciones con Europa y con envalentonar a la extrema derecha en todas partes, que dispone ahora de un símbolo con poder para ajustar sus mensajes y estrategias.

La reacción reprobatoria del expresidente Barack Obama, a tan pocos días de dejar el Despacho Oval, es un gesto comprensible frente a la zozobra de unas instituciones que parecen condenadas a convertirse en herramientas de un sectarismo grosero, frente a unas relaciones sociales obligadas a soportar una atmósfera irrespirable y frente a la pretensión del equipo de Trump de someter el Estado a un programa que Paul Krugman estima que es fruto de la ignorancia. Esto es: al mismo tiempo que el presidente enardece a la ultraderecha populista, xenófoba y aislacionista-nacionalista hasta ser su fuente de inspiración, Obama lleva camino de asumir el papel de referencia para los defensores de las sociedades abiertas, quizá, lisa y llanamente, de las sociedades sostenibles, ya que no armoniosas.

Dentro de la tradición democrática estadounidense es explicable la decisión del profesor Peter Singer, de la Universidad de Princeton, de no bajar a la calle a protestar hasta que Trump empezara a gobernar, pero transcurrida una semana desde el 20 de enero se movilizó ante los disparates acumulados por un rosario de órdenes ejecutivas radicales, alterado en sus más profundas convicciones por la capacidad destructora de la nueva Administración. En idéntico sentido, la pronta reaparición de Obama en la escena política no tiene precedente en la biografía de los presidente que dejaron de serlo, un dato que subraya la gravedad del momento, la preocupación por la suerte que puede correr un sistema que funciona mediante un complejo engranaje de contrapesos y controles que el equipo de Trump se manifiesta dispuesto a alterar. Dicho de otra forma: si no cambia Trump o se ve obligado a echar el freno, lo que realmente cambiará será la lógica de un modelo con bastante más de dos siglos de vida.

En la mar arbolada por la que navega Trump, las contradicciones resaltan la insensatez del programa puesto en marcha. Así resulta que ninguno de los siete países de mayoría musulmana recogidos en una lista negra ha tenido nunca arte ni parte en los zarpazos del terrorismo yihadista en territorio estadounidense, pero no figuran en la relación ni Arabia Saudí ni Egipto, de donde eran los muyahidines que desataron la tragedia del 11-S: 15 eran saudís y cuatro, egipcios. Así sucede también que el presidente ha abierto las puertas del Consejo de Seguridad Nacional al intemperante Steve Bannon –ultraderechista de manual–, pero ha restringido su participación en él al jefe del Estado Mayor, el general Joseph Dunford Jr., y al director de la Inteligencia Nacional, Dan Coats, que por definición son parte comprometida en las políticas de seguridad. Y así se puede seguir con las muy difundidas acometidas dialécticas de Trump con relación a Europa –nombrar para la embajada ante la UE a un antieuropeísta reconocido como Ted Malloch es un gesto desafiante –, con el famoso muro en la frontera con México, con esa habilidad especial para arremeter contra los aliados históricos de Estados Unidos y excitar los ánimos entre sus adversarios, asimismo históricos, salvo Rusia.

“Como demostró su primera semana en el cargo, Trump no tiene conocimientos básicos de la toma de decisiones de seguridad nacional, no tiene sofisticación alguna para la gobernanza y aparentemente poca comprensión de lo que se necesita para liderar a una nación grande y diversa”, afirma el editorialista de The New York Times en el mismo texto en el que tacha al presidente de incompetente. Pero acaso no sea esta opinión lo más llamativo, sino la posibilidad de que se concrete algo así como una presidencia paralela o en la sombra, compartida por dos asesores o colaboradores de Trump tan inexpertos y poco dados a las sutilezas como Bannon y Jared Kushner, yerno del presidente. En todo caso, rompe con una constante en las presidencias, por lo menos desde John F. Kennedy: salvaguardar el Consejo de Seguridad Nacional de la pugna política en caliente mediante la colonización del organismo por agitadores de la confianza del presidente, situados en el mismo plano que el consejero de Seguridad Nacional –en el presente, Michael Flynn– y el secretario de Defensa –hoy, James Mattis–, a quienes se supone expertos en la materia.

Portada de esta semana de 'The Economist'.

Portada de esta semana de ‘The Economist’.

Para una opinión pública en la que son mayoría los partidarios de Hillary Clinton –sacó casi tres millones de votos más que Trump–, pero quedó en minoría en el Colegio Electoral, es poco menos que una afrenta el nombramiento de Bannon y su influencia en cuanto ha hecho la Casa Blanca desde el 20 de enero. Ni reúne títulos para fijar el rumbo ni habilidad para evitar que cada decisión desate una tormenta, para que no dibuje una trayectoria de colisión que haga saltar por los aires algunas de las constantes vitales de la política estadounidense. “¿Cuál es el rumbo?”, se pregunta un comentarista en The Guardian. El de Un insurgente en la Casa Blanca, responde The Economist en su titular de portada de esta semana con una ilustración de Trump a punto de lanzar un cóctel molotov contra cualquiera de los numerosos objetivos señalados por él.

Las apelaciones a la prudencia de prestigiosos analistas, como David Ignatius en The Washington Post, concuerdan con el anhelo de que el insurgente atenúe su fogosidad y entienda que, si no se modera, con amenazas dirigidas a Irán o con ataques en Yemen fruto de una improvisación que persigue el impacto emocional inmediato, alimentará con gasolina situaciones de por sí incendiarias. La preocupación del republicanismo clásico por el salto en el vacío, por la convicción de muchos colaboradores de Trump de que el país debe administrarse como una empresa, por el comportamiento irreflexivo del nuevo Gobierno en áreas muy sensibles para la seguridad y la cohesión social, traduce la intranquilidad de una nación enfrentada a sus peores presagios dentro y fuera del pensamiento conservador. Porque al contrario de la lógica política, que sostiene que una gran potencia debe ser previsible salvo en momentos excepcionales, la Administración de Trump se ha convertido en un ente imprevisible a fuerza de llevar a la práctica promesas electorales que pocos creyeron que osara cumplir si lograba la victoria el 8 de noviembre. Se dijo que el triunfo obligaría a Trump a contenerse, pero no ha sido así: para sorpresa de la mayoría, pocas veces habló a humo de pajas, aunque su oratoria fuese –sea– abrupta y desordenada.

Trump ha cogido las riendas con el desparpajo inconsciente de quien cree que puede modelar la realidad a su antojo. Quizá porque en la teoría y la práctica de la difusión de realidades alternativas –la posverdad y demás técnicas de intoxicación informativa–, los hechos importan poco, no conviene atenerse a ellos y es preferible actuar como si fuesen otros diferentes a los percibidos por la mayoría como reales o cercanos a la realidad. Que eso pueda llevar a la larga a una crisis de Estado parece importar poco a quienes han alcanzado la cima del poder después de trasgredir muchas reglas que hasta la fecha siempre fueron respetadas. He aquí el punto de inflexión del 2017 vaticinado para la historia de Estados Unidos y para la del mundo por el nobel Joseph Stiglitz. Cuando lo dijo por primera vez, pareció una exageración, pero es evidente que no lo fue.

 

Una campaña medicalizada

El espectáculo de la campaña electoral en Estados Unidos ha ganado en confusión a través de la proliferación de partes médicos, del debate sobre la salud de los candidatos y de la música de fondo de los talk show de las grandes cadenas de televisión, que se han sumado con entusiasmo a la evaluación de los análisis clínicos de dos veteranos como Hillary Clinton (68 años) y Donald Trump (70 años). La obsesión posmoderna por parecer más joven de lo que realmente se es se ha adueñado del alma de la campaña, y todo se quiere que gire en torno a la opinión y a los informes de los facultativos. Desde el general Washington hasta nuestros días ha tenido el país presidentes de todas las edades y nunca ha sido la edad el dato esencial para sopesar su competencia: los ha habido en forma o con la salud muy quebrantada (así Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt), pero lo que de todos ellos se recuerda, de los sanos y de los dolientes, es lo que hicieron o dejaron de hacer, no sus visitas a la consulta o a la farmacia; los hubo también con un aspecto inmejorable a pesar de sus muchos achaques (John F. Kennedy) y otros alicaídos, pero con una salud de hierro (James Buchanan, según parece). De forma que cuanto se dice, escribe y analiza desde el desvanecimiento de Clinton en Nueva York la calurosa mañana del día 11 es comprensible a veces y chocante casi siempre.

La última encuesta elaborada por The New York Times y la cadena de televisión CBS acerca a Trump a solo dos puntos de Clinton –46% en intención de voto frente a 44%–, a todas luces un empate técnico, pero cuesta dar por buena la interpretación inicial de que el acercamiento del republicano a la demócrata se debe a la neumonía no revelada en primera instancia por esta, o quizá ocultada por el equipo de campaña para no alarmar a votantes indecisos o convencidos de que mejor es sentar en el Despacho Oval a un joven presumiblemente duradero que a alguien con una larga biografía tras de sí. Puede, en cambio, que la ocultación o silenciamiento de la neumonía, más que la enfermedad misma, haya dañado de momento las expectativas de Clinton, y es también muy posible que el encubrimiento de todo con el aducido golpe de calor haya sido de gran ayuda para el republicano.

Forma parte de la tradición política de Estados Unidos que la opinión pública soporta mejor a los líderes que reconocen sus debilidades y errores que a aquellos que los ocultan o los ensombrecen con falsedades. Padecer una neumonía no es ni una debilidad ni un error; disimularla, ocultarla o comunicarla a destiempo ha tenido mala acogida. Y si así ha sido es porque una parte de los ciudadanos han entendido que se quería construir un relato alejado de la realidad; nadie mintió o eso parece, pero el equipo de Clinton puso manos a la obra para difuminar los hechos.

Lo cierto es que mientras en el republicanismo clásico –Colin Powell, el último– se multiplican los testimonios desaprobatorios de la verborrea de Trump, este se ha sentido liberado por unos días de ahondar en el debate ideológico y programático gracias a la relevancia de los historiales médicos. A menos de ocho semanas de la gran cita, con tres debates televisados en el horizonte y el partido en un grito por sus desplantes imprevisibles, Trump siente que recobra el aliento y, como ha dicho uno de sus asesores, cree haber demostrado que está en mejor situación para “resistir el desgaste de la presidencia” –en el sentido de desgaste físico, de corredor de fondo– que su oponente. La duración de este impulso inesperado es una incógnita que en gran parte despejará el vigor con el que Clinton regrese a la arena después de su obligado retiro neumónico.

Aun dando por descontado que los electores tienen derecho a estar informados del estado de salud de los candidatos, al menos de una forma genérica, y que estos tienen la obligación de aportar una información fiable y concreta, la disputa o la polémica pone de manifiesto la falta de complicidad de los candidatos con los ciudadanos (falta de empatía se dice ahora con bastante imprecisión). Cualquier pretexto es bueno para dudar de su cercanía a quienes deben votarlos, y cualquier suceso inesperado degrada su imagen o la pone en entredicho. Es esta una situación infrecuente en la elección de presidente, incluso en contiendas tan poco atractivas como la de 1968 entre Richard M. Nixon y Hubert H. Humphrey, dos personajes poco dotados para las relaciones públicas. Algo irremediablemente cansino ensombrece la campaña en curso como si se tratara de un rito que debe cumplirse a toda costa, pero que no logra atraer a la feligresía después del impacto emocional de las dos elecciones de Barack Obama.

El escritor Richard Ford pronostica que los estadounidenses echarán de menos a Obama en cuanto se acoja a su retiro prematuro y obligado. “En nuestro absurdo momento histórico y político, con sus candidatos de concurso de antibelleza –el estridente, demagogo, casi cómico Donald Trump, y la pasmada gritona Hillary Clinton, con sus palmaditas en la espalda–, es un alivio que Obama no se tome a la ligera su puesto de presidente”, afirma Ford. Pero resulta más concluyente que esa probable frivolización del trabajo presidencial acometida por los aspirantes la creencia de Ford en que “no hace falta saber quién es o qué es de verdad” Obama y, en cambio, hay una necesidad perentoria de desvelar quién o qué son los políticos que pugnan por sucederlo. Y no hay forma de llegar al fondo, de saberlo de una forma aproximada, porque es infranqueable la distancia que los separa de todos los auditorios, incluidos los agavillados por sus seguidores.

Los esfuerzos por simplificar la campaña –Trump, el outsider frente a Clinton, la profesional– contribuyen a fomentar la atmósfera de desorientación en la que han irrumpido los informes médicos. El semanario Time se atiene al dato de que los humoristas que presentan los programas nocturnos de más audiencia han tomado partido y Trump va perdiendo, pero Trump aparece en un canal de gran audiencia para certificar, papel en mano, que todos sus problemas de salud se reducen a algo de sobrepeso y un índice de colesterol inadecuado. Mientras, los asesores de Clinton prevén que Trump saldrá mal parado de los tres debates televisados, pero los que preparan al republicano creen que las dotes histriónicas de su jefe neutralizarán las cualidades oratorias de su adversaria. Todo tiene un aire superficial, bastante alejado de aquello que se tiende a pensar que es lo sustancial para decidir el voto: qué proponen los candidatos, a quién favorece y cómo se consigue. O eso al menos se creyó hasta la fecha, no ahora, según se ve.

 

 

Hollande, una vida poco privada

El descubrimiento de la relación secreta del presidente de Francia, François Hollande, con la actriz Julie Gayet induce a reflexionar una vez más acerca de cuáles son los límites de la vida privada y en qué condiciones debe quedar a salvo cuando al menos uno de los implicados tiene una proyección pública evidente. En el análisis de lo que hoy sucede en Francia vuelve a plantearse el asunto central de la suplantación o enturbiamiento de las cuestiones de Estado a causa de una relación amorosa, vuelven a abordarse las posibles consecuencias en el plano de la seguridad y, al mismo tiempo, se alienta la discusión sobre el derecho de los ciudadanos a estar informados, el de los cargos públicos a preservar su intimidad de los curiosos y el de los medios de comunicación a informar verazmente de cuanto sucede. Lo singular en el affaire Hollande-Gayet es que la opinión pública asumió desde hace mucho que no cabe poner en discusión la separación tajante entre vida pública y privada, fruto de una larga tradición que considera los secretos de alcoba y las relaciones sentimentales asuntos estrictamente personales.

Otra cosa es que Closer, la publicación que dio la noticia, haga el negocio de su vida –ha pasado de una venta media de 330.000 ejemplares a otra de 550.000 y sus ingresos en una semana han aumentado en 300.000 euros– y que, como dice el sociólogo Jean-Claude Kaufmann, “la curiosidad de la gente sea insaciable”. Pero los curiosos sin freno debieron sentirse francamente decepcionados el martes con la conferencia de prensa de Hollande, que remitió los asuntos privados a una gestión privada. Una cosa es que una parte no menor de los consumidores de información lo quieran saber todo “de François y Julie”, como dice Kaufmann, y otra bien distinta, que deban poner su vida íntima en el escaparate y que su relación afecte al futuro político del presidente, en horas bajas, pero espoleado por la complejidad del momento, como lo resume un comentarista del diario Le Monde: “Como si la adversidad, tanto política como personal, fuera para él el mejor carburante de la serenidad”.

Anne-Aymone y Valéry Giscard d’Estaing, cuando este era presidente de Francia.

Es inconcebible una reacción similar en el mundo anglosajón, y singularmente en Estados Unidos, cuyo ADN político exige del presidente un comportamiento ejemplar en todos los ámbitos. Eso excluye el recurso a la mentira para preservar los ámbitos más íntimos de la vida personal –recuérdese el caso Clinton-Lewinsky–, quizá porque la moral puritana que los pioneros llevaron a Nueva Inglaterra sigue siendo una seña de identidad del estadounidense medio. Desde luego, pocos son los periodistas de Estados Unidos dispuestos a admitir el recurso a la mentira como una opción comprensible o al menos explicable para defender la intimidad en según qué casos, como hace la periodista Nathalie Rheims en el semanario Le Point. Bien es verdad que en los días de John F. Kennedy, la prensa mejor informada eludió discretamente las alusiones a los devaneos amorosos del presidente y en especial su relación con Marylin Monroe, pero debe entenderse que se trató de una excepción.

Danielle Mitterrand (izquierda), con sus dos hijos, y Anne Pingeot (con sombrero negro) y su hija Mazarine, en el entierro de François Mitterrand.

La prueba más fehaciente de la distancia que separa el tratamiento anglosajón y francés de asuntos tan particulares es el comentario deslizado por un editorialista del semanario conservador estadounidense Time: “Estos días se ha escuchado tanto la expresión vida privada que se podría añadir al tríptico libertad, igualdad, fraternidad”. Hay en la frase un punto de ironía y otro de exageración, pero no deja de reflejar una realidad que se concreta en las biografías no políticas de los últimos cuatro presidentes que ha tenido Francia. A Valéry Giscard d’Estaing (1974-1981) el semanario satírico Le Carnard Enchaîné le llegó a llamar Valéry la Nuit, un mote tan elocuente que hace innecesario añadido alguno. François Mitterrand (1981-1995) vivió una doble vida familiar con Danielle, su esposa, y con Anne Pingeot, con quien tuvo una hija, Mazarine, cuya existencia se desveló en 1994. De la vida galante de Jacques Chirac (1995-2007), París se hizo lenguas desde sus días de joven y prometedor ministro. Nicolas Sarkozy (2007-2012) se divorció de Cécilia cuando ya mantenía una relación amorosa con Carla Bruni. En cuanto a François Hollande, presidente desde mayo del 2012, las complicaciones de su vida afectiva antes y después de separarse de Ségolène Royal y de unirse a la periodista Valérie Trierweiler forman parte ahora mismo de la crónica política y del papel cuché.

Los dos hijos del primer matrimonio de Nicolas Sarkozy, en los extremos izquierdo y derecho, Cécilia Sarkozy, sus dos hijas y su hijo llegan al palacio del Eliseo el día de la toma de posesión del presidente.

Ni siquiera la promesa hecha por el candidato Hollande en el debate televisado con Sarkozy, el 2 de mayo del 2012 –“en tanto que presidente, haré que mi comportamiento sea ejemplar en todo momento”–, parece dañar el modelo francés de respeto a la vida privada. La exigencia de ejemplaridad empieza y acaba en el cometido político para el que el presidente es elegido, y cuanto queda fuera del campo estrictamente institucional, no parece formar parte del balance de las actuaciones llevadas a cabo por el personaje. Así se comprende que con ocasión de la campaña que precedió a la reelección de Mitterrand, con un currículo amoroso ciertamente variado, a nadie sorprendiera el éxito de la llamada tontonmanía –de tonton, familiarmente tío en francés– ni se viese en Francia contradicción alguna entre la imagen pública del presidente que se proyectaba en ella y las abruptas complejidades de su vida privada. “Se puede ser el tío más veterano de la familia y, al mismo tiempo, tener una vida activa con iniciativa”, manifestó uno de los autores de la campaña, y no hay duda de que Mitterrand tenía una vida activa en todos los sentidos o al menos esta era la especie que circulaba.

La herencia de Mitterrand, que hoy se menciona a todas horas, tuvo su momento de consagración en su funeral, al coincidir en él las dos familias. “El reconocimiento público, que no jurídico, de su hija, y sobre todo la presencia de la amante el día del entierro oficial al lado de la esposa legítima demostraron que la frontera entre la vida pública y la vida privada era porosa”, sostiene el sociólogo François de Singly. Al otro lado del Atlántico, tal porosidad no se concibe más que como una adulteración del papel confiado al presidente, del que se espera que sea ejemplo de conducta pública y privada. Y esta exigencia se remonta a periodos cruciales de la historia del país: en los años que siguieron al asesinato de Abraham Lincoln, arraigó en muchos la convicción de que el presidente nunca había mentido ni como abogado ni como político, algo que hoy se antoja sorprendente.

Valérie Trierweiler y François Hollande poco después de la llegada de este al Eliseo.

¿Qué papel desempeñan los medios en este entramado? Jean-Claude Kaufman se acoge a la idea de que Occidente entró hace 50 años en “la era del individuo, dueño de su vida privada”, lo que implica aceptar una separación radical entre la vida pública y la privada. Nathalie Rheims entiende, en cambio, que, en la era de internet, “no hay sitio para lo íntimo, todo se ha convertido en éxtimo”, un palabro con el que quiere significar que todo es público en el imperio de la red. Si al primero se atiende, tendrían poca justificación ética las porfías de Closer y del paparazzo a quien compró las fotos de las escapadas de Hollande por 30.000 euros, según versión publicada por el diario conservador Le Figaro. Si se presta oídos a la segunda, no hay en la existencia de Hollande espacio para la vida privada en tanto sea presidente de Francia y aun después, y en igual situación se encuentran Trierweiler, pareja oficial de Hollande, y Gayet, supuesta amante de este. Pero esa simplificación de la vida privada, diluida en la era global, casa mal con la percepción muy extendida de que, en todo aquello que no constituye delito, todos los ciudadanos, incluido Hollande, tienen derecho a la intimidad. Dicho de otra forma: la relación Hollande-Gayet es un acontecimiento relevante sobre el que los ciudadanos tienen derecho a estar informados, pero esta circunstancia no legitima someter a los implicados  a un marcaje permanente y, aún menos, a juicios morales.

Serge Raffy lo resumió en el semanario progresista Le Nouvel Observateur: “En estos tiempos de grandes inquietudes y de diferentes miedos, saber que el jefe, que vive una penosa prueba personal, tiene los nervios templados, no es un detalle. Es una especie de garantía. Los próximos sondeos dirán si esta postura del hombre inflexible en la adversidad ha tenido un precio político. Ser digno en la tempestad es una fuerza, venga de donde venga. Y un gesto elegante”. La frase es aplicable a Valérie Trierweiler,  hospitalizada en París, cuyo estatuto personal ha sido puesto en discusión frecuentemente al no estar casada con François Hollande y carecer la figura de la primera dama de Francia de un marco de referencia similar al de la esposa del presidente de Estados Unidos, conocida como Flotus (first lady of the United States). Otra diferencia, una más, sobre cómo se entienden los requisitos del poder en dos viejas democracias cuando asoman en ellas las humanas pasiones.

Gran Hermano de última generación

“Doce años después de los atentados del 11 de septiembre, la cuestión sigue siendo encontrar un equilibrio entre seguridad nacional, libertades públicas y derecho a la información”. Ese es el quid de la cuestión una vez más, formulado en la edición del martes del diario progresista francés Le Monde por su directora, Natalie Nougayrède. Ese es el meollo del asunto llevado otra vez al primer plano de la reflexión periodística y académica, política y social, después de que el periódico revelara una operación masiva de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés), que acumuló metadatos de 70,3 millones de comunicaciones telefónicas realizadas en Francia entre el 10 de diciembre del 2012 y el 8 de enero del 2013. No se trata de quebrar el funcionamiento de los servicios encargados de garantizar razonablemente la seguridad colectiva de los ciudadanos, sino de fijar límites para preservar la vida privada. Se trata, en suma, de dar a conocer prácticas que “permiten leer en nuestras vidas, nuestros contactos y nuestras opiniones como en un libro abierto”, escribe Nougayrède con acierto.

Los esfuerzos del Gobierno de Estados Unidos para desprestigiar a Edward Snowden, artífice de las revelaciones, a quien presenta como un traidor que debilita la seguridad nacional, no afectan al fondo del asunto: la consideración de sospechosos habituales aplicada a millones de personas en países aliados, incluidos presidentes y primeros ministros –35 líderes mundiales, según el diario británico The Guardian–, cargos electos, empresarios y legiones de ciudadanos cuya única característica común es ser usuarios de las redes de telecomunicaciones. Tampoco afecta al nudo de la trama el hecho de que Snowden haya encontrado cobijo en Rusia, con rasgos cada vez más acusados de Estado mafioso, ni el desmentido del general James Clapper, director de la Inteligencia Nacional de Estados Unidos, que considera falsos los datos publicados por Le Monde, sin que, por lo demás, nadie haya dado crédito a sus palabras. Porque Clapper y, con él, aquello que se conoce como comunidad de inteligencia se sienten legitimados por la amenaza terrorista y por una cierta tradición nacional, aunque sean los aliados de la OTAN, Brasil, México y algún otro país amigo los escenarios del espionaje masivo.

Sede de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos en Fort Meade (Maryland).

En el nicho ecológico de Clapper no tienen cabida las preguntas tantas veces formulada por moralistas y pensadores acerca de la bondad o no de un comportamiento. “¿Cómo podemos estar seguros de que una acción es justa?”, plantea el filósofo Isaiah Berlin en el ensayo ¿Existe aún la teoría política? En el delicado discurso del pensamiento de Berlin no hay sitio para una respuesta categórica, inequívoca, sino más bien para una reflexión matizada por las dudas que asoman a casa paso. “Descubrimos que no estamos seguros de lo que debemos hacer para aclarar nuestras mentes –escribió Berlin–, buscar la verdad, aceptar o rechazar respuestas anteriores a estas preguntas”.

El único enfoque posible en el mundo del espionaje, en Estados Unidos y en cualquier otro lugar, es el que se desprende del principio según el cual el fin justifica los medios. Sin apenas matices, lo que realmente cuenta no son los métodos, sino el resultado final obtenido a través de procedimientos que unas veces son honorables y otras, deleznables. Los regates en corto de la Administración de George W. Bush para justificar el recurso a la tortura en nombre de la seguridad constituyen una prueba bastante conocida de esa doctrina. A partir de ahí es relativamente fácil llegar a la conclusión de que el entramado institucional y legal de las democracias no es garantía suficiente para ponernos a salvo de la barbarie. Al contrario que en el pensamiento de Immanuel Kant, para quien la seguridad es “una cláusula mínima de protección que permite al sujeto experimentar la libertad”, de acuerdo con la síntesis de Michaël Foessel, los gestores de los servicios de espionaje entienden que para que ciudadanos libres experimenten la seguridad, deben aceptar un recorte de su libertad. La seguridad entendida como un derecho se convierte así en un valor conquistado por el que debe pagarse un precio.

En la atmósfera ideológica de Estados Unidos flota siempre, además, el legado de Leo Strauss (1899-1973) y sus discípulos, radicalmente convencidos de dos realidades: en primer lugar, “el liberalismo occidental conduce al nihilismo”, en expresión de uno de sus seguidores, el profesor Harvey Mansfield, de la Universidad de Harvard; en segundo lugar, Estados Unidos tiene el destino único de combatir a las fuerzas del mal en todo el mundo. En la Ley Patriótica, aprobada después de los atentados del 11-S, y en la utopía reaccionaria –otra vez, más seguridad a cambio de menos libertad–, defendida por los neocon, alienta la convicción de que la responsabilidad de una misión universal que cumplir justifica comportamientos bastante alejados de la lealtad entre estados aliados, la transparencia democrática y los sistemas de control institucional. Pero en los segmentos más tradicionales de la sociedad estadounidense, el pensamiento de Strauss no incomoda y en el mundo del espionaje y los servicios secretos proporciona elementos de convicción útiles para manejarlos ante la opinión pública.

Una de las grandes sorpresas es que el descubrimiento de un Gran Hermano de última generación que trabaja a toda máquina se haya producido durante la presidencia de un liberal pragmático, pero liberal al fin, como Barack Obama, el inquilino de la Casa Blanca que mejor ha caído a los europeos desde los días de John F. Kennedy. Aunque si se presta atención al comportamiento de la comunidad de inteligencia desde el final de la segunda guerra mundial, se llega fácilmente a la conclusión de que Estados Unidos, con independencia de la coloración ideológica de cada presidente, nunca ha dejado de husmear en la vida y comportamientos de los europeos por más aliados que sean. La diferencia es que ahora dispone de herramientas de las que antes carecía y cuenta con la colaboración entregada de los gigantes de las nuevas tecnologías, según pone de relieve un esquema por demás clarificador publicado por Le Monde.

La gesticulación europea ante todo esto no deja de ser una señal elocuente de impotencia. La pasividad o la sumisión ante el comportamiento de la NSA, roto episódicamente por los casos de espionaje en Francia, por la sospecha de que el móvil de Angela Merkel ha sido intervenido y de que, en fin, raro es el Estado europeo que no ha sido sometido a vigilancia –España también como cabe deducir de la decisión de Mariano Rajoy de citar al embajador  de Estados Unidos–, no hace más que corroborar la sujeción de la Unión Europea a una estrategia militar y política, la norteamericana, que no controla y en la que participa demasiado a menudo de forma harto simbólica. En los planes diseñados por la Casa Blanca, los departamentos de Estado y Defensa y las agencias federales de seguridad, es secundaria la aportación conceptual y práctica de Europa. Frente al multilateralismo diplomático y la colaboración con los aliados, tantas veces defendidos por Obama, se impone la realidad de una política de seguridad en la que los europeos son objeto de espionaje.

Las deliberaciones del Consejo Europeo de esta semana reflejan quizá un disgusto momentáneo, pero están lejos de forzar una alteración de los planes estadounidenses. La concomitancia del complejo tecnológico estadounidense con la Administración, que hace posible un rastreo sin fronteras, pone el control del espacio virtual, al menos en Occidente, en manos de Estados Unidos de forma casi exclusiva, erosiona el principio de igualdad y respeto entre aliados y confirma que los intereses del complejo militar-industrial, auxiliado por las nuevas tecnologías, se mantienen por encima de las urnas y los designios de los gobernantes. En realidad, puede que la libertad de tráfico y circulación en la red sea el mejor de los útiles para controlar las pulsiones de los usuarios –es decir, de todos–, porque en la medida en que se sepa cuáles son sus rutas de navegación, sus interlocutores telefónicos, sus amigos en Facebook o el contenido de sus mensajes en el correo electrónico, más detallado será el perfil del que dispondrán los servicios de información. He aquí la gran paradoja posible: libertad de movimientos para espiarnos mejor.

 

 

El Tea Party desafía a Obama

La estrategia republicana de llevar a Estados Unidos al borde del precipicio con el fin de fulminar la reforma sanitaria promovida por Barack Obama ha decidido al ala dura del partido –encarnada en el Tea Party– a fijar una estrategia de tierra quemada, y al conservadurismo tradicional, a refugiarse en una retórica bajo sospecha. Para una parte significativa de los 232 diputados del Grand Old Party en la Cámara de Representantes puede más el temor a verse obligados a disputar el próximo año una elección primaria ante un aspirante de la extrema derecha, lo que los induce a aceptar con resignación la crisis en curso, que la sensatez de buscar una solución bipartidista que acabe con una situación a la vez demencial y extravagante. Porque el cierre (shutdown) del Gobierno federal por falta de fondos pone a la superpotencia a los pies de los caballos de sus acreedores, crea una inseguridad comprensible a escala mundial y persigue humillar al presidente, algo que probablemente está lejos de ser plato del gusto de la mayoría de la opinión pública.

Aunque The Washington Post haya opinado que el problema de Obama no son los republicanos, sino la Constitución, lo cierto es que cada vez cunde más la idea de que la Casa Blanca es prisionera de la mezcla de fundamentalismo religioso, individualismo exacerbado y dogmatismo político del Tea Party. Aunque los padres fundadores diseñaron un equilibrio de poderes pensado para limitar las atribuciones del Ejecutivo federal y preservar la iniciativa de los estados, las encuestas reflejan estas últimas semanas una corriente de opinión mayoritaria, cercana al 50%, que culpa del cierre a los ultraconservadores. Y aunque estos se han adueñado del Partido Republicano y tienen razonablemente asegurado que mantendrán el próximo año la mayoría en la Cámara de Representantes, según un detallado informe elaborado por la web Politico, es impensable que dobleguen la voluntad del presidente hasta el punto de que desista en la aplicación del Medicaid y cambie la percepción que los ciudadanos de las sociedades urbanas tienen de las causas de la crisis.

El monumento dedicado a la segunda guerra mundial, cerrado a causa del ‘shutdown’ del Gobierno federal.

Lo cierto es que detrás de la obstinación de los líderes republicanos se desarrolla una batalla no exenta de sordidez en la que se enfrentan el líder del partido en la Cámara de Representantes y presidente de la misma, John Boehner, y el segundo en el grupo parlamentario, Eric Cantor, rivales irreconciliables. Quizá Boehner transigiese en alguna fórmula para cerrar un pacto de caballeros con Obama, pero Cantor es un doctrinario que encarna las esencias del Tea Party y de un conservadurismo que sostiene que el mejor Gobierno es el que no existe o es tan sumamente débil y pequeño que no puede imponer su voluntad a nadie. A Cantor le siguen rigoristas religiosas como Michelle Bachmann, políticos de ascendencia hispana adscritos a la nueva fe como Ted Cruz y Marco Rubio, y también ideólogos del individuo libérrimo, herederos remotos de la cultura de frontera que profesan con intensidad variable personajes como Mike Lee, Rand Paul y Steve King, más Sarah Palin, la referencia ineludible de la política de mesa camilla, cuyo bagaje intelectual no va más allá de cuatro vaguedades que regalan los oídos de la América profunda, pero no resisten el análisis cuando se confrontan con las necesidades del país.

Así, por ejemplo, la oposición sin tregua a la reforma sanitaria en nombre de la libertad del individuo soslaya dos realidades complementarias:

  1. La asistencia sanitaria es mucho más cara en Estados Unidos, y a menudo menos eficaz, que en los países de la Unión Europea con una sanidad pública, obligatoria y universal de larga tradición.
  2. Hasta fecha reciente, por lo menos 40 millones de estadounidenses no tenían cobertura sanitaria por carecer de medios para costearse un seguro privado.

Eric Cantor (izquierda) y John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, rivales en el seno del Partido Republicano.

A lo dicho debe añadirse que a causa de la timidez de la reforma impugnada por los republicanos, dos tercios de los pobres de la comunidad negra, un porcentaje parecido de las madres sin pareja y más de la mitad de los trabajadores con ingresos bajos que nunca han tenido un seguro médico quedan fuera del Medicaid, según un estudio realizado por The New York Times. La mayoría de estas personas viven en estados donde gobiernan los republicanos y han llevado a la práctica su oposición a aplicar el Medicaid por las razones mencionadas antes. Es decir, el ultraliberalismo que anima a los ideólogos del Tea Party excluye el reparto de carga sociales, sea cual sea la fórmula que se aplique, en nombre, de nuevo, del derecho de los individuos a procurarse y administrar sus recursos.

De esta forma, mientras un periodista de la revista Forbes, a la que no cabe atribuir veleidades estatistas, advierte de que los grandes acreedores de Estados Unidos andan lejos de aprobar el comportamiento del Tea Party –sugiere que antes de desencadenar el cierre, debió pedir permiso a China–, Sarah Palin escribe en su cuenta de Facebook que el cierre de algunos monumentos, como el dedicado en Washington a los combatientes de la segunda guerra mundial, es “una protesta enojada para generar una mala publicidad”, un recurso de Obama para deformar la realidad, como si dijéramos. Lo cierto es que el Gobierno federal no dispone de dinero, y los acreedores a los que Forbes alude temen que si antes del 17 de octubre no hay acuerdo para elevar el techo de gasto, el presidente deberá decretar la suspensión de pagos.

En un ambiente menos enrarecido, acaso Boehner hubiese podido convencer a sus correligionarios para que aprobaran una continuing resolution (CR), un mecanismo provisional para atender a los gastos corrientes esenciales mientras se negocia una solución definitiva. Pero la CR no entra en los planes del Tea Party a pesar de que son muchos los que comparten la idea de Rich Lowry expresada en The National Review: los republicanos se oponen a poner un parche a la crisis porque carecen de planes para el día siguiente. La pieza que quieren cobrar se llama Barack Obama y el resto importa poco: la repercusión que el cierre federal puede tener en la superación de la crisis económica, el mercado de la deuda y las bolsas, que lo mismo que hasta la fecha resisten sin sobresaltos, pueden ser presa del pánico a poco que se degrade la situación. Steve King lo ha dejado del todo claro: el cierre no es cosa de un día o dos, sino que va para largo.

Franklin D. Roosevelt, presidente demócrata de Estados Unidos entre 1933 y 1945, hizo de su partido el de las minorías.

En la tradición aislacionista de los seguidores del Tea Party, las repercusiones internacionales poco importan. Pesa más la convicción de que nada es más eficaz que el libre mercado sin cortapisas, sin que la Administración ponga límites a los negocios. Todo obstáculo remotamente equiparable al Estado social, a un enfoque tibiamente socialdemócrata de la atención a los ciudadanos, les parece un peligroso acercamiento al modelo europeo, que consideran una intromisión intolerable en la autonomía de los ciudadanos. Voces relevantes del Tea Party han tachado a Obama de socialista, algo que no es en absoluto una novedad en el debate ideológico alentado por el conservadurismo más rancio. Antes bien, forma parte del manual de tópicos que maneja la extrema derecha como argumentos de convicción desde la presidencia de John F. Kennedy (1961-1963).

Como ha escrito Rick Pelstein en la publicación progresista The Nation, no queda a los demócratas otra posibilidad que pechar con el lugar común ampliamente difundido de que les mueve cierto extremismo, aunque su misión durante el último medio siglo se ha limitado a “hacer de Estados Unidos un lugar más justo, digno y sostenible”. A la apreciación de Pelstein debe añadirse que el Partido Demócrata no es ajeno a la propensión aislacionista y al recelo antiestatista, pero al convertirse en la formación de las minorías desde los días del New Deal de Franklin D. Roosevelt (1933-1945), ha sumado a su perfil ideológico, acaso sin pretenderlo, cierto gusto por la heterodoxia. Y todo eso pesa en el ánimo de la oposición republicana que ha optado por no levantar el pie del acelerador a pesar de todos los riesgos inherentes a su desafío a Obama.

¿Por qué los peligros son mayores hoy que cuando los republicanos, guiados por Newt Gingrich, hicieron exactamente lo mismo durante la presidencia de Bill Clinton? Porque por aquel entonces no había ninguna gran crisis económica que amenazara con poner patas arriba todo el andamiaje; porque Clinton había obtenido buenos resultados en feudos republicanos y el partido no podía exponerse a llevar las cosas demasiado lejos y desgastar su imagen; porque la Casa Blanca manejaba un presupuesto con superávit que confería un gran margen de maniobra al presidente a pesar del cierre federal; porque los tenedores de deuda pública de Estados Unidos tenían una capacidad de presión menor que ahora, cuando financian con sus ahorros el déficit astronómico de la primera economía mundial. Lo ha dicho Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional: el cierre del Gobierno federal y el riesgo de que no se eleve el techo de gasto antes del día 17 amenazan la economía mundial. El temor a una nueva recesión internacional no es en absoluto gratuito.