Vigilias ruidosas

A saber si se ha dado el salto de la política de las emociones a los fundamentalismos obsesivos que nublan el juicio y arrinconan la razón, el caso es que en las vigilias tormentosas de la campaña electoral que se avecina, previsiblemente ruidosa, se han adueñado del puente de mando los fabricantes de frases rotundas, que suministran a  los líderes políticos para que las suelten a diestro y siniestro. Nadie está dispuesto a bajar la pelota a ras de suelo –que alguien la baje gritaba Alfredo Di Stefano cuando el balón circulaba cerca de las nubes– o eso parece antes de que se abran las urnas el día 27 y Catalunya pase por ellas en medio de un clima entre confuso y estrambótico, propenso a los excesos verbales, a la demagogia y a despreciar la realidad. Las voces sensatas son inaudibles a causa del griterío y cuando alguna de ellas trata de abordar el asunto con solvencia académica es inmediatamente sometida al arbitraje destemplado de las redes sociales –a favor y en contra–, canchas ideales para que el ruido sea aún mayor.

De todo esto hay muestras sobradas en los periódicos, las radios, las televisiones, las webs y demás circuitos de la aldea global, y es de temer que el guirigay tendrá un crescendo a la medida del momento a partir de la tarde del día 11, cuando la Meridiana hará las veces de aplausómetro del independentismo o del procés. Si se toma como referencia el ambiente en las postrimerías de agosto, quedan pocas esperanzas de que se serenen los estrategas de campaña, los tribunos, los presuntos agraviados de cada bando y otras categorías de agitadores presentes en la contienda. Pásese revista a lo sucedido en un suspiro:

Jordi Sánchez dice que una Catalunya independiente quedaría fuera de la UE y debería negociar su ingreso desde cero, pero enseguida rectifica y matizan, él y su entorno, que no fue bien interpretado, que no quiso decir lo que dijo, aunque lo dijo.

Felipe González publica en El País una carta dirigida al electorado catalán y velozmente sale al quite Josep Antoni Duran Lleida con otra carta en el mismo diario. Cada uno ellos cosecha los parabienes y las críticas esperadas (el proceso no admite sorpresas).

-La Guardia Civil asoma por domicilios de Convergència y aledaños en búsqueda afanosa del 3% y la dirección del partido ve en ello una maniobra política, electoralista, de utilización de las instituciones con fines inconfesables.

-El Gobierno anuncia que tramitará una reforma de la ley orgánica del Tribunal Constitucional para que este tenga capacidad sancionadora. El propósito es que la reforma quede aprobada el 29 de septiembre, dos días después de las elecciones catalanas, por si es preciso aplicar cirugía de urgencia al proceso o contra el proceso. La oposición se lleva las manos a la cabeza y los victimistas ponen en marcha el victimismo.

Artur Mas comparece en el Parlament para explicar por qué anticipa las elecciones y para dar explicaciones por el 3%, y no encuentra mejor línea de defensa que acusar a otros partidos, no dice cuáles, de haber cobrado de Teyco (se antoja una variable ad hoc de la vieja táctica y tú más).

Salvo una milagrosa rectificación colectiva no prevista en el guion, con estos moldes es de esperar que, ya ahora, los autores de los argumentarios –¡qué palabro!– de todos los partidos, coaliciones y candidaturas hayan puesto manos a la obra para presentarse como vencedores la noche del 27, solos o en compañía de terceros, sea cual sea el resultado. Sobra decir que no todos pueden ganar, menos cuando unos se dan por satisfechos con tener mayoría de escaños, otros exigen que solo la mayoría de votos otorgue la victoria, y aun hay quienes entienden que, salga lo que salga, no quedará otra que negociar una salida airosa en la que imperen la prudencia y la razón. Pero la tentación de cantar victoria será tan poderosa que cuesta imaginar que alguien reconozca haber perdido.

O puede que no. Puede que la multiplicación de declaraciones en la Unión Europea de aquí al 27 sea más efectiva que cualquier otro mecanismo de rectificación imaginable. El significado de las palabras de Angela Merkel en Berlín al final de la visita de Mariano Rajoy no admite dudas: Europa entiende que los estados-nación son los actores políticos de la Unión y todo cambio debe atenerse a la ley. Puede gustar más o menos, ser más o menos justo y aceptable, pero así están las cosas. Colegir de lo dicho por la cancillera que no está en contra “de lo que supone el 27-S” (Neus Munté) es una falta de realismo que bordea la manipulación. Lo dicho por Merkel ni es ambiguo ni confuso, sino un gesto político cuyo significado no da pie a barrocas interpretaciones. Ni puede medirse con el mismo rasero que la alarma expresada por la patronal Foment del Treball ni puede atenderse con la misma actitud con que se acoge el diagnóstico de un jurista tan experimentado y prestigioso como Jean-Claude Piris: “Desde el punto de vista de los dirigentes de muchos estados miembros, como Reino Unido, Francia, Italia, Bélgica, etcétera, nadie va a defender esa posición [la de los promotores del proceso], sería tanto como arriesgarse a abrir la puerta a un posible contagio y provocar problemas políticos internos, por no hablar de los estados que se han negado a reconocer a Kosovo por razones parecidas (Chipre, Grecia, Rumanía, Eslovaquia)”. Y la declaración de Merkel no se puede aquilatar de igual forma que otras porque no es un dictamen técnico, sino un compromiso político público y sin reservas de la gobernante más poderosa de la Unión Europea, que influye en todos los ámbitos de la organización para bien y para mal (pregúntese a los griegos).

Sería tranquilizador que los argumentos de autoridad puestos a disposición del electorado fueran los que se desprenden de solventes trabajos académicos y sería asimismo un tributo a la serenidad que se fuese respetuoso con el significado de las palabras. Pero al prevalecer la propaganda política y la simplificación de conceptos, resulta más eficaz o ilustrativo para el debate en curso una frase de Merkel que el libro de Josep Borrell y Joan Llorach, que induce a reflexionar sobre Las cuentas y los cuentos de la independencia, o El llarg procés, la esclarecedora digresión histórica de Jordi Amat. Cuando unas elecciones autonómicas como las del día 27 mutan en plebiscitarias o Xavier García Albiol, que no es diputado, se presenta en el Congreso de acompañante de Rafael Hernando en el momento de presentar el proyecto de reforma de las atribuciones del Tribunal Constitucional, es que la veda de la mixtificación se ha levantado oficialmente y, en ese trance, entrar en detalles es menos efectivo que la escueta sintaxis de Angela Merkel.

Si alguien creyó alguna vez que un gran Estado de la Unión Europea podía ser desairado por algún otro gran Estado, o frecuenta poco Bruselas o cree con una fe inasequible al desaliento que cuenta con recursos suficientes para superar todos los obstáculos sin sufrir grave daño. Lo primero es un error de escala fácilmente remediable; lo segundo es un caso de autosuficiencia injustificable. Todos los juegos de manos destinados a presentar la continuidad de Catalunya en la Unión Europea como algo remediable y a bajo coste están tan alejados de la realidad como la creencia del Gobierno de que tiene un cheque en blanco para utilizar la Constitución como un arma arrojadiza contra algo que, como señalan las encuestas y se verá en la Meridiana, moviliza a una multitud (el último sondeo del CEO otorga un 42% al independentismo).

Al final, quizá todo se reduce a dos nacionalismos antagónicos, el catalán y el español, que han llegado a la infeliz conclusión de que cuanto más enconamiento más votos –cuánto peor, mejor, en la escuela clásica–, así en el 27-S como en el domingo de diciembre que se celebren las elecciones legislativas españolas. En medio, en tierra de nadie, quedan los estupefactos, los equidistantes, los sorprendidos y los hartos por esa disparatada transformación de la política en un diálogo de sordos, en un entremés o en un sainete, en un tan estéril como aparatoso intercambio de declaraciones a cual más altisonante o desdeñosa con el rival. Diríase que, sin darnos cuenta, hemos pasado del golpe de Estado permanente, que François Mitterrand atribuyó al general Charles de Gaulle, al disparate diario, que nadie se atribuye, pero que asoma por todas partes acompañado de los peores presagios.

Desplante electoral en Italia

Después de la sacudida emocional provocada por las elecciones legislativas celebradas en Italia el domingo y lunes últimos resulta tan revelador el marcador al final del partido como desentrañar contra qué y contra quién han votado los italianos, sometidos a una cura de austeridad dictada por Alemania, telegrafiada por Bruselas y ejecutada por el Gobierno de tecnócratas encabezado por Mario Monti. El desplante electoral italiano ha agudizado la crisis de “la democracia como sistema de regulación social”, algo evocado por Josep Borrell en las páginas de EL PERIÓDICO, pero es improbable que haya sorprendido a los timoneles de la nave europea, advertidos en infinidad de ocasiones por las encuestas de que la cura impuesta a la periferia ha convertido a los gobernantes en victimarios cuyo único destino verosímil es caer derrotados, mientras el populismo más descarnado e inconsistente –la palabrería de Silvio Berlusconi– y las nuevas formas de intervención social –Beppe Grillo– tienen mucho margen de maniobra y están en mejores condiciones de hacer promesas que las marcas más convencionales, el centroizquierda de Pier Luigi Bersani y el centroderecho que resguardaba la figura de Mario Monti. Como twiteó el martes el periodista Miguel Ángel Bastenier, “lo fácil sería escandalizarse, pero [los italianos] han votado con razón contra lo falsamente respetable”, este listado inmoral de medidas que adelgaza todos los días el Estado del bienestar, perdona los dislates del sector financiero, atenaza a la clase media y ha entregado la política a los tenedores de libros.

Los electores italianos no son unos incautos, entre sus más arraigadas tradiciones figura una probada capacidad para sobrevivir a toda clase experiencias inquietantes y, por esta razón, es prudente no precipitarse cuando hay que sacar conclusiones. Pero los primeros síntomas poselectorales hacen temer justo lo contrario: que la burocracia bruselense, el Banco Central Europeo y asociados se lancen rápidamente a promover una nueva cita electoral con la esperanza de que el miedo a lo desconocido lleve a los italianos a rectificar. El espectáculo ofrecido por Peer Steinbrück, candidato socialdemócrata a ocupar la cancillería de Berlín, va en esta dirección, porque al declararse “asustado por la victoria de los dos payasos”, no solo alarmó con su léxico grosero al presidente de Italia, Giorgio Napolitano, un hombre honrado que canceló la entrevista que tenían prevista, sino que se convirtió en el banderín de enganche inesperado de cuantos creen que los italianos están equivocados y deben corregirse cuanto antes. Y, ya puestos, confirmó lo que es un secreto a voces: que la campaña socialdemócrata solo introducirá matices a la dieta impuesta por Alemania al sur; la esencia, el fundamentalismo fiscal de Angela Merkel, llegará a las elecciones de otoño sin dar señales de agotamiento en combate.

Nada de lo dicho hasta aquí es ni por asomo un gesto de comprensión hacia Berlusconi y su antieuropeísmo, que no es más que oportunismo unido a la estrategia de defensa de los abogados que lo acompañan a todas partes. Pero los resultados alcanzados por el Il Cavaliere, solo medio punto por debajo de los de Bersani, son inseparables de la imposición por los tecnócratas de la Unión Europea de uno de los suyos, Monti, para llevar por el camino de la verdad la rectificación neoliberal del Estado del bienestar italiano. No es que a Berlusconi le importen demasiado los amortiguadores sociales, pero en el momento que entregó el testigo a Monti se parapetó detrás de las quejas de una clase media exhausta y, paradojas del destino, pudo montar su artificio electoral sobre la idea de que hubo de abandonar el Gobierno porque no quiso aceptar nuevas podas del Estado del bienestar y, de regresar, dice estar dispuesto a desandar el camino recorrido por Monti. Así fue como apareció por los canales de Mediaset, como el caballero San Jorge dispuesto a plantar cara a la cancillera Merkel y, de paso, a cruzarse en el camino de los herederos de la izquierda histórica de Italia, agavillados por Bersani, y de los antisistema –un término bastante inapropiado– de Grillo.

Un artículo tan corto como rotundo de Cécile Chambraud en el periódico progresista Le Monde resume las razones de lo sucedido hace unos meses en Grecia, de lo acontecido esta semana en Italia y de lo que puede estar por venir en otros lugares: “Por todas partes, en los países del sur de la Unión, el rigor corroe los sistemas políticos. Surgen listas de candidatos hostiles a la ortodoxia presupuestaria promovida como remedio a la crisis de la deuda”. Esta ortodoxia presupuestaria con acento alemán que pasa de puntillas sobre los costes sociales que entraña es la que lleva a gobernantes como Mariano Rajoy a mostrarse satisfechos por haber cumplido con su deber aun a costa de no haber cumplido su programa, que es justamente por lo que le votaron los electores. Más que nunca, cobra actualidad una frase del libro de Tony Judt ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, publicado en 1996: “El desequilibrante peso de Alemania en los asuntos europeos  no es nada nuevo, por supuesto. Pero, a diferencia de épocas anteriores, ahora esto supone tanto un problema para la propia Alemania como para sus ansiosos vecinos”.

Aquellos ansiosos vecinos de 1996 eran los países de la Europa central y oriental, recién liberados de la tutela soviética y deseosos de ingresar en la UE cuanto antes para modernizar sus economías y penetrar en nuevos mercados. Hoy los límites de la Europa ansiosa llegan hasta las playas del Mediterráneo. Y cuando se dan situaciones de intromisión directa de la UE en la soberanía política de los ciudadanos de un Estado miembro –Italia–, fundador para más señas de la organización, las consecuencias son imprevisibles, porque la sociedad percibe que la injerencia no persigue otra cosa que rectificar la orientación dada a la gestión de los asuntos públicos después de celebrarse elecciones libres y transparentes. En este caso, el primer beneficiado ha sido Berlusconi, pero en otra situación, en otro país, el beneficiado por la intromisión puede ser otro. Con lo cual, la UE no ha hecho más que debilitar a los partidos y gobernantes con los que pretendía entenderse, pero que, de acuerdo con el resultado de las elecciones, más de la mitad de la opinión pública puso bajo sospecha a pesar de que Monti obtuvo el voto de investidura del Parlamento italiano y así quedó a salvo la legitimidad de la maniobra.

¿Qué decir de Grillo? Por razones no intercambiables con las que han cimentado el éxito de Berlusconi, pero igualmente comprensibles, la austeridad a todas horas le ha procurado las adhesiones que en otras circunstancias difícilmente hubiera acumulado. Los jóvenes en paro, la clase media urbana, los pequeños empresarios, los profesionales de todas clases que otean el horizonte sin vislumbrar oportunidades se han sentido atraídos por un mensaje sin ataduras, con propuestas arriesgadísimas –salir del euro y volver a la lira– y la promesa de no dañar más el Estado del bienestar. Grillo no es un ideólogo, pero si es un político con un sentido profesional del espectáculo, de los medios a través de los cuales se establece la complicidad entre el actor y el patio de butacas, y ninguno de estos medios es más convincente hoy que prometer que no habrá un recorte más, que nadie volverá a decir que hay que podar otra rama para salvar el árbol. Grillo es un lector avezado de ¡Indignaos!, aunque carece de la fundamentación teórica y las referencias intelectuales del desaparecido Stéphane Hessel, una circunstancia que, contra lo que se pueda pensar, facilita su labor. Al mismo tiempo, la simplificación programática de Grillo autoriza a poner en duda la viabilidad de cuanto predica por más que Siena, capital del Movimiento Cinco Estrellas, sea ejemplo de buena administración.

Cuando se alude al desprestigio de la política, a la distancia cada vez mayor entre las instituciones y los ciudadanos, se está haciendo referencia a las razones que han permitido a Berlusconi levantar cabeza, emerger a Grillo, dejar a Bersani instalado en la debilidad y zarandear a Monti. Si los ejecutores de la germanización de Europa llegan a otras conclusiones, acaso logren vencer la crisis económica a costa de condenar a la pobreza más rigurosa a millones de ciudadanos y de extender las desigualdades sociales más allá de todos los límites imaginables, pero antes deberán afrontar otras muchas Italias. Volvamos a Cécile Chambraud: “Si, además, la desgracia de unos aumenta la felicidad de otros, es posible que un día la felicidad de estos otros se convierta en insoportable”. Hessel seguramente preguntaría dónde hay que firmar en apoyo de este vaticinio.

Europa mira hacia delante con temor

“El mundo está enfermo de sus bancos” es el mejor resumen de los males que nos afligen. El cambio de año ha dado pie a los acostumbrados diagnósticos y vaticinios de futuro, pero esta frase contundente y escueta de Josep Borrell, incluida en el artículo que publicó el miércoles en EL PERIÓDICO, llega al meollo del asunto, al núcleo del problema, al desasosiego que nos hace mirar hacia atrás con ira y hacia delante con toda clase de temores. El muro que se levanta entre la sociedad y el sistema financiero, entre la mundialización de la economía y la economía doméstica, es cada vez más alto, resulta más amenazante y, a cada día que pasa, degrada la gestión política de los problemas. La debilidad de la política frente a los mercados es abrumadora, las carencias de las instituciones son asimismo apabullantes; en Europa se extienden el pesimismo y la desesperanza de la mano de la austeridad, y en Estados Unidos todo pende de un hilo hasta el último minuto merced al secuestro del Partido Republicano por la derecha montaraz, enfrentada a un presidente ilustrado, pero falto de mayoría en la Cámara de Representantes.

Harry Reid

Harry Reid (izquierda) y John Boehner, durante la negociación ‘in extremis’ para evitar el abismo fiscal.

Lo de Estados Unidos es visceral; lo de Europa, estructural. Los padres fundadores crearon un sistema de contrapoderes para que ni la Casa Blanca ni el Congreso pudieran hacer de su capa un sayo, para que el pacto se impusiera al diktat; los forjadores de la Europa unida confiaron en que sus herederos levantarían un edificio institucional, pero estos, acuciados por los intereses nacionales, quedaron muy por debajo de las expectativas. El presidente Barack Obama ha ganado un asalto, pero en febrero deberá subirse de nuevo al ring; los europeos no bajan del cuadrilátero desde nadie recuerda qué día. Europa vive en una maraña puede que peor que el exabrupto dirigido por John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, a Harry Reid, líder demócrata en el Senado: “¡Que te jodan!”

En un artículo significativamente titulado En 2013 será preciso desconfiar aún de la docta ignorancia de los expertos, firmado por el sociólogo Edgar Morin en las páginas de Le Monde, se citan hasta cuatro condiciones para afrontar la renovación política que precisa Europa en general y, de forma más concreta, la izquierda europea. Una renovación que debe antes superar un espejismo: “Todo nuestro pasado, incluso el más reciente, abunda en errores e ilusiones; ilusión de un progreso infinito de la sociedad industrial, ilusión de la imposibilidad de nuevas crisis económicas, ilusión soviética y maoísta, y hoy reina todavía la ilusión de una salida de la crisis merced a la economía neoliberal, a pesar de haber producido esta crisis. Reina también la ilusión de que la única alternativa se encuentra entre dos errores: el error de que el rigor es el remedio a la crisis y el error de que el crecimiento es el remedio al rigor”.

Edgar Morin

El sociólogo Edgar Morin aconseja desconfiar de la “docta ignorancia de los expertos”.

La primera condición es protegerse de la ignorancia de los expertos: “Nuestra máquina de producir conocimientos, incapaz de proporcionarnos la capacidad de enlazar los conocimientos, produce en los espíritus miopías y cegueras”. La miopía lleva a la “docta ignoracia”, un estado anímico “incapaz de percibir el vacío pavoroso del pensamiento político (…) en Europa y en el mundo”.

El segundo requisito es que la izquierda emerja de la atonía intelectual que la atenaza y elabore un discurso propio que afronte los grandes desafíos de la globalización. “La izquierda es incapaz de extraer de las fuentes libertarias, socialistas, comunistas, un pensamiento que responda a las condiciones actuales de la evolución y la mundialización. Es incapaz de integrar el caudal ecológico necesario para salvaguardar el planeta”.

En tercer lugar, Morin menciona la necesidad de revisar el concepto de laicidad, tan íntimamente vinculado a la tradición política francesa y, por extensión, a la contribución ideológica de Francia al pensamiento político europeo: “Hoy sabemos que el progreso humano no es ni seguro ni irreversible. Conocemos las patologías de la razón y no podemos tachar de irracional cuanto atañe a las pasiones, los mitos, las ideologías”.

Por último, el ilustre pensador reclama una profunda reflexión acerca del individuo y el valor de la solidaridad. “Estamos en una civilización donde se han degradado las antiguas solidaridades, donde la lógica egocéntrica se ha desarrollado en demasía y donde la lógica del nosotros colectivo se ha subdesarrollado. Por este motivo, además de la educación, debe desarrollarse una gran política de solidaridad que comporte el servicio cívico de solidaridad de los jóvenes, chicos y chicas, y la instauración de casas de solidaridad encargadas de socorrer las angustias y las soledades”.

Entra aquí en juego una condición mencionada por Josep Borrell: “La aceptación democrática del esfuerzo colectivo solo se mantiene si se considera justamente distribuido”. ¿Tiene algún ciudadano europeo zarandeado por la crisis la sensación siquiera remota de que sus estrecheces guardan proporción con las de los que desencadenaron la hecatombe? Ciertamente, no. Los buenos propósitos del G-20 para acabar con los paraísos fiscales duermen el sueño de los justos, los escándalos bancarios se suceden, el lavado de dinero y la ocultación de patrimonios son moneda corriente, y todos estos ingredientes y otros más, citados por Borrell, siembran una profunda desazón y abren un precipicio insalvable, con la superestructura financiera y los gestores políticos, de un lado, y el resto de la sociedad, del otro.

Joschka Fischer

Joschka Fischer: “Sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”.

El programa de Morin es un punto de partida, pero queda por elaborar la parte más compleja: un pensamiento renovado que se presente como alternativa al desastre social en curso y que sea capaz de afrontar de forma imaginativa aquello que el texto de Borrell identifica. Puede decirse que el sociólogo francés echa en falta en Europa un plan de largo alcance en el que tengan cabida el rigor presupuestario, el crecimiento, la cohesión social y la renovación intelectual. Joschka Fischer, exministro alemán de Asuntos Exteriores, coincide a grandes rasgos con Morin cuando afirma en Falta de resolución del año nuevo de Europa que las medidas tomadas por Angela Merkel y otros líderes europeos durante 2012, encaminadas a cimentar la homogeneidad fiscal, el control de los bancos y la unidad de la política económica, no obedecen a una estrategia preexistente, sino que son respuestas a la crisis. Sin ella no las habrían adoptado y hubiera seguido la confusión a causa de una doble carencia: la falta de un marco político de referencia para la unión monetaria y la falta de liderazgo para crearlo.

Fischer identifica tres riesgos contra los que la Unión Europea apenas tiene armas para neutralizarlos:

  1. La situación económica de Estados Unidos, donde el galimatías del abismo fiscal pudo acabar en tragedia, con repercusiones en todo el mundo, especialmente en Europa.
  2. La posibilidad de una guerra caliente en Irán, promovida por Israel –más improbable es que Estados Unidos prenda la mecha–, que repercutiría en un aumento generalizado de los precios de la energía.
  3. La posibilidad de que los “intereses contradictorios” aumenten la separación entre los ricos del norte de Europa y los golpeados por la crisis del sur, lo que también hará crecer la distancia entre la Eurozona y el resto de la UE.

Además, Fischer menciona en su artículo dos requisitos ineludibles: que Francia aborde las reformas que debe aplicar a un modelo económico envejecido y que Alemania acepte la institucionalización –mutualización– del papel que desempeña en el euro. Si François Hollande no se decide a reformar, esto afectará al futuro de la UE, porque “sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”, escribe Fischer. Pero es difícil que el presidente de Francia se pliegue a según qué exigencias si Alemania no cede en su fundamentalismo economicista. Y resulta que Alemania estará en campaña electoral hasta septiembre y Angela Merkel desayuna todos los días con encuestas que recogen dos datos inamovibles: obtendrá la victoria, pero seguramente deberá constituir una vez más una gran coalición con los socialdemócratas, habida cuenta del más que probable desplome de los liberales.

Mario Monti

Mario Monti aspira a regresar al poder sin pasar por las urnas.

En tierra de nadie queda otro riesgo: la resurrección de la figura del rey-filosofo platónico que aspira a gobernar y aplicar su programa sin pasar por las urnas, parapetado detrás de una agrupación de fieles reunidos para la ocasión. Este es el caso de Mario Monti, cuyo regate electoral analiza Miguel Ángel Bastenier en El País. La legitimación de Monti mediante una investidura parlamentaria en una situación de emergencia financiera –noviembre de 2011– y el recurso a un Gobierno tecnocrático fue aceptado como un mal menor; el gesto aristocrático de soslayar el enojoso trámite de las elecciones para regresar al puente de mando sin empeñar mayores compromisos con los ciudadanos, degrada la democracia y pone en duda el valor de las urnas. Pero la operación está en marcha y puede ganar adeptos en otros lugares a poco que la crisis divida a la opinión pública entre los partidarios de un populismo de corte antieuropeo y los proclives a la figura del gestor esclarecido, bendecido por Berlín y Bruselas a un tiempo. De proliferar los Montis, ¿dónde quedarán la tradición política europea, el debate ideológico y la confrontación de programas? Viene el 2013 tan parecido al 2012 que no hay forma de dar en qué se diferencian las miserias pasadas de las futuras, aunque Mariano Rajoy anuncie días benignos para la segunda mitad del año sin que se sepa muy bien a qué se deberán.