Un halcón frente a China

La repercusión que en la política exterior de Japón puede tener la victoria del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones legislativas celebradas el último domingo ha sembrado la preocupación en la cuenca del Pacífico. La propensión de Shinzo Abe, líder de los vencedores y primer ministro a partir del día 26, de minimizar las responsabilidades históricas de su país en el periodo comprendido entre 1910 (ocupación de Corea) y la derrota en la Segunda Guerra Mundial (1945), su tendencia a calentar la campaña con un mensaje nacionalista que bordeó la imprudencia y sus promesas electorales han alarmado a sus vecinos y, de rebote, a Estados Unidos. Abe no es un recién llegado –fue primer ministro entre el 2006 y el 2007– y, en su caso, no es una frase decir que el peso de la historia proyecta su figura sobre recuerdos perturbadores. “Quizá el asunto que provoca más ansiedad dentro y fuera de Japón en este momento es el impacto que el corrimiento de tierras conservador tendrá en la política exterior de Japón”, afirma Sheila A. Smith en un artículo colgado en la web del think tank estadounidense Council on Foreign Relations.

Cuadro Japón

Japón es la tercera potencia económica y el segundo tenedor de títulos de deuda pública de Estados Unidos.

El corrimiento de tierras es la espectacular victoria obtenida por el PLD, que ha pasado de 118 escaños en el 2009 a 294 en un Parlamento de 480 diputados, pero es también el éxito cosechado por Shintaro Ishihara, exgobernador de Tokio, que tres meses después de fundar la muy nacionalista Asociación para la Restauración de Japón (ARJ) ha obtenido 54 escaños, solo tres menos que el Partido Demócrata de Japón (PDJ), que hasta el anticipo electoral disponía de una mayoría absoluta apabullante con 308 diputados y ahora precisa respiración asistida. Ni siquiera el papel tradicional de moderador del PLD reservado al Nuevo Komeito –31 diputados–, aliado de los conservadores, tranquiliza a las embajadas, que por lo demás son conscientes de que todo lo no sea gobiernos en manos del PLD constituye una rareza política en una sociedad muy conservadora, apegada a la tradición.

¿Cuáles son los puntos de fricción que se avizoran? La reforma de la Constitución –el Diario del Pueblo, portavoz el Partido Comunista Chino, llama “constitución pacifista” a la que está en vigor–, en la que ahora figura el compromiso de no recurrir a la guerra, la reforma de las fuerzas de autodefensa para transformarlas en una verdadera fuerza defensiva (ejército) y las intenciones que abriga Abe con relación a las islas Senkaku-Diaoyu, cuya soberanía reivindica China. Durante sus años en la oposición, Abe ha defendido la colonización de alguna de las islas por representantes de la Administración, mientras que las autoridades chinas se remontan a razones históricas milenarias para reivindicar la soberanía sobre un archipiélago en apariencia sin interés, pero que parece estar rodeado de un riquísimo subsuelo marino con yacimientos de gas y petróleo.

Hideki Tojo

Hideki Tojo, durante el proceso de Tokio, en el que fue condenado a muerte.

¿Cuál es el origen de los recelos chinos? Ahí entran en juego la historia y los antecedentes familiares de Abe. La ocupación de Manchuria por el Ejército imperial japonés, la creación del reino títere de Manchukúo (1932-1945), la matanza de Nankín (13 de diciembre de 1937) y la crueldad de una guerra donde no tuvo cabida la palabra piedad forman parte de la memoria colectiva china, alimentada por el régimen comunista desde los inicios. Tampoco ayudan a serenar los ánimos las visitas de ilustres políticos japoneses al santuario de Yasukuni, panteón de soldados muertos en combate donde fueron enterrados 20 de los criminales de guerra juzgados por un tribunal internacional en el proceso de Tokio de 1948, entre ellos los siete condenados a muerte: Hideki Tojo, Seishiro Itagaki, Heitaro Kimura, Kenji Doihara, Iwane Matsui, Akira Muto y Koki Hirota. Y aún resulta más preocupante para muchos analistas chinos la ascendencia familiar de Abe: es nieto de Nobusuke Kishi, ministro de Comercio e Industria entre 1941 y 1945 con Tojo de primer ministro. Kishi fue detenido junto con otros integrantes del Gabinete tras la rendición de Japón, fue puesto en libertad sin cargos en 1948 y finalmente, en un juego de manos típico de la posguerra mundial y de la guerra fría, ocupó el puesto de primer ministro entre 1957 y 1960.

Con estos antecedentes, no hizo falta ninguna campaña para que los blogueros chinos saludaran la victoria de Abe con un rosario inacabable de ataques al “halcón japonés” y con llamamientos a boicotear los productos japoneses, según recogió Malcolm Foster en una de sus crónicas para The Huffington Post. La reacción en la red fue incluso útil a Xi Jinping, nuevo líder chino, “para solidificar su situación en el interior” y hacer una demostración de fuerza meticulosamente medida: ordenar que aviones de observación sobrevolaran las islas en disputa, algo que Japón ha descrito como una invasión de su soberanía. Para los editorialistas de The Washington Post, el conflicto por las islas Senkaku-Daoyu no es una disputa territorial más de China con sus vecinos, sino que “es particularmente peligrosa”. “Tanto China como Japón tienen más a ganar desde la cooperación que desde la confrontación –añade el diario–. Es de esperar que los dos nuevos líderes reconocerán esto”.

China Japón

Situación de las islas cuya soberanía se disputan China y Japón.

Poderosas razones fundamentan la esperanza. La mayor de todas ellas es la dependencia cada vez mayor de las economías china y japonesa, segunda y tercera del planeta. El 19% de las exportaciones japoneses viajan a China en reñida competencia con las compañías de Corea del Sur, especialmente en el sector de la electrónica de consumo, un nicho de negocio fundamental para las finanzas japonesas, condenadas al estancamiento desde hace más de 20 años, con tasas de crecimiento equivalentes a cero o próximas a cero. El programa de reactivación de Abe incluye un presupuesto especial de obras públicas por valor de 91.000 millones de euros que acaso puede atraer a inversores chinos (los bancos japoneses no lo descartan), aunque sea a costa de engordar un poco más el endeudamiento del Estado, equivalente hoy al 260% del PIB, el más alto de los países industrializados. Por último, el plan de expansión monetaria que Abe lleva en su cartera, que prevé situar la inflación entorno al 2%, puede favorecer las ventas chinas a los consumidores japoneses.

Para el analista Hiroko Tabuchi, en las páginas de The New York Times, los proyectos económicos de Shinzo Abe, con o sin participación China, remiten peligrosamente a los errores cometidos durante su anterior mandato, trufado de escándalos financieros y cuentas opacas. No ve Tabuchi cómo podrá el Gobierno mantener un esfuerzo presupuestario adicional para financiar sus proyectos civiles, destinados a promover el crecimiento, sin arriesgarse a desbocar la deuda pública y a llevar la inflación más allá de lo previsto. Cierto es que la Bolsa de Tokio acogió bien la victoria del PLD, pero enseguida se oyeron voces que advirtieron del peligro de que en última instancia el peso de la deuda afecte a la dinámica de unas finanzas permanentemente estancadas, que es con lo que Abe quiere acabar.

Kishi y Eisenhower

Nobusuke Kishi, primer ministro de Japón (1957-1960) y abuelo de Shinzo Abe, junto al presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower.

En medio se encuentra Estados Unidos, que todos los días pone una vela a Dios y otra al diablo. No le queda más remedio que ejercitarse en este funambulismo porque Japón es una pieza esencial en su dispositivo económico y de seguridad en Asia, pero China es la gran potencia con la que debe concertar la gestión de la cuenca del Pacífico y, por añadidura, los bancos chinos son los primeros tenedores de títulos de deuda estadounidenses –los bancos japoneses son los segundos– y en los próximos cuatro años están dispuestos a seguir comprando. Estados Unidos no tiene otra forma de afrontar el presente en Extremo Oriente, procurando no abonar en exceso, con su red de alianzas, el sentimiento chino de asedio, agravado por la trama de Rusia en Asia central y la de la India en las costas del Índico y aledaños.

“Con poderosas voces del pasado (y no solo del pasado inmediato) que continúan teniendo la última palabra por encima de la dirección política, y con la reforma económica y aún más la política enfrentadas a intereses clave, no debemos esperar quizá demasiado de Xi Jinping ahora mismo”, afirma Shaun Breslin, del prestigioso instituto británico Chatham House. Dicho de otra forma: la nueva generación de dirigentes chinos está embarcada en la tarea de hacerse respetar de puertas hacia afuera, pero también en el interior, y los gestos de autoridad en la política exterior son utilísimos para cumplir este cometido. Cuando la atmósfera que se respira incluye mensajes en las redes sociales del estilo “sigue el desafío japonés”, cualquier gesto rinde intereses ante la opinión pública, pero de forma especial ante los cuadros del partido y del Ejército, doble columna vertebral del complejo proceso de integración de China en la economía global. Si además Abe se apresura a anunciar que su primer viaje al extranjero será para entrevistarse con el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, la componente nacionalista del partido único ocupa la escena para recordar que en el 2006, cuando Abe encabezó por primera vez el Gobierno japonés, rindió en Pekín la primera visita al exterior.

La alarma en Corea del Sur es de diferente tenor porque la cohetería de Corea del Norte, que el día 12 puso en órbita un satélite con el propósito más que verosímil de probar un proyectil de largo alcance susceptible de llevar una carga atómica, funciona como un adhesivo que todo lo une. La cultura coreana mantiene agravios históricos justificados con Japón, sujetos a una cierta dramatización cuando la ocasión lo requiere, pero que en ningún caso deslegitima el recuerdo de la tragedia vivida durante el periodo colonial japonés (1910-1945), con su secuela de arbitrariedades, humillaciones y la ignominia de las 200.000 esclavas sexuales sometidas por el Ejército y los funcionarios imperiales. Al mismo tiempo, el Gobierno de Seúl y el de Tokio comparten horas de intranquilidad cada día que el de Pyongyang decide poner a prueba sus progresos militares y, lo que es tan importante como esto, su interdependencia económica es cada vez mayor: las exportaciones coreanas a Japón se han multiplicado por 2,2 en el periodo 1990-2010; las de Japón a Corea del Sur, por 3,5 durante los mismos años.

La elección de la presidenta Park Geun-hye el día 19 apenas alterará esta doble realidad incontrovertible: los riesgos compartidos en materia de defensa y los intereses subordinados en materia económica. La tradición dice que cuando el presidente de Corea del Sur es conservador –caso de Park–, crecen los gestos de corte nacionalista dirigidos hacia Japón, pero es improbable que la norma se cumpla en esta ocasión: el jefe de Estado saliente, Lee Myung-bak, de perfil liberal, visitó en agosto las islas Dakdo-Takeshima, reivindicadas por Japón, y acto seguido reclamó al emperador de Japón públicas disculpas por la afrenta de la ocupación colonial. Poco más que un guijarro en el camino porque el diseño estratégico de Estados Unidos para el Pacífico Occidental engloba a Corea del Sur y Japón en un mismo sistema defensivo de bases, estaciones de seguimiento y control del programa militar de Corea del Norte.

¿Alcanzan las preocupaciones militares y diplomáticas a los electores que han otorgado el poder al PLD? Más parece que no. Sheila A. Smith señala que la opinión pública japonesa “quiere el nuevo Gobierno concentrado en los desafíos de Japón sin resolver”. Y cita tres: el compromiso de futuro con el bienestar social, la contracción del empleo y la falta de apoyo al trabajo de la mujer. Le Monde añade un cuarto: la energía nuclear, que Japón estaba a punto de abandonar hasta que las elecciones del domingo llevaron al poder a un partido que incluye en su programa poner de nuevo en marcha los 48 reactores fuera de servicio desde el desastre de Fukushima, ocurrido en marzo del 2011. Todo esto pesa más en el ánimo de los súbditos del trono del crisantemo que la herencia ominosa de la guerra, la tragedia urdida por la expansión imperial cuya última pesadilla fue el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, tan ominoso como la guerra misma y que, a ojos de la mayoría de japoneses, canceló las deudas morales con sus vecinos.