Otro regate israelí a la ONU

La reacción tan previsible como histérica de Benyamin Netanyahu, primer ministro de Israel, a raíz de la aprobación por el Consejo de Seguridad de la ONU de la resolución 2334 cierra un año cargado de referencias relativas al desconcierto cada vez mayor de la comunidad internacional, enfrentada a una impugnación permanente de los tratados, del derecho de injerencia humanitaria (tan difuso) y de la obligación de los estados a aceptar reglas del juego encaminadas a buscar la paz, la estabilidad y la restitución de los derechos de los pueblos vejados.

A nadie puede sorprender la reacción gesticulante del Gobierno israelí, un sopicaldo de nacionalistas radicales, conservadores sectarios, fundamentalistas mosaicos y ultras de muy variado pelaje, ante la determinación del Consejo de Seguridad de aprobar –catorce votos a favor y una abstención (Estados Unidos)– un texto que conmina a Israel a detener la proliferación de asentamientos en los territorios ocupados –600.000 colonos– y condena el recurso al terrorismo, la herramienta de las facciones palestinas radicales. En cambio, resulta más sorprendente que el incumplimiento de la resolución no lleve aparejadas sanciones para Israel si no se atiene a lo sancionado por la Consejo de Seguridad –el directorio del planeta, escribe con tino en Le Monde el exembajador israelí en Francia Elie Barnavi–, algo que en la práctica no hace más que debilitar el poder coactivo del Consejo de Seguridad ante el recurso manifiesto de los gobiernos israelís a practicar una política de hechos consumados.

Dicho esto, hay un motivo de sorpresa aún mayor: el paso dado por la Administración de Barack Obama a menos de un mes de dejar la Casa Blanca en manos de Donald Trump y su corte de ultraconservadores y millonarios. El presidente saliente dispuso de ocho años para hacer lo que ahora ha hecho, y sin embargo nunca dio la sensación de estar dispuesto a dar el paso. Ni con Hillary Clinton ni con John Kerry en el Departamento de Estado pareció capaz de dejar en evidencia a Netanyahu, y sumó fracasos y frustraciones en todas las iniciativas destinadas a resucitar el proceso de paz, poco más que una frase en un conflicto inacabable en el que Estados Unidos aparece siempre a merced de las iniciativas del Gobierno israelí. Y ahora, cuando nada está en juego y se ha liberado de todos los compromisos, cabe pensar que ha optado por la abstención más para incomodar a Trump que para abrir una senda nueva que haga posible la solución de los dos estados.

El temor expresado por el periódico progresista israelí Haaretz de que las invectivas dirigidas por Netanyahu a estados de los cinco continentes condenen a Israel al aislamiento y a caer en el abismo, es tan lógico como el convencimiento del primer ministro de que Trump no le dejará en la estacada. Las resoluciones 242 (1967) y 338 (1973) no son menos contundentes que la 2334 en cuanto a la obligación de Israel de desalojar los territorios ocupados –incluido Jerusalén oriental–, pero en la práctica nunca un presidente de Estados Unidos ha remado en sentido contrario al rumbo fijado por Israel, que ostenta el récord absoluto de resoluciones no cumplidas. Solo en momentos excepcionales como lo es un final de mandato se ha roto la norma o se ha buscado una salida in extremis al problema (Bill Clinton en julio del 2000 fue el último en hacerlo con las infructuosas negociaciones de Camp David).

La creencia del editorialista de Haaretz de que ni siquiera la cobertura de Trump salvará al Gobierno israelí del aislamiento es por lo menos discutible habida cuenta de los instrumentos de presión de que dispondrá la Administración entrante para diluir los efectos o las consecuencias de la resolución. Resulta bastante verosímil, en cambio, la creencia de Elie Barnavi de que pondrá en guardia a Netanyahu la conferencia convocada el 15 de enero en París –unos 70 estados–, antes del relevo en la Casa Blanca. De momento, el ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Avigdor Lieberman, tan dado a las comparaciones destempladas, ve en la cita una repetición posmoderna del proceso Dreyfus, la vergonzosa condena en 1894 de un oficial judío del Ejército francés, acusado de traición por pasar información secreta a Alemania (nada era cierto). “El pánico de Lieberman demuestra que no está todo perdido”, afirma el diplomático, que excluye el antisemitismo como resorte de la próxima reunión de París, llamada cumbre por la paz.

La esperanza es lo último que se pierde, pero si se cruza en el matraz de la Realpolitik la convicción de John Kerry de que cada día es más improbable la solución de los dos estados con la declaración de Donald Trump, según la cual la ONU ha humillado a Israel, la conclusión más ajustada al momento es que después del 20 de enero Israel lo tendrá todo de su parte. Dicho de forma sintética: la Casa Blanca no moverá un dedo para contener la política de asentamientos impulsada por Israel, una forma eficaz y rápida de imposibilitar el nacimiento de un Estado palestino. De momento, el presidente electo ha convertido el cumplimiento del derecho internacional en sinónimo de humillación, una declaración de principios que afecta a la concepción misma del poder y antepone la razón de Estado a cualquier consideración de índole ética o de protección del derecho colectivo de una comunidad histórica, la palestina, a disponer de un Estado propio de idéntica forma a como la comunidad judía reivindicó en su día el derecho a disponer de un hogar nacional (national home, la expresión figura en la declaración Balfour, 2 de noviembre de 1917).

Si, como parece decidido, la nueva Administración traslada la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, el aire enrarecido será aún más irrespirable porque deberá interpretarse como el apoyo explícito a la anexión del este de la ciudad –la parte árabe–, ocupada desde junio de 1967. El mundo musulmán verá en ello un paso decisivo por cuenta de Israel en la tercera ciudad santa del Islam y será interpretado por la sociedad palestina como una afrenta a su propósito de instalar en Al Quds –el nombre árabe de Jerusalén– la capital de su futuro Estado. Es improbable que eso desencadene en los países árabes una reacción más allá de lo meramente simbólico. Con raras excepciones, la calle árabe se manifiesta con una sensibilidad y unos objetivos cada día más alejados del posibilismo sin resultados de los gobernantes –véase el desenlace de las primaveras–, se trate del contencioso con Israel o de cualquier otro asunto; el peso de Arabia Saudí en la Liga Árabe es casi absoluto y el Gobierno egipcio concentra sus esfuerzos en exportar energía a Israel y en neutralizar la efervescencia yihadista en la península del Sinaí.

Por eso resultan tan poco convincentes comentarios como los publicados por el periódico egipcio Al Ahram, tan cercano al poder, cuando reclama una reacción contundente si Donald Trump decide cambiar la embajada de ciudad. Porque una vez más, y ya son muchas, se impone la sensación de que el conflicto árabe-israelí es cada día más un conflicto palestino-israelí, un problema local que incomoda a los gobernantes árabes más influyentes. Frente al desafío del Estado Islámico, a la difusión cada vez mayor de la mitología del martirio en defensa del islam, a la influencia en ascenso de Irán en el desarrollo de la guerra en Siria, las reivindicaciones palestinas no merecen más que frases de aliño sin mayores consecuencias. Disfruten o no tales reivindicaciones del apoyo de la comunidad internacional, que lo tienen, y a pesar de fundamentarse en derechos indiscutibles, como asimismo sucede.

Erdogan saca partido

El estado de emergencia decretado el jueves por el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, no hace más que oficializar la atmósfera que se respira en el país desde el día 15, cuando fracasó un extraño golpe de Estado dado por uno de los ejércitos más entrenado y expeditivo de la OTAN. Pareciera que el cuartelazo se convirtió en horas 24, o acaso menos, en la ocasión propicia para que Erdogan pudiese llevar a la práctica su programa máximo, aquel destinado a neutralizar a todos sus adversarios –reales o presentidos– y a rediseñar el Estado de acuerdo con criterios autoritarios, de culto a la personalidad y de elusión de los derechos humanos. Nunca transmitió Erdogan la imagen o las convicciones de un demócrata sin reservas, pero a partir de aquella noche de sobresaltos, más que en ningún otro momento de su carrera, justifica toda clase de desconfianzas dentro y fuera de Turquía.

Nada de lo sucedido desde que los uniformados regresaron a los cuarteles y Erdogan aterrizó en el aeropuerto de Estambul para hacerse cargo de la situación tiene el empaque y las formas de los golpes clásicos, sino más bien de las chapuzas convenientes para que alguien o algunos –el presidente, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, los añorantes del legado otomano– dispongan de un pretexto para llevar a cabo una rectificación acelerada de la historia. Se trata de una perversión política nada original y a menudo eficaz que, en el caso turco, pone en duda la viabilidad del islamismo político como alternativa de gobierno libre de toda sospecha. Más exactamente obliga a dudar de su validez democrática al comportarse como un motor de depuración política que persigue despojar al Estado de cuanto no se ajusta a los designios de sus gestores.

La sensación de que el concepto erdoganiano de democracia se resume en un cheque en blanco que se entrega a los vencedores de las elecciones después de lograr la mayoría absoluta y en que, hasta la siguiente elección, nadie puede impugnar su comportamiento, resulta tan inquietante como cercana a la realidad a la vista de los mecanismos de depuración política puestos en marcha en el Ejército, la judicatura, la carrera fiscal, el sector educativo, los medios de comunicación y diferentes ámbitos políticos, especialmente aquellos que engloban al nacionalismo kurdo (sin armas) y a los seguidores del clérigo Fetullah Gülen, exiliado en Estados Unidos.

Todas las referencias que el Gobierno turco hace de este personaje recuerdan las técnicas de construcción de un enemigo identificable para invocar el derecho a la defensa cuando no el recurso a la violencia, pero resulta tan enigmática la eventual relación de Gülen con el golpe como su capacidad para dirigir desde tan lejos una trama encaminada a apartar a los islamistas del poder. Nadie pone en duda el derecho que asiste al Gobierno turco de poner en marcha la maquinaria judicial para depurar responsabilidades a través de tribunales independientes; lo que los aliados de Turquía estiman inaceptable es que ese golpe indescifrable sea la excusa o el pretexto para estimular una represión sin límites ni garantías que incluirá, quizá, la reinstauración de la pena de muerte.

Si esta ha de ser la evolución del modelo turco, invocado hasta ahora por algunos teóricos del islamismo político como ejemplo a seguir, entonces el proceso resulta doblemente decepcionante. Cuantos pensaron, con razón o sin ella, que el islamismo moderado podía desempeñar en las sociedades musulmanas un papel equiparable al de la democracia cristiana europea, aunque no igual o similar, sienten hoy que Erdogan ha cercenado este camino. Porque la mezcla de conservadurismo sin exageraciones, inquietudes sociales y respeto por las reglas de la democracia representativa da la sensación de que queda bastante lejos de la vía turca y, en cambio, se asienta en ella un totalitarismo encubierto por la celebración regular de elecciones que, según vaya todo, pueden adquirir el papel de consultas plebiscitarias.

El periódico The New York Times recogió en su edición del 18 de julio un interesante estudio sobre los riesgos de golpe de Estado, realizado por Jay Ulfelder, un analista que durante un tiempo trabajó para la CIA. El trabajo de Ulfelder, tan discutible como metodológicamente riguroso, sitúa a Turquía en el puesto 56º entre 160 países en el apartado de posibilidades de sufrir un golpe de Estado, equivalentes a una estimación del 2,5% de que tal suceso se produzca. Esto es, resulta muy improbable que se registre un golpe y, lo que es más importante, no se dan en Turquía las condiciones clave para que se concrete un levantamiento contra el Gobierno. La información del Times se titula Turquía: un candidato improbable a un golpe de Estado improbable, y contiene la siguiente afirmación: “En retrospectiva, el golpe parecía tan condenado al fracaso que solo surgen más preguntas. Aún no está claro qué provocó el intento, quién lo lideró y por qué pensaron que tenían suficientes posibilidades de éxito como para arriesgar sus vidas”.

No hay respuestas verosímiles para despejar estas tres incógnitas esenciales. Ni siquiera vale la suposición de que midieron mal sus fuerzas algunos generales, herederos de la tradición constitucional turca, que otorga al Ejército la misión de tutelar el carácter laico del Estado, porque también forma parte de la tradición del generalato turco encabezar asonadas en las que todo está previsto, incluido el éxito de la operación. Y aún vale menos creer que una parte de las Fuerzas Armadas confío en que arrastraría al resto a la aventura en el seno de una sociedad dividida entre el legado europeizante de Mustafá Kemal Ataturk y el recuerdo del sultanato, de la sublime puerta como principio y fin de todo (política, religión, derecho, vida cotidiana).

El proceso de islamización a toda máquina de las convenciones políticas en Turquía, criticado por la Unión Europea y Estados Unidos casi siempre con la boca pequeña, quizá haya llevado a una situación imposible. Para los europeos, porque precisan a los gobernantes turcos para externalizar la gestión de la crisis de los refugiados; para Estados Unidos, porque el Ejército turco es una pieza clave en el dispositivo de seguridad de la OTAN en el sudeste de Europa y a las puertas de Siria. Los recordatorios de la cancillera alemana, Angela Merkel, y del secretario de Estado, John Kerry, sobre la necesidad de que Erdogan respete las reglas básicas del juego democrático son al mismo tiempo un síntoma inequívoco de que el clima de excepcionalidad arrastra a Turquía hacia un territorio desconocido, a medio camino entre la política de balcón y un nacionalismo incontinente, al que la propaganda islamista quiere adjudicar un carácter trascendente a través de su impregnación religiosa.

Surgen así, una vez más, las preguntas que de una u otra forma aparecen en todos los debates: ¿es posible garantizar la pervivencia del Estado de derecho en una democracia islamista?, ¿es posible poner a salvo la neutralidad de las instituciones cuando los islamistas llegan al poder?, ¿puede sobrevivir el Estado laico en una sociedad mayoritariamente musulmana, gobernada por un partido confesional? En definitiva, el modelo tunecino, una democracia sin calificativos, ¿tiende a ser una excepción en el orbe musulmán? Entendido el comportamiento de Erdogan como una respuesta a estas preguntas, el futuro induce a la intranquilidad, a vislumbrar una decantación del islamismo político hacia versiones reñidas con el pluralismo sin cortapisas y el libre examen, requisitos ineludibles de la democracia.

 

Demasiado frágil para Siria

El frágil acuerdo alcanzado el jueves en Múnich por Estados Unidos y Rusia para que callen las armas cuando el compromiso cumpla una semana (la madrugada del día 19) resulta tan prometedor a primera vista como de aplicación improbable si se analiza detenidamente. Aunque la prioridad compartida por el secretario de Estado, John Kerry, y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, es que los convoyes con ayuda tengan el paso expedito, ambos comparten también la necesidad de no conceder ninguna ventaja estratégica a sus adversarios y proteger a los aliados, un rompecabezas que se completa con la voluntad explícita de mantener el hostigamiento sobre el Estado Islámico y Al Nusra, la rama siria de Al Qaeda. Demasiados condicionantes para imaginar que, después del fracaso hace unos días de las negociaciones de Ginebra, es posible un alto el fuego, quizá imperfecto, pero que sería en cualquier caso mejor que la situación actual.

Un artículo escrito por el financiero George Soros aporta elementos adicionales que alimentan la desconfianza. Según él, es un error ver en Vladimir Putin un aliado potencial en la lucha contra el califato, pues lo que persigue el presidente ruso es contribuir a la desintegración de la UE mediante un agravamiento permanente de la crisis de los refugiados. Putin no contaba con esta herramienta, pero la aprovecha una vez que se la ha servido en bandeja la inoperancia de los europeos para afrontar el problema. “Es difícil entender por qué los líderes de EEUU y la UE aceptan la palabra de Putin en vez de juzgarlo por su comportamiento –añade Soros–. La única explicación que puedo encontrar es que los políticos democráticos buscan tranquilizar a sus opiniones públicas mostrando una imagen más favorable de la que justifica la realidad”.

El clima no es mucho mejor en el campo ruso. El profesor Serguei Karaganov, un analista prestigioso, estima que Occidente “nunca entendió que no podía plantear la política con Rusia como si fuese una nación vencida”. Después de la guerra fría, explica Karaganov, Rusia nunca creyó serlo, algo que estima que forma parte del carácter nacional. De ahí la condición de Putin de líder empeñado en restituir el orgullo a sus conciudadanos y en recuperar la influencia en los asuntos internacionales, ya sea con su comportamiento en Ucrania o con el apoyo dispensado al régimen de Bashar al Asad.

Hay en todo ello un factor de debilidad agravado por la ausencia de grandes estrategas y la primacía de los aspectos tácticos en la paz que precisa Siria. En Rusia, porque las decisiones políticas tienen que ver con las dificultades siempre en aumento causadas por las sanciones que pesan sobre su economía, la caída de los precios del petróleo y el riesgo de bancarrota en el 2017 a causa del pago de la deuda; en Estados Unidos, porque, en año electoral, la Casa Blanca debe evitar que los compromisos que adopte dañen la imagen del demócrata que finalmente aspire a sustituir a Barack Obama. Cuando las condiciones son estas y no otras más llevaderas, la gesticulación debe disipar toda sospecha de fragilidad o de concesión, un mal punto de partida para alcanzar un pacto sólido.

Todo está prendido con alfileres. Nada se dice en el acuerdo de Múnich acerca de la suspensión de los bombardeos rusos contra objetivos bastante alejados del territorio del Estado Islámico –Alepo, por ejemplo–, pero identificados por los generales sirios como cobijo de terroristas –en realidad, combatientes de la oposición–, ni se aclara tampoco cuáles se supone que son los límite del espacio yihadista. Es más, en el esfuerzo permanente de Bashar al Asad de poner a salvo su régimen a través de la construcción del perfil inquietante de un enemigo de Occidente que está en todas partes, el Estado Islámico, no conviene la demarcación del campo de actuación de este. Por decirlo de una forma compartida por muchos analistas: el ISIS es la amenaza que ha hecho del régimen sirio un mal menor, preferible siempre a una eventual victoria de los islamistas radicales en Siria.

En tales circunstancias, la protección de las víctimas se reduce a su más mínima expresión. Mientras tanto, el Centro Sirio de Investigación Política cifra en 470.000 los muertos causados por cinco años de guerra, dos millones de refugiados malviven en Turquía y no menos de 50.000 huidos de la carnicería de Alepo se agolpan en la frontera turca; mientras tanto, la UE presiona a Estados Unidos para que el alto el fuego acabe con el flujo incontenible de desplazados camino de Europa, que, a su vez, ha sometido a revisión una de sus señas de identidad: la libre circulación de personas. Porque detrás del complejo entramado de la crisis se esconde una tragedia humana de intensidad y dimensiones desconocidas desde el final de la segunda guerra mundial, un problema que divide a las sociedades, alarma a los gobiernos y ha puesto en la picota la idea misma de una europeidad sin complejos y sin fobias.

Ninguno de los instrumentos legales destinado a gestionar la crisis de los refugiados es eficaz y suficiente, los gobiernos se escudan en las exigencias de los ciudadanos de que se detenga la avalancha y una clase media empobrecida se opone a que los recién llegados colonicen el mercado de trabajo con salarios a la baja. Las voces de quienes defienden que los refugiados pueden ser a la larga una aportación positiva al dinamismo social en comunidades envejecidas quedan silenciadas por la ruidosa reclamación de los euroescépticos, de la extrema derecha y de diferentes modalidades de populismo conservador que ven en el europeísmo una amenaza para las viejas naciones.

Pasado el efecto de la llamada por Sami Naïr “emoción mediática”, la crisis de los refugiados se ha convertido en un elemento debilitador de la cohesión europea –uno más– y en un factor a disposición de cuantos ven en la guerra de Siria un conflicto global con diferentes aplicaciones, todas ellas encaminadas a mantener la sangría antes que a lograr alguna forma de tregua con futuro. La simple enumeración de los países que dicen tener intereses en juego en el campo de batalla sirio, de Turquía a Irán, de China a Arabia Saudí, de los combatientes de Hizbulá a los peshmergas del Kurdistán, además del consabido pulso ruso-estadounidense, justifica que las dudas sean siempre más que las certidumbres, a propósito del acuerdo de Múnich o de cualquier otra iniciativa destinada a detener la tragedia. Ni siquiera es de aplicación en el desolado paisaje sirio la estrategia de los “arreglos parciales” para los problemas europeos, defendida por el profesor Timothy Garton Ash.

Poco cabe esperar cuando ni siquiera hay coincidencia en poner un nombre al acuerdo alcanzado –¿cese de las hostilidades, alto el fuego, una pausa?, expresiones utilizadas por Kerry y Lavrov para referirse a lo pactado–, y todo queda enturbiado con un genérico “final de la actividad hostil”. No hace falta ser un pesimista incorregible para concluir que esto es bastante menos que la cirugía de urgencia que reclama la enfermedad para contener la hemorragia, para evitar que el conflicto de Siria se convierta en una guerra crónica que ponga a prueba la viabilidad del proyecto político de la UE, falto siempre de una definición clara, precisa y concluyente.

El juego de Putin

La complejidad de la crisis siria ha subido un punto más en su particular escala de Richter a raíz de la intervención directa de la aviación rusa en los bombardeos contra enclaves de la oposición al régimen de Bashar el Asad más que contra las del Estado Islámico, según muy solventes indicios. Mientras Rusia defiende su derecho a apoyar un régimen elegido democráticamente, según el muy previsible articulista de Pravda Timothy Bancroft-Hinchey, cunde la alarma en Occidente por el riesgo de un incidente entre aviones rusos y estadounidenses sobrevolando un mismo espacio aéreo, y aún más por el apoyo explícito dispensado en el campo de batalla por Rusia al presidente sirio. Un apuntalamiento o protección de la autocracia de El Asad que lleva inexorablemente a aceptar como única hipótesis viable para detener la matanza la participación del presidente en cualquier negociación política.

Cuando al menos en una ocasión se ha podido confirmar que las bombas rusas cayeron sobre un grupo entrenado por la CIA, cuando se han puesto en marcha obras de ampliación de la base rusa de Tartus, en la costa siria, y cuando Vladimir Putin defiende la conveniencia de una actuación preventiva “para luchar y destruir militantes y terroristas sobre el terreno dispuestos a ocuparlo”, sin especificar de quiénes se trata, no es muy difícil imaginar que el presidente de Rusia ha cogido su fusil con el debido cuidado de no provocar un enfrentamiento directo con Estados Unidos y sus aliados, pero también sin especial disposición a atender los argumentos de François Hollande y Angela Merkel para que los ataques se circunscriban a las bases del Estado Islámico. Hay en todo ello cierta lógica heredada de la guerra fría, pero también la reparación o compensación de la marginación de Rusia por la OTAN a raíz de la intervención en Libia, cuando Putin era primer ministro y Dmitri Medvédev, presidente (a partir del 2012 se intercambiaron los papeles). Asoma en la crisis el propósito ruso de no quedar fuera de la solución política siria y, de forma más amplia, de la maraña de influencias en Oriente Próximo.

Un largo informe colgado en la web estadounidense Politico.com desarrolla la idea de que la estrategia rusa obedece al convencimiento de Putin de que fue un gran error la actitud de Rusia en el 2011 al abstenerse en el Consejo de Seguridad de la ONU y dejar las manos libres a la OTAN en Libia. Pero obedece también, asegura el medio,  a una pugna por el poder en el interior del Kremlin entre sus dos hombres fuertes, el propio Putin y Medvédev, comprometido el primero en restablecer la influencia de Rusia mediante dosis intensivas de nacionalismo radical y empeñado el segundo en adecuar la política rusa a la capacidad de resistencia de su economía, baqueteada por las sanciones occidentales a raíz de la crisis ucraniana. Se dé o no esa disputa, lo cierto es que el compromiso ruso con El Asad prefigura objetivos políticos muy diferentes a los del 2011, después de que Medvédev negociara un nuevo acuerdo nuclear con Barack Obama, aprobado por la Duma y es de suponer que bendecido por Putin.

Para David F. Gordon, especialista en seguridad, Putin entiende que la situación en Siria es una gran oportunidad geopolítica para mitigar los efectos de la debilidad económica causada por la caída de los precios en el mercado de la energía y por las sanciones. Más que una pelea entre los hombres fuertes del establishment ruso, Gordon sostiene en Foreign Affairs que el comportamiento de Putin responde a su convencimiento de que puede sacar partido al fracaso estadounidense para detener al Estado Islámico, encontrar una solución política para Siria y, acto seguido, resolver la crisis de refugiados en Europa. “Putin es un oportunista que trata de aumentar la influencia rusa en Oriente Próximo y, al mismo tiempo, proyecta la imagen del Kremlin en el mundo, y especialmente en Europa, como parte esencial de la solución a los problemas”, escribe Gordon.

Resulta más difícil descifrar de qué hablaron Obama y Putin en Nueva York para que un día más tarde Estados Unidos mostrara su sorpresa por el inicio de los bombardeos rusos, como si el asunto no hubiese formado parte de la conversación. Los aires de sorpresa del secretario de Defensa, Ashton B. Carter, al recordar que algunos de los grupos de oposición bombardeados “están apoyados por Estados Unidos y es necesario que formen parte de una solución política en Siria”, parecen fruto del desconcierto, pues el apoyo ruso al régimen sirio ha pasado de la retórica y los suministros a la implicación directa. Es decir, a través de la política de hechos consumados la situación ha evolucionado hacia una mayor complejidad; no se trata solo de salvar el régimen de Bashar el Asad, sino de convertirlo en la pieza clave en el tablero de Oriente Próximo.

La sorpresa y el desconcierto se agrandan en la medida en que, al mismo tiempo que el Pentágono denuesta los bombardeos rusos, el Departamento de Estado se entrega a la diplomacia directa, y John Kerry se presta a discutir el problema con el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov. ¿Síntomas de debilidad o necesidad acuciante? Charles Krauthammer, analista de The Washington Post, se inclina por el retroceso de Estados Unidos en el escenario de referencia, parte del convencimiento de que cuando Obama llegó a la Casa Blanca, “Estados Unidos había emergido como el actor regional dominante” en Oriente Próximo, para lamentar acto seguido: “El último domingo, Irak anunció el establecimiento de una alianza con Irán, Siria y Rusia, símbolo de la nueva alianza del creciente chií (…) bajo el paraguas de Rusia, la potencia regional hegemónica ascendente”. Un análisis que comparte la creencia de los gabinetes de estrategia que ven en la retirada estadounidense de Oriente Medio el primer mojón del camino que conduce directamente a la intensificación de la guerra fría no declarada en el golfo Pérsico entre el mundo suní, encabezado por Arabia Saudí, y el chií, pilotado por la teocracia de los ayatolás.

Nadie pensó al inicio de la guerra civil de Siria, hace cuatro años, que un dictador desprestigiado y sanguinario, a pesar del apoyo ruso e iraní, pudiese sobrevivir a la presión internacional y a las matanzas obscenas. Nadie apostó por un asentamiento del Estado Islámico como factor determinante en la crisis. Por el contrario, fueron mayoría los que creyeron que la vesania de El Asad cavaría su tumba. Todo ha sucedido al revés: el presidente sirio se ha convertido en la alternativa soportable y preferible al Estado Islámico (al menos para Occidente) y, en cambio, sus adversarios políticos, organizados bajo diferentes nombres, han sucumbido a la realpolitik y a la habilidad de Rusia para sacar partido a la indecisión de Estados Unidos y sus aliados. Si Putin no ha tomado la iniciativa, al menos ha igualado el compromiso de Occidente en el campo de batalla y ha hecho de Siria, quizá, la moneda de cambio para afrontar otras crisis o atenuar por lo menos los efectos de la interferencia rusa en Ucrania. Este parece el juego.

El proceso de paz que nunca existió

“Es una cuestión psicológica y emocional que los palestinos sientan que están unidos”

(Ziad Abú Amr, viceprimer ministro de la Autoridad Palestina)

El acuerdo alcanzado el miércoles entre la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y Hamás para constituir un Gobierno de tecnócratas encabezado por Mahmud Abás, presidente de la Autoridad Palestina, ha permitido prender por unos instantes la llama de la unidad en Cisjordania y Gaza, mientras los gobiernos de Israel (mucho) y de Estados Unidos (no tanto) se rasgaban las vestiduras. Pero si acuden al archivo, los adversarios irreconciliables han de serenar los ánimos de inmediato: los palestinos, porque darán con la frustración que siguió a los acuerdos del 2011 en El Cairo y del 2013 en Doha, cuya aplicación práctica nunca se produjo; los israelíes, porque no perdieron ni un milímetro de territorio ocupado, sino que, sin mayores inconvenientes, aumentaron la construcción de asentamientos en Cisjordania hasta superar de muy largo la cifra de 300.000 colonos.

De forma que esta vez nada induce a ser más optimista que las ocasiones anteriores en el largo y confuso relato de la división palestina ni a achacar al acuerdo interpalestino el fracaso de las negociaciones de paz entabladas por la Autoridad Palestina e Israel, que debían traducirse en algo tangible el día 29. Habida cuenta de que los mismos enemigos íntimos que fueron incapaces de evitar la división palestina en el bienio 2006-2007 son los que ahora dicen haberse puesto de acuerdo, y de que sigue en manos del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, la posibilidad de autorizar nuevos asentamientos, pudiera ser que todo quedara en un castillo de fuegos artificiales sin más recorrido. Resulta tan aventurado confiar en que de aquí a un máximo de cinco semanas Abás habrá logrado formar un Gobierno de técnicos sin compromisos políticos, como vislumbrar tal contención en el campo islamista que sea imposible la presión de la Yihad Islámica (muy radical) sobre Hamás (radical, pero no tanto); resulta tan poco imaginable que Estados Unidos, pasado el disgusto, controle los biorritmos del Gobierno israelí, como que este se resista a autorizar nuevos asentamientos. Más parece todo condenado al estancamiento y la ruptura después de que Netanyahu decidiera suspender la sesión negociadora con los palestinos prevista para el jueves, mientras la aviación israelí bombardeaba el norte de la franja de Gaza y la Yihad lanzaba dos cohetes contra territorio israelí.

Las prisas que pueda tener el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, por pasar a la historia como el forjador de un acuerdo global del mundo árabe con Israel después de dar una salida al agravio palestino no deben separarse del precedente de julio del 2000: entonces, el presidente Bill Clinton reunió a Yasir Arafat y Ehud Barak en Camp David sin otro resultado apreciable, dos meses después, que el estallido de la segunda Intifada después de la provocativa visita de Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén. A lo que debe sumarse que la tradición política en Estados Unidos adjudica una considerable debilidad a la figura del presidente durante la recta final de su segundo mandato, cuando se le cuelga la etiqueta de pato cojo (lame duck). Esta será la situación de Obama después de noviembre, cuando se celebrarán elecciones legislativas –renovación de la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado–, agravada a partir de la segunda mitad del 2015 por la cercanía de las primarias, durante las cuales, como de costumbre, el presidente saliente apenas podrá contar con los suyos, enfrascados en la pugna política para sucederle sin asumir compromisos ni excesivos ni concretos.

Aun así, como ha publicado el periódico beirutí L’Orient le Jour, de perfil progresista, “los dos mejores enemigos no podrán nunca prescindir de los buenos oficios del viejo Tío Sam”. Sobre todo, los palestinos, cuya causa se diluiría por completo en la política de hechos consumados de Israel, la duda existencial de muchos dirigentes árabes a raíz de las primaveras y la incapacidad de la Unión Europea de ser un actor político determinante en Oriente Próximo. Incluso con la firma de Hamás en el acuerdo interpalestino, que incomoda a la Casa Blanca, la implicación de Estados Unidos es imprescindible para que algo se mueva, aunque de cara al exterior prevalezca la consideración de que Hamás es una organización terrorista con la que no cabe llegar a pacto alguno. ¿O acaso no es tan obscena como la propaganda de Hamás y las declaraciones de Ismail Haniyá la multiplicación de asentamientos autorizados por el Gobierno israelí a pesar de las indicaciones de Estados Unidos? ¿O no perjudica la lógica de una negociación política que Netanyahu haya dejado sin efecto la liberación de 106 presos palestinos?

Más allá de los eslóganes publicitarios –“Abás debe decidir si busca la paz con Israel o con Hamás” (Netanyahu); “[el acuerdo] no es malo para ambas partes, es malo para el proceso de paz” (Shimrit Meir, analista israelí)– y de la posibilidad de que el diario israelí Maariv lleve razón al considerar el pacto palestino “una simple estratagema de relaciones públicas”, aquello que realmente cuenta es que solo una de las partes está en condiciones de actuar de facto y que la otra ve que la solución de los dos estados se aleja un poco más con cada nuevo asentamiento. La profesora Patricia DeGennaro, del World Policy Institute, lo ha explicado de la siguiente manera en el canal Al Jazira America: “Seamos realistas: los asentamientos son un grave problema. Crecen cada año. Aumentan cada vez que hay un proceso de paz. Así que constituyen un contencioso. Son también una forma de imponer la solución de un solo Estado”. El análisis de DeGennaro se asemeja a la descripción de una partida con todas las cartas marcadas.

El primer ministro de Israel está lejos de correr el peligro de que alguien le mueva la silla para acelerar un acuerdo con los palestinos y, además, dispone de información solvente recogida por el Ministerio de Asuntos Exteriores, a cargo del ultra Avigdor Lieberman, que da por descontado que difícilmente se prolongará por mucho tiempo el modus vivendi entre Al Fatá, la principal organización integrada en la OLP, y Hamás, según ha aparecido publicado en las páginas del diario progresista israelí Haaretz. Netanyahu no tiene ninguna necesidad de ocupar su tiempo en sopesar una vez más las ventajas y los inconvenientes del principio general resumido en la expresión paz por territorios: le basta con dejar que corra el tiempo, que llegue el día 29 sin novedades y luego se imponga la realidad de la floración imparable de asentamientos hasta que carezca de sentido considerar la posibilidad de que bien vale la pena perder algunos kilómetros cuadrados a cambio de una paz segura.

Un informe difundido en marzo por el International Crisis Group, referido a la situación en Gaza, afirma lo que sigue: “Aunque ninguna de las partes quiere luchar, tampoco tiene intención de presionar por la paz. Ambas partes están convencidas de que está próxima una ronda de negociaciones y no darán ningún paso que entrañe desventajas militares”. Es otra forma de decir que todas las cartas están marcadas y que ni el Gobierno de Israel ni Hamás harán un solo movimiento que proyecte una imagen de debilidad. Porque, si así lo hacen, son conscientes de que sus competidores pescarán en los caladeros de los decepcionados con la condescendencia de los líderes. Por eso son verosímiles las cábalas acerca de una casi imposible concreción del acuerdo interpalestino que haga posible en lo que queda de año la consolidación de un Gobierno unitario, la convocatoria de legislativas y la elección de un presidente. Logrado todo ello sin que, más que probablemente, la negociación con Israel haya avanzado un ápice, según es fácil deducir de lo sucedido hasta ahora, con el secretario de Estado, John Kerry, desbordado todos los días por la frenética actividad de los constructores de viviendas en Cisjordania, impugnación sobre el terreno del proceso de paz que quizá nunca existió.

Siria, condenada a un empate sangriento

Ni siquiera el temor de la CIA a que Al Qaeda transforme una parte de Siria en una base operativa para organizar ataques contra Occidente parece motivo suficiente para que Estados Unidos y los países europeos busquen la forma de sofocar la guerra civil, que en marzo cumplió tres años. El desmantelamiento del arsenal químico del presidente Bashar el Asad contenta a quienes piensan que es mejor soportar una guerra de baja intensidad, a tenor de los informes redactados por los gabinetes de análisis, que comprometer el futuro con negociaciones inciertas que legitimen a una oposición colonizada por el yihadismo. Y eso a pesar de que la cifra de muertos –unos 160.000– crece sin cesar y la de desplazados –más de cuatro millones– galopa a lomos de la pasividad de la comunidad internacional y de las advertencias acerca de la capacidad de contaminación de la guerra a Líbano y a otros países del vecindario.

En febrero de hace dos años, al ver la luz el primer Bloglobal, cuando los muertos eran 20.000 y los desplazados eran quizá menos de un millón, Abdel Bari Atuan, editor del diario en árabe Al Quds al Arabi, que se imprime en Londres, advertía: “El conflicto sectario en Siria puede extenderse más allá de sus fronteras y al resto de la región; en el peor escenario, vemos posible un regreso a la guerra fría, alineando posiciones en la chia –la comunidad chií–, respaldada por Rusia y China, contra los países sunís, apoyados por Occidente”. Al llegar al Bloglobal número 100, aquellos presagios no solo se cumplen, sino que se agravan con la contribución de Al Qaeda y sus franquicias, dirigida a adueñarse de la estrategia de la oposición para disponer de una base de operaciones estable, según el director de CIA, John O. Brennan.

Aquello que empezó siendo una derivada de las primaveras árabes ofrece hoy el sombrío aspecto de una guerra sin fecha de vencimiento en la que los intereses en juego han dejado a su suerte a la población que la sufre en carne propia. El último informe de las Naciones Unidas, fechado en marzo, no deja lugar a dudas en cuanto a la violación sistemática de los derechos humanos por parte de ambos bandos, pero en el ánimo de los países en mejor posición para contener la matanza pesa por encima de todo el miedo a perder el control sobre Siria al día siguiente de la liquidación del régimen de Asad. Un miedo alimentado todos los días por la división interna de la oposición reconocida por Estados Unidos y sus aliados, pero incapaz de transmitir la menor sensación de cohesión y confianza.

La seguridad del presidente sirio en que su sillón está lejos de zozobrar procede justamente de la falta de consistencia política de la oposición. La guerra ha dispensado a Asad de las obligaciones propias de su función –el Estado ha dejado de ser el ente prestador de servicios que se supone que debe ser– y las torpezas de la oposición, más incluso que el apoyo de Rusia, Irán, Hizbulá, China en menor medida y otros aliados, le ha liberado de la presión inicial de sus adversarios en el exterior. Como tantas veces en tantos conflictos, la dirección a distancia del combate contra Asad ha hecho que la lógica de la guerra desbordara la capacidad de gestión de la oposición moderada en beneficio de los combatientes sobre el terreno, parasitados por los yihadistas procedentes de Irak, Pakistán y otros puntos cardinales del orbe islámico donde la acción directa fue o está de permanente actualidad. Al final, a ojos de la Administración de Barack Obama y de los gobiernos de la UE más directamente vigilantes de la crisis –el Reino Unido y Francia–, la dictadura de Bashar el Asad ha tomado la forma de mal necesario, preferible en cualquier caso a que el mundo de Al Qaeda se haga con Siria, territorio limítrofe con Israel y con la OTAN (Turquía).

Esa opción por el mal necesario o el mal menor es a menudo objeto de furibundos ataques desde la derecha neoconservadora más desinhibida, pero la comunidad de inteligencia estadounidense, de tradición eminentemente conservadora, tiende a considerar el conflicto sirio como una crisis fuera de control que aconseja esperar y ver.  Aun así, publicaciones como The Weekly Standard, fundada por el muy conservador William Kristol, se afanan en atacar la “diplomacia dubitativa” de Obama con artículos como el publicado por Elliott Abrams en enero, compendio de reproches que alcanzan al secretario de Estado, John Kerry, y a los negociadores que a finales de verano aceptaron el compromiso sirio de desprenderse del arsenal químico para renunciar a actuar sobre el terreno. La famosa amenaza de Obama de entrar en acción si Asad traspasaba las líneas rojas del recurso a las armas químicas, se volvió contra la Casa Blanca, y desde entonces la derecha no ha dejado de resaltar la presunta debilidad del presidente.

Abrams, como el resto de conservadores, considera que Turquía y los árabes, sin el concurso de Estados Unidos, son incapaces de poner en pie un “programa coherente” para acabar con la guerra sin desviar la vista hacia alguno de los grupos vinculados a Al Qaeda. Una suposición precipitada, por no decir cargada de prejuicios, porque del rumbo fijado por los países árabes, con primavera o sin ella, se desprende que todo es posible, menos que se entreguen a un coqueteo imprudente con los herederos de Osama bin Laden. Es más, después de los acontecimientos de los últimos meses en Egipto, núcleo fundamental de la política árabe, ningún vaticinio sensato pasa por un gesto de comprensión del Ejército hacia el fundamentalismo islámico en cualquiera de sus diferentes manifestaciones.

Mientras la tragedia siria cumple su función de arma política para desgastar la figura de Obama y su Gobierno, se pasan por alto dos datos relevantes: la transformación de Siria en un Estado fallido y la aparición en el relato de la guerra de intereses económicos, vinculados a los contrincantes, que han tejido una red de complicidades insostenible fuera de la guerra, de acuerdo con el análisis del especialista Jihad Yazigi. Esta tupida trama, a la que la familia Asad no es ajena, es un obstáculo más para contener la guerra, y no habrá negociación futura que pueda soslayar su existencia porque, de hacerlo, será imposible articular una solución política duradera. Es más, la aniquilación de la economía convencional y el surgimiento de otra fragmentada, gestora de intereses asimismo fragmentados, contribuye a diluir lo poco que queda del Estado y lo suplanta de facto.

La coreografía diplomática representada el pasado 22 de enero en las conversaciones conocidas como Ginebra 2 –“espectáculo televisado de hipocresía” en feliz descripción del periodista Mateo Madridejos– se zanjó como un resumen elocuente de la disolución del Estado, de la capacidad de Asad de resistir, parapetado en sus aliados y protectores, y del debilitamiento de la oposición reconocida por Occidente que se cobija en la Coalición Nacional Siria. La realpolitik condena hoy a la sociedad siria a vivir en un impasse ensangrentado, en un callejón sin salida del que se ha adueñado la guerra, constituida esta en un sistema con su propia lógica interna, que se alimenta a sí mismo mediante la protección de los intereses de cada bando, al tiempo que las víctimas se ven obligadas a soportar las consecuencias de un empate histórico sin desenlace a la vista.

Siria, una tragedia sin límites

La primera víctima incruenta de la conferencia Ginebra 2 ha sido el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, obligado por Estados Unidos a retirar la invitación previamente cursada a Irán para que participara en las conversaciones. Desde el desaire sufrido en 1996 por Butros Butros-Ghali, cuya reelección al frente de los destinos de la ONU fue vetada por el presidente Bill Clinton, no se daba una situación de debilitamiento tan extremo de la dirección del organismo que en el plano puramente teórico tutela las relaciones internacionales. Prueba de las grandes dificultades que presenta detener la matanza en Siria y dar con el punto intermedio que haga posible, por lo menos, pasar del campo de batalla al encuentro entre adversarios. Prueba, asimismo, de los riesgos que contrae quien asume compromisos concretos en esa larga tragedia, que suma 130.000 muertos y varios millones de desplazados –las cifras se han desbocado–, además de transmitir al resto del mundo la impresión de que el desastre va para largo.

La ausencia de Irán de Ginebra 2 daña irremediablemente las de por sí escasísimas posibilidades de sacar algo en limpio de la coreografía diplomática. El deseo de la Casa Blanca de desvanecer toda sospecha de concomitancia con la diplomacia iraní, a la que con frecuencia se refieren los republicanos adscritos al Tea Party, ha hecho caer en el olvido el diagnóstico de Kofi Annan, cuando aceptó el encargo de mediar en la guerra de Siria: “Irán es un actor. Debería formar parte de la solución. Tiene influencia y no podemos ignorarlo”. En ese olvido voluntario ha pesado el reciente acuerdo sobre el programa nuclear de los ayatolás, atacado con parecida violencia por los neocons en Estados Unidos y por los halcones de Teherán, pero, al plegarse a esa realidad, el presidente Barack Obama ha renunciado a la eventual capacidad de persuasión del hábil Muhamad Javad Zarif, ministro iraní de Asuntos Exteriores, para atemperar los ímpetus belicistas de una parte del chiísmo radical.

La segunda víctima incruenta es el diplomático argelino Lajdar Brahimi, superado por la situación y atenazado en la misión que tiene encomendada a causa de la gestión del conflicto desde Estados Unidos y Rusia, de la división en las filas de la oposición siria, del pulso que mantienen las teocracias suní (Arabia Saudí) y chií (Irán) por la hegemonía en el Golfo, de la segunda vida de Al Qaeda, reactivada en Irak, y del temor muy extendido a que el conflicto sirio acabe contaminando toda la región si es que no lo ha hecho ya. Cuando Brahimi se acerca a la mesa de la conciliación para acercar posiciones lo hace sin más posibilidades de éxito que las ganas que tengan sus interlocutores de renunciar a la grandilocuencia. Una disposición infrecuente en el clima de invectivas cruzadas por el Gobierno de Bashar el Asad y las diferentes oposiciones que le hacen frente con desigual fortuna e influencia.

La situación de Brahimi es fiel reflejo de la división en la Liga Árabe, que se debate entre la implicación de Arabia Saudí y sus aliados del momento, más o menos dispuestos a seguirla, y el deseo de los países más alejados del conflicto de limitar los compromisos. Pero la situación de Brahimi explica también hasta qué punto pesa en la crisis siria la falta de sintonía entre Arabia Saudí y el equipo de Obama y el deseo expresado por el presidente de mantener alguna forma de equilibrio regional compartido por saudís e iranís. Eso es tanto como decir alguna forma de equilibrio entre sunís y chiís, del Mediterráneo oriental al Golfo, según el análisis del especialista Husein Ibish, con las dificultades inherentes a tejer una red de intereses comunes con una hebra árabe y otra que no lo es (Irán).

La tercera víctima incruenta es la oposición posibilista, reconocida por Occidente como representante legítima del pueblo sirio que se levantó contra el autócrata, pero extremamente debilitada por su incapacidad manifiesta para neutralizar sobre el terreno a los yihadistas. Esta oposición, con la que Occidente creyó poder desalojar del poder a Asad al precio de daños colaterales mínimos, está dirigida por figuras largo tiempo alejadas de Siria, poco representativas del argumento que se desarrolla en el interior del país, y no siempre capaces de ponerse de acuerdo para aplicar un programa a largo plazo de reconstrucción del país.

Que el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, declare que tener el derecho de dirigir un país no puede “proceder de la tortura, los barriles-bomba y los misiles Scud” tiene menos eficacia real para la oposición moderada que la determinación de Sergei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, de descartar “posiciones premeditadas” –el apartamiento de Asad del poder– en Ginebra 2. Porque mientras las palabras de Kerry apenas sirven para un titular de prensa, la actitud de Lavrov implica que el presidente sirio seguirá en el poder por un tiempo indeterminado, pero largo a todas luces. Y a continuación de Lavrov, con efectos prácticos no menos importantes, deben contabilizarse los apoyos externos que recibe Asad desde el chiísmo radical, empezando por la milicia libanesa de Hizbulá, presente en el teatro de operaciones sirio.

Todo eso debilita el posibilismo tanto como la determinación de las organizaciones yihadistas de oponerse a cualquier desenlace negociado del conflicto. “El futuro de Siria será decidido aquí, sobre el terreno, y firmado con la sangre de los frentes y no en conferencias vacías a las que acuden aquellos que no se representan ni a sí mismo”, ha manifestado Abú Omar, dirigente del Frente Islámico, un conglomerado de grupos “wahabís takfiris”, en expresión utilizada por la emisora de televisión Al Manar, que pertenece a Hizbulá. Detrás de las palabras de Omar alienta la estrategia defendida por Al Qaeda en el último mensaje de voz conocido de su máximo dirigente, Aymán al Zauahiri: que cesen los combates entre facciones rebeldes.

Los fundamentalistas saben que la guerra dentro de la guerra aligera la presión interna sobre Asad y las grandes potencias comparten esa opinión, pero mientras los primeros aspiran a imponer su enfoque de la crisis siria mediante la unidad de acción, las segundas entienden que mientras sean los islamistas los que dirigen la batalla, la guerra dentro de la guerra es un mal necesario. Es esta una de las pocas coincidencias de criterio de Estados Unidos y Rusia, cuya preocupación por el auge yihadista está en relación directa con sus propios problemas con el islamismo radical en Daguestán, Chechenia y otras regiones del Cáucaso, tal como explica en su web Brian Whitaker. El Gobierno ruso teme el contagio y que alguna franquicia de Al Qaeda arraigue dentro de sus fronteras en territorios de tradición musulmana, una razón más para que apoye a Asad, que se presenta ante la comunidad internacional como un luchador decidido contra el terrorismo global.

Cuando el rompecabezas es tan complicado, las esperanzas menguan a cada palabra dicha de más, a cada gesto abrupto que delata el desacuerdo profundo entre las partes, y, en la guerra de siria, los gestos abruptos se remontan a casi tres años atrás, cuando de la protesta popular se pasó a los combates esporádicos y de ahí, a la guerra civil, las armas químicas, la infiltración fundamentalista, las líneas rojas de Obama que dejaron de serlo y así sucesivamente hasta llegar a Ginebra 2. Hasta llegar a la aspiración tan sensata como tremendamente difícil de establecer un periodo transitorio en el que Gobierno y oposición compartan el poder, después de la salida de Asad, para pacificar el país, evitar que se convierta en un Estado fallido a las puertas de Israel y conjurar el riesgo de que toda la región padezca las consecuencias. Sería magnífico pensar que, por sensato, es posible el futuro así descrito, pero hay demasiados indicios para no creer que el rumbo que se sigue es muy otro.

 

 

 

 

China induce un nuevo statu quo

La profesora Margaret MacMillan, directora del St. Anthony’s College de la Universidad de Oxford, publicó el pasado fin de semana en The New York Times un ingenioso ensayo de paralelismos históricos entre las vísperas de la primera guerra mundial y las del año que se avecina, cuando se cumplirá un siglo del inicio de la que fue conocida como Gran Guerra hasta la matanza que se prolongó de 1939 a 1945. La sutileza de la analista, que comparte con Mark Twain la idea de que la historia “no se repite a sí misma, pero tiene rima”, encuentra en la rivalidad entre imperios –hace cien años, el Reino Unido y Alemania; hoy, Estados Unidos y China– el factor común que permite vislumbrar temores y atesorar esperanzas. Y cree adivinar en aquellos inicios del siglo XX rasgos propios de una globalización avant la lettre que lo mismo sirvió para alentar “localismos y nativismos” que para fundamentar los temores de Alemania de convertirse en una potencia sitiada por sus adversarios, un sentimiento que hoy experimenta el establishment político chino.

Artillería de campaña alemana en la primera guerra mundial.

Los sucesos acaecidos en el archipiélago Senkaku –Diaoyu para China–, a solo 70 kilómetros al noreste de Taiwan, con un doble valor económico –cantidades ingentes de petróleo y gas– y estratégico, han proyectado la imagen de una guerra fría de bolsillo entre las dos grandes potencias, aunque la disputa por la soberanía de los islotes deshabitados es entre China y Japón. En esta guerra fría posmoderna Japón desempeña el papel de aliado de Estados Unidos bajo riesgo; el aumento del gasto militar y el incremento de la capacidad naval china, el reservado otrora a la carrera de armamentos; y los cálculos relativos al deseo de China de desafiar a Estados Unidos y convertirse en una potencia en el Pacífico, el de las teorías de la escalada aplicadas a un entorno nuevo. O puede que no tan nuevo si se da marcha atrás en la historia y, como hace MacMillan, se recuerda que de la misma manera que las superpotencias de 1914, antes de sonar el primer disparo, se refirieron a la defensa de su honor, el secretario de Estado, John Kerry, ha invocado la credibilidad y el prestigio de Estados Unidos para movilizar a la flota en el mar de la China.

El trabajo de MacMillan advierte de los riesgos que se corren si, hechas las oportunas distinciones entre el hoy y el ayer, no se extraen lecciones “para construir un orden internacional estable”. Si no el mayor, sí es al menos el más común de los riesgos aceptar el principio según el cual, “gracias a nuestro progreso tecnológico, podemos emprender conflictos armados cortos y de impacto limitado” que reportan victorias decisivas. El desarrollo del conflicto en Afganistán, quizá en Irak, y en Siria con toda seguridad desmienten la efectividad de los conflictos bajo control, con la población a salvo de los males propios de la guerra. Algo parecido sucedió en 1914, cuando los generales creyeron disponer de las herramientas necesarias, pero luego la realidad de la guerra arrastró a la muerte a millones de jóvenes porque el alcance de las armas de teatro había pasado de 100 yardas en tiempos de Napoleón a 1.000, con el aumento consiguiente de su poder de devastación.

Las guerras de efectos limitados, incapaces de contaminar el entorno, son una entelequia elaborada por quienes difunden las teorías de la guerra sin más bajas que las precisas, siempre entre combatientes profesionales. En la práctica, la tecnología y los servicios de inteligencia no han eliminado los daños colaterales, los efectos secundarios y la desestabilización de áreas que exceden con mucho las delimitadas por los generales en los mapas. Y eso es de aplicación tanto en las guerras calientes como en las frías, de ahí que la disputa por las Senkaku-Diaoyu lo sea todo menos un problema menor o una crisis virtual.

Vista aérea del archipiélago de las Senkaku-Diaoyu.

El periodista Ian Buruma, profesor del Bard College, aporta los ingredientes esenciales para comprender los riesgos inherentes al conflicto: “China está en ascenso, Japón es una economía de capa caída y Corea se mantiene como una península dividida. Es natural que China intente restablecer el dominio histórico sobre la región. Y es natural que Japón esté nervioso por la posibilidad de convertirse en una especie de Estado vasallo (los coreanos están más acostumbrados a este papel vis-à-vis con China)”. Hay en todo ello resonancias de añejas rivalidades entre nacionalismos enfrentados a los que no se puede considerar parte del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, expresión acuñada por Sigmund Freud y recordada por MacMillan en su ensayo. Tampoco son nacionalismos construidos a toda prisa por “historiadores, lingüistas y folcloristas que estaban ocupados en crear historias de viejos y eternos enemigos”, según los define MacMillan al hablar de los de 1914, sino más bien otros muy distintos empapados de agravios históricos y tragedias irredentas perfectamente documentadas y a solo una o dos generaciones de distancia de la nuestra.

Para completar la competencia entre egos nacionales y rivalidades regionales, que un día pueden ser mundiales, debe citarse el programa de desarrollo militar de la India, que desde noviembre dispone de un segundo portaviones y aspira a disputar el liderazgo estratégico y económico a China, el gran adversario junto con Pakistán desde los días de la independencia. De forma que frente a quienes piensan que la pulsión aislacionista puede condicionar la diplomacia estadounidense en un futuro no muy lejano, asoman los que creen que la competencia entre China e India otorga a Estados Unidos el perfil de actor indispensable, por no decir de poder arbitral. Dicho en otras palabras: la mayor potencia de Occidente se mantiene como el gran poder global, aunque, como apunta MacMillan, “no es el poder absoluto que fue una vez”. Una afirmación por lo demás discutible, porque la supremacía tecnológica y el control de los flujos de información le garantizan una superioridad indiscutible.

Quizá esta sea la mayor diferencia en la asimetría de la rivalidad en la cuenca del Pacífico: China es una potencia en construcción; Estados Unidos ha sistematizado su influencia. La especialista Martine Bulard ha recogido en Le Monde Diplomatique los desafíos que debe afrontar el gigante asiático, según sus propios dirigentes: desarrollar la economía de mercado, las políticas democráticas, una sociedad armoniosa y una civilización ecológica. Este es un programa para más de doce años, fecha de vencimiento a partir de la cual, según los cálculos más difundidos, el PIB chino superará al estadounidense. Y es, también, un programa cargado de factores adversos habida cuenta del peso inconmensurable del Estado en la economía, del control de la burocracia del partido sobre el funcionamiento de las instituciones, de los peligros de la desigualdad social causada por un desarrollo galopante y de la permisividad de que disfruta la economía productiva.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el de China, Xi Jinping, durante su entrevista en Annenberg Retreat (California), el 8 de junio de este año.

Aun así, esta China en construcción se comporta cada día más como una referencia inexcusable de un nuevo mundo bipolar gracias a los excedentes de capital que maneja, su tendencia milenaria a contemplar el mundo desde el interior de su fortaleza y su confianza en la capacidad del partido para dirigir una sociedad disciplinada donde el dúmping social será aún posible durante mucho tiempo a causa de las bolsas de pobreza que surten de mano de obra barata al sector industrial. Decir que la buena salud de los negocios está por encima de todo no es ninguna exageración, sino la certificación de que su propósito es competir con su gran rival en todos los mercados para transformar su potencia económica en poder militar más temprano que tarde. Más todavía: en la última hornada de dirigentes chinos –el presidente Xi Jinping y su equipo– ha arraigado la idea de que el poder militar, instrumento indispensable del poder político, es una derivación directa del poder económico. La muerte por inanición de la Unión Soviética revela hasta qué punto operar en sentido contrario equivale a levantar un edificio sin cimientos.

El alma de historiadora de Margaret MacMillan lleva a la ensayista a preguntarse si es posible sacar conclusiones contemporáneas de los motivos que llevaron a Europa al campo de batalla en 1914; si es posible resistirse a la tentación de comparar las relaciones de Estados Unidos y China con las que mantuvieron el Reino Unido y Alemania antes de que el atentado de Sarajevo que costó la vida al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa (28 de junio de 1914) precipitara la guerra. Y, al hacerlo, se adentra por el camino de las rivalidades nacionales que enturbian los datos concretos de cada momento con la explotación de los sentimientos, un resorte poderoso, ajeno a la razón, tantas veces invocada por René Descartes para evitar estropicios: “Despréndete de todas las impresiones de los sentidos y de la imaginación, y no te fíes sino de la razón”.

¿Quién puede dudar de que el Partido Comunista Chino, sin necesidad de cambiar de nombre, se ha transformado en una organización nacionalista que es la columna vertebral del Estado? ¿Quién puede dudar de que el sentimiento nacionalista en Estados Unidos está a flor de piel? ¿Estamos en la antesala de una situación de riesgo? En marzo del año pasado, cuando Hu Jintao aún era presidente de China, el exsecretario de Estado Henry Kissinger escribió en su blog lo siguiente: “Aunque la capacidad militar absoluta de China no es formalmente comparable a la de Estados Unidos, Beijing posee la habilidad de plantear riesgos inaceptables en un conflicto con Washington y desarrolla instrumentos cada vez más sofisticados para negar la ventaja tradicional de Estados Unidos”. Aun así, Kissinger subrayó que los objetivos económicos de China atenúan los riesgos y las desavenencias con Estados Unidos no deben ir más allá del “funcionamiento habitual de la rivalidad entre las grandes potencias”. Con todo, cabe preguntarse: ¿cuál es la fecha de caducidad del nuevo statu quo?

Irán cambia el rumbo

Si se presta atención al enfoque que los analistas liberales de Estados Unidos dan a las ofertas de diálogo que el presidente de Irán, Hasán Rohani, dirige a la Casa Blanca desde muy poco después de su elección, no hay duda de que la república de los ayatolás ha cambiado el rumbo. Si se presta oídos a los matices difundidos por el sector duró de los clérigos de Teherán después de las declaraciones del presidente a una cadena de televisión y del discurso pronunciado ante la Asamblea General de la ONU, entonces se tiene la impresión de que estamos ante un gran artificio escénico consentido de mala gana por los halcones. Si, por último, se fija la vista en las necesidades inmediatas del régimen iraní, cabe llegar a la conclusión de que este precisa atenuar la tensión desencadenada por el programa nuclear defendido con entusiasmo por Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Rohani, y bendecido por el líder espiritual Alí Jamenei.

Un breve texto colgado por el analista Stephen M. Walt, profesor de la Universidad de Harvard, en su blog de la edición digital de Foreign Policy inclina la balanza a favor del último de los tres síes enunciados en el párrafo anterior: Rohani hace de la necesidad virtud y quiere aprovechar el momento para encontrar una salida honrosa y rentable al contencioso con Estados Unidos. En el bien entendido de que el presidente iraní no es un reformista encubierto ni cosa parecida, sino más bien un realista incrustado en el aparato de poder de la república islámica, educado en el dogma y en el dicterio antioccidental, pero que entiende que la presidencia de Mohamed Jatami (1997-2005), este sí, un reformista aclamado por los jóvenes y el mundo académico cuando llegó al poder, quedó trufada de frustraciones a causa de la movilización de las mezquitas, algo que metió al país en un callejón sin salida.

El presidente saliente, Mahmud Ahmadineyad, entrega al líder espiritual del regimen iraní, Alí Jamenei, los documentos que oficializan la elección de Hasán Rohani, en una ceremonia celebrada en Teherán el 3 de agosto.

Para abundar en la idea de que, en efecto, algo se mueve en Irán, Walt se remite a la distinción que establece el politólogo Robert Jervis, de la Universidad de Columbia, entre señales e indicios. Las primeras no tienen una “credibilidad inherente”; los segundos son “declaraciones o acciones que acarrean alguna prueba inherente de que la imagen proyectada es correcta”, cabe otorgarles un plus de credibilidad, por así decirlo. La percepción de Walt, que seguramente comparten los analistas más cercanos al presidente Barack Obama y al secretario de Estado, John Kerry, es que Rohani ha pasado de la fase de las señales a la de los indicios. Y le asisten razones de entidad para dar el paso:

  1. La capacidad de influir, llegado el caso, en la resolución de la crisis siria sin vincular su suerte a aquella que corran Bashar el Asad y su régimen.
  2. La necesidad de sanear la economía y animar el bazar en cuanto se avizore la fecha de caducidad de la política de sanciones desencadena por el programa nuclear.
  3. La convicción de que la república islámica debe procurarse un pasaporte de honorabilidad en el seno de la comunidad internacional para sacar más partido de sus inmensos recursos petrolíferos.
  4. La pretensión de abrirse camino para actuar como una potencia regional libre de sospecha en pugna con las monarquías sunís del Golfo.
  5. El propósito de alejar la imagen combativa de la república de los desafueros del fundamentalismo suní en armas (Al Qaeda y sus franquicias).

Desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 y, sobre todo, desde que el presidente George W. Bush incluyó a Irán en el eje del mal –discurso de 29 de enero del 2002–, el régimen iraní ha formado parte de un conglomerado informe que ha llevado a la opinión pública estadounidense a incluirlo en la lista de enemigos causantes de la tragedia o conformes con lo sucedido. Ni siquiera sirvió para desvanecer equívocos la comprobación empírica de que la clerecía gobernante puso el mayor interés en aclarar que nada tenía que ver con la estrategia de Al Qaeda, el régimen talibán que dio cobijo a Osama bin Laden y la dictadura de Sadam Husein, y cuando las centrifugadoras se pusieron en marcha para producir combustible nuclear, todo fue a peor. Desandar ese camino será difícil, largo y por momentos confuso, la operación suma un puñado de enemigos que prefieren el conflicto latente –Israel entre ellos– a la diplomacia imaginativa y debe aunar voluntades tan opuestas como el bando del Tea Party del Congreso de Estados Unidos y el bando intransigente del régimen iraní, compendio inextricable de poderes reales y paralelos, tutelado todo por los teólogos-juristas que se remiten a la interpretación del Corán (ijtihad).

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

E pur si muove. No solo por la histórica reunión del jueves de los responsables de las diplomacias estadounidense e iraní, la primera desde 1979, ni por la no menos histórica conversación telefónica del viernes de Obama y Rohani, sino porque son demasiado grandes para Irán los riesgos que comporta el aislamiento; es demasiado costoso sostener el esfuerzo de un programa nuclear –civil o militar– sin contrapartidas de ingresos seguras y continuadas –las exportaciones de petróleo sin cortapisas– para desahogar las finanzas. El cálculo inicial iraní de dotarse de un modesto arsenal nuclear para convertirse en una república inexpugnable, a imagen y semejanza de la lógica seguida por Corea del Norte con el beneplácito de China, resultó tan aventurado como desequilibrante porque puso el futuro en manos de la movilización de las masas para responder a las amenazas de intervención procedentes de Occidente. Y, al final, la movilización fue otra: fue la de la calle contra el pucherazo electoral de las presidenciales del 2009 la que dio carta de naturaleza al cambio relativo, pero cambio al fin, incubado en el seno de una parte relevante de la sociedad urbana iraní. Ese es el terreno de juego de Rohani.

El de Estados Unidos remite al deseo de la Casa Blanca de retirarse lentamente de Oriente Próximo y aledaños hasta donde lo permite la necesidad de garantizar la seguridad de Israel. Es este un factor directamente relacionado con los biorritmos iranís, con esa facilidad exhibida por Ahmadineyad para exasperar a los gobiernos israelís y ponerlos a un paso de la intervención encaminada a destruir los complejos industriales encargados de producir combustible nuclear; con esa agilidad del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, para arrastrar a Obama a un campo de minas que no quiere pisar. Las ruinosas experiencias militares y políticas en Afganistán e Irak han decantado hasta tal punto a la sociedad estadounidense a favor de la retirada estratégica del laberinto musulmán que el menor resquicio para hacerlo favorece los planes del presidente e impone la prudencia a cuantos piensan que compete a Estados Unidos ser una vez más el gendarme universal. De ahí nace la disposición de Obama a escuchar a Rohani y, dicho sea de paso, a gestionar la crisis siria con una mezcla de confusión, oportunismo y poquísimas dosis de finezza, condicionado todo el relato por el desprecio por el ser humano que comparten el régimen de Asad y una parte cada vez mayor de la oposición.

El periódico progresista israelí Haaretz entiende que, en este juego de insinuaciones, sería un error de la comunidad internacional y de la diplomacia de Netanyahu desoír la oferta de diálogo de Rohani. Es probable que, en general, se acojan las palabras del presidente iraní con disposición a escuchar, pero es impensable que el primer ministro israelí esté dispuesto a hacerlo porque ni sus votantes ni sus aliados en el Gobierno son partidarios de ello. Prefieren transitar por la maroma de la desconfianza y, a ser posible, condicionar en el futuro las decisiones de Estados Unidos, como lo han hecho en el pasado; prefieren andar por delante de los acontecimientos o, lo que es lo mismo, poner todos los obstáculos posibles al éxito de la operación, aunque sea a costa de suministrar argumentos a los más duros de Teherán.

Cuando Rohani ganó las elecciones en junio, el periódico Le Monde interpretó el resultado como una consecuencia del “descontento de los electores iranís con relación al balance catastrófico del presidente saliente”, de los ocho años de “crisis económica, de aislamiento y de confrontación con Occidente a causa del programa nuclear”. Ese es el capital con el que cuenta Rohani para sustituir el dogmatismo estéril de su antecesor por el realismo que haga posible una solución ad hoc. En caso contrario, el Golfo seguirá siendo el mar donde prevalecen la voluntad de las petromonarquías y la estrategia política diseñada por Al Jazira, música de fondo de la prédica suní frente a la chií. Y en ese conflicto político disfrazado de disputa religiosa, Israel prefiere la hegemonía de las casas reales, porque están adscritas a la estrategia general de Estados Unidos en la región.

 

 

Incertidumbres árabes a las puertas de Israel

Después de bombardear la instalación militar siria de Jamraya y de obtener la consabida comprensión de Estados Unidos, el Gobierno de Israel ha tomado la iniciativa antes de recibir a finales de mes a John Kerry, secretario de Estado. Este se propone respetar la simetría formal al entrevistarse con el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, y cruzar el muro de Cisjordania para hacer lo propio con el presidente palestino, Mahmud Abás. En la práctica, tal simetría no existe, pero es preciso simularla porque la guerra de Siria y la fractura política en Egipto configuran la periferia de Israel como un ecosistema propenso a la inestabilidad, condicionado por las incertidumbres árabes y por la aparición más o menos imprevista de nuevos actores como China.

La política israelí de hechos consumados incomoda a Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, la Casa Blanca se acerca inexorablemente al momento en el cual un presidente cree llegado el día de pasar a la historia por algún hecho notable antes de que su condición de pato cojo –los dos últimos años del segundo mandato– proyecte una imagen de debilidad. El precedente de las negociaciones de Camp David del verano del 2000 –Ehud Barak y Yasir Arafat–, que promovió Bill Clinton y acabaron sin resultado, son el ejemplo más socorrido de las urgencias de un presidente que persigue la gloria histórica urgido por la inexorable marcha del tiempo. Pero hay otro factor que opera a favor de los renovados esfuerzos de Estados Unidos en Oriente Próximo: su deseo de modular su compromiso en la región con la poco menos que total independencia energética que garantizan los últimos yacimientos descubiertos en territorio norteamericano.

Los riesgos que debe medir Barack Obama no son menores. El programa de asentamientos seguido por el Gobierno israelí en Cisjordania amenaza con hacer definitivamente inviable la solución de los dos estados en no más de dos años (Miguel Ángel Moratinos), una situación que invalidaría el posibilismo de la Autoridad Palestina. La guerra en Siria tiene un poder de contaminación que llega hasta la frontera de Israel mediante los milicianos de Hizbulá, asentados en el sur de Líbano. La crisis política y económica en Egipto desgasta el islamismo político y da alas al salafismo, alentado desde los púlpitos de las mezquitas y que atrae a las bases del Partido de la Libertad y la Justicia, la marca electoral de los Hermanos Musulmanes. De todas las rutas trazadas en ese laberinto, la única que Estados Unidos conoce como la palma de la mano es la que lleva a Jerusalén; para las otras carece de una guía de viaje fiable.

El diplomático canadiense Michel Duval, exembajador de su país en la ONU y en el Líbano, sostiene que no es posible encontrar una solución factible al caso sirio fuera del Consejo de Seguridad. Duval habla con conocimiento de causa cuando señala que Rusia y China se oponen a una intervención en Siria autorizada por las Naciones Unidas porque tienen muy presente lo sucedido en Libia, donde la OTAN “fue increíblemente más allá del mandato de la ONU”. Eso debilita a Lajdar Brahimi, el enviado especial despachado al conflicto por la comunidad internacional, porque “lleva dos sombreros incompatibles”, en palabras de Duval a La Presse, el gran periódico centrista de Montreal: el de la ONU, que aspira a la imparcialidad, y el de la Liga Árabe, que ha tomado partido por la oposición siria en armas. Habría que añadir que en la memoria colectiva de la Administración de Obama están muy vivas las desastrosas intervenciones en Afganistán e Irak, que desgastaron la imagen internacional de Estados Unidos y alimentaron las corrientes antioccidentales más radicales en el mundo árabe, incluido el frente yihadista.

Por si esas razones no fueran suficientes, hay una de orden práctico que respetan todas las cancillerías: carece de sentido político intervenir en Siria a cambio de nada. El apoyo que otorgan Rusia y China a Bashar el Asad es a cambio de algo –influencia en la región–; el de Irán está íntimamente relacionado con la praxis del chiismo en tierra hostil y en su pulso con el islam suní del Golfo, más el programa nuclear de la república islámica. La eventual implicación de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se produciría a cambio de muy poco y sería bastante mal recibida por la calle árabe, que vería la mano de Israel, seguramente con razón, en el compromiso de las potencias occidentales. Las mismas que encabezaron la intervención en Libia después de haber rehabilitado a Muamar Gadafi durante la primera década del siglo. Las mismas que, a falta de otros motivos, esgrimen el temor de que quienes con más atributos mueven los hilos de la oposición son los yihadistas curtidos en mil batallas, que se han adueñado de la dirección de las operaciones y son hoy tan sospechosos de recurrir a las armas químicas (Carla Del Ponte) como el Ejército de Asad.

En Egipto, los presagios no son mucho mejores. El Gobierno mantiene unas interminables negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener un préstamo de 4.800 millones de dólares que le permita tapar agujeros, pero el martes hubo una remodelación de Gobierno que incluyó, entre otros, el nombramiento de un nuevo ministro de Economía, Fayad Abdel Moneim, un perfecto desconocido especialista en finanzas islámicas. Mientras tanto, la inflación interanual supera el 8%, la libra egipcia se ha depreciado con respecto al dólar el 15% desde primeros de año y el Gobierno ha decidido recortar los subsidios a la energía, que representan un quinto del presupuesto. Se supone que esta y otras medidas futuras, como subir los impuestos sobre las ventas, persiguen el equilibrio fiscal y anticiparse al programa de austeridad que impondrá el FMI, pero los funcionarios de la organización se declaran desconcertados con los cambios de responsables políticos. “Cada vez que conocemos el comportamiento de un ministro, este desaparece”, le manifestaron representantes del FMI a Samir Raduan, primer ministro de Economía después de la caída de Hosni Mubarak, según recoge la edición digital en inglés del diario cairota Al Ahram.

En el baile de nombres desencadenado por el presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ven algunos la presión del ala menos política de los Hermanos Musulmanes, cuya influencia habría crecido a partir de la crisis de diciembre y el endurecimiento de la oposición. Es posible que se haya producido esa deriva de la Hermandad hacia el radicalismo, pero un especialista como Abdalá Schleifer, profesor emérito de la Universidad Americana de El Cairo, pone en duda que se haya producido una hermanización de Egipto, el diario Daily News Egypt destaca que solo un tercio de los ministros procede de la Hermandad y el profesor Shadi Hamid, director de investigación del Brookings Doha Center, concluye con una afirmación contundente un largo artículo en el último número de la revista Foreign Policy: “Las auténticas batallas ideológicas realmente aún no han empezado”.

Esas batallas venideras interesan directamente a los gobernantes israelís, que hasta la fecha han sorteado la inestabilidad egipcia mediante el acuerdo directo entre generales a un lado y otro de la frontera del Sinaí. Se trata de una solución inconcebible fuera de la militarización de los espíritus en Israel y de los privilegios hors catégorie de los que disfrutan los uniformados en Egipto, pero es una alternativa útil, razonablemente estable y de naturaleza técnica hasta donde cabe aplicar este adjetivo al cometido de militares profesionales, teóricamente sujetos a la política de seguridad diseñada por cada Gobierno. Al mismo tiempo, es una fórmula que puede quebrarse en la medida en que el enconamiento político en Egipto lleve a la mesa del Consejo de Ministros el disgusto de la calle árabe por la gestión del problema palestino, algo que por lo demás se percibe en la base de los Hermanos Musulmanes y en las redes sociales, caja de resonancia de una opinión pública disconforme.

Hasta que se consume el acuerdo con el FMI, la pugna entre las dos grandes ramas del islamismo político conocerá un crescendo lleno de riesgos. Tal como explica Hamid en su artículo, la Hermandad mantiene viva la discusión en cuanto a la prevalencia de la sharia como fuente de derecho, a diferencia del rumbo seguido por el partido Ennahda, que gobierna en Túnez, a pesar de su ideología asimismo islamista. Y está lejos de haber cerrado la discusión referida a cuál es el límite aceptable de las condiciones que impondrá el FMI, un factor de división que también se da en las filas de una oposición aglutinada en torno a la defensa de un Estado laico y bastante menos homogénea en cuanto atañe a la economía, el agravio palestino y las relaciones con los vecinos, así se trate de Israel o de las petromonarquías.

Todo esto importa a Israel y afecta a su estabilidad emocional, dañada todos los días por episodios simbólicos, pero de gran repercusión, como la decisión del físico Stephen Hawking de sumarse al boicot académico y no acudir a una conferencia en Jerusalén para protestar contra la política que el Gobierno de Netanyahu sigue con los palestinos. La efervescencia a las puertas de Israel, bastante fuera del control de sus aliados más sólidos, transita entre la institucionalización de la primavera egipcia y la escalada bélica siria, alienta a agitadores armados como Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que se declara dispuesto a ayudar a Siria para que reconquiste el Golán, y lleva a las opiniones públicas árabe e israelí a radicalizarse. Y en esta atmósfera enrarecida desde siempre por pasiones desbordadas, los partidarios de mantener los equilibrios tienen un margen de maniobra más estrecho a cada día que pasa, como si la única elección posible fuese entre lo malo y lo peor.