AMLO saca a México de la rutina

La elección de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) para suceder a Enrique Peña Nieto en la presidencia de México certifica el agotamiento de un modelo político dinamitado por la corrupción sin tregua, el narcotráfico y las lacras inherentes a una sociedad extremadamente dual que sufre índices de pobreza insostenibles. Después de los mandatos fallidos de Felipe Calderón y de Peña Nieto, del todo estériles, que confirmaron hasta la última coma los temores manifestados por el escritor Carlos Fuentes poco antes de morir en mayo de 2012, asoma en el horizonte el reformismo del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), un conglomerado heteróclito donde coinciden los defraudados por el izquierdismo sin triunfos del Partido de la Revolución Democrática (PRD), los conservadores muy conservadores movilizados por la Iglesia Evangélica, los añorantes del programa primigenio del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y una parte muy significativa de la clase media urbana, harta de la venalidad de los gobernantes.

Los electores parecen haberse dicho a sí mismos: son preferibles las incertidumbres que plantea la llegada al poder de AMLO que cualquiera de las alternativas ligadas al pasado más reciente, sean estas presuntamente reformistas (las del PRI) o de corte conservador (las del PAN). Los votantes han preferido rescatar de la historia del país viejas promesas de cambio e innovación social a seguir apresados en una madeja de ineficacia y lenidad. López Obrador ha querido enhebrar su nombre con el de algunos ilustres antecesores, representantes de familias políticas movidas por el deseo de innovar y de rescatar a México de la postración: de Francisco Madero a Plutarco Elías Calles, de José Vasconcelos a Lázaro Cárdenas, todos ellos muy diferentes, pero con atributos que los hacen dignos de recuerdo. Es harina de otro costal que las remisiones al panteón nacional sirvan para desarticular la trama de complicidades que ha hecho de la gestión del Estado un inmenso negocio que ha empobrecido al Estado mismo.

“El mensaje de la jornada es de repudio a una clase gobernante –la cofradía mexiquense– que resultó excepcionalmente voraz e inepta”, afirma un articulista del diario conservador El Universal, que se edita en la capital de México. Es un resumen escueto y preciso de lo sucedido, que tiene un valor singular porque se publica en un medio muy alejado de la propuesta de López Obrador, pero entronca con la atmósfera de final de ciclo que se respira desde el 1 de julio (en realidad, desde que las encuestas vaticinaron el descalabro de los partidos tradicionales). Cosa distinta es que las contradicciones internas del Morena interfieran en la disposición del nuevo presidente a poner al día el Estado, atender las necesidades sociales más apremiantes y encarar dos grandes desafíos: el del narcotráfico y el de las redes de corrupción, asociadas con frecuencia a los circuitos de la droga. Sin tener éxito en ambos frentes es imposible la regeneración y el combate contra la pobreza.

Según entrevió Carlos Fuentes en 2012 y piensan muchos analistas, sin un gran pacto nacional, una solución rooseveltiana de los problemas mediante un new deal, no es posible salir con bien de ambos envites. El disparate cometido por Felipe Calderón de militarizar la neutralización de los narcos no ha hecho más que estimular en muchos estados un clima de guerra civil con un número incalculable de muertos sin que, por lo demás, haya decrecido el tráfico, cuyo principal destino es Estados Unidos. En una sociedad con unos ocho millones de ninis, con gravísimos problemas de subsistencia en el medio rural y déficits educativos escandalosos, los cárteles de la droga se han convertido en nichos de empleo para algunos de los muchos fatalmente condenados a una economía de mera supervivencia. Lo mismo puede aplicarse a cuantos se mueven en los peldaños inferiores de la corrupción, dentro y fuera de las instituciones del Estado.

La “repetición de cacatúa” –otra vez Carlos Fuentes– de fórmulas o soluciones enunciadas por Peña Nieto que le llevaron a la presidencia demostraron no ser más que eslóganes sin contenido. En la campaña de Claudia Sheinbaum, ganadora del Gobierno de Ciudad de México con una coalición que incorpora al Morena, el gran resorte para atraer a los electores fue subrayar la vacuidad de las promesas presidenciales y el hecho indiscutible de que quienes fijan la agenda política de forma más o menos encubierta son los señores de la droga, las familias en la sombra que controlan el gran negocio. Un sistema de poder clandestino que es como un enorme bloque de hormigón que se interpone entre los supuestos buenos propósitos de los ganadores del 1 de julio y la Realpolitik practicada durante décadas.

Esta situación se da, además, en un momento de manifiesto retroceso del reformismo en el espacio latinoamericano y de revitalización de la oferta conservadora, favorecida por la elección de Donald Trump. El perfil ideológico del presidente de Estados Unidos, su propósito de levantar un muro para contener los flujos migratorios, es un gran problema para AMLO, una amenaza para su presidencia, un quebranto que puede dañar muy pronto su imagen pública de gobernante transformador. A la vista del desprecio de Trump por las tradiciones políticas y por el respeto debido a los aliados, es improbable que esté dispuesto a tratar mejor a un presidente con vitola progresista que a su antecesor, tan apegado a la rutina y al cambalache.

Si las cosas son como parece que son, ¿está AMLO condenado a pilotar un proceso de reformas lampedusianas? La gran pregunta no permite una gran respuesta. El optimismo con que se ha acogido la victoria de López Obrador no sirve como vara de medir porque se registra cuando el interesado aún no ha pasado la prueba de fuego del desgaste político asociado a las primeras decisiones si estas, en aras de la realidad, se alejan demasiado de lo prometido. Tampoco sirve como calibrador de lo venidero la moderación con que la victoria del Morena se ha encajado en los medios más acostumbrados a convivir y sacar provecho de todos los vicios nacionales. Ni siquiera la heterogeneidad de su movimiento justifica hacer pronósticos apocalípticos sobre el margen de maniobra de AMLO cuando se haga cargo del timón porque quizá el hartazgo de la sociedad mexicana sea su mejor punto de apoyo, el más fiable.

Venezuela consagra la división

Resultados Venezuela

Resultados oficiales finales de la elección presidencial en Venezuela celebrada el 14 de abril.

El fracaso con recompensa de Nicolás Maduro y el éxito sin contrapartidas de Henrique Capriles han llevado a Venezuela a la antesala de la crisis institucional y el caos político. El efecto duelo, tan decisivo en otros casos, fue esta vez un lastre para el heredero ungido en diciembre por el comandante-presidente antes de viajar a Cuba para ser operado: el uso, abuso y utilización exagerada de la memoria del líder desaparecido trasladó a la opinión pública la imagen de un candidato sin proyecto propio, refugiado en una especie de legado mesiánico. El aspirante de la oposición supo sacar partido a las contradicciones del régimen bolivariano, a sus limitaciones para atajar problemas como la inseguridad o la crisis económica, y supo buscar en el frente exterior la proyección cada día más difícil en el interior. Pero la gran brecha social surgió al día siguiente de las elecciones, cuando el establishment chavista se negó a realizar el recuento de votos pedido por Capriles y se apresuró a proclamar la victoria de Maduro por un margen de votos no muy superior al 1,5%.

Así se llegó a una situación que no fue posible gestionar sin costes, incluida la marcha atrás del Consejo Nacional Electoral (CNE), que finalmente accedió a auditar el 46% de los votos que quedaron excluidos del primer recuento. En la trinchera chavista, el precio inmediato a pagar fue que afloraron las primeras señales de división a través de la necesidad de realizar una autocrítica de las causas del retroceso electoral, una iniciativa encabezada por Diosdado Cabello, presidente de Parlamento. En el Ejército, acaso el precio futuro sea descubrir que el pretendido entusiasmo del generalato para seguir por la senda bolivariana está menos extendido de lo que quieren dar a entender el ministro de Defensa y el jefe del Estado Mayor. En el conglomerado de oposición Unidad se concreta desde ahora mismo en el hecho de que el reforzamiento de la figura de Capriles no puede ocultar un dato capital: salvo sobresaltos, se abre un periodo de espera de seis años para intentar de nuevo llegar al palacio de Miraflores.

Si se desbordan las pasiones, los costes pueden crecer exponencialmente porque no cicatriza las heridas el recuento aceptado a pocas horas de que Maduro jurara el cargo. En el ánimo de muchos venezolanos, a un lado y otro de la refriega, ha arraigado la idea expresada por el político Oswaldo Álvarez Paz en El Nacional, diario caraqueño que apoya a Capriles: “La naturaleza de la crisis es existencial, de principios y valores que desaparecen en nombre de una revolución socialista a la cubana”. Hay en esa opinión un punto de exageración, pero desde luego pesa en Maduro la enseñanza castrista recibida en La Habana en sus días de joven líder sindical. En cambio, ha olvidado las referencias de una autora clásica del pensamiento revolucionario, Rosa Luxemburgo, recordada por el escritor Carlos Fuentes en su libro póstumo Personas: “La libertad solo para quienes apoyan al Gobierno, solo para los miembros del partido, por numerosos que estos sean, no es de ninguna manera libertad. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para los que piensan distinto”.

Impugnaciones

Datos difundidos por la candidatura de Henrique Capriles.

Los pronunciamientos públicos de las máximas responsables de las cuatro instancias relacionadas con el proceso electoral y la interposición de recursos han contribuido decisivamente a extender la sombra de la sospecha en igual o mayor medida que el memorial de agravios –irregularidades– presentado por Capriles, donde constan los episodios supuestamente impugnables de los que la oposición dice tener constancia. La rapidez de la CNE en dar por bueno el triunfo de Maduro unido a las amenazas más o menos explícitas formuladas por la fiscal general de la República, la defensora del pueblo y la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia, destinadas todas ellas a imputar a Unidad –léase Capriles– actos de desestabilización, no hacen más que llevar al país a un callejón sin salida. Los tecnicismos para oponerse a un recuento de votos erosionaron la legitimación de Maduro que, como ha escrito Marianella Salazar, debía haber sido el primer interesado en despejar cualquier duda para iniciar su mandato sin plomo en las alas. En cambio, prefirió que cundiera la sospecha de componenda electoral antes de que finalmente se accediera al recuento de todos los votos, algo que en última instancia la oposición, a través del Comando Simón Bolívar –el nombre de Bolívar vale para todo–, puede presentar como un triunfo frente a los juegos de manos de los afectos a Maduro

Es evidente que una diferencia de unos 270.000 votos en un universo de casi 15 millones de votos emitidos es suficientemente pequeña como para que el deseo de Capriles de que hubiera un recuento fuese satisfecho. Realizarlo ahora no mejorará la posición de debilidad poselectoral del sucesor de Hugo Chávez, pero sí su legitimidad para ocupar el palacio de Miraflores. Aun así, Maduro tendrá que ganarse todos los días la adhesión de los suyos, porque perdió casi 700.000 votantes que en octubre del año pasado eligieron la papeleta de Chávez, pero quizá pueda ahorrarse la ruidosa erosión de las caceroladas y el desgaste de los reproches a todas horas. Lo que en ningún caso amortizará Maduro es la desconfianza generada por figuras como Luisa Estella Morales, presidenta del Supremo, que invocó “la seriedad, la sindéresis [discreción, capacidad natural para juzgar rectamente]” para que no llegara la lucha a la calle, ni los recelos sembrados por el tono intimidatorio exhibido por el presidente al excluir “un pacto con la burguesía”, amenazar con “radicalizar la revolución” e invocar “el chantaje del fascismo” (algo que también hizo Capriles, poseído por una fogosidad irrefrenable).

La estrategia de Maduro de rescatar de los manuales revolucionarios de antaño la estrategia de clase contra clase hoy puede encender la mecha del enfrentamiento social y de un caracazo de nuevo cuño a poco que se rompan los diques de la contención política. El núcleo duro del chavismo –¿habría que hablar de poschavismo?– se escuda en que hizo “una campaña electoral apegada a la Constitución y ellos [la oposición] hicieron la guerra”, para, acto seguido, manifestar respeto hacia quienes dieron el voto a Capriles, pero desacreditar al candidato y a su entorno, a los que acusa de someterse a los designios de Estados Unidos y de enfangarse en los preparativos de un golpe de Estado. Y esa diferenciación entre el candidato y los votantes no hace más que revelar que hay sectores en el régimen que comprenden que no puede generalizarse el acoso a la oposición siquiera sea porque la mayoría del 49% de los votantes que prefirieron a Capriles están lejos de ser representantes de la oligarquía retardataria. ¿Forma parte esta convicción de la autocrítica que reclama Cabello?

Puestos a formular preguntas inquietantes, vale la pena plantear esta otra: ¿cuánto ha pesado en la decisión de auditar todos los votos el anuncio hecho por el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, de no reconocer la elección de Maduro si no había recuento? Más aún: ¿hasta qué punto el chavismo posibilista ha preferido atender las reclamaciones de Capriles a situar a la república bolivariana en un limbo a causa de las dudas suscitadas por la elección de Maduro? Es el ala posibilista la que tiene más meridianamente claro el hecho de que la Casa Blanca de hoy está lejos de ser la caja de resonancia de la derecha reaccionaria, cuyos pasos guían los latinoamericanos resentidos con domicilio en Miami, y es la que reclama en voz baja que se disipen las sospechas sembradas por académicos venezolanos de prestigio como José Domingo Mujica, coordinador de la Red Observatorio Electoral, porque de paso se desarmará a cuantos piensan que es posible un ataque por ese flanco para liquidar al chavismo por la vía rápida. De poco le valdría a Maduro el botafumeiro agitado en Lima por los jefes de Estado del Unasur si persiste la impresión de que “el resultado pudo ser otro” (Mujica) porque el 5% de los votos emitidos permanece bajo sospecha (Mujica otra vez).

La redención a cualquier precio de las víctimas de la historia está en entredicho en Venezuela desde la noche del 14 de abril porque una parte de los destinatarios del mensaje de Maduro prefirieron a Capriles. Es más, dudaron de que Maduro pueda ser el continuador esclarecido del empeño de Hugo Chávez de rescatar de la miseria a los más débiles. Quizá sea esto lo peor que le puede ocurrir a un líder pretendidamente populista, aunque poco dotado para utilizar las herramientas del populismo y enardecer a la calle. La denegación del recuento y “la sucia trampa” invocadas por el analista Antonio A. Herrera-Vaillant en el conservador El Universal no hicieron más que empeorar las cosas. Llevaba razón el presidente de México Lázaro Cárdenas, un reformador social de referencia, al reclamar el respeto al adversario para dejar a salvo la democracia en América Latina. ¿Acaso Maduro olvidó leer a Cárdenas?