Escocia echa el freno

La victoria del no en el referendo de Escocia, intuido por las bolsas bastantes horas antes de que empezara el recuento, deja varias incógnitas por despejar y certifica el peso del voto no militante cuando se trata de tomar grandes decisiones. A la hora de decidir entre el del corazón y el no de la razón, como lo llama el periódico progresista francés Le Monde, aunque puede que sea más exacto hablar del no a las incertidumbres, este último se impone por razones prácticas, no forzosamente ajenas a los sentimientos. Porque de la misma manera que en el bando del fue muy grande durante toda la campaña el peso de las emociones, también en el del no desempeñó un papel de innegable trascendencia, como lo expresó Jason Cowley, editor del semanario británico New Statesman, referencia del centro izquierda: si Gran Bretaña no puede trabajar para mantenerse unida “a pesar de lo mucho que nos une –lengua, cultura, sacrificio compartido, sangre–, los presagios para el siglo XXI son en efecto oscuros”.

No hace falta decir que el triunfo del no está lejos de ser una especie de bálsamo de Fierabrás que cura la descohesión territorial y política en varios estados europeos, con España y Bélgica al frente de todos ellos, pero desaparece para la Unión Europea el reto de tener que afrontar el precedente escocés, esto es, la salida de Escocia del club, las repercusiones de tal situación y, no menos importante, los mecanismos de ingreso –plazos, condiciones, riesgos asociados– de una parte segregada de un Estado miembro. La UE respira aliviada y, con ella, los estados que la integran, aunque la vía catalana constituya un desafío de grandes dimensiones y resulta del todo precipitado suponer que el resultado de Escocia templará los ardores soberanistas. Puede incluso estimularlos, acrecentarlos, multiplicar el dinamismo de los organizadores de la V, a despecho de la reacción imprevisible de los ciudadanos silenciosos –hablar de mayoría silenciosa acaso fuera exagerado–, apegados a aquello que conocen y recelosos ante cualquier cambio brusco.

Mensaje final de Cameron, Clegg y Miliband publicado por el diario escocés 'Daily Recod'.

Últimas promesas de futuro de Cameron, Miliband y Clegg publicadas por el diario escocés ‘Daily Recod’.

Nadie sabe cuánto han pesado en el 55% de noes las dudas acerca de la permanencia en la UE, las divagaciones sobre el efecto inmediato de la secesión en la aplicación de los tratados europeos. Nadie puede aventurarlo, aunque cabe imaginar que, al adentrarse en esa terra incognita, muchos votantes deben haberse preguntado por las garantías de futuro de una Escocia independiente. Solo es posible afirmar con bastante seguridad que la perspectiva de un alejamiento de Europa debe haber sido importante en muchos noes, pero los estados europeos no pueden sentirse confortados con el poder persuasivo de permanecer en la UE o quedarse fuera, porque las cicatrices que deja el referendo serán visibles durante mucho tiempo, si no es que lo serán para siempre por más que el primer ministro británico, David Cameron, dé por zanjada la movilización independentista escocesa para, por lo menos, una generación.

El primer ministro escocés, Alex Salmond, ha presentado la dimisión porque es el precio de la derrota, porque ni siquiera los más pesimistas podían temer un resultado tan contundente en contra de sus planteamientos, y también porque se cierra un ciclo político. Pero al abrirse un nuevo camino para la Escocia del futuro en el seno del Reino Unido no se cancelan las dudas sobre la consistencia de la UE tal cual fue configurada, con los estados como únicos actores políticos. Antes al contrario, en el horizonte amenazan algunos nubarrones y el final de la carrera política de Salmond no modifica ese dato esencial: la unidad europea solo tendrá una base sólida si sabe adaptarse, reformarse, para gestionar las novedades que depare el porvenir sin que cada dos por tres se adueñe de la UE una atmósfera de crisis.

De forma que el alivio en los despachos de Bruselas y en los de Madrid solo puede ser momentáneo, transitorio, como la calma entre dos tempestades. Y lo mismo sucede en los de Londres, donde ha desaparecido la necesidad imperiosa de negar la permanencia de Escocia en la libra, la obligación de discutir hasta el tercer decimal el reparto de la explotación del petróleo del mar del Norte y la discusión no menos ineludible del reparto de la deuda del Reino Unido. Porque se mantienen sobre la mesa las promesas del trío David Cameron-Edward Miliband-Nick Clegg, que afectarán directamente a la autonomía fiscal de Escocia y, por este camino, a la gestión de las rentas del petróleo y su impacto en el erario escocés. Porque la llamada por el analista Gerry Hassan tercera Escocia –los votantes laboristas y la izquierda en general, descontenta con los gobiernos de Tony Blair, el periodo de Gordon Brown y la oposición de Ed Miliband–, que ha apoyado el proyecto secesionista de Salmond, no se conformará con unas transferencias más o menos llamativas y exigirá que el Estado del bienestar quede razonablemente garantizado.

Los riesgos de fracaso económico a un año vista y de aislamiento en Europa de una Escocia independiente, pronosticados por The National Institute for Economic and Social Research, han dejado de perturbar el sueño a los operadores de la City y de los bancos escoceses, pero el día siguiente del referendo no solo abre nuevos interrogantes a propósito de la reforma federalizante que deberá encarar el Reino Unido –extendida a Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte, según promesa posreferendo de Cameron–, y la influencia que el proceso puede tener en otros estados europeos, sino el papel asignado a los grandes partidos, desbordados con frecuencia por el reto escocés. Desaparecen unos riesgos y asoman otros; se derrumban unas hipótesis y enseguida surgen otras; Escocia no sentará ningún precedente en la UE, pero otros pueden tratar de sentarlo, espoleados por la movilización en la calle, que en las ciudades escocesas nunca tuvo la envergadura de la de las tres últimas diades.

Portada del diario sensacionalista ‘Daily Mirror’ el día anterior al referendo. El titular dice ‘No nos dejéis de esta manera’, y de la bandera del Reino Unido ha desaparecido el color azul de la de Escocia.

El Reino Unido ha evitado la crisis constitucional de consecuencias devastadoras para Cameron y Miliband vaticinado por Gerry Hassan, pero los estados mayores de los partidos catalanes y españoles, el Gobierno de Mariano Rajoy, las asociaciones y movimientos de la V y sus oponentes tienen ante sí un trabajo descomunal de interpretación de lo sucedido, de cómo afectará al caso catalán y de quiénes pueden sacar más partido del no escocés. ¿Tranquilizará a los animadores más radicales de ambos bandos? ¿Azuzará las discrepancias entre CDC y ERC? ¿Sumará adeptos a la vía federalista, reforma constitucional mediante? ¿Sentenciará la ruptura de CiU o se recompondrá la federación a través de los sectores moderados de Convergència y de Unió? ¿Recurrirá Artur Mas a un léxico nuevo que serene los espíritus?

Resulta por lo menos lamentable que el nacionalismo español, de un europeísmo a menudo tibio, eche las campanas al vuelo por la victoria del no en nombre de la unidad europea. No es más reconfortante que persevere en un fundamentalismo constitucionalista que lleva a la parálisis política, a los disparates de José Manuel García-Margallo –la suspensión de la autonomía– y a diagnósticos como el de la periodista Maite Alcaraz en el programa Los desayunos, de TVE, donde sostuvo que el nacionalismo lleva a la división, algo que es posible compartir, dando a entender que el comportamiento del Gobierno no responde a ninguna forma de nacionalismo, algo imposible de aceptar salvo ceguera acusada. De la misma manera que no hay forma de suscribir, salvo pecado de ingenuidad, que el desenlace escocés no tendrá efectos en la estrategia y la táctica del bloque soberanista por más que en las formas se siga con el guion preestablecido: aprobación de la ley de consultas, publicación del decreto en el DOG, impugnación del Gobierno, suspensión emitida por el Tribunal Constitucional y luego ya se verá.

En ese ya se verá hay una mezcla de política constitucional y de política electoral en los términos que lo ha hecho el analista británico Michael Binyon al desmenuzar el trasfondo de la campaña y de las consecuencias del referendo de Escocia. Ese trasfondo es extensible a España, pero aquí apenas se menciona y las preferencias de los oradores son otras: invocaciones forzadas a los grandes principios y referencias a la ley cortadas a su medida. Pero si para los laboristas era crucial mantener a Escocia en el Reino Unido, donde tienen 40 diputados por solo uno los conservadores, ¿qué decir de la importancia que para el PP tiene sostenella y no enmendalla para retener al electorado más refractario al Estado plurinacional? O, en sentido contrario, ¿qué decir de la necesidad de ERC de recurrir al agravio intolerable para asegurarse el sorpasso en la primera cita electoral que se lo permita? Y así con todos los partidos españoles y catalanes, con alguna razón electoral de peso para, más allá de los principios ideológicos y de las emociones, apoyar la consulta del 9-N o bien oponerse a ella.

Sería muy tranquilizante que a ambos lados del disenso catalán se oyeran voces autorizadas cuyas reflexiones se adentraran en la senda seguida por la doctora Paola Subacchi, directora de investigación del think tank británico Chatham House, en el artículo titulado La geometría variable de la soberanía nacional: “Las islas británicas se han convertido en el laboratorio ideológico para pensar y repensar el concepto de Estado-nación y su papel en un mercado global y muy integrado”. Pero nada de eso se percibe, al menos en la superficie, sino más bien una partida de desarrollo incierto, riesgos ciertos de que el sectarismo se imponga a los argumentos transversales y la tentación permanente de dar a la política un inusitado toque dramático.      

¿’Catalonia, capital Edinburgh’ o ‘Spain, capital London’?

Ahora resulta que el modelo a imitar es el anglo-escocés: formas versallescas, apretones de manos y un referendo para la independencia comprometido para antes de que acabe el 2014 y que organizará el Gobierno de Escocia. Catalonia, capital Edinburgh o algo así. La verdad es que las similitudes entre la peripecia escocesa y la catalana, más allá de las emociones, son inexistentes y las del Gobierno británico con el español, imposibles de concretar. La vinculación de Inglaterra con Escocia se remite a la Act of Union de 1707, que cerró un proceso iniciado un siglo antes, cuando el rey de Escocia se convirtió en soberano de Inglaterra. Es lo que el ministro José Manuel García-Margallo, de forma delicuescente, denomina “proceso tasado”, homenaje innecesario al legado literario de Eugeni d’Ors, a quien se atribuye la expresión “oscurezcámoslo un poco” después de haber escrito un texto que a su secretaria le pareció meridianamente claro.

Los ingredientes constitutivos del Reino de España se remiten a tantas posibles variables y memoriales de agravios, más la brega de la sociedad catalana por salvar del naufragio su identidad cultural, que no hay forma de aplicar aquí lo que vale para las islas, salvo, claro, la voluntad manifiesta de ambas partes –David Cameron y Alex Salmond– de renunciar a la política vociferante y las frases hirientes… Al menos, de momento, porque no es oro todo lo que reluce y en cuanto se pongan en marcha los engranajes del referendo habrá que ver dónde quedan la flema británica y la ironía, legada, entre muchos, por George Bernard Shaw, que además era irlandés: “Hemos tomado prestado el golf de Escocia, y pedimos prestado el whisky”. Aunque, cuando Shaw se ponía serio, se ponía muy serio: “Patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él”.

Act of Union

Original de la Act of Union, firmada el 16 de enero de 1707, que consumó la unión de Inglaterra y Escocia.

Se dan, eso sí, coincidencias escenográficas entre Escocia y Catalunya. Por ejemplo, el Partido Nacionalista Escocés (SNP, en sus siglas inglesas) sostiene que la independencia haría de Escocia la sexta economía del mundo. ¿A causa de qué o cómo se obraría el milagro? ¿Mediante un incremento de la explotación del petróleo del mar del Norte? ¿Mediante un cambio radical en la política fiscal? “Es un reclamo poderoso”, reconoce Michael White en el progresista londinense The Guardian, pero, acto seguido, ondula la superficie de las tranquilas aguas del estanque con este guijarro lanzado con toda la intención: “Habría que ver cómo se han hecho las sumas”. Todo muy parecido al diagnóstico referido a España de Kenneth Rogoff, execonomista jefe del FMI, recogido por la revista Capital en abril del año pasado: “Tiene multinacionales que son excelentes, tiene regiones como Catalunya que, aislada, sería uno de los países más ricos del mundo…”. Sin pérdida de tiempo, los periódicos soberanistas Ara (papel) y e-Notícies (en la red) recogieron la profecía de Rogoff, cuyo método de cálculo es tan desconocido en este caso como el del SNP para aquilatar la riqueza de Escocia.

Sin llegar al extremo de inquirir si la patria es un negocio o el negocio, todo eso suena a economía de mercado más que a patriotismo, lo mismo que la perdigonada disparada por La Gaceta, extrema derecha de toda la vida, mediante la remisión a un estudio elaborado por Mikel Buesa, catedrático de la Universidad Completense: “El PIB catalán sufriría una caída de 50.580 millones de euros o del 23,4% si se independizara de España”. En realidad, no hay forma de saber si se trata de una excursión por la fría realidad contable de un futuro posible o, por el contrario, de una amenaza envuelta en consideraciones académicas. O de contribuir a la confusión, la ambigüedad y los razonamientos expuestos a medias por las partes implicadas en el asunto: los políticos que operan a escala española, los que lo hacen a escala catalana, los que opinan desde Bruselas. O, peor aún, no hay forma de saber si obedece todo a la desorientación generalizada, que cada bando gestiona a su gusto, a causa de la movilización independentista escocesa, vasca, flamenca, quizá quebequesa, y alguna más de la que por el momento no se tiene noticia.

En los análisis asoma ese batiburrillo de confusión interesada del que no se salva nadie, esa propensión a exigir la Luna un día, amenazar con las siete plagas de Egipto al otro, bajar el volumen al siguiente, poner mala cara una jornada más tarde, y así sucesivamente. En Escocia y en Inglaterra, también, aunque ahora sean el modelo a emular. Por ejemplo, el analista Peter Kellner, contrario a la secesión escocesa, sostiene en un artículo colgado en su web que Alex Salmond nunca pensó en obtener la mayoría que le obligaría a cumplir con la promesa de convocar un referendo para separarse de Inglaterra, y ahora se encuentra atrapado en su propia trampa para elefantes: “Al ganar la mayoría absoluta, ha disparado contra sí mismo. En vez de derramar lágrimas de cocodrilo por su incapacidad para convocar un referendo, ahora debe poner el tema a prueba. Como un hombre astuto e inteligente –de hecho, uno de los más astutos y más inteligente en la política británica–, debe saber que su misión es imposible, que dentro de dos años su país votará seguir en el Reino Unido, y que, lejos de alcanzarse, la independencia se aplazará durante al menos una generación”.

¿Explica la seguridad de los unionistas en ganar el referendo las prisas de David Cameron en llegar a un acuerdo y celebrar la consulta cuanto antes? ¿La actitud del premier sería la misma si las encuestas no vaticinaran la derrota de los secesionistas o se asemejaría más a la del Gobierno español, sin la trágica grandilocuencia de manual que gastan en la Moncloa y aledaños? ¿Podría ser todo más sutil, menos sumario y esquemático, si la crisis económica y las consecuencias que se derivan de ella no quemaran en las manos de los gobernantes en todos los peldaños de responsabilidad? ¿Se ahondaría más en las repercusiones que eventualmente puede tener la secesión en cuanto atañe a la permanencia en la Unión Europea? Las preguntas se agolpan y los ideólogos de cada bando prefieren disparar por elevación y soslayar estos interrogantes o darles una respuesta de argumentario de campaña, en Escocia y en Catalunya.

Surgen de vez en cuando, eso sí, voces tranquilas que aportan material para la reflexión. Así la de Margo MacDonald, en el Evening News, de Edimburgo: “Catalunya se halla ahora en la misma situación que Escocia: en la UE, pero representada por otro poder con diferentes prioridades”. Así también Michael White cuando cree adivinar en Francia una oposición frontal a la multiplicación de nuevos y pequeños estados en un ambiente en el que 27 socios ya son muchos, o cuando el mismo comentarista se atreve a aventurar que la idea de los pequeños estados ejemplares, bastante difundida en el pasado, ha pasado a mejor vida: “Ese modelo no se ve tan claro con la crisis de la eurozona, cuando los pequeños países periféricos como Irlanda están teniendo más problemas –y por consiguiente, menos independencia del control de la UE– para que se sientan cómodos”.

George Bernard Shaw

George Bernard Shaw: “Patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él”.

Más allá de los tamaños, merece la pena detenerse un instante en la documentadísima secuencia de datos contenidos en un artículo de Jean-Pierre Stroobants en Le Monde:

  1. Si una región o nación histórica decidiera independizarse, parece ser que estaría obligada a “formular una nueva demanda de adhesión, seguir el difícil recorrido impuesto a todos los candidatos”.
  2. “Una Catalunya independiente no podría integrarse en la Europa comunitaria más que con el aval de Madrid”.
  3. “El Tratado de Lisboa ha previsto un derecho, no a la escisión, sino a la denuncia de la adhesión”, una exigencia del Reino Unido para no transmitir a los euroescépticos la impresión de un matrimonio eterno, en expresión del profesor Pierre Argent, de la Universidad de Lovaina.
  4. “El Tratado de Ámsterdam, que entró en vigor en 1999, evocaba, por el contrario, la integridad del territorio de la Unión, una noción que podía dar a entender que la secesión de un Estado era imposible y que la Unión podía hacer cualquier cosa para que una región no la dejara”.
  5. Ninguno de estos preceptos comunitarios responde de manera nítida a la gran pregunta: “¿qué hacer exactamente si una región quiere dejar un país miembro y acto seguido ingresar de nuevo en la Unión Europea?”

Todo dicho y analizado de forma bastante más sosegada a cómo lo hace en nuestro entorno Carlos Carnero, director gerente de la Fundación Alternativas: “Si en España se fuera hacia atrás como el cangrejo, el horizonte federal de la Unión se vería directamente perjudicado. Por eso, la UE debe ser clara: una secesión unilateral no cabe jurídicamente en su seno, pero además no la vería con buenos ojos. Catalunya, nuevo estado europeo es una contradicción evidente con los objetivos básicos de la UE”. Lo más discutible de la opinión de Carnero es que dé por bueno el objetivo federalizante de la UE, que lo es, y en cambio el así llamado núcleo duro del Estado no quiera afrontar la transformación del Estado en un sentido federal e insista en perpetuar el modelo autonómico simétrico que contiene la Constitución, como si se tratara de un texto revelado e intocable que, por lo demás, ha sido corregido varias veces (la última, en el verano del 2011 para incorporar la famosa regla de oro presupuestaria).

Manca finezza. Por desgracia, en todas partes. Bernat Dedéu, periodista, filósofo y musicólogo de registro independentista, asoma en BTV y suelta la siguiente andanada, dedicada a Pere Navarro, líder de los socialistas catalanes: “Con la gente que me engaña no soy respetuoso. Y este señor nos está engañando. Quiere un referendo validado por el Gobierno español, y esto no sucederá nunca. Él lo sabe”. Vaya. Aparece José Ignacio Wert y anuncia y enuncia sus propósitos españolizadores. Surje de cualquier parte un energúmeno, tira de fotoshop y viste a Artur Mas con el negro uniforme de las SS. Se sube a la tarima Felip Puig y hace juegos de manos con los Mossos. Se sube a otra peana Esperanza Aguirre y otorga a la historia de España 3.000 años de antigüedad. Todo esto resulta tan lamentablemente pintoresco e inconsistente como aquella extraña película en la que aparecía Arturo Pendragón (el del ciclo artúrico, la reina Ginebra, el mago Merlín, la Dama del Lago, Fata Morgana, los caballeros de la mesa redonda y toda la parentela) convertido en general romano de descubierta por Escocia o cerca de ella. Y, a todo eso, no hay día en el que Mas dé el mismo significado a las palabras soberanismo e independencia.

Parlamento de Escocia

El Parlamento de Escocia, en Edimburgo.

En medio de esa ilimitada capacidad para diversificar el disparate, surgen espacios de sólida reflexión. El Centre d’Estudis Jordi Pujol cumple este cometido cuando reproduce el editorial publicado el día 15 por The Guardian. “España y Canadá se han sorprendido por la disposición del Gobierno del Reino Unido a facilitar ese movimiento [el referendo] –escribió el diario de Londres–. En un momento en que el sentimiento separatista catalán y quebequés es alto, Madrid y Ottawa no han actuado de forma tan relajada como Londres. El Gobierno del Reino Unido merece crédito por este enfoque. Es el camino democrático. Pero puede parecer imprudente y un exceso de confianza si Escocia vota sí. No hay que subestimar este momento”.

¿Es de desear un Spain, capital London o algo así? Por lo menos, es de desear que el rigor político prevalezca para que sean imposibles comentarios tan demoledoramente certeros como el que sigue de Sandrine Morel en las páginas de Le Monde: “¿Hay un independentista catalán infiltrado en el Gobierno español? ¿Cómo explicar si no es así las recientes declaraciones del ministro de Educación, José Igancio Wert, quien afirmó el 10 de octubre ante el Congreso de los Diputados que era preciso ‘españolizar a los alumnos catalanes’?” Si se acabara este griterío, se acabaría también con la polisemia a todas horas, la anfibología interesada, la tendencia de todos a envolverse en la bandera y remontarse a pasados gloriosos que siempre lo fueron menos de los que se dice. Y así sería más fácil indagar por qué, de momento, Inglaterra y Escocia se atienen al british way of life; estaríamos más cerca de preguntarnos cuál es el truco y de apartarnos de las respuestas fáciles e inverosímiles, que en este asunto más que en ningún otro carecen de validez.