Arabia Saudí, un socio incómodo

La decisión de la Administración de Joe Biden de desclasificar el informe elaborado por la CIA sobre el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el Consulado de Arabia Saudí en Estambul entraña una revisión escalonada de la relación de la Casa Blanca con el trono de Riad. La investigación del caso realizada por la agencia llega a la conclusión de que la muerte de Khashoggi fue autorizada por Mohamed bin Salman, hijo del rey y gobernante de facto, que quiso silenciar una voz crítica con la teocracia de los Saud, un respetado columnista de The Washington Post. Nada nuevo aporta el informe de la CIA, habida cuenta el convencimiento generalizado de que la desaparición del periodista fue decidida en los salones más exclusivos del poder; lo verdaderamente novedoso es que, al contrario de lo dispuesto en su día por Donald Trump, su sucesor ha hecho públicas las conclusiones.

Si durante décadas Arabia Saudí ha sido solo el aliado necesario, ahora es además el socio incómodo. Quizá debió haberlo sido antes, sobre todo a partir de las muy fundamentadas sospechas de que algunas ramas del árbol genealógico de la familia real saudí tuvieron comunicación, contacto, incluso información de los planes de Al Qaeda antes del 11-S, pero el Gobierno de George W. Bush optó por una aplicación extrema de la Realpolitik y dejó sin efecto la posibilidad de ahondar en algo que parecía más que probable. Quizá también hubiese sido saludable cierta voluntad anticipatoria para preservar el espíritu democratizador de las primaveras árabes, combatidas con denuedo por Arabia Saudí, pero de nuevo la Realpolitik se impuso a cualquier otra consideración.

Durante el mandato de Trump se hizo aún más evidente la inmunidad de los gobernantes saudís mientras se atuvieran a la política de acoso a Irán y a la necesidad de salvaguardar la seguridad de Israel. El príncipe Bin Salman se convirtió en el aliado necesario ideal: promovió cambios cosméticos en su país para pasar por un reformista y se sometió con entusiasmo a las directrices de Washington para Oriente Próximo. Fue así como la muerte de Khashoggi quedó por esclarecer o, por decirlo de forma más precisa, quedó pendiente la difusión de las conclusiones de la investigación de la CIA.

Lo cierto es que Arabia Saudí es, con Israel y Egipto, el ingrediente determinante en la estructura de seguridad y control político de Oriente Próximo diseñado por Estados Unidos. Es decir, es improbable que Joe Biden renuncie a este aliado, pero es posible que cambie el ADN de la relación (de momento, ha suspendido la ayuda militar destinada a la guerra de Yemen). Hay varias razones para que tal cosa suceda, entre ellas el deseo del presidente de resucitar, aunque sea en otros términos, el plan para contener el programa nuclear iraní mediante una rehabilitación más o menos oficial de la república de los ayatolás ante la comunidad internacional. Es algo necesario para diluir los efectos del disparate cometido por Trump al denunciar y salirse del acuerdo negociado en su día por Barack ObamaHasán Rohani.

Pero no es este el único factor trascendente en la repercusión que puede tener la nueva modulación del vínculo de Estados Unidos con Arabia Saudí. De producirse, lo será también para el reformismo político árabe, emparedado entre fracaso de las primaveras y la complicidad de Arabia Saudí en la restauración de la autocracia en Egipto –con influencia en toda la región–, y para el reformismo musulmán. Es esto último algo fundamental para que decrezca la presión del islamismo retardatario en sociedades como la tunecina, objetivamente secularizadas, y para que dispongan de nuevos medios de expresión los promotores de un islam puesto al día, que existen, aunque su voz deba vencer casi siempre enormes obstáculos.

El título de protector de los santos lugares de La Meca y de Medina ha conferido históricamente a los monarcas saudís un poder e influencia añadidos que han facilitado la labor a un islam anclado en el pasado, ajeno a inquietudes básicas para adecuarse al presente. Son muchas las voces que comparten la opinión expresada en 2018 por la eminente historiadora Karen Armstrong en una conferencia pronunciada en Madrid: “El apoyo que los gobiernos occidentales han dado a Arabia Saudí ha hecho mucho daño al mundo musulmán”. Armstrong señaló la expansión del wahabismo, favorecida por el régimen durante decenios, que ha cambiado a una generación de jóvenes musulmanes, como un factor determinante en la percepción que del islam se tiene en Occidente. Basta comparar la situación actual con la que se daba hace medio siglo en lugares tan diferentes del mundo árabe –en general en cualquier lugar del islam– como Marruecos, Egipto e Irak para concluir que el influjo saudí ha sido determinante.

En cierta ocasión, un imán marroquí cenó en Casablanca con cuatro periodistas españoles. Uno de ellos le preguntó cuál podía ser la repercusión de un cambio de régimen en Arabia Saudí o simplemente una apertura de la monarquía al concepto de modernidad (cultural, cabe añadir). El imán no hubo de meditar ni un segundo: “Sería una liberación”, respondió. Es poco menos que innecesario aclarar que probablemente no es mayoritaria esta opinión entre el establishment político y religioso del mundo árabe, pero resulta significativa siquiera sea porque cuanto procede de Riad es indisociable del mensaje religioso, de esa pretensión de palacio de ser una referencia siempre.

El príncipe Salman es una figura clásica del poder absoluto en todos los órdenes de la vida que encarna la monarquía saudí. Es invulnerable porque no está sujeto a ningún control externo a la institución de la que forma parte, y ha sido hasta la fecha un actor político necesario para Occidente –especialmente para Estados Unidos– para garantizar la sucesión a la corona sin sobresaltos. Pero acaso la utilidad saudí de hoy, pilotada por el príncipe, sea el obstáculo árabe de mañana para la revisión o adecuación del statu quo en el golfo Pérsico, para responder a la crisis social extrema en muchos países árabes y para evitar que la lógica del autoritarismo sin tregua dé alas a los promotores de soluciones extremas incontrolables. Nada es para siempre y la influencia saudí, gestionada por el príncipe Mohamed bin Salman, no tiene por qué ser una excepción.

What do you want to do ?

New mail

Efervescencia fundamentalista

“El fundamentalismo es una fe defensiva; se anticipa a la aniquilación inminente”.

Karen Armstrong

La decisión del Tribunal Supremo de El Salvador de prohibir que aborte una mujer de 22 años identificada como Beatriz, a pesar del dictamen de los médicos, partidarios de la intervención, pone de manifiesto una vez más el auge de los fundamentalismos religiosos. Frente al libre albedrío y la libertad consciente del individuo gana terreno el sometimiento de las conciencias, y frente a la gestión de los conflictos en términos estrictamente políticos, a partir de ideologías terrenales, aparece en ellos la intromisión de los hermeneutas o de los emisarios del más allá. Hasta que el Gobierno salvadoreño ha intervenido, Beatriz se ha encontrado atrapada en la red tejida por cuantos “han convertido el mythos de su religión en un logos al insistir en que sus dogmas son científicamente válidos o al transformar su compleja mitología en una ideología modernizada”, en palabras de Karen Armstrong.

Para los magistrados salvadoreños que decidieron que Beatriz debía seguir adelante con el embarazo a pesar de que su vida corre peligro y el feto es anencefálico –le falta parte del cerebro; no vivirá–, la Constitución en la que apoyaron su dictamen no es más que una coartada legal para imponer un criterio moral jaleado por la Conferencia Episcopal y los grupos antiabortistas. Todas esas instancias y organizaciones son perfectamente legales y respetables, pero su comportamiento se adentra en el sendero del totalitarismo ideológico al pretender que todo el mundo se rija por sus ideas, presentadas estas como superiores a las de cuantos disienten de ellas. Es esta una característica muy propia de los fundamentalistas, como es fácil observar del conflicto sirio a la dificultad de dar en China con donantes de órganos.

Hay otros fundamentalismos además del religioso –el ecologista, el estatista, el laicista y muchos más–, pero, en general, carecen de la rigidez formal y material de aquellos que se remiten al mensaje religioso como referencia ineludible. Hay otras herramientas ideológicas que tienden a ocupar la totalidad del espacio social que las contienen, pero ninguna tiene la capacidad de movilización del fundamentalismo religioso, ajeno al dictamen de la razón, aunque teólogos tan destacados de nuestros días como el Papa emérito Benedicto XVI presentan la fe como fruto de la razón. Hay otras actitudes, surgidas del compromiso religioso, que son diametralmente diferentes de las de los fundamentalistas, pero estos las mantienen bajo sospecha cuando no las combaten, como si se tratara de herejías encubiertas.

Manifestación en París

Manifestación en París contra los matrimonios homosexuales, el 26 de mayo.

Los episodios vividos en una calle de Londres y en otra de París con pocos días de diferencia son tributarios de ese fundamentalismo que no tiene otra justificación moral que el criterio poco menos que esotérico que aplica a sus actos. Los dos jóvenes que segaron la vida de un soldado en Londres y el que hirió a otro en París actuaron a partir de la convicción estrictamente mitológica de que con sus actos defienden al islam –sometimiento a Dios– y responden adecuadamente a los atropellos cometidos por Occidente en Afganistán e Irak, en primera instancia, pero que seguramente deben remontarse a las Cruzadas para justificar sus acciones. Es casi imposible imaginar a los dos soldados objeto de sus ataques como algo más que militares profesionales, pero cuando se salta del análisis socio-político a la ensoñación teosófica y al valor simbólico de las víctimas, todo adquiere la apariencia deforme que alimenta la simplificación inherente a cualquier forma de fundamentalismo, y así se impone la mentalidad del sectario y se esfuma la del creyente.

¿Qué decir de las multitudes que desfilan por la calles de Francia para oponerse a los matrimonios entre personas del mismo sexo? ¿Qué decir de las iglesias protestantes más retardatarias de Estados Unidos, que siguen dudando de Barack ObamaHussein, su segundo nombre, es motivo de gran sospecha– en términos más propios de la visceralidad política que del debate democrático? ¿Qué decir de los fundamentalistas mosaicos cuyo mayor argumento de autoridad para instalarse en Cisjordania es la Escritura? ¿Qué pensar de todos ellos y otros muchos que perturban la articulación de sociedades extremadamente complejas, cruzadas por intereses contrapuestos y una gran variedad de puntos de vista? ¿Qué decir de la reaparición en España del debate sobre el aborto, ausente de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos y que Alberto Ruiz-Gallardón vuelve a poner sobre la mesa al hilo de las presiones de la Conferencia Episcopal? ¿Qué decir de esa obsesión poco menos que enfermiza por regular el uso del cuerpo en detrimento de la autonomía del individuo?

Incluso en un conflicto tan endiabladamente trágico como el sirio, los ecos del fundamentalismo religioso suní y chií ocupan cada día una porción mayor en la gestión del problema. Se dice con razón que hasta Siria llega la pugna histórica entre las dos ramas de la fe musulmana, que la oposición en armas acoge la respuesta suní al chiísmo en armas, que se refugia en la protección del Gobierno y de Hizbulá. Se dice que las minorías religiosas no musulmanas confían en la continuidad del régimen, temerosas de que un eventual triunfo de la oposición lo sea también del fundamentalismo suní vinculado a la herencia ideológica de Al Qaeda. Se dice, en fin, que el compromiso timorato de Occidente con la oposición al presidente Bashar el Asad obedece al temor que la ayuda dirigida a combatirle acabe en manos de islamistas radicales fuera de control. Y en este discurso al que podrían añadirse otros muchos enunciados, la religión como coartada de la matanza asoma por todas partes, aunque los sentimientos religiosos tienen poco que ver con las causas iniciales de la guerra y el recuento diario de cadáveres en ambos bandos.

Hasán Nasrala

Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que invoca, entre otros, motivos religiosos para intervenir en Siria al lado de los soldados del presidente Bashar el Asad.

Si en sociedades secularizadas, que consagran la neutralidad de las instituciones del Estado, resulta poco menos que obscena la orientación confesional de algunas políticas, el recurso a la religión en el campo de batalla lo es aún más. Como explica el especialista Brian Whitaker en la web al.bab.com, Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, incluye el combate contra los takfiris, supuestamente emboscados en las filas de la oposición, en la lista de razones para participar en la guerra al lado de los soldados de Asad. Pero ¿qué es un takfir? Un musulmán declarado no creyente por otro musulmán, un concepto que se remonta al califa Abú Bakr, allá por el siglo VII. Es decir que entre las justificaciones de Nasrala pesa tanto el impulso religioso, derivado de la nebulosa de la tradición de los primeros años del islam, como el temor a que Israel invada Líbano después de domeñar a Siria, directamente o través de las potencias occidentales.

Lo menos que puede decirse es que se asiste a una transformación del mensaje religioso: deja de ser una guía moral, aunque formalmente conserva esta condición, para convertirse en una imposición de alcance general. La religión deja de ser “fuente de libertad”, en expresión utilizada por Raimon Ribera en el ensayo El diàleg interreligiós, para transformarse en algo que aliena y oprime, según el mismo autor. Para los no creyentes, el efecto va más allá: se percibe como una forma de totalitarismo moral que violenta sus convicciones más íntimas. Porque el fundamentalismo religioso da la batalla contra cuanto atenta a sus principios, aunque se trate de asuntos sin el menor atisbo de obligatoriedad: el aborto, el divorcio, el matrimonio homosexual son opciones personales; lo único que hacen las leyes es regularlas para cuantos recurren a ellas. En realidad, los fundamentalistas se sienten moralmente superiores, éticamente obligados e históricamente justificados frente a una sociedad acomodaticia por permisiva.

Henry Louis Mencken

El escritor estadounidense Henry Louis Mencken (1880-1956), que se opuso al papel desempeñado en su país por el fundamentalismo cristiano.

Pero, al mismo tiempo, en el fundamentalismo en boga, que a menudo adopta tics puritanos, es fácil detectar una manipulación política de los sentimientos o de la ideología espontánea dominante en cada sociedad. El escritor Henry Louis Mencken definió el puritanismo como “el atormentante miedo de que alguien, en algún lugar, es feliz”, y acaso la manipulación no sea otra cosa que sembrar el desasosiego entre quienes no lo padecían, y se sentían razonablemente capaces de actuar según sus propias convicciones, para llevar a su ánimo la idea de que hay en marcha una operación para socavar el mundo en el que se reconocen. Esa operación de ingeniería social, de naturaleza defensiva frente al temor a una “aniquilación inminente”, es más viable en sociedades en crisis como las de hoy que en aquellas otras, adscritas a la esperanza, que sobrevivieron a la segunda guerra mundial. Quizá sea esa la razón última del éxito in crescendo de predicadores vociferantes que anuncian el apocalipsis si no nos salimos de la senda secular, que se remonta a las Luces.