La amenaza está en Siria

Mientras el profesor Jean-Pierre Filiu decía el miércoles en Barcelona que el peligro y la amenaza está en Siria se supo que las autoridades académicas de Charleville-Mézières, en el norte de Francia, habían impedido la entrada a un instituto de una adolescente musulmana de 15 años por vestir una falda negra excesivamente larga, que entendieron era una manifestación pública de su credo religioso. Diríase que los árboles no dejan ver el bosque o que cuestiones de detalle impiden ir al fondo del problema o que, peor aún, el miedo a la propagación del fundamentalismo islamista corre el riesgo de convertir en caricatura los valores propios de una sociedad laica hasta hacer de ellos, a su vez, una forma de fundamentalismo. Los comentarios en Twitter que acompañan a la etiqueta #JePorteMaJupeCommeJeVeux (llevo la falda como quiero) constituyen una muestra significativa de un laicismo sin sectarismo, pero aquellos otros que apoyan la decisión de las autoridades han estimulado un rebrote de las corrientes puritanas –prohibición de los shorts o de las faldas excesivamente cortas (sic)– y, a veces, de una islamofobia más a o menos explícita.

Pero el problema está efectivamente en Siria y no en la longitud y el color de las faldas. El problema está en Siria y en la incomprensión del problema o, más apropiadamente, en la simplificación del problema para eludir compromisos mayores: intervenir allí con más determinación que hasta la fecha y aceptar que quizá la oposición no islamista, debidamente auxiliada, podría cambiar el rumbo de los acontecimientos. Desde el bombardeo con armas químicas de Ghuta, en la periferia de Damasco, el 21 de agosto del 2013, hasta la fecha se ha registrado una progresiva rehabilitación del presidente Bashar el Asad, que, después de Ghuta (1.400 muertos), accedió a desprenderse de su arsenal químico y poco a poco se presentó ante una opinión pública desinformada o asustada, para el caso es lo mismo, como el único bastión capaz de resistir la envestida yihadista del Estado Islámico, del califato, del Daesh o como llamarle se quiera. “Del dilema entre revolución y autoritarismo se pasará progresivamente al dilema entre yihadismo o autoritarismo, convertido El Asad en el menor de los males”, escriben los arabistas Lurdes Vidal y Nicolás Mayer en el trabajo Siria, esperanzas defraudadas.

Escapa a la opinión pública europea, aturdida por la amenaza terrorista de todos los días, el dato concluyente de que el presidente sirio se ocupa de moldear el perfil del gran enemigo –los islamistas–, pero bombardea a la oposición no islamista en Alepo y apenas acosa las posiciones yihadistas en Raqa, noreste de Siria, plaza fuerte del Estado Islámico. Progresa la socialización del terror en suelo europeo y en Siria, pero en la percepción colectiva prevalece la convicción de que el mayor problema no está en una lejana guerra civil, sino a la vuelta de la esquina de cualquier calle de Europa. Crece así la islamofobia, según los datos indiciarios que manejan la Red Europea contra el Racismo y la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE, que detecta un incremento de los casos de discriminación en Francia, Reino Unido y España. Y crece también el vínculo entre discriminación y radicalización de jóvenes musulmanes europeos dispuestos a unirse a las filas del Estado Islámico.

Opiniones como la de Jean-Pierre Filiu, que afirma que “el Estado Islámico está inventando una nueva religión que no tiene nada que ver con el islam”, tienen un carácter minoritario, y el ruido informativo en la aldea global enturbia datos tan esclarecedores como que el 60% de los islamistas denunciados en Francia lo han sido por sus familias. Al mismo tiempo, avanza la construcción de un enemigo inmediato que oculta la realidad de un adversario lejano que opera como imán que atrae a un segmento de jóvenes decepcionados por el futuro que les reserva una Europa próspera que no comparte su prosperidad con ellos. Antes al contrario: ser musulmán es a menudo motivo de sospecha, de recelo o de exclusión.

El diplomático argelino Lajdar Brahimi, que lo mismo que antes Kofi Annan fracasó como mediador para la resolución de la guerra en Siria, reclama un compromiso conjunto de los actores regionales –Irán, Jordania, Arabia Saudí, Turquía y Catar– para detener la matanza, un compromiso por lo demás harto difícil, y al mismo tiempo deplora los errores cometidos por Europa, pues sin ella no es posible vislumbrar una solución. En cambio, si se ausenta del conflicto o pasa desapercibida, sí es posible temer un ascenso de los movimientos xenófobos en Francia, Alemania, Reino Unido, Polonia, Holanda, Austria y Suecia, y, a medio plazo, en toda Europa, donde subirse a una tribuna y denostar a la población musulmana reporta más réditos electorales a cada día que pasa.

Apostar por el mal menor, como parecen haber hecho Estados Unidos y Europa, conduce directamente al fracaso o a la perpetuación de la crisis y de la tragedia humana a ella asociada. Porque llegar a la conclusión de que cualquier alternativa es peor a la guerra misma, que el empate histórico en el campo de batalla preserva el statu quo sin dar a nadie la victoria, no desactiva los mecanismos de captación de militantes del yihadismo ni las amenazas que se ciernen sobre la sociedad europea. En cierta medida, la parsimonia europea constituye un triunfo del Estado Islámico, que ha movilizado a su adversario lejano –Occidente–, y ello le permite justificar el recurso a la guerra en Siria e Irak, pero no se ha movilizado lo suficiente como para poner en peligro las conquistas territoriales del califato y detener la llegada de nuevos combatientes procedentes de diferentes lugares de Europa.

La idea expresada por Rami G. Khouri en un artículo publicado en el periódico libanés The Daily Star, según la cual no pasa de ser algo anecdótico el atractivo que tiene el Estado Islámico para “unos pocos miles de chiflados y almas perdidas que viajan desde los países occidentales”, es una simplificación tan arriesgada como la que en Occidente se hace al abordar el caso sirio. Esa exportación de europeos, crecidos en familias musulmanas o conversos, es un síntoma significativo de una crisis social que cruza el continente de parte a parte. No se trata de un fenómeno marginal, de un dato sin importancia –la longitud de una falda sí lo es–; es la cara más visible y puede que alarmante de la descohesión derivada de políticas equivocadas con efectos agravados por el poder de captación de la prédica fundamentalista. Es el frente europeo de la guerra siria.

Siria, una tragedia sin límites

La primera víctima incruenta de la conferencia Ginebra 2 ha sido el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, obligado por Estados Unidos a retirar la invitación previamente cursada a Irán para que participara en las conversaciones. Desde el desaire sufrido en 1996 por Butros Butros-Ghali, cuya reelección al frente de los destinos de la ONU fue vetada por el presidente Bill Clinton, no se daba una situación de debilitamiento tan extremo de la dirección del organismo que en el plano puramente teórico tutela las relaciones internacionales. Prueba de las grandes dificultades que presenta detener la matanza en Siria y dar con el punto intermedio que haga posible, por lo menos, pasar del campo de batalla al encuentro entre adversarios. Prueba, asimismo, de los riesgos que contrae quien asume compromisos concretos en esa larga tragedia, que suma 130.000 muertos y varios millones de desplazados –las cifras se han desbocado–, además de transmitir al resto del mundo la impresión de que el desastre va para largo.

La ausencia de Irán de Ginebra 2 daña irremediablemente las de por sí escasísimas posibilidades de sacar algo en limpio de la coreografía diplomática. El deseo de la Casa Blanca de desvanecer toda sospecha de concomitancia con la diplomacia iraní, a la que con frecuencia se refieren los republicanos adscritos al Tea Party, ha hecho caer en el olvido el diagnóstico de Kofi Annan, cuando aceptó el encargo de mediar en la guerra de Siria: “Irán es un actor. Debería formar parte de la solución. Tiene influencia y no podemos ignorarlo”. En ese olvido voluntario ha pesado el reciente acuerdo sobre el programa nuclear de los ayatolás, atacado con parecida violencia por los neocons en Estados Unidos y por los halcones de Teherán, pero, al plegarse a esa realidad, el presidente Barack Obama ha renunciado a la eventual capacidad de persuasión del hábil Muhamad Javad Zarif, ministro iraní de Asuntos Exteriores, para atemperar los ímpetus belicistas de una parte del chiísmo radical.

La segunda víctima incruenta es el diplomático argelino Lajdar Brahimi, superado por la situación y atenazado en la misión que tiene encomendada a causa de la gestión del conflicto desde Estados Unidos y Rusia, de la división en las filas de la oposición siria, del pulso que mantienen las teocracias suní (Arabia Saudí) y chií (Irán) por la hegemonía en el Golfo, de la segunda vida de Al Qaeda, reactivada en Irak, y del temor muy extendido a que el conflicto sirio acabe contaminando toda la región si es que no lo ha hecho ya. Cuando Brahimi se acerca a la mesa de la conciliación para acercar posiciones lo hace sin más posibilidades de éxito que las ganas que tengan sus interlocutores de renunciar a la grandilocuencia. Una disposición infrecuente en el clima de invectivas cruzadas por el Gobierno de Bashar el Asad y las diferentes oposiciones que le hacen frente con desigual fortuna e influencia.

La situación de Brahimi es fiel reflejo de la división en la Liga Árabe, que se debate entre la implicación de Arabia Saudí y sus aliados del momento, más o menos dispuestos a seguirla, y el deseo de los países más alejados del conflicto de limitar los compromisos. Pero la situación de Brahimi explica también hasta qué punto pesa en la crisis siria la falta de sintonía entre Arabia Saudí y el equipo de Obama y el deseo expresado por el presidente de mantener alguna forma de equilibrio regional compartido por saudís e iranís. Eso es tanto como decir alguna forma de equilibrio entre sunís y chiís, del Mediterráneo oriental al Golfo, según el análisis del especialista Husein Ibish, con las dificultades inherentes a tejer una red de intereses comunes con una hebra árabe y otra que no lo es (Irán).

La tercera víctima incruenta es la oposición posibilista, reconocida por Occidente como representante legítima del pueblo sirio que se levantó contra el autócrata, pero extremamente debilitada por su incapacidad manifiesta para neutralizar sobre el terreno a los yihadistas. Esta oposición, con la que Occidente creyó poder desalojar del poder a Asad al precio de daños colaterales mínimos, está dirigida por figuras largo tiempo alejadas de Siria, poco representativas del argumento que se desarrolla en el interior del país, y no siempre capaces de ponerse de acuerdo para aplicar un programa a largo plazo de reconstrucción del país.

Que el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, declare que tener el derecho de dirigir un país no puede “proceder de la tortura, los barriles-bomba y los misiles Scud” tiene menos eficacia real para la oposición moderada que la determinación de Sergei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, de descartar “posiciones premeditadas” –el apartamiento de Asad del poder– en Ginebra 2. Porque mientras las palabras de Kerry apenas sirven para un titular de prensa, la actitud de Lavrov implica que el presidente sirio seguirá en el poder por un tiempo indeterminado, pero largo a todas luces. Y a continuación de Lavrov, con efectos prácticos no menos importantes, deben contabilizarse los apoyos externos que recibe Asad desde el chiísmo radical, empezando por la milicia libanesa de Hizbulá, presente en el teatro de operaciones sirio.

Todo eso debilita el posibilismo tanto como la determinación de las organizaciones yihadistas de oponerse a cualquier desenlace negociado del conflicto. “El futuro de Siria será decidido aquí, sobre el terreno, y firmado con la sangre de los frentes y no en conferencias vacías a las que acuden aquellos que no se representan ni a sí mismo”, ha manifestado Abú Omar, dirigente del Frente Islámico, un conglomerado de grupos “wahabís takfiris”, en expresión utilizada por la emisora de televisión Al Manar, que pertenece a Hizbulá. Detrás de las palabras de Omar alienta la estrategia defendida por Al Qaeda en el último mensaje de voz conocido de su máximo dirigente, Aymán al Zauahiri: que cesen los combates entre facciones rebeldes.

Los fundamentalistas saben que la guerra dentro de la guerra aligera la presión interna sobre Asad y las grandes potencias comparten esa opinión, pero mientras los primeros aspiran a imponer su enfoque de la crisis siria mediante la unidad de acción, las segundas entienden que mientras sean los islamistas los que dirigen la batalla, la guerra dentro de la guerra es un mal necesario. Es esta una de las pocas coincidencias de criterio de Estados Unidos y Rusia, cuya preocupación por el auge yihadista está en relación directa con sus propios problemas con el islamismo radical en Daguestán, Chechenia y otras regiones del Cáucaso, tal como explica en su web Brian Whitaker. El Gobierno ruso teme el contagio y que alguna franquicia de Al Qaeda arraigue dentro de sus fronteras en territorios de tradición musulmana, una razón más para que apoye a Asad, que se presenta ante la comunidad internacional como un luchador decidido contra el terrorismo global.

Cuando el rompecabezas es tan complicado, las esperanzas menguan a cada palabra dicha de más, a cada gesto abrupto que delata el desacuerdo profundo entre las partes, y, en la guerra de siria, los gestos abruptos se remontan a casi tres años atrás, cuando de la protesta popular se pasó a los combates esporádicos y de ahí, a la guerra civil, las armas químicas, la infiltración fundamentalista, las líneas rojas de Obama que dejaron de serlo y así sucesivamente hasta llegar a Ginebra 2. Hasta llegar a la aspiración tan sensata como tremendamente difícil de establecer un periodo transitorio en el que Gobierno y oposición compartan el poder, después de la salida de Asad, para pacificar el país, evitar que se convierta en un Estado fallido a las puertas de Israel y conjurar el riesgo de que toda la región padezca las consecuencias. Sería magnífico pensar que, por sensato, es posible el futuro así descrito, pero hay demasiados indicios para no creer que el rumbo que se sigue es muy otro.

 

 

 

 

Incertidumbres árabes a las puertas de Israel

Después de bombardear la instalación militar siria de Jamraya y de obtener la consabida comprensión de Estados Unidos, el Gobierno de Israel ha tomado la iniciativa antes de recibir a finales de mes a John Kerry, secretario de Estado. Este se propone respetar la simetría formal al entrevistarse con el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, y cruzar el muro de Cisjordania para hacer lo propio con el presidente palestino, Mahmud Abás. En la práctica, tal simetría no existe, pero es preciso simularla porque la guerra de Siria y la fractura política en Egipto configuran la periferia de Israel como un ecosistema propenso a la inestabilidad, condicionado por las incertidumbres árabes y por la aparición más o menos imprevista de nuevos actores como China.

La política israelí de hechos consumados incomoda a Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, la Casa Blanca se acerca inexorablemente al momento en el cual un presidente cree llegado el día de pasar a la historia por algún hecho notable antes de que su condición de pato cojo –los dos últimos años del segundo mandato– proyecte una imagen de debilidad. El precedente de las negociaciones de Camp David del verano del 2000 –Ehud Barak y Yasir Arafat–, que promovió Bill Clinton y acabaron sin resultado, son el ejemplo más socorrido de las urgencias de un presidente que persigue la gloria histórica urgido por la inexorable marcha del tiempo. Pero hay otro factor que opera a favor de los renovados esfuerzos de Estados Unidos en Oriente Próximo: su deseo de modular su compromiso en la región con la poco menos que total independencia energética que garantizan los últimos yacimientos descubiertos en territorio norteamericano.

Los riesgos que debe medir Barack Obama no son menores. El programa de asentamientos seguido por el Gobierno israelí en Cisjordania amenaza con hacer definitivamente inviable la solución de los dos estados en no más de dos años (Miguel Ángel Moratinos), una situación que invalidaría el posibilismo de la Autoridad Palestina. La guerra en Siria tiene un poder de contaminación que llega hasta la frontera de Israel mediante los milicianos de Hizbulá, asentados en el sur de Líbano. La crisis política y económica en Egipto desgasta el islamismo político y da alas al salafismo, alentado desde los púlpitos de las mezquitas y que atrae a las bases del Partido de la Libertad y la Justicia, la marca electoral de los Hermanos Musulmanes. De todas las rutas trazadas en ese laberinto, la única que Estados Unidos conoce como la palma de la mano es la que lleva a Jerusalén; para las otras carece de una guía de viaje fiable.

El diplomático canadiense Michel Duval, exembajador de su país en la ONU y en el Líbano, sostiene que no es posible encontrar una solución factible al caso sirio fuera del Consejo de Seguridad. Duval habla con conocimiento de causa cuando señala que Rusia y China se oponen a una intervención en Siria autorizada por las Naciones Unidas porque tienen muy presente lo sucedido en Libia, donde la OTAN “fue increíblemente más allá del mandato de la ONU”. Eso debilita a Lajdar Brahimi, el enviado especial despachado al conflicto por la comunidad internacional, porque “lleva dos sombreros incompatibles”, en palabras de Duval a La Presse, el gran periódico centrista de Montreal: el de la ONU, que aspira a la imparcialidad, y el de la Liga Árabe, que ha tomado partido por la oposición siria en armas. Habría que añadir que en la memoria colectiva de la Administración de Obama están muy vivas las desastrosas intervenciones en Afganistán e Irak, que desgastaron la imagen internacional de Estados Unidos y alimentaron las corrientes antioccidentales más radicales en el mundo árabe, incluido el frente yihadista.

Por si esas razones no fueran suficientes, hay una de orden práctico que respetan todas las cancillerías: carece de sentido político intervenir en Siria a cambio de nada. El apoyo que otorgan Rusia y China a Bashar el Asad es a cambio de algo –influencia en la región–; el de Irán está íntimamente relacionado con la praxis del chiismo en tierra hostil y en su pulso con el islam suní del Golfo, más el programa nuclear de la república islámica. La eventual implicación de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se produciría a cambio de muy poco y sería bastante mal recibida por la calle árabe, que vería la mano de Israel, seguramente con razón, en el compromiso de las potencias occidentales. Las mismas que encabezaron la intervención en Libia después de haber rehabilitado a Muamar Gadafi durante la primera década del siglo. Las mismas que, a falta de otros motivos, esgrimen el temor de que quienes con más atributos mueven los hilos de la oposición son los yihadistas curtidos en mil batallas, que se han adueñado de la dirección de las operaciones y son hoy tan sospechosos de recurrir a las armas químicas (Carla Del Ponte) como el Ejército de Asad.

En Egipto, los presagios no son mucho mejores. El Gobierno mantiene unas interminables negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener un préstamo de 4.800 millones de dólares que le permita tapar agujeros, pero el martes hubo una remodelación de Gobierno que incluyó, entre otros, el nombramiento de un nuevo ministro de Economía, Fayad Abdel Moneim, un perfecto desconocido especialista en finanzas islámicas. Mientras tanto, la inflación interanual supera el 8%, la libra egipcia se ha depreciado con respecto al dólar el 15% desde primeros de año y el Gobierno ha decidido recortar los subsidios a la energía, que representan un quinto del presupuesto. Se supone que esta y otras medidas futuras, como subir los impuestos sobre las ventas, persiguen el equilibrio fiscal y anticiparse al programa de austeridad que impondrá el FMI, pero los funcionarios de la organización se declaran desconcertados con los cambios de responsables políticos. “Cada vez que conocemos el comportamiento de un ministro, este desaparece”, le manifestaron representantes del FMI a Samir Raduan, primer ministro de Economía después de la caída de Hosni Mubarak, según recoge la edición digital en inglés del diario cairota Al Ahram.

En el baile de nombres desencadenado por el presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ven algunos la presión del ala menos política de los Hermanos Musulmanes, cuya influencia habría crecido a partir de la crisis de diciembre y el endurecimiento de la oposición. Es posible que se haya producido esa deriva de la Hermandad hacia el radicalismo, pero un especialista como Abdalá Schleifer, profesor emérito de la Universidad Americana de El Cairo, pone en duda que se haya producido una hermanización de Egipto, el diario Daily News Egypt destaca que solo un tercio de los ministros procede de la Hermandad y el profesor Shadi Hamid, director de investigación del Brookings Doha Center, concluye con una afirmación contundente un largo artículo en el último número de la revista Foreign Policy: “Las auténticas batallas ideológicas realmente aún no han empezado”.

Esas batallas venideras interesan directamente a los gobernantes israelís, que hasta la fecha han sorteado la inestabilidad egipcia mediante el acuerdo directo entre generales a un lado y otro de la frontera del Sinaí. Se trata de una solución inconcebible fuera de la militarización de los espíritus en Israel y de los privilegios hors catégorie de los que disfrutan los uniformados en Egipto, pero es una alternativa útil, razonablemente estable y de naturaleza técnica hasta donde cabe aplicar este adjetivo al cometido de militares profesionales, teóricamente sujetos a la política de seguridad diseñada por cada Gobierno. Al mismo tiempo, es una fórmula que puede quebrarse en la medida en que el enconamiento político en Egipto lleve a la mesa del Consejo de Ministros el disgusto de la calle árabe por la gestión del problema palestino, algo que por lo demás se percibe en la base de los Hermanos Musulmanes y en las redes sociales, caja de resonancia de una opinión pública disconforme.

Hasta que se consume el acuerdo con el FMI, la pugna entre las dos grandes ramas del islamismo político conocerá un crescendo lleno de riesgos. Tal como explica Hamid en su artículo, la Hermandad mantiene viva la discusión en cuanto a la prevalencia de la sharia como fuente de derecho, a diferencia del rumbo seguido por el partido Ennahda, que gobierna en Túnez, a pesar de su ideología asimismo islamista. Y está lejos de haber cerrado la discusión referida a cuál es el límite aceptable de las condiciones que impondrá el FMI, un factor de división que también se da en las filas de una oposición aglutinada en torno a la defensa de un Estado laico y bastante menos homogénea en cuanto atañe a la economía, el agravio palestino y las relaciones con los vecinos, así se trate de Israel o de las petromonarquías.

Todo esto importa a Israel y afecta a su estabilidad emocional, dañada todos los días por episodios simbólicos, pero de gran repercusión, como la decisión del físico Stephen Hawking de sumarse al boicot académico y no acudir a una conferencia en Jerusalén para protestar contra la política que el Gobierno de Netanyahu sigue con los palestinos. La efervescencia a las puertas de Israel, bastante fuera del control de sus aliados más sólidos, transita entre la institucionalización de la primavera egipcia y la escalada bélica siria, alienta a agitadores armados como Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que se declara dispuesto a ayudar a Siria para que reconquiste el Golán, y lleva a las opiniones públicas árabe e israelí a radicalizarse. Y en esta atmósfera enrarecida desde siempre por pasiones desbordadas, los partidarios de mantener los equilibrios tienen un margen de maniobra más estrecho a cada día que pasa, como si la única elección posible fuese entre lo malo y lo peor.

Siria, una guerra por poderes

El simulacro de tregua aceptado por el Gobierno sirio con ocasión de la fiesta musulmana del sacrificio (Aid el Kebir o Adha) al final de una extenuante tanda de negociaciones completada por el diplomático argelino Lajdar Brahimi, mediador nombrado por la ONU para que intente que se detenga la carnicería, fue de vida tan breve que nadie se molestó en respetarla. La lógica de la guerra se mantiene en todo su apogeo, la manipulación de la tragedia desde el exterior es más evidente a cada día que pasa y la extensión de la crisis siria a Líbano constituye un riesgo inmediato después del asesinato del general Wisam al Hasán, jefe de los servicios secretos del pequeño país y figura destacada de la comunidad suní. Y así, aunque el miércoles dijese en Barcelona el economista sirio Samir Aita, redactor jefe de la edición árabe de Le Monde Diplomatique, que la sociedad de su país es fuerte, avanza con inusitada rapidez la doble perspectiva de una libanización de la guerra y de una vuelta de Líbano a las luchas sectarias.

Un artículo publicado por Aita en el diario británico The Guardian el 22 de julio planteaba una serie de incógnitas que no permiten responder sí o no sin más matices. Se preguntaba entonces Aita, y sigue en ello: “La verdadera cuestión aquí es si Estados Unidos quiere una Siria estable y unida, incluso después de un largo periodo de transición. ¿Dispone de los medios para influir en el resultado a través de los poderes regionales emergentes de Catar, Arabia Saudí y Turquía? (…) La salida de Asad, ¿es suficiente para los emires de Catar y Arabia Saudí, así como para el gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo en Turquía? ¿O quieren más? En esencia, ¿podrían aceptar una Siria unida que solo es posible que se mantenga sobre la base de un Estado laico con igualdad de ciudadanía? ¿Aceptarían un Estado fuerte, democrático y libre, incluso después e una larga transición? Está por aclarar”.

Samir Aita

Samir Aita, integrante de la oposición laica siria y redactor jefe de la edición árabe de ‘Le Monde Diplomatique’.

Aunque las preguntas las formula un intelectual de la oposición laica siria instalado en París, que cree que la unidad de Siria y la paz civil solo se pueden preservar mediante la neutralidad del Estado, son pertinentes porque tanto en la guerra en curso como en el complejo rompecabezas libanés, se configuran bandos irreconciliables, fruto de alianzas históricas y oportunismos recientes. En la batalla siria, el bloque afecto al presidente lo constituyen, con más o menos nitidez, la minoría alauí –la de la familia del presidente Bashar el Asad–, que controla el Ejército –unos 200.000 combatientes, una vez descontados los desertores–, más las fuerzas paramilitares (shabiha) –otros 100.000 efectivos–, la minoría cristiana, más asustada que movilizada, y la minoría kurda, con parecido estado de ánimo; enfrente, la mayoría suní forma el núcleo de la oposición al régimen, aunque está lejos de ser un bloque compacto y ordenado. En Líbano, la muerte del general Hasán ha hecho asomar todos los demonios familiares del pasado: un Ejército débil e ineficaz, el estado dentro del Estado de Hizbulá y sus milicias, sostenido el andamiaje por Irán, la desconfianza suní, los recelos cristianos y la sensación muy extendida de que el país no es dueño de su destino, sino que se mantiene sujeto al humor de terceros.

A todo esto debe añadirse el diagnóstico de la situación efectuado por Vali Nasr, profesor de la Universidad John Hopkins y exasesor de la Casa Blanca, recogido en su blog por el politólogo francoiraní Milad Jokar: “Si Asad cae mañana, eso no detendrá a los combatientes y la comunidad internacional aún no ha asumido esta realidad”. Jokar añade de su propia cosecha: “No se trata de un movimiento democrático contra una dictadura, ni de una guerra civil que opone a dos bandos. Siria se ha convertido en el teatro de una guerra proxy (o guerra por poderes) que se extiende a sus vecinos, y concentrarse solo en la salida de Bashar el Asad es una estrategia condenada al fracaso, porque no arreglará el conflicto”. El primero en referirse a una “guerra por poderes” fue el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, el 3 de agosto, y entonces a muchos les pareció un diagnóstico excesivo.

Bandar bin Sultán

El príncipe Badar bin Sultán, embajador de Arabia Saudí en Estados Unidos entre 1983 y 2005 y jefe del espionaje saudí desde el pasado verano.

Por aquellas fechas, David Ignatius escribió en el diario liberal estadounidense The Washington Post, después de que el Gobierno saudí nombrara jefe del espionaje al príncipe Bandar bin Sultán, embajador en Estados Unidos de 1983 a 2005: “La instalación de un nuevo jefe de inteligencia muestra cómo Arabia Saudí intensifica su apoyo a los insurgentes en Siria que persiguen derrocar el régimen del presidente Bashar el Asad. En este esfuerzo encubierto, los saudís trabajan con Estados Unidos, Francia, Turquía, Jordania y otras naciones que desean echar a Asad”. Samir Aita amplía las referencias: en el esfuerzo encubierto debe contarse también a Catar y la cadena de televisión Al Jazira, indispensable para difundir el nombre del Consejo Nacional Sirio (CNS) como núcleo político a partir del cual debe forjarse la unidad de la oposición, aunque, en la práctica, el Ejército Sirio Libre (ESL), los salafistas de Al Nosra –suburbio de Al Qaeda que no aceptó desde el principio la tregua negociada por Lajdar Brahimi– y otros contingentes irregulares están lejos de ceñirse a la estrategia del CNS y, con frecuencia, es este el que anda de forma apresurada detrás de la iniciativa de los combatientes.

¿Dónde quedan Irán, Rusia y China en este juego sin reglas escritas? El periodista Ibrahim Musaui, responsable en el seno de Hizbulá de las relaciones con los medios informativos, lo explica con total desinhibición en las páginas de la edición inglesa de Al Manar: “Los distintos actores regionales e internacionales que apoyan a los grupos armados se han estrellado en la roca iraní-ruso-china, ya que estos tres países se han comprometido a hacer todo lo posible para prevenir y resistir cualquier acción militar exterior. Ellos han dado muchos pasos más en la intermediación, el apoyo y la facilitación de las iniciativas políticas dirigidas a que la oposición y los representantes del Gobierno se sienten y alcancen soluciones de carácter nacional, y no dictadas o importadas de fuera”. Musaui advierte que si los arreglos políticos no dejan a salvo el régimen de Asad, seguirá el derramamiento de sangre, y hay que imaginar que habla con conocimiento de causa porque su grupo tiene desde siempre línea directa con Damasco, esto es, con Teherán.

En todo cuanto hace y dice Hizbulá, que controla al Gobierno de Líbano y tiene en un puño al presidente del país, Michel Suleiman, hay grandes dosis de desafío al entorno, incluso cuando se da una situación como el asesinato del general Hasán, seguido del amago de dimisión del primer ministro, Naguib Mikati, y con todos los dedos señalando al Gobierno sirio como inductor del atentado, si no es que fueron directamente agentes sirios quienes perpetraron la fechoría. Sucedió con el bombazo que costó la vida a Rachid Hariri, pasó con otras muertes menos notables, y se repite ahora. La impresión que queda es siempre la misma, algo así como sabemos que lo sabéis, pero no tenéis forma de probarlo. Ibrahim al Amín, editor del diario beirutí Al Akhbar, próximo al universo de Hizbulá, ha enunciado cuatro supuestos para descartar que fuese siria la mano que colocó la bomba que segó la vida de Hasán: que podía beneficiar a fuerzas libanesas con conexiones exteriores, que los autores procedieran del exterior y calcularan que las consecuencias no serían importantes, que los autores del atentado fuesen israelís –asegura Amín que servicios de información árabes habían informado a Hasán de que los israelís estaban molestos con él por cooperar con Hizbulá en el descubrimiento de redes de espionaje israelís en Líbano–, que fuese, en fin, el largo brazo de Al Qaeda el que causara la muerte por la disposición de Hasán de intercambiar información con Estados Unidos relativa a las actividades del grupo islamista en Líbano y Siria. Cuatro razones tan ingeniosas como cualesquiera otras cuatro pergeñadas por profesionales de la intoxicación informativa para apartar las miradas de Siria y dirigirlas hacia otros lugares.

Wisam al Hasán

Funeral del general Wisam al Hasán, jefe del servicio de inteligencia libanés y personalidad de la minoría suní, asesinado el día 19 en Beirut.

Entre quienes quedan atrapados entre dos fuegos, a un lado y otro de la frontera, se encuentran las minorías cristianas, especialmente débiles en Siria. La incertidumbre de la guerra y la experiencia relativamente confortable vivida bajo los Asad ha hecho posible la pasividad, estimulada por la jerarquía religiosa, que disfruta de una situación de privilegio al igual que la de otras confesiones. Aunque el politólogo de ascendencia siria Salam Kawakibi, profesor en París I, ha declarado a la periodista Aude Lorriaux que “los cristianos no han sido nunca pro-Asad”, Fabrice Balanche, profesor en la Universidad de Lyón, tiene una opinión bastante diferente: “Si los cristianos se unieran [a la oposición], sería una señal de que el régimen está verdaderamente perdido”. La ultima ratio de la posición de las comunidades cristianas es que temen que, como por lo demás es fácil presumir, el fundamentalismo islámico que forma en las filas de la oposición cercene la libertad de culto y les someta a presión. ¿Queda muy lejos la guerra confesional? Tanto como días faltan para que se hunda el régimen de Asad, cabe aventurar, salvo que se cumpla el deseo de Samir Aita y el Ejército, a pesar de todo, se mantenga unido, sea capaz de desermar a los shabiha y de incorporar a quienes ahora luchan en las filas del ESL. En caso contrario, el sectarismo, estimulado por los apoyos que vengan de fuera, puede adueñarse de una situación de por sí endiablada.

Los libaneses tienen una larga experiencia en mantener equilibrios inestables más allá de toda lógica, fruto de rivalidades sectarias inextinguibles, algo que Issa Goraieb, editorialista del diario de Beirut de expresión francesa L’Orient le Jour, llama “este cínico e incesante chantaje al que está sometido Líbano después de decenios”. Incluso ahora, con las relaciones intercomunitarias tensadas por la muerte de un general, los combates callejeros en Trípoli y el riesgo de que el país salte por los aires una vez más. “El árbol de la estabilidad no debe ocultar el bosque del crimen”, ha escrito Goraieb, pero lo cierto es que el Gobierno libanés respira la densa atmósfera de la extorsión, que no permite otorgar a la seguridad “el interés primordial que se merece”. Es este ambiente de complicidades encubiertas y silencios elocuentes el que impide desvelar la identidad de quienes pretenden meter a Líbano en el mismo saco de la crisis siria para romper el juego de contrapesos que garantiza la razonable normalidad institucional del país, desgarrado por una guerra civil que se prolongó 15 años (1975-1990).

Brian Whitaker resume en la web al-bab.com el camino que debe seguirse en el laberinto que lleva hasta la conexión siria: “La suposición es que Hasán había cruzado una línea roja fatal (por lo que se refiere a Damasco) con la persecución del exministro de Información libanés Michel Samaha –un aliado muy conocido del régimen de Asad–, quien ha sido acusado de planear ataques terroristas en Líbano y contra quien hay una sustancial prima facie probatoria. Sabiendo que el jefe de seguridad era el blanco, en lugar de la población libanesa en general, el ataque es un poco menos alarmante. Pero solo un poco. La impresión es que el ataque fue un ejemplo más de una larga historia de injerencias sirias, un intento deliberado de enredar a Líbano en el actual conflicto interno de Siria. Incluso si esta vez no se pretendió, aún se mantiene el riesgo de que se intente de nuevo”. Y, en este caso, de tener éxito la operación, la opinión más extendida es que la sociedad libanesa se desharía por las costuras.

Mapas de Oriente Medio

Fuente: Web Mapas de Oriente Medio.