Trump, un líder para tiempos oscuros

Solo las encuestas de Los Angeles Times sin asomo de duda, el profesor Allan Lichtman, acertante invariable desde hace 32 años, y el documentalista Michael Moore el pasado mes de julio pronosticaron que el vencedor del 8 de noviembre sería Donald Trump. En el caso del periódico californiano, su muestra demostró ser la mejor de cuantas manejaron los medios para vislumbrar el futuro; en el del universitario volvió a funcionar su cuestionario de 13 preguntas; en el acierto de Moore se concretó el conocimiento profundo que tiene de su país, tan presente en Capitalismo: una historia de amor. La sorpresa de la madrugada del miércoles fue una impugnación sin precedentes en Estados Unidos acerca de la utilidad de los sondeos, pero fue también un baño de realismo social que hubieron de encajar a un tiempo todos los grandes medios informativos, salvo Fox News, favorable a Trump, la gran mayoría de la comunidad académica y los defensores de la teoría del mal menor, que debía allegar votos a Hillary Clinton, poco apreciada por sus conciudadanos, pero preferible siempre al candidato republicano. Pocos, como Moore, supieron medir la intensidad del mar de fondo que sacude a las sociedades occidentales y ha llegado con fuerza inusitada a las costas de Estados Unidos para teñir el mapa de la nación con el rojo característico de los republicanos a pesar de la división profunda del partido, un dato nada desdeñable.

Vio Moore cinco razones para la victoria futura de Trump:

  1. Las ‘mates’ del Medio Oeste o bienvenidos a nuestro ‘Brexit’ del cinturón de óxido. Fueron determinantes en la victoria de Trump los estados que en el pasado precisaron mano de obra intensiva en la gran industria: automóvil, acero, bienes de equipo y otros sectores.
  2. La última batalla del hombre blanco enojado. El voto del hombre blanco golpeado por la salida de la crisis y que afronta el futuro con una sensación de incertidumbre y vulnerabilidad cayó del lado de Trump, reforzado por el del 54% de las mujeres blancas.
  3. El problema Hillary Clinton. El perfil de una mujer preparada e inteligente, pero casi siempre distante y a menudo soberbia, tenida por la viva imagen del establishment en un ambiente poco propicio para las familias patricias y las élites políticas, señaladas por los estrategas de campaña de Trump como las responsables de todos los males de la nación. Una encuesta reveló que el 70% de los electores la consideran “mentirosa y deshonesta”.
  4. El voto deprimido de Bernie Sanders. Los seguidores del senador en las primarias se dividieron el martes entre los que hicieron un gran esfuerzo para optar por Clinton y los que prefirieron quedarse en su casa. Para estos últimos, careció de sentido la opción del mal menor.
  5. El efecto Jesse Ventura. Esto es, muchos de cuantos decidieron votar por Trump entendieron que la elección permitía enviar un mensaje de protesta contra sus victimarios o contra quienes creen que lo son, de la misma manera que la victoria en Minnesota del luchador Jesse Ventura en 1998, que fue elegido gobernador del estado, se interpretó como la consecuencia de un acto de rebeldía de la mayoría de votantes contra el establishment local.

Algo consustancial con los equilibrios sociales en los países occidentales se ha quebrado y no lo detectan las encuestas. Se respira una atmósfera de profunda contrariedad por el precio desorbitante de la salida de la crisis después de pagar un precio asimismo desorbitante cuando estalló –paro, recesión, inseguridad, fragmentación del mercado de trabajo, entre otras causas de desasosiego–; el pacto social de la posguerra ha saltado por los aires y la economía global da la impresión –acaso es más que una impresión– de que persigue solo la eficacia (la rentabilidad) y renuncia a la equidad. Mientras tanto, arraigan en sociedades castigas, envejecidas, desorientadas y sin grandes líderes la entera gama de prejuicios asociados a las crisis de identidad: racismo, xenofobia, islamofobia, miedo al otro, oposición a los flujos migratorios, proteccionismo y nacionalismo exacerbados y otras lacras propias de tiempos oscuros.

Es cierto que Trump carece de experiencia política, que no es un líder con la cultura cosmopolita y refinada que distingue a Clinton, pero ha demostrado poseer el instinto primario de un presentador de reality show que sabe echar sal a la herida para que salten las lágrimas cuando decae la audiencia. Trump hizo “una campaña que se parecía más al nacionalismo europeo que al conservadurismo estadounidense”, escribió uno de los cronistas de The New York Times al día siguiente de la elección, y ese fue un acierto suyo porque ajustó el mensaje a la reclamación perentoria de volver a las esencias, intuida en las filas de la baja clase media blanca, que no ha sacado partido del éxito macroeconómico de Barack Obama durante sus dos mandatos.

Ese enojo extremo, inductor de un voto oculto no detectado por las encuestas, no fue percibido por Clinton o no fue tenido en cuenta por su equipo de campaña. Lo que Clinton no entendió es el título del análisis electoral publicado por la escritora Kathleen Parker en The Washington Post. La idea central de Parker, y con ella la de muchos otros, es que la elección de 2016 se planteó como un referéndum sobre la herencia de Obama, y la candidata demócrata insistió en que ella era la depositaria del legado del presidente saliente. “La promesa de Clinton de continuar las políticas de Obama fue una agenda suicida –escribe Parker– para una mayoría de estadounidenses, especialmente para aquellos cuyas vidas no mejoraron durante la recuperación económica en los últimos ocho años”. Insistir en la preservación de la herencia recibida no era solo innecesario, sino que a la postre fue contraproducente.

Dicho de otra forma, la elección se planteó como “la batalla entre lo rural y lo urbano, entre quienes quieren dejar las cosas como están y quienes no forman parte de tal orden y quieren uno nuevo”, sostiene el analista Andrew Rosenthal. En ambos casos ganó Trump: en la llamada América profunda, por la sensación de que la tierra se mueve bajo sus pies sin que nadie haga nada; en los degradados paisajes urbanos del cinturón de óxido, porque el sueño americano –un eslogan o una ilusión– parece haberse desvanecido en la densa atmósfera de las nuevas tecnologías y de las finanzas globales, concentradas en los prósperos estados del noreste y en la costa del Pacífico. Basta contemplar el mapa político que ha dejado la elección de presidente para colegir que Clinton fue sobre todo la candidata de la nueva economía, de los nuevos empleos, de la sociedad posindustrial, y Trump fue en especial el líder proteccionista que quiere cambiar las reglas del juego, sin que se sepa, por lo demás, cómo y con quiénes piensa hacerlo sin poner a Wall Street en un grito.

Tampoco hay demasiadas pistas ciertas acerca de qué propósitos animan a Trump en otros campos, salvo las vaguedades difundidas durante la campaña. Solo algo es seguro: la mutación ideológica del republicanismo iniciada con la revolución conservadora de Ronald Reagan se ha consumado este último martes con una intensidad y en unos términos que solo los neocon muy convencidos, los ideólogos del Tea Party y los profetas de las nuevas iglesias evangélicas pudieron vislumbrar en el pasado. Ese partido de Donald Trump y Mike Pence es tan diferente del de John McCain y Mitt Romney, de Colin Powell y de George H. W. Bush, que se reflejan en él la división social, la fractura que atestigua el cómputo de votos populares –un empate técnico con unos miles de papeletas más para Clinton–, las protestas contra el vencedor que siguieron al escrutinio y esa alarma generalizada ante un personaje imprevisible, del todo desconocido, capaz hasta ahora de cualquier descortés inconveniencia sin que le tiemble la voz.

A cambio de no saber qué futuro deparará el relevo en la Casa Blanca, el populismo ultraconservador dispone desde el martes de un líder de referencia a escala planetaria. De Marine Le Pen a Vikton Orbán, por citar a dos entre muchos, la ultraderecha tiene un espejo donde mirarse, tiene una técnica electoral en la que inspirarse para porfiar en ese gran cambio en curso que desafía los usos democráticos, la convivencia entre diferentes, el mestizaje cultural y el recurso al pacto para no caer en el autoritarismo destemplado. Este parece ser el signo de estos días confusos: proveer de argumentos a la extrema derecha para que sume cada día nuevos adeptos a su causa, que no es la de la mayoría aunque sus líderes así lo venden. ¿O acaso Trump no es tan del establishment como Clinton, como todos los presidentes desde George Washington? Como ha dicho el escritor Richard Ford, pronto echaremos en falta a Obama.

Hillary Clinton, opción por defecto

La demagogia incontenible de Donald Trump ha transformado la carrera hacia la Casa Blanca en una extraña contienda. En un país dividido entre quienes fían su futuro en el populismo exacerbado del candidato republicano y cuantos prefieren cualquier cosa antes que a Trump, Hillary Clinton es para estos últimos la opción por defecto, mientras la abstención es un voto para Trump, asimismo por defecto, porque es un voto de menos para Clinton, que es la única que puede evitar que su oponente se siente en el Despacho Oval. Es esta una situación infrecuente, pero no del todo original, con precedentes sonados, como la movilización electoral en Francia, año 2002, en apoyo de Jacques Chirac para evitar que el ultra Jean-Marie Le Pen llegara al Eliseo, y guarda cierta semejanza con la segunda vuelta de las última elección presidencial en Perú, que dio la victoria a Pedro Pablo Kuczynski frente a Keiko Fujimori, hija del dictador encarcelado.

Aunque las comparaciones se tengan por odiosas y la sociedad estadounidense tiene poco que ver con la francesa y la peruana, en ambos casos lo menos malo se impuso a lo peor, a alguien que el electorado percibió mayoritariamente como la más indeseable de todas las alternativas posibles. Hillary Clinton no es la más cercana, accesible y simpática de las personalidades demócratas de los últimos decenios, es una veterana de la política, experta e inteligente, pero a menudo apabullante, y saca menos beneficios de lo esperado del hecho histórico de ser la primera mujer que aspira a la Casa Blanca en nombre de un gran partido. Pero, aun así, solo ella puede acabar con el inquietante experimento de Trump: política a brochazos, atención de los medios y exabruptos a todas horas.

El discurso de Michael Bloomberg en la convención demócrata fue especialmente significativo de la lógica del mal menor asociada a la candidatura de Clinton. Que un multimillonario, exalcalde de Nueva York, exdemócrata, exrepublicano, hoy independiente, apareciera en el escenario de Filadelfia para pedir el voto para la aspirante sin perderse en elogios que no siente, compendia esa tendencia nueva, más visible en las sociedades urbanas que en la América profunda, destinada a parar a Trump mediante Clinton a pesar de todo. Algo que quizá debe completarse con las ausencias significativas de la convención republicana –los Bush, John McCain–, con el discurso crítico de Ted Cruz en Cleveland y con las dudas de John Kasich, gobernador republicano de Ohio y candidato en las primarias durante algunos meses, que admite en público que no sabe a quién votar.

¿O sí lo sabe? Sabe al igual que otros muchos del establishment de ambos bandos que el “demagogo peligroso” (palabra de Barack Obama) pondría en riesgo los equilibrios de todas las convenciones políticas interiores y exteriores, sabe que no es posible mantener cohesionado al país –más fragmentado todos los días– en medio del galimatías ensordecedor que provocan las opiniones de Trump. Y ahí asoma la gran palabra: establishment. Porque, hasta la fecha, la campaña que lleva a la votación del 8 de noviembre es también la campaña contra los establishments, contra los políticos de siempre, y no solo a causa de la presencia de Trump, sino de Bernie Sanders, que resistió el despliegue de medios de Hillary Clinton más allá de toda previsión.

Por más disparates que coleccione Trump y por más llamamientos a la unidad demócrata que haga Sanders, el ascenso de ambos, con perfiles tan diferentes, responde al hartazgo con la política de siempre, con los comportamientos previsibles y con las promesas intercambiables, con la timidez reformista para atender a las víctimas irredentas de la crisis y con cuanto tiene el aspecto perfectamente reconocible de lo déjà vu. Un hartazgo que puede perjudicar más a Clinton –una parte de los electores de Sanders puede preferir quedarse en casa– que a Trump, tan ajeno a los ritos más conocidos y desgastados de la política. La candidata es prisionera de las reglas que imponen el sentido de Estado y los vínculos con el pasado (la presidencia de Bill Clinton); Trump se complace en hacerlos saltar por los aires.

Al candidato republicano le resulta especialmente motivador contemplar la alarma que se ha adueñado de un sector del partido, aquel que se presenta como depositario del legado conservador y de la historia del republicanismo desde los días de Abraham Lincoln. Después del desembarco neocon, de la colonización del Tea Party, de la tolerancia con el cristianismo más integrista y sectario, después de tantos errores tácticos, Donald Trump navega por aguas encrespadas a sabiendas de que carece de adversarios que le puedan obligar a corregir el rumbo, capaces de restaurar la transversalidad del Partido Republicano. De la misma manera, Hillary Clinton se aferra a la solidez de las propuestas reconocibles, ni demasiado progresistas ni demasiado conservadoras, para retener los votos de cuantos aspiran a que nada cambie en exceso, para atraerse a todas las minorías que tradicionalmente apoyan a los demócratas y temen que el populismo de Trump las arrincone o, peor aun, las hostigue.

Lo que no ha conseguido la exsenadora, y es muy probable que ni siquiera lo intente, se diría que no va con su carácter, es unir el afecto al voto, tal como escribe Charlotte Alter en el semanario Time: “Si Bernie Sanders inició una cruzada de base para una genuina reforma progresista, la revolución de Obama fue más personal: para millones de americanos que le apoyaron en el 2008 y el 2012, el acto de votar se convirtió en un acto de amor. Su movimiento no fue necesariamente sobre una agenda específica o una filosofía, fue acerca de un sentimiento: la idea de que votar es un acto personal, algo que solo debe hacerse extensivo, con exuberancia, a un candidato que de verdad amas. Obama transformó el voto de apretón de manos en abrazo”.

¿Pueden pesar más las limitaciones o condicionantes de Hillary Clinton que la desinhibición de Donald Trump, dispuesto a disparar contra cuanto se mueve? ¿Puede llegar a presidente alguien que pide a Vladimir Putin que persevere en el espionaje de los correos electrónicos enviados por su adversaria? Nadie está en condiciones de contestar con un o con un no rotundos; algunas encuestas antes de la convención demócrata daban hasta cinco puntos de ventaja a Trump en intención de voto y algún sondeo pronostica que una parte menor, pero significativa de los seguidores de Sanders prefiere al republicano o no está dispuesto a dar su voto a la demócrata. Quedan lejos los vaticinios de invierno, cuando Clinton salía ganadora frente a todos los aspirantes republicanos, entonces legión, y falta demasiado tiempo para los tres debates que enfrentarán a los dos candidatos y que, según sea la atmósfera del momento, pueden decidir a muchos indecisos. Mientras tanto, cabe preguntarse si el desprestigio de la política, también en Estados Unidos, arrinconó las ideologías y todo está en manos de las peores técnicas del marketing.

Trump y Clinton, sin rivales

Las elecciones primarias celebradas el martes pasado en el estado de Nueva York han dejado casi sin aliento a los adversarios del republicano Donald Trump y de la demócrata Hillary Clinton. Acertaron quienes marcaron en sus agendas la cita del 19 de abril como aquella en la que podían cerrarse las primarias mucho antes de lo previsto si los favoritos lograban victorias claras, como así fue. La inquietante propuesta vociferante de Trump y el posibilismo reformista de Clinton lo tienen toda a su favor para llegar a las convenciones con el terreno desbrozado para ser los adversarios que el 8 de noviembre se disputarán la Casa Blanca, una situación que tranquiliza las oficinas del Partido Demócrata y desasosiega las del Partido Republicano, condenado a aceptar lo indeseado (la candidatura de Trump) o a forzar la mano y sacarse un conejo de la chistera (alguien acorde con la tradición política del Grand Old Party).

Como tantas veces sucede, las razones del éxito de Trump están perfectamente identificadas, la comprensión del fenómeno está básicamente acotada, pero el establishment republicano es consciente de que el partido deberá afrontar grandes riesgos por más adhesiones que el millonario de Nueva York coseche en la América profunda, en los ambientes más conservadores y defraudados por los efectos de la salida de la crisis, en el entramado del Tea Party, entre los supremacistas blancos y en un enjambre muy diversificado de votantes antisistema de extrema derecha. “Trump supo leer el espíritu de los tiempos”, sostiene la analista Elizabeth Drew, habitual en las páginas de The New York Times; supo percibir el coste del tránsito de una economía fabril, precisada de mano de obra intensiva, a otra basada en la información y necesitada de menos efectivos, pero muchísimo más especializados, cualificados, podría decirse.

No son menos conocidas las causas que han obligado de Clinton a competir sin tregua con Bernie Sanders. La falta de instinto político –“su pastel no tiene sabor”, como diría Winston Churchill y recuerda Drew– y una cierta frialdad no exenta de soberbia, más el reproche permanente por su proximidad a Wall Street y su lejanía de los segmentos sociales más vulnerables, ha dejado a Sanders un gran margen de maniobra para crecer como candidato contra todo pronóstico, incluso entre las mujeres de menos de 40 años, que lo prefieren a Clinton. Pero, al mismo tiempo, la exsenadora ha sabido explotar en su beneficio la tradición demócrata de ser el partido de las minorías históricas –negros, hispanos, sindicalistas, trabajadores industriales (blue collars)– y de aquellas otras surgidas del cambio social provocado por la transformación del modelo económico. Sin que quepa considerar a Sanders un candidato antisistema, sino un político impregnado de la experiencia socialdemócrata europea, está lejos de ser un continuador del relato demócrata del último medio siglo, en cambio, Clinton lo encarna a grandes rasgos, y eso reconforta a la plana mayor del partido.

De la combinación de certidumbres relativas a Trump y a Clinton a partir del resultado de las primarias de Nueva York se deduce que ella es, a todos los efectos, se mire con ojos demócratas o republicanos, la candidata moderada, la que promete actuar sin poner el sistema patas arriba. Por el contrario, sigue sin respuesta la pregunta dirigida por Kristen Hughes, presidenta del comité nacional republicano de Massachusetts, a los contendientes de su partido en las primarias: ¿cómo van a atraer a los moderados? Porque sin la movilización de una parte del voto moderado es imposible salir elegido. John Kasich, gobernador de Ohio, pudiera haber respondido que tiene posibilidades de hacerlo, pero con su modesto 25,1% en Nueva York y con 700 delegados menos que Trump apenas le quedan fuerzas para abrir la boca. Y Ted Cruz, tan conservador e imprevisible como Trump, aunque menos lenguaraz, entiende que su electorado natural es aquel muy poco apegado a la moderación del centro político.

La realidad es que no hay un moderado republicano a la vista ni se le espera. Es este un dato incontrovertible y alarmante para figuras del partido como John McCain, senador por Arizona, que vaticina la catástrofe si no es posible corregir la inercia de los acontecimientos, la propensión de Trump de ser cada día más él mismo y menos la expresión del programa que se espera de un republicano. La elección presidencial se decide siempre en la oscilación del voto centrista, algo que condena a los extremos a una derrota casi segura y provoca en los dos grandes partidos crisis de identidad. La estrepitosa derrota sufrida por el senador demócrata George McGovern en 1972 frente a Richard Nixon figura en la memoria histórica de Estados Unidos para recordar que las opciones que se alejan de las convenciones del sistema, incluso en situaciones dramáticas como la guerra de Vietnam, no solo tienden a transferir votantes hacia la opción moderada, sino que desmovilizan a una parte del electorado, que prefiere quedarse en casa.

Aunque en un artículo publicado en el periódico liberal británico The Guardian se considera incluso la posibilidad de que una parte del electorado que en las primarias ha apoyado a Sanders se decante por Trump antes que por Clinton, tal posibilidad, que se antoja francamente remota, tendría un efecto menor en el contador de votos del presumible candidato republicano a la presidencia. Tiene más sentido pensar que una parte de la clientela de Sanders prefiera no ir a votar antes que apoyar con su papeleta la llegada de Clinton a la Casa Blanca. Pero este juego de cruce o redistribución de votos de última hora no disuelve el temor del núcleo duro republicano, que lamenta ahora la incapacidad demostrada durante cuatro años para promover una figura de síntesis, deslumbrado el partido por la mayoría en las dos cámaras del Congreso mediante el inestimable auxilio del Tea Party y territorios afines.

Hay en la configuración del escenario electoral de noviembre el rastro de la fractura social y el enconamiento político que se adueñó de la presidencia de Barack Obama. Se trata de un agravamiento de la fractura asimismo social y política causada por la presidencia de George W. Bush, solo que con los papeles cambiados: quienes antes se sentían a gusto hoy acuden a la llamada de Trump; quienes vieron en Bush al peor presidente de la historia temen un retorno al pasado. Al mismo tiempo, una parte de cuantos apreciaron en la llegada de Obama una ocasión para sanear la política, sienten que quizá se encuentre en Sanders aquello que esperaron de Obama y que este no les dio, mientras que intuyen que la presidencia de Clinton no será otra cosa que un ejercicio continuado de sujeción a las reglas del juego, sin mayores innovación y atrevimiento. ¿Será finalmente la opción del mal menor la que sume más adeptos? Y, llegado el caso, ¿dónde habitará el mal menor en noviembre?

El ‘efecto Trump’

La alocada acumulación de candidatos que aspiran a la nominación republicana para disputar a Hillary Clinton la Casa Blanca el 8 de noviembre del próximo año alarma al conservadurismo clásico y envalentona a los estrategas de los aspirantes menos convencionales, con el extravagante ultraconservador Donald Trump en primer lugar. Mientras la mayoría de encuestas no dejan de pronosticar que la candidata in péctore de los demócratas ganaría a cualquier aspirante republicano si hoy se celebraran elecciones, el viejo partido –GOP (Grand Old Party)– ha malgastado los dos primeros debates de sus aspirantes con digresiones absurdas, argumentos falaces y la sensación de que, en medio de la farsa, los asesores afectos al Tea Party son los que mejor se mueven. Como ha escrito Paul Krugman, “ahora tenemos unos candidatos presidenciales [republicanos] que hacen que Bush parezca Lincoln”, y que su hermano Jeb, cabe añadir, se perfile como el menos inconsistente de todos ellos.

Empujados o condicionados por el efecto Trump, si así puede llamarse, los precandidatos republicanos parecen haber llegado a la conclusión de que cuanto más a la derecha se instalen, más posibilidades tendrán en las primarias que empiezan en enero. Esa suposición choca con dos precedentes que atestiguan que, en efecto, esa estrategia vale para ganar la nominación, pero es insuficiente, cuando no dañina, para llegar a la presidencia. El error en el 2008 del senador John McCain, un republicano clásico, de unir su suerte a la de la gobernadora Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia, representante de un conservadurismo rudimentario y ágrafo, resulta tan ilustrativo como el de Mitt Romney en 2012, que formó ticket con Paul Ryan, un neocon subido al tren de la austeridad y la restricción del gasto público. Si McCain y Romney perdieron claramente frente a Barack Obama, a pesar de recluir a la ultraderecha en la vicepresidencia, ¿cuál podría ser el resultado si el candidato respondiera a los parámetros de Donald Trump o a los de alguien de su misma cuerda?

Steve Schmidt, asesor político de McCain en la campaña del 2008, cree ver en la debilidad financiera de candidatos inexpertos como Ben Carson y Carly Fiorina un vivero de votos para Donald Trump antes que para políticos profesionales como Jeb Bush, Marco Rubio, Ted Cruz o Chris Christie, integrantes del establishment republicano, aunque de los cuatro, solo Bush forma parte de la aristocracia del partido. El análisis de Schmidt parte de la idea de que los políticos convencionales, incluso los vinculados al Tea Party y opuestos frontalmente al reformismo moderado de Barack Obama, arrastran el desprestigio de las derrotas de 2008 y 2012, y su incapacidad para bloquear las iniciativas de la Casa Blanca más aborrecibles a ojos del electorado ultraconservador: la reforma sanitaria, el acuerdo con Irán, las relaciones diplomáticas con Cuba, los programas relacionados con el cambio climático y el control de las emisiones de gases, la política migratoria, etcétera. Sea o no acertado el argumento de Schmidt, lo cierto es que Donald Trump es de largo el precandidato con mayor capacidad de movilización y recaudación a pesar de la tosquedad de su comportamiento y de sus argumentos.

Lo que resulta impredecible es cuál es la capacidad de destrucción de un candidato como Trump o de un candidato como Bush sometido a las exigencias del sistema planetario de Trump. En la película Game change, reconstrucción de la campaña de Sarah Palin (Julianne Moore), John McCain (Ed Harris) le pide a su compañera de candidatura, después de reconocer la derrota frente a Obama, que no se alíe con quienes pueden destruir el partido. Hoy sigue vigente ese temor a que una derechización sin freno lo ponga en riesgo; “la profunda preocupación por mi país”, expresada en un blog por un votante republicano, coronel retirado, refleja en términos muy sencillos un estado de ánimo muy extendido entre el republicanismo tradicional.

La quincena aproximada de precandidatos que parecen dispuestos a probar suerte contribuye a sembrar la inquietud, porque salvo en el caso de Trump –las encuestas le atribuyen un apoyo ligeramente por encima del 25%–, fragmenta el voto hasta lo indecible. Con el efecto añadido de que candidatos con posibilidades frente a Hillary Clinton o frente al vicepresidente Joe Biden, si finalmente opta a la nominación demócrata, tienen en cambio poco respaldo entre la militancia del partido –por debajo del 17%–, lo que en ningún caso les permitiría obtener la nominación republicana. Así, mientras un articulista de The Washington Post se pregunta dónde están las nuevas caras de los demócratas, un editorial de hace varias semanas lamentaba la ausencia de “republicanos reconocibles” en los prolegómenos de la larga carrera a la Casa Blanca. Como si todo lo que hasta la fecha ha aportado el desafío de Trump fuese la desnaturalización acelerada del partido a causa del deseo incontenible de liquidar la herencia de Obama y abundar en las recetas más derechistas, resumidas en el mantra menos Gobierno, menos Washington.

La consolidación de algunas figuras que cree ver Joe Klein, columnista del semanario Time, detrás de la confusión que se ha adueñado del escenario, parte de la idea de que Trump se ha convertido en un pesado que distorsiona la precampaña, pero no impide que se prefigure un reparto de papeles con Ted Cruz a la derecha, Jeb Bush y John Kasich en el centro y una posición intermedia para Marco Rubio, un neocon tenaz que no recurre al vitriolo para combatir a sus adversarios. Lo malo para quienes aspiran a racionalizar la lucha es que Trump dobla las expectativas de voto de todos ellos, ninguno tiene garantizado el apoyo mayoritario de un segmento concreto de los electores del partido y, además, su fortuna personal le confiere al pesado una autonomía de la que carecen sus oponentes.

El Partido Republicano dispone del gran capital político de la mayoría en las dos cámaras del Congreso, pero corre el riesgo de gastarlo en fuegos de artificio a causa del recurso permanente al no. Quien aspira a encabezar el Ejecutivo no debe solo tener su propio programa, sino que ha de demostrar su voluntad de compromiso para acordar soluciones bipartidistas para problemas concretos, algo que forma parte de la tradición política de Estados Unidos, pero que el republicanismo apenas ha practicado durante los dos mandatos de Obama. Y aunque nada garantiza la victoria ni presagia la derrota a más de un año de distancia del día D, la coincidencia cuatrienal de la elección del presidente con la renovación de toda la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado entraña más riesgos que las elecciones legislativas de midterm (a mitad de un mandato presidencial). De ahí, también, la alarma de los más veteranos, de aquellos que temen que el efecto Trump asuste a una parte del electorado y se quede en casa o, lo que sería peor, cambie el color de su voto.

Terremoto republicano, efervescencia demócrata

El Tea Party se ha cruzado en el camino de la presentación de las memorias de Hillary Clinton, un acontecimiento con aires de estreno mundial de una superproducción de Hollywood y gran profusión de efectos especiales. Lo mismo ha sucedido con la efervescencia socialdemócrata –llamada populista, sin connotación negativa alguna– en el Partido Demócrata a dos años y medio del relevo en la Casa Blanca. Y aun el republicanismo clásico ha tenido que pasar por la misma experiencia cuando, no sin cierta precipitación, creía haber domeñado a la extrema derecha con algunos éxitos en las primarias correspondientes a las elecciones legislativas de noviembre que renovarán la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de Estados Unidos. La victoria de Dave Brat, un economista ultraconservador perfectamente desconocido, sobre Eric Cantor, el presidente de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, en las primarias del 7º distrito del Estado de Virginia ha puesto patas arriba lo que el establishment de Washington y los aparatos de los dos grandes partidos entienden que es el fundamento del sistema parlamentario de Estados Unidos.

Para calibrar la fuerza del golpe propinado por el Tea Party al clásico esquema bipartidista basta apuntar un dato: nunca desde 1899 se había dado el caso de que un líder del Congreso fuese desbancado de la carrera electoral en unas primarias. El éxito de los ultraconservadores, vestidos con los ropajes de un grupo antisistema que aspira a cambiar las reglas del juego en el Congreso después de colonizar al Partido Republicano, no preocupa solo a quienes lo dirigen, sino a los estrategas demócratas. Alguno de ellos ha confesado a la web Politico.com que los republicanos precisarán que alguien les eche una mano para evitar la implosión, la fractura o la desnaturalización de su cultura política. La alarma demócrata es doble: en primer lugar, responde al temor de que de las elecciones de noviembre salga una Cámara de Representantes polarizada hasta el paroxismo; en segundo lugar, es tributaria del rumbo desquiciado que puede adquirir la campaña de las presidenciales del 2016 (Hillary Clinton es una de las grandes fijaciones de los muy, muy conservadores).

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

“¿Es posible que Eric Cantor no sea lo bastante conservador?”, se pregunta en su blog Sam Stein. La respuesta puede estar contenida en una columna de Adam Kirk Edgerton reproducida por la edición estadounidense de The Huffington Post: “[Los neoconservadores] creen, como dijo Ronald Reagan de forma ruinosa, que el Gobierno es el problema. La consecuencia de esta ideología insana es la elección del Tea Party, que no está interesado en absoluto en gobernar, sino en desmantelar el Gobierno”. Entiéndase bien, desmantelar no significa abolir, sino reducir el Gobierno a su más mínima expresión, limitar al máximo su capacidad de intervenir y dejar al individuo sometido a las obligaciones que él mismo se impone.

Esa aproximación a un individualismo sin concesiones no es de hoy ni de ayer, sino que se remonta a los primeros días de la independencia, a la desconfianza casi orgánica de sucesivas oleadas de inmigrantes europeos, víctimas en muchos casos de los resortes del poder de los estados europeos, que cruzaron el océano en busca de una tierra en la que la presión del Estado fuese lo menos perceptible posible. Luego, en la práctica, Estados Unidos se articuló como una formidable máquina de poder institucionalizado, y su consolidación como gran potencia descansó en la robustez del Estado, como han significado tantos autores, pero en el pensamiento conservador bajo influjo de iglesias evangélicas poco jerarquizadas y apegadas a la literalidad del mensaje bíblico, prevaleció el mito del individuo, dueño absoluto de su destino.

Dave Brat, la última estrella en la constelación 'neocon'.

Dave Brat, la última estrella en la constelación ‘neocon’.

Si al trasfondo ideológico del Tea Party se añade la inquina permanente que el mundo neoconservador siente por el presidente Barack Obama desde el día siguiente a su elección, por lo que representa, por el moderado reformismo social que practica –la reforma sanitaria es el mayor de los motivos de polémica–, por la iniciativa para rectificar los aspectos menos presentables de la leyes que pautan los movimientos migratorios, entonces se llega a la jornada del martes y a la derrota de Cantor. Un desenlace envenenado, inesperado y de difícil gestión para el aparato republicano, que creía tener en Cantor al sucesor natural de John Boehner para presidir la Cámara de Representantes, y quizá a un buen aspirante para enfrentarse a Hillary Clinton en noviembre del 2016, y ahora siente que un terremoto ha movido la tierra bajo sus pies y ha dejado en mantillas el partido del no, etiqueta-resumen a la que Ryan Grim recurre para definir el comportamiento del Partido Republicano durante la última legislatura. Una estación de llegada que, como ha explicado en The New York Times Peter T. King, diputado republicano por un distrito del estado de Nueva York, “moverá al partido más hacia la derecha, lo que nos hará más marginales como partido nacional”.

Lo que dice King en esencia es que todos los esfuerzos del republicanismo clásico para atender los requerimientos del Tea Party han sometido al partido a un conservadurismo muy alejado de su tradición política, y presentar credenciales propias de la extrema derecha es incompatible con la pretensión de dirigirse a toda la nación. Después de algunas victorias significativas de candidatos republicanos sobre aspirantes del Tea Party –los senadores John Cornyn (Texas) y Mitch McConnell (Kentucky)–, el triunfo de Brat ha puesto una nueva estrella en el firmamento neocon al lado de los senadores Ted Cruz (Texas) y Mike Lee (Utah), ha amortizado la recuperación momentánea del republicanismo de toda la vida y lo lleva por una senda que, con la vista puesta en la elección de presidente en el 2016 conduce al partido, según su parecer, a una derrota poco menos que segura. Figuras de la talla y la proyección del senador John McCain, excandidato a la presidencia, son de este parecer y el pesimismo se ha extendido como reguero de pólvora en el staff republicano.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Los analistas que trabajan para el GOP (Grand Old Party) opinan que es claramente insuficiente fundamentar una campaña contra Hillary Clinton basada en la salud, la edad y el paso de la posible candidata por el Departamento de Estado durante el primer mandato de Obama. La presidencia de este, con todas sus limitaciones y motivos para desencantar a muchos de sus seguidores, ha consolidado más que nunca el papel del Partido Demócrata como el de las minorías, incluso ha penetrado bastante en la opinión pública la idea de que el partido del no ha impedido llevar a la práctica algunas iniciativas presidenciales de gran alcance, y la acusación de socialista dirigida al presidente ha dejado de impresionar a una opinión pública curada de espantos. Los índices de popularidad de Obama en torno al 45% están por debajo de las expectativas manejadas por los estrategas demócratas después de la reelección, pero los asesores republicanos se encuentran en una situación más desalentadora: no saben cuál es el mejor camino para atraer a una parte de las clases medias urbanas sin las que la victoria no es posible.

Como cuenta Jay Newton-Small en el semanario Time, de orientación conservadora, la salida de Cantor crea un vacío de liderazgo republicano en el Congreso. Esa es la sensación dentro y fuera del partido, un estado de ánimo que difícilmente puede contrarrestarse con el recetario neocon de Brat, sus ataques a Cantor en tanto que “partidario sólido del gran Gobierno”; en tanto que presunto defensor de abrir la frontera a la inmigración y decretar una amnistía para los millones de residentes extranjeros en Estados Unidos que no han regularizado su situación. Ni siquiera el episodio del asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi (Libia) el 11 de septiembre del 2012, que costó la vida al embajador Chris Stevens y a tres funcionarios, es suficiente para llevar a Clinton contra la cuerdas. Más bien parece una aventura arriesgada porque si, como apuntan algunos medios, la exsecretaria de Estado supera la prueba, aumentarán exponencialmente sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

¿Puede el ala izquierda demócrata atenuar los temores republicanos en la medida en que imponga su toque populista a las primarias para elegir el candidato a la presidencia? Habida cuenta de la vinculación de la senadora Elizabeth Warren y de otros miembros destacados de esta facción al programa máximo expuesto en su día por Obama, es poco probable que el Partido Demócrata acoja una lucha fratricida. El recuerdo vivísimo del coste que tuvo para el partido la división interna en los días de la candidatura de George McGovern (1972) y de Walter Mondale (1984) se impone a otras consideraciones de índole personal, y aún pesa en el ánimo colectivo de los demócratas que un candidato con todos los atributos del ala progresista como Al Gore no llegó a la Casa Blanca a causa de los oscuros manejos que contaminaron el escrutinio de Florida en el año 2000 (elección de George W. Bush).

Un exasesor de los republicanos teme que, a corto plazo, el apoyo de la cadena Fox, de los periódicos de Rupert Murdoch y de los agitadores de la galaxia audivisual –Glenn Beck, Laura Ingraham y otros– sea insuficiente para llegar a noviembre con la posibilidad cierta de mejorar la mayoría que hoy tienen los republicanos en la Cámara de Representantes. Puesto que la casilla de salida es la mayoría presente, el estado mayor republicano parte del supuesto de que se podrá mantener, pero sostiene este exasesor que lo peor que les puede pasar a los candidatos republicanos es encarnar en la vida real la caricatura neocon que difunden muchos medios de comunicación añorantes del bipartidismo sin extravagancias del pasado.

El enfoque que Brat da a la política justifica estos temores. “Dios actuó en mi nombre a través de la gente”, declaró después de la victoria, y al recurrir a la intercesión divina para explicar las razones de su elección se acercó a aquella secuencia de una teleserie en la que dos amigos, acodados en la barra de un bar, siguen, entre cerveza y cerveza, un discurso televisado de Bush hijo. “¿Quién es ese tipo que dice cosas tan raras?”, pregunta uno de ellos. Y el otro se encoge de hombros y responde: “No sé. Yo no le he votado”.

El Tea Party divide a los republicanos

“Han sido las dos mejores semanas del Partido Demócrata en los últimos tiempos porque estuvo fuera del centro de atención y no tuvo que mostrar sus ideas”.

Linsay Graham, senador republicano por Carolina del Sur

 Es difícil imaginar una operación política más desventajosa, estéril y arbitraria que la desencadenada por el ala ultraconservadora del Partido Republicano de Estados Unidos para poner al presidente Barack Obama contra las cuerdas. Aunque el parche aprobado por las dos cámaras del Congreso no es más que un remedio provisional, seguramente insuficiente, ha resultado vencedor el gran adversario a batir a ojos del Tea Party, ninguna de las exigencias republicanas ha llegado a buen puerto y, lo que es peor, una profunda división se ha adueñado del partido. Lleva razón un clásico del republicanismo conservador como el senador por Arizona John McCain cuando reclama, no sin retranca, que alguien le cuente qué ha sucedido.

Al mismo tiempo, la derrota republicana ha dejado al descubierto los límites del poder del Tea Party. Ha saltado por los aires la convicción de que las finanzas se sienten más cómodas con el liberalismo a ultranza de los ultraconservadores que con el intervencionismo moderado de la Casa Blanca: en realidad, para la trabajosa salida de la crisis, Wall Street prefiere un capitalismo ordenado a un crecimiento sin tutela. Voces tan influyentes como George Soros, Bill Gates y Warren Buffett han insistido en la necesidad de promover un capitalismo pautado, custodiado por un Gobierno solvente que pueda salir al rescate del sistema cuando zozobra, como sucedió en el bienio 2008-2009. Todo eso desoyó el Tea Party cuando creyó que podía supeditar la aplicación de una ley socializante como la de asistencia sanitaria, aprobada por el Congreso y en vigor, a través de la impugnación a las bravas de la política del presidente.

Publicado en el diario conservador ‘The Christian Science Monitor’.

El desenlace de esta crisis de perfiles a menudo grotescos ha resultado en una “rendición casi incondicional” de los republicanos, como subrayaron The New York Times y, con él, todos los medios liberales, incluso aquellos que optaron por la neutralidad, si es que esta fue posible mientras la Administración federal permanecía cerrada y se aproximaba el día en el que Estados Unidos se iba a declarar en suspensión de pagos. El tiempo que ha ganado la Casa Blanca para negociar y evitar que las crisis fiscales se conviertan en una tradición malsana es el mismo del que dispone el Grand Old Party (GOP), apodo del Partido Republicano, para restañar las heridas dejadas por la pugna interna. Tan urgente es para Obama encontrar una solución definitiva al riesgo de cierre gubernamental antes del 15 de enero y al techo de gasto antes del 7 de febrero, como para los republicanos evitar el desgaste de un nuevo espectáculo de radical intransigencia. Pero para superar la imagen dejada ahora precisan recuperar los conservadores –la extrema derecha, más apropiadamente– el sentido de la realidad, y aceptar que menos del 30% de la opinión pública secunda su comportamiento.

Por de pronto, el Tea Party ha suministrado abundante munición a los adversarios del GOP. En términos estrictamente contables, porque la crisis fiscal ha tenido un coste de 17.700 millones de euros (24.000 millones de dólares), equivalentes, según Standard and Poor’s, al 0,6% de la tasa de crecimiento calculada para el cuarto trimestre del 2013 (0,5%, según los cálculos de Moody’s). En términos políticos, las bolsas y el mercado de la deuda han secundado el enfoque demócrata del problema. En términos personales, porque figuras relevantes republicanas como John Boehner, presidente de la Cámara Representantes, y varios senadores de largo recorrido han visto erosionada su imagen a causa de la obstinación de los ultras, que han impuesto al Partido Republicano una estrategia de tierra quemada. Mientras tanto, Eric Cantor, estrella rutilante de los neo neocons en la Cámara de Representantes, y otros actores de la misma compañía han salido casi indemnes del lance gracias a su habilidad para prodigarse lo justo en público y limitarse a porfiar entre bambalinas.

Son minoría los que comparten hoy la reflexión de William Kristol, uno de los gurús del pensamiento neocon, en el semanario The Weekly Standard. Sostiene Kristol que, “incluso si se considera que el presidente ha obtenido esta semana una victoria a corto plazo”, sus efectos se desvanecerán rápidamente porque prevalecerán los del “lanzamiento catastrófico” del Obamacare, del Estado del bienestar, de la debilidad liberal en el extranjero, y “la gran arrogancia del Gobierno y el desprecio por el pueblo estadounidense”. Lo cierto es que en un país donde el 15% de la población –45 millones de personas– carece de seguro médico, es difícil imaginar una reacción generalizada contra la reforma sanitaria, salvo en medios que se han impuesto la misión histórica de acabar con Obama. Para la mayoría, el presidente ha impuesto su criterio y los demócratas han gestionado la crisis sin sufrir apenas rasguños. Aunque Boehner repita una y otra vez que quiso negociar hasta el final, “pero la respuesta siempre fue no, no, no”, la impresión que ha prendido es que los republicanos quisieron poner a la Administración a los pies de los caballos, aunque fuera a costa de provocar otra recesión.

Cartel de una de las campañas contra la reforma sanitaria. Arriba, recoge una frase de Barack Obama de septiembre del 2009: “No firmaré un plan que añada un solo céntimo a nuestro déficit, ahora o en el futuro”. Abajo, avanza el supuesto coste de la implantación del Obamacare, calculado en febrero del 2013: añadirá 6,2 billones de dólares a las estimaciones de déficit.

Si el principio de ejemplaridad forma parte del ethos democrático, y “escandalizarse demuestra la vigencia de la ejemplaridad”, de acuerdo con la formulación del filósofo Javier Gomá, entonces la reacción de la sociedad estadounidense se ha atenido a lo que cabía esperar, incluso admitiendo que el Tea Party no es un fenómeno pasajero o una anomalía política abrazada por una minoría. El paso de la “estupidez ideológica”,  citada alguna vez por Mario Vargas Llosa, a la banalización de la política, o al menos el intento de banalizarla en nombre de un individualismo sin fisuras, ha alarmado de tal manera a un segmento tan amplio y variado de la comunidad que el futuro del Partido Republicano pasa forzosamente por la revisión del reparto de papeles en su interior.

“La ley de la política, que es la ley del amigo-enemigo” –otra vez Gomá– se ha adueñado del debate, también en el campo demócrata, y conduce directamente a la fractura, a una configuración binaria de la realidad, con dos frentes irreconciliables que pretenden ocupar todos los espacios de poder para evitar el pacto, consustancial a la política en las sociedades complejas y los sistemas deliberativos. Y en este ambiente permanentemente crispado, como el de ahora mismo en Estados Unidos, surgen profetas de la desregulación, del Estado insignificante y del Gobierno maniatado, como Sheldon Adelson, zar del juego, los hermanos Charles y David Koch, magnates del petróleo, y otros activistas de la extrema derecha para quienes toda ley que limite sus negocios es excesiva, gastan millones de dólares en difundir la utopía reaccionaria y desprecian los instrumentos más elementales de redistribución de recursos.

Cuando Paul Ryan, destacado miembro republicano de la Cámara de Representantes, intenta delimitar los objetivos del partido –“poner la deuda bajo control, hacer una reducción inteligente del déficit y tomar medidas que pensamos harán crecer la economía y permitirán a la gente volver a trabajar”–, enumera objetivos tan sensatos como alejados de la praxis de las últimas semanas. De ahí la presunción ampliamente difundida de que lo que de verdad importaba era lograr que Obama doblara la rodilla. La sospecha es que la distancia entre las declaraciones solemnes y los movimientos sobre el terreno se debía –se debe– a la animadversión hacia el presidente por motivos no solo ideológicos, sino también por prejuicios raciales, eludidos siempre en intervenciones públicas, medios de comunicación y foros de toda índole, pero presentes aquí y allá en una atmósfera viciada por la herencia histórica de las tragedias asociadas al color de la piel. Dicho en pocas palabras: para el Tea Party, Obama constituye una presencia insoportable.

Echar la cuenta de cuál ha sido el coste de 16 días de incertidumbre nacional e internacional es algo que ocupará los análisis durante las próximas semanas. Pero cabe afirmar desde ahora mismo que la superpotencia ineludible no puede depender de los biorritmos ultraconservadores ni poner la economía mundial en jaque a causa de una legislación, la que regula el techo de gasto del Gobierno, que se remonta a 1917. Ni siquiera la posibilidad de que Obama se hubiese acogido a la sección cuarta de la 14ª enmienda de la Constitución –la validez de la deuda pública de Estados Unidos no se discute– habría zanjado la sensación de inseguridad colectiva. En primer lugar, porque es muy posible que, de haber escogido el presidente ese camino, el litigio habría acabado en el Tribunal Supremo; en segundo lugar, porque las medidas excepcionales son útiles para salvar una situación de riesgo, pero no suelen tranquilizar los espíritus. Lo que en verdad reclaman la UE, los inversores, las potencias emergentes, organizaciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial y, en general, todos los actores económicos de peso es que Estados Unidos deje de pasar la maroma cada pocos meses –verano del 2011, fin de año del 2012, ahora– porque, al hacerlo, perturba la salida de la crisis.

El momento para Obama no es el mejor para intentar que no se repita una secuencia de hechos como el de las últimas semanas. Sucede que el año próximo es electoral –se renuevan la Cámara de Representantes y un tercio del Senado– y, en el fragor de la campaña que se avecina, es difícil que alguien se atenga a la contención y renuncie a la sal gruesa, algo que conviene en toda negociación política. Pero sucede también que a partir de noviembre del 2014 el presidente será el pato cojo (lame duck), etiqueta aplicada al inquilino de la Casa Blanca durante los dos últimos años de su segundo mandato, cuando no puede aspirar a una nueva reelección. Sucede, en suma, que los republicanos, contra lo que aconseja la prudencia, pueden verse obligados a seguir los dictados del senador Ted Cruz, figura del Tea Party que aspira a disputar la presidencia en el 2016, pero antes debe demostrar que su intransigencia atrae votos y que el club del té puede fijar el rumbo de la nave con posibilidades de éxito. El plan de Cruz y los suyos tiene todas las trazas de ser un envite al todo o nada, algo que para Obama puede constituir un obstáculo insalvable para restablecer la confianza mediante la negociación de un programa presupuestario de una década de duración. Algo que es tan necesario para Estados Unidos como para el resto del mundo.