Otra conspiración vaticana

El llamado Vatileaks 2, que sacude los cimientos de la Iglesia católica y pone a prueba la resistencia del papa Francisco ante sus adversarios –¿acaso sus enemigos?–, certifica la capacidad de maniobra nada santa de los cuervos que sobrevuelan la plaza de San Pedro. Frente al argumento, quizá ingenuo, de que la publicación simultánea de Vía Crucis, de Gianluigi Nuzzi, y de Avaricia, de Emilio Fittipaldi, echa un cabo al Papa, surge el más sensato de cuantos entienden que con filtraciones escandalosas salen beneficiados en primera instancia los poderes fácticos vestidos de púrpura que pretenden transmitir la imagen de que el gobierno de la Iglesia está fuera de control. Es poco probable que en la tradición conspirativa de los pasillos vaticanos quede espacio para las ayudas desinteresadas, los favores sin contrapartidas, se trate de un cardenal muy bien relacionado, de un ecónomo con oficio (monseñor Lucio Ángel Vallejo Balda, bajo arresto) o de una profesional de las relaciones públicas (Immacolata Chaouqui).

Las filtraciones no ayudan a Francisco porque, como dice Ezio Mauro, director del diario progresista italiano La Repubblica, la pretensión de los acosadores de Jorge Bergoglio es “poner en discusión la autoridad del Papa y de su pensamiento”. Pudiera decirse que su ideología, aunque en puridad la suya y la de quienes de él disienten debiera ser la misma o solo divergente en lo secundario, en lo accesorio, en todo aquello que queda fuera del magisterio. La reproducción de frases textuales de Francisco pronunciadas en la residencia de Santa Marta –“si no podemos custodiar el dinero, que se ve, ¿cómo podemos custodiar el alma de los fieles, que no se ve”– lleva la discusión al muy prosaico terreno del IOR, conocido como banco del Papa, al de los paraísos fiscales, al de los gastos suntuarios –el cardenal Tarcisio Bertone y otros menos renombrados–, a esa muy extendida creencia hasta fecha recentísima de que la Ciudad del Vaticano es un Estado-negocio ajeno a lo que la grey espera de sus pastores. Y en esa discusión desaparecen el mensaje, la doctrina, el dogma, el compromiso con los más vulnerables y se obliga a Francisco a encararse con los rostros más torvos de los privilegios del poder y del dinero.

Si la pretensión de Francisco era actuar con discreción y determinación, las dos cosas al mismo tiempo, estos dos libros escritos a partir de filtraciones seguramente muy interesadas lo hace del todo imposible. Lo afirma L’Osservatore Romano en uno de sus comentarios de la última semana: “Hay que evitar del todo el equívoco de pensar que esto es una forma de ayudar a la misión del Papa”. Por el contrario, los acontecimientos de hoy siguen la misma línea argumental que los de un ayer muy cercano, los días de Benedicto XVI, que dejó la silla de Pedro por falta de fuerzas, pero también de apoyos suficientes para seguir en la brega. Basta repasar la rumorología circulante de los últimos meses –una supuesta enfermedad del Papa–, el escándalo de la homosexualidad y la resistencia del último sínodo a dar su beneplácito a un documento sobre la familia menos contenido que el finalmente aprobado para concluir que este Vatileaks 2 no es más que la necesaria continuación del primero para forzar una reforma meramente lampedusiana del gobierno de la Iglesia católica.

La tentación de decir que Francisco ha topado con la Iglesia es muy grande, pero es más exacto afirmar que el Papa se debate entre dos mandatos concretos, aunque de naturaleza diferente: el salido del cónclave que le eligió –una reforma ma non troppo– y el que se ha fraguado como resultado de la popularidad del cura Bergoglio y de su disposición a escuchar. El profesor Massimo Faggioli, de la Universidad de St. Thomas en Minesota (Estados Unidos), lo explica en un artículo recogido por la versión italiana de The Huffington Post, donde empieza por reconocer que no hay nada nuevo en los escándalos de la Curia, a la que otorga la categoría de género literario: “Lo nuevo es –escribe Faggioli– la relación entre el Papa y la Curia romana, algo que no depende de los detalles relativos a esta o aquella revelación contenida en los documentos filtrados. Se trata de cuestiones sobre las que Bergoglio actúa por mandato casi explícito del cónclave que lo eligió: la reforma de la Curia, la transformación del IOR, la depuración de cuantos en la Iglesia a todos los niveles manejan grandes cantidades de dinero”. Lo que realmente perturba la relación es cuanto hace Bergoglio fruto de la popularidad acumulada durante los dos primeros años de pontificado, “asuntos sobre los que el papa Francisco actúa más allá o sin un mandato explícito procedente del cónclave”.

“El Papa empieza a dar miedo”, se dice que reconoció en petit comité un integrante de la Curia. El cardenal Francesco Coccopalmeiro, presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos (ministro de Justicia), ha sido más explícito: las reformas que promueve Francisco afectan a las relaciones del Vaticano con otros poderes terrenales. Dicho por el profesor Faggioli: para el primer Papa “plenamente posconciliar”, la separación entre teología e institución es muy claro, y “una reforma de la Iglesia en sentido conciliar, del concilio Vaticano II, significa también cosas muy concretas y tangibles, como por ejemplo la gestión del dinero y la relación entre Iglesia y política”.

Al final, lo que ha hecho del suelo vaticano un campo de minas es la decisión de reducir la distancia entre la prédica en el púlpito y la vida principesca de algunos monseñores, entre los desposeídos que nada tienen y las finanzas globales. Algo que, con frecuencia, suena mejor en los oídos de muchos no creyentes –así José Mujica, expresidente de Uruguay y ateo– que en los de los instalados en una institución resplandeciente, con un patrimonio universal de valor incalculable, pero con dudas cada vez mayores sobre el comportamiento cotidiano de jerarcas opulentos, ellos sí, fuera de control. Al final, como tantas veces desde tiempo inmemorial, los pasillos vaticanos cobijan una lucha por el poder, una guerra de trincheras desencadenada por quienes se afanan todos los días para preservar sus privilegios en nombre de una mezcla heteróclita de tradición, digresiones teológicas y citas evangélicas.

Mientras el Papa deplora el “apego al dinero” de parte de la jerarquía, en los despachos se desarrolla un combate sin tregua entre la reforma necesaria y los partidarios de no ir más allá de un tratamiento cosmético, de un lifting encaminado a rejuvenecer el rostro y poco más. El vaticanista Giancarlo Zizola, ya fallecido, publicó en el 2009 Santidad y poder, dedicado al pulso milenario entre la Curia y el Papa, siempre con la potestas en primer plano. “Ratzinger transforma la teología en poder”, escribió Zizola, pero ni siquiera este don para la alquimia bajo el baldaquino de la basílica de San Pedro fue suficiente para neutralizar la fronda desencadenada por los documentos filtrados. Y si fue así entonces, tampoco ahora es suficiente la aceptación popular de Francisco para domeñar los poderes fácticos, porque a diferencia del Papa alemán, producto clásico de la máquina administrativa e intelectual del vaticano, el Papa argentino no cuenta con más recursos que su disposición a pilotar la nave y llevarla al puerto por él elegido con la ayuda, seguramente determinante, de la Compañía de Jesús, a la que pertenece, punto de encuentro de algunas de las cabezas más brillantes del orbe católico.

Se subraya con alguna frecuencia que el Papa es el último monarca absoluto, máxima expresión del poder entendido como un atributo personal e intransferible hasta el día de su muerte o de su renuncia. Siendo esto cierto, no lo es menos que dispone de tal poder como resultado del pacto que se fragua en la elección del cónclave, del reparto de fuerzas entre las diferentes visiones (bien pudiera utilizarse el término facciones). Y en las alianzas que llevan a un cardenal a convertirse en Papa hay mucho de transacción política, de arreglo entre tendencias, muchas veces enfrentadas o enemistadas. Bajo los frescos de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina se tejen complicidades cuya vigencia decae en cuanto el elegido se sale del guion acordado, va más allá de él. Quizá Francisco ya haya cruzado el Rubicón.

El Papa, frente al ‘establishment’ europeo

¿Qué ha pesado más en la elección del nombre del nuevo Papa, el Francisco de Asís apegado a la pobreza que transita por Las florecillas o el Francisco Javier que, como un profeta predestinado, llevó la prédica cristiana y el mensaje ignaciano hasta los confines de una terra ignota? Y si ha sido el recuerdo del santo de Asís el que ha llevado a Jorge Mario Bergoglio a acogerse al legado de su nombre, ¿se siente más cercano a El juglar de Dios esbozado por Roberto Rossellini, al santo arquetípico de Franco Zeffirelli en Hermano Sol, hermana Luna o a los fratelli que retrata Umberto Eco en El nombre de la rosa, combatidos por Roma como herejes perturbadores del poder temporal? ¿Qué impera más en el pensamiento de un jesuita conservador como Bergoglio: la memoria de las reducciones que aspiraron a salvar al indio mediante el sincretismo cultural, y soliviantaron a reyes y papas –véase La misión, de Roland Joffé–, o aquel otro jesuitismo plegado a la más rigurosa de las ortodoxias, alineado con papas alarmados que se sintieron sitiados por la modernidad? ¿Qué sandalias calza este pescador de Buenos Aires que viaja en metro?

Ratzinger-Bergoglio

Los cardenales Josef Ratzinger y Jorge Mario Bergoglio, en el Vaticano.

De las respuestas que puedan darse a estas preguntas en los próximos meses, quizá años, depende seguramente el tratamiento que el papa Francisco dé al informe que le aguarda en la caja fuerte de sus aposentos, un texto que ha sido la razón última de la renuncia de Benedicto XVI. Sometido este al fuego cruzado de la estructura de poder de la curia, los debeladores de secretos guardados durante decenios bajo siete llaves –los escándalos de pederastia, las irregularidades del IOR, la filtración de documentos– y el de aquellos que todos los días le criticaban por ir más allá o quedarse más acá de lo esperado, el ahora Papa emérito prefirió dar paso a alguien con más energía para la carrera de obstáculos que el titular de la sede petrina está obligado a correr, aunque no sea un atleta de Dios, como se dijo de Juan Pablo II.

Suponer que las sombras que se ciernen sobre la tibieza de la Iglesia católica argentina durante los años ominosos de la dictadura (1976-1983) serán un lastre permanente en la labor del Papa es aventurado, pero no debe descartarse. En el inicio del pontificado de Benedicto XVI hubo un precedente de naturaleza similar: se desenterró el pasado de un Josef Ratzinger jovencísimo, movilizado por el régimen nazi al final de la segunda guerra mundial. Ni aquel episodio fue un obstáculo para que encarara el saneamiento de la institución ni la realpolitik de Bergoglio entre la de otros muchos eclesiásticos parece materia suficiente para que zozobre la nave papal de buenas a primeras. De momento, pesa más en la apreciación del personaje el prestigio que se ha labrado en el arzobispado de Buenos Aires que los deméritos acumulados durante el gobierno de los centuriones, pero, claro, el Vaticano es una madeja de poderes donde cualquier día alguien puede creer oportuno que es hora de aventar historias que de momento duermen el sueño de los justos.

Bergoglio

El cardenal Bergoglio, con una camiseta del club San Lorenzo de Almagro, del que es socio.

Puestas así las cosas, cobra todo el sentido una de las últimas frases del artículo escrito por Ezio Mauro, director del diario progresista romano La Repubblica, publicado al día siguiente de la fumata blanca: “El Papa Francisco deberá comprender que entre sus deberes universales figura el de la plena transparencia en sus relaciones con la dictadura militar argentina (…) Deberá hacerlo para tener las manos libres”. Para cuantos creen que la misión de Bergoglio, para la que ha sido elegido, es remozar el edificio de los cimientos al tejado, es imprescindible desvanecer cualquiera de las sospechas puestas en circulación la misma noche del miércoles. En caso contrario, todos los temores, recelos y desconfianzas se antojarán justificados.

Si el Papa se muestra muy pronto como el reformador que acaso requiere la restauración del prestigio de la Iglesia, quién sabe cuál puede ser la respuesta del establishment, en guardia desde siempre. No es ajena a riesgos futuros la idea expresada por Arnaud Leparmentier de que con la muerte de Juan Pablo II y la renuncia de Benedicto XVI se extingue la secuencia de papas que vincularon sus pontificados a la redención de la Europa surgida de las dos guerras mundiales, de aquella Europa que enterró sus demonios familiares mediante la acción concertada de Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, unidos los tres por un lazo de dos nudos: la cultura alemana, de cuna o adquirida, y el catolicismo. El centro de gravedad se ha desplazado al hemisferio sur y a América, que acoge una comunidad católica movilizada, en competencia diaria con las iglesias evangélicas, y a las familias clásicas del poder curial se les presenta un futuro lleno de incertidumbres por más pactos que hayan hecho posible la elección de Jorge Mario Bergoglio.

Bergoglio

Jorge Mario Bergoglio, en una estación del metro de Buenos Aires.

La mayoría de los integrantes del establishment vaticano suscribirían hoy la siguiente frase de Adenauer, correspondiente a una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 16 de febrero de 1967: “El peligro en el que se hallan los pueblos europeos se hace bien patente si se examina la distribución del poder sobre la Tierra y se llega a comprobar con qué rapidez ha progresado la pérdida de poder de los países europeos”. Es el mismo establishment que se movilizó para que en el preámbulo de la Constitución europea figurara una referencia expresa a las raíces cristianas de Europa y que se intranquiliza cuando lee diagnósticos como el incluido por la directora de Le Monde, Natalie Nougayrède, en el editorial del jueves al analizar la elección del cardenal Bergoglio: “Digámoslo: para Europa, he aquí un nuevo monopolio que cae. El ascenso del Sur es la señal de nuestro tiempo. El sucesor del Papa alemán Benedicto XVI encarna el mundo emergente, estos países en primera línea en cuanto atañe al desarrollo, la igualdad, la gobernanza”.

Volvamos a las preguntas: ¿atesora este mundo emergente el ímpetu necesario para responder a las siete preguntas que ha formulado en las páginas de EL PERIÓDICO el teólogo Juan José Tamayo para poner la Iglesia al día? ¿Puede entender la gerontocracia vaticana que la secularización de Europa y la competencia entre iglesias en América y otros lugares imponen un aggiornamento en toda regla? ¿Estará al alcance y en los deseos del Papa argentino combatir con la transparencia el vuelo rasante de los cuervos que han anidado en la plaza de San Pedro? ¿O, por el contrario, como se deducía de un artículo firmado en El País por Juan Goytisolo, el índice de elasticidad de la Iglesia impide abordar grandes reformas porque el establishment curial, de tradición europea, controla la institución sin competencia posible?

Se atribuye al fraile de Asís el siguiente juicio: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible”. Y a Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, a la que pertenece el Papa, se le supone autor de este otro: “En tiempos de desolación, no hagas cambios”. Entre ambos transita Bergoglio. A ver.

 

Sucesión sin sucesor en el Vaticano

La renuncia de Benedicto XVI ha desatado las especulaciones sobre el futuro que aguarda al gobierno de la Iglesia católica porque en la última monarquía absoluta, pero también electiva, los ingredientes de misterio, liturgia –religiosa y laica– y universalidad del cónclave dan mucho juego. El empeño en las quinielas es dar con el hombre y el nombre, acercarse al máximo al perfil del posible vencedor, cuando quizá es esta una aspiración mayor poco menos que inalcanzable a la luz de la historia, que ha consagrado la convicción de que cuantos entran en el cónclave como papas in péctore, salen de la asamblea confirmados en su oficio de cardenales. En el presente, ni siquiera se vislumbra el sucesor preferido por el Papa, es difícil calibrar el peso de cada facción y, aún más, cuál será el marco de referencia que hará posible consolidar una mayoría, recaiga o no el ministerio pietrino en un europeo.

En un artículo de John L. Allen Jr. colgado en la web del National Catholic Reporter, se citan hasta tres razones para que la Iglesia cambie de rumbo después de la política de masas de Juan Pablo II y de la conspiración permanente que se ha adueñado del pontificado de Benedicto XVI y que, finalmente, le ha llevado a renunciar:

  1. El recordatorio de que, a pesar del apego a la tradición de la Iglesia católica, se trata de una institución “capaz de dar sorpresas de vez en cuando”.
  2. La necesidad que tiene la institución de empezar de nuevo con ideas nuevas.
  3. La decisión del Papa saliente, si así se le puede llamar, pretende separar el fin del papado de la muerte de su titular, de tal forma que el próximo cónclave “estará libre del efecto funeral”, del tributo hagiográfico al fallecido y otros factores emocionales.

Basta recordar el clima de ferviente culto a la personalidad que siguió a la muerte de Juan Pablo II para comprender a qué se refiere Allen. El próximo cónclave se reunirá sin banderolas en los aledaños de San Pedro con mensajes tan acuciantes como Juan Pablo II, santo enseguida, que en el 2005 saludaron a los purpurados llamados a elegir sucesor. Hubo en aquella escenografía abigarrada una invitación implícita a la continuidad, a dar con alguien capaz de seguir por la senda de las multitudes movilizadas, como si tratara de rodar la continuación de una película dirigida por Cecil B. DeMille. En realidad, el sucesor bendecido con la fumata bianca fue alguien más inclinado a la introspección de Ingmar Bergman, con pocos personajes en escena, que a las grandes epopeyas al aire libre; el Papa polaco anduvo siempre muy cerca del personaje encarnado por Anthony Quinn en Las sandalias del pescador, mientras que el alemán nunca aspiró a cruzar Baviera al galope.

Habermas Ratzinger

Jürgen Habermas y el cardenal Josef Ratzinger, durante el diálogo público que mantuvieron en Múnich el 19 de enero del 2004.

Lo dicho por Allen no debe llevar a la conclusión de que se avecinan mutaciones radicales porque son muy improbables. Hasta la fecha, los cambios de pontífice han dado pie a las crisis típicas de los periodos transitorios, recuerda Etienne Fouilloux en Le Monde. Hay que añadir que el legado de Benedicto XVI es muy anterior a su elección, porque se trata de un sólido intelectual conservador, “héroe para los católicos tradicionales” (Laurie Goodstein, The New York Times), teólogo de cabecera de Juan Pablo II y autor de una obra tan controvertida como extensa. Josef Ratzinger es a un tiempo el pensador que vincula razón y fe, el agudo polemista que sostiene un diálogo de gran altura con el filósofo alemán Jürgen Habermas, pero también el religioso que recela del debate sobre los valores y lo convierte en relativismo moral, el indagador de la contemporaneidad depositario de un “sentimiento trágico de la historia”, no muy alejado del sentimiento trágico de la vida unamuniano, y el estudioso poseído por un pesimismo que fundamenta en el pensamiento agustiniano.

“Papa en un mundo marcado por la pérdida de influencia de la Iglesia católica, el multiculturalismo y una oferta religiosa multiplicada por la mundialización, Benedicto XVI ha desarrollado durante su pontificado, como lo había hecho antes en sus escritos y discursos, una visión extremadamente inquieta, por no decir pesimista, de la Iglesia, del mundo y de su porvenir”, ha escrito Stéphanie Le Bars. Una visión alimentada por el hecho de que “la Iglesia se encuentra además en un momento en el que el islamismo avanza en Asia y África, como los evangélicos en América Latina, considerada la reserva espiritual del catolicismo, mientras la cristiana Europa se seculariza” (Juan Arias, El País). Un pesimismo confirmado en última instancia por los escándalos a los que ha tenido que hacer frente mientras, al mismo tiempo, los poderes fácticos vaticanos se defendían con uñas y dientes: “La Vaticalia eterna, esa espesa gelatina formada por cardenales y civiles que confunden los intereses de Italia y los del Vaticano y hacen negocios cruzados en los dos estados mientras deciden las cosas importantes –explica Miguel Mora en el mismo periódico–, se ha empleado a fondo en estos siete años para mantener sus privilegios e impedir al mismo tiempo la renovación de la Curia y la modernización de Italia, especialmente en dos sectores, las finanzas y la información, los imperios donde más poder e intereses tienen el Opus Dei y Comunión y Liberación, los movimientos ultracatólicos que más medraron, junto a los Legionarios [de Cristo], durante el largo papado de Wojtyla”.

Eugenio Scalfari

Eugenio Scalfari entiende que la renuncia del Papa es una forma de incorporar criterios laicos en “la distribución del poder en el interior de la Iglesia”.

Por todo lo dicho hasta ahora es improbable un cambio radical y es imposible adelantar quién entrara en el cónclave con más respaldos. Es menos ambicioso, pero más apegado a la realidad seguir el hilo argumental de Eugenio Scalfari en el diario La Repubblica de Roma, recogido oportunamente por Rosa Massagué en las páginas de EL PERIÓDICO del jueves: la renuncia del Papa es una forma de secularizar y laicizar “la distribución del poder en el interior de la Iglesia”. Y ahí si hay una pista acerca de qué desea Benedicto XVI para el futuro o cuál ha de ser uno de los propósitos a priori de su sucesor: ahondar en lo que los católicos progresistas llaman gobierno colegiado de la Iglesia, con menos atributos para la Curia omnipresente y más para los ordinarios de cada diócesis. Se trata de algo verdaderamente más terrenal, menos florentino, menos propio del gran guiñol vaticano, pero de indudable peso para el futuro del orbe católico. El teólogo Federico Pastor lo ve como algo poco menos que ineludible: “La renuncia por agotamiento –así se podría llamar– es un indicio más de la obsoleta estructura de la Iglesia. Que hoy día, teniendo presentes los medios de comunicación, todo esté tan centralizado es simplemente inhumano. Y no contribuye a la evangelización”. En otras palabras: la monarquía absoluta es ineficaz por distante y, como sucede en la Unión Europea, el aprecio por la institución depende en gran medida de que persevere en la subsidiaridad.

El otro propósito a priori del sucesor de Benedicto XVI ha de ser restablecer la unidad, ahora baqueteada, según reconoció el Papa el miércoles de forma explícita: “El rostro de la Iglesia aparece muchas veces desfigurado. Pienso en particular en las culpas contra la unidad, en las divisiones del cuerpo eclesial”. Se trató de una afirmación categórica y la confirmación de una realidad que, no por sabida, resultó menos elocuente. Al dar carta de naturaleza a la división, la pregunta inmediata fue si puede superarla la institución mediante una política de continuidad. ¿Puede alguien con el perfil muy conservador de Angelo Scola, por citar un nombre, domeñar el caos entre sombras de los últimos años? ¿Puede una facción por sí sola acabar con las luchas intestinas por el poder y las redes de intereses opacos que han llevado al Papa a acogerse a un discreto retiro? Las respuestas no atañen solo a la Iglesia como institución religiosa, sino a su prestigio internacional, al peso político que tiene, a su tarea de intermediación social en la aldea global.

Curia

Benedicto XVI preside en la Capilla Sixtina una reunión con la Curia el 21 de diciembre del 2012.

“[El Papa] tiene en cuenta consideraciones terrestres” al cambiar la naturaleza del papado, ha declarado el profesor Etienne Fouilloux, después de que durante siglos haya prevalecido “la concepción sagrada de la elección”, un concepto que incluye que el ministerio se ejerce hasta la muerte, aunque, al mismo tiempo, el Derecho Canónico prevé la renuncia y los mecanismos que se ponen en marcha para garantizar la sucesión. Pero esta condición terrena de la decisión tomada por Josef Ratzinger no mengua un ápice la naturaleza enigmática del personaje. “No se puede comprender su visión trágica de la historia, su combate contra el relativismo moral, su fidelidad a la liturgia antigua, sin trazar el itinerario de un intelectual más atormentado de lo que dicen las caricaturas”, ha escrito el periodista Henri Tincq, un especialista del universo vaticano que ha publicado un esbozo de referencia del personaje que va del punto de partida del pensamiento de Benedicto XVI a la estación de llegada: “Este Papa puso en guardia al hombre contra toda servidumbre de la fe a la razón de Estado y de la razón de Estado a una fe. En este sentido, entendió que prevenía al mundo contra toda forma de extremismo”. Cabe añadir del extremismo del que quizá él mismo fue víctima en cuanto se apartó del statu quo para renovar el aire viciado de los despachos.

Casi al final del debate que sostuvo con el profesor Habermas en la Academia Católica de Múnich, el 19 de enero del 2004, el cardenal Ratzinger afirmó: “Hemos visto que en la religión existen patologías sumamente peligrosas, que hacen necesario contar con la luz divina de la razón como una especie de órgano de control encargado de depurar y ordenar una y otra vez la religión”. Es poco menos que imposible desligar la idea de patología de los escándalos de pederastia, mala administración y filtración de documentos (caso Vatileaks), y aún lo es menos desligar la renuncia del Papa de la luz de la razón en la que se fundamenta la lógica. Todo eso pesará en el cónclave y apartará a muchos candidatos de la carrera por la silla de Pedro, asustados por la modernidad, atrapados en el secretismo o sin ánimos para fajarse con los problemas que han llevado a Benedicto XVI a la renuncia. Pero, incluso así, el número de aspirantes seguirá siendo lo suficientemente alto como para que se mantenga la incógnita hasta la hora decisiva de la fumata bianca y para que todas las quinielas tengan algún punto de apoyo. A fin de cuentas, la tradición es la tradición.